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AY, AMOR

Florencia Bonelli

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Fragmento

I

Hay una mujer con la hermosura de la noche

Y esa claridad de la luna en la boca.

Una mujer, con un vestido largo de estrellas,

Que camina descalza escondida en el viento.

GABRIELA BAYARRI, “DE MÍ”, PRESAGIOS

Londres, 1848

Era imposible caminar por Londres y no recordar a Elinor, pensó Edmundo mientras contemplaba el Támesis con sus barcazas y aguas oscuras. Durante el otoño de 1844, estando todavía en París, había comenzado una grata amistad con Elinor Douglas-Murray. La joven, por haber crecido entre hermanos varones, tenía un genio amuchachado; aquello le divertía y de alguna manera le recordaba a Luz. Por otra parte, desvanecía el disgusto de ser arrastrado a una relación amorosa que no estaba seguro ni de desear, ni de aceptar.

Bajo la bendición de Lady Lytton, se encargó de hacerle conocer todo París; no solo teatros y restaurantes, el Bois de Boulogne —con sus paseos obligados y sus cabalgatas de estilo—, sino que, comprendiendo que se interesaba en arquitectura gótica, la llevó a recorrer capillas olvidadas, en la parte vieja de la ciudad.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Descubrieron que les gustaba el mismo tipo de lecturas, especialmente novelas históricas, románticas y de aventuras, y pronto estuvieron intercambiando autores; él le regaló obras de Dumas —Los hermanos corsos, Los tres mosqueteros— y ella compartió con él su autor preferido: Sir Walter Scott. Entre otros títulos, La novia de Lammermoor —Edmundo había asistido al estreno de la ópera de Donizetti, basada en el libro del escocés, años atrás— y una novela de William M. Thackeray, Barry Lyndon, que hiciera furor en Londres en cuanto fue publicada. Estas ediciones estaban en inglés y leerlas le ayudó a practicar el idioma.

Fue una sorpresa poder compartir con ella las reuniones en que hablaban de política con sus amigos sudamericanos que residían o pasaban por París; encuentros a los que solía acudir Chopin, con quien se sentía hermanado por el profundo patriotismo del músico, y su aflicción por la situación política de Polonia. Elinor, compenetrada con el tema, les contaba sobre la encarnizada lucha que los escoceses —especialmente los de las Highlands, de donde era su familia— mantuvieron durante siglos con los ingleses.

Su amistad llegó a tal extremo que a veces se quedaba dormida en un sillón, en la casa de Saint-Dominique, mientras él escribía su crónica semanal; la cubría con una manta, cerraba una ventana para que no le diera el frío y, al concluir su trabajo, hacía sacar el coche para acompañarla hasta la mansión de los Lytton.

Era una relación de compañerismo con un toque de sensualidad entre ambos. La sociedad en que se movían comenzó a murmurar que él había “plantado” a Lady Clarissa por su prima, o que ella se había librado de él, presentándole a Elinor. Ambos conocían estos rumores y se burlaban de ellos, dándose a veces públicamente un breve beso en los labios, haciendo como que se escondían de todos.

Cierto atardecer, Edmundo recibió una esquela de Lady Clarissa pidiéndole que, sin demora, fuera a su casa.

Al llegar, encontró a su amiga paseándose por la salita de recibo con un pañuelo en la mano; se la veía muy alterada.

—¡Gracias a Dios que ha venido usted, mon ami! —exclamó en cuanto lo vio entrar—. Elinor ha recibido una pésima noticia y está desolada. Se ha encerrado en el pabellón desde ayer, no come y no quiere hablar con nadie. Ya no sabemos qué hacer…

—¿Ha muerto alguien de su familia? —preguntó él, entregando capa y sombrero al criado.

