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ALTO RIESGO

Ken Follett

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Fragmento

PRIMER DÍA:

domingo, 28 de mayo de 1944

1

Un minuto antes de la explosión, la plaza mayor de Sainte-Cécile estaba tranquila. La tarde era cálida, y una capa de aire inmóvil cubría la ciudad como una sábana. El perezoso repique de la campana convocó a los fieles a la iglesia con escaso entusiasmo. A Felicity Clairet le sonaba a cuenta atrás.

El edificio más sobresaliente de la plaza era el palacio del siglo XVII. Versión a escala reducida de Versalles, su majestuosa fachada principal estaba flanqueada por dos alas, que se prolongaban en ángulo recto hacia la parte posterior. El edificio constaba de sótano y dos plantas rematadas por un tejado alto con buhardillas.

A Felicity, más conocida como Flick, le encantaba Francia. Le gustaban sus hermosos edificios, su benigno clima, sus relajadas comidas y sus cultivadas gentes. Admiraba la pintura francesa, la literatura francesa y la moda francesa. Para muchos extranjeros, los franceses eran gente poco simpática, pero Flick hablaba el idioma del país desde los seis años y nadie habría adivinado que era inglesa.

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Le dolía que la Francia que amaba hubiera dejado de existir. No había bastante comida para comer relajadamente, los nazis se habían llevado las pinturas y las únicas que vestían con elegancia eran las putas. Como la mayoría de las francesas, Felicity llevaba un vestido que había perdido la forma y el color de tanto lavarlo. Deseaba con todas sus fuerzas el retorno de la auténtica Francia, que tal vez se produjera pronto si ella y los suyos cumplían con su deber.

Aunque quizá no viviera para verlo; de hecho, puede que le quedaran unos minutos de vida. No era fatalista; deseaba vivir. Quería hacer cientos de cosas después de la guerra: acabar su tesis, tener un hijo, visitar Nueva York, comprarse un deportivo, beber champán en las playas de Cannes... No obstante, si estaba a punto de morir, celebraba pasar sus últimos instantes de vida en una plaza soleada, frente a un hermoso edificio antiguo, con las acariciantes cadencias del idioma francés en los oídos.

El château había sido la residencia de la aristocracia local, pero el último conde de Sainte-Cécile había sido decapitado en la guillotina en 1793. Los jardines ornamentales se habían transformado en viñedos hacía mucho tiempo, pues aquella era una comarca vinícola en el corazón de la Champaña. En la actualidad, el edificio alojaba una importante central telefónica por iniciativa de un ministro del ramo nacido en Sainte-Cécile.

A su llegada, los alemanes habían ampliado la central para establecer conexiones entre la red francesa y la nueva ruta de cable hacia Alemania. También habían instalado el cuartel general de la Gestapo para la región en el edificio, con oficinas en las dos plantas y celdas en el sótano.

Los aliados habían bombardeado el palacio hacía cuatro semanas. Los pesados cuatrimotores Lancaster y las Fortalezas Volantes que sobrevolaban Europa todas las noches eran poco precisos —a veces no acertaban ni a toda una ciudad—, pero la última generación de cazabombarderos, los Lightning y los Thunderbolt, podían atacar en pleno día y alcanzar un blanco relativamente pequeño, un puente o una estación ferroviaria. La mayor parte del ala oeste del edificio había quedado reducida a un montón de irregulares ladrillos rojos y sillares de piedra blanca del siglo XVII.

Sin embargo, el bombardeo aéreo no había cumplido su objetivo. Los trabajos de reparación progresaban a buen ritmo, y el servicio telefónico solo se había interrumpido el tiempo que tardaron los alemanes en reemplazar las centralitas. Todos los sistemas de telefonía automática y los imprescindibles amplificadores para las líneas de larga distancia se encontraban en el sótano, que apenas había sufrido daños.

Por eso estaba allí Flick.

El palacio, situado en el lado norte de la plaza, estaba rodeado por una alta verja de pilares de piedra y rejas de hierro forjado, vigilada por centinelas uniformados. En el lado este, la pequeña iglesia medieval abría sus vetustas puertas de madera al aire primaveral y a los fieles. Frente a ella, en el extremo oeste de la plaza, se alzaba la casa consistorial, regida por un alcalde ultraconservador que tenía pocas desavenencias con los mandos de las fuerzas de ocupación. El lado sur lo formaban una hilera de tiendas y un bar llamado Café des Sports. Sentada en la terraza, Flick esperaba a que la campana dejara de repicar. Sobre el velador había un vaso de vino blanco local, suave y de poco cuerpo. No lo había probado.

Felicity era mayor del ejército británico. Oficialmente, pertenecía al First Aid Nursing Yeomanry, cuerpo femenino inevitablemente conocido como FANY. Pero eso no era más que una tapadera. En realidad, trabajaba para una organización clandestina, el Ejecutivo de Operaciones Especiales, encargada de llevar a cabo acciones de sabotaje tras las líneas enemigas. A sus veintiocho años, era uno de los agentes más viejos. Aquella no era la primera vez que se sentía a un paso de la muerte. Había aprendido a convivir con el peligro y a dominar el miedo, a pesar de lo cual, cada vez que miraba los cascos de acero y los potentes fusiles de los centinelas del palacio, sentía que una mano helada le oprimía el corazón.

Tres años antes, su mayor ambición era convertirse en profesora de literatura francesa en alguna universidad de Inglaterra y enseñar a sus alumnos a apreciar la fuerza de Víctor Hugo, la inteligencia de Flaubert y la pasión de Zola. Trabajaba en la Oficina de Guerra traduciendo documentos franceses, cuando la convocaron a una misteriosa entrevista en una habitación de hotel y le preguntaron si estaba dispuesta a aceptar una misión peligrosa.

Respondió que sí sin pensárselo mucho. El país estaba en guerra, y todos sus antiguos compañeros de Oxford arriesgaban la vida a diario. ¿Por qué no iba a hacerlo ella? Dos días después de la Navidad de 1941 había empezado su adiestramiento como agente del EOE.

Seis meses más tarde, convertida en correo, llevaba mensajes desde el cuartel general del Ejecutivo, en el 64 de Baker Street, Londres, a los grupos de la Resistencia en la Francia ocupada, en la época en que escaseaban las radios, por no hablar de los operadores. Saltaba en paracaídas, se movía por el país con documentos de identidad falsos, contactaba con la Resistencia, les entregaba las órdenes y tomaba nota de sus respuestas, quejas y peticiones de armas y munición. Para el viaje de regreso, acudía a la cita con el avión de recogida, generalmente un Westland Lysander de tres asientos, tan pequeño que podía aterrizar en seiscientos metros de hierba.

De correo había ascendido a organizadora de sabotajes. La mayoría de los agentes del Ejecutivo eran oficiales y en teoría estaban al mando de un grupo de la Resistencia. En la práctica, los partisanos no acataban la disciplina militar, y los agentes tenían que ganarse su cooperación mostrando firmeza, competencia y arrojo.

Era un trabajo peligroso. Flick había superado el curso de adiestramiento con seis hombres y tres mujeres; al cabo de dos años, ninguno de ellos seguía en activo. Dos habían muerto con toda certeza: uno por disparos de la Milicia, la odiada policía de seguridad francesa, y el otro, al no abrirse su paracaídas. Los demás habían sido capturados, interrogados, torturados y, posteriormente, enviados a campos de prisioneros en Alemania. Flick había sobrevivido porque era inflexible, reaccionaba con rapidez y su obsesión por la seguridad rayaba en la paranoia.

