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EL CIRCUITO ESCALERA

Javier Daulte

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Fragmento

Walter

El teléfono lo despertó en medio de la noche.

—¿Señor Walter Ponce?

—Sí.

—Lo llamamos de Segursat, la empresa de seguridad privada. Hemos detectado un fallo en el sistema de alarma de su casa. Parece que el equipo ha sido golpeado.

—Eh… bueno… pero no estoy en Buenos Aires. Por favor, llamen a la persona que quedó a cargo de la casa; ustedes tienen su número.

Más dormido que despierto, Walter hablaba automáticamente. El empleado (¿o la empleada?, no lograba dilucidarlo) hizo una pausa para buscar esos datos.

—Aquí figuran usted y la señora Cristina Vegnié. Nadie más.

—También tiene que figurar Walter Nafirier. Yo les di su número de teléfono hace tiempo. —La vigilia empezaba a apoderarse de su conciencia. No era la primera vez que recibía llamadas de ese tipo, y todas habían resultado falsas alarmas.

—¿Puede ser el señor Walter Ponce?

—No, ese soy yo. Tiene que figurar Walter Nafirier.

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—No figura, señor Walter.

—Bueno, anote su teléfono —dijo resignado y, a esa altura, irremediablemente desvelado.

Bajó la escalera de la casa que había alquilado en la costa y donde se habían instalado con Cristina hacía más de un mes. Estaba desnudo (así era como dormía) y ni siquiera se molestó en ponerse una remera. A los 44 años tenía buen cuerpo, salvo por la panza, que aunque no le molestaba para moverse, era un puñal clavado en su amor propio que se retorcía con saña cada vez que pasaba frente a un espejo. Su piel había adquirido un tostado atractivo y su expresión se había relajado de manera notable gracias al descanso de las últimas semanas.

Había elegido para las vacaciones el mismo lugar que los años anteriores: una locación en la costa bonaerense con un bosque lo suficientemente frondoso para proponerse como balneario con encanto agreste, de esos que adoran los nuevos pequeñoburgueses y tienden a llenar los bolsillos de otros nuevos pequeñoburgueses. Un balneario con pasado inexistente, próspero presente y dudoso futuro, donde el número de casas aún no llegaba a cien y cuyos habitantes, todos ellos —como él y su mujer— urbanos ejemplares en busca de descanso a altísimos precios en esa zona de la costa, se reunían a diario en el pequeño conjunto de carpas del parador.

El insomnio se había apoderado de él; sabía que ya no volvería a conciliar el sueño. Permaneció un buen rato en la planta baja, revisó su cuaderno de anotaciones y hojeó por enésima vez un libro que le habían regalado para fin de año mientras fumaba un cigarrillo tras otro y tomaba vino. Fuera, en la oscuridad, el pequeño poblado se extendía en medio del bosque tupido. ¿Y si salía con el auto? ¿Adónde podría ir? Desechó la ocurrencia, pero la idea insistió, caprichosamente, tal vez porque ninguna otra cosa se podía hacer más que beber y fumar, o dormir. O quizás el insomnio tenía la característica de volver inexorable aquello perfectamente evitable, como ocurre con ciertos pensamientos que durante la noche parecen indispensables y al día siguiente vuelven a ocupar el lugar que les corresponde: el basurero preconsciente.

A lo mejor, lo que sucedía era que Walter no se resignaba a que la vida no fuera una constante aventura.

Intentó no hacer ruido: Cristina estaba profundamente dormida. Se puso una bermuda y una remera (en playas como esa, era el único vestuario posible), tomó las llaves y salió. Puso el auto en marcha, atravesó la entrada de la casa y una vez en la calle, mientras cerraba el candado del portón de acceso, tuvo la sensación de que se estaba equivocando, de que estaba haciendo algo incorrecto. Sin embargo, no se detuvo. Volvió al auto, se abrochó el cinturón de seguridad y en ese momento sintió lo que un instante después desaparecería gracias a la falsa seguridad que da el hecho de dominar un vehículo: miedo.

Automáticamente, manejó doscientos metros hasta llegar a la calle principal, la segunda paralela al mar. Su carácter céntrico se debía más a los futuros proyectos del balneario que a lo que entonces exhibía la triste avenida: poco más que un supermercado y tres restaurantes, además de ser el acceso al único parador de la playa. Enseguida advirtió que el hábito que lo había llevado sin pensar a la calle principal no tenía sentido esa noche, ya que él solo se proponía… ¿Qué podía proponerse él en aquel poblado artificial? Estaba haciendo lo que nunca hacía en Buenos Aires, donde podemos salir en medio de la noche a buscar cualquier cosa, aunque no sepamos qué, con la seguridad de que algo encontraremos o algo va a encontrarnos. Pero en un lugar como aquel, esas probabilidades se reducen a cero.

Quizás el insomnio había provocado en su cerebro cierto sopor que le impedía advertir lo obvio: lo único que podía hacer era dar vueltas por ahí con el auto hasta hartarse, hasta que amaneciese o hasta que el sueño comenzara a vencerlo. Pero así como un instante de miedo infundado lo había sorprendido poco antes, una percepción no menos caprichosa le hacía sentir un leve cosquilleo en el pecho y en los brazos: algo parecido a la excitación infantil cuando se aproxima el momento de subir a la montaña rusa. ¿Atracción por el vértigo?, ¿por el peligro?

