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1982 (MAPA DE LAS LENGUAS)

Sergio Olguín

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Fragmento

FEDRA: Ah, cruel, demasiado entendiste. Te he dicho lo suficiente para que no te equivocaras. ¡Y bien! Conoce, pues, a Fedra y sus furores. Amo. Pero no creas que mientras te amo me siento delante de mí misma inocente, ni que mi cobarde complacencia haya nutrido el veneno de este loco amor que perturba mi ánimo. [...] Véngate, castígame por tan odioso amor. Digno hijo del héroe que te dio la vida, libra al universo de un monstruo que te exaspera.

JEAN RACINE, Fedra

otros tendrán la isla
conquistarán la inocencia
refundirán la noche la vigilia
el amo y el esclavo
entonces no habrá sido en vano
tanto descenso y tempestad y absurdo
tanto desprecio y lagos de sombra y brujas
tanto perdón y puerta sin llamado
entonces se amarán de nuevo de verdad
un hombre una mujer

al principio y al fin del mundo
otros verán sin pausas
sin fronteras

inventarán el fuego y la confianza
¿qué día albergará tu nombre
en qué vena o qué metal
tendrá destino tu silencio?

Recibe antes que nadie historias como ésta

EDGAR BAYLEY, “Otros verán el mar”

No concibo la posibilidad de que los hombres se maten, ni por inmolación, ni para beneficio de la guerra, ni jugando a los dados o a la ruleta rusa, ni en la calle, ni en los accidentes.

LUIS ALBERTO SPINETTA,

entrevistado por Gabriel Senanes

Primera parte
Pedro

1. Respiración artificial

I

No soñaba. Su abuelo Augusto estaba sentado al borde de la cama, le acariciaba suavemente el pelo para despertarlo. Pedro acababa de abrir los ojos: vio a su abuelo que le sonreía y más atrás, de pie, mirándolo con cierta preocupación, la abuela Elsa. Sus abuelos no vivían con él, no entraban seguido a su cuarto, jamás lo habían despertado.

—Tu padre es un héroe —dijo el abuelo cuando vio que a él ya no le quedaban restos de sueño.

Está muerto, pensó Pedro. Contuvo la respiración.

—Recuperamos las islas Malvinas —siguió hablando el abuelo mientras él se sentaba en la cama—. Tu padre está allá, con las tropas argentinas.

—Está bien —agregó la abuela.

¿Qué debía hacer? ¿Qué esperaban que hiciera? Eran las dos preguntas que siempre lo acosaban. Él habría querido reaccionar de la manera correcta. Siempre quería eso. Era su manera de pasar desapercibido y que no lo molestaran.

—No lo puedo creer —dijo ambiguamente y esperó que el tono fuera convincente.

—Así es. Las Malvinas volvieron a ser nuestras —dijo el abuelo con el mismo tono orgulloso que usaba siempre que hablaba de alguno de sus hijos o nietos.

—Y Fátima ¿lo sabe?

—Fue la primera en enterarse, después de que llamaran a tu abuelo desde el Comando Militar.

—Cómo me hubiera gustado estar ahí —dijo frotándose las piernas el abuelo, que no era otro que el coronel retirado Augusto Vidal, padre del teniente coronel Augusto Vidal y abuelo de Pedro Vidal.

Yo podría haber estado ahí, pensó Pedro.

—Vos deberías estar en Malvinas ahora —a pesar suyo, el abuelo no pudo controlar un dejo de desilusión en su voz.

A Pedro no le era difícil imaginar la frustración de su abuelo, la misma que tuvo cuando se enteró de que su nieto mayor no iba a seguir la carrera militar. Ya lo sospechaba, porque Pedro nunca se había mostrado muy interesado en la ropa de fajina, las armas de fuego, los tanques de guerra, ni siquiera en las anécdotas épicas que su abuelo y un tío abuelo habían protagonizado como parte del ejército argentino. Pedro no iba a seguir la carrera militar. Fue la decisión más importante de su vida. ¿Por qué su padre no había hecho una escena, ni se había comportado de manera más dura con él cuando se lo dijo? Tal vez porque siempre vio en su hijo varón a una persona sin carácter, sin fuerza para la lucha. No tenía espíritu marcial. A Pedro no le quedó claro si esa resignación a su negativa era piedad o vergüenza.

