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AUNQUE ME RESISTA

María Border

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Fragmento

1

—Tiene que existir una manera. Tiene que haber una salida que nos permita desbaratar su estafa —dijo Laura Pueyrredón indignada.

—No la hay, Laura —aseguró Augusto—. Todo es legal.

—No me hagas reír. ¿Qué es legal? ¿Que la haya convertido en su esposa? ¿Hacer pasar a ese bastardo como hijo de Octavio?

—Es su hijo, lleva nuestro apellido. Igual que ella.

—¿Cómo pudo tener un hijo cuando vos y yo sabemos que era homosexual? —dijo ella gritando, apoyando los codos sobre la mesa y casi pegando su nariz con la de él.

—¡Callate! —dijo él mientras miraba a su alrededor, tratando de confirmar que nadie en el restaurante la hubiera escuchado.

—¿No te das cuenta? ¿Puede ser que estés tan ciego? Armó toda esta farsa para sacarnos del medio. Para tenernos atados de pies y manos.

—Estás siendo fatalista. Estamos en la misma situación en la que nos encontrábamos antes de su muerte. Hacé como yo y conformate con lo que hay.

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—Augusto, reaccioná, ¡por Dios! Esa puta y su hijo se quedaron con lo que es nuestro, con lo que siempre fue de nuestra familia.

—Hace años que no es así. Desde el momento en que accedimos a venderle a Octavio la mayoría de nuestras acciones, la editorial dejó de ser nuestra.

—Editorial Pueyrredón lleva nuestro apellido desde su fundación. Siempre fue dirigida por uno de nosotros. Al faltar Octavio, somos quienes debemos estar a cargo. Tu postura tan cómoda —acusó Laura— es la que le permite a esa chiruza colgarse una Louis Vuitton del brazo y decir que su hijo lleva nuestra sangre.

—Octavio aseguró que era su hijo.

—Pidamos una prueba de ADN.

—No exageres. Ya una vez pretendiste desenmascararlos acusándolos de no consumar su matrimonio y te respondieron teniendo un hijo. Si llevás a Nina a ese terreno nos volverás a exponer en la vereda de enfrente. Ellos tienen la mayoría absoluta y Nina no es Octavio; si se le canta termina de borrarnos de un plumazo.

Laura agitó una mano en el aire, desechando esa posibilidad.

—Tenemos que arruinarla. Que no podamos demostrar la ilegitimidad del lugar que ocupa no nos impide sacarle mucha plata a cambio de silencio.

—¿Qué buscás, Laura? ¿Querés recobrar el lugar perdido en la empresa, o quedarte con el dinero de nuestro hermano?

Nina Bermúdez dejó a su hijo Ezequiel en el jardín de infantes, y lo observó dirigirse confiado y contento hacia la salita.

Sonrió enternecida. Era un nene feliz, a pesar de todo. A los cinco años su vida eran sus amigos, los juegos, y los cuentos que cada noche ella le contaba, permitiéndole convertirse ayer en príncipe y hoy en gladiador. Pedro, el abuelo de Nina, era el referente masculino con quien el niño aprendía a jugar ajedrez y a pescar. Sin dudas, Ezequiel era muy inteligente, pero, por sobre todas las cosas, tenía la sensibilidad y generosidad de Octavio, su padre.

Subió al auto para dirigirse a la empresa. Su día de trabajo comenzaba estrictamente luego de dejarlo a él en el colegio, y jamás sabía el horario en el que terminaría. Ya no la movilizaba solamente la responsabilidad de cumplir con el legado de Octavio de mantener la editorial viva para Ezequiel; el deseo propio de superarse como profesional se le había hecho carne. Era obsesiva con el trabajo, ambiciosa y competitiva. Cada día que pasaba comprendía mucho más los dichos de su esposo cuando le advertía que la inoperancia de Laura y Augusto derribaría el prestigio de Editorial Pueyrredón si la dejaba en manos de ellos.

Sabía a la perfección que, para sus cuñados, ella era una usurpadora. Eran tan mediocres y envidiosos que no veían su propia ineficiencia y preferían creer que el hermano los había desechado como directores para favorecer económicamente a ella, antes que asumir que no estaban capacitados para ocupar ese lugar. Nina trabajaba por Octavio, por Ezequiel, por la editorial, por ella misma y por esos dos zánganos que solo pisaban la empresa para hacerle reclamos.

