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HISTORIAS DE CORCELES Y DE ACERO (DE 1810 A 1824)

Daniel Balmaceda

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Fragmento

SIN PROTOCOLO

La primera vocación de Benito Lué y Riega fue la militar. En 1770 integraba el ejército de su Majestad en España. Pero dejó las armas —aunque no abandonó su carácter colérico— para incorporarse a la Iglesia. Es decir, primero fue un soldado del Rey y luego de Dios. En medio de estas dos grandes vocaciones se sumó la de cantante: Benito integró el coro de la catedral de Lugo. Entre espadas, Biblias y algún pentagrama transcurrieron sus primeros cincuenta años. Hasta que en 1802 viajó como obispo a un nuevo destino, Buenos Aires. Comenzaba la recta final de su vida.

Arribó el domingo 14 de noviembre de 1802 a las cinco de la tarde. El virrey Joaquín del Pino le dio la bienvenida y no hubo tiempo para descansar: pocos minutos después se iniciaba la misa para agradecer la llegada del flamante obispo porteño. Empezó bien, pero la luna de miel entre el cardenal y los demás sacerdotes fue demasiado corta debido a que Lué pretendía cambiar todo, hasta las más pequeñas costumbres. Fueron tres las oportunidades entre 1804 y 1809, en que sus colegas instaron a que lo echaran. Más aún, cualquier cosa que hiciera el obispo parecía generar malestar.

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Por ejemplo, durante una visita a ciudades de la Banda Oriental se lo acusó de exceso de velocidad porque en caminos pesados “hacía andar su coche y carretillas de equipaje cuatro leguas por hora”. Cuatro leguas por hora significan unos veintidós kilómetros por hora. Aclaremos que la legua fue una medida itinerante que pretendía marcar (en tiempos antes de Cristo) lo que un jinete podía andar durante una hora. Por lo tanto, cuatro leguas en una hora hubiera sido un sinsentido en el siglo I.

Lué y Riega fue sumando adversarios hasta que llegó el único hecho de su vida que logró gran difusión más allá de los círculos académicos: su actuación en el Cabildo Abierto del martes 22 de mayo de 1810. Emitió el primer voto en la histórica asamblea y en ese momento expresó que el Virrey debía continuar gobernando, pero no solo, sino junto a otros dos funcionarios: el Regente de la Real Audiencia y el Oidor de ese cuerpo. Por lo tanto, planteaba la formación de una pequeña junta, más bien un triunvirato. El hombre actuó con mucha sensatez, después de todo. Sin embargo, los grandes cambios institucionales marcarían su destino.

Al día siguiente del 25 de mayo, Lué mantuvo su jerarquía eclesiástica. Los nuevos gobernantes le enviaron una carta —la Junta estaba en el fuerte y Lué junto a la Catedral— para informarle oficialmente sobre el cambio de gobierno y, sobre todo, solicitando su acatamiento al nuevo orden. Además lo convocaban a presentarse en el Cabildo para jurar fidelidad ante los Santos Evangelios, de la misma manera que cada funcionario e integrante del clero. Aquél fue el primer acto del gobierno creado el 25 de mayo luego de asumir: redactar la carta.

Lué y Riega respondió que acataba a la Junta, pero se excusó de ir a la ceremonia del juramento. Era el mayor representante de la Iglesia en nuestra tierra y tal vez por eso Saavedra y compañía prefirieron no insistir y con la nota se dieron por satisfechos.

De todos modos, estaba claro que la relación entre los dos poderes era por lo menos distante. Y se puso de manifiesto antes de que se cumpliera una semana de gobierno. Fue a propósito del tedeum del miércoles 30 de mayo en el que se agradecería tanto por el día de Fernando VII —su onomástico, es decir, el día de San Fernando— como por la instalación de la Junta. El día anterior durante los preparativos Lué y Saavedra cruzaron más de una carta. La historia de los mensajes es la siguiente: la Junta le pidió al obispo que cuando concurriera a la misa los recibiera en la entrada de la Catedral un dignidad (un deán o un arcediano) y un canónigo (un miembro del cabildo eclesiástico). Estas dos autoridades debían despedirlos en la puerta al culminar la ceremonia. Aclaremos que todo el saludo se limitaba a una agachadita de cabeza, sin apretón de manos o besamanos o abrazo. El obispo respondió que lo veía “dificultoso” porque no contaba con suficiente cantidad de eclesiásticos como para emplear en esos menesteres. La Junta retrucó de inmediato, carta mediante, que cuando solicitaron el dignidad y el canónigo, lo hicieron habiendo evaluado previamente las limitaciones que podrían existir. Y terminaban la nota: “Insistiendo pues en el cumplimiento de aquel encargo, espera no habrá faltado, en el recibimiento de mañana, en ordenar al dignidad y canónigo” que se planten en la puerta a esperarlos y a despedirlos.

