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DESPUéS DE TI

Jojo Moyes

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Fragmento

1

 

 

 

El tipo grande del fondo de la barra está sudando. Tiene la cabeza gacha sobre su whisky doble, pero cada pocos segundos levanta la vista y mira hacia atrás, a la puerta. Un fino velo de sudor reluce bajo los tubos fluorescentes. Suelta un resoplido largo y tembloroso, disfrazado de suspiro, y vuelve a su copa.

—Eh, ¡disculpe!

Aparto la mirada de las copas a las que estoy sacando brillo.

—¿Me pone otra?

Quiero decirle que no es buena idea, que no le va a ayudar, que puede que incluso le haga pasar el límite. Pero es un tipo grande y queda un cuarto de hora para cerrar, y según las normas de la empresa no tengo motivo para decirle que no, así que me acerco, cojo su copa y la levanto hacia el dispensador de bebidas. Él asiente mirando la botella.

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—Doble. —Y se pasa una de sus gordas manos por la cara empapada de sudor.

—Siete libras con veinte, por favor.

Son las once menos cuarto de la noche, y el martes en el pub irlandés Shamrock and Clover del London City Airport, que de irlandés tiene lo mismo que Mahatma Gandhi, va tocando a su fin. El bar cierra diez minutos después de despegar el último vuelo, y ahora mismo solo quedamos servidora, un joven de aspecto intenso con un portátil, las cotorras de la mesa dos, y el hombre del Jameson doble, que o bien está esperando a coger el SC107 destino Estocolmo o el DB224 destino Múnich —este último lleva cuarenta minutos de retraso—.

Llevo trabajando desde el mediodía, porque Carly tenía dolor de estómago y se fue a casa. No me importa. Nunca me importa quedarme hasta tarde. Mientras tarareo suavemente Gaitas celtas de la Isla Esmeralda, Volumen III, me acerco a recoger las copas de las dos mujeres, que están viendo atentamente un vídeo en el móvil. Se ríen con esa risa fácil del que va un poco achispado.

—Mi nieta. Tiene cinco días —dice la rubia mientras me inclino sobre la mesa para coger su copa.

—Preciosa. —Sonrío. Todos los bebés me parecen bollos con pasas.

—Vive en Suecia. Nunca he estado allí. Tendré que ir a ver a mi primer nieto, ¿no?

—¡Estamos bautizándola! —Se echan a reír de nuevo—. ¿Brindas con nosotras? Venga, tómate cinco minutitos. No nos va a dar tiempo a acabar la botella.

—¡Huy! Ya. Vamos, Dor. —Alertadas por una pantalla, recogen sus pertenencias, y puede que yo sea la única que nota que se tambalean un poco al ir hacia el control de seguridad. Dejo sus copas en la barra, y echo un vistazo a la sala para ver si hay algo más para lavar.

—¿Nunca te entra la tentación? —La más menuda de las dos ha vuelto a por su bufanda.

—¿Perdón?

—De irte hacia allí, al acabar el turno. Subirte a un avión. A mí me tentaría. —Vuelve a reírse—. Todos los malditos días.

Sonrío, con una de esas sonrisas profesionales que pueden significar cualquier cosa, y me vuelvo hacia la barra.

 

 

A mi alrededor, las tiendas del duty free están cerrando, y las persianas de acero caen ruidosamente ante los bolsos caros y los regalos de última hora de Toblerone. Las luces de las puertas tres, cinco y once se apagan mientras los últimos viajeros desaparecen en el cielo nocturno. Violet, la limpiadora congoleña, empuja su carrito hacia mí, con un lento bamboleo y sus zapatos de suela de goma rechinando sobre el brillante linóleo.

—Buenas noches, cariño.

—Buenas noches, Violet.

—No deberías estar aquí tan tarde, querida. Deberías estar en casa con tus seres queridos. —Cada noche me dice lo mismo.

—Ya queda poco. —Y cada noche contesto con las mismas palabras.

Satisfecha, asiente y sigue su camino.

El Intenso Joven del Portátil y el Sudoroso Bebedor de Whisky se han ido. Termino de apilar los vasos, y hago el arqueo, comprobando dos veces hasta que lo que dice la caja coincide con lo que hay en la bandeja. Anoto todo en el libro de cuentas, compruebo los surtidores y apunto lo que hay que pedir. En ese momento noto que el abrigo del tipo grande sigue sobre su taburete. Me acerco y alzo la mirada hacia la pantalla. El vuelo a Múnich debe de estar embarcando, si sintiera el impulso todavía me daría tiempo a acercarle el abrigo. Vuelvo a mirar, y me dirijo lentamente al aseo de caballeros.

—¿Hola? ¿Hay alguien aquí?

La voz que contesta suena estrangulada, con un tenue matiz de histeria. Empujo la puerta.

El Bebedor de Whisky está apoyado sobre los lavabos, echándose agua en la cara. Tiene la piel blanca como la tiza.

—¿Están llamando mi vuelo?

—Acaban de anunciarlo. Probablemente tenga unos minutos.

Estoy a punto de marcharme, pero algo me detiene. El hombre me está observando, y sus ojos son dos botoncitos llenos de ansiedad.

—No puedo hacerlo. —Coge una toalla de papel y se da golpecitos sobre la cara—. No puedo subir al avión.

Espero.

—Tengo que viajar a conocer a mi nuevo jefe, y no puedo. No he tenido agallas para decirle que me da miedo volar. —Niega con la cabeza—. Miedo no, pavor.

Dejo que la puerta se cierre detrás de mí.

—¿Qué trabajo es?

Parpadea varias veces.

—Eh…, repuestos de coche. Soy el nuevo Gerente Regional, abre paréntesis, Repuestos, cierra paréntesis, de Hunt Motors.

—Parece un buen puesto —digo—. Tiene… paréntesis.

—Llevo mucho tiempo trabajándomelo. —Traga saliva—. Y por eso no quiero morir en una bola de llamas. De veras no quiero morir en una bola de llamas en el aire.

Estoy tentada de decirle que en realidad no sería una bola de llamas en el aire, sino más bien una bola en caída rápida, pero sospecho que tampoco le ayudaría demasiado. Vuelve a echarse agua sobre la cara y le doy otra toallita de papel.

—Gracias. —Suelta un resoplido tembloroso, y se endereza, tratando de recomponerse—. Apuesto a que nunca has visto a un hombre adulto comportarse como un idiota, ¿eh?

