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DORADOS Y ETERNOS

Pablo Pokorski - Matías Baldo

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Fragmento

Prólogo

Es un hecho: el básquet no está entre los deportes más populares de la Argentina. Si bien miles de chicos en el país lo practican y en algunos lugares específicos, como Bahía Blanca o Junín, tiene muchos seguidores, lo cierto es que en una sociedad netamente futbolera como la nuestra, la disciplina de la pelota naranja va detrás del boxeo y el automovilismo en un ranking de popularidad.

En la Liga Nacional, salvo en algunos clásicos, las tribunas muestran siempre claros muy grandes. Sin embargo, hay un equipo que escapa a esa regla. Que juegue dónde juegue, llena las canchas. Sin importar si es un clásico contra Brasil, o si el rival es un débil Chile o algún seleccionado B de un país, la gente colma los estadios. Sea un torneo oficial, como en Mar del Plata 2011, o un cuadrangular amistoso en el Luna Park, despiertan furor donde sea que vayan. Por más que haya diez integrantes o apenas dos de aquellos que consiguieron la gloria en Indianápolis y Atenas, la Generación Dorada siempre siente el cariño del público.

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Una encuesta del sitio canchallena.com realizada en diciembre de 2011 eligió a la Generación Dorada como la mejor Selección argentina de la historia de cualquier deporte, con el 39% de los votos entre 8199 lectores y el 64% entre 50 periodistas, por encima del equipo de fútbol campeón del mundo en 1986, Las Leonas de 2000-2002 o Los Pumas, que consiguieron la medalla de bronce en 2007, entre otros. Y es una distinción merecida tanto por la magnitud de sus logros como por el nivel de juego desplegado y su vigencia.

Este libro repasará, desde su génesis, el recorrido de un equipo que cambió la historia de este deporte para siempre. Cómo se formó la gloriosa Generación Dorada, los motivos y la historia de un grupo de jugadores que alcanzó el Olimpo. Abarcará lo deportivo, pero también el trasfondo. Anécdotas de un plantel que tenía tanta química dentro como fuera de la cancha. Las hay conocidas —pero con detalles relatados en exclusiva por los propios protagonistas— e inéditas.

Los jugadores de la Selección argentina de básquet se manejan con la misma ética y humildad tanto dentro como fuera de la cancha: hablamos con ellos por largos ratos, ya fuera en el hotel donde estaban concentrando o por teléfono, siempre sin límite de tiempo. Pese a tratarse de estrellas mundiales, no existen divismos en estos hombres que mantienen la esencia de quienes fueron antes de cosechar sus logros, el éxito y la fama.

Tres años atrás, en una conversación de madrugada entre amigos, nos dimos cuenta de que compartíamos una misma idea y a la vez una misma deuda: la Generación Dorada merecía un libro que plasmara sus hazañas, y ambos coincidimos en que era el momento para escribirlo. Decidimos emprender la travesía juntos y darle la palabra a todos sus protagonistas con una investigación exhaustiva.

Dorados y eternos reconstruye los últimos quince años de la Selección argentina de básquet, focalizándose en los dos torneos fundacionales de la Generación Dorada: el subcampeonato en Indianápolis 2002 y el oro en Atenas 2004: el lector podrá viajar en el tiempo al lugar de los hechos a través de esta historia minuciosa y fidedigna, que es también un homenaje al mejor equipo de la historia argentina.

LOS AUTORES

I. El ritual

Los jugadores argentinos formaron un pelotón

y comenzaron a saltar y cantar al unísono.

No era teatro, ni para consumo mediático.

No era para nadie, sólo para consumo propio.

Fue uno de los despliegues de espíritu competitivo

más profundos que haya presenciado.

Me arrimé a D’Antoni y le dije: “Eso es básquet

internacional”. Tras tres años de estudio del

básquet internacional y su lenguaje, en ese túnel

presencié el alma. Cuando Argentina jugaba,

todo su país jugaba. Eso es lo que teníamos que

vencer. No su ataque ni su defensa.