El obispo amainó en su nueva respuesta. ¿Porque acaso hubo una nueva respuesta? Por supuesto. No existirían Yahoo o Gmail, pero estaban los criados que iban y venían con cartas, notas, regalos —adjuntados a una esquela—, tarjetas o mensajes de voz. En este caso se trataba de una nueva nota en la que Lué aclaraba que lo habían malinterpretado y que en la entrada se encontrarían con los dos sacerdotes.

El 30 de mayo por la mañana un dignidad y un canónigo recibieron a los nueve miembros de la flamante Junta en el atrio de la Catedral. Pero cuando terminó la ceremonia y salieron se encontraron con una sorpresa: miraron para todos lados y no había nadie. Disimulando, se retiraron. La guerra estaba declarada.

Continuaron los enfrentamientos con cruce de cartas —cada vez más extensas— en donde uno pedía algo y el otro, en tono muy amable, se lo negaba. O no tan amable en algunos casos. A un mes del famoso tedeum del día de San Fernando, ¡seguían discutiendo el tema del dignidad y del canónigo, carta va, carta viene! Se llegó a prohibir la asistencia del obispo a la Catedral. La pelea se mantuvo durante varios meses hasta que, al acercarse el aniversario de la instalación de la Primera Junta, se reconciliaron; aunque ya gobernaba la Junta Grande. Pronto volvieron los tironeos.

El 21 de marzo de 1812 Lué celebró su onomástico —San Benito— en la localidad de San Fernando (¡otra vez San Fernando!). Invitó a unas cien personas y les ofreció chorizos, morcillas, riñones, jamones, treinta pollos, ocho gallinas, quince pares de pichones, cuatro patos y dos pavos, más vino a granel. La comilona estuvo a cargo de su cocinero tocayo, el negro Benito, y le costó 129 pesos y seis reales, una fortuna. Pero fue su última cena.

A la mañana siguiente, Benito Lué y Riega permanecía inmóvil en su cama. Cerca de las ocho y media, preocupados porque aún no se había levantado, los criados ingresaron a su cuarto. El rumor del envenenamiento se esparció con rapidez. Sobre todo porque en aquel tiempo ésa era la forma de deshacerse de las personalidades relevantes. Además de la conocida polémica sobre la muerte de Moreno, hay que tener en cuenta que antes de fusilar a Liniers se pensó en darle veneno. De hecho, el frasco ya estaba preparado. Posadas contó en sus memorias acerca de la vez que quisieron envenenarlo a él. Brown tenía la paranoia de que moriría de esa manera. Frente a la queja de los partidarios de los realistas, el Primer Triunvirato se apuró a decir que la muerte del obispo fue por causas naturales. Pero hasta en el mismo bando patriota hubo quienes mencionaron en público que la muerte del obispo fue por envenenamiento.

Desde ese día Lué y Riega, el importante orador del Cabildo Abierto, descansa en la Catedral Metropolitana. Allí, donde cada 25 de Mayo se celebra el tedeum.

LOS SUELDOS DE LOS PRÓCERES

Dos semanas después de haber cambiado el sistema de gobierno en el Río de la Plata, los miembros de la Junta acordaron sus sueldos. El miércoles 6 de junio de 1810 se resolvió que su presidente, Cornelio Saavedra, ganaría ocho mil pesos anuales. Era bastante menos de lo que cobraba el virrey Cisneros (doce mil pesos), pero era más que suficiente para vivir con cierta comodidad.

En cuanto al resto de los integrantes, se asignaron un sueldo de tres mil pesos anuales. Uno solo de los vocales renunció a su remuneración. Fue Manuel Belgrano, quien de todas maneras cobró un salario por comandar las fuerzas enviadas al Paraguay primero y al Norte después. De todas maneras, cabe aclarar que tenía derecho a cobrar los dos sueldos. El vocal Castelli, enviado al Alto Perú con un ejército, lo hizo.

