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FUERON POR TODO

Nicolás Wiñazki

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Fragmento

Son las personalidades, y no los principios,

los que mueven una época.

OSCAR WILDE, Conversaciones

Y debía ser un poeta el que lo dijera,

Francisco de Quevedo:

donde no hay justicia es peligroso tener razón.

SUSANA VIAU, Clarín, 16 de febrero de 2013

La idea de una discusión es errónea.

Los chinos dicen que no hay que discutir

para ganar, sino para dar con la verdad.

La idea de ganar es horrible.

JORGE LUIS BORGES,

en una charla sobre pecados capitales con

el poeta y periodista Esteban Peicovich,

21 de abril de 1980

En algún lugar de las galias, todo parece apacible

Pero en realidad, pasan allí cosas bastante particulares.

En efecto, una amplia zanja lo separa en dos mitades, haciendo cada mitad inaccesible a la otra.

Tocadix: —Pese a la opinión de los enfrente, ¡soy el jefe indiscutido del pueblo!

Segregacionix: —¡El pueblo soy yo!

Recibe antes que nadie historias como ésta

ROBERTO GOSCINNY y ALBERT UDERZO,

Ásterix el Galo, La gran zanja

HA SIDO EL MEJOR GOBIERNO DE LA HISTORIA ARGENTINA, continuador de una revolución de redistribución de la riqueza que había iniciado Juan Perón, y que fue interrumpida por dictadores asesinos y gobiernos liberales. Hemos asistido a un salto providencial en el tiempo impulsado por el pueblo. Los Kirchner resistieron, en promedio, dos intentos de golpe de Estado por cada uno de los más de doce años en el poder. Él había sacado en las elecciones de 2003 menor porcentaje de votos que el porcentaje de desocupados que había en aquella Nación de la ruina. Asumió la Presidencia el 25 de mayo de ese año, sin dejar en la puerta de la Casa Rosada ninguna de sus convicciones.

En su primer discurso, Néstor había prometido ante el Congreso: “Traje a rayas para los evasores”.

Se inició una nueva era incomparable a otras también democráticas.

Los Kirchner se hicieron cargo de varias deudas que el país mantenía con la ciudadanía.

Pidieron perdón desde el Estado por la última dictadura cívico-militar. Nadie había peleado en democracia, antes, contra los militares genocidas.

Los Kirchner impulsaron, respetando siempre la autonomía del Poder Judicial respecto al Ejecutivo, los juicios contra represores del Proceso.

En otra iniciativa epocal, veintiocho años después de que las Fuerzas Armadas interrumpieran el transcurrir popular y pacífico de la gestión de Isabel Perón que había tenido de ministro a José López Rega, un presidente de la República se animó a concurrir en persona al Colegio Militar para ordenar que descuelguen un retrato de Jorge Rafael Videla. Ninguno de sus antecesores había quitado la imagen del genocida de esa escuela en la que ya se educaban militares en democracia.

Las organizaciones de derechos humanos fueron recibidas en la Casa Rosada. Se les devolvió parte de la deuda que el gobierno, y la sociedad, tenían con ellas. Habían luchado en soledad contra el cercenamiento de las libertades básicas entre 1976 y 1983. Buscaron como pudieron a sus hijos y nietos desaparecidos. Habían sido capturados de modo ilegal por los militares golpistas. Centenares ellos permanecen aún desaparecidos. La energía del Proyecto se pondría, también, en recuperar a esos chicos criados por apropiadores que debían ser juzgados por ese delito.

“Somos los hijos de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo”, dijo Néstor en su primer discurso ante la Asamblea de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Fue él, también, el primero en exigir a Irán que deje investigar a la Justicia a los acusados en el atentado contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), en lo que fue el ataque terrorista más terrible sufrido por la Argentina.

El país empezó a crecer a tasas chinas. La economía fue imparable desde que se recuperó la soberanía nacional dejando de lado las recetas neoliberales del Fondo Monetario Internacional (FMI), que a partir de un gesto único de la Casa Rosada ya no tuvo más injerencia en el modelo político-económico. Néstor canceló en efectivo la deuda de 9.181 millones de dólares que el país mantenía con ese organismo, que con sus programas noventistas había generado pobreza, indigencia y hambruna desde su sede central en Washington.

El eje de las relaciones internacionales se modificó.

Durante la IV Cumbre de las Américas, en noviembre los líderes de la región se alinearon en Mar del Plata detrás de la idea de Kirchner de imponer la no adhesión al Acuerdo de Libre Comercio con las Américas (ALCA). Estaba allí el presidente norteamericano George W. Bush, quien regresó derrotado a la Casa Blanca tras partir en su avión presidencial, el Air Force One. Los nuevos aliados internacionales de la Argentina pasaron a ser Venezuela, China, Ecuador, Rusia, Angola…

Las fuerzas mafiosas enquistadas en las policías, que se resistían a la transparencia del recambio democrático, favorecieron una ola de delitos comunes y complejos, secuestros. Entre los otros crímenes aún irresueltos por el accionar de las mafias del pasado en el interior de instituciones reformadas por los Kirchner, como la Justicia o la Inteligencia del Estado, quedaron la desaparición de un testigo de un juicio de lesa humanidad, Jorge Julio López, en la presidencia de Néstor, y al final del segundo período de su heredera, la participación en los hechos y la obstrucción de justicia en la investigación de Alberto Nisman, fiscal de la causa AMIA.

