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EL LIBRO DE AURORA

Aurora Bernárdez

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Fragmento

¿Quién fue Aurora Bernárdez?

Mi amiga Aurora fue una muchacha de Buenos Aires, ciudad donde nació en 1920 de padres españoles, emigrantes gallegos de primera generación. Su juventud transcurrió en los años dorados de la Argentina, cuando sus clases medias urbanas —a diferencia de muchos países europeos de la época— podían mandar a los hijos a una excelente universidad. Tuvo cinco hermanos mucho mayores que ella —de un primer matrimonio de su padre—, entre ellos un importante poeta: Francisco Luis Bernárdez, cuyo prestigio, amistad con Borges y artículos publicados en La Nación la impresionaban mucho. Y dos hermanos más de padre y madre: Teresa y Mariano, a quienes adoró eternamente.

Fue una lectora precoz y constante, se sumergió muy pronto en la literatura, pasión que la acompañó toda la vida. “Estoy hecha de papel”, me dijo una vez, ya muy mayor.

Casi naturalmente, tras sus estudios de filosofía, se convirtió en la legendaria traductora de El cuarteto de Alejandría o de El cielo protector y de tantas y tantas obras maestras que llegaron gracias a ella a los lectores de lengua española. Mucha gente le decía que a menudo sus maravillosas traducciones mejoraban el original. Ella aceptaba el elogio, pero aventuraba irónicamente que, en sus inicios, su parcial dominio del inglés podía explicar su creativa aportación en español. Fueron muchos años, muchos autores, muchos libros, hasta que en 2014 se cerró el ciclo y se publicó su último trabajo: la traducción de los poemas de su hermana Teresa, escritos originariamente en inglés.

Recibe antes que nadie historias como ésta

En 1948 una cita en la confitería Richmond de Buenos Aires con un joven escritor, Julio Cortázar, de quien había leído “Casa tomada” y a quien quería conocer, determinó el curso futuro de su vida. En agosto de 1953 se casaron en París y juntos compartieron en Europa los años más fecundos del escritor. Los dos trabajaban como traductores en la Unesco, pero siempre con contratos temporales, lo que les permitía viajar y escribir con tranquilidad buena parte del año. Hasta que a partir del terrible 1968, “Julio fue un hombre para afuera mientras yo seguí siendo para adentro”.

Conocí a Aurora en París por medio de una común amiga argentina, Marisa Rossi, al inicio de la década del 80. Desde el primer día se instauró entre nosotros una amistad basada en la confianza y la simpatía que se mantuvo invariable hasta su muerte en 2014. A partir de nuestro primer encuentro ella vino a todos mis conciertos y a todos los estrenos de mis óperas, entre ellas una basada en Los reyes de Julio Cortázar. Junto con otros amigos compartimos veraneos y también helados inviernos en Mallorca, en su casa de Deyá, posada sobre los bancales, y divertidas estancias toscanas en la pineta di Roccamare, con Chichita Calvino (nacida Esther Singer), su gran amiga, otra porteña de inenarrable talento escénico. Cuando Aurora venía a Barcelona —donde está la mítica agencia literaria Carmen Balcells, que administra los derechos de Cortázar— se instalaba en mi casa. Durante más de treinta años nunca se agotaron los temas de su portentosa conversación: “Es tan difícil hacerme hablar en público como hacerme callar en privado”, decía con exactitud.

Pero, ¿quién fue Aurora Bernárdez? ¿Qué significó ese “vivir para adentro”?

Responder esa pregunta es la finalidad de este libro. Escuchar la voz más personal de Aurora. Aunque ella nunca se decidió a publicar lo que escribía —primero su hermano poeta y después el marido escritor proyectaban sombras muy alargadas—, sabíamos que en su casa de la place du Général Beuret existían agendas y cuadernos con textos y narraciones, diarios y poesías. Pero sabíamos también que en los últimos años de su vida numerosos documentos, libros y objetos de aquella casa habían ido desapareciendo. Un día de sus últimos meses Aurora, desamparada, me señaló los estantes vacíos de su biblioteca preguntándose con angustia qué había pasado, quién había venido, dónde estaban los libros.

Cuando ella murió, la rápida intervención de su heredero mantuvo a salvo todo lo que quedaba. En un pequeño armario encontró los cuadernos y las agendas, origen de la selección que ofrecemos en este libro.

La poesía se publica siguiendo el orden de una lista precisa establecida por la propia Aurora en una agenda de 1996. Había también poemas terminados escritos en hojas sueltas, fuera de esa ordenación.