—Unas cuatro veces al día.

Sus ojos diminutos se abren de repente.

—Tengo que sacar a alguien del aseo de caballeros unas cuatro veces al día. Y suele ser por miedo a volar.

Vuelve a parpadear.

—Pero, como les digo a todos, nunca se ha caído un avión que haya despegado de este aeropuerto.

Echa el cuello hacia atrás.

—¿En serio?

—Ni uno.

—¿Ni siquiera… un pequeño accidente en la pista de despegue?

Me encojo de hombros.

—De hecho, esto es bastante aburrido. La gente se va a dondequiera que vaya, y vuelve a los pocos días. —Me inclino contra la puerta para abrirla. Cuando llega la noche estos aseos nunca huelen muy bien—. Y, de todas formas, creo que le podrían pasar cosas peores.

—Bueno, supongo que tienes razón. —Se queda pensando y me mira de reojo—. ¿Cuatro al día?

—A veces, más. Bueno, si no le importa, tengo que volver. No conviene que me vean salir del aseo de caballeros muy a menudo.

Sonríe, y por un minuto puedo imaginar cómo será en otras circunstancias. Un hombre entusiasta por naturaleza. Un hombre alegre. Un hombre en lo más alto del mundo de los repuestos de coche de fabricación europea.

—Creo que están llamando su vuelo.

—¿Crees que no me pasará nada?

—No le pasará nada. Es una aerolínea muy segura. Y solo son un par de horas en su vida. Mire, el SK491 aterrizó hace cinco minutos. Cuando vaya hacia la puerta de embarque se cruzará con azafatos y azafatas de camino a casa, y les verá charlando y riendo. Para ellos, subirse a esos aviones es como subirse al autobús. Algunos lo hacen dos, tres, cuatro veces al día. Y no son tontos. Si no fuera seguro, no lo harían, ¿no cree?

—Como subirse al autobús —repite.

—Probablemente mucho más seguro.

—Bueno, eso desde luego. —Arquea las cejas—. Hay mucho imbécil en la carretera.

Asiento.

Él se ajusta la corbata.

—Y es un puesto importante.

—Una pena perderlo por algo tan pequeño. Estará bien en cuanto se acostumbre a estar ahí arriba otra vez.

—Puede ser. Gracias…

—Louisa —digo.

—Gracias, Louisa. Eres muy amable. —Me mira pensativo—. ¿Te apetecería… ir a tomar algo algún día?

—Creo que están anunciando su vuelo, señor —digo, y abro la puerta para dejarle salir.

Él asiente para disfrazar la vergüenza, se da golpecitos sobre los bolsillos.

—Sí, claro. Bueno…, allá voy.

—Disfrute de estos paréntesis.

Dos segundos después de marcharse me doy cuenta de que ha dejado vomitado el cubículo tres.

 

 

Llego a casa a la una y cuarto, y entro en el silencioso apartamento. Me pongo los pantalones del pijama y una sudadera con capucha, abro la nevera, saco una botella de vino blanco y me sirvo una copa. Está tan amargo que me hace fruncir los labios. Miro la etiqueta y me doy cuenta de que debí de abrirla la noche anterior y se me olvidó taparla, pero decido que no es buena idea dar demasiada importancia a estas cosas. Me hundo en un sillón con ella.

Sobre la repisa de la chimenea hay dos tarjetas. Una es de mis padres, deseándome feliz cumpleaños. Los «mejores deseos» de mi madre duelen como una puñalada. La otra es de mi hermana, que propone venir con Thom a pasar el fin de semana. Es de hace seis meses. Dos mensajes en mi buzón de voz, uno del dentista. El otro, no.

«Hola, Louisa. Soy Jared. Nos conocimos en el Dirty Duck, ¿recuerdas? Bueno, nos liamos. [Risa torpe y contenida]. En fin…, que… me lo pasé bien. He pensado que podíamos repetir. Tienes mi número…».

Cuando ya no queda nada en la botella, me planteo bajar a comprar otra, pero no quiero volver a salir. No quiero que Samir el de la tienda de 24 horas me suelte una de sus bromas sobre mis interminables botellas de Pinot Grigio. No quiero tener que hablar con nadie. De repente estoy agotada, pero es ese tipo de agotamiento en que notas un zumbido en la cabeza y sabes que no dormirás si te vas a la cama. Vuelvo a pensar brevemente en Jared y en que tenía unas uñas con forma extraña. ¿Me molestan las uñas con forma extraña? Observo las paredes desnudas del salón y de repente me doy cuenta de que lo que de verdad necesito es aire. Sí, necesito aire. Abro la ventana de la entrada y trepo con paso vacilante por la escalera de incendios hasta la azotea.

La primera vez que subí, hace nueve meses, el agente inmobiliario me enseñó el jardín que los inquilinos anteriores habían creado ahí, poniendo varios tiestos de plomo y un banquito.

—Oficialmente no es tuyo, claro —dijo—, pero el único apartamento con acceso directo es el tuyo. A mí me parece muy agradable. ¡Hasta podrías hacer una fiesta aquí! —Me quedé mirándole, y preguntándome si tenía aspecto de ser la clase de persona que da fiestas.

Hace mucho que las plantas se marchitaron y murieron. Parece que no se me da muy bien cuidar de las cosas. Ahora estoy de pie en la azotea, contemplando la oscuridad parpadeante de Londres. A mi alrededor hay un millón de personas que viven, respiran, comen y discuten. Un millón de vidas completamente ajenas a la mía. Es una paz extraña.

Las farolas relucen mientras los sonidos de la ciudad se filtran en el aire de la noche: motores que se aceleran, puertas que se cierran. Varios kilómetros al sur, se oye el ruido sordo y brutal de un helicóptero de la policía, rastreando la oscuridad con su cañón de luz en busca de algún malhechor desaparecido en un parque local. Y, en algún lugar a lo lejos, una sirena. Siempre una sirena.

—No te costará sentirte en casa —me dijo el agente inmobiliario. Y casi me eché a reír. La ciudad me resulta tan extraña como siempre. Pero bueno, hoy en día todo el mundo se siente así.

