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CUENTOS REUNIDOS

Juan Sasturain

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Fragmento

Prólogo

La materia de los cuentos de Juan Sasturain es íntima y diversa, una que otra vez secreta. Se puede intuir o sospechar el impulso real, el motivo preciso, la acción y el desarrollo imaginado desde el comienzo como aquellos en los que reclamamos y relacionamos a las primeras aspiraciones, misiones y logros de la literatura, con quienes tratan con alevosía de asistir y participar del rito, de la ceremonia. De residir y resistir en ella, de despertar interés y admiración, de hacer algo decisivo con lo que imaginamos: imaginar y escribir, sí, presentar y representar, pero también robar, saquear, tomar prestado. En fin, en pocos casos como en este (y el propio Sasturain escribe sobre “casos”), el llamado de un estímulo y una pasión coinciden tan plenamente. El pulso y las pausas del estilo remiten, en efecto, a una constancia y una ejecución acordes con ideas a la vez establecidas y disparatadas, con un ejercicio inquebrantable y alterado del acto de escribir, con una voluntad, un oficio, una vocación. La experiencia que se inventa o se evoca nos persuade y tranquiliza. Sobre todo, gracias al tiempo que habita y distorsiona —perfeccionando en situación cada una de las historias— aceptamos, después de leerlas, el propósito y el salvoconducto que concede como ventaja la lectura, su condición de vehículo de placer e intensidad ponderables. Se agradece estar de acuerdo con ráfagas de una actividad donde “arte y orden”, como anota Grieco y Bavio, “no embotan agudeza y contundencia”. Formulaciones de esta índole no se doblegan indefectiblemente a las afirmaciones volátiles y erráticas de algún crítico literario o, peor, de un teórico afianzado en cada una de sus improbables afirmaciones y caprichos, con sus fórmulas a mano todas juntas, con sus autoridades a mano tan familiares y repetidas. Con su magisterio de nombres/autoridades o amuletos. Con su Bajtin, su Foucault y su Benjamin bajo el poncho. Ese (The) smiler with the knife under the cloath, que tanto le gustó a Cortázar detectar que Borges traducía “venirse con el cuchillo bajo el poncho”, encontrado no al azar en Chaucer.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Por eso también, para empezar, nada mejor que una teoría en forma de relato.

Teoría universal de la infancia

Todo escritor que nos importa extrae de la infancia el mapa mudo de su imaginación narrativa: el abecedario de sus balbuceos, el eco previo de sus imprecaciones. Mapa mudo, para quienes toman el recaudo de borrar de su memoria la imaginación de los primeros trazos (ya no se trataba de palotes, escuela primaria, en la infancia que nos tocó en suerte) era el mapa sin referencias, negro —de una especie de pesado hule—, donde nos costaba, donde nos daba trabajo, escribir con tiza los nombres anteriormente buscados, encontrados y memorizados. Trabajo daba escribirlos, tiza de más, tiza de menos, y hasta borrarlos, tan arduo como el mapa de hule los materiales en juego del pasado. Voy a llamar a Sasturain, Sastu o Juan, no por familiaridad con él, con el sujeto de marras, sino con la brevedad que tan poco me tienta y conviene y con la voz narrativa (“algo que se extiende desde la nuca hasta la parte dorsal de las rodillas, sin pasar por la garganta”, como dice un escritor que no me gusta, para distinguirla de la otra)...

En Sastu un matiz soterrado oír se deja de veterano pueblero, que afirma e interroga sin cambiar de renglón en la charla, con una malicia en falsete que nada tiene de adicional…, sino que va, propia y directamente, del oído a la voz, ya que ese buen oído del narrador nada tiene de puiguiano: es una expansión que toma en cuenta incluso el escaso valor de la sabiduría popular sofrenada, expuesta a la improbabilidad de los refranes y agravios vespertinos. “Clarito, trara”, como enseñó el polemista de Gorchs. “Una dame que la meto”, pidió con gauchesca, postrera exactitud Benedetto después de meterle el gol a Huracán.

La lectura de la infancia que expuse a medias, a su vez, no expulsa nada (vendrá después, si viene, el arte de sacrificar la enseñanza de lo que era, ya no es más, ni por broma, “el libro de lectura” por la elección furtiva de una inclinación temprana). Solía ser, cuento a los jóvenes, una especie de catálogo o antología de título resplandeciente y optimista, que no perseveraba en otros más que en Juana de Ibarbourou y Olegario Andrade y tenía el defecto viejo de la pedagogía que consistía en “dar ejemplo”, no trabajo. A su vez, los nombres, los que se recaudaron en la infancia una ventaja única de perder, la que, en una lectura malintencionada, se despejaría para confinar (a una especie de contenidismo rufianesco, a un populismo sin teoría política), ponen en funcionamiento una vez más por lo menos dos sistemas. No se trata de las listas que arremolina solo el avispero intencional de los sentidos y la adherencia (Yotivenko, Premolarsky, Seguro, el complemento automático que el nombre de bautismo de Sastu implicaba como rebote después del nexo: Pinchame). Otra lista se yergue y recorta al lado, incivil, irreflexiva: el Poynton que no remite a Henry James (cuyos despojos están tan lejos de esta escritura llana pero no por eso menos resonante), las categorías gramaticales y sintácticas de la clase de Lengua (o Lenguaje) de esa primaria escuela (subjuntivo, defectivo), la de los nombres implicados por proximidad y distancia, constitutivamente y constitucionalmente, con la patria: Chassaing (en apariencia alejado de “la bandera idolatrada”), French y Beruti (mucho menos de la escarapela), Roque Sáenz Peña (equidistante de la democracia y las elecciones). Tan defectivo como transgredir es abolir. Por suerte, Sastu permanece ajeno a la eficacia impugnadora de ambos.

Hace poco me di cuenta de que una publicidad ponía en boca de una locutora las palabras del poema más detestablemente desmoralizador (por moralizar) que conozco: “Si…”, ese si condicional sin tilde, de Kipling, poeta y narrador en ejercicio de una de las voces más… Y sin embargo, es casi un anatema mencionarlo, por su chovinismo estridente y estelar. Auden ya se abstenía de juzgarlo por ese motivo, porque era, en suma, un escritor sin igual. “El tiempo que es intolerante,/ con el audaz y el inocente,/ y en una semana indiferente,/ ante un hermoso físico,// adora los idiomas y perdona/ a quienes les dan vida;/ perdona vanidades, cobardías,/ y pone los honores a sus pies.// El tiempo que con esta extraña excusa/ perdonó a Kipling sus ideas,/ y habrá de perdonar a Paul Claudel,/ perdona a los que escriben bien.”

Por algo que desde hace años queda mal destacar, y por todo lo contrario, Sastu se parece un poco a él, a Kipling, y la única culpable es una virtud descartada tiempo atrás, que nada tiene que ver, en la acepción que voy a usarla, con la lateralidad. Es la destreza. Cualquiera puede apreciarla leyendo sus cuentos y poemas (Kipling escribía también cuentos y poemas; la admiración sin reservas de Borges y Eliot, a pesar de nuestra destitución de las jerarquías “clásicas”, algo revela).

Sasturain se encuentra mejor en sí mismo —en esa infancia reveladora que aporta voluntaria o involuntariamente cada cosa, cada caso— que en los muchos escritores que conoce. Una vez, tuvimos que interrumpir una charla de sala de espera que las situaciones inventan para que Stevenson hiciera pie, mucho después, en otro lugar distinto. Terminó de contar esa historia desde el comienzo, que no era ya Vailima ni Saranac sino un escenario parecido a una cubierta, de la que podía extraerse sin riesgo el sujeto para seguir la marcha de los predicados, mucho después, en un congreso de literatura policial.

