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COORDENADAS PARA UN CRIMEN 2

María Inés Falconi

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Fragmento

1

La puerta de la iglesia se abrió y allí estaba la novia. Blanca y radiante. Bueno, solo blanca, porque con la tormenta que había, de radiante, nada.

Todas las cabezas giraron hacia ella al tiempo que el órgano comenzaba a tocar. Alicia, la novia, trataba de sonreír, pero la barbilla le temblaba tanto por la emoción y los nervios, que más bien parecía que la habían enchufado a 220. Aldo Garzone, padre y padrino y también, en circunstancias menos especiales, ferretero de Las Cañas, le daba palmaditas en la mano para tranquilizarla, pero nada.

Hubo que esperar por lo menos cinco minutos para que las piernas dejaran de temblarle y Alicia pudiera avanzar por el pasillo central del brazo de su padre, ante las miradas emocionadas y sobre todo críticas, no vamos a negarlo, de las señoras y señoritas de Las Cañas. Todas las señoras y señoritas. No había faltado nadie. El pueblo había quedado desierto. Imagínense el amontonamiento en la iglesia.

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Por suerte, Fermín, el cieguito que tocaba el órgano, lo hacía muy bien. Siempre era un placer escucharlo, así que nadie se impacientó por la lentitud de la novia. Y de paso, dio más tiempo para mirar los detalles del vestido, el tocado, el ramo, el maquillaje, los zapatos y el peinado.

Fermín terminaba la pieza y volvía a empezar con renovado ánimo. Y don Aldo avanzaba orgulloso. Y su hija avanzaba temblando. El novio, a quien nadie miraba, esperaba en el altar junto a la madrina y al padre Alfonso, único cura de Las Cañas, partícipe necesario de todos los casamientos, bautismos y entierros que se celebraran en el pueblo.

Que Alicia se estuviera casando era un verdadero milagro. A pesar de ser un buen partido, única heredera de la ferretería de su papá, negocio próspero si los hay, Alicia, tenemos que decirlo, no era muy agraciada. Había heredado la nariz ganchuda de su madre, que en paz descanse; los ojos bizcos de su abuela, que se ve que habían salteado una generación y habían caído sin miramientos (literalmente) sobre su cara; y de su padre, la miopía, además de la futura herencia, la ferretería, claro está. Pintaba para vestir santos, como decían las viejas del pueblo. Pero no. Un buen día se supo que Alicita andaba noviando con Lito, hijo de Angelito, el del taller mecánico. Se entenderá que Lito también se llamaba Angelito, pero de alguna manera había que diferenciarlos. Los negocios de ambos padres quedaban uno al lado del otro, y de tanto jugar en la puerta… andá a saber. “Esto va a ser un emporio”, decía la gente. “Quizás cuando los viejos se mueran, unen el taller y la ferretería y se mandan un supermercado”. Razonamiento sin ninguna lógica, pero así eran las habladurías en Las Cañas, abundantes y ridículas.

Lito, a diferencia de su futura esposa, era lo que se puede describir como “buen mozo”. Un lindo chico, pero con muy pocas luces. Así que, básicamente, de los dos no hacían uno.

Los padres estaban tan contentos de haber casado a sus hijos cuando ya habían perdido todas las esperanzas, que esa noche habían tirado la casa por la ventana. Hacía mucho que en Las Cañas no se celebraba un casamiento con tanto lujo.

La iglesia resplandecía de luces y flores, oros y mármoles, pieles y sedas y, sobre todo, perfumes varios. La iglesia resplandecía… por dentro, porque por fuera llovía, ya se sabe. Solo para las grandes ocasiones se la iluminaba de esta manera. Habitualmente permanecía en penumbras. El padre Alfonso prendía algunas bujías únicamente durante la misa, tanto como para que las viejas no se tropezaran con los bancos. El padre Alfonso, alma caritativa, tenía fama de tacaño, pero mantenía la iglesia impecable y reluciente gracias a las limosnas y a los frecuentes mangueos a los que, por las dudas, nadie decía que no, por aquello del Cielo y el Infierno.

Santa Lucía, tal el nombre de la iglesia, había sido declarada hacía unos años monumento histórico de Las Cañas, lo cual, en definitiva, no había cambiado nada porque para todos era simplemente “la iglesia” y ya ni el nombre recordaban. Pero es cierto que se destacaba y se diferenciaba del resto de las construcciones del pueblo por sus lujos externos e internos. Una perla en el desierto, como poéticamente decía el padre Alfonso.

Cuando la novia llegó a la mitad del pasillo, Vicky se apoyó en el hombro de Tonio y se paró en puntas de pie sobre el descanso del banco para ver mejor.

—Mirá lo que te perdiste por no casarte conmigo —comentó Tonio risueño, mucho más interesado en la espalda desnuda de Vicky, que en la novia.

—¿Me perdí? —Vicky le echó una mirada de soslayo porque no quería sacar los ojos de Alicia y se acomodó el chal que se le estaba resbalando—. ¿Qué cosa me perdí, ah?

—Todo esto: el vestido blanco, la iglesia…

—¡Yo no me perdí nada, ah! Me faltan siglos para casarme. Además, tengo novio, ¿no? —protestó Vicky tratando de despeinarlo con la punta del chal.

—¡Buá! ¿Hablás del Ramiro?

Ahora la despeinada fue en serio. Tonio se corrió y Vicky casi pierde el equilibrio. La tuvo que atajar.

Sonrió. Era una noche de suerte. Ramiro, el actual novio de Vicky… el que Vicky decía que era su novio, había tenido que viajar a la ciudad con su familia y había dejado lo que para Tonio era “la cancha libre”. Es por eso que ahora podían estar ahí, uno al lado del otro, viendo entrar a la novia y bromeando. Hacía mucho que no tenían esa oportunidad.

Vicky y Tonio se habían puesto de novios durante el verano anterior, cuando habían terminado la primaria. Fue un verano genial. De vacaciones, pasaban los días juntos en el río, salían a andar en bicicleta, iban a la estancia de Fran, amigo inseparable de Tonio, cuando este venía a Las Cañas y todo parecía que iba a durar para siempre.

Pero llegó marzo, comenzaron las clases, Fran se fue a estudiar a la ciudad, Vicky empezó el bachillerato y Tonio, maldita sea, había elegido ir al industrial. Dejaron de verse todos los días, tenían mucho que estudiar, no les coincidían los horarios. Quedaron los fines de semana, algunos, y aparecieron los nuevos amigos, muchos, pero uno en especial: Ramiro. Un divino, al decir de Vicky; un tarado, al decir de Tonio.

En julio se terminó el noviazgo a pedido de Tonio. Confesó que, aunque Vicky le seguía gustando mucho, prefería tenerla como amiga que como novia. Eso no era lo que había soñado en sus noches de desvelo de séptimo grado. Vicky amiga era compinche y divertida. Vicky novia no le daba ni cinco de bolilla y cuando se la daba era para quejarse por algo. Tonio no entendía cómo alguien podía ser tan cambiante, pero dejó de preguntárselo, cortó el noviazgo y volvió a disfrutar de tener una amiga.

En septiembre, Vicky empezó a salir con Ramiro. Ese detalle Tonio no lo había previsto, así que hoy, mientras Alicia se casaba con Lito, disfrutaba de la posibilidad de volver a estar juntos y solos por un rato.

La novia llegó junto al altar y Vicky arrastró a Tonio hacia adelante para ver mejor.

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