Su espíritu. En ese momento entendí quién era

verdaderamente nuestro oponente

y, debo admitir, me intimidaba.

MIKE KRZYZEWSKI, entrenador de la
Selección de básquet de Estados Unidos

Faltaban minutos para que el poderoso Dream Team, que reúne a los mejores jugadores del planeta bajo la bandera de Estados Unidos, enfrentara a la Selección argentina por la última fecha de la segunda fase del Mundial de Indianápolis 2002. Era un partido más para un equipo que se había convertido en invencible desde los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, cuando por primera vez las figuras de la NBA se juntaron para defender los colores de su país. Nunca más perdieron: 58 triunfos consecutivos y un invicto de diez años. Su rutina, a contramano del mundo, era sumar victorias una tras otra. Perder no era una posibilidad, pulverizar rivales era una obviedad.

Con la suficiencia de quien se sabe vencedor de antemano, la constelación de estrellas estadounidense era consciente que su jerarquía y su talento eran suficientes frente a rivales cuyo principal objetivo era sacarse una foto o conseguir una camiseta de aquellos ídolos que veían por televisión, porque la liga más poderosa del universo era una utopía para casi cualquiera que no hubiera nacido en Estados Unidos. Esos hombres parecían inalcanzables, como si fueran dioses paganos.

Pero algo cambió en aquel túnel del Conseco Fieldhouse de Indianápolis porque un grupo de forajidos los sacó de su zona de confort, prólogo de un trámite histórico. Argentina y Estados Unidos esperaban en formación militar para salir a la cancha cuando, de repente, los doce integrantes del plantel albiceleste quebraron la parsimonia de un ambiente acartonado y comenzaron a empujarse unos a otros, enloquecidos, rabiando y alimentándose de sus propios compañeros.

Los estadounidenses se sobresaltaron, acostumbrados a enemigos sometidos desde el sorteo del fixture. Por primera vez les habían faltado el respeto. Ben Wallace, símbolo y uno de los jugadores más rudos de los Detroit Pistons, que serían campeones en 2004, estaba sorprendido. Paul Pierce, por entonces ídolo en ciernes de los Boston Celtics, miraba de reojo, desorbitado y extrañado. Incluso el mítico Reggie Miller, histórico baluarte de los Indiana Pacers, estaba desconcertado, fascinado por una escena que jamás había visto durante sus quince años de carrera. Acostumbrados a ser el epicentro de los flashes a cada paso, ahora eran ellos quienes les sacaban fotos a los rivales.

Es que nadie jamás lo había hecho, mucho menos antes de un partido, porque un mal movimiento, un choque o un golpe podría dejar alguna víctima. O simplemente el desgaste podría resultar contraproducente. Nada importaba porque ellos necesitaban ese ritual para sentirse plenos. Los argentinos habían desnaturalizado la solemnidad de su ecosistema.

Un grupo de locos, todavía subestimados por expertos que los habían relegado al tercer escalón en el escalafón de candidatos, había asaltado la tranquilidad del ambiente segundos antes de salir a la cancha para un partido por el campeonato del mundo. Era una banda de hermanos que instalaba sus costumbres barriales en el escaparate más lujoso de la escena internacional, era el espíritu amateur que se había adueñado del ceremonioso, formal y solemne profesionalismo. Sin saberlo, ese había sido el puntapié para la gesta de un día histórico para el básquet: Argentina fue el primer equipo en derrotar al Dream Team. Ya nada volvería a ser igual.

La escena se repetiría dos años más tarde en las semifinales de los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, paisaje que relata Walter Herrmann, integrante del plantel argentino que perpetuó su nombre en la eternidad con la medalla de oro: “Ese partido lo ganamos antes de empezar. En el túnel nosotros tenemos la costumbre de pegarnos, chocarnos y gritar. Ellos estaban en fila india al lado nuestro y en un momento rompemos la formación, nos vamos hacia su costado, chocamos a dos o tres de ellos, que estaban con su música y nos miraron como diciendo ‘estos están locos’. Ahí, en ese túnel, los vimos apichonados, en plan estrella y nosotros íbamos a comerle los talones”. David otra vez pondría de rodillas a Goliat sobre el parquet griego.