Vacilo, y de un paso me subo al pretil, con los brazos en cruz, como una funambulista ligeramente borracha. Poniendo un pie delante del otro, sigo el borde del cemento, y la brisa me hace cosquillas en el vello de los brazos. Cuando me mudé aquí, cuando todo me golpeó con más fuerza, a veces me retaba a mí misma a ir de un extremo al otro del edificio. Al llegar al otro lado soltaba una carcajada en el aire de la noche. «¿Ves? Estoy aquí, sobreviviendo. Aquí, en el borde mismo. ¡Estoy haciendo lo que me dijiste!».

Se ha convertido en un hábito secreto: yo, el perfil de la ciudad, el consuelo de la oscuridad, el anonimato, y la certeza de que aquí arriba nadie sabe quién soy. Levanto la cabeza, sintiendo las brisas nocturnas; escuchando las risas allá abajo, el golpe amortiguado de una botella al romperse, el tráfico serpenteando en dirección a la ciudad; viendo el interminable torrente rojo de luces traseras, un flujo sanguíneo automotriz. Las únicas horas relativamente tranquilas son entre las tres y las cinco de la madrugada, cuando los borrachos ya se han derrumbado en la cama, los chefs se han quitado sus batas blancas y los pubs han echado la reja. El silencio de esas horas solo se ve interrumpido de manera esporádica por los camiones cisterna, al abrir la panadería judía al final de la calle, o con el golpe seco de los fardos de periódicos que sueltan las camionetas de reparto. Conozco los movimientos más sutiles de la ciudad porque ya no duermo.

Abajo, en el White Horse, hay una fiesta de hipsters y gente del East End, una pareja discute en la calle, y por toda la ciudad el hospital va recogiendo pedazos de enfermos y heridos, y de aquellos que por los pelos han sobrevivido un día más. Aquí arriba solo están el aire, la oscuridad y en algún lugar el avión de carga de FedEx de Heathrow a Pekín, y un sinfín de pasajeros como el señor Bebedor de Whisky, de camino a un sitio nuevo.

—Dieciocho meses. Dieciocho largos meses. ¿Cuándo será suficiente? —digo en la oscuridad. Y ahí está: puedo notarla hirviendo otra vez, la rabia inesperada. Doy dos pasos hacia delante, mirándome los pies—. Porque no siento que esté viviendo. No siento nada.

Dos pasos. Otros dos más. Esta noche voy a ir hasta la esquina.

—Porque no me diste una vida, ¿eh? No. Solo me destrozaste la antigua. La hiciste añicos. ¿Qué se supone que debo hacer con lo que queda? ¿Cuándo voy a sentir…? —Abro los brazos, sintiendo el aire fresco de la noche sobre la piel, y noto que estoy llorando otra vez—. Que te jodan, Will —susurro—. Que te jodan por dejarme.

La pena vuelve a acumularse, como una marea repentina, intensa y arrolladora. Y, justo cuando siento que me hundo en ella, una voz dice entre las sombras:

—No creo que debas estar ahí arriba.

Me giro un poco, y por un instante veo un rostro pequeño y pálido en la escalera de incendios, con los ojos oscuros abiertos de par en par. Del susto, mi pie resbala en el pretil, y mi peso se inclina hacia el lado equivocado. Mi corazón da un vuelco, y un instante después le sigue el resto de mi cuerpo. Y, entonces, como en un mal sueño, ya no peso, en el abismo del aire de la noche, y mis piernas se agitan sobre mi cabeza mientras oigo un grito que tal vez sea mío.

¡Cras!

Y entonces todo se vuelve negro.

2

 

 

 

Cómo te llamas, cariño?

Llevo un collarín.

Una mano me toca la cabeza, suave y rápidamente.

Estoy viva. Es bastante sorprendente, la verdad.

—Ya está. Abre los ojos. Ahora mírame. Mírame. ¿Me puedes decir cómo te llamas?

Quiero hablar, quiero abrir la boca, pero la voz me sale ahogada y sin sentido. Creo que me he mordido la lengua. Tengo sangre en la boca, está caliente y sabe a hierro. No me puedo mover.

—Te vamos a poner en una tabla espinal, ¿vale? Puede que estés incómoda un minuto, pero te voy a inyectar un poco de morfina para que te duela menos. —La voz del hombre suena calmada, templada, como si fuera lo más normal del mundo yacer destrozada sobre el asfalto, mirando el cielo oscuro. Quiero reírme. Quiero decirle lo ridículo que es que esté aquí ahora mismo. Pero nada parece salir como debiera.

La cara del hombre desaparece de mi vista. Una mujer con una chaqueta fosforescente, el pelo oscuro y rizado recogido en una coleta, se inclina sobre mí y me apunta bruscamente a los ojos con una linterna alargada, mirándome con un interés distante, como si fuera una muestra en lugar de una persona.

—¿Necesita ventilación con ambú?

Quiero hablar, pero me distrae un dolor en las piernas. «¡Dios!», exclamo, aunque no sé si lo digo en voz alta.

—Fracturas múltiples. Pupilas normales y reactivas. Presión arterial noventa-sesenta. Ha tenido suerte de darse con el toldo. ¡Y anda que caer en una tumbona…! Aunque ese hematoma no me gusta. —Aire frío en el vientre, el suave roce de unos dedos calientes—. ¿Hemorragia interna?

—¿Hace falta otro equipo?

—Caballero, ¿puede echarse hacia atrás, por favor? ¿Puede apartarse?

La voz de otro hombre:

—Salí a fumar, y cayó en mi puto balcón. Casi me cae encima.

—Bueno, pues mire, es su día de suerte, no lo hizo.

—Me ha dado un susto de muerte. No te esperas que de repente caiga alguien del cielo, joder. Mire mi silla. Me costó ochocientas libras en Conran Shop… ¿Cree que podría recuperar el dinero?

Un breve silencio.

—Puede hacer lo que quiera, caballero. Si quiere, de paso puede cobrarle por tener que limpiar la sangre de su balcón. ¿Qué le parece?

Los ojos del primero se posan en su compañera. El tiempo se desliza, y yo caigo con él. ¿Me he caído de una azotea? Tengo la cara fría y noto remotamente que empiezo a temblar.

—Sam, está entrando en shock.

Se abre la puerta deslizante de una furgoneta. Y entonces la tabla que tengo debajo se mueve brevemente y qué dolor qué dolor qué dolor… Todo se vuelve negro.