Kirchner retomó la agenda gubernamental en favor de los empleados y los sindicatos. La CGT volvía a tener un líder que defendía sus intereses.

La economía se reactivó y el país fue una fiesta de consumo. Se impulsaron créditos hipotecarios para la clase media. Renació la producción nacional. Y los hombres que vivían del campo aumentaron su patrimonio y cada vez más familias trabajaron en esa actividad que generaba más trabajo y nuevos emprendimientos en los pueblos y las ciudades de las provincias. Crecieron las exportaciones de materias primas. Y de otros productos, también.

Kirchner marcó límites a la antigua oligarquía. Sus alianzas serían con los movimientos sociales que el poder antes desoía. Los piqueteros mejor conocidos antes cortaban rutas; con el Proyecto, pasaron a ejercer funciones públicas para resolver las problemáticas que más conocían. Las reservas del Banco Central pasaron de los 14 mil a los 50 mil millones de dólares. Se equilibró con superávit el balance comercial.

La desocupación bajó a un dígito porcentual. Las inversiones internacionales acompañaron el crecimiento general de la Argentina que en 2003 venía de lo que parecía ser un pozo insondable y sin salida.

El santracruceño recuperó la autoridad del presidente, frágil, endeble y desprestigiada tras la sucesión fallida de sus más próximos antecesores en el cargo. El hombre casi desconocido para las mayorías capitalinas, aquel que vino del sur del mundo y vestía mocasines con trajes cruzados, les demostró a esas mayorías que podía gobernar para ellos.

El país salió del default. Se reestructuró la deuda soberana logrando una aceptación voluntaria de los tenedores de bonos por 67 mil millones de dólares, una operación macroeconómica récord. Años después, los llamados “fondos buitre” —que no habían aceptado ese trato como el 92,4 por ciento de los otros bonistas— buscaron boicotear al país en diversos frentes externos.

Se abrieron nuevas industrias.

En palabras presidenciales, la construcción fue el “sector más dinámico” del “modelo”. Se trataba de una estrategia: el gobierno apostó a un reparto de la obra pública nacional en distritos específicos de la República, que recibieron miles de millones de pesos para mejorar la vida de sus pobladores en los servicios relacionados con la pavimentación. Muchas provincias se beneficiaron con nueva infraestructura. Eran distritos antes relegados en los presupuestos públicos de los gobiernos nacionales.

Néstor Carlos Kirchner tuvo la oportunidad de postular para las elecciones presidenciales de 2007 a uno de los mejores cuadros que existían en el Partido Justicialista (PJ). Su esposa, Cristina Fernández.

Fue la primera mujer en ser elegida presidenta. Y Cristina también ganó la reelección en 2011.

Los Kirchner estatizaron Aerolíneas Argentinas. El país volvió a tener conectividad aérea en todo el territorio. Recuperaron la soberanía de los cielos.

Rescataron el dinero de los jubilados que controlaban las Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones (AFJP).

Con la creación de la Asignación Universal por Hijo (AUH), beneficiaron a los trabajadores y excluidos: el Estado pagaba mensualmente un monto fijo a cada una de las familias por cada uno de sus hijos. Esos pagos se reactualizaron.

El “boom del consumo” se impuso sobre la “variación de los precios”.

Los Kirchner desafiaron a los viejos y nuevos dueños de la tierra llevando al Parlamento la discusión de una ley que redistribuía las ganancias generadas por la exportación de la producción agropecuaria para que el Estado pueda terminar de resolver las “asignaturas pendientes”.

Esa innovación móvil en el esquema económico tradicional solo pudo ser frenada por un voto en el Senado. El del propio vicepresidente de la Nación, y presidente de la Cámara Alta, el radical Julio Cleto Cobos, que desempató la votación final de la ley por la negativa.

Un proyecto de la Presidenta reemplazó con una Ley de la Democracia una antigua norma de la dictadura que los gobiernos anteriores habían dejado intacta. Fue la Ley 26.522 de Servicios de Comunicación Audiovisual.

Con esta legislación, los medios pluralizaron la palabra, democratizaron las voces, les dieron espacio de expresión a las minorías excluidas y al periodismo crítico. Ya la creación de Fútbol para Todos había democratizado el acceso gratuito, universal y de calidad a los partidos del torneo nacional, emitidos por la Televisión Pública en tiempo real y con locución profesionalizada.

En julio de 2010, la Argentina se puso a la vanguardia mundial en cuanto al reconocimiento igualitario de los derechos humanos. Por iniciativa del Poder Ejecutivo, el Congreso sancionó la reforma del Código Civil que abrió la institución matrimonial para todos los ciudadanos, sin importar su sexo.

El mismo año, la ciudadanía demostró su apoyo masivo al “modelo” llenando las calles durante los cuatro días de los Festejos del Bicentenario de la Revolución de Mayo de 1810.

La calle fue alegría. Y pueblo. Masa, historia, felicidad. Los barrios se transfiguraron en arrabales, la felicidad fue colectiva. Esas cuatro noches culminaron con fuegos artificiales iluminando el cielo estrellado.