“El pasillo previo fue una manera de decir: ‘Eh, nosotros estamos acá. Somos los que les pintamos la cara en Indianápolis, y queremos hacerlo de nuevo’. Ellos estaban muy ‘sociales’, muy preparados, pero nosotros éramos indios enfrascados en un ritual para prepararnos para la batalla”, describe Hugo Sconochini los segundos previos a ingresar a la cancha.

“Era una forma de concentrarse, de sintonizar la misma frecuencia y de paso calentar, salíamos de ahí como toros embravecidos. A veces lo hacíamos en ascensores o donde se diera. Una vez lo hicimos en un estacionamiento y el Colo Wolkowyski me tiró a tres metros porque no lo vi llegar y me embistió. Empezábamos lento pero íbamos acelerando el ritmo de la canción y nos empujábamos y chocábamos. A veces se metía el preparador físico Mario Mouche en el medio a intentar frenarnos y varias veces se le volaron los anteojos de la locura sin freno que es ese ritual”, suma Lucas Victoriano.

Mike Krzyzewski es uno de los nombres propios más prestigiosos del básquet mundial. Coach en continuado de la Universidad de Duke desde 1980, fue designado en 2006 como entrenador de USA Basketball para reencauzar a un conglomerado de egos sumido en una consecución insoportable de fracasos. Antes había sido ayudante en el cuerpo técnico del inmortal equipo que lapidó rivales en Barcelona 1992. El Dream Team, invencible en sus días más gloriosos, debía reencontrarse primero con su estirpe ganadora y luego con su espectacularidad. Medalla de bronce en el Mundial de Japón, logró su cometido en Beijing 2008 donde se vengó de Argentina eliminándola en semifinales.

Pese a la derrota, Coach K quedó fascinado por el alma albiceleste, al cual le rindió homenaje en su libro The Golden Standard: “Los argentinos, pese a la baja de su líder, jugaron con el espíritu indómito que presencié antes del comienzo del partido. En la premiación me aseguré de acercarme al equipo argentino para decirles que su equipo tiene el mejor espíritu deportivo que he visto, que presenciarlo es algo verdaderamente hermoso”.

La excitación propia de la adolescencia impulsó una arenga que mutó en un ritual sagrado, según confiesa Leonardo Gutiérrez: “Se fue gestando en el Premundial de Neuquén. Hacíamos una entrada en calor previa y como éramos pendejos empezamos a empujarnos, gritar y cantar. Fue quedando, fue quedando y es el día de hoy que antes de cada partido por los puntos que vamos, lo hacemos”.

Aquello que comenzó como una descarga de adrenalina necesaria para jóvenes que desafiaban al mundo en cada paso, se convirtió instantáneamente en una de las armas de intimidación más poderosas de un equipo que desde el vestuario revelaba su corazón, esa genética que trazó el destino de la generación más exitosa de la historia del deporte argentino, competitiva en cualquier cancha, en cualquier instancia y frente a cualquier rival.

La construcción del rito no esconde mayores secretos. Después de la charla técnica y antes del salto inicial, los doce integrantes del plantel se amontonan en el túnel que funciona como nexo entre el vestuario y la cancha. Por algunos segundos, Emanuel “Manu” Ginóbili deja de ser la figura de los multicampeones San Antonio Spurs y Luis “Luifa” Scola no es aquel capitán que lidera a la Selección argentina. Cada uno de ellos desata su faceta más primitiva, libera sus instintos más rudimentarios y sus gargantas convergen en un griterío ensordecedor en donde experimentados se mezclan con novatos, longevos con pibes y estrellas con jugadores de rol. En un clima familiar, una de las virtudes que sus propios protagonistas se encargarán de destacar como argumento indispensable para su éxito, edifican su épica bajo la banda sonora que los acompaña desde la primera vez: “¡Esta es la banda de la Argentina, que está bailando de la cabeza! ¡Se mueve para acá, se mueve para allá, esta es la banda más loca que hay!”.

