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CORAZóN ELáSTICO (TRILOGíA CORAZóN 1)

Elena Montagud

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Fragmento

1

Intento alcanzar el orgasmo, pero cada vez se aleja más. Me revuelvo bajo el peso del hombre que tengo encima, tratando de que conquiste mis entrañas y me dé algo de placer. No es muy agradable aceptar que esto empieza a aburrirme.

Un molesto pensamiento revolotea en mi mente, y me obligo a apartarlo como tantas veces he hecho. Es lo que siempre me aconseja mi psicóloga. «Blanca, tienes que ahuyentar los malos pensamientos, no te hacen ningún bien. Es difícil, pero todo el mundo puede conseguirlo. Incluso tú. La próxima vez que algo malo aparezca en tu cabeza prueba a concentrarte en algo que te guste.»

Sigo su consejo, pero Eternal Flame de The Bangles acude a mi mente. Trato de apartarla, pero no funciona, y me sorprendo tarareándola, algo que me da rabia, pues querría olvidarla. Mi compañía masculina se da cuenta y se detiene. Aparta el rostro de mi pecho y me observa con gesto extraño.

Reparo en su semblante sudoroso y congestionado y me parece muy atractivo, pero simplemente es un tío más con el que me enredo entre las sábanas de vez en cuando. Esta es la tercera vez, y lo más probable es que no se repita nunca más.

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—Blanca…

—¿Qué? —Lo miro muy seria.

—¿Estabas… estabas cantando?

—Sí.

—¿Estabas cantando Eternal Flame mientras hacemos el amor?

Vaya. En esa frase hay algo bueno y algo terrible. Punto positivo para él porque ha reconocido la canción. Punto negativo porque ha dicho que estamos «haciendo el amor», y odio esa expresión; de hecho, jamás he llegado a entenderla. Yo nunca hago el amor. Yo mantengo relaciones sexuales. Y lo que estábamos haciendo hasta hace un minuto era eso, nada más. Por mucho que digan que no, nosotras también podemos. Y está bien. No hay que ponerse en plan moralista ni sentir pena. Lo hacemos porque queremos y punto, porque viene bien relajarse acostándose con alguien y gozar un rato.

Aunque, por otra parte, si mi psicóloga me oyera decir esto me miraría con esa cara imperturbable que pone cuando le cuento mis anécdotas y me diría que he vuelto a caer, que sigo mintiéndome a mí misma y que, si no pongo de mi parte, ella no puede ayudarme.

No es una mujer retrógrada, ni mucho menos. Lo que pasa es que está convencida de que el origen de mi comportamiento es un trauma de la infancia que…

—Blanca, ¿te ocurre algo? Estás rara esta noche… ¿No estás disfrutando? —me pregunta mi amante esporádico con aire preocupado, observándome con esos ojazos azules que, junto con un par de cosas más, me convencieron de que sin duda follaba bien. En serio, la mirada de un hombre puede resolver muchas dudas en cuanto a su experiencia sexual.

Nacho, que así se llama el tío que tengo ahora mismo entre las piernas, es de lo más atractivo. Tiene un culo perfecto, unos brazos poderosos y un abdomen envidiable, una espalda por la que navegar y unos brazos en los que sostenerme y clavar las uñas. Pero eso es todo para mí. Un cuerpazo, a pesar de que también parece ser un hombre de lo más inteligente. Y ni siquiera me interesa. Dios mío, algo va mal en mí. O no… Porque simplemente quiero pasarlo bien, gritar cuando llegue el orgasmo y después fumarme el pitillo de la gloria.

—Sí, sí, estoy disfrutando mucho, de verdad. —Le dedico una de esas sonrisas de mujer fatal que los vuelve locos.

—¿Y por qué cantas? ¿Es que tienes una filia de esas extrañas?

Me dan ganas de decirle que mejor se calle la boca, que la está fastidiando. De modo que, para no pecar de maleducada y quedarme sin mi sesión de sexo, enlazo las manos en su nuca y lo atraigo hacia mí. Lo beso, y me gusta. Sus labios son cálidos y húmedos al mismo tiempo.

Nacho me responde con ardor, traspasándome ese sabor inconfundible a deseo, a ganas de comerme, y empiezo a excitarme de nuevo, a sentir unas agradables cosquillas en la parte baja del vientre.

—Eres una mujer increíble —jadea entre beso y beso.

¡Por favor, que se calle! Y si abre la boca, que sea para susurrarme alguna guarrada de las que me ponen a mil. Vuelvo a besarlo con ganas, casi con rabia, y le muerdo el labio inferior con tanta fuerza que hasta le hago daño, ya que se queja. Cuando nos apartamos, me mira con una sonrisa ladeada.

—Eres una chica traviesa, ¿eh?

—No lo sabes tú bien —respondo con voz ronca, un poco más animada porque tengo la impresión de que, por fin, será ese macho que me cabalgó con tanto ímpetu en nuestro primer encuentro.

Sin embargo, en el momento en que empieza a besarme de nuevo, lo hace con más tranquilidad, muy suave, casi con algo parecido a la ternura. Abro los ojos y mientras muevo los labios me dedico a mirar el techo y en mi cabeza vuelve a resonar Eternal Flame. ¡Maldita sea! Trato de que no se me escape en voz alta y joda el beso. Uno que, aunque es más soso de lo que a mí me gustaría, ya es más que nada y consigue que esté callado.

Decido tomar las riendas y sacarlo de mí, para ver si la cosa se anima. Nacho se muestra sorprendido cuando lo aparto y lo empujo contra el colchón. Pero en cuanto comprende lo que me propongo, esboza una sonrisa.

—Quiero comerte entero —le susurro al tiempo que me deslizo por su perfecto abdomen.

Él jadea en cuanto poso mi lengua en sus abdominales y se los recorro. Le dejo un reguero de saliva y bajo un poco más, hasta llegar a su vientre. Uno magnífico, para qué mentir. Marcado, con ese camino que te indica a la perfección cuál va a ser tu destino.