Junto a ella estaba sentado su marido, Michel, jefe del circuito de la Resistencia con nombre en clave «Bollinger» y base en la ciudad catedralicia de Reims, a dieciséis kilómetros de Sainte-Cécile. Aunque estaba a punto de jugarse la vida, Michel seguía arrellanado en su silla, con la pierna derecha sobre la rodilla izquierda y un vaso largo de la pálida y aguada cerveza de tiempos de guerra en la mano. Su sonrisa despreocupada había conquistado el corazón de Felicity durante su estancia en la Sorbona, donde preparaba una tesis sobre la ética en la obra de Molière, que había dejado a medias al estallar la guerra. Él era un joven y desaliñado profesor de Filosofía con una legión de alumnos entusiastas.

Seguía siendo el hombre más atractivo que había conocido. Era alto y llevaba trajes arrugados y descoloridas camisas azules con elegante descuido, y el pelo siempre un poco más largo de la cuenta. Tenía una voz ronca e insinuante, y la intensa mirada de sus ojos azules te hacía sentir que no había otra mujer en el mundo.

Aquella misión había proporcionado a Flick la anhelada oportunidad de pasar con él unos días, que sin embargo, no habían sido felices. No podía decirse que hubieran discutido, pero Michel la había tratado con un afecto tibio, como si hiciera las cosas con desgana, y Felicity se había sentido herida. Su instinto le decía que le interesaba otra. Solo tenía treinta y cinco años, y su desaliñado encanto seguía funcionando con las jovencitas. El hecho de que, debido a la guerra, hubieran estado más tiempo separados que juntos desde poco después de la boda no contribuía a mejorar las cosas. Y había montones de chicas guapas y bien dispuestas, se dijo Flick amargamente, en la Resistencia y fuera de ella.

Sin embargo, seguía queriéndolo. No del mismo modo: había dejado de adorarlo como en la luna de miel y ya no deseaba dedicar su vida a hacerlo feliz. Las neblinas matinales del amor romántico se habían desvanecido, y a la clara luz del día de la vida conyugal Flick podía ver que su marido era vano, egoísta y poco fiable. Pero cuando decidía prestarle atención, aún era capaz de hacer que se sintiera única, hermosa y deseada.

El encanto de Michel, que también funcionaba con los hombres, lo había convertido en un excelente líder, valiente y carismático. Flick y él habían ideado el plan de ataque juntos. Asaltarían el palacio por dos puntos a un tiempo para dividir a los defensores; una vez dentro, se reagruparían en una sola fuerza, penetrarían en el sótano, buscarían la sala del equipo principal y la harían volar por los aires.

Disponían de un plano del edificio que les había proporcionado Antoinette Dupert, encargada del grupo de mujeres del pueblo que limpiaban el palacio todas las tardes. También era tía de Michel. Las limpiadoras empezaban a trabajar a las siete, la hora de la misa vespertina; en aquellos momentos, Flick podía ver a varias que enseñaban sus pases a los centinelas de la verja. El dibujo de Antoinette mostraba el camino al sótano, pero no detallaba el interior, cuyo acceso estaba restringido a los alemanes, que hacían la limpieza por sí mismos.

El plan de ataque de Michel se basaba en los informes del MI6, el servicio secreto británico, según el cual el palacio estaba custodiado por un destacamento de las Waffen SS que se repartía en tres turnos de doce hombres cada uno. El personal de la Gestapo no estaba formado por tropas de combate, y la mayoría de sus miembros ni siquiera irían armados. El circuito Bollinger había conseguido reunir a quince hombres para realizar el ataque, los cuales se habían mezclado con los asistentes a la misa o vagaban por la plaza haciéndose pasar por desocupados transeúntes, con las armas ocultas bajo la ropa o en carteras y bolsos en bandolera. Si la información del MI6 era correcta, los guerrilleros superaban en número a la guarnición.

Flick, sin embargo, sentía una aprensión que dominaba su mente y le oprimía el pecho. Al mencionar ante Antoinette la estimación del MI6, la mujer, frunciendo el ceño, había replicado: «Yo diría que son más». Antoinette no era tonta —había sido secretaria de Joseph Laperrière, director de una cava de champán, hasta que la ocupación redujo los beneficios y la mujer del jefe la sustituyó—, y podía tener razón.

Michel no había conseguido resolver la contradicción entre los datos del MI6 y la conjetura de Antoinette. Vivía en Reims, y ni él ni nadie de su grupo conocía Sainte-Cécile. No habían tenido tiempo de llevar a cabo un reconocimiento en toda regla. Si los guerrilleros se encontraban en inferioridad numérica, pensó Flick con temor, tendrían pocas posibilidades ante soldados alemanes bien entrenados.

Paseó la mirada por la plaza buscando a los miembros de su grupo, en apariencia paseantes ociosos, que, no obstante, estaban a punto de matar o morir. Ante la mercería, mirando un rollo de anticuada tela verde expuesto en el escaparate, estaba Geneviève, una chica alta de veinte años con una Sten bajo la ligera chaqueta de entretiempo. La Sten era la metralleta favorita de la Resistencia, porque se desmontaba en tres piezas y cabía en un bolso pequeño. Geneviève podía ser la chica a la que Michel le había echado el ojo, lo que no impidió que Flick se estremeciera de horror al pensar que podían acribillarla a tiros en cuestión de segundos. Cruzando el empedrado de la plaza en dirección a la iglesia, vio a Bertrand, el benjamín del grupo con sus diecisiete años, un rubito de mirada inquieta con un Colt automático del calibre 45 oculto en el periódico que llevaba doblado bajo el brazo. Los aliados habían lanzado en paracaídas un auténtico diluvio de Colts. En un principio, Flick había excluido a Bertrand del grupo por su edad, pero andaban tan escasos de hombres y el chico le había insistido tanto que había acabado por convencerla. Flick confiaba en que su juvenil entusiasmo no se esfumara al iniciarse el tiroteo. En el atrio de la iglesia, fingiendo dar las últimas caladas a un cigarrillo antes de entrar, estaba Albert, que había sido padre de una niña, su primer hijo, esa misma mañana. Albert tenía una razón de más para querer sobrevivir. Llevaba una bolsa de tela que parecía llena de patatas; en realidad, eran granadas de mano Mark I Mills n.º 36.

En la plaza todo parecía normal, salvo por un detalle. Junto a la iglesia había aparcado un enorme y potente deportivo, un Hispano-Suiza modelo 68-bis de fabricación francesa con motor V12 de avión, uno de los coches más rápidos del mundo. Era de color azul celeste y tenía un espectacular radiador plateado rematado por la característica cigüeña en pleno vuelo.

Había llegado hacía media hora. Su conductor, un hombre atractivo de unos cuarenta años, vestía un elegante traje de paisano, pero nadie que no fuera un oficial alemán habría tenido la desfachatez de exhibirse con semejante vehículo. Su acompañante, una pelirroja alta y llamativa con vestido de seda verde y zapatos de ante con tacón de aguja, era demasiado chic para no ser francesa. El hombre había montado una cámara en un trípode y estaba fotografiando el palacio. Entre tanto, la pelirroja lanzaba miradas desafiantes a su alrededor, como si supiera que los desharrapados lugareños que le clavaban los ojos mientras se dirigían a la iglesia la estaban llamando «puta» mentalmente.

