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BIOVIGILADOS

Roxana Tabakman

5


Fragmento

ADVERTENCIA

No es un germen más de los muchos que circulan por la Tierra. Su figura es inofensiva, pero su corazón, mortal.

El fin del mundo puede estar escondido en una partícula submicroscópica que es la vida reducida a su mínima expresión. El LPV (Luang Prabang Virus) tiene apenas ocho genes, pero en un futuro sin fecha puede aniquilar a la especie humana. Nuestro cuerpo, a pesar de los veinte mil genes que atesora en cada uno de sus treinta y siete billones de células, no tiene condiciones para enfrentarlo.

Por ahora la infección da síntomas leves, algunos semejantes a la gripe común. Son pocos los infectados que acuden al hospital, es más fácil esperar que la molestia se pase sola o buscar la solución en internet. Los médicos no le prestan demasiada atención, nadie contabiliza los infectados, los servicios de salud no asientan los casos en los registros. Negligencia grave: cuantos más virus haya circulando, mayor posibilidad de una mutación. Y ese es el peligro. Cualquier cambio de apenas un par de letras en su esqueleto simple de ADN puede modificar su bioarquitectura lo suficiente como para transformar ese virus banal en una cepa asesina. Nadie puede predecir cuándo, pero el día que ocurra, los hospitales desbordarán de pacientes desahuciados.

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La tragedia podría intentar evitarse con una vacuna que está en las últimas fases de experimentación, pero la Organización Mundial de la Salud, que enfrenta varias epidemias simultáneas, no lo tiene como prioridad. Iniciará la campaña de inmunización contra el LPV recién cuando tenga evidencias concretas de una epidemia inminente. Se impone la economía. La decisión sanitaria no sería grave si no se basara en cifras completamente equivocadas: los datos oficiales muestran apenas la punta del iceberg.

El día que el virus se malignice, un pariente de la cepa benigna dará inicio a un coro de gritos. Estudios hechos en simuladores humanos hacen pensar que el dolor que perforará el pecho será tan agudo que apenas la anestesia general permitirá soportarlo. Quién sabe por cuánto tiempo.

Una única persona sabe fehacientemente que el LPV corre como reguero de pólvora por el mundo. Pero, durante mucho tiempo, nadie le creerá.

Parte I

CAPÍTULO 1

Clara Fend está sentada frente a la pantalla, exhausta tras otro largo día de trabajo. Tiene la mirada en un punto cualquiera, mientras juega distraídamente con los dedos en la superficie brillante de la mesa. De repente se pone de pie, estira el cuello para mirar a su alrededor y saluda en voz alta. Nadie le responde, sólo se escucha el silencio. Definitivamente está sola en la gran sala, como imaginaba que iba a ocurrir un viernes a las siete de la tarde. Tranquila, frente a una de las pocas máquinas de uso común del instituto, que no exigen la identificación digital del usuario, abre una página.

“El sistema de vigilancia virtual permite conocer en detalle toda la realidad que se oculta. Completamos la información oficial, siempre insuficiente, con los microdatos obtenidos de intercambios que se transmiten por internet”, le había explicado unos días antes Sidney Roux, un antiguo compañero del colegio. Él lo utilizaba con fines políticos. El gran cambio que pretende hacer Clara es emplear las mismas técnicas de la lucha antiterrorista para monitorear una enfermedad infecciosa que está en sus comienzos.

Verifica el acceso abierto a la nube virtual. Para hacer la primera prueba, necesita disponer de la memoria y el poder de cálculo de miles de máquinas. Todo funciona como era de esperarse. Ingresa algunos datos y su último temor desaparece cuando comprueba que es un software abierto que no requiere autorización para usarlo.

El espionaje de alta tecnología lee los mensajes de los distintos sitios y blogs, hurga en los bancos de datos, registra los intercambios en voz, imagen y texto en las redes sociales y en las páginas de e-commerce, y captura absolutamente todo lo que pasa a través de la telefonía móvil. Después de recoger la información de todas estas fuentes y en una gran cantidad de idiomas, un cerebro digital la analiza, la compara, la reúne, descarta datos. En algún punto del ciberespacio un programa informático, imparcial, incansable e incorruptible, saca sus conclusiones.