Antes de que llegue a su sexo, posa una mano en mi cabeza y me anoto un tanto. «Sí, esto se anima», pienso. Le doy unos besos en el pubis, que, por cierto, lleva rasurado, algo que me sorprendió ya en nuestro primer encuentro, aunque no sé por qué. Debería parecerme perfecto porque así no hay nada que estorbe. Sin embargo, tanta desnudez me abruma… Mi psicóloga diría, si se lo contara, que es una de mis «extrañas manías», como las denomina. Vale, es posible.

—Joder, Blanca, lo haces tan bien… —gime Nacho. Y aún no he hecho nada. Tan solo le he cogido la polla.

En silencio, me la meto en la boca muy despacio para que ambos sintamos la intensidad de este momento. Está dura otra vez bajo mi lengua, acoplándose a mi paladar. Me excita jugar a esto, tener este poder sobre los tíos con los que me acuesto, y observarlos mientras se la chupo y mordisqueo.

—No pares —me pide con los ojos cerrados.

Los abre, se da cuenta de que estoy mirándolo y dibuja una sonrisa temblorosa.

Ahora se la acaricio de arriba abajo con fuerza, buscando su placer y tratando de encontrar el mío. La boca me sabe a él, y también a mí, y me dan ganas de tocarme y provocarme el orgasmo mientras lo masturbo. Pero me concentro en su glande. Se lo lamo y le doy un mordisquito que recibe con un gruñido. Me agarra del pelo y tira de él con suavidad. Me gusta. Me excito más. Noto que vuelvo a estar húmeda y que me apetece tenerlo entre las piernas de nuevo.

—Cielo, si no paras me iré enseguida… —jadea él.

«Cielo…» ¡Cielo! ¿Qué? Por favor, ¿desde cuándo esto funciona así? No sé, preferiría que me llamara «nena», aunque no sea uno de mis apelativos favoritos, o simplemente por mi nombre. Hago caso omiso de su intervención y sigo a lo mío. Deslizo la lengua por todo su pene hasta su glande. Me lo introduzco en la boca, bien adentro, y continúo acariciándolo con la lengua y la mano. Nacho tira de mi pelo una vez más, gruñe, los músculos de sus piernas se tensan.

Antes de que se vaya en mi boca, me aparto, rebusco en el cajón hasta dar con otro preservativo, se lo pongo con destreza y me coloco a horcajadas sobre él. Me atrapa de las caderas y me sitúa justo sobre su pene, que palpita y me busca. Me muevo hacia delante y hacia atrás, rozándome con su sexo, humedeciendo más el mío. Se me escapa un gemido que espabila a Nacho, pues se incorpora y se abalanza sobre mis pechos. Me mordisquea un pezón mientras me aprieta las caderas, y me gusta, pero quiero más ímpetu, más dureza, tanta que me lleve al borde de la inconsciencia y solo note la sangre recorriendo mi cuerpo y ansíe el placer que vaya a darme.

Le aprieto contra mis pechos, tan pequeños como bonitos, eso dicen todos. Su cálida lengua en mi pezón me arranca un jadeo tras otro. Dejo de frotar mi sexo sobre el suyo y, para su sorpresa, tras auparme un poco me dejo caer sobre su pene y lo hago entrar en mí, y ambos gemimos y sudamos. Por fin estoy disfrutando de verdad, como siempre ha sido y debe continuar siendo.

Los dedos de Nacho se hincan en mis nalgas y me las masajea, me besa con ganas, metiéndome la lengua. Enrosco la mía en la suya, lo saboreo, y me dejo ir de una vez. Consigo apartar todo tipo de pensamientos: los relacionados con el trabajo, mis amigas, la familia y… el pasado. Solo soy, de nuevo, la Blanca que goza con un hombre.

Nacho se deja caer en la cama, y continúo moviéndome, trazando círculos con las caderas. Apoyo las manos en su pecho y le sonrío. Él también a mí. Y, visto y no visto, soy yo quien está debajo. Se coloca de rodillas en la cama, me levanta las piernas y apoya mis pantorrillas en sus hombros. Su sexo se introduce en lo más profundo de mis entrañas, y se me escapa un grito que habrán oído, seguro, los vecinos de arriba. Mañana tendré una nota pegada en la puerta, en la que me pedirán que no haga tanto ruido.

—No pares, Nacho. Dame más —suelto entre gemidos, con las uñas clavadas en sus antebrazos.

Me penetra con tanta fuerza que la cabecera de la cama se sacude. Me noto al borde del precipicio y cierro los ojos sonriendo. Nacho sale y entra de mí a una velocidad inaudita, como hizo las dos veces anteriores. Si esto sigue así, se habrá ganado otro encuentro en mi cama.

—¡Más fuerte, joder! —le pido entre gritos.

—Te… romperé, Blanca —jadea, con el cabello revuelto y el cuerpo perlado de sudor.

Me dan ganas de decirle que no me importa, que lo haga, que lo único que quiero es olvidarme de todo durante unos segundos, flotar en la agradable inconsciencia que me provocan los orgasmos. Me suelta las piernas, y las bajo por sus brazos hasta su cintura. Se la rodeo con ellas, apoyando los talones en su duro trasero, y me muevo a su ritmo hasta que su pene entra aún más en mí, algo que creía imposible.

—No me falta mucho… —gimotea. Lo sé. Lo noto por las contracciones de su sexo en mi interior—. ¿Y a ti…?

—No. Tampoco. Sigue —susurro, y soy incapaz de formar una frase completa.