Decidió perderse, y le resultó relativamente fácil. En medio de la oscuridad, era muy difícil leer los carteles señalizadores de las calles, aunque la pérdida de orientación nunca llegaba a prolongarse más que unos pocos minutos, porque al cabo de dos o tres giros por las boscosas bifurcaciones, aparecía iluminada alguna casa conocida o se alcanzaba a vislumbrar la inefable calle principal.

Cuando estuvo seguro de haber llegado a un lugar desconocido, detuvo el coche e intentó suspender los pensamientos dejando que su maquinaria intelectual se mantuviera en un ronroneo alerta pero inconsistente. Con los sentidos más aguzados que la razón, a la espera de que el corazón encontrase su propio ritmo, suspiró largo y profundo. Apagó el motor y de pronto el silencio fue absoluto, aunque rápidamente empezó a hacerse perceptible el sonido que la brisa provocaba en las ramas de los árboles, que en ese lugar formaban una bóveda tupida. Un impulso lo llevó también a apagar los faros, y la oscuridad fue completa; la luz de la luna, si la había (más tarde, cuando la locura se desencadenara, comprobaría que estaba casi en fase de llena), no alcanzaba a iluminar ese rincón. Era como estar en medio de la nada. Estaba convencido de que si el silencio hubiese sido absoluto hubiera podido volverse loco. Los escasos sonidos, el crujido de una pequeña rama seca, el canto de algún ave nocturna, le indicaban que ahí seguía vigente la realidad.

Los segundos le parecían interminables, y la idea de un minuto completo se volvía extraña, inmensa, inquietante. Entonces, de pronto, volvió el miedo, creciendo y envolviéndolo. No se trataba de ese sentimiento tan conocido y habitual en la vida urbana, ese al que era cool llamar pánico. Era una ráfaga creciente e imparable de miedo puro y auténtico, que lo hizo transpirar y le desbocó el corazón. En medio del terror, un momento de lucidez le reveló que algo delante del auto, muy cerca, lo miraba. Era la misma convicción rotunda y absurda que había experimentado más de una vez en su infancia, acostado en su cama y con los ojos cerrados, convencido de que un rostro de ojos inexpresivos y, por eso, aterradores, lo observaba detrás de la ventana. Nada podía disuadirlo de su visión, ni siquiera el hecho de vivir en un departamento sin balcón en el noveno piso.

Se dijo que tenía que hacer algo, y en ese momento surgió la duda: si trataba de poner el motor en marcha, ¿se encendería la luz de la cabina? Walter no lograba recordar cómo funcionaba el mecanismo de las luces interiores, si se encendían al pasar la llave por el contacto o si era necesario poner el motor en marcha. Cuando compraron el auto, Cristina y él tuvieron una tonta discusión al respecto, porque él pensaba que el hecho de que la luz se encendiera automáticamente al pasar la llave por el contacto era un método disuasorio contra eventuales ladrones, y Cristina, en cambio, insistía en que uno tenía que poder decidir si quería que lo vieran de afuera o no. Se acordaba de esa discusión, pero no podía recordar cuándo era que esa puta luz se encendía. Pensó un momento y dedujo que tenía dos opciones: no hacer nada y esperar a que “la cosa” se fuera (o saliera de su imaginación, porque a pesar de la palpable convicción de que ahí había algo, una débil luz de razón le decía que no era más que una fantasía), o encender el motor, poner el coche en movimiento y alejarse sin importar lo que hubiera o qué luz se encendiese. Pero el terror lo traicionaría. De eso estaba seguro. Movería la llave y apretaría el acelerador con tanta intensidad que ahogaría el motor.

Odió con todas sus fuerzas ese auto que, repleto de botones, potenciómetros y perillas, parecía más inteligente que él, sin darse cuenta de que a medida que le daba vueltas a su situación, la confusión se adueñaba poco a poco de su mente. Trató de analizar el mecanismo de encendido manual de la luz interior que estaba casi encima de su cabeza. La carcasa misma hacía las veces de interruptor. Dedujo que si la luz se encendía al poner la llave en contacto, entonces bastaba con mover esa cubierta para lograr el efecto contrario. Luego encendería los faros y, sin ser visto, podría distinguir lo que había afuera. Para eso, pensó que primero tenía que poner la llave en contacto y mover la palanquita de las luces a la izquierda del volante. De pronto, otra duda lo asaltó: ¿los faros se encenderían aunque el motor no estuviera en marcha? Intentó dilucidar el problema; después de todo, no podía ser tan difícil, y se dio cuenta de que la razón se le había empezado a nublar y los conocimientos más simples se le escapaban. El corazón le latía con fuerza y tenía las manos empapadas. Cuanto más pensaba, más se confundía. ¿Para poner primera había que llevar la palanca de cambios hacia adelante o hacia atrás? ¿Cuál era el pedal del acelerador? ¿Y el freno? Estaba furioso consigo mismo. Llevaba minutos completamente inmóvil, sudando y temblando como una hoja. Deseaba que Dios existiera y lo salvase. Pudo oír su propia voz en su cabeza rogando salvación y diciendo cosas incomprensibles.

