Loading...

CORAZONES EN LLAMAS

Laura Ramos - Cynthia Lejbowicz

0


Fragmento

‘80

EL TRAGO PRIMAVERA

—Fito, mataron a Lennon.

Bella Zulema Ramírez de Páez subió el volumen de la radio y apoyó la bandeja con el desayuno sobre la cama de su nieto. Eran las siete de la mañana del martes 9 de diciembre de 1980 y, poco más de una hora después, Rodolfo Páez debía rendir examen de Contabilidad. Le fue mal. La noticia lo sumergió en un letargo que se prolongó varios días.

Fito tenía diecisiete años e intentaba terminar con las últimas materias del secundario. Había nacido en Rosario, donde vivía con su padre, su abuela y una tía abuela. Su mamá había muerto antes de que él cumpliera un año.

Los encuentros con amigos en la casa de los Páez, durante esos tiempos de estado de sitio de la dictadura militar, comenzaban al atardecer y seguían hasta la medianoche en un cuarto muy pequeño donde unos quince muchachos se reunían a recitar poemas, a tocar el piano CP20 Yamaha —regalo del padre de Fito— y a fumar tabaco. Particulares.

Recibe antes que nadie historias como ésta

De saco y corbata azul, camisa blanca y pantalón gris, uniforme estudiantil obligado, el joven Páez salía del colegio carpeta en mano para correr al ensayo de alguna banda. Sus actividades de esa época eran estudiar música, tocar con los pequeños grupos que armaba en la escuela y jugar al fútbol. Fue por entonces que su padre lo envió a la peluquería por última vez.

—Al ras, media americana —le indicó.

Todo el año ‘80 transcurrió con duras peleas hogareñas. Fito tocaba el piano en los actos de la escuela y era el único entre sus compañeros que podía sacar los temas de Serú Girán, los íconos de la época. En un cumpleaños de quince descubrió el trago Primavera, y precisamente con el Primavera y las llegadas tarde a casa, se iniciaron las batallas familiares.

Los Páez solían pasar sus vacaciones en La Falda, pero ese año el papá de Fito se quebró una pierna y la familia tuvo que quedarse en Rosario. La temporada transcurrió entonces en el pequeño cuarto, con las persianas bajas por el calor asfixiante de la siesta, fumando y escuchando a Peter Gabriel. Uno de sus pasatiempos favoritos era pararse frente al espejo del baño con el bastón de su padre a modo de guitarra imaginaria, soñando que era músico de rock and roll.

Además de Gabriel, por esos tiempos el tocadiscos Winco de Fito hacía sonar a Joni Mitchell, King Crimson y Génesis, y a Mercedes Sosa, Charly García, Luis Alberto Spinetta y Astor Piazzolla. Por influencia de su padre, devoto del jazz, Fito escuchaba también a Oscar Peterson y a Sara Vaughan.

El año anterior se había integrado a Staff, un rudimentario grupo con influencias de Serú Girán, y ya en el ‘80 entró a El Banquete, liderado por Rubén Goldín. Fue el Rengo Goldín quien empezó a pasarle materiales de música nueva.

La última imagen de Fito Páez de ese año fue registrada por un fotógrafo escolar durante la fiesta de egresados: trajeado, con anteojos y corbata, bailando un vals con su tía abuela. La fiesta fue en el hipódromo de Rosario y terminó muy tarde, cerca del amanecer. Desde los parlantes sonaba una canción compuesta por él para quinto B.

♥Me enteré a las once de la mañana, me llamó Clota Ponieman y me dijo que habían matado a Lennon. Yo no entendía. No me cabía en la cabeza, me parecía imposible. Cuando lo registré me puse a llorar como una madre. Por ahí, qué sé yo, lloré más de lo que lloré a mi viejo, o más que cuando se murió mi hermano.