Es un rito en donde doce hombres se convierten en un mismo cuerpo, en una misma alma, unidos bajo un mismo manto, con un mismo deseo, tan profundo que motiva esa locura desaforada que hace temblar los cimientos del estadio de ocasión. Esa arenga, devenida en grito de guerra, es también una declaración de intenciones: para robarles su ilusión no alcanzará con ser mejores táctica o técnicamente.

“Te llena de energía antes de jugar un partido. Nunca ningún técnico intentó frenarlo, para nada. Es como un sello del equipo, todas las personas que nos acompañan disfrutan de ese momento, de vernos en nuestra forma más primitiva antes de arrancar un partido, e incluso a veces lo usamos como un arma psicológica: si el otro equipo está por ahí al lado mirando, también sirve para meter un poco de respeto”, agrega Juan “Pipa” Gutiérrez, otro de los actores que a partir de 2007 comenzó a ser parte de esta laureada historia.

Rubén Magnano, el entrenador que desde su pizarra definió el destino argentino en Indianápolis y Atenas, corrobora las palabras del Pipa Gutiérrez: “Siempre respeté muchísimo esos rituales porque le dan una fuerza especial al equipo y marcan una identidad. A mí me gusta mucho pero siempre me mantuve alejado porque era algo de los jugadores”.

El ritual es también un símbolo que resume la idiosincrasia de un grupo donde priman valores que edifican una armoniosa relación entre todos sus factores. Es por ello que quienes observan a la Selección desde la nostalgia del retiro reconocen que su mayor lamento es haber perdido la cotidianeidad de las concentraciones, esa reunión entre amigos que se daba cada ocho o diez meses para afrontar un objetivo común.

El ímpetu fue mermando con el paso de los años porque a esta Generación Dorada solo le faltó vencer al reloj como certificación final de que para ellos no existen metas imposibles. “Nos reíamos mucho porque con los años fue bajando la intensidad. Cuando empezamos éramos autitos chocadores, pero fuimos creciendo y terminamos abrazaditos, saltando, porque ya nos agitábamos mucho”, confiesa entre risas Federico Kammerichs, uno de los preferidos de un público que coreó su nombre en el Preolímpico de Mar del Plata 2011.

El ritual es parte del legado que perdurará después de la partida definitiva de la Generación Dorada, cuando Ginóbili, Scola y Andrés “Chapu” Nocioni decidan su retiro. Esa algarabía previa a cada partido, esa celebración por estar juntos, ese orgullo de defender la camiseta argentina junto a otros once hermanos, esa necesidad de demostrar que la presencia de la Selección, con sus armas más o menos talentosas pero con un alma inconquistable, sobrevivirá a la tiranía del tiempo.

Como toda herencia, la costumbre sucedió a los nombres propios y el ritual que comenzó hace más de una década continúa emocionando a cada espectador, intimidando a cada rival y conmocionando cada escenario en donde la Selección argentina de básquet sea protagonista.

Se mueve para acá, se mueve para allá, esta es la banda más loca que hay…

II. Orígenes

Ese grupo de jugadores estaba para más,

estaban destinados a hacer algo grande.

JULIO LAMAS

¿Cuándo nace un gran equipo? Los Chicago Bulls multicampeones de los noventa, claro está, empezaron a forjar su historia con la llegada de Michael Jordan, más allá de la importancia de los demás integrantes. Con el mejor jugador de la historia de este deporte como estandarte, los de camiseta roja ganaron tres títulos consecutivos (1991, 1992 y 1993) antes del retiro del número 23, y tres más (1996, 1997 y 1998) luego de su regreso tras un breve paso, sin pena ni gloria, por el béisbol. En las seis ocasiones Jordan fue el jugador más valioso (MVP, por sus siglas en inglés) de las finales, y en cuatro también lo fue de la temporada regular.