Darío besó el hombro desnudo de Marcela, se incorporó y estiró el brazo para alcanzar su bóxer. Para ella no eran suficientes los esporádicos encuentros donde compartían mucho más que el simple hecho de saciar apetitos sexuales y, entre llantos, se acercó a él.

—¿Qué es lo que no te permite amarme?

—No armes una escena —le advirtió, terminando de calzarse los zapatos.

—Mi amor —suplicó, acariciándole la mejilla—, no quiero seguir siendo una alternativa. Te quiero para mí.

—Marcela, no nos arrastres a una conversación que no tiene sentido. Desde el principio lo dejamos claro, sabés cómo son las cosas.

—Sé que cuando empezamos a salir acepté tus términos, pero ya no puedo más. Yo te amo —confesó desesperada porque él admitiera lo mismo.

Tomó la mano de la mujer y con dulzura le entregó besos en la palma, la sentó sobre sus piernas, a horcajadas, retirándole un mechón de cabello que le impedía verle los ojos, y le reiteró:

—Aceptamos estar juntos para disfrutar de temas comunes y también del sexo. Enamorarse no estaba contemplado en nuestro trato.

—Lo sé, pero cuando alguien te colma terminás enamorándote y…

—Te equivocás —expresó seguro y dejando caer los brazos fuera del cuerpo de ella.

—Te negás a admitirlo —insistió Marcela—. Conmigo sos feliz. Soy la mujer con la que podés hablar y que en la cama te responde como ninguna.

Darío ya había pasado por eso. Elizabeth Telerman le demostró, antes que Marcela, que ese tipo de conexión existía. Sin embargo, tenía muy en claro que Ely siempre había sido una de sus grandes amigas y él jamás se había enamorado de ella, por mucho que el celoso del marido, aún hoy, se negara a creerlo.

—Con vos estoy conforme, cómodo, incluso podría decir que contento —dijo tomándola con suavidad por la cintura, para ayudarla a incorporarse.

—Darío…

—Se acabó la conversación, Marcela. Lamento que me hicieras creer que lo habías entendido

—¿Estás rompiendo conmigo? —preguntó arrepentida de haberlo llevado al límite.

—No puedo romper lo que jamás pretendí construir. Estoy despidiéndome de una mujer encantadora —confirmó besándole la frente, antes de marcharse del departamento de ella. Cerró la puerta y subió al ascensor hasta el garaje.

En cuanto puso en marcha su auto, se reprochó no haber detectado que Marcela había comprendido todo mal. Llegados a ese punto la única solución sería dejar de verla. Debía estar más atento a futuro. Marcela, claramente, no era Elizabeth Telerman, ahora señora de Alarcón. Se llevó la mano a la cabeza y sonrió. Ely había sido su compañera ideal. Era obvio que había cometido un error suponiendo que Marcela se le parecería.

Entonces giró la llave del contacto y apagó el automóvil para recostarse un poco en el asiento. Quedarse un rato en silencio y reflexionar.

Respetaba y admiraba a las mujeres que además de tener buen cuerpo eran inteligentes; apreciaba compartir con ellas el goce de una charla y el del orgasmo, pero no lo calificaba como amor. Disfrutaba siendo el dueño de su tiempo y de su vida, de la misma manera en que gozaba decidiendo en qué momento las haría explotar de placer. No estaba dispuesto a atarse o atar a alguien a una situación que, desde el inicio, tenía fecha de vencimiento. Llegó a la conclusión de que a futuro no debía extender, más allá de dos o tres, las citas con una misma mujer; mucho menos pernoctar en sus casas. Los problemas era mejor prevenirlos.

Decidido, se incorporó para sacar del estacionamiento su Alfa Romeo.

Debía encontrarse con Uriel Levy en la Fundación, antes de dirigirse a la redacción. El psicólogo y su esposa, Micaela, eran sus amigos más íntimos, quienes, en su momento, le habían presentado a Elizabeth. Con Ely congenió a la perfección: inteligente, femenina, sensual. Aquella mujer valiente y comprometida no tuvo miedo de acompañarlo en la investigación que impulsó las reformas a la ley de minoridad y, gracias a ello, Uriel los nombró padrinos de la fundación que presidía. Se habían metido con redes mafiosas contactadas con el poder político y el riesgo había sido alto; por lo que, para protegerla, se vio obligado a enviarla directo a los brazos de Mateo, su antiguo amor que residía en Estados Unidos. Ahora ellos eran una pareja y Darío no podía continuar disfrutando de su compañía.