Si lo usan los gobiernos y las empresas, ¿por qué no los científicos?, se había preguntado Clara sintiéndose desorientada en un mar de información. “Biovigilancia” llamó en ese momento a su futura actividad, por entonces sigilosa. Y bajo el techo de uno de los principales centros de excelencia científica del mundo, el Old King’s College de Londres, dio inicio a una revolución sin procedentes en la rama más heroica de la medicina, la salud pública.

Clara es una científica talentosa. Más que eso, brillante. Su sed de conocimiento sólo se equipara a su sensibilidad ante los problemas del mundo, una conciencia social inagotable y una compasión por la humanidad que no se detiene ante los riesgos. Frente a la pantalla, la científica se consuela pensando que no está haciendo nada que no sea absolutamente legal. La gente vuelve pública una gran cantidad de información clínica, a veces por no tomarse el trabajo de restringir la audiencia online, otras porque sin pensarlo negocia privacidad por celeridad en los servicios, y ella simplemente la recupera de forma ordenada. Los datos de los sistemas de monitoreo continuo personal de hipocondríacos, deportistas y amantes de la tecnología están ahí esperando una nueva utilidad. Cada hora que pasa se registran billones de signos vitales. Los sistemas hospitalarios y farmacéuticos son más abiertos de lo que la gente cree, o su confidencialidad tiene un talón de Aquiles que los usuarios aceptan sin leer las condiciones. La investigadora invade la intimidad ajena con la misma paz espiritual con la que el médico manda al paciente desnudarse.

Las pupilas de sus ojos verdes se dilatan frente a la luz del monitor que muestra el rastreo de los afectados por el virus LPV. Ella sabe que están todos ahí, consultando por grietas en la boca, calambres u otros problemas que, en su conjunto, definen el diagnóstico. En las redes sociales, otros que pasan por la misma situación recomiendan soluciones. Aunque muchos nunca se hayan conocido en persona —meros contactos virtuales—, están hermanados por la incomodidad. Y todo queda debidamente registrado.

Esa noche, la experta en el virus LPV pasa horas manejando los datos de manera expeditiva, simple, prolija. El espionaje médico no es sencillo. Ese trabajo sólo puede hacerlo alguien que conozca en profundidad y en detalle las mil caras que puede tener un virus simple cuando invade la complejidad de un cuerpo. En el caso del LPV, Clara sabe que hay 189 variables a las que debe prestar atención para abarcar el abanico de síntomas y signos de la enfermedad. No siempre tiene acceso a todas ellas, de manera que mejora el sistema indicando cómo completar las lagunas con indicios indirectos de la infección.

¿Cómo descubrir si la acidez de la saliva de una persona varió en los últimos treinta días?, se pregunta Clara. Reflexiona un momento y, con una sonrisa, le agrega al sistema una nueva ruta de análisis: a los individuos que saquen turno para ir al dentista sin haberle sido solicitado por el SRCP (Sistema de Reserva de Controles Periódicos), los coloca en la categoría 3 (Sospecha). De estos, pasan a categoría 2 (Evidencia fuerte) aquellos cuya ficha odontológica digital registre un aumento inesperado en el número de caries. Clara modifica el sistema para que descarte a los que estén usando aparatos fijos o alguna alteración hormonal, como el embarazo, que pueda afectar los datos, y pasa al ítem siguiente.

Si el espionaje médico no es sencillo, el concepto de epidemiología sin intermediarios, por su propia naturaleza, no es exacto. Cuando Clara lo conoció, lo miró con recelo. Su primera idea fue usarlo para acercarse a la realidad algunos pasos más, no para suplantar las técnicas habituales de recolección de datos. Pero este fin de semana, al estudiarlo en detalle, está pasando de la incredulidad inicial a la admiración. Su intuición científica le dice que la respuesta a la pregunta que le había alterado el sueño desde los inicios de su carrera podría realmente estar allí.