 

 

Una sirena y un remolino azul. Siempre una sirena en Londres. Nos movemos. La luz fluorescente se desliza dentro de la ambulancia, se detiene y vuelve, iluminando el interior que de repente está lleno y al hombre de uniforme verde, que marca algo en su teléfono y se gira para ajustar el goteo sobre mi cabeza. Ya no siento tanto dolor —¿morfina?—, pero con la consciencia viene un terror cada vez mayor. Una inmensa bolsa de aire se infla lentamente dentro de mí, obstruyendo todo lo demás, inapelable. Oh, no. Oh, no.

— ¿Pgedone?

Tengo que repetirlo otra vez para que me oiga el hombre, que va agarrado con un brazo a la parte trasera de la cabina. Se vuelve y se agacha hacia mi cara. Huele a limón y se ha dejado un poco de barba sin afeitar.

—Engzoy…

Se inclina más hacia mí.

—Lo siento. Cuesta oír con la sirena. En nada llegamos al hospital. —Pone su mano sobre la mía. Está seca y calentita, reconfortante. De repente siento pánico de que decida quitarla—. Aguanta. ¿Tiempo estimado de llegada, Donna?

No soy capaz de articular palabras. La lengua me llena toda la boca. Tengo los pensamientos confusos, solapados. ¿Moví los brazos cuando me levantaron? Moví el derecho, ¿no?

—¿Engzoy… varalítica?

—¿Varalítica? —El hombre duda, con los ojos clavados en los míos, luego gira el rostro y mira mis piernas—. ¿Puedes mover los dedos del pie?

Intento recordar cómo mover los pies. Parece hacerme falta bastante más concentración de la habitual. El hombre estira el brazo y me roza el dedo gordo, como si intentara recordarme dónde están.

—Inténtalo otra vez. Ahí está.

El dolor me sube por ambas piernas. Un grito ahogado, tal vez un gemido. Mío.

—Estás bien. El dolor es bueno. No te lo puedo asegurar, pero no creo que haya lesión espinal. Te has roto la cadera, y alguna otra cosilla.

Sus ojos están clavados en los míos. Ojos amables. Parece que entiende lo difícil que soy de convencer. Siento cómo su mano se cierra sobre la mía. Nunca he necesitado tanto el tacto humano.

—En serio. Estoy bastante seguro de que no te vas a quedar paralítica.

—Oh, gracia Diog. —Oigo mi voz como si estuviera muy lejos. Mis ojos se llenan de lágrimas—. Por fag… no me suel… —susurro.

Él acerca su cara un poco más.

— No te voy a soltar.

Quiero hablar, pero su cara se hace borrosa, y vuelvo a irme.

 

 

Más tarde me cuentan que caí dos pisos de los cinco, atravesé un toldo y fui a aterrizar en una lujosa tumbona extragrande de lona e imitación de mimbre impermeable y acolchada en el balcón de don Antony Gardiner, abogado especializado en derechos de autor, y vecino al que no conocía. Mi cadera está rota en dos, y tengo dos costillas y la clavícula partidas. Me he fracturado dos dedos de la mano izquierda, y un metatarso, que me asomaba a través de la piel del pie e hizo que uno de los estudiantes de medicina se desmayara. Mis radiografías despiertan bastante fascinación.

No paro de oír la voz del enfermero que me trató: «Nunca sabes lo que va a pasar cuando te caes de una gran altura». Aparentemente, soy muy afortunada. Me dicen eso y aguardan expectantes como si debiera contestarles con una enorme sonrisa, o tal vez un bailecito. No me siento afortunada. No siento nada. Me duermo y despierto, y a veces la imagen que veo sobre mi cabeza son luces estridentes de un quirófano, y luego una habitación tranquila y silenciosa. La cara de una enfermera. Fragmentos de conversación.

«¿Has visto la que ha liado la vieja del D4? Buena forma de acabar el turno».

«Tú trabajas en el Princess Elizabeth, ¿no? Ya puedes decirles que aquí sabemos cómo llevar Urgencias. ¡Ja, ja, ja, ja, ja!».

«Ahora descansa, Louisa. Nosotros nos encargamos de todo. Tú solo descansa».

La morfina me da sueño. Me suben la dosis, y siento un remolino frío y agradable de olvido.

 

 

Abro los ojos y encuentro a mi madre al pie de la cama.

—Está despierta. Bernard, está despierta. ¿Llamamos a la enfermera?

Se ha cambiado el color de pelo, pienso desde la lejanía. Y entonces: Ay. Es mi madre. Mi madre ya no me habla.

—Ay, gracias a Dios. Gracias a Dios. —Mi madre levanta la mano y se toca la cruz que lleva al cuello. Se inclina hacia delante y acaricia suavemente mi mejilla. Por algún motivo, eso hace que mis ojos se llenen de lágrimas al instante—. ¡Ay, mi niña! —Está inclinada sobre mí, como si quisiera protegerme de algún otro daño—. Ay, Lou. —Me enjuga las lágrimas con un pañuelo de papel—. Cuando llamaron me dieron un susto de muerte. ¿Te duele? ¿Necesitas algo? ¿Estás cómoda? ¿Te puedo traer alguna cosa?

Habla a tal velocidad que no puedo contestar.

—Hemos venido en cuanto nos dijeron que podíamos. Treena está con el abuelo. Te manda un abrazo. Bueno, hizo una especie de ruido, ya sabes, pero ya sabemos lo que quiere decir. Ay, mi amor, pero ¿cómo has acabado así? ¿En qué estabas pensando?

No parece que espere ninguna respuesta. Lo único que tengo que hacer es seguir aquí tumbada.

Mi madre se seca las lágrimas, luego vuelve a secármelas a mí.

—Sigues siendo mi hija. Y… No podría soportarlo si algo te pasara y no nos hubiéramos…, ya sabes.

—Nnng… —Me trago las palabras. Siento la lengua ridícula. Parezco borracha—. Nunga quingse…

—Lo sé. Pero me lo pusiste muy difícil, Lou. No podía…

—Ahora no, querida, ¿eh? —Papá le toca el hombro.

Ella mira hacia la media distancia, y me coge de la mano.

—Cuando nos llamaron. Ay. Pensé… No sabía… —Vuelve a sorberse la nariz, con el pañuelo pegado a los labios—. Gracias a Dios que está bien, Bernard.

—Claro que lo está. Esta chica es de goma, ¿eh?

Papá se cierne sobre mí. La última vez que hablamos por teléfono fue hace dos meses, pero no le he visto en año y medio, desde que dejé Stortfold. Parece enorme y familiar, y desesperadamente cansado.