Y, sin embargo, podría haber estado en las islas Malvinas en ese mismísimo momento si no fuera porque había pedido prórroga en el servicio militar obligatorio. No quería interrumpir los estudios de Letras, que había comenzado el año anterior. Pensaba pedir prórroga mientras pudiera y así postergar todo lo posible el momento de usar ropa de fajina, tirarse en el barro, comer guiso crudo y todas las porquerías que traía acarreado el servicio militar. No le interesaba aprender a disparar con un fusil, ni tácticas de supervivencia en la selva. Mientras pudiese posponer ese momento, lo haría.

Se imaginó con un fusil al hombro, al lado de su padre, en Puerto Stanley. La cara pintada como un soldado camuflado. Un momento histórico, diría su abuelo. En cambio, a él le parecía el peor de los planes posibles.

Cuando finalmente se quedó solo, se puso un jean, unas medias limpias, las zapatillas nuevas, se cambió la remera de dormir por una camisa y bajó al living. Habían llegado los tíos Carlos y Teresa con el pequeño Gastón, que estaba en brazos de su madre. La radio del equipo de música estaba encendida y todos escuchaban con atención un programa de noticias. Blanca acomodaba tazas de café y platos con galletitas Panchitas. Debía estar molesta por no poder convidar a los invitados con algo más atractivo. Sin embargo, se la veía emocionada.

Fátima bajó unos minutos más tarde, cuando Pedro ya estaba sentado en el sillón de tres cuerpos entre su abuela y su tía. La esposa de su padre traía de la mano a la pequeña Lorena, que miraba con desconfianza la presencia de tantos familiares. Su hermana de dos años y medio fue hacia las galletitas sin saludar a nadie, pero la tía la levantó en brazos para darle un beso y los demás se la fueron pasando para besuquearla como si fuera un paquete.

Fátima y Pedro se miraron. La esposa de su padre le sonrió con esa tranquilidad que Pedro siempre relacionó con la vida en el campo. Fátima, creía él, tenía esa sonrisa porque se había criado en un pequeño pueblo rural. No importaba que ella le dijera que la vida en ese pueblo no había sido nada bucólica. Él prefería pensar que esa paz que transmitía había llegado con ella, junto a su tonada tucumana y su facilidad para hacer empanadas.

—Estoy tan orgullosa de mi hermano —dijo Teresa mientras abrazaba a Fátima.

Blanca le sirvió a Pedro un café con leche. Carlos fumaba un Kent y se estiraba en el sillón como si estuviera escuchando un concierto en vez de las noticias. La radio informaba sobre el desembarco argentino en las islas Malvinas. El ejército y la armada habían tomado Puerto Stanley y tenían el control de lo que dejaba de ser un antiguo enclave colonial para regresar al corazón de la patria. Así hablaban en la radio, sin aportar ningún dato preciso, repitiendo como en una cinta sin fin que la Argentina había recuperado las islas, mechado todo con una canción marcial, que Pedro escuchaba por primera vez: “Tras su manto de neblinas,/ no las hemos de olvidar./ ¡Las Malvinas, argentinas!,/ clama el viento y ruge el mar.”

Nada se decía del teniente coronel Vidal, pero el clima festivo y celebratorio hacía sospechar que los soldados y oficiales argentinos que estaban allá no habían encontrado problemas. ¿Qué haría su padre? ¿Se pasearía por las calles de la ciudad como en un desfile militar? ¿Daría órdenes a sus subordinados para saquear las casas? ¿Fusilarían a los que no jurasen fidelidad a la bandera argentina?

—Esto ha sido un golpe perfecto —dijo el abuelo aprovechando una pausa radial—. A los ingleses no les va a quedar otra que aceptar el hecho consumado de que las islas están bajo control argentino. Ciento cincuenta años de espera. Valió la pena.

—Mire, Augusto, que los ingleses son duros de roer —dijo su tío Carlos, que era arquitecto y admiraba el estilo británico.

—Pero no son imbéciles. No se van a animar a pasar un papelón. En dos días tenemos a nuestros soldados de nuevo en el continente y a las Malvinas con un gobernador argentino.

—¿Pueden nombrarlo gobernador a Augusto? —preguntó Teresa.