Stevenson, cuya estatura, bigote y calma ronroneante imaginaba Juan mejor que nadie, como si hubieran hablado con él en la callejuela donde vivía el doctor Jekyll y se hubiera despedido en la playa de Falesá, empezaba ya a ser otro hombre. Sastu lo conocía tan bien porque el protagonista, en un momento, dejaba de ser Stevenson y era ya el otro hombre flaco, alto, de bigote y serenidad semejantes, que contaba otro tipo de historias, instalado en el siglo XX, problemático y febril, y las contaba seguramente con menos palabras. (De las de su marido, la viuda supérstite de Robert Louis Stevenson, la mamá de Lloyd Osbourne, se anima a declamar en uno de los tres prólogos de El señor de Ballantrae, que la sonoridad implícita del título sugiere la suave duplicidad del personaje descrito con tantas palabras como las que hoy se emplean sólo para la descripción del sabor de la turba en un whisky de buena malta y mala muerte, válgame dios.)

Y ese relevo sobre la marcha del personaje, una especie de trajín que ponía en juego las condiciones de falsa improvisación de Sastu, sus dotes retóricas de iniciado sin curiosidad, daba el ucase al ex agente de la Pinkerton, Dashiell Hammett, cuya biografía soy incapaz ahora de encontrar, pero cuya muy estudiada coincidencia con Stevenson Sastu conocía de memoria: el año que Stevenson murió, 1894, fue el año que nació Hammett. Pretexto cronológico ideal para la sustitución en medio de una escena.

No se advierte en lo inmediato el parecido entre Stevenson y Hammett. Hay que ser algo más que un crítico o un teórico, una especie de comparatista práctico con fines de lucro incesante, cuya recaudación es una comparecencia de observaciones al final del día, un escritor verdadero, que es lo que Sastu es, para darse cuenta. Y la semejanza no reside en los recursos de estilo —aunque Stevenson, más que Hammett, supo ligarse en los ensayos a una conciencia de estilo pareja y con los sobresaltos mínimos, provocados efectivamente por emergencias sustantivas del acontecimiento— para detectar la continuidad, la suave continuidad con que ése pasa de cierto tipo de relatos —de aventuras, de coraje, de cobardía, de espadachines y piratas, de doblones y mapas de tesoro— a los otros —de aventuras sin desenlace, de trofeos sin eficacia, relieve o valor, de investigadores sin pesquisa— para que se luzca, opaca, íntima la aventura (y la escena) distinta, verdadera. En esa intimidad, que Borges aparatosa y genialmente encontró también en el cuchillo, ya no bajo el poncho sino en la relación entre el enamorado y la muerte, se cifra un parecido sin veleidad ni pleitesía.

Sin embargo, hay un parecido entre ambos, advertido también por el relato de Sastu con mucha habilidad, y es que se dejan contar en términos establecidos en apariencia por sus relatos. Vale decir, Stevenson “contagia” a su mujer y a su hijo adoptivo (con quien escribe a medias una novela, The Ebb-Tide o la pleamar o La resaca, pero que yo leí en la infancia como La isla de la aventura, como continuación de la del tesoro, como si la palabra “isla” bastara para la continuidad y la complicidad narrativa). Hammett, por su parte, contagia a Lillian Hellman, compositora del extraordinario prólogo de The Hammett Omnibus, donde cuenta una anécdota ejemplar, digna de la literatura pedagógica y educativa que intentamos obliterar (no es verbo defectivo).

La cuento tan mal como la recuerdo, porque tampoco encuentro el libro ahora que lo necesito. Cuando se trata de contar historias —confieso, parafraseando a don Cacumen—, la lealtad no es mi fuerte.

Dice Lillian Hellman que con las regalías de algunos de sus libros Hammett pudo comprarse algo que había ambicionado y querido tener toda su vida: una ballesta (eran los tiempos que siguieron a El hombre delgado, cuando casi no escribía). La ballesta le costó mucha plata, gran parte de la que había alcanzado a ganar con las regalías, acaso, de Cosecha roja y La maldición de los Dain. Esos objetos tan lindos no suelen usarse, se guardan para decoración y otras disponibilidades de museo que los domicilios, incluso los transitorios y vicarios, empecinadamente se reservan, pero Samuel Dashiell Hammett, que acaso había leído en la infancia La flecha negra de Stevenson y la leyenda de Guillermo Tell, no tenía por los objetos una veneración quieta. Se pasó la tarde jugando con ella, prestándosela al hijo de unos amigos que habían ido a visitarlos.

Cuando cayó el sol y los amigos se aprontaron para irse, Dash se dirigió al auto de ellos, abrió el baúl y puso allí la ballesta. Lillian Hellman no podía entenderlo, no podía darle crédito al gesto. “Las cosas son para quienes más las desean”, dijo el ex detective que se rehusó también a darle precio y valor al halcón maltés, y había probado ya de mil maneras que podía ser lacónico pero nunca cínico. Como consecuencia adyacente: tampoco el laconismo es algo que podamos ensayar con éxito los prologuistas.

El conjunto de cuentos de Juan Sasturain a primera vista intimida. Al contrario de lo que ocurre a menudo con todo lo que comienza así, no disuade a continuación. Uno tiene interés y curiosidad desde los títulos, como ocurre con todas las buenas colecciones. En el plano de los relatos que este prólogo se propone presentar, no hay una manifestación relativa sino una iteración intensa y cruda, que los ejemplos ayudan apenas a bosquejar y, sin embargo, sólo ellos consienten en emplazar dentro de esos paréntesis icónicos (no irónicos) que cada relato instala. No estoy seguro de que la congregación de ejemplos salpique siquiera este universo narrativo/el universo narrativo de Juan, los incluyo por detallismo inocuo o pura pedantería. Ocupan sectores o secciones, y ciñen las tramas y argumentos a una “prenda” (como cuando uno toma o es condenado a una): la de un gol que ataja o no un presidente, la de un botín que llega o no a su destino, la de un blackout que tarda en provocar su incidencia colateral. Los tributos y homenajes, cuando involuntaria o quizá más voluntariamente que nunca se dirigen (a Hammett, a…), encuentran también el desvío pertinente (a Walsh, en este caso).

Una rara condición de la escritura de estos relatos —rara, de verdad rara— es que cualquiera creería que puede reemplazar a quien los escribe porque no advierte —tarda de verdad en hacerlo— que las palabras se adecuan con tanta “naturalidad” a un propósito narrativo que está habitado —tranquilidad— por la sensatez. Nada menos cierto. Hay locura en el método. No soy quien para analizarla, pero puedo ayudar a detectarla con fruición, porque, a causa del placer de su elaboración/percepción, constituye, creo, uno de los mejores recursos: provoca los reveses, los vuelcos, y con una especie de falta de deliberación graciosa, los desenlaces “imprevistos”. Es, de alguna manera, el núcleo duro de su imprevisibilidad. Me propongo demostrarlo.

Todo escritor que nos importa extrae de la infancia el mapa mudo de su imaginación narrativa. Va de nuevo (como decía Lennon): dios es un concepto que medimos a partir del dolor. En esta clasificación siempre insegura e incompleta, tan capciosa como la que le gustaría a la familia de Seymour Glass, hay escritores como la tía Mimi, de Lennon, quien famosamente advirtió al poco meritorio poseedor de una medalla de distinción del imperio (por haberle proporcionado a éste tantas divisas como el tweed): “Lo de la guitarra está muy bien por un tiempo, John, pero no te creas que te vas a ganar la vida con eso”.

Sin ir más lejos, un escritor “tía Mimi” es Joyce, por ejemplo, a quien tanto le costó ganarse la vida sin guitarra (aunque un retrato de juventud lo muestra “templándola”, eso que Borges cuenta que Macedonio hacía con ella: afinarla, meramente, sin llegar a tocar nunca). Nabokov decía, cuando le pedían conformidad para compararlo con Conrad, que difería del polaco “conradicalmente”, que las historias del autor de Nostromo eran para niños y adolescentes ensoñados. Joyce se queja de Pushkin, tan luego, el adalid de la literatura rusa. Les parecían escritores para una etapa determinada de la vida. Para no abundar: a ambos cierta literatura que leyeron en la infancia les resultaba, mirada retrospectivamente, insignificante. Por eso se afirma a veces que los mejores narradores no son estilistas. Pero Stendhal y Trollope, por ejemplo, o Verne, tienen un manejo único, ajeno por completo al regodeo verbal. O no tanto: atento a otro tipo de regodeo palabrístico.

