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EL VENGADOR DEL HAMPA

Ricardo Canaletti

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Fragmento

Un recorte amarillento

A un estornudo le siguió otro y después otro. Había olor a humedad, a viejo, porque la cantidad de papel que se guardaba allí era incalculable. ¿Qué otra cosa se podía encontrar en el archivo de un diario? Hojas sueltas, sobres, recortes, tijeras, pegamento, abrochadoras, revistas, diarios del día y alguno del anterior, una mesa enorme, polvillo, ese que estaba pero no se veía, y oquedad, encierro, ni una maldita ventana por ningún lado. ¡Ventana! ¡Ja! Si el archivo se ubicaba en un subsuelo. Sin embargo, todo eso tenía un remedio: el tiempo. A poco de estar en ese extraño lugar el aire viciado se transformaba, mejor dicho, el olfato se acostumbraba y parecía que el aire impuro había desaparecido. Cosas de la cabeza, se diría. Ya no sentía ningún olor rancio o equívoco cuando agarré el primero de los recortes del sobre que había pedido: pertenecía a un hampón argentino de los años cincuenta. ¡La vida de ese hombre contenida en un sobre! El recorte era del diario La Razón. Lo tomé mecánicamente. Era el primero de un montón acumulado en desorden. Otros sobres contenían la información de otra manera, con un cartón como base, por ejemplo. Cada recorte pegado en una hoja que llevaba en su esquina superior derecha el sello con el logo del periódico y la fecha de la publicación. A cada hoja se le hacían dos agujeros y se la enganchaba cronológicamente a la base de cartón. Es decir que lo primero que se veía eran recortes recientes y a medida que se iban pasando las hojas se retrocedía en el tiempo. De este modo quedaba una carpetita y si había muchos recortes se hacía más de una carpeta; y si había muchos más aún, entonces el personaje o el hecho tendrían más de un sobre. Los de Juan Domingo Perón ocupaban dos filas de archivos. Pero este que tenía delante de mí era un embrollo. No disponía de tanta información y la que había era confusa y estaba metida en el sobre: una expresión clara de que ya nadie se interesaba por ese hombre, muerto hacía treinta y siete años, el mismo tiempo que los diarios llevaban sin hablar de él. ¿A quién le importaba? No saqué el pilón completo de publicaciones, sino la mitad; así, a ojo, y el que tenía en la mano era el primero de esa mitad. Estaba muy amarillento y al tacto me di cuenta de que era tan antiguo que tenía bien ganada su fragilidad. Era de 1964. Lo sostuve y lo acerqué a mis ojos para poder leer mejor y eso que tenía mis anteojos. Enfoqué letras y palabras, pero no leí. ¡Uf! La tipografía era mínima. Lo apoyé sobre el montón de recortes. Abrí los ojos y levanté las cejas, como preparándome para el esfuerzo que debía hacer para leer ese recorte. Diego Armando Maradona me miraba desde el póster en la pared. ¡Si por lo menos hubiera sabido qué estaba buscando! No lo sabía. Tal vez una línea discordante, una palabra clave. ¿Podría escribir una nota de esas tipo “historias del crimen” con lo que encontrara? ¿Descubriría el aniversario de un asalto importante o de una muerte ruidosa para su época o un nombre que aún sonara a pesar de la lejanía? Muertos, lo que tenían escrito esos papeles eran nombres de muertos. ¿Pero para qué me metía en el archivo del diario un sábado a la tarde? Me incliné sobre el recorte y leí la palabra “tumba”. Aunque mi atención se fue a otro lado. La edición de la sección “Policiales” estaba casi cocinada. Ya tenía el título de la nota principal: “El plan del gobierno para sacar de la calle las armas ilegales”. Solo faltaba esperar que ese sábado transcurriese sin sobresaltos, ninguna masacre, ninguna figura pública asesinada, ninguna pueblada ni toma de rehenes. Esto mismo le dije a Guitte, el editor encargado de confeccionar la tapa del diario con las noticias más importantes que le llevábamos los jefes de cada sección. Se lo comenté a eso de las dos de la tarde, durante la reunión de sumarios, tocándome los testículos, no fuera a ser que estallara la Tercera Guerra Mundial. El país había tenido su infierno, un presidente que pocos meses antes había impedido que los argentinos dispusieran de sus dineros depositados en plazos fijos, cuentas corrientes o cajas de ahorro. ¿Cómo no iba a haber bronca si a muchos se les depositaba el sueldo en el sistema bancario y el patrón no podía retirar el efectivo para pagarle al jornalero? El presidente Fernando de la Rúa se escapó de la Casa Rosada; la gente en la calle protestaba; la Policía Federal salió a matar ciudadanos el 20 de diciembre de 2001; cinco presidentes se sucedieron en un mes y uno de ellos declaró que el país no pagaría sus deudas. Había pasado poco tiempo de todas estas desmesuras cuando me enfrenté por propia voluntad a ese sobre con noticias antiguas de un viejo hampón. No me podía extrañar que en un recorte de diario de 1964 leyera la palabra “tumba”. Alfredo, el archivero, con su pulóver azul con cuello en V, me hablaba del inminente partido de la selección argentina de fútbol con Nigeria, la primera fecha del Mundial Corea-Japón, mientras se quitaba caspa de uno de sus hombros. “¡Qué sé yo, Alfredo, a mí Bielsa no me gusta, pero le vamos a ganar igual a los negros!”, expresé.

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El fútbol, al revés de lo previsible, me llevó a mirar de nuevo aquel recorte de La Razón, el que tenía la palabra “tumba” en su texto. Decía que un ladrón, Agustín Caviglia, se había pegado un tiro arrodillado sobre la tumba de su mujer, asesinada un par de días antes. ¿Qué? Lo volví a leer. ¿Un delincuente que se suicidó sobre la tumba de su mujer? ¿La había matado él? Caviglia, Caviglia… A ver estos recortes. Y apareció otro dato que era el que esperaba encontrar porque el sobre que contenía todos estos artículos no era el de Caviglia. De hecho, él no tenía sobre alguno, es decir que para el periodismo de su época no había existido. La información que buscaba estaba en una noticia del diario Crónica y señalaba que Caviglia era uno de los integrantes de la pandilla que capitaneaba el hampón al cual pertenecía el sobre que yo revisaba, un tipo al que le decían el Loco. O sea que este hombre se había suicidado pegándose un tiro sobre la tumba de su esposa —porque no era una amante, era la esposa—, con la cual tenía cuatro hijos. Acá había algo más que los datos para escribir una nota del estilo “historias del crimen”.