—No creo, tu hermano es muy joven. Me imagino que pondrán a un general o un teniente general —precisó el abuelo.

—Si lo ponen de gobernador a tu viejo —dijo Carlos dirigiéndose a Pedro—, te vas a tener que mudar allá. Los tres: Fátima, Lorenita y vos. Los quiero ver, con el fresquete que hace.

—Yo seguí a tu suegro a Chubut —le contestó la abuela—. Estuvimos dos años y nunca me quejé. Las esposas de los militares sabemos de sacrificios.

La conversación fue perdiendo fuerza a medida que se reiteraban los mismos comentarios sobre lo que ocurría en Malvinas y poco antes del mediodía todos se fueron. El crepitar de la radio AM se mantuvo en los oídos de Pedro un tiempo más que las voces de su familia. Se sentía un desalmado o un mal hijo y mucho peor: un mal patriota por no emocionarse. Fátima tampoco parecía especialmente conmovida. La abuela decía que Fátima era corta para los sentimientos, que no sabía expresarse. Lo había repetido en más de una reunión familiar. Pedro no creía que fuera así. Simplemente, Fátima sabía ignorar todo aquello que no la conmovía, o aquello que le hacía daño. Así se defendía. ¿Le dolía pensar que su marido podía sufrir en las islas? ¿O no le interesaba lo que podía ocurrirles a él y a la Argentina?

—¿Vas a almorzar con nosotras? Blanca está haciendo mostacholes con estofado.

Planeaba ir a la facultad temprano. Tenía una clase de literatura francesa a primera hora de la tarde, pero prefirió ir más tarde. Primero quería saber qué pensaba Fátima de lo que estaba ocurriendo.

Cuando Blanca lo llamó a la mesa, la radio había dejado paso a la televisión. Ya había imágenes de Malvinas, de soldados argentinos caminando por las calles desoladas de Puerto Stanley bajo un cielo gris que permitía presagiar tormentas. Debía hacer mucho frío en ese lugar. Lorena preguntaba, cada vez que aparecía un uniformado, si era su padre. Pero no, los videos que los cuatro canales repetían sin cesar no mostraban al teniente coronel Vidal.

—Mirá si nos tenemos que mudar para allá —dijo Pedro retomando el comentario de su tío.

—Vine de Tucumán para acá. No creo que sea mucho más difícil ir a Malvinas. Mientras haya una escuela para Lorena. ¿En Malvinas hablan inglés?

—Sí.

—Eso va a ser un problema.

II

Cuando Pedro salió de su casa rumbo a la facultad, ya sabía que a Puerto Stanley le iban a cambiar el nombre por una denominación más argentina, tal vez Puerto Rivero. También sabía que Fátima no pensaba que su marido fuera un héroe. No se lo dijo abiertamente. Ella no haría eso. Pero la charla durante el almuerzo dejaba entrever que Fátima tenía el mismo sentimiento ante la guerra que ante los éxitos anteriores de Augusto Vidal: indiferencia. Jamás se había planteado poner en duda la actividad de su marido ni su carrera militar. No le interesaba saber cómo había pasado de capitán a mayor y de mayor a teniente coronel, no se negaba a ir a las fiestas del Círculo Militar, ni faltaba a las ceremonias de ascenso, ni a los homenajes a los soldados caídos en el deber. Ella lo había acompañado siempre desde que se convirtió en su mujer, primero en Tucumán, un breve tiempo en Mendoza y luego en Buenos Aires. Sin embargo, Pedro no recordaba ni una sola vez en la que Fátima se hubiera mostrado orgullosa de su marido. Ahora tampoco parecía estarlo. Y él la entendía perfectamente.

Durante las cinco cuadras que caminó entre su casa en Estomba y Virrey del Pino hasta la parada del colectivo 140, Pedro sintió que se había trasladado a un mundo paralelo, como en las series de ciencia ficción. Los autos tocaban bocina, algunos ya tenían una bandera argentina atada al techo o a la antena. Los vecinos se saludaban con alegría. Los nenes cantaban la Marcha de Malvinas, que habían aprendido ese mismo día. Pedro no recordaba una reacción social así al menos desde el Mundial, cuatro años atrás, o tres, si recordaba los festejos —menos masivos pero existentes— del Mundial Juvenil un año más tarde.