Hacía unos minutos, el cuarentón había conseguido alarmar a Flick al pedirle que le hiciera una foto posando con su amiga ante el palacio. Se había dirigido a ella cortésmente, con una sonrisa encantadora y apenas un asomo de acento alemán. Lo último que necesitaba Flick era distraerse en el momento crucial, pero había intuido que negarse a hacer la foto habría despertado las sospechas del alemán, tanto más cuanto que fingía ser una vecina del pueblo sin otra ocupación que tomar el sol en la terraza del bar. En consecuencia, había reaccionado como la mayoría de los franceses en parecidas circunstancias: adoptando una expresión de fría indiferencia y haciendo lo que le pedía el desconocido.

Habían sido unos instantes tan cómicos como aterradores: la agente secreta británica inclinada tras la cámara; el oficial alemán y su fulana sonriéndole; y la campana de la iglesia marcando los segundos previos a la explosión. A continuación, el oficial le había dado las gracias y había querido invitarla. Ella se había negado tajantemente: ninguna francesa habría bebido con un alemán a menos que no le importara que la llamaran puta. El hombre, comprensivo, había sonreído, y ella había vuelto a sentarse con su marido.

Era evidente que el oficial no estaba de servicio, y no parecía ir armado, de modo que no representaba ningún peligro. Aun así, tenía algo que la inquietaba. Flick intentó descubrirlo en los últimos instantes de calma, y acabó comprendiendo que no se tragaba que estuviera de turismo. Su actitud vigilante era impropia de quien está absorto en la belleza de un edificio antiguo. La mujer que lo acompañaba podía ser lo que parecía, pero él era algo más.

Antes de que Flick pudiera adivinar el motivo, la campana enmudeció.

Michel apuró su cerveza y se limpió la boca con el dorso de la mano.

Se levantaron de la mesa. Procurando no llamar la atención, fueron hasta la puerta del bar y, deteniéndose en el umbral, se pusieron disimuladamente a cubierto.

2

Dieter Franck se había fijado en la chica de la terraza aun antes de bajar del coche. Siempre se fijaba en las mujeres guapas. Aquella era un pimpollo rebosante de atractivo sexual. Tenía el pelo pajizo, los ojos verde claro y probablemente sangre alemana, lo que no era raro en aquella zona del nordeste de Francia tan próxima a la frontera. El vestido que cubría su menudo y esbelto cuerpo parecía un saco, pero la chica le había añadido un pañuelo barato de algodón amarillo que, en opinión de Dieter, le daba un toque de buen gusto inequívocamente francés. Al dirigirle la palabra, había percibido el inicial sobresalto que experimentaba la mayoría de los franceses al verse abordados por un miembro del ejército de ocupación; pero, acto seguido, el hermoso rostro de la joven había adoptado una expresión desafiante que había aumentado la curiosidad de Dieter.

La acompañaba un hombre atractivo que no parecía muy interesado en ella, probablemente su marido. Dieter le había pedido que le hiciera una foto porque le apetecía hablar con ella. Tenía mujer y dos hijos preciosos en Colonia, y compartía su piso de París con Stéphanie, pero eso no era motivo para privarse de tontear con otras. Las mujeres hermosas eran como los magníficos cuadros impresionistas franceses de su colección: tener uno era querer tenerlos todos.

Las francesas eran las mujeres más hermosas del mundo. En realidad, todo lo francés era hermoso: los puentes, los bulevares, los muebles, hasta las vajillas de porcelana. A Dieter le encantaban los clubes nocturnos de París, el champán, el foie gras, las baguettes calientes y comprar camisas y corbatas en Charvet, el legendario chemisier de enfrente del hotel Ritz. No le habría importado quedarse en París el resto de su vida.

A veces se preguntaba dónde había adquirido aquellos gustos. Su padre era profesor de música, el único arte cuyos maestros indiscutibles no eran los franceses, sino los alemanes. Pero Dieter, que encontraba insoportablemente aburrida la anodina vida académica de su padre, había horrorizado a sus progenitores haciéndose policía, algo poco habitual para un universitario en la Alemania de la época. En 1939 era jefe del departamento de investigación criminal de la policía de Colonia. En mayo de 1940, cuando los panzer del general Heinz Guderian cruzaron el río Mosa en Sedán, atravesaron Francia de victoria en victoria y llegaron al canal de la Mancha en una semana, Dieter, obedeciendo a un impulso, solicitó ingresar en el ejército. Gracias a su experiencia policial, lo reclutaron de inmediato para el contraespionaje militar. Hablaba francés a la perfección e inglés con fluidez, de modo que le encomendaron interrogar a los prisioneros enemigos. Tenía talento para aquel trabajo, y sentía un orgullo inmenso al obtener información que ayudaba a ganar batallas a su país. En el norte de África, sus resultados habían merecido los elogios del propio Rommel.

En caso necesario, no dudaba en recurrir a la tortura, pero prefería persuadir a la gente con métodos más sutiles. Así había conseguido a Stéphanie. Lista, aplomada y sensual, era propietaria de una boutique parisina que vendía sombreros de mujer irresistiblemente elegantes y obscenamente caros. Desgraciadamente, una de sus abuelas era judía. Había perdido la tienda, había pasado seis meses en una prisión francesa y estaba a punto de partir para un campo alemán cuando la rescató Dieter.

Podía haberla forzado. Era lo que ella esperaba. Nadie habría protestado, por no hablar de emprender alguna acción. Sin embargo, la había mantenido, le había comprado ropa, la había instalado en el dormitorio libre de su piso y la había tratado con caballeroso afecto hasta la noche en que, tras una cena con foie de veau y una botella de La Tache, la sedujo delicadamente en el sofá, ante un buen fuego de carbón.

Ese día la chica solo era un elemento de camuflaje. Dieter volvía a estar a las órdenes de Rommel. El mariscal de campo Erwin Rommel, el Zorro del Desierto, era ahora comandante del Grupo B del ejército, que defendía el norte de Francia. El servicio secreto alemán preveía que la invasión aliada se llevaría a cabo ese verano. En vista de que no tenía suficientes hombres para vigilar los centenares de kilómetros de costa en que podía producirse el desembarco, Rommel había adoptado una arriesgada estrategia de respuesta flexible: sus batallones permanecían en el interior, a kilómetros del mar, listos para ser desplegados donde fuera necesario.

Los ingleses, que también tenían espías, estaban al corriente. Su contraplán consistía en ralentizar la respuesta de Rommel dañando sus comunicaciones. Día y noche, los bombarderos ingleses y estadounidenses batían carreteras y vías férreas, puentes y túneles, estaciones y centros de clasificación. Por su parte, la Resistencia atentaba contra centrales eléctricas y fábricas, hacía descarrilar trenes, cortaba las líneas telefónicas y enviaba a niñas a echar grava en los depósitos de aceite de camiones y tanques.