Abrió la puerta y entró en la oficina de Uriel. Su amigo dejó de leer el legajo en el que trabajaba, para escrutarlo esbozando una sonrisa burlona:

—Anoche, en el restaurante, traías la misma ropa; ergo, no dormiste en tu casa.

—Sos más detallista que una mujer —se quejó Darío, dejándose caer en la silla frente a su amigo. Había dormido poco y la mañana se presentaba como una pérdida.

Uriel decidió continuar bromeando:

—Tu semblante también me tira data. ¿Marcela no estaba de ánimo? ¿Te dio calabazas?

—¿Qué es ese término? ¿Qué son calabazas? —preguntó con vanidad.

—Casanova, algún día va a llegar una mujer que te ponga de cabeza, hará que le beses los pies, y…

—Beso los pies de las mujeres —le dijo acercándose confidente—, porque son muy eróticos; llamalo… un fetiche. Cuando sabés cómo, podés hacerlas gemir igual que si estuvieras dentro de ellas.

Uriel sonrió ladeando la cabeza:

—No te escapes, Houdini. Tus técnicas amatorias no son de mi interés.

—Hacés mal. Te conviene prestar atención a las enseñanzas de un maestro. Si lo hicieras, tu mujer tendría la sonrisa instalada en la cara las veinticuatro horas.

—¿Hablaste con Ely? —preguntó Uriel, cambiándole el tema.

—Me llamó ayer. Vienen para el casamiento de una amiga.

—Sí, eso me dijo. Voy a pedirte que, por favor, nos dejes disfrutar en paz de la visita de ellos. —Darío puso cara de no comprender, pero ambos sabían que era simplemente una pose, por lo que Uriel enfatizó—: No jodas, te lo advierto. Ya sabés que Mateo no te tolera y, aunque es muy feliz con ella, no soporta que ustedes hayan tenido una historia.

—No tuvimos una historia —le recordó Darío—. Fuimos y somos amigos.

—Amigos que gozaban de privilegios especiales —recalcó Uriel.

—Es una mujer hermosa e inteligente —aseguró moviéndose inquieto en el asiento—. Perfecta en todo sentido.

Uriel corrió hacia atrás la silla y guardó las manos dentro del jean en tanto, con paso lento, se fue acercando a Darío:

—Te gusta usar el discurso del tipo frío, pero ella hizo que tambaleara tu postura.

—Tener que explicarle a las mujeres cuál es mi «postura» me la banco, son soñadoras y generalmente les cuesta aceptar la realidad, pero tener que explicártelo a vos me resulta inaceptable.

—De Ely te enamoraste. Algún día vas a tener que admitirlo.

—No me enamoré de nadie. Ella siempre lo tuvo más claro que vos, o que su marido. Cerrado este tema —indicó, levantándose para apoyar el trasero en el extremo del escritorio y mirarlo a los ojos—, explicame para qué querías verme. Estoy apurado. Como ya habrás notado tengo que pasar por mi departamento para ducharme y cambiarme antes de ir al diario.

—¿Terminaste de corregir tu libro?

—Sí.

—Estoy preocupado —comentó serio y regresando a su asiento—, ventilar chanchullos políticos no es moco de pavo. Me gustaría que lo leyera un abogado antes de que lo publiques.

—Lo revisó el doctor Salerno.

—Pero Manuel Salerno no es especialista en esto. Te conviene un abogado que…

—Despreocupate, Uriel —lo interrumpió—. Salerno es mi amigo, confío en él. Además su estudio jurídico cuenta con profesionales idóneos.

—Eso espero. ¿Evaluaste publicarlo por Editorial Pueyrredón?

—No. Pensaba dárselo a mi editor en el periódico —comunicó Darío, analizando la alternativa.

—Conozco a Sergio Bonforte. Era la mano derecha de Octavio Pueyrredón y ahora lo es de su viuda. Es una editorial muy prestigiosa.

Darío se pasó el dedo pulgar por el labio inferior, pensando:

—No sé si se atreverán a publicar una investigación en la que le meto el dedo en el culo a tanta gente de poder. Y no tengo en mente desdecirme.

