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FALCó

Arturo Pérez-Reverte

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Fragmento

1. Trenes nocturnos

La mujer que iba a morir hablaba desde hacía diez minutos en el vagón de primera clase. Era la suya una conversación banal, intrascendente: la temporada en Biarritz, la última película de Clark Gable y Joan Crawford. La guerra de España apenas la había mencionado de pasada en un par de ocasiones. Lorenzo Falcó la escuchaba con un cigarrillo a medio consumir entre los dedos, una pierna cruzada sobre la otra, procurando no aplastar demasiado la raya del pantalón de franela. La mujer estaba sentada junto a la ventanilla, al otro lado de la cual desfilaba la noche, y Falcó se hallaba en el extremo opuesto, junto a la puerta que daba al pasillo del vagón. Estaban solos en el departamento.

—Era Jean Harlow —dijo Falcó.

—¿Perdón?

—Harlow. Jean... La de Mares de China, con Gable.

—Oh.

La mujer lo miró sin pestañear tres segundos más de lo usual. Todas las mujeres le concedían a Falcó al menos esos tres segundos. Él aún la estudió unos instantes, apreciando las medias de seda con costura, los zapatos de buena calidad, el sombrero y el bolso en el asiento contiguo, el vestido elegante de Vionnet que contrastaba un poco, a ojos de un buen observador —y él lo era— con el físico vagamente vulgar de la mujer. La afectación era también un indicio revelador. Ella había abierto el bolso y se retocaba labios y cejas, aparentando unos modales y educación de los que en realidad carecía. La suya era una cobertura razonable, concluyó Falcó. Elaborada. Pero distaba mucho de ser perfecta.

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—¿Y usted, también viaja hasta Barcelona? —preguntó ella.

—Sí.

—¿A pesar de la guerra?

—Soy hombre de negocios. La guerra dificulta unos y facilita otros.

Una fugaz sombra de desprecio, reprimida en el acto, veló los ojos de la mujer.

—Entiendo.

Tres vagones más adelante, la locomotora emitió un largo silbido, y el traqueteo de los bogies se intensificó cuando el expreso entró en una curva prolongada. Falcó miró el Patek Philippe en su muñeca izquierda. Faltaba un cuarto de hora para que el tren parase cinco minutos en la estación de Narbonne.

—Disculpe —dijo.

Apagó el cigarrillo en el cenicero del brazo de su asiento y se puso en pie, alisando los faldones de la chaqueta tras ajustarse el nudo de la corbata. Apenas dedicó un vistazo al baqueteado maletín de piel de cerdo que estaba con el sombrero y la gabardina en la red portaequipajes, sobre su cabeza. No había nada dentro, excepto unos libros viejos para darle algo de peso aparente. Lo necesario —pasaporte, cartera con dinero francés, alemán y suizo, un tubo de cafiaspirinas, pitillera de carey, encendedor de plata y una pistola Browning de calibre 9 mm con seis balas en el cargador— lo portaba encima. Llevarse el sombrero podría despertar las sospechas de la mujer, así que se limitó a coger la gabardina, dirigiendo un apesadumbrado y silencioso adiós al impecable Trilby de fieltro castaño.

—Con su permiso —añadió, abriendo la puerta corredera.

Cuando miró a la mujer por última vez, antes de salir, ésta había vuelto el rostro hacia la noche exterior y su perfil se reflejaba en el vidrio oscuro de la ventanilla. La última ojeada la dedicó Falcó a sus piernas. Eran bonitas, concluyó ecuánime. El rostro no era gran cosa y debía mucho al maquillaje, pero el vestido moldeaba formas sugerentes y las piernas las confirmaban.

En el pasillo había un hombre de baja estatura, cubierto con un abrigo largo de pelo de camello, unos zapatos de dos colores y un sombrero negro de ala muy ancha. Tenía los ojos saltones y un vago parecido con el actor americano George Raft. Cuando Falcó se detuvo a su lado con aire casual, percibió un intenso olor a pomada para el pelo mezclado con perfume de agua de rosas. Casi desa­gradable.

—¿Es ella? —susurró el hombrecillo.

Asintió Falcó mientras sacaba la pitillera y se ponía otro cigarrillo en los labios. El del abrigo largo torció la boca, que era pequeña, sonrosada y cruel.

—¿Seguro?