—Lo sssiento —susurro. No se me ocurre otra cosa que decir.

—No seas tonta. Solo nos alegramos de que estés bien. Aunque parezca que le hayas aguantado seis asaltos a Mike Tyson. ¿Te has visto en el espejo desde que llegaste?

Niego con la cabeza.

—Bueno…, puede que sea mejor esperar un poco más. Conoces a Terry Nicholls, ¿te acuerdas cuando salió por encima del manillar junto al supermercado? Pues si le quitas el bigote, así es más o menos como estás tú. De hecho —se acerca a mirarme la cara—, ahora que te veo…

—Bernard.

—Mañana te traemos unas pinzas. En fin, la próxima vez que quieras dar clases de vuelo, nos vamos a un aeródromo de toda la vida, ¿eh? Es evidente que lo de saltar y batir alas no te funciona.

Intento sonreír.

Los dos se inclinan sobre mí. Sus rostros están crispados, angustiados. Mis padres.

—Está más delgada, Bernard. ¿No crees que está más delgada?

Papá se acerca un poco más, y entonces veo que sus ojos parecen algo más acuosos, y su sonrisa algo más temblorosa de lo habitual.

—Ah… Está preciosa, querida. Créeme. Estás preciosa. —Me aprieta la mano, se la lleva a los labios y la besa. Es la primera vez que mi padre hace eso en toda mi vida.

En ese momento comprendo que creían que iba a morir, y me sale un sollozo inesperado del pecho. Cierro los ojos bajo las lágrimas cálidas y siento la palma de su mano grande y curtida por la madera alrededor de la mía.

—Estamos aquí, cariño. Está todo bien. Todo va a ir bien.

 

 

Durante dos semanas se hacen ochenta kilómetros de viaje en el primer tren de la mañana, y luego, cada pocos días. A papá le dan un permiso especial en el trabajo, porque mamá no tiene intención de viajar sola. Al fin y al cabo, en Londres puede pasar de todo. Esto lo dice más de una vez y siempre echando una mirada furtiva hacia atrás, como si ahora mismo hubiera un encapuchado blandiendo un cuchillo en el hospital. Treena se está quedando a cuidar al abuelo y, por el tonillo de mamá al decirlo, creo que a mi hermana no le hace demasiada gracia la organización.

Mamá trae comida casera, lo ha hecho desde el día en que todos nos quedamos mirando mi comida y, después de cinco minutos especulando, no logramos dilucidar qué era.

—Y en bandejas de plástico, Bernard. Como en una cárcel. —Lo movió tristemente con un tenedor, y luego lo olió. Desde entonces siempre viene con sándwiches enormes, gruesas lonchas de jamón o queso en pan blanco de hogaza, sopa casera en termos—. Comida que puedes reconocer. —Y me alimenta como a un bebé. Mi lengua está volviendo a su tamaño normal. Aparentemente casi me la parto al caer. Y, según me han dicho, es algo habitual.

Me operan dos veces para fijarme la cadera, y me escayolan el pie izquierdo y el brazo izquierdo hasta las articulaciones. Keith, uno de los celadores, me pregunta si puede firmarme las escayolas (al parecer, llevarlas en blanco trae mala suerte) y escribe rápidamente un comentario tan sucio que Evelina, la enfermera filipina, tiene que ponerle más escayola encima antes de que pase el especialista. Cada vez que me lleva a la sala de radiografías, o a la enfermería, me cuenta cotilleos de todo el hospital. Preferiría no saber qué pacientes se están muriendo de forma lenta y horrible, que aparentemente son incontables, pero a él le hace feliz. A veces me pregunto qué le dirá a la gente de mí. Soy la chica que se cayó de un quinto piso y sobrevivió. En la jerarquía del hospital, parece que esto me sitúa algo por encima del bloqueo intestinal de la Unidad C, o de la Tía Boba que Se Cortó El Pulgar Por Accidente con unas Cizallas.

Es increíble lo rápido que una se institucionaliza. Despierto, acepto la asistencia de un puñado de gente a la que ya reconozco, trato de decir lo correcto a los médicos que pasan consulta, y espero a que lleguen mis padres. Ellos se mantienen entretenidos haciendo cosillas en mi habitación, y se muestran inusitadamente respetuosos en presencia de los médicos. Papá se disculpa varias veces por mi incapacidad para rebotar, hasta que mamá le da una patada, bastante fuerte, en el tobillo.

Terminadas las rondas, mamá suele darse una vuelta por las tiendas del vestíbulo y vuelve exclamando en tonos contenidos ante la cantidad de tiendas de comida rápida.

—Ese tipo con una sola pierna de cardiología, Bernard. Ahí sentado zampándose una hamburguesa con queso y patatas, increíble.

Papá se sienta a leer el periódico local en el sillón al pie de mi cama. La primera semana no deja de mirar a ver si hay algún artículo sobre mi accidente. Trato de explicarle que en esta parte de la ciudad incluso los dobles homicidios apenas merecen una mención en los Breves, pero como una semana antes los titulares del periódico local de Stortfold decían «Carros de supermercado abandonados en zona equivocada del aparcamiento» y la semana anterior fue «Colegiales tristes ante el estado del estanque de patos», aún no está convencido del todo.

 

 

El viernes antes de mi última operación de cadera, mi madre me trae una bata una talla más grande de la mía, y una bolsa de papel marrón llena de sándwiches de huevo. No hace falta que pregunte de qué son: el olor a azufre inunda la habitación en cuanto abre su bolso. Mi padre agita la mano delante de su cara.

—Las enfermeras me van a echar la culpa a mí, Josie —dice, abriendo y cerrando la puerta.

—Los huevos la engordarán. Está demasiado flaca. Además, más vale que te calles. Dos años después de que muriera el perro aún seguías culpándole de tus pedos.

—Por mantener vivo el romanticismo, querida.

Mamá baja la voz:

—Treena dice que su último novio le ponía las mantas sobre la cabeza cuando lanzaba sus ventosidades. ¿Te imaginas?

Papá se vuelve hacia mí.

—Cuando lo hago yo, tu madre se cambia de barrio.

A pesar de las risas, hay tensión en el aire. La puedo notar. Cuando tu mundo entero se reduce a cuatro paredes, percibes perfectamente las sutiles variaciones en el ambiente. Se nota en la forma que tienen los médicos que pasan consulta de volverse ligeramente al examinar las radiografías, o cómo las enfermeras se cubren la boca al hablar de alguien que acaba de morir cerca.