—La señora Pueyrredón —aseguró Uriel, golpeteando sobre el escritorio con su bolígrafo—, le metió el dedo en el culo a toda esa ilustre familia manejando sola la empresa. No creo que se acobarde con facilidad. Si hay un lugar donde tu libro estaría respaldado, es allí.

2

La amistad que su padre mantenía con la familia dueña de La Mañana del País, el matutino de mayor tirada nacional, no fue el motivo por el que Darío formara parte del staff desde el mismo día en que terminó el secundario, sino la humildad con la que solicitó el trabajo, y la capacidad que fue demostrando para lograr convertirse en el auxiliar del columnista de política nacional, Rómulo Testa. Años después, cuando éste se radicó en París para encarar el área internacional, la columna local quedó en sus manos.

—Aprovechá tu olfato para detectar lo que se cocina detrás de las puertas de los despachos —le había aconsejado en aquel entonces Testa.

Gracias a su empeño y capacidad periodística, fue consiguiendo más de una primicia que posicionó al periódico en el de mayor confiabilidad, y su opinión crítica lo convirtió en un referente calificado.

Como hijo único de un matrimonio desavenido, siendo él muy pequeño, contaba con el instinto que le permitía acomodarse a los imprevistos. Transitó la adolescencia entre la residencia de su madre y la nueva pareja en París, y la de su padre en pleno corazón elitista de Buenos Aires, construyendo las bases para convertirse en independiente sin importarle que algunos lo tildaran de arrogante.

Con su carrera siempre en ascenso, su condición económica sostenida desde la cuna y el porte elegante y atractivo que le permitió entablar con las mujeres el tipo de conexión donde los sentimientos no tenían lugar; se relacionó con Elizabeth, la mujer que ahora vivía en Estados Unidos junto al músico de blues que siempre había sido dueño de su corazón.

«Una pena. Una buena amiga que ahora, por culpa de los celos del marido, no puedo gozar entre las sábanas» —ironizaba, negándose a reconocer que la extrañaba.

Quien sí extrañaba a su amigo y mentor era Nina Bermúdez. Lo había conocido al asistir a una charla en la facultad de Filosofía y Letras, de la que era alumna, donde él, Octavio Pueyrredón, formuló su perspectiva glotopolítica:

—Nuestra identidad lingüística merece ser reconocida—explicó el hombre con vehemencia, en tanto dos muchachas, sentadas junto a ella, comentaban que el traje gris que lucía probablemente había sido confeccionado sobre su cuerpo; y no pudo evitar distraerse en observar los rasgos delicados, la voz clara y el detallado conjunto que, con precisión, demarcaban buen gusto, elegancia y a la vez autoridad. Tenía el carisma necesario para que su discurso atrapara al público, más allá del interés general por el tema que exponía. Sin dudas, Octavio no había sido el dueño de una de las principales editoriales del país simplemente por haberla heredado, lo fue por su capacidad indiscutida, pero también por haber poseído el don de la seducción.

Con anterioridad, Pedro, el abuelo de Nina, le había hablado de él resaltando que, a pesar de su fortuna, era un hombre accesible que cada mañana, antes de ingresar a la editorial, se detenía frente al quiosco de diarios y revistas para comprarle el periódico y acordar el horario en el que jugarían una partida de ajedrez en el bar de la esquina. Desde el inicio, Nina supo que el afecto que Pedro sentía por aquel hombre era correspondido, y se negó a presentarse portando la credencial de “nieta de”, suponiendo que Pueyrredón la consideraría una aprovechadora y pretendió pasar desapercibida ante el temor de que los nervios y la timidez le jugaran una mala pasada dejándola en ridículo. Pero el destino no quiso ocultarla; Pedro no era solo el contrincante del dueño de Editorial Pueyrredón sino que, entre partida y partida, también lo entretenía contándole las anécdotas que protagonizaba con su nieta, enriqueciendo el relato con las fotos que a Octavio le permitieron reconocerla entre el público, para luego invitarla a almorzar.

Nina jamás se arrepintió de haber aceptado. Octavio poseía el tipo de inteligencia que le permitía desenvolverse con gracia y sensibilidad en cualquier conversación; conocía mil maneras de mantener una charla interesante, así como detectar el momento indicado para finalizarla. Con cada encuentro Nina creció intelectualmente y, ante su mirada, se imaginó bonita y madura. Inmersa en la bruma de la ensoñación, lo escuchaba como una discípula a su gran maestro. La amistad del hombre con su abuelo se extendió para albergarla también a ella, y así como era normal que Octavio almorzara con Pedro, lo fue que cenara con Nina.