Las notas eran muy diversas. En cuadernos escolares aparecían borradores de poemas, cuentos y traducciones, narraciones de sueños, viajes. En numerosas agendas abundaban referencias breves de la vida corriente, citas, encuentros. Aurora empezaba a veces un cuaderno y lo abandonaba, hasta que diez años más tarde volvía a escribir en él sobre distintos temas. En un cuaderno de 1954, por ejemplo, se encuentra una traducción de un largo fragmento de Amers, de Saint-John Perse, seguido de textos fechados en 1963.

Cuando había diversas versiones se ha tomado en cuenta la última. La transcripción no ha sido fácil. En algún momento Aurora utilizó una tinta verde que con el tiempo se desvaneció para el ojo humano. Gracias a un procedimiento técnico milagroso se ha conseguido la “reaparición” de esas páginas.

Este volumen contiene también la única entrevista que Aurora concedió en toda su vida. Se titula “Nunca me fue mal”. Esta expresión, que ella utiliza en la conversación, retrata su carácter. En realidad muchas cosas fueron mal, como en la vida de todo el mundo, pero ella se mantuvo en toda circunstancia como la joven que nunca dejó de ser: sonriente, elegante, literaria, conversadora… pero también secreta, para adentro.

Que este libro sirva a la memoria de la que fue nuestra amiga, para siempre.

PHILIPPE FÉNELON

Barcelona, enero de 2017

Poesía

La tarea de escribir y otros poemas

LA TAREA DE ESCRIBIR

Llenarás las palabras de ti mismo,

llenarás las palabras de palabras,

llenarás con las cosas las palabras:

quedan siempre vacías.

Vaciarás las palabras de ti mismo,

vaciarás las palabras de palabras,

vaciarás de las cosas las palabras:

queda siempre el vacío.

¿Dónde estarás tú mismo,

dónde las cosas, dónde las palabras?

LA DESPEDIDA

No estabas en el muelle.

Otros —mi padre— agitaban pañuelos.

Entre mugidos fúnebres partimos,

la orilla se enturbiaba:

¿de lágrimas, de ocaso, de distancia?

Leías diariamente las noticias

de mi mundo de aquí, yo las del tuyo.

Pero nadie decía qué comías,

si tenías frío o calor o te aburrías.

¿Quedaba en mí tu imagen

o la inventé al regreso?

¿Fue real lo vivido? (te pregunto)

¿Vivimos lo vivido?

Del otro lado nadie me responde.

¿Se borrará tu cara?

¿Podré por fin cerrar la puerta,

contar la historia,

ponerle un desenlace?

BIOGRAFÍA

¿Llegará al mar abierto?

¿Se irá agostando el camino?

¿Será su vida ese leve,

modesto temblor del aire

empinándose hasta las nubes,

las grandes, blancas nubes

que contienen el mar,

todo el azul?

(17 de marzo de 1990)

LA MEMORIA

Escarbo en mi alma como un perro,

encuentro viejos huesos enterrados.

¿Por quién?

Los dejo fuera,

por si acaso,

al vasto amparo de la hierba.

MUERTE DE LOS TULIPANES

Para Martha

Aún corren en la seda tersa de los pétalos

lentos jugos de vida.

En los bordes se encrespa el mineral, la dorada

frágil lápida que anuncia una vez más

“Efímero es lo bello”.

Perdura su recuerdo en la tenue memoria,

en las flores escritas,

túmulos de papel, deleznable materia;

otros ojos que éstos leerán

“La belleza es eterna”.

Es la última danza, los tallos adoptan

posturas de abandono,

blandas curvas del verde

desperezándose

en postrera voluptuosidad.

En el fondo del vaso

el agua se enturbia,

la demolición prepara

su fértil ciénaga.

ABRAZO

Un temblor en la raíz,

una exasperación en la voz,

y el pavor ante el vacío que jadea,

el impulso de saltar

para no alcanzar la otra orilla,

para no arribar nunca a puerto.

Sobre la cabeza estallan las palmeras,

el cielo se incendia de azul,

el silencio cubre un quejido.

No hay puerto sin amarras.

MELANCOLÍA DEL DOMINGO

Tardes de domingo estirándose

a la espera, el anuncio

de otras tardes de domingo

que ya no anuncian

nada.

VIDA COTIDIANA

Abanicos de palabras le estallaban detrás de la frente,

se ordenaban en sentidos ocultos,

flechas apuntando al blanco.

Los platos se deslizaban en sus manos,

tersas obleas de su comunión cotidiana.

Mira ausente la vajilla amontonada,

se irisa la espuma en mínimos arcoiris,

inútilmente

el agua arrastra las burbujas en un alegre torbellino.

La loza fulgural de la publicidad

le habla la lengua

inerte de las cosas.

El viento va cerrando puertas.

“Aquel amor, mi amor, ¿quién era?”

RETRATO

Hay algo huidizo,

un miedo en sus ojeras

y en la masa trémula,

soslayada,

de su cuerpo.

Tiemblan los labios,

pálida la secreta ambición.