Los dos anillos que Miami Heat consiguió en 2012 y 2013 están estrechamente vinculados con la llegada de LeBron James dos años antes, quien, como lo fue Kobe Bryant en su momento, era señalado como un posible heredero de MJ23. “The King”, que ya había arribado a las finales en 2007 con Cleveland Cavaliers (perdió claramente 4-0 frente a San Antonio) y en 2011 con Miami (cayó sorpresivamente 4-2 frente a Dallas Mavericks), finalmente fue la estrella determinante que todos esperaban en momentos clave y guió a su equipo hacia el bicampeonato.

¿Pero en qué momento los Spurs de Ginóbili se transformaron en lo que en la actualidad ya es una dinastía? ¿Fue en 1996, con la contratación de Gregg Popovich como entrenador, quien hace poco fue designado para conducir la Selección estadounidense después de Río 2016? Es probable. ¿O habrá sido en la siguiente temporada, cuando se sumó a sus filas Tim Duncan, el mejor ala pivote de la historia según un ranking realizado recientemente por ESPN, y quien sería la estrella durante la siguiente década? Es otra teoría aceptable. Como también sería lógico señalar que la clave estuvo en la llegada de Manu en 2002, cuando se sumó a Tony Parker, figura del seleccionado francés que conquistó el Eurobasket 2013, y al ya mencionado Duncan, para formar un tridente histórico, pese a que el ala pivote y el entrenador ya habían ganado un anillo juntos antes de que el base y el argentino fueran parte de la franquicia.

A veces es fácil encontrar la piedra fundacional de un equipo, un punto de partida simbólico, y otras, no tanto. La Generación Dorada, por estilo de juego y por su funcionamiento en conjunto, ajeno a la labor de una figura excluyente, tiene mayores similitudes con San Antonio que con los otros equipos mencionados. Quizás por eso, al igual que con los texanos, es difícil situar en un solo momento el origen de esta inolvidable selección.

LA DERROTA QUE ENCENDIÓ LA LLAMA

La primera teoría nos lleva al otro lado del mundo, a un lugar en donde el básquet no es prioridad y donde se anda entre canguros y koalas. De los doce jugadores del combinado juvenil argentino que viajó al Mundial sub-22 de Australia 1997, ocho se repiten en el equipo que consiguió la medalla de plata en Indianápolis 2002: Emanuel Ginóbili, Fabricio Oberto, Lucas Victoriano, Leandro Palladino, Gabriel Fernández, Juan Ignacio “Pepe” Sánchez, Leonardo Gutiérrez y un adolescente Luis Scola, con apenas 17 años. La presencia de estos jugadores, que aún se desempeñaban casi todos en la Liga Nacional de Básquet (LNB), pero que luego tendrían futuro europeo y hasta en algunos casos de NBA (excepto Pepe Sánchez, que ya militaba en las filas de Temple), y sus propias declaraciones, hacen que sea lógico señalar ese evento como uno de los disparadores de esta historia.

Resulta curioso revisar los recortes periodísticos de la época: mientras Oberto era la figura del equipo y junto a Victoriano eran seguidos de cerca por los scouts de la NBA —esos hombres encargados de buscar talento por el mundo y que, lógicamente, estaban presentes en Melbourne—, en el torneo casi nadie hablaba de Emanuel Ginóbili, ese espigado escolta de Bahía Blanca al que veinte años después apenas si le alcanza una mano para ponerse sus anillos de campeón de la máxima competencia del básquetbol.

Aquel certamen marcó el futuro de la Generación Dorada por múltiples razones. Julio Lamas, el técnico de ese seleccionado juvenil y también de la selección mayor, cargo que volvería a ocupar entre 2010 y 2014, explica que ahí se dio cuenta de que “ese grupo de jugadores estaba para más, estaban destinados a hacer algo grande”. El desempeño argentino durante el torneo evidenció que no se equivocaba: el representativo albiceleste mostró un nivel altísimo que provocó los elogios del entrenador estadounidense Rick Majerus, quien declaró que el equipo argentino “fue el que desplegó el mejor juego durante la competencia”.

Quizás por eso dolió tanto la derrota contra Australia en las semis. Porque a los locales ya les ...