Otro dato que vale la pena rescatar es que muchos de los gastos que generaban las diversas comisiones se pagaban con el propio sueldo, mientras que para otros se otorgaban viáticos. Por ejemplo, cuando Saavedra debió viajar al norte en agosto de 1811 para reemplazar a Castelli luego de la derrota de Huaqui, alquiló un carruaje que le costó ochocientos pesos, es decir, la décima parte de su sueldo anual. La cuenta la pagó el gobierno, pero aclarando que se descontaría de la remuneración del presidente de la Junta. Parece que el hombre reclamó y se resolvió que pagara apenas la mitad, mientras que el resto lo abonaría el Estado. Además, consiguió que el gobierno le otorgara doce pesos de viáticos diarios.

Cuando Moreno renunció a la Junta dejó de percibir su sueldo. Pero al ser nombrado comisionado ante Inglaterra obtuvo un singular aumento en sus ingresos, ya que de los tres mil que le correspondían por ser vocal pasó a cobrar ocho mil pesos, lo mismo que Saavedra. Mediante un documento estableció que su salario se le pagara en Buenos Aires. El encargado de cobrarlo sería Juan Larrea, quien se ocuparía de entregarlo a su mujer, Guadalupe Cuenca de Moreno. Como todos sabemos, Moreno murió en alta mar a comienzos de marzo de 1811. Sin embargo, la noticia de su deceso no llegó hasta septiembre. Por lo tanto, todo ese tiempo Guadalupe estuvo recibiendo la paga de su marido. Eso sí: cuando en septiembre se supo en Buenos Aires que Moreno había muerto, se suspendió el pago, “por motivos de fallecimiento”. La viuda tuvo que gestionar una pensión para vivir y criar a su pequeño hijo.

EL FALSO SACERDOTE DE LA JUNTA

Una sucesión de hechos inesperados han llevado a Mariano Moreno al pedestal de los revolucionarios de nuestra historia. Todo empezó cuando sus padres se conocieron gracias a un naufragio. Porque, en realidad, Manuel Moreno —soltero de 23 años— se dirigía de Santander a Lima, pero a causa de un accidente en el barco que lo transportaba terminó recalando en Buenos Aires, donde conoció a quien sería la madre de sus catorce hijos. El primogénito fue el célebre Mariano.

En el colegio, Mariano Moreno trabó amistad con uno de sus profesores, el fraile Cayetano Rodríguez. Fue por su gestión que consiguió completar sus estudios en Chuquisaca, ya que los Moreno no estaban en condiciones de financiar una carrera universitaria para sus hijos. Fray Cayetano habló con Felipe Antonio de Iriarte, un sacerdote jujeño que actuaba como representante legal de prelados del Alto Perú en un juicio que se llevaba a cabo en Buenos Aires. Rodríguez le solicitó ayuda económica a Iriarte para enviar a Moreno a estudiar Derecho Canónico. El jujeño aportó mil pesos del dinero que había recibido, no para pagar becas, sino para cubrir gastos en la causa judicial. De esa manera, se convirtió en el principal mecenas del joven estudiante.

En Chuquisaca, Moreno iba en camino a recibirse y abrazar el sacerdocio, cuando se encandiló con un retrato que vio en un escaparate. La imagen era de Guadalupe Cuenca, con quien logró casarse a pesar de la oposición de su suegra. El matrimonio acordó seguir adelante su vida en la ciudad altoperuana y no tenían planes de instalarse en Buenos Aires. Pero una vez más hubo que cambiar el rumbo: las ideas progresistas de Moreno no eran bienvenidas en Chuquisaca y se quedó sin trabajo.

Con el pequeño hijo Marianito y su mujer, partió a Buenos Aires en busca de un cargo público para que el Estado pagara su sueldo. Logró un puesto en la administración pública virreinal, al tiempo que comenzó a granjearse un nombre como abogado. En tal carácter —de funcionario y letrado particular— concurrió al Cabildo Abierto en donde no participó como orador, pero a la hora de votar manifestó lo mismo que la mayoría: que debía asumir una junta y que, en caso de no alcanzarse un acuerdo, el Síndico Procurador (Julián de Leiva) tendría el voto decisivo.

Por lo tanto, Mariano Moreno no tuvo un papel destacado en el Cabildo Abierto del 22 de mayo. Simplemente se mantuvo en el rebaño —votó igual que Saavedra, un par de hermanos de Belgrano, un hermano de Passo, Bernardino Rivadavia y Feliciano Chiclana, por mencionar sólo a algunos— de quienes reclamaban el cese del Virrey y su reemplazo por un grupo de personas reunidas en una junta de gobierno. ¿Pero acaso Moreno pertenecía al rebaño? No. Al contrario, representaba los intereses de uno de los hombres más poderosos de Buenos Aires, quien había preferido mantener distancia y no participar en la asamblea: Martín de Álzaga.