Charly García

♠Cuando lo mataron a Lennon fue un bajón. Un bajón. Era el crimen del siglo. Hasta ese momento, para mí, era lo más fuerte que había pasado. Aparte, yo era fan de Los Beatles, conocía todos los temas. Lennon era un tipo re importante para mí y bueno, lo mataron. Vino un chiflado y lo mató.

Fito Páez

♣Me quise morir. Yo vivía con mis padres, ya estaba en la facu y mi vieja me lo contó cuando me levanté. Fue espantoso, Lennon era el que más me gustaba de Los Beatles. Lo que sentía era muy fuerte. Lo primero que me acuerdo de la música es con alguna escoba, frente al espejo, tocando “Twist and Shout”. Fue muy doloroso.

Gustavo Cerati

♦Lo más importante que me pasó en el colegio fue una chica que se llamaba Miriam, que tenía un buen par de tetas y unas buenas piernas y que se sentaba adelante mío. Me pasaba todo el tiempo mirán­dole las piernas a la chica.

Fito Páez

♦Yo era un chico clase media baja, con una familia aspirante que nunca iba a llegar a nada. Mi vida era el rollo sórdido de la muerte de mi madre cuando era chico y la música me abría un agujero para mandar todo. O sea, sublimaba la sexualidad, yo estaba ocho horas por día tocando como loco.

F. P.

♦Había estudiado un poquito en el Conservatorio pero nunca tuve capacidad para retener algo. Entonces, lo que hacía era mirarle las manos al profesor. El tocaba la “Marcha Turca” y esas mierdas. Le miraba las manos y después me iba corriendo a mi casa y sacaba todo; para el otro día ya la sabía. Me la pasaba engañándolo y él pensaba que leía. Eso me permitía tocar mis cosas también, porque no perdía el tiempo estudiando. El tiempo era muy valioso en ese momento. Era lo mío o lo de él.

F. P.

♦Yo era una especie de esquizofrénico declarado: iba al colegio, hacía un buen papel, me emborrachaba genuinamente y hacía mil desastres y papelones. Era como el chico raro que lo queremos porque mata. Malo sin maldad, no era un marginal declarado.

F. P.

HERMINIO COMPAÑERO / BOTELLAS POR EL AIRE

Cuando Omar Chabán comenzó su número, El Corralón explotaba con trescientas personas en el interior, una decena en el patio y varios grupos más esperando afuera, algunos sentados en la vereda del pasaje Bollini, otros de pie.

—A vos no te entra en la cabeza —comenzó a decir Chabán y a repetir como un mantra, cada vez más velozmente y por momentos a los aullidos, sentado en una silla y con la vista fija en el suelo. Vestía un jogging rojo y unos enormes anteojos blancos le cubrían la parte superior de la cara. Un gorro de baño turquesa cubría su cabeza.

—Qué bien, che, te felicito. Pero, ¿qué carajo quisiste decir? —increpó un chico desde una mesa.

—A vos no te entra en la cabeza —le respondió Chabán. Y continuó repitiendo la frase, ahora acompañada por un grito gutural convulsivo. Esa noche volaron botellas por el aire y los parroquianos bailaron sobre las mesas hasta que tres camiones del ejército rodearon la zona. Estacionaron en la puerta y los soldados bajaron vestidos con uniformes de combate, armados con fusiles. Se fueron con los camiones llenos de gente.

Andrés Escalante había llegado de Ibiza a Buenos Aires con una idea rondando su cabeza: poner un bar para llevar artistas de la calle, instalar un monitor mudo de TV y pasar cine en super 8, contratar zancudos y lanzallamas. Todo se hizo muy rápido. Una noche, en los comienzos, una mujer fakir con peluca, pestañas postizas y lentejuelas terminó de echar fuego por su boca pintada de rojo y se clavó decenas de alfileres en el enorme cuerpo.

En la misma cuadra del Corralón vivía un militar que llamaba a la policía casi todos los días. Una vez, todo terminó con Federico Peralta Ramos cantando y recitando sobre una mesa mientras una descarga de botellas hacía temblar el patio del fondo. Los vecinos de los edificios próximos solían arrojar toda clase de objetos sobre los clientes.