Viuda desde octubre de 2010, Cristina profundizó el “modelo de matriz diversificada con inclusión social”, haciendo frente a las denuncias de corrupción, motorizadas por los medios afectados por su ley y por la fragmentada oposición.

Se habían consolidado las instituciones de la República.

Ella había sido senadora nacional y diputada. A nivel nacional y en Santa Cruz.

Una ley recuperó la soberanía monetaria y expropió una fábrica de billetes, la empresa privada Ciccone Calcográfica. El proyecto también había sido debatido en el Parlamento. Esta vez, no hubo ni empate ni traidor en la presidencia del Senado.

Cristina reinsertó a la juventud militante en el corazón de la política: incorporó nuevos cuadros que dieron nueva vida a distintos organismos públicos. Los jóvenes robustecieron y modernizaron a la administración.

La Presidenta resolvió otra pesada asignatura pendiente. Estatizó Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF).

Desendeudó al país. Canceló una vieja deuda con el Club de París. Enfrentó en territorio hostil a los “fondos buitre”, a quienes denunció en foros internacionales.

Se inauguraron miles de escuelas. Los alumnos accedieron a las computadoras portátiles entregadas por el Plan Conectar Igualdad. Se lanzaron más créditos para la construcción de primeras viviendas.

El boom del turismo se vio favorecido por la creación de nuevos feriados para fechas importantes. Hubo fines de semana “puente”.

Se renovaron los ferrocarriles y el transporte.

En la política cultural, nueva legislación protegió a los actores. El Estado financió el cine nacional, atendiendo al valor artístico de las obras por sobre el valor de mercado. La era CFK dejó su marca monumental en la instalación de los dos gigantescos retratos de Eva Perón sobre las caras norte y sur del Ministerio de Salud y Desarrollo Social en la porteña avenida 9 de Julio, y en la puesta en valor del antiguo y obsoleto Palacio de Correos devenido Centro Cultural Néstor Kirchner.

La Ciencia, la Técnica y la Educación Superior fueron prioridad para el modelo, que los consideró clave del desarrollo y de la movilidad social. Una decena de nuevas universidades fue fundada y financiada por el Estado Nacional.

El presupuesto para Educación alcanzó récords históricos. Como también la construcción de hospitales. Y de escuelas.

Cristina innovó en su segunda presidencia creando el Ministerio de Ciencia y Tecnología.

Gracias a incentivos y a estas políticas de largo plazo, 768 científicos argentinos fueron “repatriados” para que sus carreras de investigación pudieran avanzar en el marco del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).

Resultado concreto de esta política de Estado en el ámbito tecnológico fue el lanzamiento al espacio exterior del Arsat 1 y del Arsat 2.

Un mes antes del final de su segundo mandato, la presidenta Cristina Fernández dio pruebas de qué sentía por esos dos satélites que orbitan alrededor del planeta. En un discurso la desbordó la emoción y dijo que su esposo ex presidente “está allá arriba con el Arsat 1 y el Arsat 2. Él está ahí, como una suerte de barrilete cósmico, alguien que soñó tanto un país diferente, que el corazón no le aguantó los sueños”.

Toda esta información está tomada de la web oficial cfkargentina.com.ar.

Fueron por todo. Historia secreta de la Argentina K acaba de empezar.

Todo acaba de empezar

Cuatro años después de una huida rápida y furiosa con destino desconocido, el narcotraficante más buscado de la Argentina fue atrapado en junio de 2016 en la Triple Frontera. Desde agosto del año anterior, las autoridades argentinas no ignoraban dónde encontrarlo. Solo faltaba la decisión política de ir a buscarlo, que llegó recién con las elecciones presidenciales de 2015, y el cambio de gobierno. Un operativo binacional de inteligencia pudo diseñar entonces con serenidad y sin sobresaltos una captura rápida y eficaz.

El mismo día de junio de 2016, apenas perdida en Brasil su libertad de prófugo, el Narco abrazó la extradición. Iba ser juzgado en su patria. En el suelo que fue teatro de sus crímenes. Volvía a Buenos Aires, declaró.

En la capital argentina iba a estar otra vez en el centro de la escena. Lo esperaba un papel dramático concebido a su medida de primera figura. Un protagónico para el que debía probar dotes y talento. Un rol importante. Verosímil, si estaba a la altura de exigencias muy minuciosas.

Plan y ocasión de captura y entrega del capo narco habían sido conversados por dos presidentes del Mercosur. Ni uno ni otro era el de Brasil, a pesar de que al prófugo lo acecharon en Foz do Iguaçu, el lado brasileño de la Triple Frontera, que terminan de armar la paraguaya Ciudad del Este (ex Puerto Stroessner) y el argentino Puerto Iguazú.

Al día siguiente, el Narco capturado se desdijo de todo lo que había declarado cuando fue detenido. Se expresó con una locuacidad y convencimiento sorprendentes. Ante los tribunales paraguayos de Ciudad del Este solicitó protección personal máxima: si cruzaba el río y volvía a su país, alegó, él y su familia corrían inmediato peligro de muerte.

