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DESCUBRIENDO MIS CINCO SENTIDOS

Carolina Micha

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Fragmento

PRÓLOGO
El clan de la última letra

Juan Villoro

En la zona menos documentada de México, Nuevo León y Tamaulipas, el rincón noreste del país, se encienden velas negras para pedir por las “cosas difíciles”. ¿Quién responde a esas plegarias? La dama de los desiertos vacíos: la Santa Muerte.

Con excepcional valentía, Diego Enrique Osorno recorrió la región donde la fe depende de una deidad armada de guadaña. En 2010 el ejército siguió la misma ruta a lo largo de 200 kilómetros de terregales para destruir los altares de la Santa Muerte; ya que no se puede acabar con un enemigo incierto, se busca aniquilar sus símbolos. Pero una y otra vez, las flamas vuelven a encenderse.

En un país donde los cadáveres amenazan con transformarse en mera estadística, Osorno busca historias, claves de sentido. Convencido de que la construcción de la esperanza pasa por comprender el tamaño del mal, indaga sus causas.

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Con inquietante astucia, el Mefistófeles de Goethe reveló que también el infierno tiene lógica. ¿Hay forma de entender la devastación de los últimos años? La “suave patria” a la que cantó Ramón López Velarde se ha transformado en un sembradío de cuerpos mutilados, y registrar la sangre derramada puede ser peligroso. De acuerdo con Reporteros sin Fronteras, estamos en el sitio más inseguro para ejercer el periodismo. El trabajo de Osorno representa un atrevimiento, pero también, sobre todo, una búsqueda profunda y racional. No estigmatiza ni simplifica a sus informantes. En cada diálogo confirma que sólo el que escucha a los otros puede descifrarlos.

En medio de la barbarie, Osorno toma notas. Estamos ante un cronista que favorece las camisas de inspiración vaquera, habla con la respetuosa voz de un maestro que no quiere dejar de ser alumno y despliega la extraña bondad de las personas corpulentas que no desean ostentar su fuerza. Con este aspecto campechano, un testigo de excepción investiga turbulencias.

El cronista nació en Monterrey y ahí pudo ver la transformación de una metrópoli próspera, donde el crimen era mítico, en una urbe criminal, donde la prosperidad es mítica. Registrar ese proceso representó para él una dolorosa educación: el sueño de su ciudad convertido en pesadilla.

Después de trabajar en medios locales, perfeccionó su oficio en las páginas del periódico Milenio. Miles de reportajes lo acreditan como alguien que, sencillamente, no conoce la pausa. Ningún problema grave le es ajeno: de los mineros muertos en Pasta de Conchos a la insurrección en Oaxaca, pasando por el cártel de Sinaloa y los niños calcinados en la Guardería ABC.

Pero no es el tremendismo lo que guía su prosa, sino el deseo de entender con empatía el destino de las víctimas. Sus recursos se han afinado con los años. Sin abandonar las técnicas básicas del reportaje (el conocimiento de los datos, las voces de los testigos, la importancia noticiosa de los hechos), ha ampliado su registro para narrar de manera más intensa y analítica sirviéndose de técnicas literarias y ensayísticas. La guerra de Los Zetas confirma a un cronista en plenitud de sus facultades.

Para ser fiel a una realidad despedazada, Osorno ha escrito un libro fragmentario, un caleidoscopio cuya unidad depende de la fuerza articuladora de la reflexión: de manera asombrosa, la disolución del país puede tener explicaciones de conjunto.

En su vertiente más narrativa, La guerra de Los Zetas lleva a las guaridas de los capos y a pesquisas de las que se excluye a otros reporteros que posiblemente informan a los criminales; reconstruye las polvosas rutas del narcotráfico, y entrega entrevistas con políticos, testigos protegidos, sociólogos, colegas del periodismo, soldados y una representante de la Asociación del Rifle en Estados Unidos. Un insólito sondeo de lo que ocurre en la impunidad. Pero el libro también ofrece una vertiente reflexiva. El autor desea entender ese incendio que llamamos “realidad”. Leer La guerra de Los Zetas es un singular acto de conocimiento.

En su retrato de grupo, Osorno ha seguido el precepto del fotógrafo Manuel Álvarez Bravo: “Para descubrir lo invisible hay que prestar atención a lo visible”. El cronista no cierra los ojos y levanta el inventario de los daños; luego procede, como hacía Álvarez Bravo, a la revelación de un misterio: lo más extraño del mal es que tiene una razón.