—Menos le hubiera dolido —sentenció Lady Lytton y lo invitó a sentarse en un sofá, a su lado. Después de aspirar las sales, se explicó: —La vida de mi prima no ha sido fácil; su madre murió siendo ella muy pequeña. Por desgracia, su padre se casó pronto con una mujer absolutamente detestable, que mantuvo a Elinor apartada de Edimburgo, enviándola a una de las posesiones más alejadas de la familia, en Aberdeen. Ella es la hija menor y se crió bajo la protección del ama de llaves, hasta que tuvo edad de ir al colegio. Cuando regresó, muy joven aún, sus hermanos se habían independizado y Elinor quedó con esta buena mujer, que siempre fue como una madre, hasta que… —Calló de pronto por unos segundos, como si hubiera perdido la ilación de lo que decía. —En fin… cuando la invité a pasar una temporada conmigo, quiso viajar con ella, pero era muy anciana y se negó a dejar el castillo, por eso contraté una dama de compañía. La cuestión, querido Eddy, es que la mujer ha muerto durante su ausencia. Ayer recibimos la noticia, y mi prima siente que ha perdido por segunda vez a su madre, con un agravante: la viuda del padre ordenó enterrarla en la fosa común.

Edmundo cerró los ojos, la cabeza hacia atrás, recordando la carta que Luz le escribiera cuando llegó a Córdoba, después de un viaje a Gran Bretaña, y se encontró con que nadie le había anunciado la muerte de Severa.

—¿Le parece oportuno que vaya a verla ahora? —dijo, poniéndose de pie.

—¡Sí, vaya usted y dele consuelo! ¡Nadie la comprende! Mi marido cree que su pesar es excesivo por ser la muerta una persona del servicio. Pero veo que usted entiende…

Edmundo se apresuró a cruzar el parque hasta el pabellón. Era casi de noche al final del otoño y, al subir los escalones de entrada, vio a las criadas sentadas, serias y desconcertadas, sin saber qué hacer. Una de ellas, poniéndose de pie, le indicó el dormitorio.

El pabellón estaba oscuro, y solo un candelabro iluminaba escasamente el saloncito de entrada. Lo tomó y, al pasar a la alcoba, lo primero que vio fue el resplandor del hogar encendido y las altas y gruesas cortinas cerradas. Un leve perfume a incienso flotaba en el aire. La llamó por su nombre, y Elinor, que estaba de espaldas, se enderezó en la cama y lo miró como perdida en un lugar extraño.

Él dejó el candelabro en un taburete y, antes de sentarse, puso una mano sobre su nuca y la besó en la cabeza, demorando la caricia más que lo acostumbrado. Cuando se sentó, ella le echó los brazos al cuello y puso la frente en su pecho. Sin palabras, con gestos suaves, la rodeó con los suyos y apoyó la barbilla sobre su hombro, meciéndola como si fuera una criatura. Sintió el rostro ardiendo, la humedad salada de sus mejillas y el pecho cerrado por los sollozos.

Cuando el cuerpo de ella se entregó a su afecto, le separó el pelo de la cara, echándolo hacia la espalda, y comenzó a contarle lo que le había sucedido a su prima muchos años atrás.

—… quería mucho a Severa, su ama de leche, y quiso llevársela a Buenos Aires pero, igual que tu nodriza, no quiso seguirla: dijo que estaba muy vieja y que tenía que cuidar de la casa. El problema comenzó cuando Luz viajó a Gran Bretaña. Una de sus hermanas, con la que se llevaban muy mal, quería meterse a monja, pero no tenía para la dote; así que aprovechando su ausencia, Isabel dilapidó a su antojo los bienes familiares y, ya sin casa, obligó a Severa a seguirla al convento. —Por un momento, se quedó pensando en el viejo suceso. —Nunca entendí por qué está loca, estoy convencido de que lo está —aborrecía a Severa; y aunque sabía cuánto la quería Luz, nunca le comunicó su enfermedad, tampoco su muerte y mucho menos cuando ordenó que la tiraran a la fosa común. Pero Luz regresó a su debido tiempo, estalló la discordia en la familia y el escándalo conmocionó a la ciudad. —… lo primero que hizo fue visitar a su hermana en el convento. No sé qué le dijo, pero Isabel quedó aterrada y comenzó a tener brotes de demencia. Después, inició varios juicios que pusieron patas arriba al Convento, a la Curia y al Cabildo, y dejando el tendal de honras por el suelo, recuperó casi todos los bienes.

—¡Ojalá pudiera yo hacer lo mismo! —juró Elinor con resentimiento.