Seguí revisando los recortes sobre el Loco hasta que apareció otro del diario La Razón que tenía un título a tres columnas. Me atrajo por su foto nítida, en blanco y negro. Justamente recordé que se había estudiado que ante una noticia publicada en el diario el lector observa el título e inmediatamente después, si la tuviera, se va a ver la fotografía y a leer su epígrafe. Le pedí a Alfredo que me prestara su lupa para observar mejor esa foto. Había ocho hombres de los cuales siete llevaban preso a uno, el delincuente cuyo sobre con antecedentes periodísticos estaba revisando, el Loco. Todos los protagonistas de la imagen estaban vestidos de civil y se notaba que habían sido fotografiados cuando terminaban de descender una larga y estrecha escalera de mármol, de esas que ya no se ven más, y que dos escalones antes de la vereda tenía enormes puertas de gruesa madera abiertas de par en par. Hacia arriba la escalera seguía interminable y apenas se divisaba un pequeño rellano. El delincuente estaba por pisar el primer escalón o el último, según cómo se mirara. Detrás de él se divisaban las cabezas o medias cabezas de cuatro hombres cuyos rasgos eran imposibles de distinguir porque estaban tapados por los cuatro que iban adelante. Del lado izquierdo del Loco, había un hombre de pelo enrulado que había adelantado su pie izquierdo. Como los demás que lo acompañaban podía adivinarse que era policía. Llevaba al Loco sujeto del brazo derecho, que estaba extendido, pero colocado hacia delante, no al costado. El matón tenía puesto un pulóver sobre una camisa abotonada hasta arriba; la frente amplia, flaco, más alto que todos los policías que lo rodeaban, desgarbado. Miré sus zapatos y parecían sucios, gastados. Los brazos iban por delante porque estaba esposado. La mano izquierda la había puesto sobre la muñeca derecha para disimular las esposas y entre los dedos de la mano derecha llevaba un cigarrillo, sin poder verse si estaba encendido o apagado. El Loco, con una calvicie que pronto iba a adueñarse de su cabeza, miraba hacia su izquierda, donde estaba otro policía que como los demás vestía un traje que se adivinaba oscuro, con un pañuelo blanco en el bolsillo. El fotógrafo lo captó justo en el momento en que ponía su pie izquierdo en la vereda. Este hombre tenía un cigarrillo en medio de los labios, no sobre uno de los costados, bien apretado y justo en el medio, las cejas enarcadas y los ojos muy abiertos como esperando que ocurriese algo o no. También lucía una calvicie profunda. Era corpulento u obeso, según los ojos del tiempo con los cuales se lo mirara. En su mano izquierda llevaba un portafolio. No miraba a la cámara del reportero gráfico, sino hacia su izquierda, como el Loco, pero más a la izquierda. Había otro hombre con traje oscuro y el saco abotonado. Estaba a la izquierda de la fotografía, con los dos pies en la acera, aunque de perfil. Miraba cómo sus compañeros sacaban al delincuente. Tenía una correa sobre el hombro izquierdo, que sostenía lo que parecía ser una pistola ametralladora PAM 1, utilizada en la década del cincuenta por la Policía Federal, inspirada en la M3A1 estadounidense, con la diferencia de que esta era calibre 45 (u 11,25 milímetros) y el calibre de la PAM 1 era 9 milímetros. Recordé que una de las primeras cosas que me habían enseñado cuando comencé a practicar periodismo de casos criminales era que el calibre de las municiones se refería al diámetro de la bala y se denominaba según el sistema de medición, en pulgadas o en milímetros. Por ejemplo, era 0,45 pulgadas u 11,43 milímetros.

El epígrafe de esa foto decía que el Loco estaba siendo trasladado desde una oficina de la Policía Federal hasta la cárcel de Olmos, en la provincia de Buenos Aires. ¡Cómo lo mostraron al Loco! Lo querían exhibir así, esposado. En aquel tiempo habrá sido una foto necesaria porque uno de los demonios más renombrados estaba bajo control policial, como debía ser. ¿A quién le podría interesar esta foto que —la verdad— era una flor de foto? No sabía qué iba a hacer, pero tenía que averiguar por qué Caviglia se mató sobre la tumba de su mujer y qué tenía que ver su jefe, el Loco, si era que tenía algo que ver. ¿A qué se dedicaba esta banda? ¿Cómo lo habían atrapado al Loco? Algunas notas hablaban de una misteriosa relación con un par de policías, nada menos que un subcomisario y un oficial de la División Robos y Hurtos de la Federal. ¡Pero a los nombres de estos policías los conocía! Alfredo me había dicho algo sobre Batistuta. Le sonreí mientras me imaginaba a Caviglia tirado sobre la tumba reciente de su mujer. Volví sobre el recorte del suicida. Entonces vi que a Caviglia le decían Pocholo o Paisano, y que se había matado antes que el Loco cayera preso. Ya no escuchaba los ruidos a mi alrededor. Nada. Alfredo había desaparecido y no advertí que un becario de Deportes había entrado. Ya no miraba cada tanto el póster de Maradona con esa franja amarilla teñida en su cabellera, la moda que lucía cuando volvió a Boca Juniors en 1995. La ansiedad me nublaba la vista por instantes. Movía papeles en busca de algo más sobre Caviglia, el Loco y esa banda extraña, que intuía terrorífica. Hasta que el terror se presentó de golpe, lo tenía ante mi vista, representado en nueve fotografías de la revista. No podía ser, pensé. ¿Toda la banda aniquilada? La fecha, ¿cuál era la fecha de esa publicación? Había un título de letras blancas sobre un fondo negro que cruzaba toda la página y decía: “La serie siniestra”. A lo largo de la parte superior estaban las fotografías de cinco integrantes de esa organización. Empezaba con Adolfo Alfredo Ocampo, alias Campito; después Agustín Caviglia. Al fin lo veía, pero no, no era el mismo Caviglia que se mató sobre la tumba de su mujer porque el de la foto de la serie siniestra tenía treinta años menos. Se trataba de una fotografía de cuando era un pibe, de unos veinte años, con la porra desordenada y un pañuelo alrededor del cuello. Le seguían primero Emilio el Turco Abud, después el Bebe Guido y finalmente Luis Alberto Bayo, Bayito, un boxeador, que de hecho en la foto aparecía en la pose típica alzando su guardia con sus manos enguantadas. Debajo de la página las imágenes de los cuerpos destrozados de Abud y de Guido, tirados en pajonales, apenas reconocibles y hasta una fotografía de un amasijo de miembros humanos sobre una camilla que eran observados por dos policías de la Bonaerense. ¿Y el Loco? La imagen de Miguel Ángel Prieto, el Loco, estaba en la doble página principal de la revista Así. “Calabozo de fuerza para el Loco Prieto”, decía el título. Ahora entendía. Esta información de Así era anterior a aquella donde se lo veía al Loco custodiado por policías de civil de la Federal saliendo hacia la prisión de Olmos. Alfredo me provocó un sacudón cuando me hizo regresar a 2002 con apenas dos palabras: “¿Querés café?”. Lo rechacé con amabilidad. Sabía por un par de onerosas experiencias personales de lo que era capaz ese brebaje insidioso que bullía en la cafetera del subsuelo. Alfredo era de la época en la cual el archivo estaba en el tercer piso, al lado de la redacción. Un periodista de Policiales, que se jubilaba cuando yo entraba a trabajar al diario, me había dicho que toda nota empezaba siempre en el archivo. Y ahora resultaba que cada nota empezaba en el subsuelo. Ja. Ya casi nadie iba al archivo. Entre internet y el descenso al infierno del subsuelo, el archivo comenzaba a entrar en esa espantosa categoría que ocupan los lugares olvidables. Hasta el ascensor había renunciado a tener su última parada en tales profundidades, una especie de averno donde Alfredo era algo así como Caronte, que te llevaba hasta el reino de los muertos. No lo salvaba ni la noticia del día anterior ni la de la propia jornada, pues una vez publicada ya era parte del pasado. Si Caronte hubiera aparecido en el siglo XX, podría haber sido Alfredo, quien con su tijera, su cola de pegar y sus recortes te transportaba al pasado, a los sepulcros de papel de aquellos que fueron alguna vez. Y hubiese despreciado a esos falsarios que se la pasaban todo el tiempo frente a una computadora para ver si descubrían la ubicación exacta en la cual el diablo había pisado por primera vez la Tierra, esa Ebactana que había sido más que la capital de Media.

