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CHAMAMé

Leonardo Oyola

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Fragmento

I

Nunca empiezan.

Explotan.

De una.

Así son mis sueños.

No sé lo que es dormir tranquilo.

No sé lo que es descansar si no me tumba una botella de J&B.

Y desde la mejicaneada del Pastor Noé, cada vez que cierro los ojos, se repite el mismo.

Una y otra vez.

O más o menos.

Nunca empieza.

Explota.

De una.

Así es en mi sueño.

Primero las palmas de las manos pegadas.

Como si estuviera rezando.

Después las separo para abrir una cortina de abalorios que tintinean al moverlos.

Entro al Mogambo.

Al último cabaret de Misiones.

El último quilombo del país antes de cruzar la frontera con Brasil.

Entro a un infierno, no El Infierno, y me encanta arder.

Prenderme fuego mientras zalameo con las más veteranas.

Azucena, Samantha y Claudia.

Hacer que sientan el calor, mi calor, también las más pendejas.

La Eli, la Romina, la rubia Jesica y la Mónika con k. 

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Nunca empiezan.

Explotan.

De una.

Las “chicas”.

Menos la Romi, las demás se me tiran encima para ver con cuál me voy a ir a la pieza.

Y sé muy bien que nos buscan en patota, para que, entre tanta franela, Samantha o la Eli, que son madre e hija y que son las que saben, te metan mano sin que las sientas, para birlarte la billetera.

Nunca empieza.

Explota.

De una.

Esa canción que ya tiene sus años.

Y aun así me hace mover.

Corte que nunca puede ser rocanrol las veinticuatro horas, Guns N’ Roses.

Y muestro la hilacha, sí, con el one hit wonder de Corona.

Te caga a tiros, así nomás, el …this is the rhythm of the night, of the night, oh yeah! The rhythm of the night… This is the rhythm of my life, my life, oh yeah! The rhythm of my life…

El ritmo de la noche que marca la voz de esa negra.

Un pulso al que se le hace caso sí o sí.

Y yo no me puedo resistir.

Ni a la canción.

Ni a la Jesica.

Nunca empiezan.

Explotan.

De una.

El resto de las trolas se enojan porque me voy con la rubia.

Protestando, preguntan: “¿Por qué siempre a la Jesica?”.

Y yo sonrío y me callo que la concha de la Azucena, además de estar cada vez más seca, huele a mango.

Que la Claudia es peor que ver a China Zorrilla fingir un orgasmo.

Que la Mónika con k tiene una espalda más ancha que la mía.

Que Romina no para de llorar cada vez que le intentas poner una mano, que te pide ayuda para volver con su familia.

Y que Samantha y la Eli, antes que putas, son pungas. 

Nunca empieza.

Explota.

De una.

Ese verso de la canción.

Esa frase que alcanzo a traducir.

Más allá de que mi inglés arranque con “Where is the cat?” y termine con “The cat is under the table”.

Entiendo muy bien esa frase.

Esa puta frase.

—¿No querés que te enseñe cómo aprender a amar? —pregunta Corona y sonríe la Jesica, señalándome el catre con el mosquitero encima.

Nunca empiezan.

Explotan.

De una.

Las ganas que tengo de dejarla desnuda.

De arrancarle la minifalda y el top.

De ver cuánto más pueden aguantar sobre su piel el corpiño y la tanga.

Jesica es rubia como su tocaya, la Lange, la actriz de cine.

La mina por la que King Kong cagaba fuego.

Mi viejo me había llevado a ver la película del mono tremendo.

Cuando terminó la proyección, con el Rey Kong muerto después de haberse bancado el tableteo de helicópteros de combate, papá me dijo, y nunca lo voy a olvidar: “Manuel, aprendé muy bien lo que vale una rubia”.

Nunca empieza.

Explota.

De una.

Mi ira.

Mi furia.

Cuando descubro que en la barra está tomando una ginebra el Pastor Noé.

A veces le hago mierda la sabiola desde donde estoy.

Otras me acerco hasta apoyarle el caño en la nuca, que sus ojos y los míos se encuentren en el espejo y ahí recién gatillo.

Y por lo menos una vez lo palmeé en un hombro, saludándolo con un “¿Qué hacés, sorete?”.

Me le senté al lado, y antes de que abriera la jeta, le puse el corchazo en la frente.

Nunca empiezan.

Explotan.

De una.

Cuando todo es al revés.

Cuando el que termina con una bala en la cabeza… soy yo.

Antes me la cojo bien a la rubia, eso sí.

Le garpo y en pelotas me voy a tomar algo a la barra.

A veces es un Tequila Sunrise.