Antes de recibir su título comenzó a trabajar para él en la editorial. Al principio comenzó como asistente, recibía manuscritos y preparaba informes de lectura para facilitarle el trabajo a los editores. Poco a poco sus capacidades le permitieron sumar responsabilidades, demostrando su conocimiento y eficiencia. La admiración y respeto que sintió por él desde el primer momento, no disminuyeron cuando fue la celosa portadora de sus confesiones más íntimas.

Octavio había heredado, junto con sus hermanos, la empresa que su abuelo fundara y que siempre perteneció a la familia Pueyrredón. Desde chiquito sintió que el perfume interior de los libros era más seductor y profundo que el de una mujer, y se concentró en ellos para difundirlos con pasión. Descubrió que su ideal de compañía se alejaba de las legendarias normas de «moral y buenas costumbres» comprendiendo que debía resguardar esa verdad de los oídos de la sociedad. Nina formaba parte de su estrecho y selecto grupo de confidentes al que no tenían acceso ni Laura ni Augusto.

Cuando la nombró editora de la línea romántica, Laura Pueyrredón puso el grito en el cielo y exigió el puesto para sí.

—No podés elegir entre un Prada negro o verde y llevás los dos —respondió Octavio a su demanda—. No tenés idea de quién fue Austen, ¿y pretendés que deje a tu cargo un área tan sensible?

—El único área sensible de esta empresa —arremetió en aquel momento Laura— se llama Nina Bermúdez, tu putita. ¿Qué hace? ¿Se viste de hombre para gustarte?

Aquello fue lo que llevó a Octavio a realizar una oferta más que generosa con la que compró la mayor parte del paquete accionario de su hermana, dejándole solo un diez por ciento para que, cuando despilfarrara todo ese dinero, no terminara en la calle; repitiendo así lo que ya había hecho tiempo atrás con Augusto cuando éste, envuelto en deudas de juego, le ofreciera su parte accionaria para poder saldarlas. Editorial Pueyrredón era en un ochenta por ciento de Octavio y el veinte restante de sus hermanos.

Angustiado por el futuro de la empresa el día en que él no estuviera al mando, Octavio jugó la carta que dictaminó el futuro de Nina. La citó a cenar en un selecto restaurante y le expuso su propuesta:

—Mi padre me preparó toda la vida para ejercer el puesto de mando dentro de la editorial —había comenzado diciendo—. Entre sus hijos, siempre fui yo el que más interesado se mostró en continuar sus pasos. Él confió en mí y me declaró su sucesor. Soy el responsable de que no se pierda el prestigio, ni el lugar en el mercado de las letras. Sos mi amiga, además de editora. Conocés mis preferencias. —Ella no había retirado la mirada y Octavio le mostró sus reparos—: Pero te llevo veinticinco años.

—No comprendo a dónde querés llegar.

—Te propongo un trato. Un acuerdo entre amigos.

—El que necesites. Sabés que contás conmigo para lo que sea.

—Casémonos —aclaró, dejándola muda—. No soy un pervertido, ni pretendo lavar mi nombre de los dichos de los idiotas de turno; pretendo preservar la empresa que fundaron mis ancestros.

—No llego a comprenderte —interpuso, sorprendida.

—Cuando yo no esté, Laura y Augusto se harán de todo. No tengo otros herederos. Si nos casamos, ellos conservarán su parte pero no tomarán decisiones, no están capacitados para eso. Vos sí, Nina. Sé que, en tus manos, Editorial Pueyrredón estará tan bien manejada como si yo continuara a la cabeza.

—¡No podés pedirme eso!

—No voy a limitarte —aclaró Octavio—. Podrás mantener tu vida privada, igual que yo la mía. Viviríamos en mi casa, ante la ley seríamos marido y mujer, y vos mi única heredera.

—Sos un hombre joven, no tiene sentido la propuesta que me hacés.

Por un instante el silencio se adueñó del encuentro hasta que finalmente Octavio comentó:

—Cuando te fuiste de vacaciones… tuve un episodio cardíaco.

—No me dijiste nada —le reprochó, preocupándose.