EL SAFARI COMO PSICOANÁLISIS

“No sé cuántos elefantes he tenido que matar para ser yo mismo”, comenta Mauricio Fernández Garza, alcalde del municipio más rico de México, San Pedro Garza García, zona residencial de Monterrey.

Para la mayoría de las personas, el inconsciente está en su cabeza. El singular Fernández Garza tuvo que viajar a África y abatir paquidermos para encontrar su mundo interior. Como los niños que cantan “Un elefante se balanceaba…”, ha perdido la cuenta de sus presas. Sin embargo, entre la pólvora de sus disparos emerge algo más que el capricho de un millonario. El ávido coleccionista que compra los huesos de un dinosaurio y cuadros de Julio Galán, el carismático hombre de acción que aborda temas delicados con desafiante franqueza norteña, el alcalde más raro del mundo, tiene una misión. Cuando un elefante entra en su mira y jala del gatillo, se llena de energía para volver al país donde su hija estuvo a punto de ser secuestrada y en el cual abandonó las comodidades del plutócrata para circular en una camioneta blindada buscando soluciones para la violencia.

Fernández Garza es tan heterodoxo que incluso inquieta a sus allegados. Sin embargo, Osorno comenta que las contradicciones del alcalde son las de Monterrey mismo. Y no sólo eso: el estrafalario Mauricio Fernández Garza es ya un personaje típico del momento mexicano. En su peculiar mezcla de riqueza, simpatía, audacia, sinceridad suicida e irresponsabilidad resume las contradictorias emociones desatadas por la violencia y por el deseo de combatirla.

“¿En qué momento se había jodido el Perú?”, pregunta Mario Vargas Llosa al inicio de Conversación en la Catedral; lo mismo podemos decir de México. ¿Qué pasó para llegar a una realidad donde el alcalde que mejor entiende el problema del narcotráfico se encontró a sí mismo en un cementerio de elefantes?

¿QUIÉN QUIERE SOPA MARUCHAN?

El 1 de diciembre de 2006, el presidente Felipe Calderón se sirvió de un truco de asaltabancos para asumir la presidencia de la república ante el Congreso de la Unión. El recinto estaba tomado por diputados de la oposición y las puertas se habían cerrado. El mandatario entró por un acceso trasero y tomó un pasillo que semejaba un túnel. En un santiamén llegó al podio, juró respeto a la Constitución, recibió la banda tricolor y desapareció como había llegado.

Sus posibilidades de gobernar eran exiguas. El propio Tribunal Federal Electoral había criticado la desigual contienda en la que la presidencia y el Consejo Coordinador Empresarial tuvieron una participación indebida. En forma curiosa, los jueces electorales actuaron como sociólogos: cuestionaron la realidad sin impartir sanciones. Aun así quedó claro que incluso las instituciones más formales cuestionaban la elección que había dividido a México.

Calderón tenía dos salidas para la crisis de gobernabilidad: promover alianzas que cicatrizaran heridas y crearan consenso, o correr una espesa niebla sobre el asunto. La segunda alternativa requería de una acción dramática

A diferencia del alcalde de San Pedro, el mandatario michoacano no es un hombre expresivo que confiese que mata elefantes para conocerse mejor. Resulta difícil saber lo que pasa por su mente. Lo cierto es que a once días de haber asumido la presidencia se puso uniforme militar y anunció la guerra contra el narcotráfico. ¿Fue un impulso cuyas consecuencias ignoraba o un frío cálculo para reforzar su legitimidad a través de un despliegue armado?

El observador dispone de ciertos datos incontrovertibles. Antes de ese momento no hubo indicios de que la estrategia militar estuviera en el imaginario de Calderón. Durante su campaña a la presidencia, el tema de la seguridad nacional apenas formó parte de su agenda, y cuando resolvió sacar el ejército a las calles no buscó el respaldo de su partido ni el consenso de la sociedad. Planeada o impulsiva, la estrategia fue, claramente, una iniciativa personal. A partir de entonces, y durante seis años, la guerra de Calderón ha arrojado el siguiente saldo rojo: una muerte violenta por hora.

Según señala Mauricio Fernández Garza, es muy posible que el número de muertos en el sexenio aumente a medida que se descubran más narcofosas y se confirme el deceso de desaparecidos. Todo parece indicar que el legado del Presidente de la Sangre rebasará los cien mil cadáveres.