Más son los Bloody Mary, bajo una luna de cherry, pero sin Prince.

A veces llego a escuchar el ruido del disparo… y veo los vidrios del espejo caer en cascada sin alcanzar a reflejarme mientras yo también me voy para abajo.

Esa es otra canción.

I’m going under

Drowning in you

I’m falling forever

Así, en cámara lenta…

Otras veces llega el Pastor a apoyarme la punta del Hermano Fal o el filo del Pastor Jiménez en el cuello.

Después veo cómo todo se tiñe del rojo de mi sangre. Profunda la herida mortal.

Profundo el rojo.

Y por lo menos una vez Noé se sentó a mi lado, nos miramos los dos en el espejo, y ahí el Pastor me confesó que Dios le hablaba como lo había hecho con Abraham, Isaías y Moisés.

Porque… This is the rhythm of the night.

And this is the rhythm of my life.

Oh, yeah!

The rhythm of the night…

Entonces explota el espejo.

Y los dos nos sacudimos hacia atrás.

Explotan también las putas.

De a una.

Azucena, la Claudia, Romina, la Mónika con k y la rubia.

Solo Samantha y la Eli revientan al mismo tiempo.

No quedan ni los tacos aguja.

También explota el Mogambo.

Explota Misiones.

Explota el país.

Explota el mundo.

Explota la luna.

Explota el sol.

Explota Noé.

Exploto yo.

Y me despierto, empapado en mi transpiración.

Y lo que más me rompe soberanamente las pelotas es que esto haya sido un sueño…

Un sueño que…

Nunca empieza.

Explota.

De una.

II

Despierto en la mañana y levanto mi cabeza, cansado

La noche no es lo jodido en la ruta.

Sí la puta siesta.

El celeste que está en el cielo enceguece. No el sol.

Te la regalo quedarte en el camino a esta hora.

Lo sé porque viví un tiempo en un lugar muy parecido a este.

La misma mierda, solo que más al norte.

¿O estaba más al sur?

Ahora no les puedo cantar la posta.

Quedé culo p’arriba después de haber dado una vuelta.

¿En qué momento perdí la dirección?

Con Noé nos conocimos cuando estuve guardado. Compartimos el mismo pabellón: el de los evangelistas. El boga que llevaba mi caso me había recomendado que la jugara de monje para lograr reducir mi sentencia por buen comportamiento. Y yo, para variar, hice caso.

Cuando estás muerto no hay muchas opciones. Leés o hacés ejercicio. Y dormís. Dormís todo lo que podés.

El hermano Noé leía la Biblia. De principio a fin. Una y otra vez. La estudiaba. La memorizaba. La citaba. Solo largaba las sagradas escrituras para hacer pesas. Afuera, había sido músculo y por eso no se quería achanchar. Tenía dos obsesiones: Dios y su cuerpo, tatuado en su totalidad con salmos.

Metía miedo.

Y encima, el loco no dormía. Nunca. Se pasaba las noches en vela afeitándose la barba y la cabeza, rezando frente al espejo en su celda.

Así era Noé. Adentro hizo todo lo posible para que yo regresara a la senda del Señor. Salimos con diferencia de meses. Afuera, de una, los dos volvimos a vivir en pecado.

¡Gloria-aleluya, hermanos!

A Noé la religión le dio el título de Pastor, sin importarle que fuera un lobo.

El fanatismo del converso te pone una venda en los ojos. Enceguece. Tanto como la posibilidad de hacerse una buena cantidad de dinero en solo un par de días. Forrarse. Tener en la mano la guita por la que se rompen el lomo los que laburan por derecha en dos años. Insisto: la religión y los billetes enceguecen tanto como el celeste del cielo a la hora de la siesta.

Y yo, definitivamente, no recomiendo al Pastor Noé como lazarillo.

Formamos parte de una banda de piratas del asfalto.

Yo iba al volante y Noé hacía lo que se tenía que hacer.

Recuerdo que cada vez que me ponía el pasamontañas negro solía joder con que yo era el hermano de Meteoro. Lo hacía para tranquilizarme. También para exigirme.

Solo sos el misterioso corredor enmascarado. El puto corredor enmascarado. No sos Meteoro. No manejás el Match 5… Nunca vas a ser el mejor, pelotudo. Por eso, afuera, tenés que dejar todo, Perro.

Perro.

Odiaba que me dijeran “Perro”. Y todo el mundo me conocía por ese apodo de mierda. Me lo había puesto el gracioso del Huevo Rodríguez, un compañero de la escuela, burlándose de mi apellido. Que no me lo vaya a cruzar. Tengo guardada una bala para alguna de sus rodillas. Uso el fierro si es necesario. Y no saben lo que necesito dispararle a ese conchudito.