—Lo estoy haciendo ahora. El médico opina que el estrés me jugó una mala pasada y sé que mi carácter no me ayudará a evitar que se repita.

—No puedo creer que me ocultaras esto —se quejó Nina—. Mañana mismo me pongo en contacto con tu cardiólogo y tu entrenador personal. Seguramente con un cambio de hábitos…

—No voy a hacer ningún cambio —aclaró convencido—. Hace muchos años que decidí cómo vivir mi vida.

—Editorial Pueyrredón siempre tuvo al mando a un miembro de la familia. Jamás van a aceptar que yo ocupe ese lugar.

La aseveración de Nina fundamentó la propuesta de Octavio:

—No tendrán manera de evitarlo si te casás conmigo. Es la única herramienta legal con la que cuento, sin tener que exponer abiertamente la inoperancia de ellos.

Pero, ante la jugada, Laura respondió buscando asesoría legal que le permitiera denunciar que él era homosexual y esa unión una farsa; empujando a Octavio a lidiar contra su amenaza, en el momento en que el país sufría una de sus mayores crisis económicas. En la desesperación por no perderlo todo, convenció a su ya esposa para que se sometieran a una inseminación artificial producto de la cual Ezequiel existía y arrojaba por tierra cualquier frente familiar.

Si bien Pedro había puesto el grito en el cielo cuando lo notificaron del casamiento, con la llegada del bisnieto comprendió que la diferencia de edad entre Octavio y Nina no los privaba de quererse y Ezequiel era la fiel muestra de ello. Pasaba casi todas las tardes en la casa de su nieta, disfrutando del pequeño y admirando los modos galantes y respetuosos con los que la pareja se trataba ante él, sin imaginar que jamás habían compartido el lecho.

El dueño de Editorial Pueyrredón, paulatinamente, fue delegando las responsabilidades en su esposa para poder gozar del niño al máximo. Nina regresaba a la casa encontrándose con la escena de padre e hijo recostados sobre la alfombra y con miles de juguetes desparramados en torno a ambos.

—Cuando terminen ordenen todo si no quieren que Rosalía los rete a los dos —advertía besando en la mejilla a su marido y elevando en brazos al pequeño.

—Tendrías que haber visto la rapidez con que encastraba los cubos —comentó hombre—. Es inteligentísimo.

—Sí, lo sé. Entiende con facilidad cualquier juego que le propongamos. Le gustan los desafíos.

Octavio se incorporó, los estrechó en un abrazo:

—Voy a ducharme; no me esperes a cenar.

—De acuerdo. Cuidate —le aconsejó, preocupada porque su marido era reacio a seguir las indicaciones del cardiólogo—, no te excedas, recordá la advertencia del médico.

Él solía tranquilizarla con alguna broma pero, sin embargo, aquella noche regresó sobre sus pasos:

—Nina, aunque suene egoísta, me siento muy feliz.

—Vamos —propuso ella, dejando al niño a resguardo dentro de la cuna—, hablemos en tu cuarto.

En la intimidad, que los alejaba de los oídos del personal de la casa, marido y mujer conversaron con la misma franqueza de siempre pero, para Nina, esa noche estuvo bañada por presentimientos dolorosos:

—¿Por qué siento que acabás de disculparte conmigo?

—Porque acabo de hacerlo. Sé que todo puede parecer injusto, sé que te privé de miles de cosas, pero lo miro a él, miro la armonía que logramos y me siento pleno.

—Estoy casada con el hombre que quiero y admiro. Gracias a él puedo disfrutar del placer de ser madre. Soy la editora de literatura romántica de una prestigiosa editorial. ¿Qué disculpa estás buscando? —había preguntado, parándose frente a él y encerrándole la cara entre sus manos— ¿Cuál? ¿No ves que yo también soy feliz?

La rodeó por la cintura estrechándola en un abrazo. La dejó sentada en el borde de la cama y se acuclilló frente a ella:

—¿Qué hay de la mujer? Mis deseos los satisfago fuera de casa, pero vos te privás del placer de sentirte mujer en brazos de un hombre por cuidar mi honor.

—Silencio —susurró, apoyando su dedo índice sobre los labios de él—. Ya sé lo que es estar en la cama con un hombre. Ya sé lo que pretenden, reclaman y terminan obteniendo.