Como al destino le gusta ser irónico, la mayor narcofosa del estado de Nuevo León apareció en un sitio de nombre emblemático: la Hacienda Calderón.

Para justificar seis años de obsesión militar, el Poder Ejecutivo se ha servido de una propaganda desmesurada. En vísperas de su penúltimo informe de gobierno, Calderón dijo en un spot: “Al llegar a la presidencia me encontré con un problema de seguridad…”. La crucial decisión de movilizar a las fuerzas armadas se justificaba a partir de esa sorpresa: el mandatario tenía previsto actuar de otro modo, pero en su escritorio lo aguardaba una caja de Pandora.

Como han probado Luis Astorga, Rossana Reguillo y otros estudiosos, las redes del narcotráfico son muy anteriores al gobierno de Calderón. Ningún político informado podía asombrarse del asunto. Lo que estaba en juego era la forma de enfrentarlo. ¿Bastan once días para trazar una estrategia ante un enemigo que se encuentra infiltrado en el gobierno y borra las nociones tradicionales de frente y retaguardia? “Para saber si había pólvora, Calderón encendió un cerillo”, comenta el economista David Konzevik. Ahora sabemos que el arsenal era más explosivo de lo previsto. Con las cejas chamuscadas, el mandatario siguió de frente, sin modificar su estrategia.

El narcotráfico es un problema con numerosas aristas. El catálogo de temas a discutir incluye el lavado de dinero; la corrupción de mandos políticos, policiales y militares; la despenalización de ciertas drogas; el tráfico de armas; la relación bilateral con Estados Unidos y, sobre todo, la recomposición del tejido social. Sólo a través de la educación y la cultura se puede comprender que toda bala es una bala perdida. Por desgracia, durante seis años el gobierno no ha brindado otra respuesta que las armas.

Calderón ha reconocido que el país tiene siete millones de ninis, jóvenes que “ni estudian ni trabajan”. Se trata de un perfecto caldo de cultivo para el narcotráfico. Esos mexicanos sin rumbo carecen de alternativas laborales, educativas, deportivas, sociales, religiosas o culturales superiores a la de convertirse en sicarios. Sólo cuando se creen alternativas podremos hablar de una verdadera política de seguridad nacional.

En los últimos seis años, México se ha llenado de narcomantas que despliegan el terror con faltas de ortografía. Según relata Osorno, una de las más curiosas incluía una oferta de empleo. Los Zetas invitaban a los soldados a abandonar la asquerosa sopa Maruchan que les dan en los cuarteles para disfrutar de mejores viandas en el próspero mundo de la última letra.

No hay duda de que los criminales tienen una política de empleo superior a la del gobierno. A este dato incontrovertible se agrega otro, igualmente decisivo: también tienen una política de comunicación superior. Durante seis años las noticias han ido a remolque del crimen organizado. La agenda ha sido marcada por los victimarios, no por las víctimas. Esto ha brindado una caja de resonancia a quienes propagan el espanto.

Osorno señala que El blog del narco, iniciado por estudiantes de Monterrey, cuenta ahora con participación de los propios criminales, quienes envían ahí testimonios de sus delitos.

El periodismo no puede silenciar las noticias violentas, pero tampoco puede fomentar el morbo y la paranoia. La solución no consiste en censurar, sino en entender que la foto de una atrocidad no es, en sí misma, información. El dato aislado requiere de articulación para ser comprendido. Sólo forma parte de un proceso informativo cuando se inserta en un contexto que lo explique. La guerra de Los Zetas contribuye a un viraje esencial en el manejo de la información: transforma los dispersos saldos del horror en un relato capaz de ser entendido.

Mientras el crimen organizado propone ofertas de trabajo y crea noticias de fuego, el gobierno reitera la militarización del país. Sin embargo, no por especializada esa política está libre de errores. Su falta de eficacia se mide en la repetición de un hecho trágico: en dos ocasiones el secretario de Gobernación, máximo responsable del control interno del país, se ha desplomado en un avión. Esas dos muertes representaron una atroz metáfora del desgobierno.

MÁQUINAS DE GUERRA

¿Cómo explicar seis años de muertes infructuosas? Osorno se sirve del concepto de “máquina de guerra” para explicar la fuerza autónoma que han adquirido tanto los cárteles como distintos grupos al interior del gobierno.