El cometido de Dieter era inspeccionar los principales centros de comunicaciones y evaluar su vulnerabilidad a un ataque de la Resistencia. En los últimos meses, desde su base en París, se había pateado todo el norte de Francia abroncando a centinelas soñolientos, metiendo en cintura a capitanes negligentes y reforzando la seguridad de las garitas de señales, los depósitos ferroviarios, los parques de vehículos y las torres de control aéreo. Ese día se disponía a hacer una visita sorpresa a una central telefónica de enorme importancia estratégica. De aquel edificio dependían todas las comunicaciones telefónicas del Alto Mando en Berlín con las fuerzas alemanas en el norte de Francia, así como los teletipos, el medio más habitual para cursar órdenes. La destrucción de la central dejaría gravemente dañado el sistema alemán de comunicaciones.

Los aliados, que sin duda lo sabían, habían bombardeado el edificio, aunque con escasa efectividad hasta la fecha. La central era la candidata perfecta para un ataque de la Resistencia. Por añadidura, la seguridad, según los parámetros de Dieter, era escandalosamente laxa. El motivo más probable era la influencia de la Gestapo, que tenía un destacamento en el edificio. Los miembros de la Geheime Staatspolizei, la policía secreta estatal, solían ascender en razón de su lealtad a Hitler y su entusiasmo por el nacionalsocialismo más que por su inteligencia y profesionalidad. Dieter llevaba media hora haciendo fotos al edificio, y su cólera iba en aumento al ver que los responsables de la vigilancia seguían sin tomar cartas en el asunto.

Al fin, cuando la campana de la iglesia dejó de sonar, un oficial de la Gestapo con uniforme de mayor traspuso las enormes puertas de hierro del palacio y fue directo hacia Dieter dándose aires.

—¡Deme esa cámara! —le gritó en francés macarrónico.

Fingiendo no haberlo oído, Dieter le volvió la espalda.

—¡Está prohibido hacer fotos del palacio, imbécil! ¿No ve que es una instalación militar?

Dieter se volvió hacia él y le respondió tranquilamente en alemán:

—Se ha dado usted poca prisa en mover el culo.

El mayor se quedó de una pieza. La Gestapo solía intimidar a los paisanos.

—¿Cómo dice? —preguntó el mayor en un tono menos agresivo.

Dieter consultó su reloj.

—Llevo aquí treinta y dos minutos. Podía haber hecho una docena de fotos y haberme marchado hace rato. ¿Es usted el responsable de la seguridad?

—¿Con quién hablo?

—Mayor Dieter Franck, a las órdenes directas del mariscal de campo Rommel.

—¡Franck! —exclamó el oficial de la Gestapo—. ¿No me reconoces?

Dieter lo miró detenidamente.

—¡Dios santo! —exclamó Dieter—. ¡Willi Weber!

—Sturmbannführer Weber, a tu servicio.

Como la mayoría de los oficiales de la Gestapo, Weber ostentaba una graduación en las SS, que consideraba más prestigiosa que su rango en la policía.

—Qué casualidad... —murmuró Dieter.

Ahora se explicaba los fallos de seguridad.

En su juventud, Willi y Dieter habían sido colegas de la policía en la Colonia de los años veinte. Dieter destacó enseguida; Willi era una nulidad. A Weber le molestaba el éxito de su antiguo compañero, que atribuía a sus orígenes familiares. (Los orígenes de Dieter no tenían nada de extraordinario, pero Weber, hijo de un estibador, no opinaba lo mismo.)

A la postre, Weber había perdido su puesto. Dieter empezó a acordarse de los detalles: se había producido un accidente de tráfico, la gente se había agolpado a mirar y Weber, presa del pánico, había disparado el arma y matado a un curioso.

Hacía quince años que no lo veía, pero se imaginaba los episodios fundamentales de la carrera de Weber: se había afiliado al partido nazi, se había convertido en organizador de voluntarios, había pedido trabajo en la Gestapo alegando su experiencia policial y había ascendido como la espuma en aquella comunidad de inútiles y amargados.

—¿Qué te trae por aquí? —preguntó Weber.

—Comprobar vuestra seguridad para el mariscal de campo.

Weber se puso en guardia.

—Nuestra seguridad es buena.

—Buena para una fábrica de salchichas. Mira a tu alrededor. —Dieter abarcó la plaza del pueblo con un gesto de la mano—. ¿Y si esa gente perteneciera a la Resistencia? Liquidarían a tus centinelas en cuestión de segundos. —Señaló a una joven alta con una chaqueta fina sobre el vestido—. ¿Y si llevara un arma bajo la chaqueta? ¿Y si...?

Se interrumpió.

De repente, comprendió que aquello no era una simple fantasía tejida para reforzar su argumento. Su inconsciente había visto a la gente de la plaza desplegándose en orden de batalla. La rubita y su marido se habían puesto a cubierto en la puerta del bar. Los dos hombres que remoloneaban en el atrio de la iglesia habían buscado el amparo de sendas columnas. La chica alta de la chaqueta fina, que hacía unos instantes miraba un escaparate, había retrocedido y se había parapetado detrás de su coche. Mientras la observaba, la joven se desabrochó la chaqueta y Dieter, mudo de asombro, comprobó que su fantasía había resultado profética: bajo la chaqueta ocultaba una metralleta con culata de esqueleto, el arma favorita de la Resistencia.

—¡Dios mío! —exclamó.

Se llevó la mano a la chaqueta, pero recordó que no llevaba pistola.

¿Dónde estaba Stéphanie? Miró alrededor, momentáneamente presa de algo muy parecido al pánico, pero comprobó que la chica estaba a sus espaldas, esperando pacientemente a que acabara de hablar con Weber.

—¡Al suelo! —gritó.

Al tiempo que lo decía, oyó una explosión.

3

En el umbral del Café des Sports, Flick se alzó de puntillas para mirar por encima del hombro de su marido. Permanecía alerta, con el corazón palpitante y los músculos en tensión; pero la sangre fluía por su cerebro como agua helada, y observaba y calculaba con fría objetividad.

Había ocho centinelas a la vista: dos en la entrada, para verificar los pases; otros dos tras ellos, ante la verja; dos más patrullando por la explanada, y los dos últimos en lo alto del corto tramo de escaleras que conducía a la imponente puerta del palacio. Pero el grueso de los hombres de Michel no entraría por la verja.

La larga fachada norte de la iglesia formaba parte del muro que rodeaba la explanada del palacio. El extremo norte del crucero penetraba unos metros en la zona de aparcamiento que ocupaba parte del antiguo jardín ornamental. En la época del Antiguo Régimen, el conde disponía de una entrada particular al templo, una portezuela en el muro del transepto. El vano había sido tapiado con tablones cubiertos con yeso hacía más de un siglo, y seguía en el mismo estado.

Hacía una hora, un cantero jubilado llamado Gaston había entrado en la iglesia vacía y colocado cuidadosamente cuatro cargas de explosivo plástico amarillo de veintidós gramos al pie de la puerta tapiada. Había insertado los detonadores, los había conectado entre sí para que actuaran simultáneamente y había añadido una mecha de cinco segundos conectada a un émbolo. A continuación, había esparcido ceniza del hogar de su casa para ocultar la mecha y arrimado un viejo banco de madera a la puerta para acabar de disimularla. Satisfecho de su trabajo, se había arrodillado y se había puesto a rezar.