Algunos días después del asesinato de Lennon, Escalante anunció que el viernes siguiente haría algo especial. Armó una estructura que consis­tía en una mesa con las patas cortadas y una silla que hacía las veces de escalera. El bar estaba a oscuras.

—Esto no es una escalera, es una colina. Y yo soy el loco —un spot iluminaba la escena, seguida de una disertación acerca de la locura creativa y la destructiva: Lennon y su matador. Hubo después un minuto de silencio y el escenario quedó, como era frecuente, abierto al público.

Andrés Escalante improvisaba monólogos casi todas las madrugadas. El loco Juan, uno de sus personajes, apareció inmortalizado en La Balada del Corralón, una cinta en Súper 8 que dejaba oír Vamos negro, fuerza negro, frase de una canción de Litto Nebbia que se instituyó en el himno del lugar. También se pasaban películas: cine mudo, Carlitos Chaplin y Buster Keaton.

Algunas madrugadas, cuando ya había facturado lo suficiente, Escalante empezaba a tirar latas de cerveza por el aire. Los clientes las atrapaban y se las bebían. Muchos no pagaban, algunos traían sus propias petacas y siempre alguien se quedaba a dormir entre las mesas. Cerraban a distintas horas de la madrugada.

Las lindas mozas fueron un distintivo del Corralón: allí trabajaban María Lebón, mujer de David —también conocida como la Sueca—, María Zocas, Silvina Paolucci y otras chicas rockers.

Lector fervoroso de Yo, Claudio, Cachorro Ló­pez había armado con Andrés Calamaro un grupo inspirado en cierta mística grecorromana que se lla­maba Heliogábalo y su Ensamble Babilónico. A menudo tocaban en el pasaje Bollini, donde se encontraban con Miguel Abuelo, Fabiana Cantilo o Daniel Melingo. Miguel Zavaleta cantaba “Quiero tener una isla repleta de minas”, Geniol hacía una performance sentado sobre una escupidera. En los ratos en los que no había show se pasaban cassettes grabados por Daniel Nijensohn.

Hacia el final de la dictadura la suerte del Corralón estaba echada: cerraría como bar para convertirse en restaurante. La fiesta de despedida se hizo después de las elecciones de 1983 y terminó con una lluvia de cascotazos sobre el patio, ofrenda de los vecinos, y con una visita especial de la policía.

Tocaron Gustavo Bazterrica, Cachorro y Miguel Zavaleta, y Pipo Cipolatti terminó su show con el jingle “Herminio compañero”. Los hombres de la ley detuvieron un colectivo en el que se llevaron a buena parte de los clientes pero la mayoría quedó detenida dentro del local. Mientras iban a la comisaría a buscar más móviles dejaron a un agente custodiando el gran pórtico de madera para que los jóvenes no se fueran.

Tímidamente al principio y luego a las corridas, los que habían quedado encerrados eludieron al policía y comenzaron a escapar. Cuando los otros agentes volvieron con los vehículos encontraron el bar vacío y al custodio haciendo remolinos en la puerta.

♦Las minas que me gustaban no me daban bola. Era muy pajero. Tenía el rollo de las revistas, me gustaban Moria, la Lobato, la Faiad, la Loren y la Bisset. Yo me desvirgué a los diecisiete años, cuando terminé la secundaria. Me había enamorado de una chica.

F. P.

♦Tenía la masturbación, el fútbol y la música. Jugaba bien. Primero empecé jugando de 5 y de 10 al medio, después fui adelante, de 7 o de 9. A la izquierda nunca pude jugar.

F. P.

♥La noche que terminamos de grabar Detectives, el disco de Fabi, fuimos a festejar al Corralón. Era como decir terminamos, está tudo bem, somos amigos. Fue una reunión muy amable y ella estaba contentísima, me acuerdo que tomábamos vino chablis. Otra noche me invitó a sentarme con él Omar Chabán, pero después se puso medio agresivo. A veces tiraban ladrillos, me acuerdo de la Sueca que servía las mesas y del Programa Andrés.