Uno se pregunta si esa altísima concepción del estilo que se reservan Joyce y Nabokov no es, en el fondo, una puerilidad, en el sentido más amplio y virgiliano: en el de cierta castidad informe, indeterminada, polimorfa… Un postulado, en el fondo, definitivamente enemigo, adverso, en contra de nuestra teoría de la constitución del universo literario, ajena y adversa a nuestra teoría universal de la lectura. En la infancia.

A veces, como en mi caso, la fantasía de escribir un prólogo apela a otra condición de la lectura infantil, la que se apropia de giros y expresiones de otros, leídas y amadas en otro tiempo, para sobrevivir y darse ánimo. “Tengo para mí” es algo que siempre quise, y muy pocas veces tuve la suerte o la oportunidad de poner, de escribir. Tengo para mí que este libro es el volumen donde todos estos cuentos leídos y evocados desde mi pantalla avara se volverán un objeto sólido, solícito, tan obediente, amable y esquivo como los fetichistas de los libros nos ufanamos de tener a mano y, aun así, seguir codiciando.

Luis Chitarroni

Con tinta sangre

Con tinta sangre

“...la escribiré con sangre / con tinta sangre / del corazón.”

Benito de Jesús, Nuestro juramento

En tu recuerdo es más fuerte o cercano el sonido del mar, el Caribe se mueve en la oscuridad, es algo vivo, un gran animal echado que murmura y se agita en sueños más allá del malecón o a los pies de la terraza del club donde ella dice:

—Piensa que es el mismo mar, chico. En New Orleans o aquí...

—No es lo mismo —porfías—. Eso pasa solamente en los mapas.

—No entiendo los mapas.

—Son una cosa grande y celeste con algunas excepciones...

En el recuerdo, ella ríe y brillan sus dientes en la penumbra. No hay tantas luces como ahora, Santa Bárbara está más oscura y vacía en la memoria, hay rachas de olores violentos a pantano, las estrellas son bajas, el espacio abierto desparrama las voces y la música se deja llevar de un lado a otro de la isla.

En tu recuerdo los uniformes blanquean cada noche a lo largo de la ruta costanera todavía de pedregullo. Te escapabas de la base, se escapaban agitados, de a dos, de a tres cada noche, con un puñado de dólares para la complicidad de la guardia y un poco más. Y cuando recuerdas todo está más lejos. Este camino que se escurre fácil ahora bajo las ruedas y te deja pensar era más largo: casi cinco kilómetros andando bajo la luna entre risotadas y empujones por el malecón hasta el Guayaba Club, la penúltima luz de la costa antes del faro de Santa Bárbara, el resplandor rojo contra la noche tropical.

En el recuerdo también está más fresca la noche, las noches sucesivas que evocas como una sola. Por la ventanilla del automóvil sientes la misma antigua brisa que erizaba de excitación tu nuca húmeda y rapada de soldado mientras estacionas en el raleado cercado de palmeras y hay demasiado lugar para un viernes, aunque ha de ser temprano. Los horarios de Santa Bárbara han cambiado en tantos años. Los tuyos también, y no sólo eso.

Pisas la grava, la reconoces. Deberías escuchar una música que antes sentías brotar del edificio blanco pintado a la cal entre los árboles, como una respiración, el latido unánime de una esponja, pero no oyes nada aún. Te detienes un momento ante el resplandor opaco del neón que pone Guayaba en rojo, parpadea Club en amarillo. Un cartel ofrece atracciones desconocidas, apellidos en tres o cuatro idiomas, exagera como antes. Pero estas mentiras te interesan menos.

—Buenos días, mi sargento... —saludas ritualmente.

El colorido portero que aún no ha terminado de abrocharse la librea es joven y otro:

—Buenas noches, señor —te corrige formal, sin sonreír.

No tiene por qué saber que el saludo era la contraseña trivial para hacer la noche más joven, la fiesta interminable.

Entras al club como a una iglesia. La mujer gorda, vieja y demasiado pintada que recoge tu impermeable en el guardarropas apenas si levanta los párpados. Te entrega una ficha nacarada que reconoces y por el número bajo y gastado sabes que eres de los primeros clientes de la noche. Adentro, nada que no sea olvidable ha cambiado pero la sala semivacía te resulta pequeña. Acaso porque aún no está todo preparado para recibir a los habitantes de la noche. Pero el olor es igual. Tal vez algunas de las sillas que esperan todavía invertidas sobre las mesas más lejanas tengan las patas flojas y acaso en el pequeño escenario donde alguien se prodiga con cables y micrófonos haya menos espacio, saturado como está por una batería de demasiados parches y parlantes grandes como armarios. Piensas que el sonido de todo eso debe ser muy fuerte ahora, diferente de aquella intimidad, aquel susurro:

Acércate más / y más y más... / Pero mucho más...

Primero era sólo la voz, y luego entraba ella. Almita. El spot la buscaba, vacilaba hasta quedarse allí, junto al cortinado. Ella apenas movía el extremo de la gruesa tela carmesí y se deslizaba como por un suave tobogán hecho con su propia voz hasta quedar en el centro de la luz, diciendo, prometiendo rencor, esperando ternura en letras de bolero. Almita Velázquez no cantaba: las palabras se caían apenas de su boca, se derramaban mentón y cuello abajo, la acariciaban chorreando el cuerpo nuevo y sabio que se hamacaba sólo lo necesario.

En tu recuerdo ella casi balbucea, y el ritmo que la sostiene vibra en un escobilleo lento sobre el parche más tenso, como si alguien acariciara un gato electrizado a contrapelo, gotea despacio y espaciado en las tumbadoras y fluye en esa maraca rumorosa que Almita acuna contra su pecho mientras hace susurrar las semillitas rojas y verdes que imaginas en su interior, la limadura de vidrio. Y recuerdas, y la piel se te afloja, sientes que te queda holgada, como si fuera papel húmedo que se va secando al sol de su voz:

Y bésame así / así, así... / como besas tú...

Y allí, como si caminaran sobre el teclado en puntas de dedos, entraban los acordes bajos, separados como suspiros, que ponía Johnny Spinoza para que ella respirase, todos respiraran...

—Caballero...

Te han sacado del recuerdo con voz profunda, inolvidable. Te das vuelta y es él. No ha cambiado demasiado. Los mulatos envejecen raro, y los gordos. El Milpalmeras ocupa más lugar que antes tras la barra. Está ahí, el busto de un emperador romano menor en un pasillo del Louvre, y te mira como si tuvieras la cara un poco más adelante: sus ojos no te tocan, no llegan. Es la vieja mirada de barman, rasgo de oficio.

—No hay nadie —dices casi sin pensar.

—Es temprano —interpreta él y se ocupa clásicamente de limpiar cosas limpias, te da la espalda un momento.

—Es muy tarde —murmuras.

Pero no te ha oído.

Te encaramas en el último taburete, lejos de él y de la caja, y lo miras deslizarse por el estrecho espacio entre la barra y la fila de botellas como en una trinchera, como en un estuche que le queda cada vez más justo. Es una gran bola de bowling, negra, blanda y sin agujeros, que se mueve lenta por la corredera. Se acerca, ya viene. Ha cambiado la vieja camisa estampada que le dio el apodo por un esmoquin morado que hace años no puede abotonar.

—Caballero... —recomienza.

—Whisky doble, Milpalmeras.

—Bien.

Ni un gesto, nada que indique que te ha reconocido. Mientras descorcha el Old Black te miras en el espejo entre botellas semillenas. El bigote espeso y oscuro, el cabello ralo y largo, las gruesos y apresurados anteojos te han convertido en otro hombre.