“Quedate piola”, me decían algunos sobrevivientes de aquellas épocas en las que cada escritorio estaba tapado de papeles y sobres. “¿No ves —me indicaban— que ahora todos le dan bola a internet?” ¿Un periodista sin papeles a su alrededor? Pero en ese momento, al cual me dejé llevar por estas meditaciones, sí estaba rodeado de ellos y respiraba con timidez porque esa doble hoja sobre Prieto y su banda despedía moléculas momificadas que estaban a punto de hacerme estornudar una vez más. Ya tenía suficiente, sin embargo no podía largar ese sobre. No me habían llamado aún de la redacción, lo cual significaba que no había sucedido nada que me obligase a modificar la edición del día. Podía concederme unos minutos más. Busqué ordenar mis dispersos pensamientos. ¿Qué iba a hacer con este material? La primera conclusión fue que no podía seguir sepultado allí. Intuí que los acontecimientos que llevaron a que Caviglia se suicidase sobre la tumba de su mujer y la eliminación de toda la banda del Loco eran capítulos de una historia extraña, acaso inverosímil y salvaje, que me impulsaba a rescatarla como si fuese una reliquia invalorable. Tenía la cabeza embotada y me dispuse a colocar de nuevo ese caos de recortes en su sobre mientras leía títulos rápida y desordenadamente: “El Loco pone en jaque a la policía”; “Calabozo para el Loco”; “Contrabando: ¿a quiénes oculta el caso del Loco?”; “Culminó con un eslabón de sangre una infernal cadena de crímenes”.

—Nene —le dije a Alfredo, que no era ningún nene—, me llevo el sobre del Loco. ¿Lo tenés que anotar?

—No, llevalo —me contestó alzando la voz desde la hilera de archivos correspondientes a la vida, pasión y muerte del general Perón—. Después me lo das. ¿Quién lo va a pedir?

Sangre más sangre: sexo

“¡Quedate quieto o sos boleta!” El farmacéutico Manuel Jeystz se sorprendió, pero no se asustó. Quienes estaban en el local advirtieron que había algo que no encajaba. La orden provenía de un pibe, aunque no era un pibe, si bien tenía cara de serlo. Luis, el ladrón que había irrumpido, no perdía su semblante ni su tono infantil aun cuando daba una orden de semejante naturaleza y empuñara un arma. Manuel no supo qué hacer durante esos instantes que le parecieron hasta irreales. Pestañeó y a la velocidad del rayo la escena cambió drásticamente cuando se vio apuntado por el arma negra que sostenía Luis, y entonces dejó caer sobre el mostrador la caja del medicamento que acababa de tomar de un estante. Luis Caligua sabía que su pinta no era la de un malandra, así que debía demostrar que lo era. Con su voz no alcanzaba, pero sí con su pistola calibre 11,25. Se puso frente a Jeystz, mostrador de por medio. En segundos los acontecimientos habían evolucionado hasta un punto en el cual Luis miraba fijo al farmacéutico y este había fijado su mirada en el hombre que instantes antes le había pedido el medicamento, un cliente que no lo era. Las cosas eran engañosas en la Droguería Continental, de la calle Canning. El cliente que no era tal dio la vuelta al mostrador y se puso al lado de Manuel, hundiéndole en las costillas el arma de fuego que había sacado de su cintura, oculta hasta entonces por el saco. Las atribuladas víctimas conocerían en breve a este ladrón por su apodo del Loco. A Manuel le pareció que el cañón del arma que el Loco le había metido en el costado era extremadamente largo. Dos señoras habían lanzado una exclamación de terror. Una de ellas se llevó una mano a la boca, espantada, y la otra dejó caer la caja del dentífrico Odol que había comprado. Por la puerta entró a la carrera el tercero de los ladrones, un tal Salgado, a quien los otros dos llamaban el Chino. Tendría unos treinta años; era un hombre feo y picado de viruelas. Él se encargó de las dos señoras que llevaban la bolsa de las compras y que por instinto se tomaron del brazo frente al peligro. El Chino las apuntó y las obligó a pasar hacia el fondo de la farmacia a través de una pequeña entrada que quedaba entre los dos mostradores. Luis tenía amenazado con arma al empleado de Manuel, a quien también iba a llevar al fondo, cuando entró otro cliente, un muchacho de unos veinte años. Luis dio unos pasos y agarró al empleado del delantal, le enroscó su brazo libre alrededor del cuello y con la mano del arma le apuntó al nuevo cliente, que se quedó con la boca abierta. Las dos señoras, el empleado y el joven que acababa de entrar fueron nomás a la parte trasera de la farmacia. El Chino les quitó las carteras a las señoras, las pulseras y los anillos de matrimonio y obligó a los muchachos a entregarles la plata que tenían encima, que por cierto era muy poca. Los hizo sentar en el piso. Las señoras, algo rollizas, quedaron estupefactas ante la orden. Salgado permitió que se mantuviesen de pie y del brazo. Luis, el de la pinta de pibe pero que no era ningún pibe, se dedicó a poner en una bolsa de arpillera de mediano tamaño, que había llevado a propósito, las anfetaminas y antiinfecciosas, las drogas que tenía en el estante más cercano.