Hasta que se hartó, hizo a un lado sus dudas y decidió actuar. Movió la tapa de la luz de la cabina para que el interior permaneciera a oscuras cuando pusiera la llave en el contacto, ¡y la cabina se iluminó en el acto! Apagó la luz de inmediato, pero la oscuridad que recuperó al instante no lo protegió de lo peor que podía pasar: una risita sonó muy cerca, en medio de la negrura. Si había alguien ahí y se reía, Walter no necesitaba ser un genio para deducir que estaba en problemas. Eran las tres de la mañana; quienquiera que fuese ese alguien, su intención era hacerle algo malo. No podía detenerse a pensar; tenía que escapar. Llevó la mano al contacto y le dio vuelta a la llave para poner en marcha el motor. Los faros del coche se encendieron junto con la luz de la cabina. Un tipo con la boca desdentada y abierta —borracho, sin duda— lo miraba torcido. La tensión y el terror hicieron que sostuviera la llave en el punto de arranque más tiempo que el debido y el motor no encendió. Estaba protagonizando la misma situación que se había cansado de criticar en cientos de películas llenas de recursos vulgares y lugares comunes. Un auto cero kilómetro, comprado pocos meses antes, se negaba a funcionar cuando más lo necesitaba. “¡Cuarenta y cuatro años y me pasa esto!”, pensó. Apagó las luces y trató de serenarse. Se concentró en el pulgar y el índice de la mano derecha, que sostenían las llaves. En ese momento, su vida dependía de ellos. Volvió a mover la llave y los faros volvieron a encenderse. Descubrió cuatro personas ubicadas en posiciones singulares. Un hombre —el desdentado— lo miraba. Otro reía mientras blandía un cuchillo en dirección a un tercero. La cuarta persona era una mujer vestida con pollera larga y un tocado en la cabeza. Ella fue la que más lo atemorizó. Seria, parecía mirarlo, pero sus ojos lo atravesaban como si estuviesen viendo algo enorme detrás de él. Una vez más, el motor no arrancó…

* * *

Después evocaría otra ocasión en la que el miedo lo azotó con similar intensidad. Tenía 12 años y estaba de campamento en Ingeniero Maschwitz con el grupo de Boy Scouts al que pertenecía. Una tarde se organizó una excursión en bicicleta. Los chicos se dividieron en dos grupos: el de los más grandes, con sus modernas bicis con cambios, y el de los más chicos, con sus tontas bicicletas con asiento banana. La bici de Walter no tenía cambios, pero tampoco tenía asiento banana. Aprovechando esa ambigüedad y el hecho de que su edad estaba en el límite entre los dos grupos, se arrogó el derecho de pertenecer a los grandes.

El camino de ida lo hicieron todos juntos, pero a la tarde, para emprender el regreso, tomaron la ruta asfaltada y los grupos se dividieron; el de los grandes se adelantaría y el de los chicos, más lento, iría a la retaguardia. Al principio, Walter marchaba a la par de los demás, pero su bici sin cambios lo obligaba a esforzarse mucho para mantener esa velocidad, y el cansancio lo fue ganando. La noche avanzaba, Walter empezaba a rezagarse y el grupo de los grandes cada vez se alejaba más. En pocos minutos, el brillo de los ojos de gato de los ciclistas que lo precedían se fue apagando hasta desaparecer. Aminoró la marcha, con la esperanza de que los más chicos vinieran detrás y lo alcanzaran, mientras masticaba la vergüenza de haber fracasado. La ruta estaba desierta y la noche, sin luna, ya se había cerrado. Disminuyó aún más la velocidad, pero el grupo de los más chicos no aparecía. Se detuvo y esperó un rato que le pareció eterno, hasta que se dio cuenta de que tal vez habían regresado por otro camino. Después de todo, eran pequeños para andar en bicicleta por una ruta a esas horas. Montó nuevamente y empezó a pedalear con todas sus fuerzas, con la esperanza de que algún guía de los grandes hubiera notado su ausencia y lo estuviera esperando, o de que algún desperfecto en una de las bicis hubiera hecho detener al grupo. Mientras intentaba concebir alguna otra escena milagrosa que lo salvara, se esforzaba para mantener la velocidad. Sentía que toda su existencia dependía de que sus piernas pudiesen seguir pedaleando, y de pronto un pensamiento horroroso lo desesperó: ¿y si se habían desviado? Trató de recordar en qué lugar había que abandonar la ruta para volver al campamento y si ya había pasado por ahí. Intentó hacer cálculos: ¿cuánto había recorrido tras los mayores? ¿Cinco, seis, diez kilómetros? Él, que siempre se ufanaba de su capacidad para ubicarse donde fuera y encontrar el camino de regreso, estaba completamente perdido. Tuvo la certeza de que algo muy grave le pasaría; se imaginó atropellado por un camión, o ahogándose en una zanja. Supo que esa noche podía morir. Sin darse cuenta, empezó a llorar.

Su tragedia tuvo un desenlace que le resultó patético. Cuando por fin llegó al puesto donde los grandes esperaban tranquilamente a los más chicos, descubrió que nadie se había preocupado por él; ninguno lo había considerado parte de ese equipo. Encima, para acentuar su humillación, uno de los guías le preguntó en voz alta: “¿Estabas llorando? ¿Te sentís mal?”. Minutos después, los más chicos llegaron al punto de encuentro, despreocupados, fatigados y alegres.

* * *

Tres décadas después, en esa solitaria calle de arena en el balneario, poco le importaba a Walter el patetismo del desenlace que pudiera producirse, siempre y cuando se tratara de un milagro salvador como lo había sido encontrar a los grandes en aquella bicicleteada juvenil. Porque algo le indicaba que la amenaza a la que se enfrentaba, encarnada por esos tres hombres y esa espantosa mujer, estaba lejos de ser un momento de aturdimiento preadolescente.

