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EL BARRABRAVA

Fernando González

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Fragmento

I
El gato

Facundo supo, casi desde el comienzo de su existencia, que en sus vísceras convivían dos personas. Lo supo desde que era un chico. Desde aquel día en que lo obligaron a querer a ese gato. Un animal sin ninguna clase de distinción. Un gato silvestre, blanco y negro, de pelos asquerosamente suaves. Desde el fondo del alma, Facundo supo que lo habitaban seres extraños. Seres que le caminaban por dentro y le despertaban los peores instintos. Que le alimentaban la ansiedad y lo empujaban a golpear. Sin razón, sin argumentos, pero con una convicción que le hacía doler el pecho. Facundo sentía esa viscosidad en los labios cuando veía al gato. Sentía que el odio le chorreaba por la boca cuando lo acariciaba contra su voluntad. Porque hasta eso le pedían a Facundo. Que acariciara porque sí al gato. A ese gato.

—Acaricialo, Facundo, al Michi; si no, nunca va a ser amigo tuyo…

Así le decía su madre a Facundo. Con esa gramática vulgar, despojada de toda elegancia. Y él más odiaba a ese gato cuanto más lo acariciaba. “No tenés idea de cuánto vas a sufrir cuando te ponga una mano encima, gato de mierda…”, le dirigía Facundo sus pensamientos más negros al gato. Pensamientos realmente oscuros para un chico de siete años, que desconocía a esa edad la mayoría de las caracterizaciones de la maldad. Pero Facundo exhibía, ya entonces, esa dualidad de las personas complejas. Facundo acariciaba al animal que le disputaba en la casa el amor de sus padres. Y cuanto más se esmeraba en la demostración amorosa, más detalladamente planeaba las etapas de su venganza. Sus gestos eran los de un niño tierno. Sus ojos miraban con dulzura y sus dedos mejoraban cada vez más en ese ejercicio natural de la caricia destinada a otorgar placer. El Michi, como lo llamaba tontamente su madre, ronroneaba y arqueaba su espinazo reconfortado.

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Y tan aplicado era el comportamiento de Facundo que nadie se atrevió a sospechar de su dolor perfectamente fingido aquel día preciso en que el gato se suicidó.

Toda la familia, sin excepciones, le ahorró cualquier detalle sobre la horrible muerte que tuvo el Michi. Nadie le dijo nada acerca de sus huesos quebrados sobre el asfalto de la calle Salguero y sobre su agonía de chillidos espeluznantes. Tal vez por eso a nadie le llamó la atención que todas las aberturas del elegante semipiso porteño de los Gómez Lara estuvieran perfectamente cerradas ese día. Tampoco nadie reparó en que el gato se suicidara justo ese 30 de junio de 1976, mientras Facundo dormía la mañana de su octavo cumpleaños. Podrían haber sospechado, claro está, si hubieran hallado los rastros de sangre en sus botines de fútbol. O si hubieran descubierto las manchas inconfundibles del cuerpo del gato, en línea recta y apurada hacia la ventana del balcón principal. La única puerta abierta de ese departamento de clase media alta y bien acomodada.

Pero, a eso de las diez de la mañana, Facundo ya había limpiado aquel fluido animal de todo lugar visible. Estaba solo cuando empezó y también cuando terminó la faena. Sólo esas paredes habían visto la furia de sus puntapiés. Y el infinito odio abrigado en su silencio. Sólo esas paredes discretas habían escuchado quejarse de dolor al gato en retirada hacia la muerte. Tampoco nadie se aventuró a hacerse ningún cuestionamiento sobre la tendencia suicida del gato de la casa. Nadie se preguntó por qué ese animal tan predecible había decidido quitarse la vida. Y nadie se atrevió ni por asomo a sondear al silencioso Facundo, quien marchaba por las habitaciones de la casa como un ánima en pena. Todos le ahorraron preguntas indiscretas para no amargarle el cumpleaños. Del gato no se volvió a hablar en aquella casa.

Facundo aprendió ese día varias lecciones de vida que no olvidaría.

Que podía ser infinitamente cruel.

Que, si además era discreto y metódico, podría conservar para siempre sus secretos y sacar partido de la impunidad.

Y que, aunque los gatos tienen siete vidas, jamás resisten una andanada de puntapiés en el estómago y una caída al vacío desde el octavo piso de un edificio. Jamás.

II
La cancha

Una semana después de cumplir ocho años y de asesinar a su gato, Facundo recibió una nueva lección iniciática. Su padre lo llevó a una cancha de fútbol. Era un sábado soleado, aunque ya estaban en pleno mes de julio. El invierno había dejado paso a una tarde inusualmente templada. La cancha era el estadio de Tigre, en Victoria. Un paraje suburbano camino hacia el norte, donde se extendía y se multiplicaba la savia próspera de la zona más sofisticada del Gran Buenos Aires.