Te sirve una medida generosa; acierta y no pone hielo.

—¿Cómo anda todo? —dices casualmente, como si ayer no fuera hace veinte años.

—Bien... Y tú, cómo.

No sabe quién eres pero te tutea.

—Mal, pero acostumbrado.

—Eso está muy bien —dice.

No sonríe, y crees recordar que sonreía. Crees recordar. Pero él no quiere.

—No me reconoces, Milpalmeras... —y te expones a la luz cenital como un pez de acuario.

Notas cierto brillo contenido en sus ojos pero él agita la cabeza, asegura que no y no.

—Piensa, en el sesenta, cuando levantaron la base americana... —dices.

Buscas bajo el vidrio de la barra entre las fotografías que registran la desordenada historia del Guayaba Club. Hay una mesa ruidosa de soldados, mujeres y botellas. Son demasiados.

—Soy uno de éstos, seguro...

—¿Tú estás aquí, chico?

—Ahá... —y te empinas el whisky con decisión impostada—. Solíamos venir con los compañeros todas las noches, cuando cantaba Almita Velázquez.

Y se la señalas como a un niño en el retrato coloreado donde muestra antiguas piernas junto a galanes cantores de bigotito recortado y combos con blusa floreada de mangas anchas.

—Almita, claro... —asiente Milpalmeras y desvía la mirada hacia el escenario, a tus espaldas:

—Esa chica también es buena, sabes... —dice.

Ni siquiera te vuelves, la miras por el espejo.

Ante dos o tres mesas ocupadas, una rubia muy joven comienza a decir The Man I Love con los hombros desnudos y las manos perdidas en el piano. La escuchas hasta que llega al estribillo, frasea prolijo.

—No como Almita —dices y adelantas el vaso.

—Claro.

Te sirve y te deja la botella cerca, a mano. La barra está vacía.

—¿Cómo te llamas tú? —se atreve.

Lo miras a los ojos:

—Carter... Bill Carter.

Asiente pero no te recuerda. Demuestras vocación de ser preciso:

—Yo era amigo de Bradley, de Bradley Ortiz...

—Bradley... —se ilumina apenas, por primera vez—. De él sí me acuerdo, chico... ¿Qué ha sido de él? ¿Lo ves tú?

—Lo veo, a veces.

—Erais varios de New Orleans, creo recordar...

—Sí.

Te empinas el whisky otra vez y no llegas al fondo; pero llegarás. Se hace un silencio breve luego del último acorde del piano y la rubia se dobla en una reverencia excesiva para juntar del suelo los pocos aplausos que le han tirado. Desvías la mirada en el espejo y te encuentras otra vez con las piernas de Almita.

—Bradley estaba enamorado de ella, Milpalmeras.

El mulato va de las piernas de Almita a tus palabras, a lo que recuerda o no de Bradley y menea la cabeza: no te cree.

Por primera vez le ha cambiado la mirada y ya no mira delante de ti sino más atrás, dos centímetros detrás de tus cejas, exactamente:

—Bradley era un pendejo, chico... —sentencia—. Tuvo su momento pero Almita le quedaba grande. Grande de vida, de edad. Era demasiada mujer. Y no para él.

—Tampoco para Johnny Spinoza.

—Tampoco —confirma y se arrepiente de inmediato—. No era para nadie, entonces... Tal vez no era para nadie.

En la pausa que se produce sientes que cada uno vuelve secreta y vertiginosamente al pasado, y no a cualquier momento sino a uno en particular que no es necesario nombrar.

—Esa noche... —dices, sin embargo.

—¿Estabas tú? —te interrumpe.

—Estaba con Bradley pero me fui enseguida porque había que madrugar; nos embarcábamos muy temprano para Maracaibo. Él había jurado que no se iría sin ella, Milpalmeras... —tratas de convencerlo con golpecitos de tu vaso otra vez vacío contra el vidrio—. Bradley estaba dispuesto a todo... Sentía que el viejo Johnny Spinoza no podía ser un obstáculo entre los dos... Ella le había prometido que...

Algo, leve y duro a la vez, cruza como un pájaro, la sombra de un pájaro ante los ojos del mulato:

—Johnny no era un obstáculo, chico... Ella era su mujer y él era mi amigo, casi mi padre. Un “obstáculo” dices... —y la palabra se dibuja en los labios del Milpalmeras como si la amasara para hacer un globo con ella—. Él me trajo aquí de lavacopas cuando yo era una mierdita, sabes... Y mírame ahora.

La gruesa mano del barman te cae sobre el hombro con el peso de una confesión. Está hablando de algo de lo que no suele hablar y le interesa que lo sepas.

—Mírame ahora —te invita otra vez.

Lo ves. Estás a punto de preguntarle cómo y por qué ha pasado de la camisa al esmoquin pero no te dejará:

—¿Sabes que murió en mis brazos el muy cabrón de Johnny?

Claro que lo sabes:

—Me lo ha contado Bradley, muchas veces...

Al decirlo sientes que estás por tocar fondo, que en realidad has venido por eso y para eso al Guayaba Club después de tanto tiempo.

Insistes en los detalles:

—¿Cómo fue en realidad, Milpalmeras? ¿Dónde estaban sentados esa última noche? —y giras tu cuerpo y tu mirada por todo el salón, como buscándolos en el lugar y en el tiempo.

Él mueve los ojos, apenas esboza una dirección con el mentón, pero te indica sin dudas el último reservado, casi al fondo, junto a los lavabos.

Te levantas del taburete. Pareciera que una curiosidad casi morbosa te lleva hasta allí. Todo ese sector del salón está vacío. El cuero del tapizado es viejo y la mesa tiene muescas que la mugre y el tiempo han equívocamente prestigiado. Cuando te das cuenta, el Milpalmeras ya está a tu lado, ha abandonado la barra para acompañarte y señala el suelo junto a tu pie, a un costado del asiento:

—Mira, Carter: ahí están todavía las manchas —y te muestra los borrones oscuros, sombras en la madera.

—Sangre...

—Tinta.

No te dará tiempo a la objeción.

—Tinta, chico... —reitera Milpalmeras—. Eso era lo que Johnny quería decir o al menos dijo aquella noche.

El mulato regresa caminando hacia la barra agitando la cabeza y no sabes si sonríe, llora o simplemente se balancea como un oso escéptico o memorioso.

Cuando te vuelves a acordar tienes otro doble servido y el Milpalmeras empina su propio vaso:

—Johnny tenía imaginación... Sabía qué inventar.

—No es muy imaginativo morirse.

—Tenía imaginación, chico, la tenía... —te explica casi paternal—. Para retener a una mujer como ésa Johnny tuvo que pelear con ingenio; él sabía cómo y supo ganársela.

—Hasta que la perdió.

No te oye, está más atento a su cuidadoso recuerdo:

—Piensa que Johnny Spinoza tenía sesenta años cuando encontró a Almita, y ya había sido muy famoso, sabes. Ella no se levantaba así del suelo cuando él ya tocaba con Cugat o grababa con Manzanero al principio de todo, te digo... Johnny era un artista, Carter. Este club se lo montó con el dinero que cobró de los gringos de la CBS; más de cien boleros compuso Johnny, oye... Lucho Gatica, Prieto, Los Panchos, Javier Solís, todos le grababan. Hoy ya no se escuchan casi, con la moda de la salsa y todo eso... Pero ganó mucho dinero, chico. Claro que nada alcanzaba para ella en aquella época...

Te parece descubrir algo nuevo en la voz del Milpalmeras; pero es apenas un quiebre, una astilladura en el sólido cristal:

—Bradley creyó, esa noche, que ella quería o podía irse con él... —dices como si temieras apagar una vela al hablar.

—Ella... Almita estaba muy pasada de todo... —y el barman carga una ilusoria, generosa raya de cocaína en el dorso de la mano, esnifa y parpadea—. No le alcanzaba el dinero de él y necesitaba otras fuentes, otros hombres de recursos, chico... Todos estaban locos por ella y Johnny lo sabía.