El hombre que reía sin dientes era delgado y canoso, y una barba de varios días le salpicaba de motas grises la cara. Tendría unos 50 años, aunque también podía tener 70 o 35. Vestía pantalones de trabajo color beige y camisa a cuadros en tonos rojizos, con las mangas cortadas a tijera a la altura de los hombros. El cuello, torcido, hacía que su rostro, de pómulos prominentes y pequeños ojos claros, se inclinara de lado en una mueca tonta que lo volvía aterrador. El hombre que jugueteaba con el gran cuchillo de cocina tendría unos 25 años y usaba bermudas grises. Era muy delgado, tenía la piel tostada y su melena —tal vez de rastas—, su barba y sus bigotes eran negros y tupidos. Le gritaba cosas ininteligibles al tercero, de quien Walter no podía distinguir más que sus brazos, escuálidos, con los que intentaba esquivar los lances con que el otro lo torturaba, mientras emitía gemidos guturales. Por alguna razón, Walter supuso que el tercer hombre, más desdibujado que los otros en la instantánea que obtuvo cuando los faros del auto se encendieron, tendría una edad intermedia entre la del borracho desdentado del primer plano y la del acuchillador. Por su parte, la mujer, de unos 40 años, aunque estaba sucia y desarreglada como los otros, no parecía pertenecer a la escena. Su expresión y su postura parecían indicar que era la única que quería algo, y ese algo, inexorablemente, se relacionaba con Walter. Era allí donde anidaba el punto neurálgico de su terror.

¿Cómo podían esos cuatro estar haciendo lo que fuera que hacían sin luz que los guiase? ¿Por qué en la oscuridad se mantenían en silencio y, en cambio, cuando se los iluminaba farfullaban sonidos incomprensibles? Antes de que la última pregunta adquiriera consistencia en su mente, Walter pudo sentir, como si se tratase de un mediocre recurso teatral, lo que había temido desde el principio: un feroz golpe sobre el capó. La sangre se le congeló, el vello de su cuerpo se erizó como púas y sintió que se activaban todas sus terminaciones nerviosas. Trató nuevamente de poner en marcha el coche, volviendo todo a la más absoluta oscuridad por un instante. Cuando la escena se iluminó de nuevo, solo quedaban tres: la víctima del cuchillero ya no estaba ahí. ¿Lo habría matado su atacante? ¿Dónde habría ido? ¿Estaría en el suelo, junto a las ruedas del auto? El motor, que por fin se había puesto en marcha, lo eximió de buscar respuestas: puso primera y pisó el acelerador sin vacilar. El desdentado dio contra el capó y parte del parabrisas, y antes de caer a un costado del auto su mano se deslizó por el cristal de la ventanilla del conductor. La mujer y el del cuchillo estaban a suficiente distancia y pudo esquivarlos, y en cuanto al otro, muerto o vivo, que Dios lo ayudara. El motor rugió y el auto empezó a saltar por el suelo irregular. Al llegar al primer cruce y girar a la derecha, se encontró con una calle de arena suelta. No podía hacer otra cosa que acelerar.

Aunque patinó de costado casi dos metros, el auto siguió avanzando. Pero cuando estaba a punto de salir de la zona crítica, las ruedas traseras se encallaron y el motor se apagó. En ese momento, le llegó el sonido de una voz furiosa: “¡Hijo de puta!”. “¡Hijo de remilputa!”. Decidió abandonar el auto y echarse a correr. Todo el cuerpo le temblaba. No había dado cinco pasos cuando se dio cuenta de que había dejado las llaves puestas. Aunque los gritos se escuchaban cada vez más cerca, Walter no estaba dispuesto a perder el coche; se resistía a recordar ese instante en el futuro diciendo: “Pude haber recuperado las llaves del auto pero no lo hice”. (O, tal vez, necesitaba experimentar el peligro más cerca, mordiéndole los talones). Lo cierto es que volvió al coche y, mientras entraba por la puerta del acompañante y se estiraba para alcanzar las llaves, vio que los tres se acercaban decididos. El único que gritaba era el desdentado. Manoteó el contacto, pero el pequeño llavero del gatito a rayas no estaba ahí. Sabía que no podía demorar un segundo más. La mujer se había adelantado y cuando Walter la vio, se le nubló la vista y su garganta se cerró: supo que lo mataría, porque era ella quien tenía entonces el cuchillo en su mano, y en la hoja estaban grabadas las palabras “Walter Ponce: su corazón”. La mujer estaba tan cerca que tocaba con su mano izquierda las ópticas traseras. Walter, ya fuera del auto, permaneció detrás de la puerta abierta, con la idea de cerrarla con violencia cuando ella estuviera suficientemente cerca, para golpearla y dejarla fuera de combate. Pero sus cálculos fallaron, y cuando empujó la puerta con todas sus fuerzas, esta se cerró con estruendo y dejó libre de obstáculos el espacio que lo separaba de la acuchilladora.

—No, por favor, no —balbuceó Walter, aunque sabía que con esas palabras nada lograría. Se dio vuelta y empezó a correr todo lo rápido que sus piernas le permitieron. Pero aunque sus perseguidores estuvieran deteriorados, la carrera no iba a durar mucho; después de todo, Walter ya no era aquel púber de 12 años pedaleando por una ruta bonaerense. Instintiva y absurdamente, sujetó con las manos los bolsillos delanteros de sus bermudas para impedir que las sacudidas de la carrera le hicieran perder dinero, documentos y… ¡las llaves del auto! ¡Ahí estaban las putas llaves, en el bolsillo derecho! Tuvo la sensación de que desde el momento en que salió de la casa no había hecho otra cosa que correr desesperadamente, no para salvarse de una muerte violenta y gratuita sino para ir directo hacia ella. Y entonces pasó lo que tenía que pasar: uno de sus pies se enredó con una raíz que sobresalía del piso y cayó de rodillas sobre un mullido colchón de pinocha.