Mis piernas resbalan por su cuerpo, sudorosos los dos, y de inmediato vuelvo a subirlas y alzo el trasero. Él empuja hacia delante y toda yo vibro. Nacho jadea mientras se derrama y, por fin, yo también me suelto. Me cojo los pechos y me los estrujo al tiempo que noto cómo me tiemblan las piernas. El orgasmo me atraviesa de arriba abajo, navega por mi vientre y se enrosca en mis dedos. Tiemblo… Sin embargo, unos segundos después noto una opresión y abro los ojos. Una vocecilla interior que odio me recuerda que es un simple orgasmo, uno más de los que he ido coleccionando durante todos estos años. Uno que no es sincero, que no es real, que me estremece el cuerpo pero no el alma, que ni siquiera roza un poquito mi corazón.

—Dios, ha sido tan…

Antes de que Nacho termine la frase, lo corto con un beso rápido. No me apetece oír ese adjetivo, cualquiera que sea, con el que iba a describir nuestra sesión de sexo.

A los pocos segundos sale de mí, dejándome una extraña sensación muy parecida al vacío. Lo veo dudar sobre lo siguiente que debería hacer, y al final decide levantarse e ir al baño, supongo que para tirar el condón. Oigo el agua del grifo correr. Cuando regresa a la habitación con su cuerpo estupendo, sus ojos del color del mar embravecido y su tierna sonrisa, lo miro, pero me tenso enseguida porque se tumba a mi lado y pretende abrazarme. Lo siento, pero me escabullo. No puedo evitarlo. Nunca puedo. Y quizá muchos piensen que es muy triste, que soy una estúpida o una zorra cualquiera, pero simplemente es que necesito estar a solas. Jamás me apetece el menor contacto, ni hablar sobre lo genial que ha sido todo cuando hemos terminado. No. Lo único que anhelo es fumar, ese vicio del que ya debería haberme librado.

De modo que me doy la vuelta y palpo sobre la mesita hasta encontrar mi cajetilla de Lucky. Nacho se mantiene en silencio a mi espalda, pero aunque no diga nada su confusión enrarece el ambiente.

Enciendo el cigarro y le doy una honda y larga calada. Con el rabillo del ojo veo que Nacho me observa muy serio y con el cuerpo en tensión.

—¿Ocurre algo, Blanca?

Vaya. Esa es la pregunta que más incomodidad me provoca, aunque supongo que es comprensible y que debería darle alguna explicación. Pero no tengo ninguna que resulte convincente.

—Claro que no. ¿Por qué?

Otra calada a mi cigarro. A este paso, me lo acabo enseguida.

—Me gustaría que fuéramos a cenar alguna noche —dice en un susurro, aunque con voz firme.

Cenar… Claro, he ido a cenar con otros tíos, pero siempre sabiendo que después iba a haber sexo, y nada más. Pero es que me da la sensación de que Nacho tiene otros planes más amplios, y sé muy bien que no me apetece colaborar en ellos, a pesar de que es un hombre al que muchas mujeres querrían tener en todos los ámbitos de su vida.

—No sé cuándo podré —respondo mirándolo a través de la cortina de humo—. Últimamente estoy más ocupada que nunca… Muchos compromisos. Y obligaciones laborales, ya sabes.

—Sé que tu trabajo te absorbe, pero… ¿también los fines de semana? —insiste.

Voy a contestar, pero no me lo permite. Asiente con la cabeza y cruza los brazos sobre el pecho.

—Supongo que lo que sucede es que no te atraigo lo suficiente —añade, más para sí mismo que para mí.

—¡Qué va! ¿Por qué dices eso? ¿No ves lo bien que me lo paso contigo?

—En la cama, Blanca. Solo aquí. —Abarca la habitación con un gesto de la mano.

Le podría contestar que es cierto, que es el único lugar en el que le dejaré entrar, y que ni siquiera así podría imprimir sus huellas. Sin embargo, me digo que sería una respuesta muy cruel, y por una parte me siento mal ya que parece un buen hombre.

—Creo que es mejor que me marche.

Se muerde el labio inferior, un tanto pensativo, y a continuación se levanta y se pone a recoger la ropa esparcida por el suelo.

Paso de la mía y me quedo en la cama desnuda y con el cigarro a medio consumir entre los dedos. Me mira mientras se viste. Yo también a él, y pienso que, por suerte, me ha evitado la molestia de tener que pedirle que se vaya. Creo que ha entendido cuál es el ritual: tonteo, sexo y despedida.

Antes de irse se sienta en el borde de la cama, pero al ver que me tenso de nuevo no hace amago de tocarme o de darme un beso de despedida en los labios, como las otras dos noches.

—Llámame si te apetece salir conmigo por ahí —me dice con una sonrisa forzada. Duda unos instantes, para luego añadir—: O si quieres… esto. También me parece bien.

Asiento. Se muerde el labio inferior una vez más y sale de la habitación un tanto confundido.

Por fin se ha ido.

Y mi cigarro se ha consumido por completo y está quemándome los dedos.

—¡Ay!

Lo apago en el cenicero y me quedo en la misma postura que antes, con la espalda contra el cabecero. Me observo desnuda mientras poso una mano en mi vientre. Contemplo mi cuerpo contundente, con unos kilitos de más que, tiempo atrás, me habría esforzado por rebajar; mi sexo rasurado, aunque no del todo; mis pequeños pechos; mi piel pálida. No soy una de esas chicas guapísimas por la que babean todos los tíos. Es más, algunos rasgos de mi rostro son un poco imperfectos. Tengo los labios muy gruesos y la nariz pequeñita… Pero dicen que poseo algo, cierto atractivo que atrae a los hombres. Quizá es mi descaro. O que sé bien lo que quieren. Ellos lo saben y yo lo sé.

De repente me invade un ligero malestar y me apresuro a coger el teléfono para llamar a mi mejor amiga. En realidad, la única verdadera. Siempre he pensado que, en cuestión de amistad, lo importante no es la cantidad, sino la calidad.

—¡Son las doce de la noche de un jueves! —se queja Begoña tras cuatro tonos.

—Me he quemado el dedo con un cigarro —se me ocurre decir. Menuda gilipollez.

—Ya estamos otra vez, ¿no?

—No volveré a quedar con él —murmuro, y hago un puchero infantil que ella no puede ver, pero que seguro que imagina.