Fatalmente, en sus declaraciones futuras ante la justicia argentina, adelantó, iba a tener que dar nombres. Cuando aludiera al universo del tráfico de drogas (más o menos duras) y de remedios (adulterados), iban a salir los nombres de algunas de las mayores figuras de la administración que había gobernado la Argentina los doce años anteriores.

En particular, había un nombre temible. Un nombre propio que el Narco debía pronunciar con sus letras y sílabas cabales. El de un funcionario de máximo rango en el gabinete presidencial. Uno que había resonado en boca de testigos durante los juicios a criminales narco. Delitos en los que él mismo, el Narco atrapado, y el hombre del nombre, habrían aportado una colaboración decisiva.

El Gran Funcionario protector

Los ecos de ese nombre se oyeron en boca de los periodistas que sí lo pronunciaban y repetían claramente, porque habían investigado el entramado político del narcotráfico. Con voz todavía más nítida, había sonado fuerte ante sede judicial por las denuncias de legisladores de la oposición.

Todas estas voces decían que desde su segura posición en el gobierno nacional, el protector había sabido atender el destino de víctimas y victimarios del Triple Crimen, el más mediático asesinato narco en la Argentina del siglo XXI, donde tres traficantes de efedrina fueron primero secuestrados y después asesinados por sicarios en agosto de 2008.

Durante una larga década, al protector había correspondido, por su cargo como funcionario, el mando formal de las fuerzas nacionales de seguridad. Aún hoy, tras la derrota de su partido en las elecciones presidenciales argentinas de 2015, ya desde el llano, hace sentir el peso de su influencia sobre esos ejércitos policiales.

Dos semanas antes de su captura, el Narco prófugo había pagado cincuenta mil dólares por una cirugía torturante pero ineficaz. El ácido y el bisturí habían borrado sus huellas dactilares: primero las cinco yemas de una mano, después las cinco de la otra.

Cirugías desesperadas, giros forzosos

Al día siguiente de su captura, el Narco había cambiado de idea: ahora prefería quedar detenido en Asunción antes que marchar a Buenos Aires. Antes que la prisión argentina prefería acudir a la justicia estadounidense, que también buscaba extraditarlo por narcotráfico. Aunque Washington lo hiciera con un desgano y una lentitud aparentes que acababan por llamar la atención.

El prófugo giró una tercera vez de opinión. Finalmente, aceptó la extradición a Buenos Aires.

No lo alojarían en una cárcel común, que lo volvía blanco fácil para los sicarios de sus enemigos.

Si había traficado drogas —declaró después a la justicia federal— había sido, según él, gracias a la protección del político al que esperaban que designara y vinculara con señas de identidad, esta vez inequívocas e incriminadoras. Pero ese Gran Funcionario no había sido su único protector. Para asesorar y cubrir el contrabando había contado con el beneplácito y aun la colaboración de autoridades de la Aduana.

Qué ves cuando me ves

El prófugo voló a la Argentina desde Paraguay en un operativo secreto, dentro de un avión de Gendarmería.

Los Alacranes, un grupo especial de gendarmes, condujeron al Narco internacional prófugo y atrapado, confeso, esposado. Con chaleco antibala y casco, por si el disparo letal de un sicario acertaba.

El Narco bajó del avión en el Aeroparque porteño, e hizo el trámite de migraciones en el sector militar. O eso parecía. En realidad, era una puesta en escena, ilusionismo.

El verdadero Narco no hacía su trámite migratorio. Un gendarme de élite actuaba, a su riesgo, el papel del futuro actor declarante en los estrados judiciales. Al Narco, disfrazado, le había tocado un rol de extra, escamoteado entre los efectivos del grupo especial.

Como si el Narco de élite fuera un gendarme de élite más, aunque uno que no portaba armas.

Regresado a su país, fue el único preso en una habitación especial acondicionada para él en el Edificio Centinela de la Gendarmería, custodiado por agentes especiales.

Al fin el Narco más buscado confesó ante la Justicia.

Sí, había sido un narco.

Sí, había sido él el que vendía drogas. El que importaba precursores, y los exportaba allí donde se cotizaban para fabricar otras drogas. El que vendía medicamentos adulterados, remedios inútiles pero mortíferos para los enfermos que los compraban engañados, un negocio lucrativo. Las ganancias de este capitán de una industria innovadora y burdamente invisibilizada, estiman en tribunales, superaron los quinientos millones de dólares.

En relatos que duraron horas, en declaraciones que duraron días, el Narco fue sumando detalles de su management y secretos de la protección estatal de la que juró haber gozado. Aunque no sin pagar un costo que iba siempre en aumento y que se incrementaba, antes que por la inflación, por el volumen creciente de sus operaciones.

Contó “desde adentro” cómo funcionaba el negocio.

Cuánto redituaba el tráfico de estimulantes y precursores químicos en su era de oro, cuando las importaciones de materiales como la efedrina eran legales en el país, aunque solo para la producción farmacológica supuestamente controlada por el Ministerio de Salud. Él consiguió permisos de otro tipo.

La redistribución de los sobornos —tanto más onerosos cuanto más favorecía la fortuna sus iniciativas de comercio exterior— contaba con vías y transportes liberados. Esta renta del tráfico llegaba a funcionarios políticos, contactos en la Casa Rosada y los servicios de inteligencia, declaró él mismo ante la Justicia.