—¿Qué? —digo yo—. ¿Qué pasa?

Se miran incómodos.

—Bueno… —Mamá se sienta al pie de mi cama—. El médico ha dicho… El especialista ha dicho… Que no está claro cómo caíste.

Le doy un mordisco a un sándwich de huevo. Ya puedo coger cosas con la mano izquierda.

—Ah, eso. Me distraje.

—Mientras caminabas por la azotea.

Mastico un momento.

—¿Es posible que estuvieras sonámbula, cariño?

—Papá, no he sido sonámbula en la vida.

—Sí que lo has sido. Una vez, cuando tenías trece años, bajaste sonámbula a la cocina y te comiste media tarta de cumpleaños de Treena.

—Puede que no estuviera dormida del todo.

—Y luego está el nivel de alcohol en sangre. Dijeron que…, que habías bebido… mucho.

—Tuve una noche difícil en el trabajo. Me tomé una copa o dos y subí a la azotea a tomar el aire. Y entonces me distrajo una voz.

—Oíste una voz…

—Estaba subida allí arriba, mirando. Lo hago a veces. Y oí la voz de una chica detrás de mí, me asusté y perdí el equilibrio.

—¿Una chica?

—Solo oí su voz.

Papá se inclina hacia mí.

—¿Estás segura de que era una voz de verdad? ¿Que no era imaginaria?

—Es mi cadera la que está destrozada, papá, no mi cerebro.

—Es verdad que dijeron que fue una chica la que llamó a la ambulancia. —Mamá le toca el brazo a papá.

—Entonces quieres decir que fue un accidente —dice él.

Dejo de comer. Ellos apartan la mirada el uno del otro con culpabilidad.

—¿Qué? Creéis… ¿Creéis que me tiré?

—No estamos diciendo nada. —Papá se rasca la cabeza—. Es solo que…, bueno, las cosas fueron tan mal después de…, y no te habíamos visto en tanto tiempo…, y nos sorprendió un poco que estuvieras caminando por la azotea de un edificio de madrugada. Antes tenías vértigo.

—Y antes estaba comprometida con un hombre que creía normal contar las calorías que había quemado mientras dormía. ¡Dios! ¿Por eso habéis sido tan amables conmigo? ¿Porque creéis que he intentado suicidarme?

—Es que nos han estado preguntando todo tipo de…

—¿Quién os ha preguntado qué?

—Ese psiquiatra. Solo quieren asegurarse de que estás bien, querida. Sabemos que las cosan han sido…, bueno, desde…

—¿Psiquiatra?

—Te van a poner en una lista de espera para que veas a alguien. Ya sabes, para hablar. Y hemos hablado largo y tendido con los médicos, y te vas a venir a casa con nosotros. Solo mientras te recuperas. No puedes estar sola en ese apartamento. Es…

—¿Habéis estado en mi apartamento?

—Bueno, teníamos que coger tus cosas.

Se hace un largo silencio. Me los imagino de pie en el umbral de la puerta, a mi madre agarrando con fuerza su bolso mientras contempla las sábanas sucias, la hilera de botellas de vino vacías sobre el mantel, la solitaria media barrita de cereales y nueces en la nevera. Les veo negando con la cabeza y mirándose el uno al otro. ¿Estás seguro de que es aquí, Bernard?

—Ahora mismo tienes que estar con tu familia. Hasta que te recuperes.

Quiero decirles que estaré bien en mi piso, piensen lo que piensen. Quiero hacer mi trabajo e ir a casa y no volver a pensar hasta mi próximo turno. Quiero decirles que no puedo volver a Stortfold y ser esa chica, la chica que… No quiero tener que sentir el peso de la desaprobación disfrazada de mi madre, ni la alegre determinación de mi padre con que está todo bien, todo está perfectamente, como si decirlo suficientes veces fuera a solucionarlo. No quiero pasar por delante de casa de Will todos los días, pensar en aquello de lo que formaba parte, en eso que siempre va a estar ahí.

Pero no digo nada. Porque de repente me siento cansada y me duele todo, y simplemente ya no puedo luchar más.

 

 

Dos semanas después, papá me lleva a casa en la camioneta del trabajo. Solo hay sitio para dos en la parte delantera, así que mamá se ha quedado preparando la casa, y mientras avanzamos veloces por la autopista siento que el estómago se me encoge de los nervios.

Las alegres calles de mi pueblo ahora me resultan desconocidas. Las observo con una mirada distante y analítica, notando lo pequeño que parece todo, lo cansado, lo cursi. Me doy cuenta de que así debió de sentirse Will la primera vez que volvió a casa después de su accidente, pero trato de alejar el pensamiento. Al avanzar por nuestra calle, siento que me voy hundiendo poco a poco en el asiento. No quiero entablar conversaciones de cortesía con los vecinos, ni dar explicaciones. No quiero que me juzguen por lo que hice.

—¿Estás bien? —dice papá mirándome, como si intuyera lo que estoy pensando.

—Sí, bien.

—Buena chica. —Me pone la mano brevemente sobre el hombro.

Mamá espera ya en la puerta de entrada cuando el coche se detiene delante de casa. Sospecho que habrá estado media hora junto a la ventana. Papá deja una de mis bolsas en la acera y luego viene a ayudarme a bajar, echándose la otra al hombro.

Apoyo el bastón cuidadosamente en los adoquines, y siento cómo van corriendo las cortinas conforme avanzo lentamente por el caminito de entrada. Mira quién es, les oigo susurrando. ¿Qué crees que habrá hecho esta vez?

Papá me va dirigiendo, observando mis pies con atención, como si pudieran dispararse en cualquier momento e ir donde no deberían.

—¿Estás bien? —dice otra vez—. No tan deprisa.

Puedo ver al abuelo rondando por detrás de mamá en el vestíbulo, con su camisa de cuadros y su jersey azul bueno. No ha cambiado nada. El papel pintado es el mismo. La alfombra del vestíbulo es la misma, con las mismas líneas en el pelo desgastado de pasar el aspirador por la mañana. Puedo ver mi viejo anorak azul en el gancho. Dieciocho meses. Tengo la sensación de haber estado fuera una década.

—No le metas prisa —dice mamá, con las manos fuertemente entrelazadas—. Vas demasiado deprisa, Bernard.

