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EL NEGRO CORAZóN DEL CRIMEN

Marcelo Figueras

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Fragmento

1.

—Escuchen —dijo Valerga. La voz del gordo rodó por el bar, alejándose del estaño. El verbo en imperativo alarmó a la clientela y, vibrando todavía, rompió sobre las mesas de ajedrez—. ¿Qué es eso? ¿Petardos o tiros?

La caja National ya no doblaba por los bebedores. Lo único que se movía era la nube de humo, en su ascenso imparable.

Los ruidos a que Valerga hacía referencia —trallazos: pac pac pac— perforaron el silencio. Venían de afuera, desde la ciudad diseñada como un damero.

—Usted tiene oído de tísico —dijo don Chicho. El repiqueteo lo pescó en plena tarea, servía una medida de Legui. A sus espaldas, custodiado por el botellerío, había un reloj. Sus manecillas coincidían en el rezo de medianoche.

—Alguien juega al carnaval —dijo un cliente a quien nadie conocía.

—¿En junio? —lo contradijeron.

Todo el mundo giró la cabeza, buscando el norte de los ventanales. Pero los vidrios estaban empañados. No velaban más que sombras.

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—Los muchachos meten bulla con lo que encuentran —dijo un hombre de acento español. Jugaba a la brisca, tenía las manos llenas de oros—. ¡Eso suena a buscapiés, de aquí a la China!

El bar se llenó de hipótesis, cada vez más estentóreas. Alguien se desplazó hacia la puerta, en busca de evidencia.

Al abrir permitió que se colase un perro asustado. El bicho se perdió en el bosque de piernas. Y la clientela volvió a moderarse. Nadie supo a qué atribuir sus escalofríos: si a la corriente helada o a los estallidos.

Valerga abandonó el mostrador que usaba como muleta. Pero no puso en movimiento su masa corporal —tarea más digna de Homero que de Rabelais— para sumarse a la especulación de mesa alguna ni para husmear la calle.

Se acercó al único cliente que no había abierto la boca.

Un hombre que, a pesar de la conmoción, seguía abocado al tablero de ajedrez.

2.

—¿Y? Usted, ¿qué dice?

Nada, pensó Erre sin levantar la vista. Yo no digo nada.

Le habían tocado blancas y su contrincante, el Ruso Broitman, no disimulaba su impaciencia.

—¿Petardos o tiros? —insistió Valerga. El tablero estaba erizado de formaciones, en posición de descanso: la partida no había arrancado.

Pero eso era lo que estaba en juego. El comienzo, ni más ni menos. No era cuestión de lanzarse a la bartola. La importancia de ese momento era indiscutible, desde Aristóteles: el movimiento inicial —el primer motor— lo determina todo.

Y Valerga estaba decidido a estropeárselo.

El gordo soltó el dedal de Legui y abrazó el baúl de su vientre.

Sin apartar la vista del damero, Erre acomodó sus anteojos —siempre usaba el mismo dedo, el mayor izquierdo, para subirlos al puente de la nariz— y dijo:

—Mausers.

Valerga se apartó con velocidad (le va a costar frenarse, hay que considerar el tema de las consecuencias) y repitió, a un volumen que escucharon hasta los que pisaban la calle:

—¡Mausers! ¡Son tiros de Mauser!

El salón principal quedó desierto. El Huracán Valerga se los había llevado a todos, colgados de su estela. Sólo quedaban dos tipos detrás del mostrador —don Chicho y el cajero— y un par de mujeres jóvenes que cuchicheaban en una mesa.

—¿Y usted cómo sabe? —preguntó el Ruso Broitman, que se había olvidado de la partida.

Erre se dejó caer contra el respaldo de su silla. Valerga no le había pedido pruebas porque no las necesitaba: ya le había mencionado a su hermano una vez, cuando discutieron el artículo de Leoplán. Pero el Ruso estaba en bolas, nunca habían hablado de nada que no fuese ajedrez.