Un instante después, la mujer se detuvo a su lado, jadeando extenuada. Los otros dos llegaron enseguida. Los cuatro resoplaban como animales cansados. La mujer y el desdentado apoyaban sus palmas sobre los muslos inclinando el cuerpo hacia adelante. El demente de las rastas, en cambio, puso las manos en la cintura, flexionó el cuerpo hacia atrás, llenó sus pulmones con aire y aulló con fuerza hacia el cielo estrellado, como si de verdad fuese un animal. Luego, aún jadeando, se acercó a la mujer y le quitó con suavidad el cuchillo, miró a Walter con tranquilidad y sin que nada lo anunciara se lanzó sobre él profiriendo un alarido tan espantoso que Walter deseó morir a la primera cuchillada. El loco cayó como una pantera sobre él, pero sin tocarle siquiera un pelo. Sus pies y su brazo libre se plantaron alrededor de su víctima, que estaba tendida de espaldas y algo encogida. Fue entonces cuando la mujer exclamó, severa y segura:

—¡Juan Pablo!

A pesar de la advertencia, el de las rastas alzó el cuchillo y lo hundió con fuerza en la arena, justo al lado de la cara de Walter. Lo desenterró y volvió a clavarlo, esta vez al otro lado de su cabeza, casi rozándole la oreja izquierda. En una seguidilla veloz, con la energía de quien se masturba con frenesí, clavó y desenterró el cuchillo unas veinte veces sin tocar a Walter, que tenía los ojos cerrados y ya no podía pensar, apenas gemía mientras esperaba algún tipo de desenlace.

De pronto, algo inesperado y maravilloso hizo que se sintiera dentro de una película del género fantástico: el bosque se iluminó de color fucsia con una intensidad inconcebible, irreal, que lo obligó a abrir los ojos. Moriría de un momento a otro en un bosque brillante y quimérico.

Una enérgica voz masculina se impuso por encima de los desentonados gimoteos de Walter y las risas de sus atacantes.

—¡Eh! ¡Juan Pablo! ¡Irma! ¡Vos, che, no sé cómo te llamás! ¿Qué hacen? ¡A correr todo el mundo! ¡Vamos!

Walter estaba a punto de emprender la retirada como fuera cuando la misma voz adquirió algo de cálida normalidad:

—¿Estás bien?

Desde el piso entrevió una alargada silueta de la cual parecía emanar aquel resplandor, y por el sonido que surgía del centro de esa luz, parecido al de una turbina, Walter supuso —acertadamente— que lo que esa silueta sostenía en sus manos era una bengala.

—¿Yo? Eh… Sí, bien. Creo.

A pesar de lo extraño de la situación, a Walter esa luz le resultó tranquilizadora y benévola.

—Se te encalló el auto —dijo el desconocido mientras se agachaba para enterrar la bengala en la arena. El hombre tendría unos 35 años, y cuando se alejaran de la coloreada luz comprobaría que iba vestido con una guayabera blanca con delicados bordados del mismo color y un pantalón de lino, también blanco. Las sandalias, en cambio, eran de cuero negro.

—Soy Julián.

El extraño le tendió la mano para ayudarlo a incorporarse, y Walter aceptó el auxilio. Temblaba y tenía la garganta seca.

—Qué cara… —dijo Julián, risueño, mientras se acariciaba la barba—. Vení, acompañame. No te preocupes por el auto. Después lo sacamos. —Le había adivinado el pensamiento.

Algo extrañado, Walter siguió a ese Jesucristo inmaculado.

Aparentemente, todo había terminado.

Cristina

En el momento en que a Walter se le aparecieron los atacantes, Cristina despertó. No la sacó del sueño el presentimiento de que a su pareja le había pasado algo grave, sino la sed. Nunca se había sentido conectada a Walter en el sentido esotérico del término, ni creía en ese tipo de fenómenos amoroso-paranormales de los que tantas parejas se jactan. Solo admitía la infinita, permanente y, por lo tanto, insignificante elocuencia de lo simultáneo.

La ausencia de Walter no le extrañó; estaba acostumbrada a su sueño liviano y su permanente inquietud. Ese hombre era capaz de sentarse a pensar en todo lo que debería estar haciendo en Buenos Aires en vez de disfrutar las vacaciones.

Cristina bajó a la cocina y bebió directamente del bidón de agua mineral que estaba sobre la mesada. Era alta, de pelo castaño y tenía un cuerpo cuidado y armonioso que, sin ser demasiado delgado, admitía perfectamente un dos piezas a pesar de sus 35 años recién cumplidos. Indudablemente, era una mujer bella, pero su mirada era dura, fría, y eso hacía de su belleza un dato objetivo y no un encanto capaz de arrancar suspiros.