En una democracia funcional, el Estado ejerce el monopolio legítimo de la violencia. Desde hace décadas ese control fue desafiado por bandas criminales. De acuerdo con ellas, señalados gobernadores del Partido Revolucionario Institucional (PRI) permitieron que el virus destruyera la soberanía. Lo que comenzó como un problema regional alcanzó la dimensión de una alerta nacional.

Calderón no inventó el problema, pero su precipitada manera de enfrentarlo produjo una fragmentación de la violencia. Al afectar los territorios que contaban con una demarcación tácita y debilitar selectivamente a algunas bandas, los cárteles buscaron nuevas rutas y combatieron entre sí. Tampoco el poder judicial ofreció un frente unido. Infiltrados por el crimen organizado, los mandos militares y policiales desconfiaron unos de otros.

Por los informes de WikiLeaks sabemos que Carlos Pascual, Embajador de Estados Unidos en México, criticó la falta de coordinación y los niveles de credibilidad y confianza de las distintas corporaciones armadas. Su diagnóstico era certero y solidario, pues pretendía mejorar el combate bilateral al crimen organizado. Sin embargo, desató la ira de Calderón y el Embajador fue removido.

¿Se puede ir a la guerra con un ejército desconfiable? De acuerdo con Osorno, la respuesta fue crear “máquinas” de combate, grupos especializados, dinámicos, polimorfos, capaces de adaptarse a la situación al margen de trabas e inercias tradicionales. Estos cuerpos necesitan autonomía para operar, lo cual significa que, a la larga, también pueden apartarse de un mando centralizado. Los Zetas surgieron como un grupo especializado en la protección que progresivamente adquirió independencia. Lo mismo ha ocurrido con las máquinas de guerra gubernamentales.

La guerra de Los Zetas narra la participación, cada vez más amplia, de la Marina en el combate al narcotráfico. Al abatir a Arturo Beltrán Leyva y retratar su cuerpo semidesnudo cubierto de dólares, la Marina quiso mandar un mensaje inequívoco: “los combatiremos con su propio método”. No fue un acto de justicia sino de venganza, ajeno a una lógica de Estado.

Ese momento muestra la autarquía de un grupo especializado en la violencia. Su dinámica es la de un videojuego donde lo único que importa es ganar puntaje aniquilando adversarios. Obviamente esto no soluciona un arraigado problema social. Cada vez que cae un capo, es sustituido por otro. Ni el consumo de drogas ni el tráfico de armas han disminuido. En todo caso, se han encarecido los productos, beneficiando a los intermediarios.

Charles Bowden ofrece en este libro un diagnóstico revelador: “No hay una guerra contra el narcotráfico. Hay una guerra por el control del narco”. Cárteles versus Máquinas de Guerra. Un darwinismo armado donde las víctimas son “daños colaterales” y sobreviven los más hábiles. Esto explica que en el último sexenio el Chapo Guzmán se haya convertido en uno de los hombres más ricos del mundo, según la revista Forbes.

La lucha desatada por el gobierno ha dado fuertes golpes a los adversarios del Chapo sin perjudicar mayor cosa al hombre fuerte de Sinaloa. ¿Una casualidad? ¿Una táctica para afectar primero a grupos débiles y luego ir por el capo de capos? ¿Un acuerdo pactado? Es mucho lo que ignoramos. Con todo, una verdad palmaria se abre paso en estas páginas: el Estado no recuperó el monopolio de la violencia, sino que se sirvió de ella como instrumento de legitimidad. Durante seis años no se ha hablado de otra cosa.

La guerra de Los Zetas arroja luz sobre uno de los grupos más enigmáticos que se han aprovechado del conflicto. En 1999, miembros de las fuerzas armadas se convirtieron en escoltas de criminales. Formados para el enfrentamiento, encontraron en ese nuevo giro de trabajo una mejoría económica. En su origen, no estaban relacionados con el tráfico de drogas; pertenecían a la amplia franja de los profesionales de la protección en un país sin ley, y brindaron apoyo armado a Osiel Cárdenas Guillén. En 2003, cuando este capo fue detenido y extraditado a Estados Unidos, Los Zetas ganaron autonomía. Cinco años más tarde, Arturo Beltrán Leyva buscó su apoyo al separarse del Chapo Guzmán (en la mitología regional de Los Zetas, esta etapa se conoce como “la expansión”). A partir de entonces han impuesto la normatividad del fuego y el espanto en una franja que va del noreste de México a Chiapas, pasando por el Golfo y buena parte del centro. Casi la mitad del territorio ha padecido el influjo de la última letra.