—¿Ha sido el tío ese al que conociste en aquella discoteca a la que fuiste tú solita? —dice en tono burlón.

—Sí. Nacho. Pero no lo llamaré más.

—¿Cuántas veces con este?

—Tres, con la de hoy.

—¡Uau! Casi tanto como con…

—¡Ni lo menciones! —Me incorporo de golpe. Está pensando sin duda en un compañero de trabajo con el que cometí un ligero desliz.

—Tu lista de conquistas debe de ser ya larguísima, ¿a que sí, cielo?

Continúa recriminándome. Pero sé que no lo hace con maldad, y se me escapa la risa.

—Pues imagino que menos que la tuya —le sigo el juego.

—Pero yo tengo una buena razón: no sabes lo maravilloso que es tener a una tía con la cabeza entre tus piernas. Y no, no me digas que yo no sé lo requetefantástico que es un hombre ahí mismo, porque ni de coña.

—¡Begoña, eres una pervertida! —exclamo riendo.

—Creo que tú no eres la más adecuada para tacharme de eso. ¿Recuerdas acaso cuándo dejaste de ser virgen? Ah, igual tú nunca lo fuiste… —se mofa la muy perra.

Le gruño por el altavoz:

—Voy a ducharme. Mañana tengo un juicio. No es nada complicado, pero he de dar una buena imagen.

—Tú siempre la das —dice con cariño.

—Entonces ¿nos vemos para tomar un café juntas?

—Claro que sí. Pero, por favor, ¡sé puntual, que tengo mucho trabajo!

Me cuelga sin despedirse y me hundo en el colchón con una sonrisa en los labios. Begoña es un bálsamo que siempre me calma. Es de esas amigas que trata de levantarte cuando estás por los suelos y que si no lo consigue se echa a tu lado.

Un rato después entro en el cuarto de baño. A medida que el agua corre por mi piel va borrando el rastro de los besos de Nacho, de sus caricias, de su olor incluso. Y me parece como si también me fuera deshaciendo del mío. Cuando salgo del lavabo, con el pelo aún húmedo, tengo claro que no podré dormir bien. Voy hasta la cocina y saco de uno de los armarios un botecito de valeriana. Me tomo dos y trato de sumergirme en el sueño, pero me pongo a pensar en el trabajo, cómo no. Porque mi vida es el trabajo. Bueno, y también hay en ella, de vez en cuando, sexo y algunas citas con Begoña.

Por fin, al cabo de un largo rato caigo en un estado de duermevela.

En sueños oigo la voz de Begoña repitiéndome que quizá nunca fui virgen. Y después una melodía de un grupo al que siempre he odiado.

2

11 años antes

Abrió los ojos y se encontró con el luminoso cielo azulado, ese que tanto le gustaba mirar para perderse en sus pensamientos. Sin embargo, esa tarde no podía concentrarse en nada más que en la respiración susurrante de la persona que se hallaba a su lado. Una respiración que la desconcertaba, aunque no habría sabido explicar por qué.

Hacía varios días que solo tenía en mente una idea, una bastante loca que se le había ocurrido días atrás y que le rondaba con insistencia la cabeza, alarmándola y haciéndole estar nerviosa. Le parecía un poco rocambolesca; aun así, necesitaba darle vida con su voz.

Se propuso ahuyentarla de sus pensamientos planificando los primeros días que pasaría en la ciudad. Al cabo de menos de dos meses empezaría su primer curso en la universidad. Abandonaría la casa de sus padres, estaría algo más cerca de la libertad, y se alejaría de ese maldito pueblo y, posiblemente, de la sombra que era.

Se preguntó cómo serían sus compañeros en la facultad, y si en ese período en el que no se ha alcanzado el estatus de hombre o de mujer, pero tampoco se es un niño, existiría todavía un resquicio para la crueldad infantil. Deseaba con todas sus fuerzas que no fuera así, que esas nuevas personas, sin rostro y sin nombre aún, no se comportaran como las del pueblo.

—En la ciudad todo es distinto, Blanca —solía decirle su padre, quien, a diferencia de su madre, había pasado allí sus años universitarios y conocía ese mundo muy bien, pues ellas apenas lo habían pisado más que algunos días de fiesta, como en Navidad—. La gente va a la suya, es más abierta, no tiene tantos prejuicios. No voy a negarte que también hay ineptos y cerrados de mente, pues existen en todas partes. Pero harás amigos, ya lo verás, y a nadie le importará que seas la más lista de la clase, o que lleves gafas, o que no seas la más guapa, o que no te gusten las mismas cosas que a ellos, o que no seas la más guay.

Le hacía mucha gracia que su padre empleara esa palabra, «guay», y de verdad que confiaba en él, en sus consejos y en sus charlas cargadas de ánimo. A pesar de todo, notaba una presión en el pecho que le hacía recelar, y temía no encajar tampoco en ese nuevo ambiente. Por si fuera poco, estaría un poco lejos de sus padres y de su hermano, aunque este fuera el mocoso más tonto del mundo.

Blanca deseaba encajar, a pesar de que lo negaba una y otra vez, incluso a ella misma. Lo ansiaba, aunque fingiera que no le importaba nada de lo que le había sucedido desde que era una niña. Estaba a punto de cumplir dieciocho años, y era lo bastante inteligente como para darse cuenta de que esa indiferencia que mostraba ante los demás era tan solo un caparazón con el que se había cubierto para protegerse, si bien en ocasiones no estaba segura de haberlo logrado. Pero al menos esa dura cáscara le permitía abandonarse cuando todo iba tremendamente mal; podía soñar con que había una vida mejor fuera del pueblo y pensar que pronto sería una persona distinta, e igual al mismo tiempo, pero no con esa gente, no con quienes la habían despreciado desde que era pequeña.