Charly García

♠La propuesta del Corralón era de mucho vértigo, cada día se vivía como insuperable, como el último. En un momento ya no di más, estaba muy fisurado. Me fui a vivir al campo.

Andrés Escalante

EL ARCA DE NOÉ

Por el año ‘80 Gustavo Cerati tocaba casi todas las noches en El Arca de Noé, un cabaret ubicado en la avenida Ángel Gallardo, frente al Parque Centenario. Actuaba con el grupo Savage, en el que cantaban dos chicas inglesas con las que se presentaban en cabarets y fiestas de la colectividad judía. Hacían covers e improvisaban canciones lentas y bailables. Cerati componía y paralelamente integraba el grupo Triciclo. Cuando se desencadenó la guerra de Malvinas las inglesas regresaron a su país.

“Ay, nena, ¿cómo vas a hacer?”, un tema de Tri­ciclo, se pasaba a menudo en El Tren Fantasma, el programa de Daniel Morano que iba por Radio Rivadavia. Era la audición favorita de Gustavo, su escuela musical desde el servicio militar, cuando la escuchaba en una radio portátil durante las interminables noches de guardia.

A Cerati le gustaba el reggae jamaiquino, la new wave y los Clash. The Police, su banda predilecta, llegó a la Argentina para presentarse el 13 de diciembre en Obras Sanitarias. Al día siguiente de ese show, los ingleses actuaron en la inauguración de New York City, una discoteca de Villa Urquiza, a la vuelta de la casa de la familia Cerati.

Zeta Bosio había comenzado la carrera de Publicidad en la Universidad del Salvador en 1979. Compañero de curso de Cerati, la música era el tema recurrente de sus conversaciones. Sus gustos no coincidían del todo: mientras Gustavo mostraba una inclinación por el rock and roll, hacía blues y era amigo de Pappo, Zeta se definía new wave. Al cabo del tercer año de facultad ambos compartieron todo un verano en Punta del Este. Zeta viajó contratado para tocar con la cantante Sandra Baylac. Gustavo fue con Savage a tocar en un sótano de mala muerte que había sido propiedad de Carlos Monzón. Al tercer día de shows la encargada les dio un cheque sin fondos y se fugó con el dinero recaudado. Sin dinero, hotel ni trabajo, los Savage desmantelaron lo que quedaba del sótano y vendieron las luces, la vajilla y las botellas de whisky.

Casi de inmediato, Cerati empezó a acompañar con su guitarra a un griego que tocaba la balalaika en un bar de música árabe y oriental. Luego de la primera noche de trabajo se fue a vivir al cuarto de dos de las odaliscas que bailaban en la taberna. En la habitación había dos camas y a Gustavo le tocó dormir en un colchón sobre el piso. Las chicas también trabajaban de prostitutas. Una de ellas, Carmen, tenía por enamorado a un ingenuo de anteojos grandes que llegaba a visitarla con un ramo de flores. Cada vez que el novio aparecía Gustavo se escondía debajo de la cama.

—¿Por qué no venís a tocar la guitarra a nuestro grupo? —lo invitó Zeta. Gustavo dejó a las odaliscas y al griego de las balalaikas y se mudó al hotel esteño con la banda.

♣Me había metido en un grupo que se llamaba Vozarrón. Estaban Pablo Rodríguez, Sebastián Schon, gente que anda pululando por ahí. Era una música medio jazzera pero me sirvió un toco, aprendí un montón. Tenla una indefinición total, porque al mismo tiempo tocaba en Savage. Ahí hacía música disco que me fascinaba, me reventaba la cabeza.

Gustavo Cerati

 

♣En las fiestas del Arca de Noé hacía canciones que inventaba en el momento. La gente iba, bailaba y no le daba ninguna importancia. Yo hacía lentos y cantaba versiones inventadas.