Sin responder, Falcó encendió el pitillo y siguió camino hasta el final del vagón. Al llegar a la plataforma se volvió a mirar atrás, y vio que el individuo ya no estaba en el pasillo. Fumó apoyado en la puerta del lavabo, inmóvil junto al fuelle que unía el vagón con el siguiente, escuchando el traqueteo ensordecedor de las ruedas en las vías. En Salamanca, el Almirante había insistido mucho en que no fuera él quien resolviera la parte táctica del asunto. No queremos quemarte, ni arriesgar nada si algo sale mal, fue el dictamen. La orden. Esa mujer viaja de París a Barcelona, sin escolta. Limítate a dar con ella e identificarla, y luego quítate de en medio. Paquito Araña se encargará de lo demás. Ya sabes. A su manera sutil. A él se le da bien esa clase de cosas.

De nuevo sonó la sirena en cabeza del convoy. El tren disminuía la velocidad y empezaban a verse luces que discurrían cada vez más despacio. El traqueteo de los bogies se hizo pausado y menos rítmico. El revisor, uniformado de azul y con la gorra puesta, apareció al extremo del pasillo, anunciando «Narbonne, cinco minutos de parada», y su presencia puso alerta a Falcó, que lo observó, tenso, mientras se acercaba y pasaba por delante del compartimiento que había abandonado. Pero nada llamó la atención del revisor —lo previsible era que Araña hubiese bajado las cortinillas—, que llegó junto a Falcó tras repetir lo de «Narbonne, cinco minutos de parada», y se dirigió por el fuelle al vagón contiguo.

Había poca gente en el andén: media docena de viajeros que bajaban del tren con sus maletas, un jefe de estación de gorra roja y farol en la mano que caminaba sin prisa hacia la locomotora, y un gendarme de aire aburrido, cubierto con capa corta, que estaba junto a la puerta de salida, las manos cruzadas a la espalda y los ojos fijos en el reloj suspendido de la marquesina, cuyas agujas marcaban las 0.45. Mientras iba hacia la salida, Falcó dirigió una breve mirada al vagón que acababa de abandonar: por el lado del pasillo, las cortinas del departamento donde estaba la mujer se veían bajadas. En el mismo vistazo advirtió que Araña también había dejado el tren por la puerta de otro vagón y se movía media docena de pasos detrás de él.

En cabeza del convoy, el jefe de estación balanceó el farol e hizo sonar un silbato. La locomotora dejó escapar un resoplido de vapor y se puso en marcha, arrastrando el tren. Para entonces Falcó ya entraba en el edificio, cruzaba el vestíbulo y salía a la calle, bajo el resplandor amarillento de las farolas que iluminaban un muro cubierto de carteles publicitarios y un automóvil Peugeot junto al bordillo un poco más allá de la parada de taxis, allí donde se suponía que debía estar. Se detuvo Falcó un momento, justo el tiempo necesario para que Araña lo alcanzase. No tuvo necesidad de volverse, pues le anunció la proximidad del otro su inconfundible olor a pomada capilar y agua de rosas.

—Era ella —confirmó Araña.

Al mismo tiempo que decía eso, le pasó a Falcó una pequeña cartera de piel. Después, con las manos en los bolsillos del abrigo y el sombrero inclinado sobre los ojos, el hombrecillo caminó con pasitos cortos y rápidos entre la vaga luz amarillenta de la calle hasta perderse en las sombras. Por su parte, Falcó se dirigió al Peugeot, que tenía el motor en marcha y una silueta negra e inmóvil en el lugar del conductor. Abrió la puerta trasera y se instaló en el asiento, poniendo la gabardina a un lado, con la cartera sobre las rodillas.

—¿Tiene una linterna?

—Sí.

—Démela.

El conductor le pasó una lámpara eléctrica, metió la primera marcha y arrancó el automóvil. Los faros iluminaron las calles desiertas y luego las afueras de la ciudad, enfilando una carretera donde los troncos de los árboles estaban pintados con franjas blancas. Falcó pulsó el interruptor, dirigiendo el haz de luz al contenido de la cartera: cartas y documentos mecanografiados, una agenda con teléfonos y direcciones, dos recortes de prensa alemana y una acreditación con fotografía y sello del gobierno de la Generalidad catalana a nombre de Luisa Rovira Balcells. Cuatro de los documentos llevaban sellos del Partido Comunista de España. Volvió a guardarlo todo en la cartera, puso la linterna a un lado y se acomodó mejor en el asiento, cerrados los ojos, apoyada la cabeza en el respaldo tras aflojar el nudo de la corbata y cubrirse con la gabardina. Ni siquiera ahora, relajado por el sueño creciente, su rostro anguloso y atractivo, en el que empezaba a despuntar la barba tras varias horas sin afeitar, llegaba a perder su expresión habitual, que solía ser divertida, simpática, aunque con un rictus de dureza cruel que podía enturbiarla de modo inquietante; como si su propietario estuviese en presencia continua de una broma tragicómica, universal, de la que él mismo formara parte.