El 140 venía bastante vacío, por lo que consiguió un asiento individual. No quiso pasar los cuarenta minutos en colectivo viendo a los que festejaban, así que sacó uno de los libros que llevaba en el morral y se puso a leer. Eran los Poemas humanos de César Vallejo. Se concentró en los versos del escritor peruano y leyó “Un hombre pasa”: “Un hombre pasa con un pan al hombro/ ¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?// Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo/ ¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?// Otro ha entrado a mi pecho con un palo en la mano/ ¿Hablar luego de Sócrates al médico?”.

Llegó a la Facultad de Filosofía y Letras —una vieja maternidad convertida en claustro educativo— cerca de las tres de la tarde. Las clases se habían suspendido y las oficinas administrativas estaban cerradas, por lo que no pudo pagar el arancel del mes de abril. Tampoco quedaban muchos estudiantes. No se cruzó con ninguno de sus compañeros más cercanos. No eran tantos: dos varones y dos chicas, de las cuales una era Silvina, una pelirroja que vivía en Morón y con la que había tenido algunos escarceos amorosos a fines del año pasado. Ninguno de los dos estaba de novio, los dos se gustaban. Sin embargo, ese año no habían vuelto a tener un momento de intimidad, solo se veían en grupo. Tal vez el hecho de que ella fuera virgen y él tuviera poca experiencia para manejar la situación los había espantado mutuamente.

Pensaba ir a tomar un café en La Giralda de la esquina de la facultad, cuando se cruzó con Gustavo, un compañero que le caía bien, pero que no formaba parte de su pequeño grupo. Él le comentó que un rato antes había visto a Silvina y los otros tres dirigirse a La Giralda de avenida Corrientes. A la auténtica, agregó Gustavo, que no le gustaba que el bar de la esquina se llamara igual que un café clásico de Buenos Aires. Después hizo un comentario elogioso sobre los militares que habían recuperado las islas y Pedro asintió. Se fue solo hacia el bar en el que estaban sus amigos. Cruzó la plaza Houssay —ese cuadrilátero lleno de desniveles y cemento que a Pedro le parecía menos una plaza que el patio de una cárcel—, caminó por Córdoba mientras miraba distraídamente los negocios que proveían de prótesis a las facultades de Medicina y Odontología, llegó luego a Callao, hizo una pausa en la librería Plus Ultra, hojeó distraídamente las obras heterogéneas de la mesa de exhibición y después siguió su camino por la avenida, justo cuando sonaban las campanas de la Iglesia del Salvador.

Saludó sin detenerse a José, el dueño del kiosco de revistas de Corrientes sobre la vereda de La Ópera. A él le compraba las publicaciones subtes que se vendían de manera casi secreta, o las revistas Humor y El Péndulo.

Pedro se preguntaba de dónde habían sacado las banderas argentinas los autos que circulaban por la avenida y la gente que marchaba hacia el Bajo, seguramente rumbo a la Plaza de Mayo. ¿Les habrían quedado del Mundial? ¿La gente guardaba en sus casas banderas? ¿Tendría su padre guardada en alguna parte una bandera argentina? Era muy probable.

Cuando llegó a La Giralda, el bar estaba más lleno de lo que solía estar a esa hora de la tarde y el humo del cigarrillo ya impregnaba todo el ambiente, como solía ocurrir de noche. Ahí estaban Fernando, Adrián, Roxana y Silvina, frente a pocillos de café y una copa de ginebra. Lo vieron llegar y le hicieron gestos para que se acercara. Pedro buscó una silla de otra mesa y se acomodó en la cabecera, mientras Adrián llamaba al mozo para pedir cerveza y su habitual ginebra Bols.

—Las Malvinas, argentinas,/ clama el viento y ruge el mar —tarareó Fernando.

—¿Conocés a alguien que esté en Malvinas? —fue la pregunta a quemarropa de Roxana. Pedro se sorprendió. Se había cuidado de no decir en ninguna circunstancia que era hijo de un militar. En la facultad lo habrían mirado con desconfianza o con desprecio. Pensarían que era uno de los tantos infiltrados que todos sospechaban que había en las aulas (incluso ahí mismo, en el bar, fumando, tomando cerveza, comiendo churros: infiltrados dispuestos a entregar a estudiantes díscolos). Ninguno de sus cuatro amigos lo trataría como a un igual.