Facundo estaba embargado por cierta confusión. Su padre, Saverio Gómez Lara, no era simpatizante de Tigre. Ni ellos vivían cerca del estadio como para justificar la decisión de acercarse hasta el lugar.

El padre de Facundo era hincha de River Plate, el equipo más poderoso de la Argentina y con el que simpatizaban la mayoría de las personas que él conocía. Pero, ¿Tigre? Era extraño. Según le habían dicho a Facundo, era un equipo que estaba en la primera división B, junto a otros equipos menores de segunda categoría.

—Es un partido tranquilo y la mayoría de la familia es hincha de Tigre…

Varios de sus tíos vivían en Beccar y en San Fernando, cerca del estadio de Tigre. Dos primos de Facundo incluso habían ido una vez a su casa vestidos con una camiseta roja y azul, los colores de aquel equipo humilde.

Pero Facundo, al revés de sus primos, no tenía muy en claro con quién simpatizaba. Y esa era una carencia muy grande para un chico argentino de ocho años. Es que el amor de su padre por River Plate no era muy apasionado. Entonces Facundo no tenía mandatos familiares tan fuertes en esa dirección. El fútbol era un deporte que le gustaba jugar en el colegio, junto a sus compañeros. Pero tampoco era muy dotado para el juego. La verdad es que aún no había definido cuál iba a ser su equipo favorito. No era una elección fácil. River le parecía demasiado exitoso. Boca Juniors, demasiado masivo. Tampoco Racing ni Independiente ni San Lorenzo, los otros equipos importantes, le atraían demasiado. Tal vez por eso Facundo aceptó de buen grado la oferta cuando lo invitaron a ir a ver a Tigre. Quería saber cómo era un partido de fútbol de verdad. Cuál era el motor que se encendía en los integrantes de su familia en cuanto se echaba a rodar la pelota de fútbol.

Llegaron temprano al estadio. Serían las dos y media de la tarde, y el partido no comenzaría hasta una hora después. Lo primero que le llamó la atención a Facundo fue el sonar de los bombos. Un golpe de percusión estruendoso que nunca cesaba. Un sonido profundo, reverberante, que se esparcía por todo el estadio y que se escuchaba desde varias manzanas a la redonda. Facundo lo había escuchado antes de llegar, mientras caminaba junto a su padre y su tío, Diego Gómez Lara, hacia la cancha.

—¿Qué es ese ruido? —había preguntado.

—Son los bombos de la hinchada —le contestó entonces su tío.

Pero Facundo no relacionó el ruido hasta que los observó en el estadio. Los golpes de bombo marcaban el compás, y los gritos y las canciones de la hinchada brotaban casi espontáneamente.

La hinchada de Tigre era un grupo compacto, de unas setenta, ochenta personas, paradas casi en el medio de la tribuna popular. Corridos un poco hacia la izquierda, agrupados junto a una larga bandera roja y azul, que cruzaba perpendicularmente la tribuna. Muchos de ellos se agarraban con una mano de la bandera.

Era el sector popular de Tigre. Una construcción bastante alta, completamente hecha de cemento. Facundo preguntó entonces por qué no estaban allí, cerca de donde partía el sonido de los bombos. Y su padre le respondió, vagamente, que podía ser peligroso. No le explicó el porqué. Y a Facundo no se le ocurría entonces qué podía resultar peligroso de esa gente que observaba desde su lugar, un asiento de madera azul en la platea de socios de Tigre. Pero, a juzgar por el gesto adusto de su padre, algún peligro debía de haber entre esos muchachos en cueros que saltaban desenfrenados junto a la bandera roja y azul. Un sentimiento ancestral que Facundo no alcanzaba a percibir. Pero que, evidentemente, encerraba un misterio.

Los ojos apenas le alcanzaban a Facundo para retener esas imágenes de sensaciones puras. De color, de olor y de sonido. “Así que esto es la cancha”, se dijo Facundo a sí mismo. Y se respondió que le gustaba. Realmente sí le gustaba. Le encantaban ese barullo y esas personas saltando a un centenar de metros. Le hubiera gustado estar con ellos y no con su padre y su tío Diego. Pero Facundo estaba en la platea. Y en la platea sólo había otras personas, en general parecidas a ellos.

Transcurría un partido preliminar. “Es la reserva”, le había informado su tío Diego a Facundo. Pero, según supo después, hacía tiempo que los partidos previos de las divisiones inferiores se habían dejado de llamar “la reserva” y se denominaban ahora “la tercera división”. El partido no entusiasmaba demasiado a nadie y sólo de vez en cuando despertaba algún aplauso, algún grito cerca de Facundo. Y él lo observaba todo. Veía a los vendedores de Coca-Cola y a los que vendían café o panchos. Miraba los puestos de venta de hamburguesas, a nivel del piso, humeantes por la carne que se asaba junto al alambrado olímpico del campo de juego. Todo era olor y era humo blanco en esa dirección. El espectáculo se presentía sabroso.