—¡Si abren la boca los quemo! —conminó el Chino—. No llore, señora, la puta madre que lo parió.

Luis le gritó al dependiente que le dijera dónde estaba la morfina, mientras el nudo central del drama se desarrollaba adelante.

—¿Dónde tenés la guita? —amenazó el Loco al farmacéutico. Manuel Jeystz señaló con su brazo hacia el segundo mostrador. El Loco lo empujó hacia ese lugar. Había un cajón grande debajo. Le ordenó al farmacéutico que se arrodillara.

—¿Esto tenés? ¿Dónde está el burro con la guita, el cajón con la guita? —se corrigió enseguida el propio Loco.

—Es temprano. No, no vendimos mucho.

—¡Callate, la concha de tu madre! —le gritó Prieto y le pegó un culatazo en la frente. El grito de Jeystz alertó a Luis y al Chino.

—¿Qué pasa, Loco? —soltó Luis.

—¡Que acá no hay ni un morlaco, la puta madre!

El Chino salió de la parte trasera y apuró a Luis, que ya había guardado la morfina en su bolsa y algunos frascos más que encontró a su paso por el interior de la farmacia.

—¡Dejá, Loco! ¡Vámonos! —le gritaron los otros dos.

El Loco tenía el brazo extendido con el arma hacia el farmacéutico, que seguía arrodillado. Giró la cabeza hacia el extremo del mostrador. Dio la impresión de que salía de allí, pero se volvió y otra vez extendió su brazo hacia Jeystz, que había movido su torso y lo observaba con los ojos desorbitados y la boca abierta. Prieto no tenía expresión alguna. No miró al farmacéutico, sino a su pistola. El balazo le perforó la frente. Cayó hacia atrás. Hacía una semana que Manuel Jeystz había cumplido treinta y dos años.

—¿Qué hiciste, boludo? ¡Rajemos! —le reprochó Luis; los tres ladrones salieron corriendo. El Loco recién guardó su 11,25 a las dos cuadras, es decir que anduvo al trote por la calle con el arma a la vista de todos.

En la comisaría 43 dos policías que eran hinchas de Boca hablaban de la reciente muerte de Eliseo Mouriño, que había sido un ídolo del club. Después de jugar nueve años en Boca lo había contratado el equipo chileno Green Cross. El avión que lo llevaba a Chile se estrelló en la cordillera. Los policías destacaban las virtudes del centrojás cuando llegó el aviso del asalto en la Droguería Continental. En la seccional había policías frenéticos que hacían llamados a sus informantes o salían rápido a buscarlos. Los teléfonos sonaban. Era extraño pues no todos se movían al mismo ritmo, algunos se mostraban más tranquilos, apartados del torbellino, como esperando el momento justo, la llamada precisa. Y llegó. La verdad la tenía un tal Contreras. Pasaron algunas horas hasta que obtuvieron una información crucial que les permitió colocar sobre el escritorio del comisario una fotografía de quince por doce centímetros de un chico de unos veinte años, pegada en uno de los folios de un legajo de carátula amarilla, con un número destacado sobre el extremo superior derecho: 1955. En el folio siguiente había más fotografías, pequeñas, que eran las consabidas de frente y de perfil. Se trataba de Luis Caligua, el de la pinta de pibe. Los policías supieron también que otro de los asaltantes era Manuel Salgado, el Chino. Les faltaba uno, un tal Loco, a secas.

El Loco puso la llave en la cerradura, giró y adelantó el caño negro de su arma, como hacía siempre. Estaba casi pegado a la puerta. Ingresó primero el arma y después su cuerpo. La casa estaba desierta. Clarita estaba aún en su trabajo y la madre no había llegado de hacer las compras, supuso. Eran las 12:40. Fue hasta el cuarto de Clarita y se sentó en la cama. Reemplazó la bala que gastó en Manuel Jeystz por otra que sacó del cajón de la mesita de luz. Se fue hasta la mesa del comedor. Esther, la mamá de los Páez, estaría por llegar y era seguro que pondría la mesa y esperaría que comenzara Buenas tardes, mucho gusto, por el Canal 13. Cuando aparecía Gloria Raines no había manera de que le diera bolilla a nadie. El televisor fue el primero de los regalos del Loco y la señora Esther y Clarita estaban encantadas. Al Loco le gustaba la radio y de la tele a veces veía a Pepe Biondi. Se puso a limpiar el arma con un pañuelo blanco a pesar de que el armero que se la había dado le había dicho que usara una gamuza. ¿De dónde iba a sacar una gamuza? ¡Vaya a saber dónde la tenía guardada Esther! Encendió la radio. A lo mejor decían algo del asalto a la droguería. Pasaba de estación. Se quedó un rato oyendo twist. Seguía cambiando de estación y nada de la droguería. Pensó que la policía no había soltado el dato todavía. Un farmacéutico muerto en un asalto no se tragaba así nomás. Fue a la heladera y sacó el plato con el queso fresco. Comió un pedazo. Se calzó el arma en la cintura y salió a ver a Contreras. Hubiese sido mejor ir de noche, pero la ansiedad lo vencía. ¡Ese hijo de puta de Contreras!