Walter y Cristina se habían conocido seis años antes; ambos eran divorciados y pensaban que eso los protegía de la maldición que supuestamente se cierne sobre cualquier pareja primeriza. El romance había crecido sin precipitarse en urgencias o demandas prematuras. No emblematizaron la relación, tampoco le dieron importancia al momento en que había comenzado, lo cual les permitió eludir los aniversarios y el consecuente recuento de los años de vida en común. No habían tenido hijos y casi nunca hablaban del asunto. Quizás el hecho de que Walter ya tuviera uno de su matrimonio anterior le daba a la pareja estatus de familia (moderna) y les ahorraba a ambos el fatigoso compromiso de ser padres a una edad en que un simple cambio de pañales se siente en las lumbares y el ciático. Martín, de 13 años, disfrutaba en ese momento de unas vacaciones con su madre en Brasil. Cristina se llevaba bien con él; mantenían una relación afectuosa y relajada. Ella no sobreactuaba su rol de madre adoptiva y tampoco competía con la mamá del chico.

Cristina encendió un cigarrillo mientras mantenía la vista clavada en la oscuridad que se extendía del otro lado de la ventana. Lo fumó de pie, lentamente; fumaba poco y sin culpa. Sabía disfrutar de dos o tres cigarrillos a la semana. Se consideraba una fumadora cabal, pese a que su deseo enfermizo se limitaba a esa pequeña dosis de alquitrán y nicotina. En las reuniones no se contagiaba de otros fumadores, y a los que le sugerían que dejara el cigarrillo les contestaba con un “¿por qué?” tan simple y racional que, en general, los dejaba sin respuesta. Su semblante, permanentemente relajado, que jamás forzaba un gesto, la hacía aparecer ante los demás como una especie de esfinge misteriosa, por encima de los demás mortales. Ese mismo aplomo que había enamorado a Walter le había granjeado a Cristina no pocos enemigos que leían frigidez y pérfidas intenciones en su hierática expresión.

Inmóvil frente a la ventana, dejó que sus pensamientos volaran. Sin importar de dónde arrancaba, el ejercicio casi siempre terminaba en una pregunta que le dejaba un sabor amargo en la boca: ¿por qué estaba con Walter? Se entendían, sí; habían estado enamorados, el sexo estaba más que bien, pero aun así Cristina no dejaba de preguntarse si el destino no tenía reservado para ella algún hombre más a su medida. El hecho de que Walter se hubiera esfumado en medio de la noche influía en esos pensamientos. Ella sabía que a su pareja le atraía cierto nivel de aventura (en este caso, “aventura” no aludía al sexo o la infidelidad), y su ansiedad por que ocurriera algo no era compartida por Cristina. Pero, entonces, ¿qué hacía ella ahí, en medio de la noche, fumando y con la mirada clavada en la oscuridad? ¿Qué significaba esa ilusión de encontrar a una persona hecha a su medida? Sin duda, ella también quería que ocurriese algo en su vida. La diferencia con Walter consistía en que él salía a buscar ese algo inútilmente; ella, en cambio, inútilmente lo esperaba.

El cigarrillo casi se había consumido solo, y cuando el bloque de ceniza estaba a punto de desprenderse, Cristina movió su mano para que cayera en la pileta de la cocina, donde había quedado un único plato sin lavar, señal inequívoca de que Walter se había encargado de la vajilla. Tenía la extraña habilidad, en casi todas las cosas que hacía, de dejar un detalle inacabado, como si lo necesitara para mantener intacto ese estado de ansiedad permanente que lo caracterizaba.

El fogonazo se produjo justo cuando desviaba la vista hacia la ceniza. Un sector alejado del bosque se iluminó de fucsia. La luz, que bien podría haber sido un remanente de las fiestas recientes, no la sobresaltó ni la inquietó, más bien la despertó de sus ensoñaciones. Regresó a la cama sin preguntarse cuándo volvería Walter; sabía que al despertar estaría a su lado, oliendo a tabaco y alcohol.

Marina

Martín no estaba seguro de lo que quería. Marina, por su parte, no sabía qué quería que su hijo quisiese. Ella estaba encantada de haber encontrado ese bar perdido entre los morros de Arraial D’Ajuda, donde la música sonaba cada vez más atronadora, prometiendo baile y descontrol. Si él pretendía volver a la posada —a una hora de caminata—, ella tendría que abandonar la fiesta inminente. Si, en cambio, Martín prefería quedarse, ella debería guardar un mínimo de recato durante casi toda la noche.

Marina había alquilado una cabaña en la zona familiar de esas playas tan divertidas porque creía, ingenuamente, que las vacaciones con Martín serían muy tranquilas. Se había convencido de que se comportaría como una madre bastante normal; se despertarían temprano, desayunarían frente al mar, harían actividades de playa durante el día, hablarían mucho (después de que Martín encontrara su arsenal de juguetes sexuales, Marina había decidido que tenían mucho, mucho de que hablar), por la noche cenarían aquí y allá y así, sin mayores sobresaltos, se desarrollaría esa semana entre ella y su único hijo.

Sin embargo, Marina albergaba secretas e intrincadas esperanzas. Su fantasía (más bien, su plan) se basaba en la suposición de que en el conjunto de cabañas donde se alojaban habría otras familias, muy amigables, con hijos de edades similares a la de Martín. Los muchachos conformarían un muy lindo grupito de amigos, y más de una vez su hijo cenaría e incluso se quedaría a dormir con ellos. Pero la realidad resultó distinta. En una de las cabañas vecinas había una parejita de enamorados que no superaban los 25 años; en otra, una familia de alemanes, o austríacos, y la otra, contigua a la de ellos, albergaba a una familia argentina con una hija de 9 años y un hijo de edad indefinida, entre 7 y 14, que sufría una enfermedad que lo había condenado a una silla de ruedas. Aunque dejar a Martín con esa familia le provocaba aprensión, Marina Mala Madre estaba dispuesta a convencer a Marina Buena Madre de que esa sería una experiencia altamente enriquecedora para el chico. Pero justo cuando parecía que Mala Madre iba a ganar la pulseada, la familia abandonó la cabaña.