En el histórico Cabildo Abierto Mariano Moreno pasó muy desapercibido, salvo por el voto de un hombre que, para jugar un poco con las palabras, sí ha pasado bastante desapercibido en la historia. Se trata de uno de los grandes olvidados y, a la vez, principal protagonista de los acontecimientos de Mayo: el capitán del Escuadrón de Húsares del Rey (los Húsares de Pueyrredon), Manuel Hermenegildo Aguirre. Su voto sí fue original. Pedía que asumiera el Cabildo en reemplazo del Virrey y que se sumara a cinco hombres en calidad de consejeros: Julián de Leiva, Juan José Castelli, Juan José Passo, Mariano Moreno y Cornelio Saavedra.

Aguirre fue el primero —y el único— que mencionó a Moreno como eventual candidato a integrar la Junta de gobierno. Tres días más tarde, el abogado recibido en Chuquisaca ocupaba un lugar clave en el gobierno revolucionario. Y en pocas semanas se transformaba en el más extremista de sus miembros. Mantenía el fervor cristiano y las costumbres adquiridas en su infancia y reforzadas en el Alto Perú cuando seguía la carrera eclesiástica. Por eso, cada noche se flagelaba él mismo, castigándose en la espalda con tientos, buscando expurgar pecados.

Pero tal vez lo más extraño que hizo Moreno durante aquellos meses de encumbramiento fue disfrazarse. ¿En qué circunstancias? La Junta gobernaba desde el fuerte. Moreno solía quedarse hasta tarde y cuando salía, en plena noche, debía atravesar la oscurísima y desolada plaza que tenía, a la altura de la actual calle Defensa o Reconquista, la famosa recova, el gran edificio de galerías bien lúgubres en el paisaje nocturno. Por un momento le pido que imagine un túnel de veinte metros o la parte inferior de un puente, sin ninguna iluminación, salvo la de una vela gastada en su mano. Párese en la boca de ese túnel, una noche, en completa soledad. ¿Lo cruzaría? Así era el lugar más céntrico de Buenos Aires en 1810. Más allá de los problemas que podrían surgir por la inseguridad reinante —y afectar a cualquiera—, Mariano Moreno estaba en la mira de todos por sus decisiones de peso. En aquel tiempo eran varios los que podían tener motivos para eliminar al secretario de la Junta. El abogado lo sabía muy bien. Por eso, cuando abandonaba muy tarde el fuerte y se encaminaba a su casa en Bartolomé Mitre y Florida, se enfundaba en la túnica gris cenicienta, que es el hábito que emplean los franciscanos para la penitencia, se ajustaba la cintura con el cordón de tres nudos, se colocaba la capucha y se dirigía a su hogar, avanzando con las manos cruzadas por delante. Nadie osaría cometer la blasfemia de atacar a un sacerdote. Pero además, cualquier ladrón sabía que un franciscano estaba muy lejos de ser una presa codiciada. Y en caso de que existiera quien no respetara la investidura y la pobreza del caminante solitario, aún había un recurso: los brazos cruzados escondían un pistolón que empuñaba debajo de la sotana en su viaje de regreso a casa.

¿DÓNDE VIVÍAN TODOS?

La tarea de ubicar los domicilios particulares de los próceres habría sido para French (Domingo Cristóbal María) un juego de niños. En 1802, él era el cartero de Buenos Aires, es decir, la única persona encargada de entregar la correspondencia en la ciudad, incluido el transporte de caudales, una tarea que exigía mucha responsabilidad y extrema confianza. Aun sin la colaboración del repartidor de cartas —al que nosotros conocemos como repartidor de escarapelas—, hemos logrado establecer dónde vivían muchos de los protagonistas de la Revolución. Para evitar confusiones, utilizaremos la nomenclatura de calles y la numeración actuales.

Hasta que asumió como presidente de la Primera Junta, Cornelio Saavedra vivió en Reconquista entre Lavalle y Corrientes, en la vereda par. Luego, junto a su familia, se mudó al fuerte que se emplazaba donde ahora se encuentra la Casa Rosada. Los secretarios de la Junta se hallaban a uno y otro lado de la Plaza de Mayo. El solterón Juan José Passo habitaba una casa en la calle Defensa entre Alsina y Moreno, en la vereda oeste, que es la impar. En cambio, Mariano Moreno, como ya explicamos, vivía a mitad de cuadra en Bartolomé Mitre entre Florida y San Martín, en la vereda sur (la de numeración par), a pocos pasos del domicilio de los Escalada, en la esquina de San Martín y Bartolomé Mitre.