Era un día gris. Al salir no vio venir a doña Esther y eso que faltaba poco para Buenas tardes, mucho gusto. Cruzó la calle y caminó por la acera. Tenía el Rambler a dos cuadras. Después del mediodía se veía menos gente andando por la calle. Pateó un par de piedras sueltas, se levantó el cuello del saco. Nunca llevaba sombrero y por eso se creía un tipo de vestir a la moda, aunque Clarita le había dicho una y mil veces que no se abotonara la camisa hasta arriba. En la siguiente calle el sonido del tango que salía de una radio y se escapaba por el largo zaguán de entrada de una casa pareció animarlo y se puso a tararear empalmando justo con: … abandonó a su viejita. Que quedó desamparada. Y loco de pasión, ciego de amor, corrió tras de su amada, que era linda, era hechicera, de lujuria era una flor, que…

A los pocos metros estaba la verdulería de Nicola, la mejor del barrio. Ahí se encontraba el Tano Nicola explicándole a una señora cómo debía cocinar los ajíes rellenos con carne picada y arroz. La fachada de la verdulería estaba revestida de mármol negro. Un lujo. El Loco tomó una mandarina de uno de los cajones más cercanos a la entrada. La tiró al aire y la atajó con la misma mano con la intención de que Nicola lo viera. Y como era costumbre, el verdulero le hizo un gesto de aprobación con la cabeza mientras le seguía dando cátedra a la señora que quería comer ajíes rellenos. Era una verduleríamercadito porque había además una carnicería cristiana ubicada frente a la verdulería, y otra de carne kosher, al fondo. La de Domingo, el carnicero “de los nuestros”, era una delicia, de ternera, blandita. Al Loco le gustaban mucho los bifes de hígado, con ajo y perejil, a la sartén, que le hacía su vieja cuando era pibe y ahora doña Esther, la mamá de Jesús y de Clarita Páez. Al subir al Rambler verde ya había terminado la mandarina.

La entrada de la casa de Contreras siempre le hacía acordar a la de los consultorios de los médicos, una puerta de robusta madera de doble hoja, un pequeño pasillo, otra puerta más delgada con dos vidrios enmarcados en la madera y cubiertos por unas cortinitas blancas, un recibidor y a la derecha una habitación que el dueño había transformado en una especie de depósito donde amontonaba todo tipo de objetos robados. Lo mejor lo reservaba para los propietarios de la licencia que le permitía vender los botines de los asaltos, un grupo de la comisaría 43. Antes de llamar, el Loco se quedó escuchando unos instantes a ver si captaba los ruidos de dentro de la casa. Cuando Contreras abrió un poco la puerta sin sacar el pasador, lo saludó echando el mentón hacia adelante. Contreras apenas asomó la cabeza, el cabello despeinado y canoso.

—Loco —dijo Contreras muy nervioso y a media voz—. Estoy comiendo.

—¿Y? ¡Abrí!

El dueño de casa sacó el pasador y abrió.

—Pero ¿qué pasa?

—Nada, viejo. Quiero un 38.

Contreras le abrió la puerta. El Loco fue directamente hasta el depósito, siempre con las manos en los bolsillos. Cuando Contreras lo alcanzó, el Loco lo miró con una sonrisa y le preguntó dónde estaba la plata.

—¿De qué hablas, Loco?

—Mirá, yo hay cosas que no entiendo, ¿viste? Debe ser que tengo dura la sesera. Y las cosas no me entran. ¿Vos sabés que un ruso salió al espacio?

—¿Qué tiene que ver, Loco?

—¿Pero vos lo escuchaste?

—Sí.

—¿Vos sabés que me dijeron que en el espacio no se respira?

—¿Y?

—Tenés la guita.

—¿Qué guita, Loco?

—La que iba a haber en la farmacia.

—¿Qué decís, che? Aflojá.

—No había un mango en esa farmacia. ¡No era que estaba lleno de plata, la reputa madre que te parió! ¡Qué hago yo con la morfina! ¿Me querés decir, pelotudo?

—Pero me lo batieron los de la 43. ¿Qué querés que haga? La batida era buena.

—¡Vos nos vendiste, guanaco!

El Loco no le dio tiempo a nada. Caminó por el poco lugar libre que había en esa especie de depósito y en un momento salió. Contreras lo siguió con la mirada. El Loco giró con rapidez alrededor del cuerpo de Contreras y le puso un brazo en torno al cuello. Contreras ya estaba perdido. El Loco apretó y apretó mientras el reducidor de objetos robados se movía hacia los costados buscando zafar. El brazo derecho del Loco era demasiado poderoso para Contreras. El Loco tomó una navaja del bolsillo derecho de su saco y le puso la punta debajo del ojo.

—Me vas a decir quién fue el hijo de puta que te dio el dato, ¿me entendés? Te voy a soltar, viejo, pero no grites, ¿me entendés? Yo con vos no tengo nada —le dijo mientras movió la navaja y ahora le apoyaba la punta en el cuello.

Contreras asintió con la cabeza porque el Loco dejó de hacer la fuerza de antes con su brazo sobre el cuello del reducidor.

—Vení —ordenó el Loco—. Vamos a sentarnos. —Y lo empujó hasta el comedor de la casa. Contreras se sentó en una silla y el Loco agarró otra y la puso delante de la de Contreras. Quedaron sentados frente a frente. El Loco se acomodó la pistola en la cintura. Lo miró fijo a Contreras, que no hablaba y tenía la cabeza baja.

—Dale, cantá el nombre del cana que te dijo lo de la droguería.

—¿Para qué lo querés saber, Loco? Son taqueros. ¿Vas a desquitarte? Te van a amasijar.

—¿Ah, sí?

—Sí, Loco. Pensá que a lo mejor fue una casualidad que justo hoy no tuvieran un mango. ¡Es la gente que me banca, Loco! Mirá, es mejor no meterse con ellos, ¿viste? Dejá.

—Tenés razón, Contreras. Me parece que me dio la viaraza. —El Loco se puso de pie y se levantó los pantalones. Cerró la hoja de la navaja y se la puso en el bolsillo del saco.

—Yo voy a averiguar qué pasó, Loco. No te hagas problema. Deciles a los muchachos que lo vamos a arreglar. ¿Qué dijeron ellos?

—Y… están con bronca, ¿viste? Es que el farmacéutico se retobó —respondió el Loco, que caminó hacia la entrada del comedor, de manera que Contreras quedó a sus espaldas.

—¡Pero no! ¿Cómo? ¡No me digas que lo pusieron! ¿Son boludos? —La última expresión le salió del alma a Contreras, que seguía sentado y, cuando iba a girar la cabeza, el Loco volvió y desde atrás le tapó la nariz con una mano y con la otra le abrió el cuello de lado a lado, de izquierda a derecha. Aflojó la mano con que tenía tapada la nariz del pobre infeliz y dio un paso hacia atrás para dejarlo caer. La sangre comenzó a salir también por la boca del reducidor de objetos robados cuyo cuerpo terminó casi debajo de la mesa del comedor, con una pierna flexionada y el cuerpo doblado sobre ella. El Loco vio que tenía sangre en la mano derecha, la que había usado para matar a Contreras. Salió del comedor y buscó el baño. Se lavó las manos, limpió los bordes de la pileta, se miró en el espejo del botiquín, se alisó el poco cabello y se dirigió al comedor otra vez. Miró a Contreras en el piso. Tenía ganas de hacer algo más, pero el tipo había muerto. ¿Cortarlo? No, pensó, ya estaba. La sangre comenzaba a inundarlo todo. No sabía si en la casa había ácido y no tenía ganas de ponerse a buscar. ¿Tirarle ácido sobre las yemas de los dedos? ¿Romperle la mandíbula y todos los dientes? No. Para eso debía llevárselo y tirarlo en la provincia de Buenos Aires. Contreras no valía la pena. Mejor dejarlo en su casa. Ya quería ver las caras de los policías de la 43 cuando supieran que a su “buche” lo habían degollado.