—No es que sea Mo Farah. Si vamos más despacio haremos un moonwalk.

—Cuidado con los escalones. Bernard, ¿no deberías ponerte detrás de ella por si se cae hacia atrás?

—Sé dónde están los escalones —digo yo, apretando los dientes—. Solo viví aquí veintiséis años.

—Ten cuidado de que no se tropiece con ese saliente de ahí, Bernard. No se vaya a romper la otra cadera.

Oh, Dios, pienso. ¿Así era tu vida, Will? ¿Todos los días?

Y entonces aparece mi hermana en el vestíbulo, y pasa por delante de mamá.

—Por Dios, mamá. Venga, Saltitos. Nos estás convirtiendo en una maldita atracción de feria.

Treena mete su hombro bajo mi axila y se vuelve un instante para mirar a los vecinos, con las cejas arqueadas como diciendo: ¿Qué pasa? Y casi puedo oír el ruido de las cortinas al cerrarse.

—¡Atajo de mirones! En fin, date prisa. Le he prometido a Thomas que podría verte las cicatrices antes de llevarle al club juvenil. Dios, pero ¿cuánto peso has perdido? Debes de tener las tetas como mandarinas colgadas en calcetines…

Cuesta reírse y andar al mismo tiempo. Thomas corre a abrazarme y tengo que pararme y apoyar una mano contra la pared para mantener el equilibrio cuando chocamos.

—¿De veras te han abierto y te han vuelto a colocar todo? —Su cabeza me llega por el pecho. Le faltan cuatro dientes delanteros—. El abuelo dice que probablemente te lo hayan recolocado mal. Y que a saber cómo vamos a notarlo.

—¡Bernard!

—Estaba bromeando.

—Louisa. —La voz del abuelo suena espesa y vacilante. Se acerca tambaleándose, me abraza y yo le devuelvo el abrazo. Se aparta, agarrando mis brazos con una fuerza sorprendente para sus manos viejas, y frunce el ceño al mirarme, como fingiendo estar enfadado.

—Lo sé, papá. Lo sé. Pero ya está en casa —dice mamá.

—Estás otra vez en tu antigua habitación —me indica papá—. Me temo que la redecoramos con papel pintado de los Transformers para Thom. No te molestará algún Autobot y Predacon, ¿verdad?

—Tenía lombrices en el culo —comenta Thomas—. Mamá dice que no debo hablar de eso fuera de casa. Ni meterme los dedos por el…

—¡Ay, Dios Santo! —exclama mamá.

—Bienvenida, Lou —dice papá, y suelta la bolsa de golpe sobre mi pie.

3

 

 

 

Echando la mirada atrás, veo que los primeros nueve meses después de la muerte de Will estaba como aturdida. Me fui directa a París, y luego no volví a casa, llevada por la libertad y los deseos que Will había despertado en mí. Encontré un trabajo en un bar frecuentado por expatriados donde no les importaba mi horrible francés, y lo mejoré. Alquilé un ático diminuto en el barrio 16, encima de un restaurante de Oriente Próximo, y me pasaba las noches despierta, escuchando el ruido de los bebedores noctámbulos y los repartidores más madrugadores, y cada día tenía la sensación de que estaba viviendo la vida de otra persona.

Durante aquellos primeros meses, parecía como si hubiera perdido una capa de piel: todo lo sentía con más intensidad. Me despertaba riendo, o llorando, veía todo como si me hubieran quitado un filtro. Probaba comidas nuevas, paseaba por calles desconocidas, hablaba con la gente en un idioma que no era el mío. A veces me daba la sensación de que Will me seguía, como si estuviera viendo a través de sus ojos, y oía su voz en mi oído.

¿Qué te parece, Clark?

Te dije que te encantaría.

¡Come! ¡Pruébalo! ¡Venga!

Me sentía perdida sin nuestras rutinas diarias. Mis manos tardaron semanas en dejar de sentirse inútiles al no tener el contacto diario de su cuerpo: la suave camisa que le abotonaba, las manos calentitas e inertes que le lavaba, el pelo sedoso que aún sentía entre mis dedos. Echaba de menos su voz, su risa repentina que tanto me costaba conseguir, el tacto de sus labios sobre mis dedos, la caída de sus párpados cuando estaba a punto de dormirse. Mi madre, aún conmocionada por lo ocurrido, me dijo que, aunque me quería, no podía conciliar a esta Louisa con la hija que ella había educado. De modo que la pérdida de mi familia, unida a la del hombre al que amaba, hizo que se cortaran todos los hilos que me unían a lo que un día había sido. Y me sentía flotando, desatada, hacia un universo desconocido.

Así que puse en escena una nueva vida. Hice amistades casuales y distantes con otros viajeros: jóvenes estudiantes ingleses en sus años sabáticos, norteamericanos siguiendo los pasos de héroes literarios, seguros de que nunca volverían al medio oeste de Estados Unidos, jóvenes banqueros adinerados, domingueros de escapada. Un reparto cambiante que venía, pasaba y desaparecía; fugitivos de otras vidas. Yo sonreía, charlaba y trabajaba, diciéndome que estaba haciendo lo que quería. Que al menos en eso había consuelo.

El invierno aflojó sus garras y dejó paso a una primavera preciosa. Y, casi de repente, una mañana desperté y me di cuenta de que ya no estaba enamorada de la ciudad. O, al menos, que ya no me sentía lo bastante parisina como para quedarme. Las historias de los expatriados empezaban a parecerme iguales y cansinas, y los parisinos antipáticos, o, por lo menos, varias veces al día notaba las mil maneras en las que nunca llegaría a encajar. A pesar de su encanto, la ciudad me parecía un glamuroso vestido de alta costura que había comprado a la carrera y que no me valía. Renuncié al trabajo y me fui a viajar por Europa.

Nunca me había sentido tan inadaptada como en aquellos dos meses. Me sentía sola casi todo el tiempo. Odiaba no saber dónde iba a dormir cada noche, me angustiaba constantemente por los horarios de los trenes y el cambio de moneda, me costaba hacer amigos porque no confiaba en ninguna de las personas que iba conociendo. Y, de todas formas, ¿qué iba a decirles de mí? Cuando la gente me preguntaba, solo podía darles los detalles más superficiales. Todo lo importante o interesante sobre mí era justo lo que no podía compartir. Sin nadie con quien hablar, todo cuanto veía, ya fuera la Fontana de Trevi o un canal de Ámsterdam, me parecía solamente una casilla que tachar en una lista. Pasé la última semana en una playa de Grecia que me recordaba demasiado a la playa en la que había estado con Will no mucho antes, y finalmente, después de siete días sentada en la arena rechazando a tipos bronceados, aparentemente todos llamados Dmitri, e intentando convencerme de que me lo estaba pasando bien, me di por vencida y regresé a París. Ante todo porque por primera vez en la vida no tenía otro sitio adonde ir.

