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EL PAPEL PREPONDERANTE DEL OXíGENO

Angeles Salvador

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Fragmento

Una mañana, cuando tenía once años, me desperté descompuesta y fui al baño a vomitar. Como nadie vino a verme, fui al cuarto de mis tíos a avisarles que estaba enferma. La puerta estaba entornada y no se los veía en la cama. Asomé la cabeza y los vi parados contra el ropero de madera, mi tía con el camisón subido y mi tío desnudo atrás de ella, semiencorvado, con una mano en la pared y la otra en la cabeza de ella como si le atara el pelo en una colita. Mi tía tenía el perfil aplastado sobre el mueble y los ojos abiertos por lo que pude ver cuando me miró, pero mi tío no me vio. Yo salí, y me fui al baño a vomitar más, y después volví a la cama y pensé que eran inmundos y horripilantes, pero que se tenían el uno a otro y yo no tenía a nadie.

Nací en la clínica del doctor Berthier, crecí en San Fernando en la casa de mis tíos, porque mis padres murieron en un accidente náutico en el delta del Tigre cuando se les dio vuelta la lancha colectiva. Fui a la escuela Malvinas Argentinas, de Victoria, y la plaza Moreno fue el único lugar al que me llevaban a pasear durante el año. Me compraban unos granos naranjas llenos de maíz, para que le diera de comer a las palomas y las palomas siempre venían volando y se comían todo, no dejaban nada. Estudié voley en el Sportivo Atlético Santa Rosa, era una buena zaguera, porque tengo piernas fuertes. Jugué los primeros torneos bonaerenses y una vez llegué a la final y otra a semis. Íbamos de vacaciones a Miramar, la segunda quincena de febrero, a una casa que le prestaban a mis tíos a cambio de que la pintaran mientras vacacionábamos, por eso la última semana no íbamos a la playa, pintábamos. Mis tíos no tuvieron hijos porque no pudieron, o no supieron, pero sí quisieron.

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Una vez un médico le facilitó un tratamiento a mi tía, y la gran esperanza; sobraban partidas en un hospital modelo del gobierno de Armendáriz, y mi tía había sido manicura de la mujer de Armendáriz y de Elva Roulet, la vicegobernadora. A Armendáriz lo apodaban Titán, pero mi tía encontraba grosero e irrespetuoso el sobrenombre y decía que era una vergüenza que trascendiera. La llamaron a casa, le preguntaron si tenía hijos y si quería tenerlos, le preguntaron la última fecha de menstruación y la citaron en el hospital. Le dieron hormonas, y le hicieron una cirugía local, le recetaron una medicación que debía tomar a rajatabla del prospecto, y le dieron una dieta y una vida normal, por fuera de las relaciones sexuales, que debían ser mensualmente esporádicas y sólo a tal fin.

Pero las elecciones las ganó el peronista Cafiero y le descontinuaron el tratamiento.

Quedó embarazada, y a los dos meses lo perdió porque el especialista en fertilidad dejó de trabajar en el hospital y no pudieron retener el embarazo, que era en realidad un engendro de la ciencia radical.

Para esa época me escapé por primera vez de casa. Le saqué cuarenta australes a mi tío, y tomé el tren a Retiro. Caminé por la calle Florida, y me senté en un escalón de una entrada de una galería a mirar a los que pasaban; después me paré y en lugar de perderme en la ciudad, como yo quería, volví a la estación, compré dos empanadas y una seven-up y un póster con una frase que decía “Donde hay niños, existe la Edad de Oro” y me tomé el Mitre para volver a casa. Cuando llegué no había nadie, porque mi tía estaba internada para hacerse el raspaje. Yo me había olvidado.

Cuando terminé la secundaria todavía era virgen y nunca había besado en la boca a ningún chico. La noche de la fiesta de egresados ni bailé. Cuando escucho música movediza, me dan ganas de saltar en lugar de bailar y ese día tenía unos tacos altos de mi tía que me molestaban. Me quedé en la barra. Al ayudante del barman le caí bien y me dio conversación y también coca-colas y gin tonics, me decía que sabía leer las manos y así fue como le presté la mía y no me la soltó en toda la noche. Iba y venía, pero cada vez que volvía yo dejaba la mano disponible y él me la agarraba, hacía que me leía el futuro y me decía que yo iba a viajar mucho y que me iba a comprar una casa, y que iba a salir en la televisión, en el noticiero. Yo quería que mis compañeros me vieran de la mano con él.