“El negocio de Los Zetas no es la droga, sino el control territorial para traficar allí”, explica Osorno. No estamos ante una compleja red de contrabandistas, sino ante pistoleros que cobran derecho de suelo a empresarios, políticos y delincuentes menores. No hay una filiación precisa ni un control centralizado. Algunos criminales se hacen pasar por Zetas para realzar su importancia y pagan el tributo correspondiente. Con la complicidad de los gobernadores de Tamaulipas y Nuevo León se creó un Estado dentro del Estado: el gobierno del miedo, la economía que paga diezmo a las metralletas. “La letra con sangre entra”, decía un cruel lema educativo de mi infancia. Los Zetas actualizaron en forma literal esa pedagogía, creando una subcultura del horror que fomenta todas las variantes del ilícito: el secuestro, la trata de blancas, la piratería, los giros negros, el narcotráfico. La ilegalidad prospera al amparo de un clan armado cuyas complicidades se extienden a los empresarios que lavan dinero, los presidentes municipales que aceptan extorsiones, los periodistas que entregan información al crimen organizado.

Para mantener su influencia, Los Zetas no tienen que administrar las redes del tráfico. Su único requisito operativo es la violencia.

Esta forma de operar coexiste en tiempo y territorio con otras tácticas criminales, como las del cártel del Golfo. En forma inaudita, Osorno ofrece las confesiones escritas de Óscar López Olivares, contrabandista reconvertido en narcotraficante, hombre que entendió la frontera como un tercer país donde las leyes de Estados Unidos y de México carecen de vigencia. Aunque delictiva, su conducta es muy diferente a la de Los Zetas. Por contraste, sirve para entender mejor a los sembradores del miedo.

Todo intercambio requiere de intereses complementarios. En la economía delictiva, Los Zetas son los permisionarios del delito. El control territorial que ejercen y el ambiente de terror que generan permiten la acción de otros delincuentes que les pagan cuota. Como es de suponerse, una ley tributaria basada en la sangre no está exenta de conflictos. De manera alterna, Los Zetas pueden ser el problema o la solución para otras bandas.

QUIEN RESULTE RESPONSABLE

A propósito de los 49 niños muertos en el incendio en la Guardería ABC de Hermosillo, el secretario de Gobernación Fernando Gómez-Mont señaló que responsabilizar a las autoridades podría llevar a una peligrosa escalada en la cacería de culpables, una espiral persecutoria equivalente a responsabilizar al presidente de cada víctima civil en el combate al narcotráfico. En otras palabras: si el gobierno se investiga a fondo a sí mismo, sus oficinas pueden quedar desiertas.

No hay un solo responsable de la situación que padecemos y la salida no pasa por el linchamiento. Sin embargo, resulta claro que el crimen ha contado con numerosas complicidades y que la estrategia para combatirlo ha sido errónea.

La guerra de Los Zetas contribuye en forma excepcional a entender esta tragedia. Honra al periodismo en un momento en que es muy difícil ejercerlo; no apela a la desesperanza sino a cambiar de rumbo. Su dramática travesía mejora el horizonte. “Reconocer el horror es el primer paso para superarlo”, escribió Heiner Müller.

Ningún drama ocurre en secreto. Tarde o temprano, alguien habrá de contar la historia. “¿Por qué uno sobrevivió al naufragio?”, se pregunta Ismael en la última página de Moby Dick mientras flota en el agua después de que la ballena blanca destazara la embarcación. La respuesta es la misma que Job ofrece en la Biblia: “escapé yo para daros la noticia”.

En la turbulenta hora mexicana, narrar los hechos y explicarlos es un acto de supervivencia. Diego Enrique Osorno pertenece a la estirpe de los grandes testigos que relatan la aniquilación para que no vuelva a suceder.

Algún día la trama de este libro pertenecerá al pasado. Cuando nos encontremos en ese venturoso porvenir, sabremos que el final de la violencia comenzó con quienes tuvieron la entereza de narrarla.