De haber cerrado la boca —de haber resistido la tentación de mostrar lo que sabía—, la partida estaría ya en marcha. Al final se había decidido a ir por camino seguro: P4R, el valor de lo clásico, aun al precio de bancarse la sorna del Ruso (¿tanta espera para esto?), pero ya era tarde. Le había ofrendado su primer movimiento a Valerga. No quedaba otra que atenerse a las consecuencias.

—A usted, ¿qué música le gusta? —preguntó.

—Clásica —dijo el Ruso—. ¡Beethoven!

—Si le silbo la apertura de la Quinta Sinfonía, ¿la reconocería?

—Claro.

Erre manoteó el vaso, apurando la ginebra.

Afuera seguían los latigazos. Dos clientes regresaron al bar, pero no para quedarse: recuperaron sus gabanes y emprendieron la fuga. Uno de ellos dejó plata sobre una mesa y chifló a don Chicho; el otro tuvo la delicadeza de alertar a los que, como Erre, parecían ajenos a todo.

—Esto es cosa seria —les dijo—. No sé qué pasa, pero... ¡Yo que ustedes, me tomo el olivo!

El único que recogió el consejo fue el Ruso. Echó mano al sobretodo, puso a prueba un rictus que explicaba su defección y salió.

Erre se levantó y abotonó el saco. El libro le pesaba en el bolsillo. Era un ejemplar de ¡Hamlet, venganza!, de Michael Innes. Una de las pocas ediciones de El Séptimo Círculo que no había leído.

En Hachette lo presionaban para que escribiese una novela. Al final, el Premio Municipal se le había vuelto en contra, una condena: desde que se lo habían dado, la editorial quería que escribiese otra historia de Hernández —su detective aficionado, corrector de pruebas como él mismo—, pero eso sí: larga.

Y Erre lo había intentado. ¿Quién se resistiría a coronar un éxito, a rematar cuando la pelota quedó picando ante el arco? Sin embargo, los relatos que había empezado pecaban por su corto aliento. Culpaba a la fórmula: crimen teatral, breve investigación, explicación final del detective ante los sospechosos. Cierta gente le sacaba un jugo infinito a esa receta; sin ir más lejos, la vieja Christie. Eso lo sublevaba: ¿por qué podían ellos y él no?

Ahora que volvía a estar de pie, el peso de aquel bolsillo lo desequilibraba.

Abrió el libro en las primeras páginas. Le gustaron las frases que Innes había elegido para arrancar el prólogo:

Los actores han llegado, milord... Mañana habrá comedia.

—La radio no dice nada.

Era don Chicho. Se había acercado para levantar las mesas.

—No news, good news —replicó Erre.

—Para mí que hay revolución.

—Aramburu ya destronó a Lonardi. ¿Quién bajaría a Aramburu?

La mano de Erre sobrevoló el tablero. La política se parecía al ajedrez. Una pieza se come a otra, para ser a su vez comida. Peones que hacen el trabajo sucio y no llegan a arañar a los poderosos.

—¿Y si vuelve el quetejedi?

Esto lo dijo don Chicho en un susurro. Un esfuerzo inútil, ya que nadie podía oírlo más que Erre. Las chicas seguían en lo suyo. El cajero no paraba de tañir la National, preparando una rendición temprana. Afuera arreciaban los tiros.

Y aun así, don Chicho tiene miedo de nombrar al Innombrable.

—¿Cómo se llama? —dijo el viejo.

Erre tuvo que pensar para entender a qué se refería.

—Esa apertura —insistió don Chicho, que también jugaba cuando la clientela era escasa.

El peón de la torre izquierda se había desprendido de su pelotón, avanzando dos cuadros.

—Qué sé yo —dijo Erre—. Nunca la había probado.

Dicho lo cual se alejó de la mesa. Pero don Chicho lo atajó, ya no susurraba:

—Eh. Su libro.