Una ventana de información se abre frente a ella. Sobre un fondo amarillo aparece un número de ocho cifras, pero este cambia rápidamente al punto que Clara no consigue leerlo. La cifra está en mutación constante, crece, se reduce, trepa a las alturas y luego cae en picada sin ninguna lógica aparente. Una mueca de frustración se dibuja en sus labios, pero desaparece cuando entiende que no es un defecto. La información es casi ilimitada, proviene de un pool de fuentes traducidas de cien lenguas diferentes, y el sistema se demora más de lo que su ansiedad quisiera porque está depurando esa información. “El propio programa descarta datos duplicados o con bajo nivel de evidencias”, le había explicado su amigo. Finalmente la cifra se detiene en un número superior a diez mil. “Demasiado alto como para quedarse de brazos cruzados —evalúa—o para ser cierto”, completa su lado escéptico.

No llega a ver los infectados en la cama, pero si pone en modo mapa puede localizar perfectamente donde están a cada momento. Y si quisiera, incluso podría contactarlos. Como es natural, no puede hacer otra cosa que preguntarse si está observando el mundo real o cayendo en una tremenda trampa tecnológica. Aprieta los labios, como si tuviera miedo de que de su boca pudiese escapar un grito de emoción. Le cuesta creer en una cifra tan alta.

La lluvia golpea con fuerza sobre las ventanas, pero la naturaleza en toda su furia no consigue distraer sus ojos de la pantalla. Y sigue haciendo pruebas para controlar un sistema, considerado confiable para los servicios secretos que matan terroristas, pero que nadie usó antes para contestar la pregunta que ahora ella le hace. Una científica del prestigioso Old King’s College de Londres con decenas de artículos publicados y más de cuatro mil menciones de su trabajo en estudios de otros investigadores no puede equivocarse. Tiene que andar con pies de plomo.

Esa información está al alcance de todo aquel que quiera verla, piensa Clara hipnotizada por el rectángulo amarillo que enmarca el número. Sin embargo, en la comunidad científica la biovigilancia virtual no tiene seguidores. Una explicación podría ser que a nadie se le haya ocurrido antes, aunque es poco probable. Su inexactitud tampoco es el motivo, los epidemiólogos están acostumbrados a trabajar con datos aproximados, y el resultado que ofrece es estadísticamente aceptable. Ella sabe que no es por nada de eso. Es un sistema transgresor, sin referente ni dueño. La expresión máxima del anarquismo no tiene cabida entre aquellos expertos con pretensiones de integrar la lista de “los mejores”. Pero ella llegó a un punto muy alto de su carrera profesional sin contaminarse por las jerarquías. Y eso no va a maniatarla ahora.

Clara pasa horas desenterrando casos, uno por uno. Los ordena de forma cronológica, geográfica, por síntoma predominante, por edad, y simula la secuencia de contagio. Todo para ponerlo a prueba. Se levanta, se estira cuan larga es para sacarse de encima las horas que pasó sentada en la misma silla y vuelve a mirar los datos oficiales. No es posible, el Sistema de Biovigilancia Virtual reconoce 10.286 casos, casi sesenta veces más afectados que los registrados en los datos oficiales. Pasa días y noches sentada frente a la pantalla, pero cuanto más trabaja para encontrar sus defectos —como supone que harán sus colegas— más se maravilla. A las seis de la mañana, se dice sin temor a equivocarse: los datos son correctos. El LPV está ganando territorio a un ritmo al que sólo los virus más penetrantes pueden hacerlo.

Clara tiembla, casi puede escuchar los latidos de un corazón que parece correr aún más rápido que su cabeza. Es la emoción del descubrimiento, del momento del “eureka”. La reconoce, ya la sintió otras pocas veces. Inolvidables. Piensa que en ese momento en Asia, Australia y Nueva Zelanda los funcionarios a cargo de la protección sanitaria están con el café en la mano revisando planillas oficiales rellenadas con números engañosos. Mientras en Londres la verdad se muestra por ahora apenas a ella. No se permite alegrarse. Clara sabe perfectamente qué significaría que el resultado fuese correcto: el riesgo inminente de una tragedia. “Voy a anunciarlo”, dice en voz alta mientras se levanta lentamente de la silla, como si esa acción pausada pudiera calmar sus palpitaciones. Habiendo una vacuna disponible, no usarla lo antes posible sería una negligencia criminal.

El lunes llega al trabajo, en el Departamento de Virología Funcional del Old King’s College, excitada. Al pronóstico negro que le muestra la biovigilancia se le contrapone el orgullo inevitable de haber sido ella quien se dio cuenta a tiempo, y también la tranquilidad de tener la solución.