Hacía unos segundos, al cesar las campanadas, Gaston se había levantado del banco, había recorrido los pocos metros que lo separaban del crucero, había presionado el émbolo y había corrido a ponerse a cubierto tras una esquina. La explosión había sacudido siglos de polvo de los arcos góticos, pero el transepto permanecía vacío durante los servicios, por lo que nadie había resultado herido.

Tras el estampido, un silencio sepulcral se abatió sobre la plaza. Todo el mundo se quedó petrificado: los centinelas de la entrada del palacio, los que patrullaban por la explanada, el mayor de la Gestapo, el alemán elegante y su atractiva querida. Llena de aprensión, Flick volvió la cabeza hacia la verja y clavó los ojos en la explanada. En la zona de aparcamiento quedaba una reliquia del jardín del siglo XVII, una fuente de piedra con tres querubines retozones y musgosos de los que antaño brotaban los chorros de agua. En torno a la pila seca había aparcados un camión, un coche blindado, un Mercedes sedán pintado del color verde grisáceo del ejército alemán y dos Citroën negros traction avant de los que la Gestapo solía usar en Francia. Hacía un instante, un soldado estaba llenando el depósito de uno de los Citröen usando una bomba de gasolina grotescamente recortada contra una de las altas ventanas del palacio. Durante unos segundos, nada se movió. Flick contuvo la respiración y esperó.

En el interior de la iglesia, entre los fieles que asistían a misa, había diez hombres armados. El párroco, que no simpatizaba con la causa y, en consecuencia, no estaba sobre aviso, debía de haberse felicitado por la insólita asistencia al servicio vespertino, que no solía tener tanto éxito de convocatoria. Tal vez le habría extrañado que algunos de los fieles llevaran gabardina a pesar del calor; pero, tras cuatro años de penuria, mucha gente vestía ropa vieja, y no era raro que alguien se pusiera una prenda de abrigo para asistir a misa porque no tenía chaqueta. A esas alturas, esperaba Flick, el cura lo habría comprendido todo. Los diez guerrilleros se habrían levantado de los bancos, habrían sacado sus armas y habrían desaparecido por el flamante agujero del muro.

Flick los vio aparecer al final de la iglesia, y el corazón le dio un vuelco de orgullo y miedo mientras el abigarrado grupo, tocado con raídas gorras y calzado con gastados zapatos, atravesaba el aparcamiento a la carrera en dirección a la magnífica puerta del palacio levantando una nube de polvo y aferrando su variopinto armamento: pistolas, revólveres, escopetas y una metralleta. Aún no las habían utilizado: querían acercarse todo lo posible al edificio antes de que empezara el tiroteo.

Michel los vio al mismo tiempo que su mujer. Hizo un ruido que era tanto un gruñido como un suspiro, y Flick supo que sentía la misma mezcla de orgullo ante la valentía de sus hombres y miedo por sus vidas. Era el momento de atraer la atención de los centinelas. Michel levantó su rifle, un Lee-Enfield n.º 4 Mark I, un «canadiense», como lo llamaban en la Resistencia, porque la mayoría procedían de Canadá. Eligió un blanco, apretó el gatillo de dos tiempos y disparó. Accionando el cerrojo con un rápido gesto, dejó el arma lista para volver a usarla de inmediato.

El estallido del rifle puso fin al tenso silencio de la plaza. En la verja, uno de los centinelas soltó un grito y cayó al suelo, y Flick sintió una satisfacción tan intensa como breve: había un enemigo menos para disparar a sus camaradas. El tiro de Michel era la señal para que los demás abrieran fuego. En el atrio de la iglesia, el joven Bertrand hizo dos disparos que sonaron como petardos. Estaba demasiado lejos para que la pistola fuera efectiva, y no alcanzó a ningún centinela. A su lado, Albert le arrancó la anilla a una granada y la lanzó con todas sus fuerzas; el proyectil pasó por encima de la verja y cayó en la explanada, pero explotó entre las viñas y no produjo más efecto que levantar un remolino de hojas. Colérica, Flick estuvo a punto de gritarles: «¡No se trata de hacer ruido para descubrir vuestra posición!». Pero solo una fuerza bien adiestrada habría podido mantener la sangre fría en pleno tiroteo. Geneviève abrió fuego desde detrás del Hispano-Suiza, y el brusco tableteo de su Sten ensordeció a Flick. La ráfaga fue más efectiva: el segundo centinela mordió el polvo.

Los alemanes reaccionaron al fin. Los soldados se pusieron a cubierto tras los pilares de piedra o se arrojaron al suelo y apuntaron sus fusiles. El mayor de la Gestapo se llevó la mano a la funda de la pistola. La pelirroja dio media vuelta y echó a correr, pero sus elegantes zapatos resbalaron en el empedrado y la hicieron caer. Su amante se arrojó sobre ella para protegerla con el cuerpo, y Flick comprendió que había acertado al suponer que era militar, pues a un civil no se le habría ocurrido que era más seguro arrojarse al suelo que huir.

Los centinelas respondieron al fuego. Una bala alcanzó a Albert casi de inmediato. Flick lo vio tambalearse y llevarse las manos a la garganta. La granada que estaba a punto de lanzar se le escapó de la mano y cayó al suelo un instante antes de que recibiera un segundo disparo, esta vez en la frente. Se derrumbó como un pelele, y Flick sintió un dolor inmenso al pensar en la niña que había nacido esa misma mañana y acababa de quedarse sin padre. Junto a Albert, Bertrand se quedó mirando la granada, que seguía rodando sobre el gastado peldaño del atrio. Se lanzó de cabeza al interior de la iglesia al tiempo que el proyectil estallaba. Flick confiaba en que reaparecería, pero al ver que no lo hacía, pensó angustiada que podía estar muerto, herido o solo conmocionado.

El grupo procedente de la iglesia tomó posiciones en el aparcamiento y abrió fuego contra los seis centinelas que seguían con vida. Cogidos entre dos fuegos, el proveniente de la explanada y el de la plaza, los soldados de la verja perecieron en cuestión de segundos. Solo quedaban los dos de la escalinata. El plan de Michel estaba funcionando, se dijo Flick, que sintió renacer sus esperanzas.

Pero las tropas del interior del edificio habían tenido tiempo de armarse y correr a puertas y ventanas, y empezaron a disparar en ese momento. El resultado de la lucha seguía en el aire. Todo dependía del número de los defensores.

El tiroteo arreció y Flick dejó de contar. Al cabo de unos instantes, comprendió angustiada que en el palacio había más hombres de lo que habían supuesto. Les disparaban desde al menos doce puertas y ventanas. El grupo de la iglesia, que a esas alturas debería haber entrado en el edificio, retrocedió y se parapetó tras los vehículos del aparcamiento. La impresión de Antoinette respecto a la guarnición de la central era acertada. Según la información del MI6 constaba de doce hombres, pero los guerrilleros habían abatido a seis con toda certeza y al menos otros catorce seguían disparando.

Flick maldijo para sus adentros. En un golpe de mano como aquel, las únicas bazas de la Resistencia eran la sorpresa y la rapidez. Si no aplastaban al enemigo de inmediato, estarían en un aprieto. Conforme transcurrieran los segundos, la preparación militar y la disciplina de los alemanes prevalecerían sobre el arrojo de los guerrilleros. A la postre, las tropas regulares siempre tenían las de ganar en un combate prolongado.