Los árboles pintados de blanco seguían desfilando a la luz de los faros, a uno y otro lado de la carretera. El último pensamiento de Falcó antes de quedarse dormido con el balanceo del automóvil fue para las piernas de la mujer muerta. Lástima, concluyó al filo del sueño. El desperdicio. En otro momento no le habría importado pernoctar sin prisas entre aquellas piernas.

—Hay un nuevo asunto —dijo el Almirante.

A su espalda, al otro lado de la ventana, se alzaba la cúpula de la catedral de Salamanca más allá de las ramas, todavía desnudas, de los árboles de la plaza. Moviéndose en el contraluz, el jefe del SNIO —Servicio Nacional de Información y Operaciones— fue hasta el gran mapa de la península que ocupaba media pared, junto a unos estantes con la enciclopedia Espasa y un retrato del Caudillo.

—Un turbio y puñetero nuevo asunto —repitió.

Dicho eso, extrajo un arrugado pañuelo del bolsillo de su chaqueta de lana —nunca vestía de uniforme en su despacho—, se sonó ruidosamente y miró a Lorenzo Falcó como si éste fuera culpable de su resfriado. Después, mientras se guardaba el pañuelo, dirigió un vistazo rápido a la parte inferior derecha del mapa antes de señalarla con ademán vago.

—Alicante —dijo.

—Zona roja —comentó innecesariamente Falcó, y el otro lo miró primero con atención y luego con desa­grado.

—Pues claro que es zona roja —respondió, agrio.

Había advertido la insolencia. Falcó llevaba sólo un día en Salamanca, tras un incómodo viaje por el sur de Francia hasta pasar la frontera por Irún. Y antes de eso había llevado a cabo una misión difícil en Barcelona, que estaba en zona republicana. Desde la rebelión militar no había tenido un día de reposo.

—Ya descansarás cuando estés muerto.

Rió un poco el Almirante, oscuro y como para sí mismo, de su propia broma. Y es que a menudo, pensó Falcó, el humor de su jefe rondaba lo siniestro; y más desde que su único hijo, un joven alférez de navío, había sido asesinado a bordo del crucero Libertad con los otros oficiales, el 3 de agosto. Ese talante ácido y un punto macabro era su marca de la casa, incluso cuando mandaba a un agente del Grupo Lucero —operaciones especiales— a hacerse despellejar vivo en una checa, tras las líneas enemigas. Así tu viuda sabrá por fin dónde duermes, era capaz de decir, y otras bromas semejantes, que maldita la gracia tenían. Pero a esas alturas, con cuatro meses de guerra civil y una docena de agentes perdidos un poco por aquí y un poco por allá, aquel tono bronco y cínico se había convertido en estilo propio del servicio. Hasta las secretarias, los radioescuchas y los encriptadores lo imitaban. Además, le iba como un guante al jefe: gallego de Betanzos, flaco, menudo, con espeso pelo gris y un mostacho amarillento de nicotina que le cubría por completo el labio superior, el Almirante tenía la nariz grande, las cejas hirsutas y un ojo derecho —el izquierdo era de cristal— muy negro, severo y vivo, de extrema inteligencia, donde las palabras rojo o enemigo suscitaban siempre un tranquilo rencor. Descrito en corto, el responsable del núcleo duro del espionaje franquista era pequeño, listo, malhumorado y temible. En el cuartel general de Salamanca lo apodaban el Jabalí. Pero nunca en su cara.

—¿Puedo fumar? —preguntó Falcó.

—No, carallo. No puedes fumar —miró melancólico un tarro de tabaco de pipa que había sobre la mesa—. Tengo un gripazo enorme.

Aunque su jefe estaba de pie, Falcó seguía sentado. Eran viejos conocidos desde los tiempos en que el Almirante, entonces capitán de navío y agregado naval en Estambul, había organizado los servicios de información para la República en el Mediterráneo Oriental, poniéndolos luego a disposición del bando franquista al estallar la contienda civil. Los dos se habían encontrado por primera vez en Estambul, mucho antes de la guerra; en torno a un asunto de tráfico de armas destinadas al IRA irlandés, del que en ese momento Falcó actuaba como intermediario.