—¿Le gustan los policiales?

—Para pasar el rato son ideales —dijo don Chicho, sopesando el volumen.

Erre esquivó al perro y siguió camino. Se sentía más liviano.

3.

Eran Mausers, nomás. En la calle, sin la sordina de los cristales, no había forma de equivocarse: su música sonaba seca, inconfundible.

Un trueno de bolsillo, como dice Ce.

Los parroquianos seguían allí. Se apiñaban en la vereda, concentrados en la plaza desierta. Los árboles funcionaban como biombo: impedían que los fisgones viesen la batahola.

Erre alzó las solapas del saco (Elina tenía razón, debí haberme puesto el sobretodo), hundió las manos en los bolsillos y atravesó el grupo, pisando la calle.

—¿Dónde va? —preguntó Valerga.

—A ver qué pasa —dijo sin detenerse—. ¿Usted no quiere saber?

—Sí, pero...

—Para saber, hay que ver. Así decía Tomás el Incrédulo. ¡Que, a pesar de su curiosidad, llegó a santo!

Erre volvió a abocarse al camino. Pero paró la oreja. Tenía la intuición de que oiría algo más que tiros y murmullos.

—¡Espere! —dijo Valerga.

Algunos hombres se habían desprendido del grupo original y avanzaban hacia él.

—Espere —Valerga ya jadeaba, aunque no había dado más de tres pasos—. ¡Vamos con usted!

Erre retomó la marcha.

Su curiosidad era genuina, pero no le había dicho a Valerga toda la verdad. Tenía ganas de entender qué pasaba (¿y si vuelve el quetejedi?), pero esa no era la única razón por la cual caminaba.

En esa dirección, de donde venían los tiros, quedaba su casa.

Donde lo esperaba Elina. Y dormían —si es que el barullo se los permitía, pobres— las nenas.

4.

La ciudad parecía desierta. No estaban abiertos ni los negocios que solían trasnochar: otros bares, kioskos. Tampoco circulaban vehículos. El único auto que vieron fue un Chevrolet Bel Air, piloteado por una pareja con cara de vinagre. Habían sido testigos de algo que les inspiró susto o —esto era más probable— culminaban una cita que los había decepcionado.

En el contexto del sábado por la noche, esa quietud tenía algo de antinatural. O mejor aún: sobrenatural. Si una invasión extraterrestre eliminaba a la población, la ciudad se vería así: desnuda y gris, con sus geometrías denunciando un propósito siniestro.

Aunque me temo que, de invadir el planeta, los marcianos no empezarían por La Plata.

Erre quería apretar el paso. Pero el grupo lo frenaba. Confirmó que habían perdido a tres, en carácter de desertores. La balacera era una canción que invitaba a la prudencia. El recuento se había vuelto simple: además de Erre y de Valerga, los que desafiaban el sentido común eran Pelirrojo, Cardigan, Petiso, Corbata, Paraguayo y Brylcreem.

—Para mí que son fuerzas del General —dijo Valerga. Que temía nombrar al Tirano Prófugo, como don Chicho, pero le restituía su alcurnia—. ¿Usted sabe algo?

—La radio no dice nada.

Valerga no le creyó. Sabía que Ce, el hermano de Erre, era un aviador de renombre. Se lo había confesado cuando salió el artículo en Leoplán. Ocurre que Valerga era un tipo listo y culto, pero era peronista. (Ahí está, lo dije.) La primera vez que se habían trenzado fue a causa de esa filiación. Erre sostuvo que culto y peronista constituía un oxímoron y Valerga reaccionó, aunque con elegancia. (Había estado agresivo, el gordo tenía razón. Como si lo del oxímoron no bastase, le dijo que el peronismo era un insulto a su inteligencia.) Por eso Valerga le devolvió la estocada, tan pronto cayó en sus manos la edición de Leoplán.