Asientes, casi insensiblemente asientes. Es como el reconocimiento de una verdad que no sospechabas tan importante o tuya. Pero el mulato ahora ha cambiado de tono y vuelve a zonas más blandas:

—Johnny tenía imaginación, chico... Cada vez que ella lo chantajeaba con dejarlo, usaba la imaginación. Y yo lo he visto todo aquí. Una vez, cuando compuso el bolero Lágrimas de hielo, ella lo había abandonado o estaba por dejarlo por un galán de la televisión portorriqueña. Y verás lo que hizo Johnny, Carter...

El Milpalmeras monta la escena con dos gestos, diluye el tiempo para ti, lo hace presente.

—Una tarde Johnny trae la partitura con la letra del bolero nuevo y va al piano, la invita a sentarse con él, le ofrece un whisky doble como el suyo, le pone dos cubitos y empieza a jugar con los acordes, así... —y los dedos del mulato van y vienen por el borde de la barra—. Canta la primera parte con esa voz cascada y suya, y mientras ella está bebiendo le dice: “¿Sientes un sabor salado?... Son mis lágrimas, nena. Las he derramado y conservado para ti, ingrata”. Terminó el bolero y ella se quedó dos años más...

Milpalmeras se emociona y tú sientes el whisky curiosamente amargo o salado quién sabe por qué lágrimas.

—Y cuando se iba a ir con el petrolero le hizo otra canción —insiste el barman—. Se llamaba Deberías dejarte los guantes y para la noche del estreno le trajo, de una subasta en Hollywood, los guantes que usaba Rita Hayworth en la película aquella con el Glenn Ford... Bah, no sé si serían los verdaderos pero el petrolero se volvió solo a Dallas.

—Y Bradley se volvió solo a New Orleans... —le insinúas trayéndolo a la noche que te interesa.

Es como si estuvieras amaestrando a un lobo, a una serpiente distraída que no acostumbra hacer lo que esperan de ella.

—Tu amigo no aceptó las reglas, chico... —y lo del mulato no es una opinión sino un diagnóstico—. Por una mujer como Almita había que pagar caro, estar dispuesto a perder algo, sabes... Y ella lo puso a prueba.

—Lo sé —dices; y en realidad lo sabes—. Una semana antes de esa noche le pidió la medalla que el chico llevaba al cuello para hacerse un pendiente de oro...

Te arrepientes de haber usado la palabra “chico” pero ante la mirada entrecerrada del Milpalmeras sigues adelante:

—Bradley estaba muy turbado, ella lo llevaba a terrenos desconocidos; era un muchacho y no concebía la idea del amor como si fuera echarse un pulso...

Descubres en la expresión del Milpalmeras que no entiende.

—Un pulso, una pulseada... —repites y le arrebatas la mano, apoyas su codo y el tuyo sobre la barra y haces fuerza por doblegar ese trozo de hierro que se oculta bajo la manga del esmoquin.

—Un pulso —parece admitir el mulato.

—Para Bradley el amor no era un forcejeo, una cuestión de fuerzas. Para Almita sí. Pedirle esa medalla era una prueba de amor, decía. Y él dudó.

Lo explicas y es como si la duda de hace veinte años estuviera allí, servida en la barra para beberla como una cicuta:

—Bradley le dijo que le pidiera cualquier cosa pero que ésa era una medalla de su madre... Tú sabes. Los soldados tienen algo con la madre que nunca... Pero ella se burló. Y sabes qué hizo, Milpalmeras... —y haces la pausa para darle espacio a la atrocidad, la desmesura—. Le dijo que si él era incapaz de entregar una sucia medalla por ella había quién era capaz de arrancarse los dientes de oro por complacerla...

El barman te mira, entrecierra los ojos, toma distancia de ti, se apoya en un puño:

—¿A qué viene todo esto, Carter? ¿Qué quieres saber?

—Cuéntame esa noche, Milpalmeras... Siempre me he ido demasiado temprano a dormir y me pierdo las mejores historias, suelo enterarme tarde y mal al día siguiente.

Te observa sabiendo que estás atento a sus palabras, y hablará con la certeza de que lo miras hablar:

—Fue muy raro lo que pasó esa noche, chico... —dice e insiste en fregar ensimismado esa barra vacía e impecable—. Johnny estaba improvisando en el piano cuando lo vio llegar, tan temprano y con el pendiente que brillaba como un desafío contra el pelo negro. Y pensó que esa vez la perdía...

—El pendiente...

—Así, pequeñito... —indica el Milpalmeras como si graduara la medida escasa de un valioso licor—. Johnny sabía lo que eso significaba y entonces se jugó todo, apostó una vez más a su imaginación... Y decidió buscar al hombre, bah...

—A Bradley.

—Eso: a Bradley... Johnny sabía quién era ese soldadito pero no le habló cuando lo vio en la barra junto a los demás... —y el barman te incluye en su relato—. Tú estabas, Carter, según me dices...

Asientes:

—Y te recuerdo particularmente serio, Milpalmeras. Me quedé un rato; Bradley estaba aún aquí, algo borracho, cuando me fui a dormir.

El mulato extiende el brazo y traza un arco, un itinerario en el espacio y el tiempo:

—Fue después, cuando ella empezó a cantar, que Bradley siguió bebiendo en el reservado que ya sabes, donde siempre la esperaba... —el brazo se detiene como una flecha indicadora en la dirección correcta—. Ahí fue a buscarlo Johnny. O mejor dicho: primero habló conmigo y después fue a la mesa de Bradley dispuesto a impresionarlo, a hacerlo renunciar.

—¿Dices que lo amenazó?

El barman ya es algo más que el narrador. Es el dueño de la historia, el orgulloso y equívoco testigo:

—Johnny era incapaz de un acto violento, siquiera de una tibia amenaza, chico... Así que montó un número especial para el soldadito. Fingió no saber con quién se sentaba y bebió con él, contó y lloró como ante un confidente ocasional su mal de amores, le habló de los boleros, lo fue ablandando... Hasta que en un momento dado sacó un estilete y se hizo un tajo en la muñeca... Un buen tajo, chico.

Asientes, le indicas con el gesto que eso ya lo sabes. No necesita estímulos. El Milpalmeras es un narrador desbocado:

—Johnny comenzó el acto final de su número. Sacó una pluma que llevaba en el bolsillo de la guayabera y ahicito nomás, sobre una servilleta de papel, mojando la pluma en su propia sangre, comenzó a escribir: “Éste será mi mejor bolero...”, decía. El chico estaba blanco del susto, sabes... Hasta que en medio de la escritura Johnny agarró el estilete, hizo un gesto desesperado y sin que Bradley pudiera hacer nada, se apoyó el arma en el vientre, la hundió y cayó de costado... Ahí mismo, Carter.

Te quedas mirando el dedo que señala el lugar y no el lugar. Te interesan más la mano y su dueño.

—¿Y se mató, Milpalmeras? Eso es demasiado bolero para mí...

El mulato enarca las cejas, hace la pausa final y llena otra vez los vasos sin una palabra. El piano ha vuelto a sonar a tus espaldas, va creciendo un contrabajo y las palabras del Milpalmeras serán para ti como la letra de una canción que no tiene tonada todavía:

—Fue demasiado para el chico también... Y para mí, Carter. Porque lo habíamos arreglado todo con Johnny, sabes: él lo asustaba al soldadito lastimándose un poco en el vientre, después aparecía yo y lo espantaba con la excusa de la policía y el escándalo mientras Johnny se quedaba tirado ahí, desangrándose, falsamente malherido, hasta que llegara Almita a su lado y él pudiera montar la escena final...

—¿Qué escena final?

—Imagínate: “¡Esto es sangre!”, diría ella cayendo junto a él, arrepentida y entre lágrimas... “No. Sólo es tinta, mi amor...”, le diría él con un hilo de voz antes de fingir desmayarse y dejarle entre manos un bolero recién sangrado de su pulso... Era una buena idea, chico.