El Loco salió de la casa de Contreras a eso de las cinco de la tarde. Caminó despreocupado hasta el automóvil. Se acomodó en el asiento, sacó un cigarrillo y cuando le dio la primera pitada sintió que se le endurecía el estómago y un calor intenso le subía a la cara. Al sacar el cigarrillo de su boca y bajar la mano vio una mancha en el puño de su camisa blanca, una mancha roja, cerca del botón. Se movió en el asiento e insultó a Contreras para sus adentros. La mancha era pequeña, pero no debía estar ahí. Tiró el cigarrillo por la ventanilla y lamió el dedo índice y el dedo medio de la mano izquierda y juntándolos se puso a refregar la salpicadura. De vez en cuando levantaba la vista y miraba hacia adelante, por el espejo retrovisor, por los costados, y seguía dale que te dale frotando esa mancha. Pensó qué diría Clarita si la viera. Debía sacarla como fuera. La mancha se alargó, se amplió, parecía que se había vuelto colorada. El Loco se lamía a cada rato aquel dedo índice que se secaba muy rápido y después el medio mientras maldecía sin parar a Contreras, ya en voz alta. Le molestaba la culata de la pistola, que se le clavaba en las costillas. Se empezó a mover inquieto y volvió con la mancha. La miró con rabia. Juntó saliva, se mojó los mismos dedos y volvió a la tarea de frotar. No, no la iba a sacar y si no la podía sacar era mejor disimularla. Respiró hondo. Se bajó del auto, miró la calle de un lado y del otro, después el cordón de la vereda, los neumáticos del automóvil. No, era una tontería mancharse la manga de la camisa para disimular la mancha de sangre. Volvió al asiento del coche. Haría algo mejor. Respiró profundo otra vez. ¿Y el cigarrillo? Ah, lo había tirado en la desesperación por quitarse la mancha. Encendió otro Arizona. La mancha o la camisa… Pitó un par de veces y una tercera, esperó, volvió a pitar, tiró la ceniza y con la brasa se quemó la camisa justo en el lugar donde estaba aquella maldita mancha. Ahora había un agujero. Frotó como pudo las pequeñas fibras chamuscadas y comenzó a sentirse mejor, el cigarrillo ahora entre los labios, que apretó fuerte para una buena pitada, le hizo cerrar un ojo por el humo que ascendía. Ahora faltaba esconder la camisa. Se subió las mangas del saco y se arremangó los puños de la camisa. Entonces sí, puso en marcha el Chevrolet y notó que la transpiración iba desapareciendo. Se dirigió hacia un café que quedaba frente al Mercado de Abasto, sobre la cortada Carlos Gardel. A diferencia de otros, este tenía un par de ventanas grandes, pero las mesas al lado de ellas no eran las más concurridas, sino por el contrario, las últimas en ocuparse. Nadie quería estar cerca de la calle, es decir, expuesto en esas ventanas.

El Loco entró al lugar tocándose la cara, tanto para confirmar que debía afeitarse. Pidió un café y una ginebra Bols. Miró a su alrededor y se detuvo en un señor de sombrero gris y traje negro a rayitas finas, impecablemente afeitado. Su figura resaltaba como un desajuste entre la vestimenta de los peones y los puesteros que concurrían al lugar, cubiertos algunos con gorros y pañuelos al cuello. No había mucha gente a esa hora. El tipo en cuestión estaba acompañado por un hombre corpulento de fina nariz y marcas en su cara que delataba muchas peleas, de mentón prominente y barba crecida, que también vestía ropa cara que llevaba con elegancia, un saco cruzado de color marrón oscuro, camisa blanca y una corbata de color arena. El Loco solía andar uno o dos días con la barba crecida, pero después de lo de la droguería no era conveniente debido a que —pensaba con marcada obsesión— los policías podían detener la mirada en rostros sin afeitar. Estaba pensando en engominarse apenas llegara a lo de Clarita o en pasar por lo del barbero al día siguiente. Siempre le habían preocupado sus entradas, que anunciaban una pronta calvicie, así que no podía darse el lujo de andar con porra allí donde todavía le creciera. Ya cargaba con un mentón pequeño, una boca y labios finos, y una nariz larga y afilada como para además tener crecido el pelo. A Clarita no le gustaba que se dejara crecer el cabello, pues decía con razón que le quedaba la cara más pequeña de lo que ya era. Dejarse estar en su caso —insistía la muchacha— sería una lástima porque contaba con la ventaja de no tener arrugas. Clarita nunca le decía que se había enamorado de sus ojos marrones o más bien de su mirada, esa misma que enojaba a los policías. Era un vistazo desapasionado, petulante. Pero ella jamás le decía cómo era su mirada ni mucho menos que la había seducido y que encajaba de maravillas con esa actitud de nene malcriado.

El Loco pensaba que si una mujer se fijaba en cómo uno iba arreglado era porque lo quería bien. Le llevaba siete años a Clarita y creía que era la justa diferencia entre un hombre y una mujer. Pensar en ella lo tranquilizaba, aunque pronto se esfumó de su mente, atraído por la figura de aquel tipo de traje a rayitas finas y en el presumido que estaba con él. Le hizo una casi imperceptible seña a Basualdo, el mozo, con su cabeza en dirección a los desconocidos. Basualdo se acercó y levantó el pocillo de café para limpiar la mesa de cenizas con el repasador, a la vez que con una envidiable habilidad le comunicó en voz baja que ese hombre era un capitalista de juego. Ahora todo estaba en su lugar. El tipo que lo acompañaba, el hinchado ese de mentón cuadrado, era su matón. Pasaron quince minutos cuando apareció otro gorila que se sentó en la misma mesa. El dandi no le dio tiempo ni de pedir un café. Cruzaron algunas palabras y salieron los tres. El Loco le preguntó otra vez a Basualdo. El tipo se hacía llamar Dasani y al fatuo de la corbata color arena que estaba con él con cara de andar buscando peleas le decían el Bebe. Este fue el que se levantó y observó todo el lugar antes de salir. El Loco le clavó la vista, movió apenas la cabeza y levantó una ceja, como diciéndole: “¿Qué te pasa?”. Estaban a dos mesas de distancia, ambas alejadas de la entrada del café.