Blanca recordaba con precisión en qué momento empezó su calvario. Cuando un crío te da una patada tras otra en el culo gritándote que eres la más fea de la escuela, es difícil olvidarlo. Ella tenía nueve años y aquel niño, que, por suerte, luego se mudó de ciudad con sus padres, once. Los problemas no se acabaron ahí. Para ser más exactos, empezaron justo en ese momento. Ella siempre había sido una niña un poco diferente. Hasta sus padres lo decían. También sus profesores. Era retraída, soñadora y seria. Le resultaba complicado sonreír y le costaba relacionarse, según sus tutores. A Blanca ni por asomo se le habría pasado por la cabeza que la gente pudiera ser tan cruel. Y ese había sido su gran error: ser tan confiada.

Entendía que no era la primera ni tampoco la última que sufría un maltrato como ese, y decidió que para hacerle frente solo había dos vías: dejarse vencer, caer y permitir que los demás supieran que era débil, o construirse una armadura lo bastante resistente. De pequeña le había resultado complicado controlar el llanto cuando en el colegio nadie quería hacer un trabajo con ella o cuando sus compañeros se apartaban al cruzarse con ella en los pasillos. Sin embargo, poco a poco fue acostumbrándose. Hasta que descubrió a una de sus acosadoras fumando en el baño y esta la amenazó: «Si se lo cuentas a algún profe, te rompo de un puñetazo tus gafas de mierda». Y luego llegó aquel espantoso muñeco creado en una red social que llevaba por nombre Blanca la Gorda. Y a continuación, los mensajes que recibía en el móvil. Nunca supo cómo habían conseguido su número.

Dicen que la chupas por cinco euros porque nadie

te quiere

Blanca sabía que era fuerte, porque otra en su lugar quizá habría hecho algo horrible para terminar con aquello; pero también era débil, en el fondo, porque lo que más ansiaba era huir del pueblo y alejarse del dolor, y esa actitud no tenía mucho que ver con la valentía, como todos sabemos.

—¿En qué piensas?

La voz masculina la sobresaltó.

Se había quedado dormido con los cascos en las orejas durante un buen rato, y Blanca se había dedicado a contemplarlo durante unos minutos que le parecieron eternos y, al mismo tiempo, muy cortos y diferentes a otros instantes en que lo había mirado. Había seguido con la vista la línea de su mandíbula y casi había caído en la inexplicable tentación de tocarle la escasa barba que se dejaba crecer para aparentar que era un chico malo. También se había sorprendido pensando que no entendía los motivos por los que se encontraban los dos allí, cuando él podía haber aprovechado los últimos días de verano con sus amigos, que eran iguales que él, que llevaban tatuajes y piercings como él. Vivían en el pueblo de al lado, adonde él solía ir. Se dedicaban a montar broncas un fin de semana sí y otro también.

En un momento dado él había soltado un bufido y había farfullado algo ininteligible, y Blanca se había asustado al imaginar que la había pillado in fraganti observándolo como una tonta. Pero no, lo único que sucedía era que estaba hablando en sueños.

Su único amigo (si es que podía llamarlo así, porque la desconfianza de Blanca hacia todos era tal que no creía en la amistad desinteresada) la estudiaba ahora con una sonrisa divertida. Ella le devolvió otra, más traviesa.

—¿En qué crees que estoy pensando, Adrián?

—¿En mí… desnudo? —se guaseó él, pero a la mente de Blanca regresó esa idea absurda que había maquinado y se sonrojó hasta las orejas.

—Tu raquítico cuerpo no es un buen protagonista para mi fantasía —contestó, a pesar de su nerviosismo.

Adrián solía comportarse de esa forma con ella. Le gastaba bromas —aunque no crueles como los otros jóvenes del pueblo—, le gustaba chincharla y que terminara perdiendo los papeles y lo dejara plantado. Blanca no comprendía qué lo impulsaba a hacer eso. Quizá, pensaba, era una manera de demostrarle que él podía manejarlo todo y ella no.

Tenía claro que Adrián bromeaba, puesto que ni en un millón de años se habría fijado en una chica como ella. Aun así, de un tiempo a esa parte lo pillaba mirándola de un modo raro, y entonces Blanca dudaba de sus sentimientos hacia ella; pero también de todo, de quién era y de quién quería llegar a ser.

—Si pudiera iría al gimnasio —protestó Adrián, como si el comentario le hubiera molestado—. Las clases de música ocupan todo mi tiempo. Además, nunca seré como esos tíos que tienen tantos músculos, por más que haga, lo sé.

—Ni falta que te hace. —Blanca se colocó de lado y le dedicó una sonrisa maliciosa. Él la miró sin entender—. Ya ligas un montón con tu escuchimizado cuerpo y con esos horribles tatuajes. —Le señaló el más reciente, un águila con las alas extendidas que le ocupaba toda la pierna derecha.

El año anterior Adrián se había tatuado cerca de la clavícula un corazón de hielo que se derretía y goteaba… sangre. Así lo imaginaba Blanca, aunque no tenía color. En un principio lo consideró oscuro, si bien acabó por pensar que su amigo pretendía conquistar a las chicas con él: «Mira, soy un punk duro, pero a la vez tan tierno como un oso de peluche, y también capaz de sufrir por amor». Adrián se enfadaba cuando Blanca se lo soltaba en plan burla. Meses después, debido a su adoración por todo lo oriental, se había hecho otro tatuaje en el brazo, también en tonos grises, de un pez koi. Blanca le preguntó qué era, y Adrián le explicó que en la cultura nipona representaba la fuerza de voluntad. Sospechaba que su amigo tendría más repartidos en zonas ocultas para ella.

—¿Horribles? Pues precisamente es lo que más gusta a las nenas. Les van los malotes —aclaró con un levantamiento de cejas.

—Solo a las nenas que tú frecuentas —puntualizó Blanca para fastidiarle.

—Deja de usar esas palabras tan rimbombantes, pedorra.

Ella no pudo evitar reírse y se colocó de nuevo boca arriba, con las manos entrelazadas sobre el vientre.