—¿Si conozco a alguno? ¿Cómo? —titubeó.

—¿Vos no sos del 63? Los conscriptos que están allá son clase 62 y 63 —le aclaró Roxana.

—No, no conozco a ningún colimba.

—No soporto ver a todos estos hijos de puta felices —dijo Adrián señalando con su vaso de ginebra a los que pasaban por la calle.

—Yo estoy contenta —lo provocó Silvina.

La discusión sobre la pertinencia de la felicidad por recuperar las islas se prolongó mucho tiempo. Era como si no pudieran abstraerse de la fiebre que se había desatado en el país y tuvieran que hablar de eso sin parar. Solo cortaron cuando Silvina pareció recordar algo y le dijo a Pedro:

—Tengo un regalo para vos.

Buscó en su enorme bolso y sacó un libro entre amarillo y naranja: Van Gogh, el suicidado por la sociedad, de Antonin Artaud, en una edición de 1971 publicada por Editorial Argonauta. Pedro lo tomó como quien recibe un diamante extrañísimo.

—¿Dónde conseguiste este librazo?

—En una librería de Morón. Es para vos, quedátelo.

—A mí nunca me regalás nada —se quejó Fernando.

—Vos no tenés los atractivos de Pedro —dijo Roxana mientras achinaba los ojos por el humo de su cigarrillo.

—Y me compré éste para mí —Silvina sacó un ejemplar de Respiración artificial, de Ricardo Piglia—. ¿Alguien lo leyó?

—Leí el comentario de Sasturain en Humor y me dieron ganas de leerlo. ¿Me lo pasás cuando lo termines? —le pidió Adrián.

Salieron del bar cuando ya anochecía. Se separaron en la puerta, salvo Pedro y Silvina que caminaron juntos por Corrientes en dirección a Once. Ella pensaba tomar la Lujanera hasta su casa en el Conurbano y él se ofreció a acompañarla.

Con la caída del sol, la gente había apaciguado su furor nacionalista. Solo un grupo de adolescentes gritaba “Ar-gen-ti-na, Ar-gen-ti-na” en la entrada principal de la estación terminal de trenes. Había refrescado, pero parecía más un día de primavera que de otoño. Silvina debía tener algo de frío a pesar de su saquito y caminaba muy cerca de él. En el aire había olor a pizza. Pedro sintió hambre. Recordó que no había comido nada desde el mediodía, salvo unos maníes, y que había pasado toda la tarde tomando café y cerveza.

—Qué suerte que pediste prórroga.

A Pedro le costó un segundo entender de qué estaba hablando Silvina.

—Sí, no me gustaría estar allá.

—¿Ni siquiera para vivir un momento histórico?

—No me gustan los militares.

—A mí tampoco. Pero lo digo porque nosotros no vivimos muchos momentos así, que quedan en la historia. No sé, el Mundial... Pero tampoco era tan importante.

El semáforo los había detenido en la esquina de la estación de trenes. Esperaban para cruzar hacia la plaza. Pedro miró a su amiga: el pelo rojo que se agitaba con el viento, los ojos claros y alegres que lo observaban, su saquito rosa y el jean algo flojo que disimulaba sus buenas formas.

—¿Qué?

—¿Cómo qué?

—¿Por qué me mirás? —dijo ella sin quitarle los ojos de encima.

Debía besarla. Era el momento. La gente que esperaba a su lado empezó a cruzar y ellos hicieron lo mismo. Cuando llegaron a la plaza se detuvieron y quedaron frente a frente. Silvina tenía pecas alrededor de la nariz.

—Mi viejo es milico.

—¿Tu papá?

—Está allá en Malvinas.

Silvina se acercó y lo abrazó. Pedro sintió el cuerpo de ella pegado al suyo. Olía a cigarrillo, como seguramente él también. Pero había una confusión. Ella lo abrazaba consolándolo, tal vez pensando que él temía por lo que pudiera pasarle a su padre en Malvinas. Pedro la tomó por los brazos y la alejó.

—Yo detesto a mi viejo.