El tal Bebe se le plantó unos instantes hasta que su compañero lo apuró: “¡Ey, dale!”. El Loco era infatigable, no había partida que no quisiera jugar, aunque le fuera en ello algún daño, la cárcel o la vida. No había partidas insignificantes ni importantes, ni siquiera memorables, sino que para él solo había partidas que jugar y no permitía que nadie se le plantara mirándolo de esa manera. Solo entendía que semejante aspaviento debía ser castigado como correspondía, sin límites. Acaso fuera esta la razón por la cual del Loco se contaban historias singulares, algunas veces verdaderas. Cuando el Bebe salió, el Loco buscó con la mirada a Basualdo, acodado en el mostrador, que negó con la cabeza. No habría persecución, ni golpes, ni tiros, ni nada de eso. El Loco recordaría al hombrón y su apodo. También se acordaría de la recomendación que le había hecho Basualdo, de que no se metiera con ese tipo, ya que trabajaba para capitalistas de juego, pero también para contrabandistas. El mozo, de incomprensible acento español, había llegado a la Argentina hacía ya muchos años, tal vez una decena. Conocía a todos los que frecuentaban su cafetucho, changarines, estafadores, ladrones, policías, vividores, aventureros, vagos, petimetres, fracasados. Era muy hábil para mantener la tensión sin que se desbocara y también para aplazar lo que parecía inevitable. Tenía unos cincuenta años y era un pequeño tanquecito cuyo apretón de manos hacía crujir varias falanges, amigas y mucho más enemigas. Se contaba de él que su mano en la garganta era similar al cuello de hierro del garrote vil que supo aplicar con eficacia a unos cuantos falangistas antes de cruzar con su hermano todo el norte de España para refugiarse en Francia y luego viajar a América, creyendo que embarcaban a Nueva York, cuando en realidad terminó siendo Buenos Aires. Mejor —pensaron al llegar—, no había que aprender el idioma, aunque hablaban tan cerrado el español que a veces era complicado entender qué estaban diciendo. Mezclaban algunos términos dialectales a pesar de que jamás pronunciaron el nombre de su aldea, sino que apenas decían “mi pueblo allá en España”. A juzgar por cierto brebaje muy parecido a la queimada, y a un caldo hecho con repollo y papas que se presentaba con una capa de grasa que se asemejaba a cerdo, se hubiera dicho que eran de alguna región de Galicia. Mingo, el hermano mayor del Loco, ya tenía como este el oído y el paladar habituados a los Basualdo. El que hacía de mozo, menos huraño que su hermano, tenía el pelo negro y tupido, la mandíbula fuerte, e impresionaba su amplio pecho en comparación con su rostro, más bien diminuto y por lo común ceñudo. No le gustaba estar detrás del mostrador, una tarea que le dejaba con gusto a su hermano Héctor, un par de años mayor, de aspecto cansado, uñas largas y sucias, y una calvicie que lo diferenciaba del otro en forma concluyente, aunque mantenía como aquel una maciza corpulencia. Basualdo era Basualdo y su hermano era Héctor, como fue dicho. Pocos sabían que Basualdo era Efraín y que había asesinado al amante de su mujer argentina, a la que había conocido en un baile de Carnaval, luego de descubrir que lo engañaba con un panadero. Con ella fue tolerante, le perdonó la vida y durante cuatro meses ella permaneció recluida en la pensión, a la que solamente acudían su hermano y su novia, una prostituta que era la encargada de asistirla, ponerle compresas para que disminuyera la hinchazón provocada por los golpes, arreglarle la nariz quebrada y parar la hemorragia de la nariz y la boca, principalmente. Pero para Basualdo este correctivo —que consideraba lo menos que podía hacer para enderezar a su mujer— no tenía nada que ver con su verdadera venganza, que no fue inmediata, sino que la maquinó durante esos cuatro meses. Finalmente, fue a la panadería muy temprano y con la pala de hornear le partió la cabeza al amante. Su caso —contaba él mismo a unos pocos— había sido muy famoso en los Tribunales, pues los jueces discutieron con la parsimonia propia de los debates jurídicos si un hombre podía planear durante ciento veinte días un ataque mortal tan simple o, puesto de otra forma, si era posible que hubiese aún conmoción o emoción violenta en quien tardaba dicho lapso para desfogar su furia. Le dieron cuatro años de prisión, una rebaja de pena resuelta por la mayoría que se inclinó por el estado de disturbio emocional. Su mujer siguió viviendo con él luego de aquellos cuatro meses. Tenía pocas amistades y se la veía rara vez a causa de la vergüenza que le causaban los hematomas que le dejaban las golpizas de su marido que continuaban, aunque ahora esporádicas. Héctor, en cambio, era soltero pero tenía muchas mujeres, pues se había convertido en protector de las muchachas que ejercían la prostitución en la zona del mercado, un negocio que al fin de cuentas, como el bar, manejaba con su hermano. Para cuando el Loco cumplió la mayoría de edad, los Basualdo le regalaron una noche con una de sus mejores pupilas. Muchos años después el Loco se enteraría de que aquellas horas de sexualidad no escapaban al tarifario estipulado, cubierto por su hermano Mingo. Fue el mozo quien le presentó un par de tipos al Loco (sin que Mingo lo supiera) con los cuales realizó uno de sus primeros robos, a un matrimonio de cuidadores de una estancia en Coronel Suárez. El Loco creía de verdad que Basualdo era un buen tipo con el cual la confianza y el respaldo surgían espontáneos. Mingo le había contado todo sobre los gallegos del bar, sobre su historia (según ellos la relataron), sus negocios y sus relaciones con la policía. Le había dicho que cuando fue la cuestión del crimen del panadero también se conoció que Basualdo tenía una orden de arresto desde España por bandolerismo, pero que por los juzgados argentinos no prosperó sin que nadie pudiera explicar los motivos. “Fue cosa de abogados”, le explicó Mingo. Y también le indicó que jamás se metiera en los asuntos de los hermanos y sobre todo que no confiara en ellos. El Loco no necesitaba recordar los consejos de Mingo aquella vez. Se tomó otra ginebra, saludó al mozo y le encargó que anotara el gasto.