De los seis vocales, Miguel de Azcuénaga tenía su propiedad pegada a la Plaza de Mayo, en la misma vereda donde se encuentra la Catedral. Su casa, con entrada por la avenida Rivadavia, ocupaba un cuarto de manzana en la esquina de Reconquista, lo que lo convertía en vecino de Juan Martín de Pueyrredon y Marcos Balcarce, quienes habitaban la misma manzana. También sobre Rivadavia vivía Juan José Castelli, aunque más hacia el oeste; pese a que no ha sido posible precisar el domicilio exacto, se sabe que era en Rivadavia y Florida y que Castelli era vecino de Domingo Matheu, cuya casona estaba en Florida, entre Bartolomé Mitre y Perón, apenas a la vuelta de lo de Moreno y a una cuadra de la famosa propiedad de Mariquita Sánchez, que se hallaba en Florida 271.

Los vocales restantes eran los que vivían más lejos. Belgrano y Larrea tenían sus casas en la avenida Belgrano, que en 1810 era una calle tan angosta como el resto y se llamaba Pirán. El creador de la bandera vivió en Belgrano 430, entre Defensa y Bolívar. Belgrano, Rivadavia y Sarratea ocupaban la misma manzana. En la calle donde está el convento de Santo Domingo, es decir, en Belgrano al 300, habitaba Juan Larrea. El más alejado de todos era el sacerdote Manuel Alberti, cuyo domicilio era la iglesia de San Nicolás, en Nueve de Julio entre Corrientes y Sarmiento.

PALIZA EN LA CALLE

Don Baltasar Hidalgo de Cisneros y la Torre Cejas y Jofre vivió hasta el 24 de mayo en el fuerte, junto a su espléndida mujer, doña Inés Gaztambide y Ponce. Pero en cuanto fue desplazado tuvo que abandonar las comodidades que le otorgaba aquella investidura que le duró diez meses. Alquiló una casa en la actual calle Bolívar 553, entre Venezuela y México. Tenía con qué pagarlo, ya que continuó cobrando sus haberes, de acuerdo con lo resuelto por la Junta; incluso su sueldo superaba al de Saavedra. Pero su estadía en la Buenos Aires revolucionaria iba a ser corta.

Cisneros cerró mucho su núcleo de amistades. Solía reunirse con Antonio Caspe, Francisco Anzoátegui, Manuel Villota, Manuel de Reyes y Manuel de Velazco, integrantes de la Real Audiencia, el más alto Tribunal de Justicia de Buenos Aires. Ellos coincidían en que debía restablecerse al Virrey. Esta situación planteó cierta tirantez con el gobierno que recién había asumido. Entre el 7 y el 9 de junio tomó estado público un cruce de notas entre la Real Audiencia y la Primera Junta. Los magistrados le hacían ligeros planteos a la Junta —alguno muy sensato— que encendieron la chispa. Las repercusiones por esas notas fueron inmediatas.

Cerca de la medianoche del 10 de junio, cinco hombres con sus rostros cubiertos con pañuelos —como los actuales piqueteros—, protegidos a la distancia por un pelotón de cuatro soldados y un oficial, destrozaron los ventanales de la casa del fiscal del crimen Antonio Caspe, mientras el hombre se aproximaba a su domicilio. Le dispararon con armas de fuego y lo golpearon con sables, ocasionándole tres heridas en la cabeza. Todo fue muy rápido y los agresores se perdieron en la oscuridad. El fiscal quedó tendido en el piso, en muy mal estado, junto a la puerta. Su familia pensó que había muerto. Según expresó en un informe la víctima, su mujer se desmayó del susto, pues se hallaba “recién parida”.

A sólo tres semanas de asumir la Primera Junta, ya se topaba con una acción que ponía en juego su capacidad de controlar los hechos y las personas. A pesar de que se dijo que la agresión estuvo relacionada con el cruce de notas entre la Audiencia y la Junta, algunos atribuyeron la brutalidad a otro hecho. El lunes 28 de mayo, Caspe se había presentado en el fuerte para jurar obediencia al nuevo gobierno, junto al resto de los integrantes de la Real Audiencia, del Consulado, del Cabildo y de otros organismos (el obispo Lué y Riega, como recordarán, se excusó de participar). El fiscal llamó la atención por haber acudido al acto con un escarbadientes en la boca. No fue el único imprudente. Otro de los tribunos, Manuel de Reyes, “hizo ostentación de limpieza de uñas durante la ceremonia”, según un informe que publicó el nuevo gobierno.