Aunque el gordo no jugaba al ajedrez —le gustaba el truco, lo había visto humillar a muchos—, lo suyo fue una jugada digna de un maestro. No lo corrió por el lado político, como Erre esperaba. Simplemente se metió con su prosa.

Que era escolar, le dijo. Se había tomado el trabajo de anotar algunas frases, que procedió a leer con su vozarrón, para disfrute de los presentes.

Las ideas revolucionarias a las que aquel ofrendaría su vida, leyó. El merecido homenaje de los argentinos, leyó. Este acto de arrojo, leyó. Uno de los jefes más brillantes de un arma que ha dado sobradas muestras de altivez, leyó.

Y después, para rematarla, se metió con los párrafos donde aludía a su hermano Ce, el capitán de corbeta, sin nombrarlo. Transparentes en su admiración —no, no: en su devoción.

No se había sentido tan humillado desde que era chico y lo fletaron al internado. Valerga tenía razón: ese artículo estaba lejos de ser su hora mejor. Se había dejado llevar por la convicción, cuando literatura y candor no empatizan. Wilde lo había anticipado: Un poco de sinceridad es cosa peligrosa; una sinceridad absoluta puede ser fatal.

—¡Yo tampoco sé nada! —dijo el gordo.

Valerga se cubría las espaldas. No fuese cosa de haber dado en el clavo —que la refriega tuviese que ver con el General— y, en caso de que el contragolpe fallase, quedar con el culo al aire ante el hermano de un aviador heroico.

El epicentro de la batalla estaba cerca. Lejos de los muros que absorbían agudos, la aspereza de los Mausers quedaba manifiesta. ¿Eran ecos lo que sonaba de fondo u otras escaramuzas, que tenían lugar en simultáneo?

Cuando volteó la cara para alertar a sus compañeros, descubrió que algunos más se habían hecho humo: Cardigan, Corbata y Brylcreem.

5.

Decidió perseverar. Correr de un árbol a un poste, de allí a un monumento y del mármol a otro árbol. Pero esa protección era muy flaca para Valerga.

Se dio vuelta e hizo un gesto, tocándose la cara debajo de las gafas. Ojo, le decía al gordo. El peligro era real. Pero, en su excitación, el miedo se le mezclaba con el entusiasmo del niño que juega a la guerra.

Valerga asintió. Erre se despegó del grupo, asumiendo la vanguardia.

Si Elina me viese, me mataría.

Sin embargo no corrió. Caminó rápido, zigzagueando entre los objetos que le salían al paso. No le daba el cuero para rajar, esa acción lo despojaría de su dignidad.

A mitad de camino recordó lo que le habían contado respecto de la plaza: que habían reformado su diseño original, árido y desgraciado, porque los vecinos se quejaban de que “parecía un cementerio”. Un recuerdo inoportuno, que intentó archivar.

Las ideas son magnéticas. Tienen el poder de moldear la realidad, de arrastrarla a sus campos de fuerza.

Cuando miró hacia atrás, no vio a ninguno de sus compañeros. Eran muy buenos escondiéndose o lo habían abandonado.

El zumbido de una bala le pasó cerca. Pero no tuvo modo de comprobar si había ocurrido de verdad o, simplemente, sido víctima de la sugestión a que lo compelía el cagazo.

Había soñado con una carrera militar durante mucho tiempo, incluso antes que Ce. Lo fascinaban las armas, los uniformes, los rituales; el arte de la estrategia y la planificación sobre el mapa del terreno. Imaginó que se amoldaría, su padre y sus celadores le habían inculcado disciplina a lonjazos. Pero un médico torpedeó ese futuro.

—Perímetro insuficiente —dijo, tan pronto su miopía se hizo evidente—. Recoja la libreta de enrolamiento.

Para consolarlo, Ce lo coló varias veces en los polígonos que frecuentaba. No hizo más que frustrarse, mientras le erraba al blanco y se familiarizaba con la música del Mauser: la práctica de tiro y la ceguera no congeniaban.