Hizo el menor ruido posible cuando entró a la casa de Clarita. La mamá de la chica estaba durmiendo y el Loco enfiló hacia su cuarto, que era en realidad el de la muchacha. Se desvistió y se acostó. Se quedó mirando el techo, con los ojos cerrados. Movió los labios, pero de ellos no salió ninguna palabra. Clarita los tenía atrapados entre los suyos y los mordisqueaba y los lamía como si fuese un perrito. Los mordía y los lamía tanto que su lengua llegaba a veces hasta la nariz del Loco, quien entonces ponía cara de disgusto y movía levemente la cabeza de un lado a otro. Ese tipo de caricias no le provocaban nada, aunque a ella la excitaban mucho. El Loco buscó los labios de Clarita y los besó con fuerza, pero ella se echó imperceptiblemente hacia atrás y besó despacio los labios de él, el de arriba y el de abajo, como enseñándole; su lengua buscó la de la muchacha y ella se la entregó para que él la absorbiera con sus labios. Ella tenía la mitad de su cuerpo sobre el del Loco. Aún conservaba su bombacha porque le gustaba que él se la quitara. Entonces se apartó y se deslizó hacia un costado. Yacía ahora con el rostro vuelto hacia él y la cabeza a la altura de su hombro. Se deshizo el rodete de su cabello, que acomodó sobre la almohada, hacia arriba. El Loco dejó de contemplar los ojos verdes, las pestañas y las cejas de Clarita y detuvo su mirada en sus maravillosos y fascinantes hombros torneados, luego en su cuello y en sus pechos medianos, jóvenes, puntiagudos, de pezones salientes. Se acomodó para apretarlos y en el movimiento sus ojos verificaron que la Ballester Molina calibre 11,25 de cachas marrones estuviese donde la había dejado al desvestirse, en la mesita de luz, sobre las medias de nailon de Clarita. Había un problema. El arma estaba en la mesita de luz del lado de ella. No la alcanzaría a tiempo si hacía falta. Con rapidez alargó su brazo y la trasladó hasta la mesita de luz de su lado. Tenía aún la 11,25 en su mano cuando la mano de Clarita le tomó sus testículos. El Loco era incapaz de acariciar. Tocaba los senos de la muchacha, más bien los agarraba, los apretaba y los movía hasta que Clarita se puso boca arriba por completo y con sus manos tomó la cabeza del Loco y la atrajo hacia sus labios. Lo besó y delicadamente —como quien conduce a una bestia— llevó sus labios hasta la oreja de él para susurrarle que la tocara despacio, como si le hiciera un masaje. A ella le gustaba ese salvaje que luego se movería furioso. Le agradaba guiarlo hasta ese momento en el cual ya no lo podría dominar. Se sentía en ese instante como la dueña de la bestia, del hombre temido, del mismísimo demonio. Clarita tenía un olor suave en su piel, como azucarado, que se iba desvaneciendo a medida que el Loco se acercaba y lo buscaba en cada peculiaridad de su cuerpo. Le besó los senos mientras ella lo tenía tomado con sus manos de ambos lados de la cabeza. El Loco le quitó la bombacha. Aquella advertencia de Clarita para que le tocara los pechos y los besara con cuidado fueron las únicas palabras que se escucharon. Clarita —pensaba el Loco— no merecía que la tratara como a una prostituta, que la insultase o le diera órdenes. Era la hermana de un compañero en desgracia. Clarita lo llevaba y a él le gustaba porque era buena, le planchaba los pantalones y le lavaba las camisas, le hablaba despacio y le decía que el sexo no era solo mover la cintura. Al Loco le divertía mucho que le hablara de esa manera. Garchar era —creía— como pedir un guiso o una milanesa en la fonda. Tenías hambre, te traían el plato y lo comías. Fin de la historia. Además, las prostitutas que conocía estaban siempre cansadas, siempre pintadas, siempre con ese olor penetrante que era una mezcla de perfume barato, alcohol y sexo del último hombre con el que habían estado. Pero Clarita, en cambio, le hizo ver otra cosa. Ella era una chica de barrio, la única en quien confiaba con los ojos cerrados y a la que creía que jamás le haría ningún mal. Que se ponía agua de colonia y tenía la piel siempre lisita. Le quitó la bombacha despacio y sus labios buscaron sus muslos. Clarita le tomó las manos, las puso sobre sus senos y murmuró por primera vez. El Loco la besó entre las piernas. Ella le había enseñado cómo hacerlo, dónde debía posar sus labios, cómo debían ser las caricias con su lengua. El Loco le besaba la ingle y los labios casi amorosamente, como ella le había explicado, suave, sin apuro, con la lengua, con los labios, y él lo hacía porque a ella le gustaba, desde afuera hacia adentro, más hacia arriba, con la lengua, con toda la boca, con un dedo también, al llegar un instante en que el deleite era tan intenso que lo dejaba hacer lo que quería. Para el Loco eso era una demostración de cariño que a nadie más le había hecho ni le haría. A Clarita le latían las venas de las sienes y se aferraba a los cabellos del Loco. Clarita se estremeció. Al culminar lanzó un largo quejido. El Loco le besó el ombligo, los senos, el cuello. Aún sentía como un aleteo en el cuerpo de la muchacha. Vio que sus ojos seguían cerrados y le pareció muy atractiva, incluso más joven de lo que era. Se puso de rodillas delante de la mujer y comenzó a masturbarse. Ella abrió entonces los ojos y alargó su mano para tocar el pene. El Loco no dejaría que lo besara. Eso solo lo hacían las prostitutas, no Clarita. Estar en compañía de ella y acariciarse con naturalidad era lo más cercano a una relación humana que había tenido en su vida. Ella quiso incorporarse, pero él la tomó de un hombro y con una leve presión para que girase le indicó que se colocara de espaldas. Clarita levantó sus nalgas y bajó sus hombros. Él la penetró. El pecho del Loco contra la espalda de la chica. Ella le había dicho otras veces que no comenzara de golpe, que disfrutara la penetración, que empezara a moverse despacio. El Loco esta vez le hizo caso. Se incorporó para verle las nalgas mientras el movimiento se hacía más intenso. Clarita suspiraba cada vez más fuerte. Hacía esfuerzos para que su madre, a un pasillo de distancia, no se enterara de la profundidad de su placer. El Loco comenzó a jadear o algo parecido. No era un hombre de estridencias. Él continuaba, enérgico, acompasado, con los ojos muy abiertos y la mirada en la cabellera de Cla ...