No puedes sonreír. El Milpalmeras no quiere. Es un narrador especial, dotado para el grotesco como tú, que no lo sabes todavía...

—Pero esta vez no funcionó, chico... O sí —te dice ya sin pesadumbre—. Cuando llegué, corriendo, lo empujé a Bradley que se tambaleaba borracho y perplejo para que se alejara y me agaché junto a Johnny para preparar la comedia. Y ahí vi el estilete, Carter, que sobresalía tanto así de la camisa. Y demasiada sangre...

El barman puede contar el acceso al espanto, describir la gradual revelación de la muerte con la displicencia de un forense de guardia que recorre los pasillos de su propia memoria:

—Enseguida me di cuenta de que algo andaba mal, sabes... Algo había fallado, un error de cálculo tal vez, o una burla final de Johnny... Porque él parecía tranquilo, chico... Tanto que cuando apareció ella y lo abrazó, comenzó a recitar su libreto, a decirle lo de la tinta en un murmullo. Almita se asustó y yo también: él no fingía, Carter... se iba. Entonces me incliné sobre él, junto a ella, y en ese momento él abrió mucho los ojos, como si no lo creyera, hizo un ruido como de cañería y se quedó muerto ahicito nomás, en un charco de sangre.

—¿Qué hicieron los demás?

—Cuando me di vuelta tu amigo había desaparecido... Y nunca más volvió por aquí. Almita se quedó largo rato tendida sobre él, sollozaba y apretaba el bolero recién escrito, borroneado con sangre y más sangre ilegible... Nunca lo pudo cantar.

Dejas que se haga una laguna de silencio, esperas que él siga adelante. Pero no parece dispuesto; entonces insistirás:

—¿Cómo te lo explicas, Milpalmeras?

Se va. Con cualquier pretexto te deja solo y se afana durante unos momentos en el otro extremo de la barra con clientes que no lo necesitan.

—Oye... Johnny estaba enamorado, sabes... —dice al volver, como si fuera una noticia fresca—. Él sí que lo estaba, y quiso demostrárselo a ella; y a mí también, que me engañó. Y supo decírselo por última vez sin esperar la respuesta, quiso quedarse con la última palabra... Eso es lo que tienen los cabrones suicidas, chico. Hacen trampa: a ella, a mí, a tu amigo incluso...

Te quedas rígido. No puedes decir nada. Pero algo dices, sin embargo:

—Bradley...

—Él te habrá contado otra versión, seguramente —te interrumpe—. Mira, chico: con el tiempo, los recuerdos, las heridas y las marcas de la juventud cambian de sentido; algunas se borran, otras cicatrizan...

—Bradley soy yo.

—...y hay que pagar, por todo hay que pagar en la vida —prosigue el Milpalmeras sin oírte—. Ella siempre se cobra, así que es mejor elegir cómo pagar, porque...

—Te he dicho que soy Bradley —repites y te quitas los anteojos como si te desnudaras.

—Lo sé.

Al decírtelo ha cambiado por tercera vez en la noche la profundidad de su mirada. Ahora te mira al centro de las pupilas, ni más acá ni más allá.

—Lo sé desde el momento en que llegaste... ¿Qué quieres?

Todavía estás a tiempo de detenerte. Él ha hecho lo posible por evitarlo pero tú sientes que insistirás, que es inútil pero insistirás:

—¿Qué quiero? No sé muy bien qué... —y es cierto que no lo sabes, ni bien ni mal—. Pero creo que en estos años me he hecho otra versión de esa muerte, Milpalmeras. Tal vez no se suicidó, tal vez no fue un error de cálculo, tal vez alguien lo ayudó a último momento con el estilete, una vez terminada la comedia, cuando estaba en el suelo...

—¿Piensas en ella?

—No. En ella no.

No se le mueve un músculo del rostro cuando te dice:

—¿Por qué lo habría de hacer yo, Bradley?

—Tal vez por ella: todos estábamos locos por ella, Milpalmeras, tú lo dijiste.

Comienza a sonreír. Levemente. Aquella noche había dejado de hacerlo. Y ahora volvía.

—Eso es cierto... —dice—. Deberíamos estar muy locos para hacer esas cosas. Demasiados boleros, ¿no crees?

La sonrisa se convierte paulatinamente en risa franca, histérica, que le descubre por primera vez la boca.

—Demasiados boleros —repite.

Pero no oyes lo que dice. Te has quedado mirando, hipnotizado, esa boca que recordabas brillante en la sonrisa de oro y que ahora es un oscuro hueco devastado por violencias de amor y de extraña locura: faltan dos, tres dientes de oro allí.

—¿Cómo pudiste, Milpalmeras?... —balbuceas.

No piensa contestarte eso. No piensa hablar más. No deberías tampoco preguntarle por ella.

Te señalará el guardarropas, te aconsejará que des por perdido el impermeable pero que no vuelvas a mirar esos despojos de mujer que no quisiste reconocer al llegar.

Han apagado repentinamente casi todas las luces y en el Guayaba Club, como hace veinte años, el spot busca a alguien en la oscuridad.

Subjuntivo

Supongamos que te despiertes un día desnudo en la cama de un cuarto vacío e impecable, que tu única certeza sea un vago dolor por todo el cuerpo y que sientas que es sólo el residuo de un gran dolor anterior, ya en retirada; que mires alrededor y no reconozcas el lugar ni tu propio rostro en el espejo te diga nada; que disfrutes de la visión del parque en la ventana, que sepas el nombre de las cosas pero no el tuyo. Que apenas el idioma en que esté escrito el diario abandonado junto a tu cabecera te resulte comprensible, pero no los personajes de los que hable, ni la ciudad ni la fecha al pie de un título inexpresivo.

Que en cierto momento alguien entre al cuarto y sepas quedarte sin preguntar pero además compruebes, con alivio inexplicable, que tampoco te pregunten; que en horas y en días sucesivos personas formales e impenetrables se ocupen de alimentarte, vestirte, mostrarte una ciudad que te resulte vagamente familiar, como conocida en un sueño; que todo transcurra de un modo natural, que nadie te ordene nada pero que sepas, simplemente, qué ha de suceder cada día.

Que una noche te despierte el rumor del roce de las sábanas a tu lado y sientas deslizarse un cuerpo desnudo y cálido; que la mujer o el cuerpo que la represente sea joven y saludable, distante pese a la evidencia de su entrega; que su piel tenga el sabor y los detalles de lo conocido; que no sepa su nombre; que cuando respires junto a su boca sientas el aire usado, la devolución de un aliento vivido.

Que te entregues dócil a esas sensaciones y esperes una revelación inminente, y que no llegue.

Que esa noche puedan ser varias noches o una sola interminable, que la mujer pueda ser otras mujeres o la misma, multiforme pero siempre más cómoda y simple al exponer su pasión sin palabras, un silencio elocuente que agradezcas. Que en la facilidad del contacto, en el modo en que la busques cada vez, te acoples, y finalmente la penetres, exista una naturalidad implacable, como si el cuerpo obrara con una rutina sensual que reconozcas pero no puedas describir. Que ella se vuelque una y otra vez sobre ti, como oleadas de cálida memoria que te invadieran desde los sentidos; que su lengua te acaricie el interior de la boca como si no estuvieras allí y sólo existiera el tanteo dulce e insistente en tu secreta oscuridad tras algo perdido que tú poseas y ella busque para mostrarte; que sus pechos te revelen, sutiles, lentos y fugaces, el vello erizado de propia espalda, un mapa ignorado que ella dibuje con leves contactos espaciados, apenas pespuntes que evoquen un dolor ambiguo; que sus muslos te rocen suavísimos pero reiterados, un modo de lijar tiernamente tu piel, de buscar algo más por debajo, como si le quitaran capas de pintura a un mueble antiguo y olvidado de su auténtica madera. Que todo esto suceda una y otra vez y muchas veces pero que finalmente salgas de ese cuerpo y su influencia como de una espiral, lentamente hacia afuera, alejándote de ese centro oscuro hacia la luz, y que en el dragón tatuado sobre el tibio muslo desvelado al amanecer reconozcas el mismo monstruo interrogante que te espere cada mañana en el monograma de las toallas, en la loza de tu mesa diaria.