G. C.

♣A los nueve años empecé a estudiar guitarra y era medio como el músico del colegio. Iba al San Roque, en Villa Urquiza. En realidad mi barrio era Villa Ortúzar, pero como me daba un poco de vergüenza el nombre decía que vivía en Belgrano o en Urquiza, según para dónde arrancara. Dibujaba comics y pasaba mucho tiempo en la calle. Era muy revoltoso de pendejo: me acuerdo que una vez, en la iglesia del colegio, eructé cuando todos estaban comulgando. Fue así, a lo guarango, medio de fanfarrón; es que yo dirigía el coro, que estaba lleno de chicas y no sé, el eructo fue un impulso viril. El cura me echó y casi me excomulga. Entonces me fui a un certamen de la canción navideña que organizaba Canal 9 en el Coliseo y lo gané. Carlos Cutaia y León Gieco estaban en el jurado.

G. C.

♣Yo estaba en una mano medio Flores en esa época. Tenía un amigo que vivía ahí, tocaba blues y era amigo de Pappo. Entonces yo me había volcado medio para ese lado, para el lado más rockero. Y a Zeta lo miraba medio raro, como que me parecía que era de otro extracto. Era un poco prejuicioso yo.

G. C.

♣Tenía una novia medio moderna que había venido de Bélgica y sabía mucho sobre grupos nuevos. Tashi me acon­sejaba sobre la manera de vestir y los grupos, conocía a algunos muy novedosos. Lo que más me gustaba era la mano medio Police, era un fanático absoluto. Cuando tocaron en New York City los corrí hasta el Sheraton para pedirles autógrafos. De golpe, en el tumulto me encontré con Sting. Tengo una foto que es genial: está Sting y mi cara, así, saliendo. En realidad la hice ampliar para darme importancia.

G. C.

SOY MODERNO

En una casa con jardín y parrilla de la localidad de City Bell, cerca de La Plata, dos grupos locales, Marabunta y Las Violetas, decidieron fusionarse. De la reunión de ambos nació Virus, inspiración de los hermanos Moura, de Federico en particular. Su madre tocaba el piano y el padre, abogado, había dejado de trabajar a los cuarenta años para dedicarse a remodelar su casa.

Durante la década anterior Federico había participado en la Cofradía de la Flor Solar —legendaria comunidad y banda de rock de La Plata—, y también en un grupo con Daniel Sbarra, más adelante integrante de Virus. Luego vivió en Estados Unidos y Brasil, y al comenzar los ‘80 volvió a la Argentina.

Instalado en Buenos Aires abrió Limbo, un negocio de ropa en la galería Jardín que fue un lugar de encuentro para cierta vanguardia de la época. También trabajaban allí Julio y Marcelo, los dos Moura menores. Diseñaban, cortaban, vendían. Ellos se habían quedado en La Plata y todos los días hacían en ómnibus el extenso trayecto. Algún tiempo después Federico volvió a vivir a City Bell y entonces se largó la banda.

—Federico está armando otro grupo de música y necesita a alguien que lo ayude con las letras —le comentó un día Daniel Melgarejo a Roberto Jacoby. Melgarejo hacía diseños e historietas para el fanzine español El Víbora y Jacoby trabajaba en publicidad.

Moura y Jacoby se encontraron en el bar de la Galería del Este—se habían conocido en Limbo— y charlaron durante varias horas. Jacoby llevaba algunos poemas que había escrito tiempo atrás y Federico tenía un par de letras, entre ellas “Soy moderno, no fumo”, escrita por él y la cronista de modas Felisa Pinto.

Días después Federico tocó el timbre del departamento de Jacoby, en Congreso. Jacoby había trabajado bastante sobre la letra de “Soy moderno…”. De a poco Federico fue descubriendo las diecisiete marcas de cigarrillos fundidas en el texto. Comenzaron a reunirse a menudo a tomar vino blanco y discurrir largamente sobre estética y arte, sobre moral, sobre música.