—Si «frecuentar» te parece una palabra rimbombante, creo que deberías dedicarte a otra cosa que no fuera la música.

—¿Y eso por qué? —preguntó Adrián con curiosidad a la vez que se incorporaba y acercaba su rostro al de ella.

—Porque los músicos son personas cultas, inteligentes, interesantes… No me imagino a Mozart hablando como un barriobajero.

—Pero yo soy un chico de pueblo —protestó Adrián—. Ya aprenderé modales cuando los necesite.

—Bueno, también depende de a qué quieras dedicarte. Si vas a componer canciones como esas que escuchas, supongo que con repetir la palabra «mierda» unas diez veces lo tendrás listo.

—El punk no es así. Estás muy equivocada, Blanca.

Se tumbó de nuevo, y ambos se quedaron en silencio observando el cielo. Adrián era un fanático de la música punk, mientras que a Blanca ese género nunca le había llamado la atención; es más, ni siquiera se había molestado en indagar sobre él. Adrián quería ser músico y le costó un poco que su madre accediese, ya que no le hacía mucha gracia. Nunca había sido un alumno brillante, ni en el colegio ni en el instituto, pero la música le entusiasmaba hasta tal punto que él solo había aprendido a tocar la guitarra y el piano, y estaba preparándose con un profesor particular para presentarse justo ese año al examen de grado medio del conservatorio.

—¿Y qué estabas escuchando? —le preguntó Blanca arrancándole un auricular. Adrián, a la defensiva, intentó quitárselo, pero ella ya se lo había puesto en la oreja.

Cuando se dio cuenta de que se trataba de un tema de The Bangles, uno de sus grupos favoritos, sintió un extraño cosquilleo en el estómago. Adrián logró recuperar el auricular, y ella no supo qué decirle porque además le pareció que se había puesto nervioso. Y ella… ella también.

—¿Qué haces escuchando eso? No me lo puedo creer.

—Me dijiste que estaban bien, que te gustaban muchísimo, y quería ver qué tal. —Adrián se encogió de hombros.

—¿Y… qué te han parecido? —inquirió Blanca.

—No están mal.

Otro cosquilleo. Notó que la boca se le había quedado seca y se rascó el dorso de la mano con disimulo. Adrián, ese músico en ciernes que no soportaba el new wave, había querido acercarse a lo que ella escuchaba.

Los minutos pasaron sin que ninguno de los dos dijera nada. Empezaba a atardecer, y Blanca sintió que en su pecho había colores similares a los que estaban dibujándose en el horizonte. Se obligó a apartar esa idea absurda que volvía a rondarle la cabeza, pero regresaba una y otra vez, con renovada fuerza. Además, la actitud de Adrián estaba convenciéndola de que, al fin y al cabo, no tenía nada que perder.

—Pues quizá escuche algo de lo que a ti te gusta —dijo para llamar la atención de Adrián, quien se incorporó y la miró con los ojos muy abiertos.

—¿En serio?

—Sí. ¡Por qué no! —exclamó mientras tiraba de los brotes de hierba que los rodeaban, y acabó arrancando algunas briznas.

—Puedes empezar por The Clash. —Adrián se sentó con las piernas cruzadas y se quedó pensativo, para luego añadir—: Molan porque son diferentes a los otros grupos punk. Tocan diversos estilos.

—Ah, pues mejor.

Se sintió rara al percatarse de que a él le hacía ilusión que ella escuchara punk.

«Es normal. A todos nos gusta que aprueben nuestras aficiones», se dijo enseguida, tan solo para apartar de sí la sensación de inquietud que la invadía. La que, desde hacía un tiempo, le atenazaba el pecho cuando miraba los grandes ojos de Adrián.

—¿Cómo crees que nos irá en nuestra nueva etapa? —preguntó él un rato después.

—Bien. Al menos a mí no puede irme peor.

—A veces pienso que seré un bicho raro en el conservatorio —murmuró Adrián.

—La verdad es que no creo que allí haya muchos chicos con tu aspecto.

Blanca se echó a reír y le tiró de la camiseta, en la que se leía «Ramones» sobre el logo de la banda.

—Puede que dentro de unos años te vea en los telediarios —bromeó Adrián.

Blanca había decidido hacer la carrera de periodismo. Tenía problemas expresándose oralmente, cara a cara, pero en cambio se le daba bien escribir. Incluso tenía un blog, en el que casi siempre hablaba sobre dolor, y soñaba con revolucionar los medios de comunicación, ser una de esas periodistas que no temían decir lo que pensaban. Porque, en el fondo, estaba harta de tener miedo.

—Y yo compraré uno de tus discos. —Sonrió a Adrián.

—Creo que echaré un poco de menos todo esto. ¿Tú no?

—¿A qué te refieres? —Ladeó la cabeza, y al mirarlo sintió el mismo cosquilleo de antes.

Adrián señaló el horizonte, que empezaba ya a oscurecerse, y a Blanca le dio un vuelco el estómago.

—A esto… El pueblo. La gente. Mi familia.

Blanca se puso seria. Pero ¿qué le estaba pasando? Era una estúpida por haber pensado, siquiera por un momento, que Adrián insinuaba que iba a echarla de menos a ella. A ella y los ratos que pasaban juntos, los silencios cómodos, las películas de terror que veían porque a los dos les gustaban —era de lo poco que tenían en común—, los juegos de mesa con que mataban algunas horas, las tonterías que soltaban y… sus encuentros, siempre a solas y lejos del centro del pueblo, siempre en secreto.

—Yo no echaré de menos nada de aquí —respondió con sequedad.

Adrián la miró confundido, y también un tanto sorprendido, y movió la cabeza.

—¿Ni siquiera a tus padres y a tu hermano?

—A ellos sí, claro, pero de todos modos forman parte de este pueblo, y de lo que ahora me ata aquí y no quiero ser.