Una de las ventanas del piso superior del palacio se abrió de golpe, y una ametralladora empezó a batir la explanada. Debido a su elevada posición, produjo una auténtica carnicería entre los guerrilleros parapetados tras los coches. Horrorizada e impotente, Flick vio cómo sus camaradas caían uno tras otro y se desangraban alrededor de la fuente de piedra, hasta que solo quedaron dos o tres para seguir disparando.

Habían fracasado, se dijo Flick con desesperación. Los superaban en número y los habían barrido. El amargo sabor de la derrota brotó de su garganta.

Michel seguía disparando contra los hombres que manejaban la ametralladora.

—¡No podremos acabar con ese tirador desde el suelo! —exclamó, y recorrió con la mirada los aleros de la plaza, los tejados de las casas, la torre de la iglesia y el último piso del ayuntamiento—. Si consiguiera llegar al despacho del alcalde, tendría una posición perfecta.

—Espera —dijo Flick con la boca seca. Por mucho que lo deseara, no podía impedirle que se jugara la vida, pero sí aumentar sus posibilidades de sobrevivir y cumplir su objetivo—. ¡Geneviève! —gritó a voz en cuello. La chica se volvió hacia ellos—. ¡Cubre a Michel!

Geneviève asintió con energía, salió de detrás del deportivo y echó a correr disparando ráfagas de metralleta hacia las ventanas del palacio.

—Gracias —le dijo Michel a Flick antes de salir al descubierto y lanzarse a la carrera hacia el ayuntamiento.

Geneviève seguía corriendo hacia el atrio de la iglesia. Las ráfagas de la Sten mantuvieron ocupados a los alemanes mientras Michel intentaba llegar ileso al ayuntamiento. De pronto, Flick percibió un movimiento por el rabillo del ojo. Miró a su izquierda y vio que, arrimado al muro del ayuntamiento, el mayor de la Gestapo apuntaba a Michel con la pistola.

Era difícil acertar a un blanco móvil con un arma corta salvo disparándole a bocajarro, pero el mayor podía tener suerte, pensó Flick con el corazón en un puño. Sus órdenes eran observar, redactar un informe y abstenerse rigurosamente de participar en la acción, pero en ese momento pensó: ¡Y un cuerno! Llevaba en el bolso su arma personal, una Browning automática de nueve milímetros, que prefería al Colt estándar del Ejecutivo porque tenía un cargador de trece balas en vez de siete y podía usar los mismos proyectiles de nueve milímetros Parabellum que la metralleta Sten. La sacó del bolso, quitó el seguro, amartilló, estiró el brazo y disparó dos veces al oficial alemán.

Falló, pero las balas hicieron saltar fragmentos de piedra al rostro del mayor, que no tuvo más remedio que agacharse.

Michel seguía corriendo.

El mayor se repuso rápidamente y volvió a apuntarle.

Michel se aproximaba al ayuntamiento, pero también al alemán, al que ofrecía un blanco cada vez más fácil. Michel disparó el Enfield en su dirección, pero el tiro salió desviado, y el mayor siguió apuntándole y disparó. Michel dobló el cuerpo, y Flick soltó un grito.

Su marido cayó al suelo, intentó levantarse y se derrumbó. Flick procuró calmarse y pensar. Michel seguía con vida. Geneviève había llegado al atrio de la iglesia y seguía disparando y manteniendo a raya a los defensores del palacio. Flick vio la oportunidad de salvar a Michel. Sus órdenes eran estrictas, pero nadie podía ordenarle que dejara desangrarse a su marido en el suelo de aquella plaza. Por otra parte, si lo abandonaba allí, lo harían prisionero y lo someterían a interrogatorio. Como jefe del circuito Bollinger, Michel sabía todos los nombres, todas las direcciones, todos los códigos. Su captura sería una catástrofe.

Flick no tenía elección.

Volvió a disparar, y volvió a fallar, pero siguió apretando el gatillo hasta forzar al mayor a retroceder a lo largo del muro para ponerse a cubierto.

Abandonó la puerta del bar y echó a correr por la plaza. Por el rabillo del ojo vio al dueño del deportivo, que seguía en el suelo, protegiendo a la pelirroja con el cuerpo. Se había olvidado de él por completo, se dijo con súbito miedo. ¿Estaría armado? Si era así, podría abatirla con toda facilidad. Pero nadie le disparó.

Llegó junto a Michel y se arrodilló a su lado. Se volvió hacia el ayuntamiento, disparó dos veces sin apuntar para mantener en jaque al mayor y se volvió hacia su marido.

Michel estaba tendido boca arriba, y Flick comprobó aliviada que tenía los ojos abiertos y respiraba. La sangre parecía brotar de la nalga izquierda. Flick se tranquilizó.

—Te han hecho un agujero nuevo en el culo —le dijo en inglés.

—Me duele horrores —respondió él en francés.

Flick se volvió hacia el ayuntamiento. El mayor se había alejado unos veinte metros, había atravesado la calleja y se había parapetado en el quicio de una tienda. Esa vez Flick empleó unos segundos en apuntar cuidadosamente. Disparó cuatro veces. El escaparate de la tienda saltó hecho añicos, y el mayor se tambaleó y se desplomó sobre el empedrado.

—Intenta levantarte —le dijo Flick a Michel en francés. Gimiendo de dolor, Michel rodó sobre un costado y se incorporó sobre una rodilla, pero no consiguió mover la pierna herida—. ¡Vamos! —le urgió Flick con aspereza—. Si te quedas aquí, conseguirás que nos maten.

Lo agarró de la pechera de la camisa y, haciendo un esfuerzo sobrehumano, consiguió ponerlo en pie. Michel se aguantaba sobre la pierna ilesa, pero no podía con su propio peso y tuvo que apoyarse en su mujer. Flick comprendió que no podía andar y soltó un gemido de desesperación.

Volvió la cabeza hacia la esquina del ayuntamiento. El mayor se estaba levantando. Tenía la cara ensangrentada, pero no parecía herido de gravedad. Flick comprendió que las astillas de cristal solo le habían producido cortes superficiales y que seguía estando en condiciones de disparar.

No le quedaba otra solución: tendría que cargar con Michel y llevarlo hasta un lugar seguro.

Se inclinó, lo agarró por los muslos y se lo echó al hombro al estilo de los bomberos. Michel era alto pero estaba delgado, como la mayoría de los franceses en aquellos tiempos; aun así, Flick creyó que la aplastaría con su peso. Se tambaleó y tembló como una hoja, pero aguantó en pie.

Esperó un momento y dio un paso adelante.

Avanzó haciendo eses por el empedrado. Creyó que el mayor le estaba disparando, pero no estaba segura, porque los alemanes del palacio, Geneviève y los dos supervivientes del aparcamiento seguían intercambiando disparos. El miedo a que una bala la alcanzara en cualquier momento le dio fuerzas, y empezó a trotar sin dejar de hacer eses. Se dirigió hacia la calle que desembocaba en el extremo sur de la plaza, la salida más próxima. Pasó junto al alemán de paisano, que seguía tumbado sobre la pelirroja, y se sobresaltó al ver que la miraba con una mezcla de incredulidad y admiración. De pronto, tropezó con un velador, que cayó al suelo, y estuvo a punto de perder el equilibrio, pero consiguió enderezarse y siguió avanzando. Una bala alcanzó la ventana del bar, y Flick echó un vistazo a la telaraña de fisuras que cuarteó el cristal. Un momento después, dobló la esquina y se puso fuera de la línea de tiro del mayor. Vivos —pensó aliviada—; los dos. Al menos unos minutos más.