Era un emprendedor.

En calidad de imputado, el Narco tenía derecho a colorear o mentir con su testimonio. Honestidad brutal o fábula pastoral, enumeró entre sus colaboradores en el negocio millonario a varios funcionarios relevantes de la administración anterior.

Algo sí está comprobado con documentación irrefutable. Los funcionarios que debían encontrarlo en su escondite de prófugo, al menos desde agosto de 2015, sabían exactamente dónde estaba.

Pero no lo buscaron.

Sus sucesores en el gobierno que asumió en diciembre de ese año, sí.

Y allí estaba, el prófugo.

El modelo del Estado traficante

El Narco imputado trazó el cuadro de un mecanismo secreto. El modelo vigente para accionar la mafia que en el Estado habilitaba el tráfico. Las sustancias eran transportadas a la Argentina, debidamente ingresadas, y de ahí se exportaban a México y Estados Unidos.

Las sustancias eran drogas ilegales en los países de destino, donde quienes las compraban eran cárteles de narcos.

Cuando el Narco se fugó del país en 2009, el Gran Funcionario, ministro a cargo de las fuerzas de seguridad argentinas, actuaba en un doble rol.

Según la anterior denuncia de un socio del prófugo capturado en la Triple Frontera, el Gran Funcionario “era el jefe en una red que traficaba armas y drogas de la que yo participé”.

El experimentado socio estaba preso, y ahora era un denunciante neófito. Y añadió: “Es el hombre más rico de la provincia de Buenos Aires”.

Desde la cárcel de Ezeiza, describía a su antiguo jefe y protector, al Gran Funcionario, como un “asesino” y un “narcotraficante”.

Primero lo declaró en televisión.

Con más detalles, y más precisos, el socio preso reiteró su testimonio ante la mayor jueza federal, la de más prolongada trayectoria en el Poder Judicial de la Nación. Varias veces. Y la amplió. Con documentación.

El socio preso se refería, en primer término, al Gran Funcionario. Uno de los dirigentes políticos más poderosos en el peronismo que administró la Argentina durante los últimos catorce años. Por dos décadas, el líder provincial había sido también funcionario del Ejecutivo nacional. Cada mes cobró sus varios sueldos, pagos religiosamente en fecha por el Estado.

Otro tanto hizo su socio, el Narco repatriado por la fuerza, ante la misma justicia federal.

Confesó toda la trastienda de su negocio narco. Salvo la autoría intelectual del Triple Crimen. La jueza que lo había escuchado le dictó la falta de mérito. Esto no significa un sobreseimiento ni que no exista un ideólogo.

Sí admitía haber trabajado y haberse asociado con el denunciante, que también apuntaba hacia el Gran Funcionario.

El Gran Funcionario niega todo

Preguntado por los medios, el Gran Funcionario, el “jefe”, “el protector”, “el bonaerense más rico del mundo”, desestimó la insinuación de cualquier vínculo suyo con personajes de un submundo al que en público encuentra inconveniente y delictivo. E insistió con que las tramas del tráfico de drogas le eran desconocidas, y ajenas.

En los juicios por las muertes nacidas del trasiego de drogas ilícitas o de materias primas lícitas que acababan como insumo para diseñar drogas muy ilícitas, los nombres del Narco y del Gran Funcionario habían quedado enlazados.

“No pueden inventarme una vida que no tuve”, protestaba en julio de 2016 el Gran Funcionario en Radio del Plata. El periodista que lo entrevistaba descuidó enumerar uno por uno los hechos cuya fabulación le atribuía el Gran Funcionario. Un listado de informaciones fue omitido, cuya veracidad el entrevistado no habría sabido cómo desmentir o desatender sonando ligeramente verosímil.

Tres de los casos de narcotráfico más importantes conocidos durante los últimos tres gobiernos del mismo partido y del mismo caudillaje llevaban por diferentes pero convergentes vías hasta a él.

Retrato de cuerpo entero

Poderoso, leal a sus jefes políticos, de expresión deliberadamente canyengue y arrabalera, rico en contactos entre los profesionales de la violencia futbolística, el Gran Funcionario fue un administrador que manejó miles de millones de pesos de presupuestos estatales.

El personal de la administración pública, nacional y provincial, de la Justicia, de la Policía, de cavernas de la inteligencia o de las Fuerzas Armadas, que este Gran Funcionario había frecuentado, o que aun en muchos casos estaba allí por sugerencia suya en la nómina de las designaciones políticas, empezó a evitarlo, a retacearle una atención que no había sabido de descansos o desobediencias.

Antes respondidos al instante por sus subordinados, los llamados del Gran Funcionario pasaron a ser telefonazos que muchas veces suenan en vano, como en habitaciones vacías.

Al cierre de este libro, la Justicia lo acechaba.

A él, y a su jefa, la Presidente.

El Gran Funcionario nunca fue imputado en estas causas en las que igualmente era investigado.

Irán a juicio oral por expedientes de corrupción.

Pero son los casos de narcotráfico los que más le duelen y los que más lo enojan cuando trascienden detalles de sus vínculos con los protagonistas de esas tramas, iniciadas en su barrio, incluso en la cuadra en la que vivía.