Nadie demostró mucho ánimo de investigar el atentado del 10 de junio. Sobre todo porque Caspe prefirió no hacer la denuncia y dejar todo ahí por miedo a que se tomaran represalias contra él o su familia. A nadie pasó desapercibido el hecho de que a los violentos los había cubierto un grupo de soldados amparados en la negra noche. Fuera de los ámbitos formales, se señaló a Feliciano Chiclana (futuro triunviro) como el oficial que cubría a los embozados. El damnificado y sus compañeros de tribunal mencionaron a Domingo French y Antonio Beruti como partícipes. Entre los enemigos de la Revolución, el violento episodio se denominó “solfa Berutina”.

En el gobierno existía preocupación porque este tipo de acciones se le iba de las manos y lo desprestigiaba. Saavedra, Passo, Moreno y compañía se reunieron para debatir qué hacer. Apelaron a la Gaceta para dar su visión de los hechos. En el periódico se explicó que los ministros de la Real Audiencia habían sembrado la semilla de la discordia: que el pueblo “veía con horror en sus acciones y palabras, una semilla que produciría algún día una convulsión funesta, y en la noche del 10 de junio desfogó su cólera, por una numerosa partida del pueblo que, al retirarse a su casa el señor fiscal Caspe, acometió a su persona dándole una formidable paliza”. Pero además de publicar su postura, la Junta tomó una decisión.

El 22 de junio de 1810 por la noche dos soldados llegaron hasta la residencia de Cisneros y le pidieron que se dirigiera al fuerte ya que los integrantes de la Junta de Gobierno querían tratar asuntos referidos a la situación en España. El ex virrey comunicó que en breve asistiría. Le respondieron que lo aguardarían para acompañarlo. Con uno de sus mejores trajes se presentó ante las nuevas autoridades. Lo mismo ocurrió con los ministros de la Real Audiencia, cuyo peso institucional es equiparable al de nuestra Corte Suprema de Justicia. Una vez que estuvieron todos en una sala del fuerte, aparecieron Matheu y Castelli. El último, sin preámbulos ni palabras suaves, les comunicó que estaban todos detenidos. Mientras les informaban de su condición de reos por intriga y su extradición a las islas Canarias, un grupo de soldados comandados por Juan Ramón Balcarce ingresó a apresarlos. Los subieron a dos carruajes rodeados de húsares. Balcarce viajó en el estribo del coche que transportaba a Cisneros. Los condujeron al muelle y los embarcaron. Caspe llevaba vendas en la cabeza. Las heridas estaban abiertas aún.

Inés Gaztambide de Cisneros se enteró por un criado de que a su marido lo habían embarcado. Esa noche le escribió una esquela a Saavedra en la que le decía: “La precipitación con que se llevaron a mi marido no dio lugar a que le pusiese en el baúl más que tres o cuatro camisas. Si es que hay aún oportunidad para remitirle un baúl con lo preciso, he de merecerle a Vuestra Excelencia me lo avise y me franquee proporción para remitírselo. Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años. Buenos Aires, 22 de junio de 1810. Inés Gaztambide de Cisneros”.

La última virreina no recibió respuesta —al menos oficial— y vivió días de zozobra porque no le informaban con claridad qué había ocurrido con su marido ni adónde estaban llevándolo. Escuchó, como todos, la clásica salva de quince cañonazos que solía despedir al barco en donde viajaba un virrey que partía.

Inés Gaztambide no tardaría en abandonar Buenos Aires. El único mueble que cargó fue la cama matrimonial. El resto lo dejó en manos de José Santos de Inchaurregui, amigo de la familia, para que los vendiera.

¿Qué dejó Cisneros al partir? Un coche grande que le había regalado el Cabildo de Buenos Aires cuando se hizo cargo del Virreinato, también una berlina, cuatro docenas de sillas (eran de tres juegos distintos), un costoso sillón con espaldar, dos sofás, dos mesas de sala, un ropero, un armario de comedor de caoba (al que le faltaban las llaves), fuentes de loza para baño, dos catres de cuero, dos esteras, varios cueros de alpaca, zorro y zorrino, seis globos de cristal para velas (dos estaban deteriorados), un farol roto, más el pardo Mariano, esclavo del virrey, que compró por trescientos pesos Pedro Antonio Cerviño.