Hasta ese momento no había pensado adónde iría cuando se pusiera a cubierto. Los dos vehículos en que preveían huir estaban aparcados a dos calles de distancia, pero no llegaría tan lejos cargada con Michel. No obstante, Antoinette Dupert vivía en aquella misma calle, a solo unos pasos. No era de la Resistencia, pero simpatizaba con la causa lo bastante como para haberles dibujado un plano del palacio. Además, Michel era su sobrino. No podía negarse a ayudarlos.

Fuera como fuese, Flick no tenía alternativa.

Antoinette vivía en la planta baja de una casa de vecinos. Cargada con Michel, Flick recorrió los escasos metros que separaban la esquina de la plaza del edificio y entró en el patio. Empujó una puerta interior y dejó a su marido sobre el suelo de baldosas.

Aporreó la puerta de Antoinette jadeando ruidosamente.

—¿Quién es? —oyó preguntar a una voz recelosa.

Amedrentada por el tiroteo, Antoinette parecía reacia a abrir.

—¡Vamos, deprisa! —susurró Flick, temiendo que algún vecino simpatizara con los nazis.

La puerta siguió cerrada, pero Flick oyó la voz de Antoinette al otro lado de la hoja:

—¿Quién es?

Instintivamente, Flick evitó dar nombres en voz alta.

—Su sobrino está herido —susurró.

La puerta se abrió de inmediato. Antoinette, una mujer de cincuenta años y espalda recta, apareció en el umbral. Llevaba un vestido que había vivido tiempos mejores, desteñido, aunque impecablemente planchado. Estaba pálida de miedo.

—¡Michel! —exclamó arrodillándose junto a su sobrino—. ¿Es grave?

—Duele, pero sobreviviré —murmuró Michel con los dientes apretados.

—Pobrecito mío... —suspiró la mujer apartándole el pelo de la sudorosa frente con suavidad.

—Llevémoslo adentro —la urgió Flick.

Agarró a su marido por los brazos mientras Antoinette lo levantaba por las piernas. Michel soltó un quejido. Lo llevaron en volandas hasta el salón y lo dejaron sobre un sofá de raído terciopelo.

—Quédese con él mientras voy a buscar el coche —dijo Flick, y echó a correr hacia la calle.

El tiroteo había menguado. Le quedaba poco tiempo. Siguió corriendo, dobló a la izquierda y luego a la derecha.

Los dos vehículos, estacionados ante una panadería cerrada, esperaban con los motores encendidos: un viejo Renault y una furgoneta con un letrero apenas legible en uno de los costados: BLANCHISSERIE BISSET, Lavandería Bisset. La furgoneta era del padre de Bertrand, que podía conseguir gasolina porque se encargaba de lavar las sábanas de varios hoteles ocupados por los alemanes. El Renault lo habían robado esa misma mañana en Chalons; Michel le había cambiado las placas de la matrícula. Flick optó por coger el coche y dejar la furgoneta para quienes consiguieran sobrevivir a la matanza, y se acercó a dar instrucciones a su conductor.

—Espera cinco minutos; luego, vete —le dijo. Corrió hacia el coche y se sentó en el asiento del acompañante—. ¡Vámonos, deprisa! —le ordenó a la conductora.

Al volante del Renault estaba Gilberte, una adolescente de diecinueve años y larga melena negra, guapa pero corta de alcances. Flick ignoraba si pertenecía a la Resistencia, aunque desde luego no daba la talla.

—¿Adónde? —preguntó Gilberte sin mover la palanca de cambio.

—Ya te lo diré. ¡Por amor de Dios, muévete! —Gilberte puso primera e hizo avanzar el vehículo—. A la izquierda; luego, a la derecha.

En los dos minutos de inactividad que pasó en el coche, Flick comprendió abrumada la magnitud de la tragedia. El grueso del circuito Bollinger había caído. Albert y otros habían muerto. Geneviève, Bertrand y cualquier otro superviviente serían capturados y torturados con toda probabilidad.

Y no había servido para nada. La central telefónica no había sufrido daños y el sistema alemán de comunicaciones seguía intacto. Flick se sintió una incompetente. Se esforzó por descubrir en qué se había equivocado. ¿Habían errado al intentar un ataque frontal contra una instalación custodiada por soldados? No necesariamente; el plan podía haber funcionado si la información del MI6 hubiera sido exacta. No obstante, en ese momento comprendió que habría sido preferible penetrar en el edificio por algún medio clandestino. Eso habría aumentado las posibilidades de la Resistencia.

Gilberte detuvo el coche ante la casa.

—Da la vuelta —le ordenó Flick antes de apearse.

Con los pantalones bajados y tumbado boca abajo en el sofá de su tía, Michel ofrecía un espectáculo poco digno. Arrodillada junto a él, con una toalla ensangrentada en la mano, Antoinette observaba el trasero de su sobrino con las gafas en la punta de la nariz.

—Ya sangra menos, pero la bala sigue ahí dentro —dijo la mujer.

Tenía el bolso en el suelo, junto al sofá. Había vaciado su contenido sobre la mesita de café, seguramente para buscar las gafas. Los ojos de Flick se posaron sobre una hoja de papel escrita a máquina, estampillada y con una pequeña foto de Antoinette pegada en un ángulo, todo ello en una pequeña carpeta de cartón. Era el pase que la autorizaba a entrar en el palacio. Flick tuvo una súbita inspiración.

—Tengo un coche esperando —dijo.

—No deberíamos moverlo —respondió la mujer sin dejar de examinar la herida.

—Si se queda aquí, lo capturarán los boches. —Flick cogió el pase disimuladamente—. ¿Cómo estás? —le preguntó a Michel.

—Creo que podré andar —respondió—. Ya no me duele tanto.

Flick se guardó el pase en el bolso. Antoinette no se había dado cuenta de nada.

—Ayúdeme a levantarlo —le pidió Flick.

Consiguieron ponerlo en pie entre las dos. Antoinette le subió los pantalones de algodón azul y le abrochó el viejo cinturón de cuero.

—Quédese dentro —le aconsejó Flick—. Más vale que no la vean con nosotros.

No había empezado a madurar su idea, pero estaba claro que no funcionaría si Antoinette y sus limpiadoras empezaban a despertar sospechas.

Michel pasó un brazo sobre los hombros de su mujer y se apoyó en ella con todo su peso. Flick lo sostuvo como pudo, y juntos fueron dando tumbos hasta la calle. Cuando llegaron al coche, Michel estaba pálido de dolor. Gilberte los miró por la ventanilla con expresión aterrorizada.

—¡Sal del coche y abre la jodida puerta, pánfila! —masculló Flick.

Gilberte saltó fuera del Renault, abrió la puerta posterior y ayudó a Flick a acomodar en el asiento a Michel. Cerraron la puerta y entraron en el coche a toda prisa.

—Larguémonos de aquí —dijo Flick.