—Aunque muerta, Severa no abandonó el solar; una noche se le apareció a Luz en sueños, le dijo que tendría un niño y le aconsejó dejar en paz a Isabel. Un mes después, el médico de cabecera fue a verla por una descompostura y confirmó lo que el espíritu le había anunciado. —Y como la joven quedara pendiente del relato, continuó: —En su casa de Córdoba hay un gran jacarandá y bajo ese árbol suele aparecerse su ánima. Le dio un susto al inglés de Luz —al que no quería mucho, te diré—, consoló a mi primo Fernando cuando perdió a su mujer y lo protegió la noche que salió a cazar “degolladores” —y suspirando, concluyó—: Cuando la familia está en paz, se la oye canturrear…

—¿Crees que eso sea posible?

—¿Crees en espíritus?

—¿Fantasmas, quieres decir?

—No; prefiero un término más cristiano: espíritus, almas, proyecciones de los que amamos y nos amaron y que, estén donde estén, regresan, aunque sea brevemente, a acompañarnos, a advertirnos.

Al verla más tranquila, la recostó entre los almohadones y fue por el vaso y la jarra de agua. Le temblaban las manos, no sabía si por el perfume y el contacto de su cuerpo o por el recuerdo de Severa, que parecía contener las tragedias de los Osorio.

Mientras ella calmaba la sed, llenó una copa de jerez y, después de un sorbo, se la ofreció.

—Solo un trago —la amonestó, tocándole la nariz con el índice. Fue por las criadas y les dijo que prepararan algo de comer.

—… algo caliente y que no tenga que masticar.

—¿Consomé de gallina? Está hecho.

—Muy bien.

Regresó a la habitación, tiró el saco y el chaleco sobre una reposera, se aflojó el lazo del cuello y se arremangó la camisa. Buscó la jofaina y el aguamanil y, tomando una toalla, se sentó al borde de la cama; con el lienzo embebido, le humedeció el rostro, el escote y los hombros. Luego le lavó las manos y los brazos y, tomándole los pies, se los refrescó. Elinor se entregó a su cuidado.

Encontró en la cómoda otro camisón y, acercándose a ella, le ordenó:

—Levanta los brazos sobre tu cabeza; te cambiaré la ropa, pero juro que mantendré los ojos cerrados.

No cumplió el juramento, aunque evitó detenerse a contemplar su cuerpo. Al bajar la prenda, rozó sin querer los senos y se sintió turbado. La joven, en cambio, parecía una criatura que hubiese encontrado a un adulto que se hiciera cargo de su dolor.

Al rato entraron las criadas, vistieron una mesa con mantel, cubiertos y todo lo necesario, y dejaron en un brasero de bronce la olla con el cucharón.

Edmundo sirvió un plato humeante, con olor a orégano, lo puso entre ambos y comenzó a darle cucharada tras cucharada, al tiempo que decía: “Una para ti, otra para mí…”, remedando a su niñera.

Ella sonrió y tomó la otra cuchara; sin más palabras, terminaron los platos de sopa y Edmundo ordenó una tisana.

Se sentaron a beberla en dos pequeños divanes enfrentados. Edmundo se sentía extraño, pues nunca había tenido tal intimidad con una mujer, salvo con su prima, que no contaba, pues eran como mellizos. Elinor, cada tanto, echaba la cabeza hacia atrás y él veía la línea pura de su cuello, el nacimiento de su pecho, el pelo largo, suelto, que tocaba el piso.

Cuando acabaron de beber, Edmundo dejó las tazas en la mesa, rescató una cinta entre las mantas y, rodeando el diván, la peinó con los dedos, tentado de enterrar la cara en su cabellera: olía a sándalo con un dejo de tabaco. Recordando las estatuas de la Grecia clásica, se dio maña para recogérselo. Estaba tan conmovedoramente hermosa, que se quedó contemplándola con una extraña emoción.

—Ahora debes descansar —dijo y, alzándola en brazos, la tendió sobre las sábanas. Ella se aferró a su camisa.

—No me dejes…

—Te leeré un rato —y descalzándose, arrojó lejos los botines y tomó un libro de Musset, poeta que tuviera una relación tempestuosa con George Sand—. Déjame ver si este idiota tiene algo que me guste. Como persona, no lo aprecio mucho, ¿sabes?