México, D. F., a 6 de junio de 2012

Al lado de los ejércitos ha surgido lo que podríamos llamar máquinas de guerra. Máquinas de guerra que se conforman por segmentos de hombres armados que se dividen o se suman entre ellos, dependiendo de la tareas por realizarse y las circunstancias. Organizaciones polimorfas y difusas, las máquinas de guerra se caracterizan por su capacidad de metamorfosis. Su relación con el espacio es móvil. A veces, gozan de vínculos complejos con estructuras del Estado (desde la autonomía hasta la incorporación). El Estado puede, por su propia mano, transformarse en una máquina de guerra. También puede apropiarse de una máquina de guerra existente o ayudar a crear una. Las máquinas de guerra funcionan tomando prestado de ejércitos regulares e incorporando nuevos elementos bien adaptados al principio de segmentación y desterritorialización. Los ejércitos regulares, en cambio, pueden fácilmente apropiarse de algunas de las características de las máquinas de guerra. Una máquina de guerra combina una pluralidad de funciones. Tiene las características de una organización política y una empresa mercantil.

ACHILLE MBEMBE, Necropolítica

Mexicanos perdidos en México.

ROBERTO BOLAÑO, Los detectives salvajes

Algunas recomendaciones
antes de iniciar este viaje

1. Hay posadas humildes con letreros que dan la bienvenida a sus huéspedes advirtiendo: “Aquí el viajero encuentra lo que trae”. Por esa razón no es imprescindible leer Un joven zeta mexicano antes de este viaje. Se trata de la presentación personal de quien lo acompañará a usted a lo largo del siguiente recorrido fronterizo; una especie de justificación de la capacitación —idónea o no— que ha recibido esa persona para llevarlo por pueblos y ciudades del noreste donde le contará acerca de La guerra de Los Zetas.

2. Como toda vivencia, los viajes penden, en parte, del hilo del azar. En este viaje hay estancias casi efímeras y otras que se prolongan. Usted deberá estar alerta, porque tal vez en una ciudad permanecerá varias páginas y en el pueblo siguiente, apenas unos párrafos.

3. Viajar es huir o buscar. No hay más. Este viaje es una búsqueda. Lo que sucede en la frontera de Nuevo León y Tamaulipas con Estados Unidos es la situación de violencia más grave y dramática de los últimos años en México. Aún más que lo que acontece en otras regiones fronterizas extremas, como la que comprende Tijuana o la de Ciudad Juárez, donde existen voces periodísticas y literarias que hablan fuerte y claro sobre lo que ahí sucede. Uno de los objetivos de este viaje por el noreste mexicano es tratar de encontrar una voz propia que narre lo que está pasando aquí en el noreste. Es por ello que en cada parada del viaje hay una manera de narrar cambiante. Esa desigualdad narrativa también es parte de la búsqueda que se hace en esta expedición.

4. Al final hay una reflexión presentada como “La frontera de la necropolítica”. Visite ese epílogo sólo si usted desea conocer una interpretación del recorrido por el noreste de México; como si, ya de regreso en casa, quisiera discutir con alguien más los recuerdos del viaje apenas hecho. También puede ser al revés: usted puede leer el epílogo antes de iniciar el viaje y tener así una mirada más amplia sobre lo que descubrirá. En todo caso, si se anima a conocer “La frontera de la necropolítica”, de manera especial se le recomienda NO leer las notas a pie de página que vienen ahí. Contienen historias todavía más subterráneas acerca de La guerra de Los Zetas.

Antes del viaje

UN JOVEN ZETA MEXICANO

En el año en que comencé a trabajar como reportero no hubo ningún colapso informático por el efecto 2000 pero nacieron Los Zetas. En el noreste de México escuchabas comentarios acerca de la gente de la última letra sin prestar demasiado interés. La derrota del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el inicio de la supuesta transición eran temas mejor valorados en las redacciones de los periódicos.

Como había furor democrático me la pasé reporteando sobre las nuevas y viejas mafias de políticos que practicaban el robo sistemático del dinero público. Cada nota que redactaba sobre bonos millonarios cobrados en secreto por diputados o de contratos otorgados por presidentes municipales corruptos a sus socios o familiares me hacían sentir parte de algo vibrante como el watergate. En el México norteño, durante los inicios del siglo XXI, antes de que los editores se resignaran a trabajar sus titulares con un vocabulario medieval que incluía palabras como guerra, torturados, decapitación, fosas y masacre, las notas principales solían incluir términos como bonogate, parquegate, amigogate, asesorgate y gobernadorgate.

Parece que en el Distrito Federal hasta hubo un toallagate.

Manadas de periodistas entreabríamos emocionados la caja de Pandora tras la caída del régimen priista y aparecían excreciones flamantes o acumuladas durante largo tiempo que sacábamos y envolvíamos con términos anglosajones como papel regalo, antes de sacarlas a la luz.