Vestido como un preceptor,

piensa en Mademoiselle de la Mole

acechando el redoble

de la ejecución.

(Belgrado, 1980)

MIRAR SIN VER

Nublazón de palomas,

crepúsculo instantáneo:

restablece la luz de un imperio fugaz,

anublado de lágrimas.

Llanto no derramado

oscurece hacia adentro

la claridad de un vuelo apenas comenzado.

Luto de la mirada

por lo no realizado.

(Dubrovnik, 1980)

VEJEZ DE HELENA

Indiferente a las ordenanzas municipales

distribuye mendrugos a las obscenas palomas

y sonríe a su voracidad mostrando un solo diente,

última, única columna

del templo destruido.

(Palomas y columnas:

aun en el infierno, pienso,

la belleza es perentoria,

nos reclama ceguera,

humildad, reverencia.)

Los plumajes grises se agitan como ratas

alrededor de sus zapatos.

Arrobada, alza los ojos al sol

que sale para ella.

MIRADAS

Primera mirada

Figuras orantes:

desbocados los ojos,

en la piedra blanca de la córnea

la pupila abre sus puertas,

entra por ellas la negrura,

prisioneras son de lo negro,

cárcel son del espanto,

mudas,

atónitas

contempladoras de la nada.

Segunda mirada

Displicente Diana recostada,

púdica adolescente de pie:

modestamente desnudas,

desde sus pupilas de granate,

desde el rojo ombligo,

ojo central,

miran la íntima,

vertiginosa púrpura

del propio cuerpo.

EL CHARLATÁN

De su boca

salen volando las palabras:

en un embudo de hojas secas

se enroscan a su cuerpo,

bajan hasta los pies.

La insondable alcantarilla

se las traga

con un largo,

indecente

ruido de succión.

INVIERNO

Delante de la puerta

la paulonia

suelta la última hoja,

fugaz óxido en el gris terco de la piedra.

Mi vecina asoma la cabeza erizada,

el camisón cae desde sus vastos hombros

como un sudario.

La saludo.

¿Suena mi voz en largos corredores solitarios?

¿Qué fantasma la sigue?

Desencaja los ojos apagados,

su pavor encrespa el aire inmóvil.

¿Quién es? pregunta.

Mejor no contestarle.

Espera, sin moverse.

Después

tiende la percha de los brazos.

Los postigos se cierran.

No queda un solo pájaro.

(París, 1° de octubre de 1985)

DUELOS

(Drama en dos actos y un epílogo)

Primer acto

“Su muerte fue un rayo en un día sin nubes”,

dice una, y al lado:

“En nuestro cielo se apagó otra estrella”.

Piensan:

“Nunca le dije te queremos tanto.

Pésame Dios mío y pésame también

por el sol nuestro de cada día

que no verá, por la noche íntima,

por la pluralidad del mundo que dejó de asombrarlo”.

Secos los ojos,

ni un temblor en la voz.

Segundo acto

El gato se arrima a nuestras piernas,

deja que lo acaricie. En la penumbra ya:

“¿Y el tuyo?”. Ella se crispa de dolor:

“No digas nada, no quiero hablar”.

Las lágrimas titilan en sus ojos.

Púdicamente bajamos la mirada

hasta las manos lacias.

Epílogo

“Los días ya se acortan.

Es hora de ir saliendo.”

(París, 3 de octubre de 1985)

PATERNIDAD

No se lee en su cara ni el gusto

rancio del remordimiento,

ni la melancolía de lo que fue,

ni el resignado pesar por lo que no será.

Es alegre, pues desconoce la alegría.

Vive sin saberlo

en la evidencia

de una singular plenitud:

huele el perfume de heno fresco

(aunque jamás haya visto el heno,

habitante del asfalto caliente

que nunca recibió la ofrenda amarilla

de las tipas);

oye la voz de pájaro aturdido,

voz de alondra o golondrina

(nombres que le suenan a tango de Gardel,

pero sabe que así gritan cuando caen

al atardecer

en los profundos patios de Florencia).

Las manos de uñas sucias,

delicadas y exactas como de relojero

rozan la cabeza del niño:

el hombre vuelve de su viaje

llevando de la mano

la acabada, fugaz perfección de su hijo.

TILO EN DEYÁ

Para Arnaldo

El tilo, entero en su estar.

Lo transparenta el sol.

Verde es el sol en el tilo.

El viento hace su ronda:

cimbra desde la raíz el ciprés,

tiemblan las hojas del almendro;

el tilo asiente, saluda,

su gran cuerpo respira.

¿Duerme? ¿Duerme de noche?

¿Sueña su perfume que perfuma mi sueño?

(Deyá, 4 de junio de 1984)

RECUERDOS DE VIAJE

Para Dana

Los ojos inundados por vastos cielos