Marina no tuvo más remedio que atenerse al plan original, pero se aburría. Y Martín se aburría con ella. Hasta que un día las circunstancias variaron de un modo natural.

Ese día amaneció lluvioso y algo frío. Marina había dormido hasta pasado el mediodía. Solía acostarse tarde y algo borracha, costumbre que mantenía estando acompañada o en soledad, en Buenos Aires o en la Antártida. Martín había desayunado solo y había pasado la mañana en la orilla del mar, a cien pasos de la cabaña, destrozando erizos y los pocos caracoles que encontraba. Para él, los erizos y los caracoles eran insectos, y consideraba que un mundo sin insectos era un mundo mejor. Cuando estaba a punto de entrar para despertar a su madre, ella se asomó por la puerta.

—Buen día —balbuceó mientras intentaba que algo parecido a una sonrisa se dibujase en su rostro.

—Quiero ir al pueblo —dijo Martín de manera concluyente, sin molestarse en responder el saludo.

—Dale. Me lavo los dientes, me cambio y vamos.

—¡Si querés quedarte, quedate! —gritó Martín para que ella pudiera oírlo desde adentro—. ¡Sé cómo ir solo!

A Marina su hijo la inquietaba. A veces, tenía la sensación de que si lo contradecía, él la miraría con tanto odio que podría quebrarla por dentro. Pero Martín nunca haría eso: adoraba a su madre más de lo que ella podía imaginar.

—No, no. Esperame. En un minuto estoy.

La condición agreste del paisaje y la precariedad de la infraestructura del lugar escogido eran gustos que Marina aún compartía con Walter, aunque él, a diferencia de muchísimos argentinos, nunca se sintió del todo a gusto vacacionando en el rítmico Brasil. Consideraba el tudo bem como una especie de burla personalizada contra su propio y cotidiano tudo mal.

Con la implacable tranquilidad de saberse perteneciente a la mayoría, Marina había elegido ese lugar, que para ella era una porción del paraíso, y además había logrado que Walter pagara el ochenta por ciento de las vacaciones, aunque él estuviera convencido de que los gastos habían corrido a medias. No era intención de Marina estafar a su ex; además, sabía que nunca tendría problemas de plata con él, pero ella no tenía dinero para pagar la mitad del viaje, y conocía a Walter: aportaría el cincuenta por ciento con alegría, pero si le pedía más, la alegría daría paso al desgano y los cuestionamientos. Y como Walter tenía la plata y Marina sabía cómo acomodar las proporciones sin que él se enterase, todos quedaban la mar de contentos. Así había funcionado el matrimonio mientras estuvieron juntos, ¿por qué debía cambiar ahora que estaban separados?

Hacía mucho tiempo que Marina había aceptado con resignación el hecho de ser, laboralmente hablando, una perfecta inútil. Ningún trabajo le duraba más de tres meses; sin embargo, soltera, casada o divorciada, nunca tuvo problemas financieros. Sabía gastar mucho si había mucho y podía vivir con lo justo si era necesario. No era codiciosa ni avara; más bien tenía una generosidad rayana en la prodigalidad. El hecho de que casi siempre lo fuera con dinero ajeno no empañaba lo que en su propia opinión era una de sus mayores virtudes. Una vez había oído decir que en la vida de una persona el dinero era una cuestión de actitud: se tenga o no dinero, hay que asumir actitud de rico. “Los últimos cinco pesos que me quedan hasta fin de mes se los doy de propina al chico que me abre la puerta del taxi para ir a la peluquería”: para Marina, esa afirmación era una especie de sentencia sabia digna de Confucio o de Mandela, y la repetía donde y ante quien fuera, Bill Gates o el Papa. Para Walter, en cambio, no era casual que Marina olvidara que la autora de semejante dislate era una viuda que vivía de la pensión en dólares que le había dejado su marido, un militar canadiense.

Después de una hora de caminata, Martín y su madre llegaron al pequeñísimo pueblo. Pasearon por las precarias callecitas que subían, bajaban y se desviaban en quebradizos recorridos entre despoblados predios selváticos, descubriendo cada tanto simpáticos locales de artesanías, improvisados locutorios donde había que esperar horas para conectarse a la web, y restaurantes para turistas. Para asombro —y alarma— de Marina, no aparecía ningún local como los que había visto cuando curioseaba por internet en Buenos Aires: bares rústicos y con onda, repletos de sonrientes y fornidos garotos y entretenidísimas turistas enarbolando caipirinhas en un ambiente atiborrado de frutas tropicales. Marina apuraba el paso, y Martín, detrás, reconocía esa prisa, cuando a su madre todo empezaba a molestarle y el mal humor la predisponía a comentarios desdeñosos: “¡Brasil y la puta que los parió, qué calles de mierda!”. “¿Cómo pueden vivir sin aire acondicionado?”. En ocasiones, el chico se divertía con los malhumores de su madre, lo hacían sentirse más cercano a ella, pero últimamente lo avergonzaban. Marina adivinó los pensamientos de su hijo.