El despoder puede ser muy cruel, en especial con quienes fueron muy poderosos.

El Socio que vino del frío

El Socio de los últimos dos presidentes que gobernaron la Argentina durante doce años cayó preso en abril de 2016.

Había volado desde Santa Cruz hasta Buenos Aires para declarar en indagatoria en una causa de lavado de dinero.

Bajó de uno de sus dos jets privados. La tercera de las aeronaves de su flota personal estaba en ese mismo aeropuerto, arrumbada en el pasto, abandonada después de haber sufrido un despiste que terminó en incendio.

Era ese jet siniestrado el que había usado para transportarse en aquellos años ahora bajo sospecha, cuando aparentemente no solo transportaba personas, sino también bolsos que cargaban papeles impresos, rectángulos de distintos colores y tamaños.

La fortuna, esta vez, no lo había acompañado. Aunque despegue, vuelo y aterrizaje hubieran sido impecables.

Abajo lo esperaban decenas de policías, periodistas y autoridades judiciales. Lo esposaron, y lo llevaron a la cárcel.

Pocos meses atrás, en ese mismo aeroparque bonaerense, el Socio austral podía hacer todo lo que quería.

Uno de sus contadores, administrador también de los hoteles de la lujosa dinastía presidencial, fue detenido por la misma causa de lavado. Y también uno de los abogados de este empresario, Socio presidencial.

Al cierre de este libro duermen bajo el mismo techo, en la cárcel de Ezeiza. Pero en pabellones distintos. Salvo excepciones, no se cruzan nunca.

La Presidente, la socia del empresario, resultó imputada en el mismo caso. El turbio blanqueo de una fortuna nacida bajo el signo mafioso de una cleptocracia gobernante por el voto popular.

La socia sufrió finalmente el destino del despoder.

Hoy está procesada en una causa en la que se la acusa de haber sido la jefa, la que heredó el negocio de su esposo fallecido, la responsable de las transferencias desde el Estado a las cuentas de sus amigos empresarios de la obra pública. Esos empresarios eran a la vez sus socios en negocios privados.

Sin otra violencia que la de la lógica, la imputación al Socio del sur resultaba inexorable consecuencia de la declaración judicial de un singular asesor comercial que este repentino magnate austral había reclutado para su servicio.

De lujo y de hambre

Némesis del Socio patagónico, el fatal declarante era un joven de veintiocho años. Curtía un look más indeciso que indefinido, pero nunca desagradable a la vista, entre hippie, yuppie y hipster.

En sus años mozos, el todavía mozo había conocido la sobria y parsimoniosa vida de la clase media platense. Después, contratado por el Socio austral de la presidente viuda y heredera, por el magnate súbito, pudo residir en la Capital, vivir en Puerto Madero, gastar millones de dólares en fiestas, autos, viajes en jets privados a Miami, donde compraba joyas para su esposa, una de las modelos más codiciadas del país, de una belleza casi perfecta, con pose de ingenua.

Fue el primero en caer preso por la investigación por lavado de divisas más trascendente de la democracia argentina que reinició su curso en 1983.

Estaba preso, pero su condena le había caído por una causa paralela, ínfima en comparación al “expediente madre”. Y por un delito que lo transformó en un caso más único que raro: pasó más de dos años en la cárcel culpado por evasión fiscal agravada.

En 2016, una ventana de oportunidad pareció abrírsele. El declarante fatídico reveló que durante las tres dinásticas presidencias anteriores había actuado una “red de lavado para vaciar las arcas del Estado”, cuya filas él había integrado como soldado, menor pero no superfluo.

Ofreció información a la Justicia.

Por esta declaración será condenado, pero si se comprueban, como hasta ahora pasó, sus revelaciones, obtendrá una reducción de la pena.

Singular “valijero”, como inexactamente se lo apodó —no sin sorna despectiva—, lúcido para las finanzas, osado, el joven se convirtió de hecho en el primer imputado colaborador en un caso de blanqueo de dinero. En la calle, en el mundo en el que él se movía, “imputado colaborador” no existe: a las personas que se arriman a ayudar a la Justicia se los conoce como “arrepentidos”.

Según la opinión que el declarante expuso, el delito por el que había sido condenado era consecuencia pequeña pero directa de delitos más complejos y de consecuencias sangrientas, vendettas, muertes inexplicables, impulsados por varios de los principales funcionarios del Poder Ejecutivo. El Presidente. La Presidente. El segundo vice de ella. Algunos de sus ministros, intendentes, algunos de sus parientes (a veces coincidían), algunos de sus subordinados y colaboradores más próximos, provincianos antiguos o bonaerenses recientes. Todos nuevos ricos.

Trenes, camiones y tractores

El más relumbrante secretario de Transporte de tres presidencias seguidas primero cayó en desgracia y después cayó preso. Como a sus ex aliados gubernamentales, lo destinaron al penal de Ezeiza.

Hasta 2003, cuando llegó a la Capital para ocupar su cargo nacional como experto en transportes, este ingeniero recién venido de la provincia austral dormía en una habitación prestada. En un hotel del gremio de los peones rurales.

Seis años como secretario de Transporte lo hicieron rico. Fue dueño de un yate, de un avión privado, de hoteles propios (ya nunca prestados) en el país y en el extranjero, y de otras vistosas propiedades de lujo.