Escribí mi primera nota sobre Los Zetas en abril de 2001, a los veinte años de edad. Trataba sobre un operativo que marcó un antes y después en el mundo del narcotráfico de la Frontera Chica, como llamamos nosotros a la pequeña zona de Tamaulipas colindante con Texas. Soldados de fuerzas especiales descendieron de madrugada del cielo, en paracaídas camuflados, en Guardados de Abajo, ranchería de Ciudad Miguel Alemán, donde operaba Gilberto García Mena, un traficante veterano no muy conocido, quien hasta el día de su captura fue un regulador entre los intereses económicos de empresarios narcos del noreste y de los comerciantes sinaloenses pioneros que exportaban la mercancía requerida por consumidores estadounidenses.

Esa vez hice mi primer enlace como corresponsal a un noticiero de la televisión de Monterrey, desde una casa de dos pisos de apariencia exterior normal, pero que por dentro tenía las habitaciones, el comedor, la cocina y los baños retacados de toneladas de mariguana envuelta en cajas de cartón plastificadas. En aquel pueblo sitiado por el Ejército entrevisté, entre el aroma de hierba verde, al fiscal a cargo del operativo, entonces un desconocido: José Luis Santiago Vasconcelos, quien años después sería el zar antidrogas y fallecería en noviembre de 2008 cuando el avión en el que volaba se estrelló a causa de un accidente —sí, por increíble que parezca— en la principal avenida de la Ciudad de México a la hora pico del tráfico.

El aparatoso operativo que ocurrió en la Frontera Chica ese año —que incluyó la detención de algunos mandos de los cuarteles de la zona militar— se olvidó pronto. La región desapareció de nuevo del mapa. Los reporteros del noreste regresamos a escribir de las letras más longevas del abecedario mexicano: PRI.

Como era de esperarse, la derrota electoral y las incontenibles ambiciones de poder desataron un cisma en el estómago del dinosaurio, lo que derivó en la excreción de varios priistas connotados como la cacique sindical Elba Esther Gordillo. Después el país se enfrascó en un escandaloso y torpe proceso de desafuero promovido por el gobierno de Vicente Fox contra el jefe de gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, no por la corrupción del acomodaticio séquito perredista —bien disimulada con un Tsuru—, sino por una absurda obra vial.

Así llegamos al 2006 con unas ríspidas elecciones presidenciales ganadas por un margen de apenas 0.56 por ciento en un país escéptico aún de las urnas, tras la tradición de celebrar setenta años los comicios más ficticios del mundo.

Ese año, el presidente que tomó protesta, Felipe Calderón Hinojosa, lo hizo en medio de una crisis que, en lugar de atenderse políticamente (el candidato perdedor nunca lo reconoció y ni siquiera se reunió con él), decidió encubrir con una vieja estrategia recomendada a los gobiernos débiles y que ha sido usada por presidentes cobardes de otras épocas y lugares del mundo: declarando una guerra.

¿Contra quién? Aunque cambió muy seguido el discurso, a veces parecía que él, y sólo él, supo la respuesta.

Siete años después del emocionante año 2000, cuando vimos vestido de militar al presidente, invocando ese 3 de enero de 2007 al Ejército para legitimar su naciente gobierno, algunos pensamos que nuestro México rocambolesco no se había convertido de forma necesaria en un país más democrático. Además, la corrupción institucional, quizá la causa principal por la que perdió el priismo, se mantuvo intacta, o en algunos casos cobró proporciones inhumanas (basta revisar el siniestro de la Guardería ABC en Hermosillo, Sonora, para probarlo).

En ese tiempo, en el noreste mexicano presenciamos también cómo legiones de alcaldes, en pos de conseguir financiamiento lícito o ilícito para la siguiente campaña electoral y algo más, renunciaban a gobernar sus ciudades y se dedicaban a administrar la destrucción de éstas. Con ese ánimo político los cuerpos policiales municipales no sólo dejaron de combatir al crimen: se convirtieron en una fuerza criminal en sí mismos.

El fiasco de nuestra incipiente democracia no surgió una mañana de forma repentina. Se gestó con lentitud y una indiferencia general. La realpolitik es cínica, ya se sabe, pero vivir con esta resignación fue veneno para eso a lo que se le dice ciudadanía, la cual, en México, parece que acabó creyendo que lo mejor que podía hacer ante la devastación que ocurría frente a sus ojos, era evadir la política y la realidad.