4

Dieter estaba consternado y colérico. En cuanto cesó el tiroteo y su corazón recobró el ritmo normal, empezó a reflexionar sobre lo que acababa de presenciar. Nunca hubiera imaginado que la Resistencia fuera capaz de llevar a cabo una acción tan bien planeada y tan cuidadosamente ejecutada. Basándose en lo que había aprendido en los últimos meses, creía que sus atentados solían ser ataques relámpago. Pero aquella era la primera vez que los veía en acción. Iban armados hasta los dientes y desde luego no andaban escasos de munición, a diferencia del ejército alemán. Y, por si fuera poco, eran valientes. Dieter no podía evitar sentir admiración por el tirador que había intentado cruzar la plaza a la carrera, por la chica de la metralleta Sten que lo había cubierto y, sobre todo, por la rubita que se lo había echado al hombro y había cargado con él —un hombre que le sacaba media cabeza— hasta ponerlo a salvo. No cabía duda de que gente como aquella representaba una auténtica amenaza para las fuerzas alemanas de ocupación. No se parecían en nada a los criminales que había perseguido en la Colonia de preguerra. Los delincuentes eran estúpidos, perezosos, cobardes y brutales. Los hombres y mujeres de la Resistencia eran combatientes.

Pero su fracaso brindaba a Dieter una oportunidad única.

Cuando tuvo la certeza de que el tiroteo había acabado, se puso en pie y ayudó a levantarse a Stéphanie. La joven, que tenía las mejillas rojas y respiraba con dificultad, le cogió las manos y lo miró a los ojos.

—Me has protegido —murmuró. Los ojos se le arrasaron en lágrimas—. Has arriesgado tu vida convirtiéndote en mi escudo.

Dieter le sacudió el polvo del vestido. Estaba sorprendido de su propia caballerosidad. Había sido un acto reflejo. Al pensarlo detenidamente, comprendió que no estaba seguro de querer dar la vida por Stéphanie.

—Este cuerpazo es inmune a las balas —bromeó procurando quitarle importancia al asunto.

La chica se echó a llorar.

Dieter le cogió la mano y atravesaron la plaza en dirección al palacio.

—Entremos —le dijo—. Así podrás sentarte y descansar.

Cruzaron la verja. Una vez en la explanada, Dieter vio un boquete en el muro de la iglesia y comprendió por dónde había entrado el grueso de los atacantes.

Los Waffen SS habían salido del edificio y estaban desarmando a los guerrilleros. Dieter observó con atención a los hombres de la Resistencia. La mayoría habían muerto, pero algunos solo estaban heridos, y un par habían resultado ilesos. Tendría que interrogar a todos los supervivientes.

Hasta ese momento, su trabajo había sido preventivo. Se había limitado a precaverse contra los ataques de la Resistencia fortaleciendo la seguridad de las instalaciones clave. Los prisioneros capturados ocasionalmente le habían proporcionado escasa información. Pero disponer de varios, pertenecientes a un circuito importante y tan bien organizado como aquel, era algo muy distinto. Aquella podía ser su oportunidad de tomar la iniciativa, se dijo, impaciente por ponerse manos a la obra.

—¡Usted! —exclamó haciendo una seña a un sargento—. Consiga un médico para los prisioneros. Tengo que interrogarlos. Procure que no muera ninguno.

Aunque Dieter iba de paisano, su actitud evidenciaba que era un oficial de alto rango.

—Muy bien, señor —respondió el sargento.

Dieter subió la escalinata acompañado de Stéphanie, cruzó la impresionante puerta y entró en el amplio vestíbulo. El espectáculo lo dejó sin respiración: suelo de mármol rosa, altas ventanas con magníficas cortinas, paredes con motivos etruscos en escayola que destacaban sobre desvaídos fondos rosados y verdes, y techo decorado con borrosos querubines. En otros tiempos, se dijo Dieter, la estancia debía de estar amueblada con lujosas piezas: consolas bajo altos espejos, aparadores con incrustaciones de similor, primorosas sillas de patas doradas, pinturas al óleo, enormes jarrones y diminutas estatuillas de mármol. Por supuesto, no quedaba nada de eso. El vestíbulo estaba lleno de hileras de centralitas con sendas sillas y de un sinfín de cables, enroscados en el suelo como nidos de serpientes.

Al iniciarse el tiroteo, las operadoras debían de haberse puesto a cubierto en los terrenos de la parte posterior del edificio; ahora unas cuantas permanecían ante las puertas de cristal, con los auriculares puestos, preguntándose sin duda si ya era seguro entrar. Dieter hizo sentarse a Stéphanie ante una de las centralitas y llamó a una telefonista de mediana edad.

—Madame, por favor —le dijo en francés con tono a un tiempo amable y firme—. Tráigale una taza de café caliente a la señorita.

La mujer se acercó y lanzó una mirada de odio a Stéphanie.

—Muy bien, monsieur.

—Y un coñac. Está conmocionada.

—No tenemos coñac.

Tenían, pero la mujer no estaba dispuesta a malgastarlo con la querida de un alemán. Dieter lo dejó correr.

—Entonces, solo café, pero dese prisa si no quiere tener problemas.

Le dio unas palmaditas en el hombro a Stéphanie y la dejó sola. Cruzó una puerta de doble hoja y se dirigió hacia al ala este. El palacio consistía en una sucesión de recibidores comunicados entre sí, al estilo de Versalles. Las habitaciones estaban llenas de centralitas, que no obstante tenían un aspecto menos provisional que las del vestíbulo; los cables, cuidadosamente recogidos, desaparecían por agujeros practicados en el suelo que comunicaban con el sótano. Dieter supuso que el desorden del vestíbulo se debía al hecho de que había sido puesto en servicio como medida de emergencia tras el bombardeo del ala oeste. Algunas ventanas estaban permanentemente tapiadas, sin duda como precaución contra un ataque aéreo, pero otras tenían descorridas las pesadas cortinas, y Dieter imaginó que las telefonistas se resistían a trabajar con luz artificial.

El ala este acababa en el rellano de una escalera. Dieter tomó el tramo descendente. Al llegar abajo, vio una puerta de acero. La abrió y asomó la cabeza. En el cuarto había un pequeño escritorio y una silla, y supuso que era un puesto de guardia. El soldado de servicio debía de haberlo abandonado para sumarse a la defensa del palacio. Dieter entró y tomó nota mentalmente de aquel fallo de seguridad.

El ambiente del sótano era muy distinto al que reinaba en la majestuosa planta baja. Originalmente ideadas para servir como cocinas, despensas y dormitorios de las docenas de sirvientes que debían de trabajar en el edificio tres siglos antes, las dependencias del sótano tenían techos bajos, paredes desnudas y suelos de piedra o, en algunos casos, de tierra batida. Dieter avanzó por un ancho pasillo. Las puertas ostentaban pulcros rótulos en alemán, pero las abrió todas. A su izquierda, en la parte delantera del edificio, se hallaba instalado el complejo equipo de la central telefónica: un generador, enormes baterías y cuartos llenos de enmarañados cables. A su derecha, hacia el fondo del palacio, estaban las dependencias de la Gestapo: un laboratorio fotográfico, una amplia sala de radio para interceptar las conversaciones de la Resistencia y celdas con mirillas en las puertas. Todas las ventanas estaban tapiadas, los muros, cubiertos de sacos de arena y los techos, reforzados con hormigón y vigas de acero, obviamente para evitar que los bombarderos aliados inutilizaran l ...