Adrián la observó como si no entendiera de qué le hablaba, y Blanca se dijo que no podía ser de otra forma, que como era un chico popular nadie hablaba mal de él ni se burlaban de su aspecto, bien por miedo, bien porque lo adoraban; no le pegaban, tenía amigos, conquistaba a chicas y su vida era, en definitiva, la de un adolescente sin preocupaciones.

—¿Por qué siempre venimos aquí, Adrián? —le preguntó alzando la barbilla.

—¿Cómo? —Él parpadeó, como si no comprendiera a qué se refería.

—¿Por qué cuando quedamos venimos a la montaña? ¿O por qué tengo que acudir al río, donde no pasa nadie, para que me lleves en moto a otros pueblos?

En realidad, quiso decirle que por qué quedaban en el río por el que nunca pasaban las jóvenes que se metían con ella, pero acalló ese pensamiento para no demostrarle que era más débil de lo que creía.

—Pensé que te gustaba que viniéramos aquí y que pasabas del pueblo y de su gente —respondió Adrián con la sorpresa dibujada en el rostro.

—Nunca me has invitado a tu dormitorio —continuó Blanca, pero al instante cayó en la cuenta de que estaba equivocándose.

No era buen momento para revelarle sus sospechas. Aun así, le dio igual. Aquella estúpida idea seguía rondándole la cabeza y tan solo las respuestas de Adrián la sacarían de dudas.

—Ni falta que hace. Es pequeño y feo. Además, ya se encarga mi madre de invitarte.

—Y siempre que vienes a mi casa finges que vas a ayudarme con los deberes, cuando tú y yo sabemos que el que necesita ayuda eres tú… Adrián, ¡si todo el pueblo sabe que no te gusta estudiar y que no eres nada brillante!

—Me importa una mierda el pueblo. Y a ti debería pasarte lo mismo.

Adrián se puso serio, se le tensó la mandíbula y los ojos se le oscurecieron.

—Me voy a ir, Adrián —susurró Blanca, y apoyó la barbilla en las rodillas levantadas—. Y no sé cuándo volveremos a vernos.

—¿Por qué dices eso?

—Supongo que, si de verdad te importara tan poco el pueblo o, más bien, lo que piensa de ti la gente, nuestros encuentros serían normales —le dijo, regresando al tema de antes.

Adrián soltó un bufido y echó la cabeza hacia atrás a la vez que cerraba los ojos. Blanca volvió a fijarse en su mandíbula, en ese momento tensa, y le dieron ganas de gritarle que era igual que todos. Hubo de reprimir unos deseos irrefrenables de preguntarle si se avergonzaba de ella, si tan solo quedaban por pena o porque su madre se lo pedía en secreto. «Se siente solo, como tú. Tampoco tiene verdaderos amigos. Y contigo puede ser él mismo, y no ese chico con ropa punk fea y lleno de tatuajes que le hacen parecer menos desnudo. Contigo puede comportarse bien y mal al mismo tiempo, puede ser chulo o no, pero con los otros solo puede ser rebelde, y chulo, y ligón», se dijo a sí misma, como convenciéndose de que todo estaba bien entre ellos.

—No sé a qué viene esto, Blanca. Te juro que no lo entiendo. ¿Qué es lo que quieres? ¿Venir con mis amigos moteros? ¿Quedar con las pijas del pueblo? ¿No eres tú la que pasa de todo eso? No te llevo con mis amigos porque creo que te aburrirías. Y no tengo ni puñeteras ganas de ir a las fiestas del pueblo, por ejemplo, a ver cómo las tías se restriegan con los pagafantas de turno.

—Pues tú eres uno de esos que se frotan con ellas, ¿no?

—No. Me las follo, y punto. No las invito. No me comporto con ellas como un gilipollas. No dejo que se aprovechen de mí. —La miró con fiereza, y Blanca sintió que se encogía un poquito.

—Ya, ya… Está claro que eres tú el que se aprovecha de ellas —murmuró en tono amargo.

—Pero ¿qué cojones te pasa? Hasta ahora no te había importado mi vida privada. No te parecía mal lo que hacía… O eso pensaba, ya que si me decías algo me lo tomaba como una broma. Pero ¿ahora…? ¿Es que irte a la ciudad hace que te comas la cabeza o qué?

—Solo quería saber si actúas así conmigo porque te da vergüenza que los demás nos vean juntos. ¿Es así? —Al final lo había soltado y, al darse cuenta de cómo la miraba él, comprendió que debía añadir algo más que la salvara, porque se temía que aquello podía tener un mal desenlace—. No es por nada, ¿eh? Es que una tiene su orgullo. Si simplemente quedas conmigo porque me conoces desde pequeña y te doy pena o qué sé yo…

—¡¿Pena?! —exclamó Adrián alzando la voz, y se rio como si no creyera lo que acababa de oír—. ¿Por qué tendrías que darme pena? ¿Porque eres inteligente? ¿Porque tienes unos padres que molan? ¿Porque tu vida, en el fondo, está bien?

—¡¿Bien?! —Casi había gritado ella también.

—Mira, Blanca, muchos desearían estar en tu situación. Pero oye, sí, un poco de pena me das, ¿y sabes por qué? Porque pensaba que te resbalaban las burlas de los demás, que estabas por encima de todo eso, y… no sé, parece que te has inventado una Blanca que no es la real.

A ella casi se le cortó la respiración. Se le hizo un nudo en la garganta y no atinó a encontrar las palabras que habría querido decirle. Ni por asomo iba a revelar a su único amigo que esas burlas eran mucho más que eso. Temía que él también viera lo malo que había en ella y le diera de lado, dejándola totalmente sola. Jamás le habría confesado que lo necesitaba más de lo que aparentaba.

Adrián le dio una palmada en la espalda y la devolvió a la realidad, a esa tan absurda en la que ella era Blanca, la chica a la que él trataba como un tío más o como una hermana pequeña. Y se convenció de que no le importaba, que lo cierto era que también ella lo veía así a él, como a un hermano que la sacaba a pasear y la entretenía porque no había nadie más que lo hiciera.