Reúne informalmente a los pocos jefes de investigación que llegan temprano. Va preparada para el debate. Así como cuando propuso el concepto de vacunas transmisibles, y presentó su proyecto de la vacuna contra el LPV la primera vez, sabe que siempre hay alguien que se opone a todo lo nuevo. Pero, aun así, cuenta con el poder de contagio de las buenas ideas. Los mensajes que tiene que transmitir son claros. Por un lado, en el siglo XXI ya no se necesitan carísimos ejércitos de uniforme blanco para recoger datos epidemiológicos. Alcanza con seres invisibles operando en la Red. Hackers guiados por principios éticos podrían ser los nuevos soldados al servicio de la medicina preventiva. Por otro lado, la situación es de emergencia. Hay más de diez mil casos de LPV, casi sesenta veces más que los registrados.

Sus colegas la acribillan con preguntas, no siempre bienintencionadas. La luz que emana de sus datos no es suficiente para iluminar la mente de sus interlocutores. Las discusiones son tan acaloradas como estériles porque a nadie le importa si la cifra de más de diez mil afectados es correcta o no. La discusión empieza, y termina, en la legalidad del método de obtención de los datos. Existe la posibilidad de que todo sea un gran error, sí, pero su oráculo interno le dice que la equivocada no es ella.

—Ningún comité de ética aprobaría una investigación en la que los sujetos no pueden firmar un consentimiento informado autorizando el uso de sus datos personales —dice uno de sus colegas más recientes, el doctor Jureau.

—Y sabes cómo son las reglas: sin la aprobación del comité de ética, ninguna revista seria lo publicaría, ninguna institución seria lo tendría en cuenta. Es un criterio excluyente. Ergo, la información no existe —resume taxativamente el doctor Goldman.

Clara intenta argumentar, pero el más anciano la interrumpe.

—No desperdicies tu voz. No alcanza con ser una excelente solista, hay que saber acompañar el coro —le recomienda el doctor Saban.

Ella es una eminencia en virología, pero si en algún momento pensó que sus colegas iban a evaluar la idea y no oponerse siquiera a considerarla por una cuestión de presumible ilegitimidad del método de recolección, se equivocó. Su entusiasmo se estrella contra la pared del prejuicio. Aunque usa buenos argumentos, no consigue convencerlos de la bondad potencial de la cultura hacker. Quienes dentro del laboratorio practican ciencia de punta insisten en continuar usando métodos tradicionales de recolección de información sobre la salud de las personas.

Las discusiones son acaloradas. Ella defiende su postura, ellos le hablan de límites morales. Ella insiste demostrando de forma inequívoca que los modelos clásicos están obsoletos, ellos abogan por la defensa indeclinable del derecho humano a la privacidad. Clara Fend no puede creer que en un ámbito de excelencia haya tanta necedad. Sus colaboradores, sus pares y hasta los niveles más altos de instituto, todos le dicen que es imposible.

—Esa no es la solución —insisten—. Las grandes organizaciones que concentran los estudios epidemiológicos, como la Organización Mundial de la Salud, tienen su razón de ser. Aunque la falta de registros confiables es un problema —reconocen.

La temperatura crece. Sin perder la compostura, Clara los acusa sutilmente de no querer salir del área confortable del statu quo que, a su vez, asegura la continuidad de sus subsidios semestrales. Ellos no lo admiten, y sonríen.

En las semanas siguientes, el concepto de biovigilancia virtual no sólo no se propaga entre sus colegas, sino que termina por distanciarla de ellos. Al mismo tiempo, en los pasillos enfrenta miradas esquivas. Tarde o temprano va a convencerlos, se engaña. Solamente necesita reunir más evidencias. Trabajar con los datos se vuelve tan necesario como respirar. Se refugia del rechazo aferrada a su verdad, un mástil que la mantiene en pie en medio de la tormenta. Clara es menuda, de apariencia frágil, pero tiene la fortaleza de los que están seguros de sus ideas. Desde su primera medalla de oro escolar en la feria de ciencias, hasta convertirse en la referencia mundial en virología funcional que es hoy, la energía necesaria siempre vino de su propia confianza. Y de la responsabilidad de hacer algo por un mundo que, como su padre solía decirle, espera mucho de ella.