Que esa revelación no te quite el sueño pero que lo pueble desde entonces.

Supongamos que finalmente, una mañana, alguien cortés pero no cordial te lleve por pasillos largos y salones vacíos hacia la salida, que te suba a un coche negro pero no sombrío, y que recorras con él la ciudad sin nombrarla; que ya en las afueras lleguen a una casona de ladrillos gastados, vieja pero no abandonada, donde tras las cortinas siempre sea de noche; que se te conduzca por pasadizos sucesivos, franqueándote herméticas puertas de hierro y madera hasta llegar a la habitación donde alguien te espere, y que el que te haya llevado le diga, antes de dejarte a solas con él:

—Todo tuyo, Subjuntivo.

Que el hombre que te observe sentado sea gordo y viejo, con cara de niño ferozmente envejecido bajo la luz cenital y única que caiga sobre su escritorio desnudo, sólo ocupado por el ominoso dragón de bronce que reconozcas en un extremo; que sin decir una palabra meta una mano laxa en el interior de la chaqueta y que cuando esperes que extraiga un arma o alguna forma de amenaza sólo te extienda un sobre: que lo abras y descubras en el interior una fotografía en la que dos hombres, ante lo que has de suponer un repentino flash, antepongan las infructuosas palmas de las manos, se aterroricen. Que te resulten desconocidos y lo manifiestes, y que el llamado Subjuntivo no se muestre extrañado sino que te diga, precisa pero casi casualmente:

—Acaso te convenga averiguar quiénes hayan sido estos dos... Dónde, cuándo y por qué hayan estado ahí donde estuvieran en el momento de la foto.

Que al decirlo te señale con un dedo corto y blando el rectángulo en blanco y negro, una ampliación evidente, y que finalmente agregue:

—Hagamos de cuenta que para averiguarlo dispongas de dos semanas de plazo y que puedas utilizar todos los recursos que encuentres en este edificio, puestos a tu disposición.

—¿Una especie de test? —acaso preguntes.

—Supongamos que sí —se te conceda.

—Supongamos que no pueda ni deba negarme... —te atrevas a parodiar.

—... Y supongamos que cuando llegues al final, todo esto haya acabado —acaso concluya él.

Luego se levante, te dé una fría mano tatuada de dragones, y te deje solo.

Pueda ser que una vez más no preguntes nada, que aceptes la tarea con el alivio inexplicable de alguien que se sospechase culpable aunque no supiera de qué. Y pueda ser que durante los siguientes días te empeñes en cumplir tu misión y que no te resulte tan difícil, pues en ese extraño edificio todo y todos no hagan otra cosa que complacerte.

Que tu tiempo se divida desde entonces en largas jornadas diurnas de investigación y noches saturadas de fantasmas sin nombre. Que el día y la penumbra se alimenten ciegamente de una misma sustancia inasible: que durante la vigilia y el trabajo evoques a la reiterada mujer del dragón, luego al dragón aislado sobre la piel, como una rúbrica al final de un documento desconocido, pero que cuando vuelva la oscuridad te lleves al lecho, junto a ella, las obsesiones avivadas por los trabajos del día.

Que en dos semanas, con sorprendente facilidad y utilizando medios que te resulten oscuramente familiares —archivos gráficos completos, dossiers personales que imagines de acceso privado, todos los recursos propios de una organización secreta—, llegues a descubrir la identidad de los extraños; que luego identifiques el lugar, esa sala cinematográfica, ese teatro semiabandonado en el que hayan sido asesinados —pues de eso se trate— y finalmente averigües la fecha exacta, no muy lejana, del crimen. Que llegues a reunir, incluso, todos los datos sobre el asesino —no su identidad, sí sus peripecias: huida, captura y desaparición— y que te atrevas a pedir una reunión con Subjuntivo para mostrarle tus logros.

Que la entrevista te sea concedida y que sean escuchadas con atención tus deducciones sin duda correctas. Que finalmente, cuando hayas terminado tu exposición, Subjuntivo la apruebe con una sonrisa cansada y te diga que nunca hubiera esperado menos de ti. Que en ese momento se lleve por segunda vez la mano al bolsillo interior de la chaqueta y extraiga un nuevo sobre, un poco mayor y más abultado, y te lo entregue para que lo abras. Que saques una carta y una foto; que te detengas primero en ésta, que sea la misma que la anterior pero ampliada —que se pueda ver ahora el signo del dragón tatuado en las palmas de las manos tendidas hacia adelante de los desgraciados— y que, con mayor campo, ahora se te revele la presencia de alguien en primer plano, de espaldas pero reconocible —sobre todo para ti— disparándole a los dos aterrorizados.

Supongamos que el que dispare en la foto seas tú.

Que te asombres, que pidas o des explicaciones pero que Subjuntivo no se inmute ni parezca oírte y sólo te indique que leas la carta.

Supongamos que la leas, que sea este mismo texto, que acaso en un relámpago de precaria lucidez se te revele ahora el sentido de la tarea encomendada, de esas amables visitas nocturnas, exploradoras sutiles no de tu cuerpo sino de tu memoria; supongamos que cuando levantes la mirada te encuentres con la mía y que yo mismo, Subjuntivo, te diga:

—Supongamos que hayas matado a dos de los míos y que no lo recuerdes. Que ni siquiera sepas quiénes sean los míos o los tuyos y que eso no importe ya. Que en el duro trámite de tu captura hayas perdido accidentalmente la memoria e identidad pero no aptitud y raciocinio. Que no hayamos querido matarte en la ignorancia —esa forma sutil y tramposa de la inocencia— para que no lo creyeras injusto y te autocomplacieras en el dolor, te otorgaras alguna razón mentirosa.

Supongamos que te hayamos incitado por todos los accesos de la piel y de la mente para develarte tu oscuro secreto; que te desordenáramos los sentidos en el amor o su simulacro, que te entregáramos las claves para que tu inteligencia convocara a la memoria. Supongamos que hayamos creído que para que el castigo fuera tal debieras sentir culpa y no sólo miedo en este momento.

Supongamos, finalmente, que yo sólo haya querido que cuando saque este revólver, dispare y te mate, acaso no sepas quién muera pero sí entiendas por qué.

Lengua larga

“La postrera burla del ahorcado:

sacar la lengua larga y de costado.”

Villon

“El cuerpo de Marcelo Cattaneo —hermano del funcionario Juan Carlos Cattaneo, involucrado como él en el caso de las coimas pagadas por el Banco Nación a la empresa IBM durante el gobierno de Carlos Menem— apareció colgado de una antena colocada sobre un refugio abandonado, en un terreno baldío junto al río, a los fondos de la Ciudad Universitaria de Buenos Aires, en las primeras horas de la mañana del domingo 4 de octubre de 1998. El cadáver tenía un recorte periodístico del diario La Nación, referido a su participación en el escándalo, dentro de la boca. El caso nunca fue resuelto, aunque se supone la hipótesis del suicidio inducido.”