Lo que sí empezó a notarse con algo más de claridad por esos días fue que el escrutinio minucioso del ejercicio cotidiano del gobierno pasó, ante la “guerra”, a un segundo plano en los medios de comunicación. Si usted es mexicano, ¿recuerda algún caso de corrupción gubernamental documentado a fondo en algún diario mediante una investigación periodística propia en los años recientes? Hay unos cuantos, pero sobran dedos de una mano para enumerarlos.

De contar hasta la cantidad y el precio de las toallas compradas en la residencia presidencial de Los Pinos, se pasó a cuantificar el número de cadáveres que entraban a diario a la morgue más cercana a tu redacción.

Cuando desaparecieron del radar de interés los asuntos sociales que me había tocado reportear antes de 2007, una suerte de curso intensivo de realidades nacionales que incluyó “La otra campaña” del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN); el siniestro de Pasta de Conchos; las huelgas mineras en Lázaro Cárdenas, Michoacán, y Cananea, Sonora; la represión en Atenco y la insurrección de Oaxaca; hubo un momento en el que también, en lo personal, me sentí fuera de todo radar. La inercia que había ese año en el país me llevó un día a montar un camión de asalto del Ejército, usando chaleco antibalas y casco militar acompañando a decenas de soldados a buscar zetas en Apatzingán, Michoacán, hasta donde se supone que ya había llegado la plaga proveniente de mi tierra natal. La experiencia resultó algo así como ir con una caña de pescar a un acuario. No tardé mucho en darme cuenta de que detestaba ser un rambo-periodista que contaba muertes en lugar de intentar relatar las historias que había detrás de ellas.

Aunque de 2000 a 2010 redacté y publiqué más o menos siete mil notas (la respectiva carpeta de mi computadora indica increíblemente eso), mi anhelo suele ser el de involucrarme y contar lo que veo y escucho en los lugares a los que voy, sobre todo cuando viajo a los que casi nadie puede o tiene a que ir. A partir de 2007 la necesidad de narrar, más que de registrar lo que pasaba de acuerdo con un preformato se volvió imperante; peor todavía: deber moral, debido a que veía cómo iba gestándose un esperpento que luego adquirió el tétrico y aún cambiante rostro de sesenta mil personas muertas.

Quizás es prematuro afirmarlo con todas sus letras, pero es probable que la lógica seguida por los medios de comunicación de aproximarse con vocación estadística, cuasi deportiva, a la violencia desatada en varios lugares del país —una lógica que yo también seguí— en algo ha de ser cómplice de la tragedia nacional. Ya se verá después, cuando otros analicen con suficiente distancia este periodo tan triste que además, por razones paramilitares, es complicado de documentar al momento y de forma frontal en ciertos lugares del país.

Para expresarse ante la devastación, cada quien reacciona con los recursos que tiene a la mano. Suelen buscarse respuestas en ciertos aprendizajes íntimos. Una vieja lección de periodismo de Alma Guillermoprieto parece hoy más valiosa que nunca. En ella aconsejaba algo que en el grueso de las escuelas de comunicación te prohíben: que los reporteros mezclemos la información recopilada con observación, análisis y nuestras reacciones personales. Alma resaltaba el poder del periodismo narrativo frente a la información dura. Es éste superior por una cosa: las historias permiten que el lector pueda pensar sin reservas, entender realmente algo, mientras que con una nota breve (o siete mil) se alimenta en los lectores una tramposa sensación consoladora de que el mundo gira demasiado rápido y no tenemos tiempo de detenernos a hacer algo a lo que sí te obliga una historia bien narrada: pensar.

Otra lectura reciente y ficcional, 2666, del espiritifláutico Roberto Bolaño, acabó por hacerle captar al reportero que soy el valor de cierta narración exhaustiva, hasta maratónica, cuando se hace lo que en apariencia es imposible: hablar del narcotráfico sin mostrar narcotraficantes. Hoy entiendo que la violencia mexicana exige una implicación personal total y algo bizarra para tratar de entenderla. Cuando comprendí esto debí asumir un pacto con el periodismo narrativo, al que me refiero a veces como periodismo infrarrealista no sé bien por qué, aunque seguro influye el hecho de que fui un pésimo poeta precoz y, por supuesto, el haber estado más de una vez caminando de noche por las calles de Santa Teresa, Sonora.

A los que comentaba esta decisión les preocupaba mi forma de pensar. Lo veían como una especie de claudicación, de rendición frente al diarismo, la única forma posible que ellos conciben de hacer el periodismo; de hecho es así, en tér ...