Silvina se quedó mirándolo, como tratando de descubrir cuánto había de verdad en lo que le decía. Seguramente medía sus palabras, su reacción. Quería ponerse de su lado.

—Ignoralo. O andate a vivir solo.

—Desgrabando clases de literatura francesa y trabajando tres veces por semana con una odontóloga lo veo difícil.

—¡Casémonos! —Silvina se rió y después lo besó. Un beso largo y cálido.

Caminaron hasta la parada de la Lujanera. Había bastante gente, la suficiente para tener que esperar al segundo micro si Silvina quería ir sentada. En la cola del micro se volvieron a besar.

—No les digas nada a los chicos. Menos a Roxana.

—Por supuesto. Si vos no querés, no hablo.

—Espero que el lunes haya clases. ¿Nos vemos en Francesa?

—¿No querés que mañana vayamos al cine? Me gustaría ver Señora de nadie.

Quedaron en encontrarse al día siguiente.

Después de que Silvina se fue, Pedro se dirigió al puesto de comidas rápidas, comió dos panchos y tomó una Coca. Más tarde se subió a un colectivo 90 y regresó a su casa.

III

Lorena hacía garabatos arrodillada en el piso, mientras la televisión informaba las últimas novedades de lo que estaba ocurriendo en Malvinas, en la Casa Rosada, en Londres, en las Naciones Unidas. Pedro tomó a su hermana en brazos y la revoleó por el aire entre sus gritos y risas. Cuando la bajó, Lorena aprovechó para pegarle un puntapié en la tibia, que le dolió.

—Fátima, ¿puedo apagar la tele? —gritó porque su madrasta estaba en la cocina. Ella apareció secándose las manos con un repasador.

—Estamos escuchando las noticias.

—¿Estamos? No creo que a Lore le interesen mucho.

—Blanca y yo.

—¿Puedo apagar un rato? Tengo que grabar un casete y necesito escuchar los temas que voy a poner.

Fátima se acercó adonde estaban Lorena y él.

—¿Un casete? ¿Para quién?

—Para una amiga.

—¿Una amiga? —la sonrisa de Fátima era enorme—. ¿Una novia tal vez?

—Una amiga de la facultad.

—¿Cómo se llama? ¿Es escritora?

—Se llama Silvina. Y no es escritora, al menos por ahora.

—Me suena. Vos ya la nombraste alguna vez.

—¿Puedo apagar la tele?

—Está bien. Pero no pongas muy fuerte el equipo que Blanca se altera con la música que vos escuchás.

A Pedro le hubiera gustado hacer ese trabajo en su habitación, pero el equipo de música que permitía copiar directamente los discos a un casete estaba en el living. Él apenas contaba con un radiocasete, con el que escuchaba algunos programas de FM o las cintas que él mismo preparaba. Prefería poner sus discos de vinilo. Se oían mejor que los TDK. En los largos períodos en que su padre no estaba, usaba el living como sala de grabación. Escuchaba los discos tirado en un sillón, mientras contemplaba y leía cada detalle de las cubiertas y de los sobres internos. También le gustaba estudiar ahí y hasta bajaba su máquina portátil Remington cuando tenía que escribir un trabajo para la facultad. Esa rutina se interrumpía cuando estaba su padre. En esos días él se refugiaba en su habitación y ponía los TDK de cromo grabados con lo mejor de sus discos.

Lo divertía grabar cintas para sus amigos o para las chicas que le gustaban. Cuando era más chico, había intentado escribir poesía, y todo lo que le salía le parecía horrible. Habría preferido expresarse con sus propias palabras, pero era incapaz de conmover a alguien con esos versos que querían ser surrealistas y le quedaban patéticos. En cambio, cuando armaba un listado de temas sentía que estaba expresando algo mucho más importante que su gusto musical. Esos artistas decían, interpretaban, lo que él no era capaz de expresar con palabras.

En el casete que le estaba preparando a Silvina, decidió copiarle completo Artaud, el disco de Spinetta. Porque ella le había regalado Van Gogh, el suicidado por la sociedad, porque a él le parecía un disco perfecto y porque hubiera querido escribir cada uno de esos versos. “Las almas repudian todo encierro/ las cruces dejaron de llover/ Sube al taxi, nena/ ...