Cuando Elina obtuvo el cargo y se mudaron a La Plata, le hizo el chiste obvio.

—Ahora entiendo por qué te enamoraste de mí —le dijo—. ¡Porque no veo tres en un burro!

A ella no le causó gracia. Sus chistes le parecían insensibles; o tal vez Elina estaba trabajando, ya, para ponerse en el rol de directora de una escuela para no videntes.

Su casa estaba cerca. A pocas cuadras, del otro lado de la batalla.

Era para preocuparse: por Elina, por las nenas, por su propia encrucijada. Pero, aunque se apostó en un extremo de la plaza para auscultar su alma (una práctica a la que estaba habituado: lo habían acusado toda la vida de ser un pecho frío, sangre de horchata — una heladera con dos pies), no encontró aquello que debía sentir.

Ahí estaba su corazón, agitándose como papelito en el cajón del pecho. Pero —estaba claro— eso que sentía no se parecía en nada a la preocupación.

6.

La estación de ómnibus se veía desierta. Apenas fijó la mirada en un punto —un micro que, aunque vacío, tenía el motor encendido—, descubrió a un muchacho de traje negro. En cuclillas, pretendía fundirse con el neumático del colectivo. Un segundo después el pibe lo descubrió a él, detrás de la columna que había abrazado para cubrirse. Cruzaron miradas, compañeros de infortunio.

Al husmear en busca de la siguiente trinchera, divisó a un conocido: Pelirrojo, que había abandonado la plaza para echarse bajo un Plymouth azul. Bastaba un tiro perdido para convertir el auto en una pira.

Hizo gestos descomedidos. Pelirrojo estaba en otra. ¿Qué veía, de lo que Erre, desde su posición, tenía vedado: soldados, civiles armados, cadáveres? De tratarse de alguna de las opciones iniciales, alzar la voz revelaría su ubicación. Pero Erre no quería que su reticencia convirtiese al Pelirrojo en brasas; por eso se llevó dos dedos a la boca y chifló.

Una vez que Pelirrojo lo ubicó, movió sus brazos como abanicos. Lo instaba a que se fuese de allí.

Después de un instante de duda (se preguntará qué es lo que YO veo, y él no), el Pelirrojo salió. Él sí corría, sin vergüenzas. Como voló en la misma dirección que había estudiado, Erre asumió que no había allí soldados ni civiles, sino —los cadáveres no joderían, a ese respecto— una vía despejada. Decidió seguir sus pasos.

Convenía hacer stop en un escondite intermedio. El Plymouth no era una opción. Eligió un rincón oscuro, lleno de pilas de neumáticos. El caucho no frenaría las balas, pero amortiguaba el impacto y no explotaba.

Se animó a poner a prueba un trotecito. Seguía sin divisar tropa alguna ni vehículos militares, pero los tiros sonaban como si la escaramuza tuviese lugar —literalmente— a la vuelta de la esquina.

Cuando estaba a punto de zambullirse, descubrió que no era el primero en optar por aquel escondite. Sus ojos registraron un brillo nervioso, que se recortó contra la opacidad del caucho. Erre comprendió que, aunque no era Valerga, ya no lograría frenar su inercia; y decidió emprender, más bien, la acción contraria.

Su cuerpo registró el contacto con algo blando —los neumáticos, esto no era sorpresa—, pero también con superficies rígidas. Le produjeron dos dolores en sucesión: en la sien y en el codo derechos.

Había perdido los anteojos a causa del clavado. Por suerte quedaron al alcance de sus dedos.

Tan pronto se los colocó, vio la boca de un fusil.

El arma lo apuntaba, a menos de un metro de distancia.

7.

El tipo tenía uniforme. Pero no militar: estaba vestido como vigilante, un agente de tránsito. Yacía entre las gomas, como él, pero esgrimía un arma larga que temblaba en sus brazos. Era un Mauser muy viejo. Pero, aunque hubiese sido flamante, habría constituido una transgresión de todos modos: el personal de tránsito no portaba fusiles como arma reglamentaria.