Los Hidalgo de Cisneros se reencontraron en Cádiz. Sus años finales los pasaron en Cartagena, la ciudad natal del exiliado. Allí murió don Baltasar en junio de 1826, cuando se apagaban los últimos fuegos de las guerras por la Independencia en América del Sud.

LA PANZA DE SATURNINA

El 25 de mayo de 1810, mientras la Junta se transformaba en la institución más poderosa del sur del continente, y su marido en el hombre más poderoso de la Junta, Saturnina Bárbara Otálora de Saavedra estaba embarazada. La panza de la señora no dejaba lugar a dudas: sólo faltaban tres meses para que naciera la criatura.

Saturnina era la segunda mujer en la vida de Cornelio. El hombre se había casado con su prima Francisca de Cabrera en abril de 1788, enviudó luego de diez años de matrimonio, y retornó a las delicias de la vida matrimonial con Saturnina en abril de 1801. Pero el embarazo de 1810 no le dio inmunidad frente a los embates de la interna política. Porque la enemistad entre Mariano Moreno y Cornelio Saavedra trascendió el mundo de los hombres, ya que en cierta oportunidad Guadalupe Cuenca de Moreno se refirió a la señora de Saavedra llamándola “esa gata flaca de Saturnina”.

A partir de la Revolución, la futura madre pasó a vivir junto a su marido en el fuerte. Y en ese mismo fuerte en donde discutían Cornelio y Mariano tuvo lugar el parto, el 15 de agosto de 1810. La partera anunció que Saturnina había dado a luz un varón. Pocos días después, en la iglesia de San Nicolás (se hallaba en las actuales Nueve de Julio y Corrientes, a un costado del Obelisco), el vástago fue bautizado por un miembro de la Junta, el sacerdote Manuel Alberti. Su padrino fue otro de los vocales, el comerciante Juan Larrea. ¿Se le dio el nombre de Cornelio? ¿Saturnino, tal vez? ¿Juan, como su padrino? No, el hijo de Saavedra se convirtió en tocayo del enemigo de su padre. Se llamó Mariano.

Otra historia hubiera sido si el niño hubiese nacido un día antes o un día después, ya que el 15 de agosto, día en que el cristianismo celebra la Asunción de la Virgen María, era usual que el varón llevara entre sus nombres el María o bien Mariano —relativo a la Virgen María— al ser bautizado.

LA RULETA

En medio de los cambios de gobierno entre el Virreinato y la Primera Junta, José Calvimonte y Núñez intentaba mantener a flote su negocio de la rueda de la fortuna o roleta, que no es otra que la conocida ruleta. Calvimonte Núñez era un veterano de guerra que había quedado lisiado durante las Invasiones Inglesas. Amparado en su desgracia, gestionó la autorización para regentear el juego. Obtuvo el permiso, pero recibió un inesperado ataque de otro vecino, quien lo acusó de haber conseguido la licencia a través de amistades influyentes en el poder. Luego de un enjuiciamiento poco cristalino, José fue detenido en 1809 y se le incautaron bienes. El nuevo Cabildo —asumido el 1 de enero de 1810, y que reemplazaba al que lo había encarcelado— ordenó su liberación luego de tres meses y también resolvió que se depositaran en las cuentas del Estado los 378 pesos que se le habían cobrado de multa. No iban a ser devueltos, serían utilizados para gastos de guerra (en ese caso, por si hicieran falta para combatir a Napoleón).

La taba se dio vuelta el 25 de mayo. Era la oportunidad de Calvimonte y Núñez para hacer una nueva petición. Aunque tampoco esta vez tuvo suerte. El 28 de junio de 1810 Saavedra y Moreno firmaron el documento en el que rechazaban el pedido. Lo que sí les pareció sensato a comienzos del año siguiente fue blanquear y estatizar el juego de la ruleta. Al quedar en manos del Estado, se suponía que muchos de los jugadores empedernidos que provenían de familias de alcurnia abandonarían el vicio para no ser reconocidos ingresando a ese tipo de lugares. Incluso podría apostarse —¡qué, si no!— un par de guardias en la puerta para que no franquearan la entrada a aquellos que demostraban haber perdido el control por el juego. Pero, sobre todo, se trataba de un recurso para recaudar. La endeble economía de la Revolución se sacudía ante cualquier movimiento. Una vez más se pensaba en la ruleta como un medio útil para financiar los gastos de guerra.

El mantenimiento de la casa de juegos se haría mediante la retención de una parte de las ganancias de los jugadores afortunados. A ese tributo en aquel tiempo se lo llamaba con un nombre que hoy es más que conocido: coima. Lo que nos permite inferir que también las coimas financiaron la Guerra de la Independencia.