Durante dos semanas dormí en el sofá de una chica con la que había trabajado en el bar, mientras trataba de decidir qué hacer después. Recordando una conversación que tuve con Will sobre carreras profesionales, escribí a varias escuelas que impartían clases de diseño de moda, pero como no tenía muestras de mi trabajo que enseñarles todas me rechazaron educadamente. La plaza que me concedieron en un curso después de morir Will había sido otorgada a otra persona porque no pedí una prórroga. El director dijo que podía solicitarla de nuevo al año siguiente, pero en un tono que delataba que sabía que no lo haría.

Me metí en bolsas de trabajo online y vi que, a pesar de todo lo que había pasado, seguía estando poco cualificada para el tipo de trabajo que podía interesarme. Y entonces, por casualidad, mientras me preguntaba qué podía hacer, Michael Lawler, el abogado de Will, me llamó y dijo que tal vez era hora de hacer algo con el dinero que Will había dejado. Era la excusa que necesitaba para mudarme. Me ayudó a negociar el precio de un apartamento de dos habitaciones carísimo al borde de la City de Londres, y lo compré fundamentalmente porque recordaba que una vez Will me habló del bar de vinos de la esquina, y eso me hacía sentir más cerca de él. Y sobró un poco de dinero para amueblarlo. Seis semanas más tarde volví a Inglaterra, encontré trabajo en el Shamrock and Clover, me acosté con un tipo llamado Phil al que no volví a ver, y me puse a esperar esa sensación de que había empezado a vivir de verdad.

Nueve meses más tarde, seguía esperando.

 

 

Aquella primera semana en casa no salí mucho. Tenía dolores y me cansaba enseguida, así que resultaba fácil quedarme en la cama y dormir, agotada por los calmantes extrafuertes, y me decía que en realidad lo único que importaba era que mi cuerpo se recuperara. De un modo extraño, volver a nuestra pequeña casa familiar me vino bien: fue el primer sitio donde logré dormir más de cuatro horas seguidas desde que me había ido; era lo bastante pequeña como para poder apoyarme en las paredes si lo necesitaba. Mamá me alimentaba, el abuelo me hacía compañía (Treena volvió a la universidad y se llevó a Thom con ella), y veía mucha televisión matinal, maravillándome ante sus interminables anuncios de compañías de préstamos y elevadores de escaleras, y esa obsesión con famosillos que ni siquiera reconocía por haber pasado casi un año fuera. Era como estar metida en un pequeño capullo. Eso sí, consciente de que lo compartía con una realidad que estaba negando.

No hablábamos de nada que pudiera alterar aquel delicado equilibrio. Yo veía cualquier programa de famoseo que echara la televisión matinal y luego en la cena decía: «¿Bueno, y qué os parece Shayna West?». Y mamá y papá se lanzaban al tema agradecidos, diciendo que era una pelandusca o que tenía un pelo bonito o que no era tan buena como debería. Cubríamos Chollos en tu ático («Siempre me pregunto lo que valdría ese tiesto victoriano de tu madre… ¡Qué cosa más fea!») y Casas ideales en el campo («Yo no lavaría ni al perro en ese cuarto de baño»). Mis pensamientos no iban más allá de cada comida, más allá de los desafíos básicos de vestirme, lavarme los dientes y hacer las tareas que me daba mi madre («Cariño, cuando salga, si no te importa separar tu ropa para lavar, la pondré con la mía de color»).

Sin embargo, como una marea reptante, el mundo exterior no paraba de insistir en entrometerse. Oía a los vecinos preguntando a mi madre mientras tendía la colada. «Entonces, ¿tu Lou está en casa?». Y la respuesta anormalmente brusca de mamá: «Sí, lo está». Acabé evitando las habitaciones de la casa desde las que se veía el castillo. Pero sabía que estaba allí, que había gente viviendo en él, respirando vínculos con Will. A veces me preguntaba qué habría sido de ellos; mientras estaba en París me reenviaron una carta de la señora Traynor, agradeciéndome formalmente todo lo que había hecho por su hijo. «Soy consciente de que hiciste todo cuanto pudiste». Pero eso fue todo. Aquella familia había pasado de ser mi vida entera a un resto fantasmal de un tiempo que no me permitiría a mí misma recordar. Ahora, mientras nuestra calle permanecía anclada a la sombra del castillo varias horas cada tarde, sentía la presencia de los Traynor como un reproche.

Estuve dos semanas en casa antes de darme cuenta de que mamá y papá ya no iban a su club social.

—¿No es martes? —pregunté a la tercera semana, mientras estábamos sentados a la mesa—. ¿No deberíais haber salido ya?

Se miraron entre sí.

—No, no. Estamos bien aquí —contestó papá, masticando un trozo de costilla de cerdo.

—Yo estoy bien sola, en serio —les dije—. Ya estoy mucho mejor. Y encantada de quedarme viendo la tele. —En el fondo, anhelaba quedarme sin nadie observándome, sin nadie más en la habitación. Apenas me habían dejado sola más de media hora desde que había vuelto a casa—. En serio. Id y pasadlo bien. No os preocupéis por mí.

—Es que… ya no vamos al club —dijo mamá, cortando una patata.

—La gente… no paraba de decir cosas. Sobre lo que pasó. —Papá se encogió de hombros—. Al final era más fácil mantenernos alejados. —El silencio que siguió duró seis largos minutos.

Y también había otros recordatorios, más concretos, de la vida que había dejado atrás. Recordatorios que llevaban mallas de correr ajustadas con propiedades absorbentes especiales.

Cuando a la cuarta mañana de mi regreso Patrick pasó corriendo delante de nuestra casa, pensé que podía ser algo más que pura casualidad. El primer día ya había oído su voz y me acerqué adormecida y cojeando hasta la ventana para mirar a través de la persiana. Y allí abajo estaba, estirando los tend ...