Erre mostró las manos abiertas y dijo:

—Disculpe. No lo había visto.

El vigilante bajó el arma. Era un pibe, todavía más joven que él —no llegaría a los veinticinco—, morochazo, con pelo corto pero muy duro, a lo carpincho.

—No se me asuste, don —le dijo—. Que con usted no es la cosa.

—¿Y con quién es?

—Qué sé yo. A mí nadie me consulta nada. ¿Usted sabe algo?

Erre se moría de ganas de fumar. Pero la brasa de un pucho estaba contraindicada en aquella circunstancia. Prefirió responder.

—A mí me huele a revolución.

—¿Otra más?

—Eso parece.

—¿Contra quién, ahora?

—No tengo idea.

—¡...Rojas! ¿Se retobó el enano?

—Esto tiene pinta de infantería. Debe ser cosa de Perón.

Al oír el nombre del Innombrable, el vigilante se encendió. Su mirada se volvió acuosa: había dejado de ver, para concentrarse en las postales que la calesita de su cerebro hacía rodar. Hasta que dio con un escenario que ya no le gustó —el aporte que le demandarían, como pago por los platos rotos de la revolución— y engarfió los dedos en torno al Mauser.

—El fusil no me lo sacan —dijo, enfurruñado—. Esto era de mi viejo. ¡Herencia de familia!

El fusil parecía una pieza de museo. Lo más probable era que, de dispararlo, le estallase en las manos.

El olor a meo que reinaba en aquel rincón se volvió intolerable. Era evidente que los borrachos orinaban sobre las gomas cuando aparecían en su camino antes que un baño. También era posible que el vigilante se hubiese meado encima; en cualquier caso, la sputza no lo perturbaba.

Volvió a desear un cigarrillo. Quería llenar sus fosas nasales de humo, bloquear aquel tufo.

No imaginaba que llegar a su casa iba a insumirle dos horas más.

8.

Durante ese lapso intentó en vano cruzar la línea de fuego. Chocaba contra la barrera erigida por la violencia, que ya no era invisible: divisaba soldados que corrían y se agazapaban, camiones del Ejército que trasladaban tropas y pertrechos, ambulancias militares.

Un tanque Sherman por las calles de La Plata. ¿Puedo decir, ya, que lo he visto todo?

Desde una esquina divisó algo que ardía. Era un negocio: una zapatería femenina. Oyó órdenes lanzadas a los gritos y voces que respondían al mandato del dolor. Hecho un bollito en un umbral, se prometió que no volvería a mudarse cerca de un destacamento o una comisaría.

Cada vez que avanzaba, la frontera móvil del enfrentamiento lo repelía. Demasiado a menudo, las bocacalles lo enviaban de regreso a la estación de ómnibus. Todos los senderos de aquel laberinto conducían a la misma trampa, como en los relatos fantásticos que tanto le gustaban.

La madrugada arrancó con visos de ciencia ficción. Después se tornó bélica. Ahora se pone gótica. ¿A qué género seré arrojado en las próximas horas?

Siempre había odiado el perfume de los tilos. Pero aquella vez, el sendero que jalonaban —como las migas que Hansel dejó caer— terminó marcándole el camino.

Al amparo de un tronco añoso, le echó un vistazo a la esquina de 54 y 4. Estaba cerca. Sin embargo, su odisea no había terminado.

Apuró el paso, usando los autos estacionados como barricada. Apenas pisó la esquina, lo congeló una voz.

—¡Al-tó-o!

Otras voces se le sumaron, reclamando lo mismo de modo imperioso. Se quedó agachado, la espalda contra un coche y resoplando. ¿Le hablaban a él?

Un tipo lo apuntaba con una pistola metralleta. Había salido del palier que le servía de refugio. Se movía con calma, como si los tiros —los percusionistas de la comparsa habían enloquecido— no repicasen en derredor.