Dos meses más tarde, sentada frente a un escritorio pequeño, Clara digita con impaciencia sobre el teclado. Escribe, borra, busca sinónimos, reemplaza palabras, altera tiempos verbales, elige cada uno de los términos con extremo cuidado. Mientras espera que se haga la hora de bajar a la última reunión del día y de la semana, ya que es viernes, la viróloga dedica el final de la tarde a una actividad que en los últimos tiempos estuvo dejando sin hacer: redactar el discurso con el que irá a recibir el premio Nobel.

Clara no está nominada para recibirlo, y no porque apenas tiene treinta y tres años. Es costumbre del comité que selecciona a los ganadores dejar pasar bastante tiempo desde que ocurre el avance científico destacado hasta el día de la postulación de los candidatos. Pero la científica está absolutamente segura de que, más tarde o más temprano, va a recibirlo. Sabe que para entonces ya estará trabajando en otro tema, porque el reconocimiento siempre lleva tiempo. ¡Más en su caso! Pareciera que nunca consigue que sus colegas entiendan sus ideas cuando empieza a trabajar en ellas.

Por eso, cada vez que tiene un poco de tiempo libre, se dedica a registrar escribir los conceptos lo que algún día dirá en el discurso, vestida de gala, en Estocolmo.

La ciencia avanza a pequeños pasos, pero el momento más importante no es gradual. Es el instante en que alguien dice: es imposible. Cuando se llega a ese límite de la naturaleza, de la tecnología o del pensamiento, hay una puerta cerrada que pocos se animan a cruzar. Pero a veces es suficiente con decretar que lo imposible es posible.

Clara está convencida: llegó donde llegó porque siempre avanza un paso más, y no se limita ni siquiera a los muros que le impone su especialidad. Lo que diferencia a científicos buenos de los mediocres, piensa ella, no es el conocimiento sino la curiosidad y la amplitud de intereses.

La negación de lo imposible es lo que permitió el nacimiento de la física cuántica. Para crear esta nueva ciencia hubo que abandonar las certezas y entrar en el terreno de las probabilidades. A veces se hace necesario transgredir las propias estructuras mentales…

¿Cual es la posibilidad de llevarse el gran premio por haber desarrollado la biovigilancia virtual si hoy nadie reconoce su valor? A Clara no le cabe duda de que es un avance importante que pronto permitirá el conocimiento inmediato de las epidemias, y no sólo del LPV.

El virus LPV nunca había sido observado con atención porque ni Estados Unidos, ni Europa, ni China, ni Corea ni Israel lo habían incluido en la lista de los elementos que podrían ser usados por el terrorismo para la tan esperada guerra biológica. Así, nunca hubo demasiado interés ni dinero. Sólo ella podía seguir ese camino, ajena a si era útil o no a la seguridad nacional.

Comenzó a investigarlo hace una década, y fue la primera en hacerlo. Lideró el único equipo de trabajo que buscaba soluciones para este problema sanitario considerado menor, y así llegó a la fórmula que figura en los informes confidenciales: 4yu. Casi sin apoyo, no se detuvo hasta desarrollar completamente la vacuna. La fórmula 4yu es realmente un invento genial: es la primera vacuna trasmisible de la historia. Bastará con inocular a unos pocos para que estos se la pasen a otros como si fuera una gripe. Ese producto jamás la hará millonaria, ya que se apresuró a registrar el derecho de patente a nombre de la humanidad. Pero Clara se pregunta cuándo le reconocerán el mérito, cuándo se darán cuenta sus colegas de lo que una vacuna transmisible significa para aquellos que no pueden salir de la pobreza. Recuerda el rostro inexpresivo del director del instituto y escribe:

Los científicos difícilmente reconocen sus errores. Se presentan como defensores de la verdad, y les cuesta hacer públicas las veces que se equivocan…

Con la punta del dedo índice en la boca, mordisqueándose la uña, y la mirada fija en la pantalla, Clara relee lo que escribió y reflexiona cómo sería tomada una afirmación tan audaz en la apacible ceremonia de bienvenida al dream team de la ciencia mundial. En ese instante, un rectángulo azul irrumpe en su pantalla:

17.30 a 19 horas

Sala B21

Prof. Miles, Dra. Fend & Lic. Griffin

Reunión de avance

Se terminó su rato libre. En un gesto automático, tira el vaso con el resto de café frío en el cesto, busca en el armario su cartera y se dirige a la sala.