—No te juzgues como mujer por tu experiencia con él. Ese hombre solo buscaba su placer.

—No me juzgo. Elijo, como elegís vos. Tengo lo que preciso para complacerme y, junto a vos y Eze, está cubierta mi cuota de cariño. No deseo nada más, no necesito nada más. Espero que no volvamos a tener esta conversación.

La vida de Nina se desmoronó, dos años más tarde, dentro del edificio de la editorial. Los gritos de Sergio Bonforte le helaron la sangre. El nuevo infarto fue irreversible.

Nina se convirtió en la heredera de la mitad de las propiedades de Octavio Pueyrredón, y albacea de la otra mitad correspondiente a su hijo hasta que éste fuera mayor de edad.

Estaba capacitada para el puesto, había tenido al mejor de los maestros en su esposo, y amaba a la editorial.

3

Darío se bajó de su auto sabiendo que el encargado del edificio donde vivía ya lo había visto y lo estaba esperando. Repasó con rapidez las últimas horas; no había dormido esa noche en su departamento, por lo que no tenía idea si su padre habría armado algún nuevo alboroto. A medida que se acercaba al empleado, más claro le quedaba que seguramente así era. Sus opciones eran dos, quedarse a escuchar una nueva historia sobre Lisandro Hernández, su padre, o apretar el ceño, fruncir los labios, caminar apurado y dejarle asentado al chusma que no estaba para pavadas. Consideró que llevaba apuro y la última opción fue la escogida. Sin embargo, el lío debió ser mayúsculo porque Raúl lo increpó:

—Si no se lo explica usted —arrancó obviando todo saludo—, haré que se lo expliquen los miembros del consejo de administración.

—Raúl, no estoy para adivinanzas —acotó para que abreviara.

—Ninguna adivinanza, usted bien sabe de lo que le estoy hablando. Ayer a la noche su padre armó flor de revuelo.

—Mi padre es el propietario del primer piso, yo vivo en el tercero. Él es mayor de edad y está en pleno uso de sus facultades mentales. Diríjase a la persona correcta cuando quiera hacer algún reclamo.

—Ninguna facultad mental —continuó Raúl casi introduciéndose también en el ascensor—. Está totalmente fuera de sí. En este edificio vive gente respetable. No puede traerse a medio cabaret, poner música a todo volumen hasta la madrugada, y que todos los vecinos se crucen, cuando salen a trabajar, con coperas ligeras de ropas.

«El viejo la debe haber pasado genial, anoche», pensó Darío, antes de defenderlo adoptando su mejor expresión de seriedad y pocos amigos.

—El problema de la gente de este edificio es que la mayoría de los señores sufren la disfunción provocada por la edad, y las señoras desconocen la boutique donde compran la ropa las invitadas de papá. Pasame los mails de los miembros del consejo de administración que voy a recomendarles una sexóloga que puede solucionar los dos conflictos —concluyó manteniendo el gesto y la voz firme, antes de poner distancia con su anonadado interlocutor, cerrando la puerta del ascensor.

Pensó en pasar por el primer piso, pero estaba apurado, precisaba ducharse antes de ir a la redacción. Además, seguramente su padre a esa hora continuaría durmiendo si en la noche anterior había estado de juerga.

Comenzó a deshacerse de la ropa en cuanto cerró la puerta. La voz de Dora, cantando en guaraní, le recordó que ese era uno de los días en que asistía para asear la casa. Siguió el sonido con sigilo y la descubrió en el baño de la suite ordenando toallas recién planchadas. Fiel a la costumbre, la rodeó con ambos brazos por detrás y le susurró con voz ronca al oído:

—Hola, mi kuñataî porâ.

—Ningún bonita, ningún bonita —respondió, ofendida—. En lugar de andar de lisonjero conmigo, ¿por qué no me ayuda dejando las cosas más ordenadas?

—No rezongues. Ayer no estuve por acá.

Dora giró y le acarició la mejilla como a un hijo:

—Treinta y cinco años ¿y todavía no entendió que no debe seguir los pasos de su padre?

—Dejalo tranquilo, Dora —volvió a defenderlo—. Ya lo escuché recién al rompebolas de Raúl. El viejo vive la vida.

—No, su padre la «mal vive», y se gasta todo lo que tiene con esas… con esas…

—Sí —rio Darío a carcajadas, logrando llenar de pequeñas arrugui ...