De los diarios de la época

El muerto

Buenas noches, yo sería, vendría a ser el cadáver mío, no de él. Porque están, estaríamos, él y yo, y yo sería el o lo que va a ser mi cadáver, es decir: el cadáver del hermano. No el hermano sino lo que queda o quede de él. Y no hablo. Parece, pero no hablo ya más. Después sí. Lengua larga y secreta, subtitulada. Hablaré, claro que hablaré muy raro, dejaré dicho y escrito pero no sabría decir para quién ni qué. Algo que solemos hacer los cadáveres o los futuros cadáveres laterales, los cadáveres de los hermanos. La noche es larga y moriré, soy o seré cadáver en algún momento que tal vez ya ha sido. Tal vez todavía no esté donde apareceré, pero seguro que no ando por donde solía ni acaso esté vestido ya como me vestía. La muerte pone condiciones como una cita de rara etiqueta: el cadáver se presentará en otra parte con algo rojo, algo nuevo, algo prestado, algo roto, algo más y algo menos. El cadáver se presentará callado y muerto, misterioso. Aparecerá. Un cadáver suele aparecer. Para eso se exige que se desaparezca primero. Yo he desaparecido. Bah, no, no he desaparecido. No soy visto, visible donde solía. El lugar en mi cama lo ocupa el insomnio de mi mujer, pero no tengo lugar en el insomnio de mi hermano. Buenas noches. Buenas noches, señores, buenas noches. Ustedes pueden ir y venir por la noche, yo me quedo. Ya no soy lo que era. Un cadáver es lo que será. Todo dicho, todo por decir.

Un vivo

Que no se diga, pero en un lugar de tu cuerpo de cuyo nombre no quiero acordarme hubo esa noche una señal, un guiño intuido apenas de soslayo tras/debajo/entre la pollerita cortona. Clic y chau. Fuiste. Quién lo hubiera dicho en una rara cena de extraviados, entreverados universitarios en que la ministra Decibe era todo lo decible. Pretextos de la desatada política y la postergada salida del Día de la Primavera nos barrieron de las aulas esa noche. La agrupación agrupa transversal a docentes y alumnos, unidos y adelante. Juntar unos mangos uno dijo/dijeron los organizantes, moverse un poco, buenas minas, pendejada. Quién me arrastró ese sábado a los confines de mis hábitos, a los extremos de la larga mesa en que me esperabas detrás del pollo y el vino blanco. Y fue casi sin esgrima ni presentaciones. Nos habían tirado como dados a ver dónde caíamos para que nos mezcláramos y al rato, al mucho rato, a los flanes casi, y con la música creciente, sofocada de política gremial, emparedada por un par de salames de Derecho te vi levantarte con cualquier pretexto de mina, echarme una mirada cortita —el famoso cross a la mandíbula— no de auxilio ni de complicidad, apenas de reconocimiento a mis calados, reiterados fervores: había una ansiedad, una levísima tensión, como si buscaras fuego o mejor como si anduvieras buscando dónde dejar la ceniza. Pero no fumabas. Ahí fue el clic proceloso que me puso entonces —esa noche inolvidable, inevitable de baile y alevosa primavera— en tu órbita como si fuera un satélite genuino, no artificial, vetusto e inexperto a la vez y condenado a circundarte de ahí en más, pedazo de atorranta. Y lo que es peor sin saber, a mis años, un soto de astronomía, flotando como un gil, boludazo a la intemperie de tus calores, de tu transpirada inspiración de elegirme tan tarde y tan temprano. Porque no eran todavía ni la una y yo ya no sabía por qué estaba ahí y giraba al compás de Los Caballeros de la Quema o Vilma Palma, iba y venía de la improvisada barra cervecera a tu cintura, órbita irregular en forma de huso con apogeo en los alrededores de tus tetas y perigeo cuando te miraba entera; te veía en realidad de a pedazos —por cuartos: delanteros, traseros— en medio del baile desordenado en el que te desordenabas por partes armónicas. Esas explicaciones, esas descripciones, esa terminología me la diste vos, claro. Que para eso eras —supe/me comentaron— de Ciencias Exactas, profesorado de Física (de físico pensé o dije con ese lomazo) sabías y tenías todos los números, sabías todo lo que hay que saber para no equivocarse en las cuentas y en los cálculos: esa noche, por elección o descarte, me apuntaste entre ceja y ceja y paf. Quedé ahí. Ahí quiere decir pegado. Me arrinconaste espiritual, literalmente sin rincones a la vista después del clic, me dejaste sin aliento y sin salida segundos después del clic que me produjo aquel lugar de tu cuerpo de cuyo nombre no quiero acordarme. Solté la lengua como antes bajé la mirada y la guardia y oíme, oíme ahora, oh nabo viejo, en un levísimo resuello antes de que arrancara Matador: Hacía mucho que no lo pasaba tan bien, dije sin pudores y agregué: a veces los intelectuales nos olvidamos del cuerpo. Oh, pecador, estaba dicho. Me esperaste que volviera de la vuelta que dibujaba el matadoooor, matadoooor y oíte, oíte ahora y entonces, lengua larga, dulce yegua, clarito para mí, en leve pausa dejando caer, como piedras pesadas en el agua del río que se achanchaba aplastado de luna tras los cristales, las cinco palabras: los intelectuales son todos pajeros. Eso. Ésa era una chica de Exactas, precisa y casi casi sin margen de error.

Peces

A las dos de la mañana del domingo 4 de octubre la primavera primerea indócil sobre Buenos Aires. Aunque falta para el alba y para que se desvele un cielo velado de nubes cargadoras de tormenta, hay movimiento. Ya andan por ahí los peregrinos a Luján, los diarieros, los pescadores, los solos, los asesinos, los suicidas, todos los despiertos porque madrugan o porque no se acostaron porque no hay nada que dormir ni nada bueno que soñar. La luz va a venir del río pero todavía falta. Para lo que hay que ver... La ribera del Río de la Plata en esa zona norte de la ciudad es un lugar desolado por desprolijo, como si estuviera mal terminado. Es el rincón que da a los fondos de la Ciudad Universitaria, donde la General Paz dobla por no embarrarse en los bajos llenos de basura, por no joderle la vida o mezclarse en la vida de los que sobreviven en el borde del mapa, pegados pero tan lejos de la ciudad.

Por ahí o hacia ahí va el veterano, bordeando la Costanera, lento y parejo el pedaleo. La bici con un farolito a dínamo, de los de antes, la radio con walkman, regalo del mayor, en la que ha escuchado el partido y que ahora tiene clavada en FM Tango; el veterano va, el cajoncito con los aparejos atado al portaequipaje con un pedazo de cable, la caña sujeta a lo largo de la bici, como caballero, lanza en ristre. La mochila de una ridícula Barbie que su hija más chica abandonó casi nueva por otra de las Spice Girls le golpetea con pava, yerba, bombilla y mate, el sol de noche en los riñones. El río a la derecha es sombra entre sombras bajo un cielo nublado. Del otro lado, los aviones iluminados decoran el Aeroparque, quietitos como sobre una repisa. De vez en cuando hay uno por el aire que pone ruido, da la vuelta, gira por encima de los árboles y se viene buscando pista. A las dos de la mañana, los raleados restoranes de la costanera norte están casi todos cerrados. Pero en uno de los últimos, ya cerca de la curva que da a la Ciudad Universitaria, hay media docena de autos, quilombo de música, gente que baila después de correr las mesas. El veterano no cambiaría A la gran muñeca por D’Arienzo, que le aprieta las orejas, por los supuestos ritmos saltarines que movilizan a esos giles. No cambiaría su madrugada en soledad frente al río con la línea echada como un cable para escuchar la noche por nada del mundo. No cambiaría. Y el veterano cambia de ritmo, de pedaleo, acelera apenas al salir del asfalto, agarra por el caminito de tierra de siempre, de todas las madrugadas de fin de semana, se interna en la oscuridad que da a más oscuridad entre los árboles y más allá al río que es sólo un olor que —es su orgullo— es sólo de él solo. Y aspira como para ratificarlo mientras el farolito se entrecorta, sube y baja el chorro de luz con el tembleque de la marcha entre cascotes.

Una viva

—Ni exactas ni naturales —dirá días después Sofía, que sabe o parece—. No se puede describir en esos términos. Las cosas pasan.

—Pero para algo uno estudia estas cosas —dirá ella.

—La casualidad... ¿Justo ahí? ¿Viste algo?

—Bajito, lengua larga —se asustará ella pero ratificando—. Justo ahí: ya estaba en el diario al otro día.

Ahí, justo ahí será ahí abajo, dos cuadras más allá apenas, si se pudiera calcul ...