A Facundo le gustaban las hamburguesas y también le gustaban los panchos. Pero había almorzado hacía poco más de una hora y no tenía apetito.

Sus ojos se concentraban entonces en las personas que estaban al alcance de su vista. La mayoría de ellos observaban sin demasiada tensión el partido. De a ratos gritaban insultos con destinatarios no muy definidos. Puteaban a los jugadores contrarios o al referí. “¿Qué cobrás, hijo de puta?”, era una de las frases preferidas, allí, en ese rincón lleno de humo de la platea de Tigre. Su padre, en cambio, era bastante silencioso en la cancha. Miraba con gran atención el partido y hacía comentarios técnicos, casi científicos, sobre el juego. “El back central no pierde ninguna pelota de arriba”, le explicaba, por ejemplo, al tío Diego. Entonces Facundo reparaba en que, efectivamente, el longilíneo número seis de Tigre rechazaba casi todas las pelotas que le llegaban en forma aérea con repetidos y potentes golpes de su cabeza.

Su tío Diego era diferente. Sentado en el asiento 224 de la platea de Tigre, no parecía ese soltero bonachón y dueño de una inmobiliaria en la vecina localidad de San Fernando que representaba durante la semana. En la cancha, el tío Diego le sonaba desconocido a Facundo. Se enojaba hasta ponerse rojo y puteaba con llamativa frecuencia. “Andate, gordo mal cogido”, le escuchó gritar ese sábado a un tío exultante y desenfrenado. Y, aunque no estaba seguro del verdadero significado del insulto, Facundo ya estaba convencido de que se trataba de algo ofensivo para el juez de línea, quien estaba evidentemente excedido de peso envuelto en su uniforme negro con un banderín amarillo levantado, indicando que un ataque de Tigre estaba anulado por posición adelantada de uno de sus atacantes.

Quizá porque era soltero y porque dedicaba especial atención a sus sobrinos, el tío Diego era uno de los tíos más populares en la familia de Facundo. Alto, corpulento y algo barrigón, despertaba en Facundo y en el resto de sus primos esa seguridad que a los chicos les provoca la presencia física rotunda. El tío Diego disponía, además, de una voz aguardentosa y exquisita para las historias y los cuentos de aventuras. Siempre tenía caramelos o pastillas en los bolsillos y jamás olvidaba los cumpleaños de sus sobrinos. Aunque fuera a última hora, siempre aparecía con algún regalo inesperado y por lo tanto maravilloso. Facundo le había conocido dos mujeres que lo acompañaron en diferentes ocasiones, pero era sabido en la familia que el tío Diego nunca había estado casado. No tenía hijos y parecía auténticamente feliz. Facundo lo miraba ahora al nervioso tío Diego, apretado y nervioso en las mangas de una camisa azul. En el respaldo de la platea tenía colgada una campera de verano roja. Así completaba los colores de Tigre. Y no desentonaba en esa bicromía de rojo y azul que se esparcía por todos los sectores de la cancha. Muchos de los chicos que estaban allí vestían la camiseta, pero los adultos preferían sumarse al color general adecuando sus prendas de vestir al conjunto.

La uniformidad roja y azul sólo se interrumpía en la pequeña tribuna de madera que daba a la parte este del estadio. Allí estaban el verde y el blanco. Eran unos ciento cincuenta hinchas de Sarmiento de Junín, el rival de Tigre en aquella tarde de sol. Del rival Facundo apenas conocía dos datos. Que venía de Junín, un lejano pueblo bonaerense. Y que se llamaba Sarmiento, igual que el prócer del que ya le habían hablado en la escuela. Estaba en los libros de historia y su mayor mérito, al parecer, era no haber faltado nunca a clase. Así lloviera o cayera granizo, había dicho la maestra de tercer grado de Facundo, Domingo Faustino Sarmiento (en realidad Dominguito, porque así lo llamaban al pelado imbécil) se subía a su caballo y siempre llegaba a tiempo hasta el colegio. Esa información, elevada por los maestros al nivel de proeza, no le parecía demasiado meritoria a Facundo.

¿Qué mérito podía haber en no faltar ningún día al colegio?, se preguntaba Facundo, quien aseguraba a sus compañeros de grado que, así y todo, podía ser un perfecto burro e ignorante. De todos modos, la contradicción se le planteaba cuando recordaba el otro dato importante. Es que el prócer había escrito una novela y la había titulado Facundo. Y cuando ese nombre sonaba en el aula todos sus compañeros se daban vuelta para mirarlo y guiñarle un ojo o sonreírle. Facundo entonces sólo sentía una enorme gratitud hacia ese hombre pelado, con fama de culto y de cascarrabias, por proporcionarle semejante momento de gloria.

Pero el Sarmiento que examinaba Facundo ese sábado era otro. Era un equipo de fútbol representado por algo más que un centenar de hinchas, parados sobre la peor y más endeble tri ...