Soldado no era: vestía campera de cuero y gorra hasta las cejas y estaba lejos del estado físico adecuado. Aunque, quizás por los bigotes, tenía cierto aire policial. En tal caso debía tratarse de un oficial de cierto abolengo; sólo era lícito tener papada de sargento para arriba.

—¿Dónde cree que va?

—A mi casa. Vivo a pocos metros. ¡Mi mujer y mis hijas están ahí!

El tipo miró en la dirección que Erre señalaba. Era la zona en que los cohetazos se entreveraban con más ganas. Volvió a ver a su interlocutor —ese hombre joven, de apostura arruinada por los anteojos y el tizne de los neumáticos— y curvó los bigotes con picardía.

—Si se anima, pase —le dijo.

Erre alzó la cabeza, para otear el camino por encima del capot.

El comentario del tipo era atinado. ¿Se animaría?

9.

Elina y las nenas lo amuraron con abrazos. Como si fuese sordo a los tiros, preguntó qué hacían despiertas a aquella hora. Antes de que balbucearan la respuesta obvia, las conminó a ir a su habitación.

—Pis y a la cama —dijo. La cantilena de las noches normales.

Elina empezó a hablar mediante señas. Y así descubrió Erre que la tropilla que demandaba arreo excedía el número de sus hijas.

Por fin. Ya no daba abasto, dijeron a la vez los labios y los dedos de Elina.

Los pibes estaban en un ángulo oscuro, descalzos y en pijama a pesar del frío. Se apretujaban unos contra otros, como si necesitasen un punto de apoyo. Eran cinco de los diez ciegos a cargo de Elina, un puñado de chicos de entre seis y doce años. Y estaban allí porque la casa cumplía una función doble: era el hogar de Erre y, a la vez, el establecimiento educativo que Elina dirigía. Durante el fin de semana, la mitad del contingente visitaba a sus familias; pero aquellos desvalidos...

—Tranquilos, chicos —dijo Erre. Las habitaciones de los ciegos no daban a la calle, en consecuencia no corrían riesgos—. Todo esto es mucho ruido y pocas nueces. ¡Ahora nos vamos a dormir!

Y, para alentarlos, empezó a canturrear la Obertura 1812 —los cañonazos ya sonaban— y a marcar el ritmo con sus palmas.

—¿Dónde te metiste? —murmuró Elina, una vez que las criaturas se perdieron por los pasillos. Tenía la costumbre de susurrar en la casa; pensaba que los ciegos podían oírlo todo.

En vez de responderle, la tomó de la mano y la arrastró a la habitación de las nenas. Eran la pareja peor avenida: ella con salto de cama —parecía más cabreada que asustada— y Erre camuflado por el betún de las gomas.

El dormitorio de Ve y Pe era seguro, su única ventana daba al patio interior. Las arroparon y se quedaron a su lado, uno en cada cama.

Tardaron poco en dormirse. El traqueteo de los tiros era monótono.

—La culpa la tiene el facho ese —cuchicheó Elina. Ella también detestaba al Innombrable—. Por eso decretaron la ley marcial. ¡Fue lo único que dijeron en la radio!

Se refregaba las manos contra las rodillas. Por eso intentó aflojarla. Le dijo que no se preocupase, la situación parecía controlada. Si alguien se había alzado en el edificio vecino, ya lo habían obligado a replegarse.

Como la mentira no surtió efecto, refirió su aventura nocturna en tono de picaresca.

Pronto se quedó sin palabras. La ciudadela seguía cercada por tiros y gritos. Los ocasionales silencios eran más inquietantes que las agresiones.

Erre se escabulló a la cocina, con la excusa de un café.

A mitad de camino, oyó un grito que provenía de la calle. A corta distancia, alguien decía, con voz desgarrada:

—¡No me dejen solo, hijos de puta!

Le impresionó el timbre de tallo verde, la inocultable ...