Se recostó a su lado y ella, con una naturalidad que parecía venir de años de convivencia, le pasó un brazo sobre el cuerpo. Él comenzó a hojear el libro, buscando un poema del que recordaba solo cuatro líneas, pero apropiadas para el ánimo de su amiga.

Lo encontró; Musset lo había titulado “La visión”. Tomándole la mano, le dijo al oído:

—¿Sabes por qué me quedaré esta noche? —y leyó en voz alta—: Porque…

Tu corazón me lo ha confiado el cielo.

Cuando sientas de nuevo este dolor,

sin inquietud acude siempre a mí,

que yo te seguiré por el camino…

Como Elinor le diera la espalda, él se incorporó y poniéndole una mano en la cintura, le dijo en tono de broma, para ocultar su emoción:

—Elinor de Aberdeen, ¿me amas?

Ella asintió con la cabeza sin cambiar de posición, así que tiró el libro al suelo y la obligó a mirarlo.

—Debes decirlo en voz alta —exigió mientras le bajaba el escote del camisón, rogando que no le fallara la voz— o los hados no te escucharán.

Cubriéndose la cara con las manos, la joven murmuró, entregada:

—¡Te quiero tanto, que me duele hasta el alma!

—Entonces —sonrió al tomarla en brazos—, aliviaré ese dolor.

Hicieron el amor hasta el amanecer, en el que se rindieron uno en brazos del otro, las piernas enlazadas, las manos juntas, las cabelleras revueltas, los labios hartos de besos.

Para Edmundo fue la más profunda de sus experiencias y aunque poco sabía del pasado de Elinor —salvo que no era virgen— tuvo la certeza de que ella se había entregado a él en cuerpo y alma.

Aquella noche, por primera vez en años, olvidó la brutalidad de sus tíos, la siesta en casa de las Ponce, el asco y la humillación. Todavía no confiaba en que fuera para toda la vida, o si, con el tiempo, regresarían sus fantasmas. Pero el cuerpo tibio y suave, perfumado e inocente que descansaba entre sus brazos le deparó un sueño sin recelos.

II

Abrígalo si puedes: va que vuela

su precario calor, al terso cielo.

Mira que con frecuencia se da el caso

que, al volver, el misterio se desvela.

ALFONSO DE LAMARTINE, Del querer humano

Londres, 1848

La mañana siguiente los encontró avergonzados de su felicidad, pero al mismo tiempo, inquietos por tener que enfrentar una sociedad hedonista y cínica.

Cuando fueron a bañarse en el estanque interior, encontraron en la bandeja una nota; era de Lady Clarissa, invitándolos a tomar el desayuno.

—Ya lo sabe —dijo Elinor, decaída.

—Tenemos que ir —afirmó Edmundo, pero al salir del agua, mientras le secaba el pelo, le dijo imprevistamente:

—Entenderé si te niegas, pero me gustaría que te mudes a mi casa.

Sentados en un banco frente al hogar donde parpadeaban unas cuantas brasas, ella lo miró a los ojos.

—¿Tan pronto has decidido que me amas?

—No —respondió él, besándola en el cuello—; te amo desde el primer día que te vi, pero recién anoche me atreví a aceptarlo. Y bien sabes que, en cuanto salgamos de esta habitación, comenzarán las habladurías, las invitaciones, la curiosidad de amigos y enemigos. —Soltó la toalla y le tomó las muñecas. —Quiero intimidad para nosotros. ¿Te costará dejar las fiestas y…?

—No; los días más felices han sido los que pasé contigo, hablando con amigos o paseando solos.

—Entonces, vistámonos y terminemos con esto. Temo que empiecen a llegar visitas o que Clarissa comience a desparramar la novedad de nuestros amores.

Sentados en la salita de desayuno, con la dueña de casa visiblemente tranquilizada pero decidida a sonsacarles una confesión, Edmundo puso su mano sobre la de Elinor y sostuvo la mirada de Lady Lytton.

—¿Permitiría usted que Elinor se mude conmigo?

La mujer los observó, consternada, y Edmundo notó que Elinor se había sonrojado.

—En realidad, mon ami, ella es mayor de edad, así que bien puede decidir… —y la cucharita sonó como una campana cuando la dejó sobre el plato.