—Encontré algo para usted —dijo Falcó.

Mientras lo decía, sacó un sobre del bolsillo de la chaqueta y lo puso en la mesa, cerca del Almirante. Éste lo observaba, inquisitivo. El ojo de cristal era de un color ligeramente más claro que el auténtico, y eso daba a su mirada un extraño estrabismo bicolor que solía inquietar a sus interlocutores. Tras un instante, abrió el sobre y extrajo de él un sello de correos.

—No sé si tiene ése —dijo Falcó—. Año mil ochocientos cincuenta.

El Almirante le daba vueltas entre los dedos, mirándolo al trasluz en la ventana. Al cabo fue hasta un cajón del escritorio lleno de pipas y latas de tabaco, sacó una lupa y estudió el sello con detenimiento.

—Negro sobre azul —confirmó, complacido—. Y sin matasellos. El número uno de Hannover.

—Eso me dijo el filatélico.

—¿Dónde lo compraste?

—En Hendaya, antes de pasar la frontera.

—Por lo menos vale cuatro mil francos en catálogo.

—Pagué cinco mil.

Fue el Almirante hasta un armario, sacó un álbum y metió el sello dentro.

—Añádelo a tu nota de gastos.

—Ya lo hice... ¿Qué pasa con Alicante?

El Almirante cerró despacio el armario. Después se tocó la nariz, miró el mapa y volvió a tocársela.

—Hay tiempo. Un par de días, por lo menos.

—¿Tendré que ir allí?

—Sí.

Era extraño cómo aquel monosílabo podía resumir tantas cosas, pensó irónico Falcó. Un cruce de zona, la familiar incertidumbre de saberse otra vez en territorio enemigo, el peligro y el miedo. Tal vez, también, la prisión, la tortura y la muerte: un amanecer gris frente a un paredón, o un tiro en la nuca en la lobreguez de un sótano. Un cadáver anónimo en una cuneta o una fosa común. Una paletada de cal viva, y en eso acabaría todo. Por un momento recordó a la mujer del tren, pocos días atrás, y con una mueca resignada, fatalista, advirtió que empezaba a olvidar su rostro.

—Aprovecha, mientras —aconsejó el Almirante—. Relájate.

—¿Cuándo me pondrá usted al corriente?

—Esta vez lo haremos por partes. La primera toca mañana, con la gente del SIIF.

Enarcó una ceja Falcó, contrariado. Aquéllas eran las siglas del Servicio de Información e Investigación de la Falange, la milicia paramilitar fascista. La gente más ideologizada y dura del llamado Movimiento Nacional que presidía el general Franco.

—¿Qué tiene que ver la Falange con esto?

—Algo tiene. Ya lo verás. Tenemos que reunirnos a las diez con Ángel Luis Poveda... Sí, no pongas esa cara. Con ese animal.

Falcó borró la mueca de su rostro. Poveda era el jefe del SIIF. Un camisa vieja de la línea dura, sevillano, que se había hecho una reputación en Andalucía durante los primeros días de la sublevación, fusilando a sindicalistas y maestros de escuela bajo las órdenes del general Queipo de Llano.

—Creí que siempre operábamos solos. Por nuestra cuenta.

—Pues ya ves que no. Son órdenes directas del Generalísimo... Esta vez vamos coordinados con los falangistas, y eso no es todo: también mojan los alemanes, y ruego a Dios que no intervengan los italianos. Hace un rato he estado con Schröter, tratando el asunto.

Falcó iba de sorpresa en sorpresa. No conocía personalmente a Hans Schröter —rebautizado Juanito Escroto por la eterna guasa española—, pero sabía que era el jefe del servicio de inteligencia nazi en la España nacional, y que tenía línea directa con el almirante Canaris, en Berlín. Todo el cuartel general franquista en Salamanca era un hormigueo de agentes y servicios nacionales y extranjeros: paralelo a los alemanes del Abwehr operaba el Servizio Informazioni Militare italiano, además de los múltiples organismos de espías y contraespías españoles que se hacían la competencia y a menudo se entorpecían unos a otros: los falangistas del SIIF, los militares del SIM, el servicio de inteligencia de la Armada, la red de espionaje civil conocida como SIFNE, el MAPEBA, la Dirección de Policía y Seguridad y otros servicios menores. En cuanto al SNIO, dirigido por el Almirante, dependía del cuartel general, supervisado directamente por Nicolás Franco, hermano del Caudillo. El servicio estaba especializado en infiltración, sabotaje y asesinato ...