Cada viernes a las 17.30, algunos miembros del Departamento de Virología Funcional se reúnen. No son siempre los mismos, depende de la pauta del día, y la lista debe ser aprobada por el director del Old King’s College, el profesor Thomas Miles. Esta vez, además de Clara, apenas están Miles y su asesor más directo, el licenciado Griffin. Clara supone entonces que la idea es discutir los términos de la licitación para la compra de nuevos equipos, resolver problemas en la importación de material o alguna otra cuestión más burocrática que científica. Una reunión de rutina que, con un poco de suerte, terminará rápido. Ya no va a volver al laboratorio. Como de costumbre, tras la reunión, se irá a su casa.

A las 17.34, la científica es la última en llegar a la sala. Su leve impuntualidad despoja al encuentro del espíritu relajado que debería imperar un viernes por la tarde, ya desde sus inicios.

—Buenas tardes, Clara, ¿cómo está usted? —dice el director mirando el reloj en vez de los ojos de la interlocutora—. Mire, acaba de llegar el último reporte —continúa Miles sin esperar respuesta, al tiempo que le muestra una hoja impresa con un gráfico y el logotipo de la OMS—. Todo indica que la incidencia del LPV dejó de crecer hace unas semanas y la curva llegó a una meseta.

Mientras habla, el extremo áureo de su Mont Blanc marca en el papel un segmento de una delgada curva roja. Señala un punto a partir del cual la curva deja de ascender, para continuar su camino en trayectoria horizontal.

—La línea representa la tendencia de crecimiento en el número de casos declarados —dice el profesor Miles dirigiéndose a Griffin—. De continuar esta tendencia, se sacará la campaña de la vacuna 4yu de las prioridades de inmunización para el próximo año —sintetiza. Su inexpresivo rostro británico deja ver un atisbo de satisfacción.

—¿Qué? —exclama Clara echándole un vistazo el papel con los ojos súbitamente enrojecidos—. Los casos son muchos más que los que dice ahí. ¡Ya lo hablamos, Miles! ¡Hay que vacunar urgentemente!

—Esos son los datos oficiales —retruca el director, mirándola fijo por encima de los anteojos de lectura.

—Esa planilla vale menos que una promesa electoral —le responde Clara.

—La duda es una virtud de la que la doctora Fend no puede jactarse —señala con su habitual ironía Griffin, quien elige sus palabras con la misma obsesión que sus corbatas italianas, y disfruta incitando la agresividad que, según él, invade a la solterona cuando está por comenzar su solitario fin de semana.

—Para actuar, es necesario tener marcos firmes de referencia —prosigue Miles—. Algunos están correctos, otros sin duda constituyen errores ridículos. Pero por desgracia, o por suerte, según cómo lo miremos, recién nuestros hijos sabrán clasificarlos en uno u otro grupo —señala con la forzada ecuanimidad que se espera de un superior—. La verdadera sabiduría está en reconocer lo poco que sabemos. Y por ahora, todo lo que se sabe está ahí —dice con arrogancia señalando la hoja de papel que permanece en las manos de Clara.

Internamente, ella está dispuesta a saltar al cuello del director. Pero se contiene. Continúa hablando con el tono ausente de emociones que se espera de una científica.

—Nuestro papel como científicos es revisar de forma permanente lo que se ha afirmado en el pasado —dice Clara—, sobre todo si nos permite evitar una tragedia. La historia muestra que las ideas tienen fecha de vencimiento. Las noticias que recibo ahora no son nada alentadoras. Para empezar, a diferencia de lo que cree la OMS, el virus ya cruzó el Bósforo, hay casos en Turquía.

Su frialdad dura poco y ella señala, casi al borde de las lágrimas:

—Hay pueblos asiáticos desbordados de personas con síntomas sospechosos, Miles.