—Venga, tía, no te montes películas. Esto está guay, ¿no? Da buen rollo estar aquí viendo atardecer, y siempre ha sido divertido.

Blanca se limitó a asentir con la cabeza y a morderse la lengua para no reprocharle nada más. En realidad, Adrián no sabía nada sobre el acoso al que la sometían porque ella no se lo había explicado jamás, de manera que no debía culparlo.

—Y a ti también te echaré de menos. Pero podemos llamarnos, ¿no? O enviarnos mensajes, correos… ¡qué sé yo! Ahora es muy fácil comunicarse.

Algo en Blanca estalló al oírle pronunciar aquellas palabras. Muchos años después caería en la cuenta de que había sido su corazón animado por una extraña ilusión, pero en esos momentos no quiso hacer caso a esa nueva sensación y se concentró en su idea, en esa que la acercaría más a la nueva Blanca que estaba buscando ser. Decidió que iba a contárselo. Al fin y al cabo, era su amigo. Él acababa de dejárselo claro. Sabía que Adrián no iba a pensar nada malo de ella, que lo vería normal. Estaba acostumbrado a…

Tomó aire, se volvió hacia él y lo miró a los ojos. Adrián arqueó una ceja, instándola a que hablara.

—He decidido algo —le comunicó.

—¿Qué? —le preguntó entre risas—. Joder, qué misteriosa estás hoy, Blanquita.

—He decidido que, antes de irme a la universidad, voy a perder la virginidad.

Y a Adrián le cambió la expresión de la cara, y lo único que Blanca pudo hacer entonces fue esbozar la sonrisa que a él se le había borrado.

3

Echo un nuevo vistazo al reloj. De momento llevo diez minutos de retraso, y es muy raro que Begoña no esté atormentándome con mensajes o llamadas. No tengo la culpa de ser una persona impuntual. No me viene de serie. Me encantaría salir del trabajo siempre a tiempo, pero no es lo habitual. Trabajar como abogada es sacrificado.

Tras el juicio he decidido regresar al despacho con la intención de dejar unos asuntos preparados para mañana. Justo cuando iba a salir, Saúl, nuestro jefe de equipo, ya estaba en la puerta interrogándome acerca de mi intención sobre las vacaciones.

—Mañana vuelve Sandra. ¿Y tú qué? ¿Has pensado qué vas a hacer?

—De momento estoy bien así. Quiero dejar unos asuntos resueltos, y después ya, si eso…

—Dímelo como muy tarde la semana que viene —ha concluido y, tras despedirse con su expresión adusta de siempre, se ha marchado dejándome pensativa.

Vacaciones. Por lo general me las cojo porque es lo estipulado, lo que suelen hacer todos, pero la verdad es que a mí me gusta trabajar, trabajar después y… trabajar aún más. Al fin y al cabo, tampoco tengo mucho que hacer aparte de eso, ningún lugar interesante que visitar. Viajar sola a un destino lejano no es algo que me llame la atención especialmente y, además, si me cojo vacaciones dispongo de más tiempo para pensar. Y eso no está bien. No está nada bien.

Por otra parte, si quiero continuar ascendiendo y prosperando, trabajar duro es lo mejor. Lo cierto es que no puedo quejarme de todo lo que he conseguido a mi edad. Pero no ha sido fácil. Deseché la idea de licenciarme en Periodismo y opté por Derecho. Estudié en una de las mejores universidades de España, y yo sola me lo costeé todo a base de becas y de hacer malabares con los empleos. Begoña me admiró durante los años de carrera porque no entendía cómo podía trabajar y estudiar a la vez y, encima, obtener matrículas de honor. Supongo que fue tesón y ambición. Me propuse ser, si no la mejor, al menos una de las mejores para abrirme puertas. Nadie más iba a hacerlo por mí, ya que, a diferencia de Begoña, mi familia no tiene un nombre ya conocido en el ámbito de la abogacía. Mientras otros se quejaban del horrible futuro laboral y de que no pasarían por el aro, yo decidí llevar a cabo una pasantía. Lo conseguí en un buen despacho que, si bien no es de los más grandes, sí cuenta con excelentes referencias. Imagino que tuve suerte porque jamás preparé cafés ni fui una simple becaria, sino que aprendí muchísimo con compañeros y, después, me ofrecieron quedarme. Como me dijeron, vieron en mí una gran profesional dispuesta a comerse el mundo. Durante todo ese tiempo tuve que trabajar también porque, aunque el jefe me diera cada mes a escondidas algo de dinero en un sobre, con eso no podía vivir. Al principio cobré poco. Seis meses después me subieron el sueldo. Al año, más. Y ahora puedo permitirme caprichos.

El metro se detiene otra vez y me saca de mis reflexiones. Al abrirse las puertas, suben al vagón una chica rubia, muy mona, que no parece española y un chaval con un montón de piercings en la cara y unos cuantos tatuajes en un brazo. De inmediato pienso que debe de ser un gilipollas y un chulo, y me apiado de la muchacha que lo acompaña. «Se cansará pronto de ti; lo hará cuando se aburra de todo aquello que os hace diferentes, cuando no tengas nada más que ofrecerle. Y entonces te romperá el corazón», murmura mi mente.

No obstante, el chico —también muy guapo, todo hay que decirlo— hace un gesto que me sorprende. Mientras ella se agarra a la barra para no caerse, él la abraza desde atrás y apoya su rostro agujereado en la nuca de ella. Es un gesto que considero muy íntimo, muy tierno, y por unos segundos aún me enfado más y me dan ganas de decir a la rubia que no se fíe, que él nunca haría eso delante de sus amigos.

Ella me dedica una mirada un poco tímida porque el chico continúa abrazado a su cintura. Entonces él acerca los labios a su oreja y yo preparo las mías, dispuesta a centrar toda mi atención en lo que va a decirle. Lo hace lo suficientemente alto para que pueda oírlo desde mi asiento.

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