Con la esperanza de aligerar una esperable sentencia judicial condenatoria, el ex funcionario había confesado, antes de ir preso, haber cobrado una coima pagada por empresarios del transporte a los que debía controlar.

Le aligeraron la condena más de lo que calculó: quedó libre.

Al cierre de este libro, el Transportador inmóvil había vuelto a la misma prisión, pero por otro fraude. Lo investigan por la compra extravagante en España y Portugal de costosos trenes, cuya utilidad una vez desembarcados resultó ser inexistente: eran chatarra, no eran medios de transporte.

Sobre las cárceles del Transportador todavía no pesa haber sido condenado a seis años de prisión en el juicio oral por la masacre del tren que en Buenos Aires chocó contra la estación Once el 22 de febrero de 2012, a veinte kilómetros por hora. Cincuenta y dos personas murieron, y 789 sufrieron heridas.

A falta de responsabilizarlo por esto, el tribunal lo halló culpable de omitir sostenidamente, durante los seis años de su gestión, todo control eficaz a los beneficiarios de la concesión del Ferrocarril Sarmiento. Exactamente los mismos transportistas que lo habían beneficiado a él, el secretario del área, con aquella coima que este funcionario, una vez devenido reo, confesó ante la Justicia.

—Con esos empresarios no, no te metas —le había dicho una noche la Presidente al sucesor del secretario de Transporte enriquecido por demás en sus seis años de gestión.

“Asociaciones ilícitas”, según la tesis de jueces, de fiscales y de opositores denunciantes en los tribunales.

La realidad, los hechos, nítidos, empezaron a refrendar a aquellos a quienes el aparato propagandístico del Estado había tildado de mujeres y hombres irracionales.

—Esa mujer no tiene los patitos en fila —gustaba descalificar a una de sus principales acusadoras en la Justicia el funcionario acusado en los más resonantes casos narcos.

La Presidente amenazó después con juicios a otra legisladora y a su abogada, denunciantes rotundas del funcionamiento de sus empresas privadas. También lo hizo con periodistas.

Fue metódica: nunca fue a las audiencias de conciliación en las que nada se concilió. Y los juicios nunca los inició.

Las causas impulsadas por sus denunciantes, en cambio, avanzaban y avanzan, recolectan pruebas y suman cada vez más y mayores procesamientos e imputaciones, para ella y para sus hijos.

La perdición por las obras

El recién llegado al penal de Ezeiza era nexo de nexos entre encerrados célebres.

En esa prisión federal, los agentes del Servicio Penitenciario bromeaban tras recibir como huéspedes a tantos ex funcionarios:

—Vamos a tener que inaugurar un pabellón nuevo con el nombre del ex presidente.

Durante ocho años, la jefa del Estado había supervisado a ese grupo de tareas gubernamentales que aún sigue preso. O cuyos integrantes, como ella misma, son investigados por usar al Estado para hacer sus fortunas. Una casta de magnates que antes de asumir como funcionarios eran otras personas.

El preso que une a todos con vínculos firmes, aun de amistad, fue el secretario de Obras Públicas durante los últimos tres gobiernos argentinos.

Hermana gemela de la Secretaría de Transporte, la repartición de Obras Públicas (cuyo único jefe continuo fue este último reo) respondía al Ministerio de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios.

Mientras que el Secretario ahora preso fue único administrador de las obras públicas nacionales, el superorganismo de planificación federal que lo englobaba tampoco conoció más que a un único titular durante esos mismos tres períodos. Este ministro fue funcionario treinta años pero en su actividad pública acumuló ahorros como si hubiera vivido varias prósperas vidas. Llegó a disponer del patrimonio de un multimillonario, como un heredero de varias generaciones opulentas.

El secretario de Obras Públicas había autorizado y hecho pagar incrementos en los presupuestos de infraestructura estatal por cientos de millones de dólares, comprobaron autoridades judiciales.

En total, la obra pública llegó a administrar un presupuesto de doscientos treinta mil millones de pesos.

De esos fondos públicos, alrededor de dieciséis mil millones limpios de pesos fueron directos a las arcas del socio austral de los dos presidentes australes, devenido empresario constructor ad hoc. A través de organismos menores, y provinciales, las empresas constructoras del Socio recibieron para sus obras en Santa Cruz el presupuesto para infraestructura de once provincias juntas.

Construcciones australes

A principios de 2003, el Socio presidencial era monotributista. Cuando su amigo en la vida y en los negocios, entonces gobernador de la provincia extrema en la Patagonia continental fue elegido presidente de la Nación, el modesto tributador fundó oportunamente, con puntualidad, la primera de sus empresas constructoras, madre después de otras, a medida que la fecundaban los fondos públicos.

En 2016 era un megamagnate diversificado. Dueño de un holding que acumulaba aluvionalmente concesiones de petróleo, negocios del agro, estaciones de servicio o medios de prensa, y más de dos centenares de inmuebles lujosos que ni siquiera, ya preso, se animaba a admitir que sabía que había comprado él, sus hijos, o sus sociedades.