—¿Enfermos o hipocondríacos? Doctora Fend, sabe muy bien que apenas sale una noticia, todos se vuelven locos. La epidemia de falsos positivos es un efecto adverso del mundo digital —dice el profesor Miles sin mirarla, mientras aprovecha para ordenar su escritorio para que nada quede fuera de algún eje vertical u horizontal imaginario. Nada, ni siquiera los objetos de su mesada, puede quedar fuera de su control.

—Si hay algún riesgo, por mínimo que sea, se anunciará. Pero hasta ahora parece que los análisis no permiten afirmar eso —señala Griffin. No es su área de experiencia, pero no va a perder una oportunidad de ser despiadado. El dolor ajeno le es inspirador.

—El alarmismo es injustificado y desde acá vamos a seguir frenando el lanzamiento de la vacuna 4yu —concluye el profesor Miles.

—Doctora Fend, usted es nuestra Madame Curie —dice Griffin con tono irónico—. Pero hay cuestiones que no se pueden dejar al comando de las emociones. Por lo que supe, hay quienes temen que las noticias divulgadas en su blog personal estén amparadas en análisis hechos a las apuradas. Sugieren que en este tema usted está perdiendo el espíritu crítico —remarca reduciendo el tono de voz en las últimas dos palabras, en una estudiada manera de enfatizarlas.

—Doctora Fend, confíe en mi experiencia —ordena el profesor Miles—. Es necesario sopesar las implicancias políticas y económicas antes de difundir la noticia de un brote viral sin evidencias fuertes. Una irresponsabilidad que puede costar varios millones…

—Todo lo contrario —interrumpe Clara—. ¿Prevenir no es mejor que curar?

—Doctora Fend —continúa Miles—, le hablo con la sabiduría de los casi doscientos años del Old King’s College. En nuestra área hay que ser muy cauteloso. Es mucho lo que hay en juego y tenemos muchas personas observándonos y esperando que caigamos en la trampa. Cuando una experiencia hecha en ratones resulta equivocada, al investigador ni siquiera le cortan el subsidio. Pero con una vacuna se transita otro terreno —se detiene para elegir las mejores palabras—. Si ocurre algún problema derivado del uso de la vacuna 4yu, por mínima que sea la molestia, los militantes antitecnología lo van a aprovechar para atrasar las investigaciones en virología funcional en una década.

—La vacuna es segura —interrumpe Clara—. Si surge algún problema, seremos los primeros en enterarnos y se podrán tomar precauciones —dice mientras estruja sus manos como si tuviera entre ellas el cuello del enemigo.

—No hay otro grupo de creyentes que se crea más dueño de la razón que los científicos —dice Griffin, e intenta mostrarse imparcial girando la cabeza de forma ostensiva para mirar a cada uno.

Se hace un silencio. El rostro del profesor Miles permanece inalterable; el de Griffin, en cambio, está expectante. Clara trata de tranquilizarse. Sabe que lo que ella afirma es correcto, pero no alcanza. Al ceder los derechos económicos a la humanidad, no era consciente de que con eso iba a perder toda posibilidad de tener aliados. Su mentor se lo había advertido. Si nadie gana nada, ¿quién va a querer correr riesgos?

—Para nosotros, que vemos exclusivamente la parte legal con relación al Old King’s College, la cuestión es simple: por más probada y verificada que esté la fórmula, el hecho de no vernos en la necesidad de usarla constituye siempre una excelente noticia. Principio de precaución.

—Lo que está faltando entonces no son casos, es coraje.

—Tengo un compromiso —dice Miles mirando el reloj, pero evidentemente contrariado—. Tendremos que seguir el lunes.

Griffin se levanta y le dirige la mirada a Clara para indicarle que debe hacer lo mismo. Todos saben que el profesor Miles no acepta críticas. Arrojar luz sobre el Miles real y no el que él mismo cree ser puede ser peligroso. Griffin cumple como nadie las expectativas de Miles de recibir tratamiento especial y ser siempre quien dice la última palabra. Ese es el secreto de su relación.

—Aproveche la pausa del fin de semana para reflexionar con serenidad —le dice Miles a Clara mientras le da la mano y le aprieta con fuerza los dedos.

Clara sale furiosa, andando a paso rápido. Una hora más tarde, la humedad de Londres no había logrado apagar su fuego.