—No te preocupes, estos brasileños no entienden una m… ¡oh…! —Acababan de rodear un recodo y un mundo delicioso para los ojos y el paladar de Marina se abrió ante ellos.

Los típicos bares prefabricados, ideales para turistas como ella, estaban ahí. Su malhumor se desvaneció al instante, y empezó a devorar todo con los ojos como si fuera un niño que visita por primera vez Disneyworld. Martín supo de inmediato que su plan de ir a un locutorio a chequear mails y chatear acababa de volverse impracticable.

Marina eligió un bar, el Maisuma, y entraron. El muchacho notó que su madre se había relajado; de pronto, estaba comunicativa y no dejaba de hablar. Cuando eso ocurría, él disfrutaba de los relatos de la infancia de Marina, aunque si la conversación se prolongaba, corría el riesgo de que su madre se hundiera en la melancolía y terminara llorando desconsoladamente. En esos momentos Martín reafirmaba lo que ya sabía: no había en el mundo nada más desagradable y patético que esa mujer. Pero era su madre, no tenía más remedio que quererla: era su condena.

La luz que provenía del cielo encapotado hacía que todos los colores fueran más vívidos y definidos. Las primeras dos horas transcurrieron dominadas por un monólogo de Marina, apenas interrumpido por esporádicas interjecciones de Martín, hasta que el lugar empezó a animarse. Los clientes iban llegando, vestidos con pantalones de verano, havaianas, camisas sueltas o remeras ajustadas. Todos parecían conocerse; cada uno que entraba saludaba a los que atendían el local con una precisa y bien aprendida coreografía de manos que se chocaban y estrechaban de varios y precisos modos. Tras los saludos, la mayoría prefería permanecer de pie. En pocos minutos, el Maisuma estaba atestado de gente, y el batifondo cada vez más atronador multiplicó en Martín el deseo de refugiarse en el ciber más cercano, pero sabía que su madre estaba encantadísima. Y no se equivocaba: en un instante, Marina se decidió, le deslizó a su hijo un mentiroso “ya vengo” y se acercó a la barra. Pidió su cuarta caipiroska y ya no volvió a la mesa.

Desde la silla en la que se sentía clavado, Martín, por el rabillo del ojo, observaba a su madre riendo y gesticulando con desconocidos, mientras sus manos, con estudiados gestos casuales, se apoyaban estratégicamente sobre el brazo desnudo de uno u otro de los hombres a su alrededor. En un momento, su madre lo señaló, y los dos hombres y la muchacha con quienes parecía haber formado grupo giraron para mirarlo. A modo de saludo, el chico levantó los tres dedos que le quedaban libres de la mano con la que sostenía su coca cola a medio tomar. El grupo sonrió y agitó sus manos devolviendo el saludo. Martín no necesitaba mirar a Marina para identificar con exactitud la expresión de su rostro en ese instante: la sonrisa orgullosa y los ojos vidriosos de una madre borracha que a-do-ra a su hijo con todo su ser. Ese detestable gesto de orgullo, del que Martín se avergonzaba, era la manera que tenía Marina para decir que a pesar de lo que cualquiera pensara, ella no era tan disoluta. Los siguientes diez minutos los dedicaría a hablar de la maravilla que resultaba ser madre, de cómo le había cambiado la vida y de lo extraordinario que era su hijo.

No hacía mucho que Martín había comprendido que su madre lo usaba para seducir hombres. No le molestaba; de hecho, lo prefería al llanto que seguía a los discursos sobre su niñez. Pero le habría gustado no estar allí. Evaluó la posibilidad de pasar la noche solo en la cabaña, morro abajo. No era algo que deseara, pero estaba obligado a considerar esa alternativa. Hasta entonces, su madre nunca lo había abandonado para dar rienda suelta a sus aventuras. Siempre lo dejaba al cuidado de alguien: una amiga, su propia madre, Walter, o incluso algún vecino. Pero en ese momento lo atormentaba pensar que tal vez ya estaba en edad para pasar una noche solo en una cabaña. La perspectiva de comenzar a convertirse en grande seducía bastante a Martín, simplemente porque ya estaba harto de la infancia. Pero ese día, en ese país lleno de gente alegre y semidesnuda, la idea de quedarse toda una noche solo lo aterraba, aunque no estaba dispuesto a confesar su miedo.

Una hora después, Marina se desprendió del grupo y se acercó a la mesa.

—¿Todo bien?

Martín respondió con un gesto vago.

—¿Qué querés hacer?

—Nada.

—¿Querés que volvamos?

—A mí me da igual. Si vos querés… —La fingida indiferencia de Martín enojó a Marina.

—Estás empezando a sacarme de quicio.

El chico sabía que ella quería quedarse, y Marina sabía lo que él pensaba. Pero aunque Marina Mala Madre tomara noventa caipiroskas, Marina Buena Madre jamás se iba del todo, y sabía que debía preguntarle a ese chico que ya no era tan chico cuál era su voluntad.

—¿Querés que volvamos así comés algo?

—Puedo volver solo —Martín se sorprendió de sus palabras. Habían sonado claras y fuertes y en su tono no hubo vacilación, temor ni compromiso.

—Bueno, después de todo, ya no sos un chico. Y todavía es temprano. Yo me voy a quedar un rato y después voy.

En ese momento ambos sintieron que ir juntos de vacaciones había sido una pésima idea. Se odiaron, pero en el núcleo de ese odio anidaba una culpa dura e incorruptible: la irremediable convicción de que le estaban arruina ...