Al final de la noche me dormí un rato con la cabeza apoyada en la barra, estaba mareada y no me quería parar. El muchacho me corrió con banqueta y todo para dentro de la barra, y usó mi mano para refregarse. Se hizo una paja con mi mano enarbolando su miembro y con las suyas encima accionando la dirección de las fuerzas. Cuando terminó, me limpió con una rejilla helada, y me sirvió un café.

Yo tenía la mano adormecida de tanto que me la había apretado, y sentía la falta abstracta de la coyuntura erguida en mi palma como algo novedoso. El estado de erección de un hombre me empezó a hacer falta para siempre. El dispositivo lúdico y mecánico del pene con su sistema externo de fuelle, la circunferencia del cilindro, la punta lisa, resplandeciente y patinosa, la medida de lo que ocupa, el carácter instrumental de su presencia latía en mi mano mientras tomaba el café.

Nos vino a buscar el padre de una compañera, el auto estaba en la puerta y todo el viaje fui oliéndome la mano y eso que yo creí que olía a sexo de varón era olor a trapo sucio y a alcohol.

Ese año no me recibí porque me llevé cuatro materias a marzo: Geografía, Historia moderna, Literatura argentina e Inglés. Mi tío me consiguió un trabajo de promotora en un shopping, con calzas azules y una remera blanca. Pero en realidad era afuera del shopping, volanteábamos para un gimnasio, y cada tanto los guardas nos corrían de la puerta. Parte de la plata la usé para pagarme clases particulares de inglés; lo único que yo quería en la vida era recibirme, ser bachiller, y conseguir un trabajo en Capital.

Martín Rubio fue mi profesor particular, lo conseguí por un volante que estaba pegado en la vidriera de la librería, lo llamé desde un teléfono público y lo cité en la Confitería Rex, le dije que tenía muchos hermanitos y que hacían mucho ruido y por eso no podía estudiar en mi casa. Martín era flaco y rubio y tenía mi edad, era de Acassuso y había ido a un colegio inglés desde jardín de infantes; estaba ahorrando para irse de viaje a Europa. El pasaje ya lo tenía porque se lo había regalado la abuela, pero quería más plata porque tenía planeado quedarse más de la cuenta. Se reía porque yo pronunciaba muy mal y me pedía perdón. Yo le pagaba la clase pero él me invitaba tostados y sprite con limón, me traía libros de Jack London, Mark Twain, Ambrose Bierce y Mary Shelley para practicar, pero yo no avanzaba. Me hacía fotocopiarlos, pero yo no avanzaba. Por qué se enamoró de mí es algo que atribuyo a su miedo a irse a Europa, y a que sentía que me daba algo, que me hacía un bien, y a que yo lo escuchaba cuando él hablaba de deporte.

Las clases en la Rex se extendían por dos horas, más una hora de caminata para la conversation. Yo decía en lo de mis tíos que tenía horas extras en el shopping. Una tarde me pidió que lo acompañara a visitar a la abuela, que le iba a dar plata porque había sido el Día de Reyes. La abuela vivía en un caserón de San Isidro, con parque, pileta y personal de servicio, uno de ellos nos abrió la puerta. Otra señora, muy amable, que saludó cariñosamente a Martín, como si lo conociera de chiquito, nos preparó un nesquik con vainillas. La abuela estaba postrada en el sillón del living, la bajaban a la mañana y la subían a la tarde, decía cosas inconexas y me pedía que me diera vuelta, que me quería ver bien. Me contó que estaba vieja y enferma, lo que saltaba a la vista, y que Martín era su nieto preferido porque cuando era chico no gritaba como el resto de los nietos. Dijo que nos metiéramos en la pileta antes de irnos, que después tenía un regalito para darle a él. Yo dije que no podía, pero insistió para que fuera, que también me iba a hacer un regalito a mí, por el Día del Niño, porque tenía cara de huérfana.

Martín me hizo una seña con la cabeza y me guiñó un ojo. Yo me tragué el llanto y me fui con él. Me dijo por lo bajo que seguro me iba a dar cien dólares, que me venían bien para seguir con las clases de inglés y no tener que ir a volantear a la puerta del shopping, que de todos modos él no me iba a cobrar nunca más las clases hasta la fecha del examen, pero que hacía calor, que fuéramos a meternos.

Yo dije que no tenía malla y la viej ...