El único que siempre me trató de Ovejero fue el Pastor Noé. Nunca un Manuel a secas. Ni siquiera un Manu. Me llamaba por el apellido sabiendo que así le prestaba mayor atención.

—Ovejero, estoy cansado de que seamos cola de león —empezó un buen día a comerme el coco, insistiéndome con que el Señor había previsto para nosotros otro destino. Que nos teníamos que cortar solos.

Y lo hicimos.

El pueblo, aunque figurara en algunos mapas, estaba muerto. Era un fantasma. Pero no nos importó: a nosotros nos interesaba la quinta de Las Tres Flores. El viudo Madariaga la había bautizado así en honor a su madre, su difunta esposa y su hija. Los Madariaga Ledesma no dependían del campo. No sabían nada de eso, salvo que se necesitan tractores para trabajarlo. Tractores que ellos vendían. Por eso tenían una pequeña fortuna. Solo era cuestión de que nos entregaran una parte, me había explicado el Pastor Noé.

El plan era sencillo. En menos de cinco horas nos hacíamos del botín. La idea era secuestrar a la nena de papá y pedir rescate. Un número que al quía no lo ahorcara. Que le doliera, sí. Pero que no tuviera que hacer tantos malabares. El tema no pasaba por desplumarlo. Era sacarle una tajada. Algo mísero si hablábamos de la vida de su hija.

Hicimos los deberes y estudiamos la situación. Le pagamos todo el vino al borracho de turno que nos dio un panorama detallado de lo que andábamos necesitando. De cómo era el movimiento. El alcohol hace hablar. Y mucho.

Nos fuimos a otro pueblo a robar un auto para volver y que no nos reconocieran, esperando que la rutina inalterable del lugar se pusiera en marcha.

Íbamos en el amarillo Dodge Polara del Pastor. El arca de Noé. Estaba impecable de chapa y pintura. Además tenía unas patas. Pero lo que más impresionaba de ese dinosaurio era el motor. El pique del Polara era el de una montaña rusa. Manejaba su dueño cuando, de la entrada de una estación de servicio, salió un perro viejo que el Pastor no se molestó en esquivar.

Tras la embestida, lo miré torcido.

—¿Qué pasa? —me preguntó encogiéndose de hombros—. El Señor dijo: solo un macho y una hembra por cada especie. Y en el arca de Noé ya estás vos, Ovejero.

Preferí ignorarlo. Se estaba poniendo violento. Más de lo habitual. Y eso era por la abstinencia de alcohol. Solo cuando trabajábamos podía aguantarlo sobrio. Después, yo mismo me encargaba de que nunca le faltara una botella.

Llegamos a Lapacho. Una vez más estuvimos en la nada.

Cargamos nafta en una polvorienta Shell. En la ruta se paró un Scania que iba hacia el norte.

El camionero se bajó con la llave cruz en la zurda, encarándonos.

—¡Eh! ¡Mataperros! A ver si son tan porongas abajo del bote.

Apoyándole el caño del revólver en la barriga que desbordaba sobre el cinturón, el Pastor le mostró que éramos porongas.

Primero se quedó duro. Después volvió a desafiar.

—Así cualquiera.

—Tranquilo, BJ —me puse de mediador—. ¿El perro era tuyo?

—No es el caso —siguió toreando mientras retrocedía.

No lo perdimos de vista hasta que siguió su camino. El chico del surtidor tartamudeando nos dijo que le debíamos sesenta y tres pesos. Noé sacó su billetera y haciendo toda una ceremonia le dio un papel de cincuenta, uno de diez y otro de cinco. Le dijo que se quedara con el cambio.

Dimos varias vueltas. Más de las que esperábamos. Mi pierna izquierda comenzó a coser a máquina, temblando con frenesí. Me estaba poniendo nervioso. No conseguíamos ningún puto Polo en esas calles. Yo sé que puedo sonar histérico con todo este asunto de las marcas y modelos. Seguramente debo de serlo. Pero yo quería un Polo para este trabajo. Sabía que ese coche iba a responder si las cosas se complicaban. La idea era usarlo lo mínimo posible. Pero si había que meterle pata tenía que ser, sí o sí, un Polo.

Cuando lo encontramos, me acerqué con mi destornillador preparado por si acaso. Como era de esperar, en un pueblo, el auto estaba abierto y con las llaves puestas en el tambor. Salí echando putas. Minutos más tarde, yendo a la quinta de Las Tres Flores, observé por el espejo retrovisor cómo se me pegaba a la cola el arca de Noé.

La abuela Madariaga recién se había ido a hacer los mandados, como era su costumbre de todos los días.