—Lo sé; pero he querido que comprenda usted la seriedad de mi proceder…

—¿Por cuánto tiempo se extenderá esa “seriedad”? —fue la punzante pregunta de la dueña de casa.

—Para siempre…

—Siempre es demasiado tiempo —dijo la mujer con acritud.

—… o hasta que ella lo decida. Por mi parte, estoy seguro de mis sentimientos; solo quiero darle tiempo a Elinor para que confirme los suyos.

—¿Elinor querida, estás segura de que…?

La joven, aunque nerviosa, dio un “sí” que no dejaba dudas.

—Tú sabrás lo que haces —dijo Lady Lytton—. Ordenaré que hagan tus baúles.

—Deben estar listos. Mi doncella iba a encargarse de ellos. ¿Podrías… —y con voz más suave— prestármela? Me costaría encontrar otra.

—¡Querida Ellie, iba a ofrecértela!

Luego de abrazos, promesas y consejos, se despidieron y el coche de los Lytton partió hacia el barrio d’Enfer.

Al alejarse de la mansión, se abrazaron como dos adolescentes que han escapado del castigo de los mayores.

—Te aseguro que me preocupé en un momento; me parece que no le gustó mucho que quisieras mudarte —viendo una florista frente al puente, hizo que parara el coche y le compró un ramo de violetas envuelto en papel crujiente—. Tu ramo de novia —y al entregárselo, le robó descaradamente un beso—. Haremos dar una misa por tu niñera —le prometió—, seas o no católica. Ella nos ha unido.

—Quizá te puso en mi camino sabiendo que iba a partir.

Al llegar a la calle Saint-Dominique, Edmundo dio una buena propina al cochero, que les deseó toda clase de suerte, y cuando iban a traspasar la puerta, la alzó y se la echó al hombro como un fardo; entraron riéndose a carcajadas.

El mayordomo los miró más inconmovible que una estatua, y Edmundo, dejándola en el suelo, le comunicó que dijera a la criada que preparara para ellos el dormitorio de Sebastián; a la cocinera, que les hiciera un desayuno sustancioso, y que estuvieran atentos a la llegada de la doncella y el equipaje de la señora.

—Y hoy no estamos para nadie —dictaminó.

Tomados de la mano, subieron de a dos los escalones y en la habitación, después de besarla, le dijo:

—Tengo que terminar una nota que debí entregar ayer.

Ella ya estaba recogiendo la ropa desparramada en cualquier parte, los libros tirados en el suelo y buscando un vaso con agua para poner las violetas.

Una sombra le cubrió el rostro, pero cerró los ojos, besó las flores y murmuró: “Por lo que dure”.

Edmundo había decidido, durante el viaje en coche, tomar el dormitorio de Sebastián —que por mucho tiempo no podría salir de la Argentina—, pensando en que era más cómodo para dos personas, que tenía muy buena luz y que, así, dejaba atrás su vida anterior. Quería que su relación con Elinor comenzara para ambos como un tránsito donde todo sucedería por primera vez para los dos: por primera vez despertarían en aquella habitación, abrirían las cortinas y verían una porción del jardín posterior y de la huerta que no se observaba desde la suya. Paisaje, techos, paredes, muebles, serían nuevos para ambos. Incluso estarían en distintos pisos, pues Sebastián había armado su vida y su trabajo en el tercero y él se desenvolvía en el segundo.

Durante varios días corrieron muebles, cambiaron objetos de sitio, desdeñaron alguno, salieron a buscar otros en los baratillos de cosas usadas. Según el dinero que tuvieran, incursionaban por casas de antigüedades.

Compraron ropa de cama nueva, renovaron los cortinados y amoblaron una sala para Elinor; le gustaba pintar “solo flores y cosas pequeñas”, se excusaba ella ante los magníficos cuadros de Sebastián y los de su colección de arte.

Disfrutaban estando solos, inmersos en una ensoñación de amor, abrazándose tras las puertas para que no los vieran los criados.

Y en Navidad, tirados en la alfombra al calor de la monumental estufa a leña, con una copa de champagne en la mano, un tazón con uvas al lado y fuentes con nueces, almendras, castañas, garrapiñadas, turrones glaseados y pasas de uva, se contaron cosas de la infancia y la familia.