Federico llevaba su guitarra y componían juntos. Una madrugada volvió a su casa con varias letras para musicalizar con el grupo. Traspapelado, se había llevado un texto escrito en broma por Jacoby, una sátira a las canciones en castellano que, por las dificultades del idioma, rimaban en on.

Los Virus le pusieron música y un estribillo. El resultado fue “El rock es mi forma de ser”.

♦Siempre hacíamos música en nuestra casa, todos los hermanos. Cuando quisimos comprar instrumentos para el grupo, con Marcelo nos pusimos a pintar casas. Después de cuatro o cinco trabajos así nos fuimos con Quique y Mario a Nueva York y compramos de todo. A Marcelo le tocó el piano.

Julio Moura

♥Vivíamos en City Bell, hacíamos mucho deporte y estábamos bronceaditos. Nada nos gustaba más que estar todos juntos allí, tocando. Éramos como cerrados, más allá de la música, y nos gustaba estar juntos. Nos recuerdo en el ‘80 con vaqueros, camisa y corbata, una osadía total que hoy es careta. Usábamos ropa militar, pantalones anchos, cosas de seda, cosas que en ese momento eran completamente extrañas. Musi­calmente era lo mismo: hacíamos algo que no era lo que se escuchaba aquí.

Marcelo Moura

♠Los Virus ya estaban ensayando. A Federico le encantaban las músicas pero no estaba muy convencido de las letras. Empe­zamos a trabajar juntos. Lo que a mí me salía con los textos era una cosa de juego, no me interesaba hacer letras importantes sino algo que me gustara, que me resultara divertido leer. Era lo mismo que ellos hacían con la música, que era la que bailaban o la que les divertía. Muchas de las canciones son como cajas chinas: tienen muchos niveles diferentes de lectura.

Roberto Jacoby

LOS DÍAS DEL MUFERCHO / BUÑUELOS DE RICOTA

El inicio de la década encontró a Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota desperdigados por todo el país. Skay Beilinson y la Negra Poly administraban un campo en Salta. El Indio Solari vivía en Valeria del Mar. Algunos otros Redondos continuaban en La Plata, donde el grupo había comenzado a celebrar sus fiestas a mediados de los setenta.

El golpe de Estado de 1976 los había dispersado pero todos los años se reencontraban, generalmente los 28 de diciembre, en referencia al Día de los Inocentes. La modalidad era alquilar entre todos un teatro y armar espectáculos.

Un profesor de física conocido como el Gordo o el Docente horneaba buñuelos de ricota y los repartía en canastos entre el público. Vestido de sultán, inmensamente gordo y equívoco, el Docente tenía una corte de efebos que lo auxiliaba en sus tareas culinarias. Desde una tienda montada en el escenario se suponía que el equipo cocinaba los redonditos de ricota.

Oficiaba de presentador en los eventos Sergio Martínez, el Mufercho, y solía participar de ellos el hermano de Skay, Guillermo Beilinson, amigo de Marta Minujín.

El festejo de 1980 se hizo en Buenos Aires, en el Teatro de la Cortada, con El Circo Mágico de Robertino Granados. Completamente tapado por diarios, el Mufercho abrió el show acostado sobre el escenario. Cuando el público terminó de entrar a la sala se puso de pie, vestido apenas con un taparrabos.

—La Casa Hirsch no me quiso alquilar el traje —comenzó.

Inmediatamente empezó a sacar papelitos de una bolsa que llevaba atada al taparrabos y anunció a los artistas. Un populoso y heterogéneo coro rugía “Mariposa Pontiac” y “El gordo tramposo”.

Los monólogos del Mufercho incluían citas de El almuerzo desnudo de William Burroughs y textos de Heidegger. Sus shows eran interminables y las más de las veces la Negra Poly, manager y novia de Skay, debía inventar artimañas desde bambalinas para arrancarlo del escenario. Le chistaba o lo invitaba con un vaso de ginebra hasta lograr que Sergio diera paso ...