No importaba que tuvieran una empleada doméstica.

La empleada doméstica.

Ella también formaba parte del plan.

Noé, Biblia en mano, les golpeó la puerta para hablarles de Jesús. Lo atendió la heredera de los Madariaga Ledesma que, muy respetuosa, le explicó que ellos eran católicos. El Pastor no insistió en su discurso. Le preguntó cómo llegar al correo. La chica le indicó. Noé se pasó el revés de la diestra por la frente para secarse el sudor. No tuvo que abrir la boca para pedir el vaso de agua que Andrea por cuenta propia le ofreció. Cuando le dio la espalda, él entró detrás de ella chupando también a la empleada que no había terminado de levantar los restos del desayuno.

Nos volvimos a encontrar en un camino de tierra prácticamente abandonado por lo intransitable. Lo esperaba fumando, sentado en el capó del Polara. Salvo las ruedas, llenas de un barro que recordaba la lluvia de un par de días atrás, el arca brillaba al sol. Incluso el techo vinílico. Noé llegó manejando el coche de Andrea. En el baúl traía a las dos mujeres atadas y amordazadas.

Me puse el pasamontañas negro.

El misterioso corredor enmascarado volvía a la ruta.

Con el Pastor no nos dirigimos la palabra. Saqué a la Madariaga Ledesma y le desanudé el pañuelo de la nuca mientras Noé buscaba en el celular de Andrea el número del padre. Lo marcó y se lo acercó.

—¡Hola, mi amor!

—Papiiii… —alcanzó a llorar ella antes de que le tapara la boca con mi mano.

Entonces habló Noé.

Fue contundente.

—¿Tenés esa guita o no?

—Puedo llegar a juntarla, deme más tiempo… —balbuceó Madariaga.

—Entonces andá preparando dos funerales. ¡Perdón! Tres. Tres mujeres vas a enterrar como le llegue a sonar el celular a tu vieja a partir de ahora. La tenemos vigilada. Lo último que me informaron era que estaba en la carnicería, charlando con Don Serrador. Rogá que no la llame nadie. Porque nosotros, ahora, no tenemos manera de saber si sos vos, avisándole, o una de las amigas… ¿Así que no llegás a juntar esa plata? Vos sí que sos un hombre de negocios, Madariaga. En seguida hacés números, ¿no? Tenés razón: te salen más baratos los velorios. Salvo que gastes en ataúdes de lapacho –sugirió guiñándome un ojo.

—¡No! Por favor. Tengo el dinero. No le haga nada a ninguna. Por favor.

—Entonces, ya sabés: en media hora. Si te pasás un minuto, andá encargando las coronas.

Amordacé de vuelta a la Madariaga Ledesma mientras el Pastor desataba a la empleada.

Le hicimos conocer a Andrea el interior de otro baúl: el del Polara. Y a la otra mujer lo que seguía:

—¿Escuchaste lo que hablamos con tu patrón? —le pregunté. Ella dijo que sí con la cabeza mientras se frotaba las muñecas. Después con el índice y el pulgar de la derecha haría lo mismo con la comisura de sus labios—. Vas a colaborar con nosotros. Si te llegás a retobar, ¡pum! —Le disparé con un dedo en la sien mientras se le escapaba un intento de grito que ella misma ahogó. Era una buena respuesta. El miedo es algo sincero. Podíamos contar con la empleada—. La primera que recibe un tiro es la vieja —seguí con la mentira de Noé—, donde quiera que esté. Después le va a tocar una bala a la señorita Andrea. Y vos… Vos vas a vivir. Y nosotros nos vamos a encargar de que todo el pueblo se entere que ellas murieron por TU culpa. ¿Entendiste?

Tapándose la boca con ambas manos volvió a decir que sí, cabeceando.

Noé se puso tras el volante del arca. Abrió la puerta del acompañante y palmeó el asiento de esa butaca, invitándola.

Yo la agarré fuerte de los dos brazos.

—Te vas con él y hacés todo lo que te diga. Cambiá la jeta que nadie tiene que sospechar lo que está pasando. Poné cara de enamorada, linda.

El Pastor con el puño tocó la bocina dos veces. En el estéreo sonaba una canción de Los Visitantes.

—Apurando… que se nos hace tarde. —Con un ademán se dirigió a ella—. Dale, Eva, vení.

La chica entró al arca. Sin mirarlo a los ojos le dijo que no se llamaba Eva.

—Jehová me sacó una costilla para crearte. Así que cerrá el pico pendeja: ¡vos te llamás como a mí se me canten las pelotas!

Sacándome el pasamontañas, mientras veía al Polara alejarse, no pude evitar pensar que Noé, en cualquier moment ...