Él le habló de su cuñado, el escocés Brandon Robertson, pariente de aquellos famosos hermanos Parish Robertson — John y William— que publicaran, poco más de un año atrás, una obra en tres tomos titulada Cartas de Sud América. Elinor no los conocía personalmente, pero sabía de ellos: eran fuertes empresarios en Paraguay, famosos por su trayectoria, su capital y sus libros de viaje.

—¿Y cómo se lleva con tu hermana?

—Según Luz, muy bien. Él es un aventurero, un tipo de muchos recursos. Sé que estuvo de soldado de fortuna, siendo muy joven, en Haití y en España. Se da mucha maña con la estancia, pues a la muerte de papá, Laura quedó sola a cargo de toda la familia, y yo alejado del país. Además, es un hombre para respetar: sabe de armas, de caballos, de tácticas de guerra y, al mismo tiempo, es bueno haciendo tratos con políticos y militares. Y dice Luz…

—¿Acaso tu hermana no te escribe sobre él?

—Oh, Laurita es perezosa para escribir. Es de aquellas que andan dando vuelta la casa, haciendo dulces, cuidando niños, sosteniendo a su esposo y visitando tías viejas. Además de haberse encargado de la familia, este Ángel de la Guarda ha cobijado a la hermana de Luz, casada con un militar unitario que quedó inválido en un combate; Robertson vive salvándole la vida, pues de vez en cuando algún federal rencoroso recuerda sus ideas políticas y comienza la cacería. Uno de mis primos quedó viudo con un hijo, bastante difícil de criar; pues ahí está Lucián, bajo el ala de mi hermana, en La Antigua… —y sacando unas castañas del fuego, las peló para ella—. Por eso es Luz quien me tiene al tanto de todo.

—Dime la verdad, ¿estás enamorado de tu prima?

—¡No! Te juro que no, siempre hemos sido cómplices… —y recordando sus aventuras, afirmó—: Somos mellizos lunares.

—¡Eso lo has inventado! —se rio ella, incrédula.

—No; es verdad —se defendió, besándole los dedos en cruz—. Nacimos en años diferentes, pero un tío nuestro, un cura mercedario que hace estudios astrológicos, nos dijo que ambos vinimos al mundo bajo una conjunción lunar casi exacta.

Aquella conversación se cortó cuando llegaron varios exiliados sudamericanos con guitarras y flautas, cantando villancicos. Afuera había comenzado a nevar, y ellos terminaron la noche abrazados por la cintura, mirando desde el piso alto el jardín nevado y los muros que comenzaban a brillar con la escarcha.

Un día, mientras recorrían una feria de pueblo, quedó encantada señalándole, en un canasto, un almohadón lleno de alfileres sosteniendo un encaje inacabado.

—¡Mira, un mundillo! —exclamó, pidiendo que se lo acercaran.

Edmundo recordó algunas tardes de su infancia, cuando las tías Núñez del Prado se juntaban con sus amigas, cada una de ellas con un almohadón similar en su regazo. Su padre las llamaba, en tono burlón, “las tardes de las loras barranqueras”, porque oía sus voces y sus risas través de las tapias.

—Mi tía Francisquita solía hacerlo, pero nunca la vi con esos… esos…

—Son bobinas, les llaman “bolillos”. Con ellos se entretejen los hilos y la trama se sujeta con estos alfileres —señaló Elinor.

—Sigo sin entender cómo arman el diseño…

—Con un patrón de dibujos; se marca con la posición de los alfileres.

—¿Por qué te interesa tanto?

—En Aberdeen, mi Nanny me enseñó a hacer bolillos; solíamos juntarnos con otras mujeres del pueblo; cada una cargaba su almohadón; tomábamos té, alguna recitaba una vieja balada y nos enterábamos de dichas y desdichas de los vecinos. —Se sonrió para sí, pasando un dedo sobre el encaje a medio hacer. —Lo que más me gustaba de esas tardes era escuchar historias de mis antepasados.

Cuando quedó en silencio, él la abrazó por la cintura, la besó en la frente y dijo al vendedor que esperaba que se decidieran:

—Lo llevamos.