El preso que ahora vive en una celda común, era a la vez el segundo terrateniente en la Patagonia, inmediatamente después de los Benetton, la familia veneciana que revolucionó la industria textil planetaria con métodos empresarios y marketineros hoy estudiados en todas las escuelas de negocios del mundo.

Los italianos se encargaron de que sus tierras hasta el horizonte austral, en los cuatro puntos cardinales, fueran productivas mediante la paciente cría de ganado ovino. El preso fue un poco más descuidado. Acumuló estancias sin tanta profesionalidad estanciera como los Benetton. Incluso con alguna innovación fallida: en uno de sus campos, decidió asfaltar —su especialidad— el lugar donde solían pastar las ovejas de los anteriores dueños. Los pobres animales cayeron en la confusión y fallecieron, quizá por la melancolía de la naturaleza que antes los rodeaba. El cemento fue cementerio.

Los peones rurales todavía penan por las vidas perdidas de ovejas ajenas.

Las empresas del Socio, que obtenían contratos multimillonarios del Estado según una rutina de renovación, alquilaban los hoteles a los titulares del Ejecutivo Nacional.

A su vez, en una maniobra circular y singular, las constructoras del Socio, ya dueño de una infinidad de inmuebles vacíos en las mismas zonas, sin embargo, alquilaban cientos de habitaciones en esos hoteles de los que ya era el generoso locador. Cientos de habitaciones que nadie ocupó jamás.

Esos negocios fueron como mamushckas, muñecas rusas que guardaban, unas dentro de otras, contratos irregulares que despreciaban la Ley de Ética Pública, al tiempo de desarrollar actividades que implicaban otros tantos lavados de divisas.

En armonía con este método de trabajo, el empresario también alquilaba decenas y decenas de casas y departamentos a los dos presidentes de quienes simultáneamente era también fiel Socio.

Al menos por ahora, estas redes de rentas dentro de rentas que no se sabe si fueron rentables, no se estudian en las escuelas de negocios del mundo, como el caso de las compañías de Benetton. El alquiler circular de casas vacías, y más aún, de hoteles fantasma con huéspedes fantasma, se estudian en los cursos de derecho penal económico. O de historia del delito, porque desde cuatro décadas atrás los delincuentes comunes ansiosos por blanquear su dinero de origen ilegal consideran a este método burdo e inservible.

El Socio austral cuenta con la presunción de inocencia. La Justicia verá si es responsable por estas acciones, todas documentadas, ninguna expuesta en un juicio que podría concluir con una condena para él. Y para su locataria, la Presidente, CEO de la cadena hotelera.

La política como vocación hotelera

Esos mandatarios que gobernaron la Argentina durante tres períodos presidenciales consecutivos habían dedicado su vida entera a la política.

La gestión nacional les despertó un repentino afán por el negocio hotelero. Una vocación, una profesión.

La familia presidencial compró el hotel más grande en su ciudad de descanso patagónico. Como si adoptaran el modelo de matriz productiva que sugerían a la ciudadanía en sus discursos políticos, construyeron otros tres hoteles más en la provincia.

Después de que investigaciones periodísticas alertaran sobre la inexplicada expansión del patrimonio de la pareja presidencial, las características del negocio hotelero austral permitieron a fiscales y jueces orientarse en sus investigaciones.

Para ello, no precisaron más guía que los más pedestres manuales de lavado de dinero, los que educan a los oficiales de cuentas de banco, instruidos sobre estos temas ni bien logran su primer empleo en esas instituciones.

Desde las primeras páginas advierten esos manuales sobre el rubro del alojamiento turístico. Incluso hay ejemplares que ilustran su tapa con fotos de hoteles con paisajes montañosos nevados. Son paisajes europeos, no patagónicos.

Sedes sin número, lavados sin nombre

Ningún miembro de la familia presidencial en el entonces gobierno ha sido condenado por blanquear divisas obtenidas y retenidas fuera de la ley.

Pero tampoco nadie de ese clan pudo ratificar de forma concreta e irrefragable la información de que esos hoteles hubieran sido usados para fabricar renta y ganancias, porque esos números no podían encontrarse en los balances. Ante todo, porque también faltaban balances empresarios profesionales.

Hasta 2015, las empresas privadas de los gobernantes públicos habían encontrado redundante el dotarse de una sede legal. Tampoco habían presentado jamás estados contables.

Nunca habían registrado ante el Estado, siquiera, los cambios de autoridades en sus sociedades.

La Presidente, su principal accionista, era abogada. Exitosa, destacaba ella misma.

Cuentas secretas y paraísos bancarios

El Socio austral fue denunciado por montar en el extranjero una red de sociedades que culminaba en Suiza, en cuentas bancarias más o menos secretas con millones de euros y dólares.

Para armar esa estructura había sido ayudado por el declarante fatídico, el joven “valijero” hoy a veces eficaz pero nunca renuente colaborador con la Justicia. Y por otro joven financista que acabó por venderle al empresario su propia empresa, una financiera con potencial para generar sociedades pantalla y usarlas después como vehículos para esconder, o no, dinero salido del circuito legal de los bancos nacionales.

La financiera era una fiesta

En marzo de 2016, una filmación de un fin de jornada vivido no sin opulencia en el interior de la financiera vendida sin chistar a sus compradores por el joven financista fue difundida por el noticiero Tel ...