WILHELM

El talentoso profesor del Laboratorio Europeo de Ciencia Biomolecular ama el conocimiento. Como líder de varios grupos de investigación, es el padre de muchas ideas exitosas. Aunque en los pasillos también se dice que varios fracasos estrepitosos son sus hijos bastardos.

Además de profesor, acumula varios cargos: gestor de subsidios de investigación, asesor gubernamental, consejero institucional, mentor académico, y varios más en los que básicamente maximiza el potencial de los demás. Al ayudar a sus colegas a desarrollarse siempre gana algo, dice él, sobre todo sonrisas y buenos vinos. A diferencia de la mayoría de sus colegas, el doctor Wilhelm vive el trabajo burocrático con placer, como una manera de tender redes y, tal vez, de que le deban favores. Su instinto de lobista se nutre del placer divino de mover las fichas.

Su oficina, situada en un extremo del milenario bosque de Heidelberg, es un ambiente amplio. El techo y tres paredes son de vidrio. Algunos espejos estratégicamente colocados aumentan la transparencia, lo que da la sensación de que allí dentro no hay nada para esconder. Aunque eso no siempre es cierto. Ahora mismo está terminando de preparar sus valijas para viajar a Shanghái, donde, con el mayor sigilo, está organizando con los chinos un premio con el que pretende hacerle sombra al Nobel. El comité sueco es, en sus palabras, “un club que no me tiene como socio”, en referencia al entretejido de relaciones en las que no puede operar.

Los espejos ocultan también una heladera de vinos especiales. “Aquí escondo mi herencia”, les dice a los pocos con los que comparte las botellas con placer. Al fondo de la bodega hay una especie de caja fuerte, diseñada para guardar los vinos más costosos. Desde hace años, Wilhelm atesora allí un regalo muy especial que le hizo su admirado amigo Craig Venter. Un simple fragmento del ADN de una bacteria. No es un fragmento cualquiera, tiene un altísimo valor histórico. Proviene ni más ni menos que de la primera bacteria artificial, creada por Venter en 2010. Pero, además, encierra un secreto, concretamente un mensaje en código.

Venter adquirió fama por ser el primer científico en crear vida en el laboratorio. Es menos conocido que también estaba interesado en la utilización del ADN como material para archivar datos. Hizo grandes avances en ese terreno y, para inmortalizarlos, escribió dentro de esa primera bacteria varios mensajes y definió la clave para interpretarlos. Cada una de las cuatro “letras” del ADN correspondía a siete letras del alfabeto y solamente quien tuviera ese código podría descifrar el mensaje. Wilhelm, como amigo de larga data, fue uno de los privilegiados. Desde entonces, “Vivir, errar, caer, triunfar, recrear vida a partir de la vida”, la mítica frase de James Joyce escrita en ADN, está guardada en un pequeño tubo térmico, en una bodega de vinos de un bosque de Alemania.

Wilhelm termina de preparar sus cosas para el viaje a China, apaga las luces y sale hacia el aeropuerto. En el auto organiza su agenda para las próximas horas. Tendrá una escala de cinco horas y cambio de terminal en Londres. Aprovechará para salir del aeropuerto de Heathrow e ir a cenar en uno de los cinco mejores restaurantes de la ciudad. Es un gourmand y disfruta secretamente de la elegancia, sobre todo cuando no es de su bolsillo personal de donde sale la montaña de dinero necesaria para pagar las cuentas. Algún subsidio de investigación registrará el débito.

Horas más tarde, en la exquisita cena en un restaurante de lujo, Wilhelm no está solo. La otra silla la ocupa una joven, una “monja laica” que raramente sale del claustro científico. Ella necesita de su ayuda en un asunto de extrema importancia que está generando controversias. Quiere que él le dé su apoyo.

Algo le sale bien a Clara, al menos ese día. Su antiguo y querido profesor le avisó que iba a estar unas horas en Londres y la invitó a cenar. No tiene dudas de por qué la llamó a ella y no a otra persona. Ningún británico aceptaría cambiar su rutina por una visita de último momento. Clara tiene dos cosas a favor: no es inglesa y su agenda social siempre está vacía. El encuentro con su maestro en un pequeño pero lujoso restaurante de Kensington da un nuevo cauce a sus esperanzas.

“Será una transacción jus ...