—Y por la linda historia que contó la señora, va de regalo el hilo —dijo el hombre con una sonrisa desdentada y, para alegría de Elinor, sacó un papel amarillento y envolvió la madeja.

Aquello marcó una época en sus vidas. Mientras él escribía o departía con sus amigos, ella, al lado del fuego y en silencio, dejaba oír el canto de los bolillos al entrecruzarse.

Fueron meses sumamente felices, en que la relación se fortaleció día a día, sin ningún tipo de desavenencias.

Recibían pocos amigos, hacían excursiones por los alrededores, iban a contadas fiestas y, más seguro de sí y de Elinor, escribió a Luz y a Sebastián participándoles su dicha.

La primavera de 1845, en París, fue fresca pero muy florida. Edmundo no olvidaría los jardines y los paseos coloridos, la luminosidad de las tardes, las noches estrelladas, las terrazas bohemias de Montmartre, donde solían sentarse a tomar un refresco.

Uno de sus paseos favoritos era concurrir al hotel del pintor Ary Scheffer; quedaba en el Distrito 9, zona que un periodista, años antes, había bautizado “La Nueva Atenas”. Allí residía lo más selecto de la cultura parisina: músicos, ensayistas, escritores, cantantes de ópera, pintores y dibujantes, lo mismo que actores de teatro y poetas. El lugar, indudablemente, llevaba el nombre con justicia.

Las mansiones y los petit hôtels, de estilo neoclásico, habían sido diseñados por prestigiosos arquitectos —Constantin, Biet, Clouet— y, entre otros vecinos, residían compositores como Liszt, Rossini y Gounod.

Se decía que Chopin, antes de mudarse con George Sand, solía dar clase en la vereda del frente de la escritora. Cuando terminaba con sus alumnos, a las cuatro de la tarde, cruzaba a lo de su amante, que recién a esa hora desayunaba pues le gustaba escribir de noche.

La salida preferida de Edmundo y Elinor era asistir a los conciertos que organizaba Scheffer junto a su hija, los viernes a la tarde; en otras ocasiones, algunos autores leían, ya poesía, ya cuentos o comedias.

Al regresar de esos encuentros, se refugiaban, felices en su sola compañía, en la casa de la rue Saint-Dominique.

Una tarde en que Edmundo se encontraba en la editorial que reeditaba La Nueva Troya, de Dumas, discutiendo correcciones, de improviso sintió una punzada en el pecho, una punzada no de dolor sino de angustia, como si acabaran de echar un capote de sombras sobre él.

Se disculpó como pudo, salió a la calle y buscó desesperadamente un coche; temía por Elinor y le urgía llegar cuanto antes. Trató de serenarse pensando: “No será nada, es la superstición bíblica, la creencia de que debemos pagar un precio por la felicidad”.

Tuvo que recorrer varias cuadras para conseguir un carruaje, pues era la hora en que todos los parisinos salían a disfrutar de la tarde, y aquella premonición hizo que el trayecto se le hiciera eterno. Al llegar, pagó rápidamente al conductor mientras repetía para sí: “Eres un idiota, no pasa nada. Todo está en orden…”.

En su impaciencia no llamó, sino que empujó la puerta, que no tenía puesto el cerrojo. La casa estaba en silencio, pero en el vestíbulo, vio las maletas y los baúles de Elinor. Listos para un viaje. La doncella personal apareció por la puerta interior y, al verlo, retrocedió con un pequeño grito y cerró la puerta.

No comprendió qué sucedía, y mientras dudaba adónde dirigirse, vio a Elinor bajar la escalera con los guantes en la mano y el sombrero puesto. Con un dolor tan intenso que no pudo hablar de inmediato, se quedó contemplándola: no había palabras para preguntar lo que ya tenía respuesta.

Ella lanzó un gemido, llevándose las manos a la boca. Aquel gesto devolvió el habla a Edmundo, que preguntó, abriendo los brazos:

—¿Ibas a dejarme sin una palabra?

La joven balbuceó:

—… Arriba, sobre tu almohada…

El desconcierto cedió el paso a la ira:

—¿Te despedías con una maldita carta? —Y tomándola de los brazos, la sacudió con fuerza. Recién entonces notó que tenía los párpados hinchados y rojos, que estaba sin maquilla ...