GLOBO CENTINELA

Miguel Colombise era un relojero holandés que se instaló en Buenos Aires en 1808, cuando aún era muy limitada la cantidad de relojes que circulaban por la capital del Virreinato. De todas maneras, la escasez de trabajo no le quitaba el sueño porque su mayor anhelo era crear un sistema seguro de vuelo. En aquel tiempo el mundo comenzaba a experimentar con globos aerostáticos. Pero Colombise había logrado, luego de trabajos iniciados en Ámsterdam, proseguidos en París y culminados en Buenos Aires, dotar a los globos de un timón para que no volaran a la deriva. Es decir, no un globo cualquiera, sino uno dirigible.

A comienzos de 1809 le había escrito al virrey Liniers un informe con pormenores acerca de su invento y le explicaba que sería muy útil, tanto para avistar desde las alturas a probables enemigos que quisieran invadir Buenos Aires —como lo habían hecho los ingleses en 1806 y 1807—, como también para viajar a otras ciudades con comunicaciones de urgencia. Según Colombise su aparato podía navegar por el aire a una velocidad de setenta kilómetros por hora (él dijo: “caminar a lo menos un cuarto de legua por minuto”).

Liniers rechazó el proyecto y Colombise, luego de buscar suerte en Santiago de Chile, se instaló en Mendoza por motivos de salud. Allí se enteró de que una junta revolucionaria había asumido el mando en Buenos Aires. Se apresuró a escribir a los integrantes del nuevo gobierno para explicarles que tiempo atrás Liniers había rechazado un proyecto que con seguridad les interesaría. Informó que disponía de un par de prototipos a escala reducida que él mismo había elaborado. Solicitaba cuatro mil pesos y aseguraba que con ese dinero armaría en tres meses un aerostato esférico impulsado por remos y dirigido por un timón. Con la esperanza de ser oído esta vez, aguardó una respuesta. Pero ésta nunca llegó.

¿Acaso la Primera Junta no recibió la carta del inventor? Sí, y no sólo eso: la leyó y trató el tema. Fue el 6 de agosto de 1810, cuando la mayor preocupación de Mariano Moreno era encontrar al rebelde Liniers y “arcabucearlo”. El secretario de la Primera Junta ordenó archivar el pedido de Colombise (menos mal, porque de no haber sido así, esta historia se hubiera perdido para siempre). Lamentablemente, no interesó.

Al pie de la carta del relojero, Moreno hizo constar la siguiente frase: “Se descubre un proyectista que, para calificarlo de muy malo, no se necesita más prueba que la que el señor Liniers despreció el proyecto”.

El mismo día que la Junta rechazaba el dirigible, Liniers era tomado prisionero en Córdoba.

El aerostato de Colombise es considerado el primer invento argentino.

LA BIBLIA Y EL CALEFÓN

La Gaceta de Buenos Aires fue un claro medio de comunicación oficialista. El punto décimo del capítulo inicial del Plan de Operaciones redactado por Moreno decía que “la doctrina del Gobierno debe ser con relación a los papeles públicos muy halagüeña, lisonjera y atractiva” y que “la semana que haya que darse al público alguna noticia adversa”, debe ordenarse “que el número de gacetas que hayan de imprimirse sea muy escaso, de lo que resulta que siendo su número muy corto, podrán extenderse menos, tanto en lo interior de nuestras provincias, como fuera de ellas”.

Ediciones más, ediciones menos, la Gaceta no estaba al alcance de todos porque muchos no sabían leer y otros que sabían no tenían la costumbre de comprar un periódico. Esta falta de hábito aminoraba el efecto que deseaba provocar la Junta con sus comunicaciones. Por lo tanto, le solicitaron al obispo Benito Lué que “como los sólidos fundamentos en que se apoya la instalación de esta Junta tal vez son desconocidos en muchas partes de la campaña de esta jurisdicción (es decir, más al oeste de la actual avenida Entre Ríos o Callao), por falta de educación de sus moradores y la miseria en que viven, espero que VSI se sirva expedir circulares a los curas de las diócesis para que en los días festivos, después de misa, convoquen la feligresía y les lean la Gaceta de Buenos Aires”. Es decir: misa, lectura de la Biblia, fin de la misa, lectura de la Gaceta.

DISGUSTO FATAL

Existen algunas consideraciones que permiten ver en Manuel Alberti a un vocal distinto. Fue el único sacerdote de la Primera Junta. De los nueve miembros, sólo tres tuvieron algún protagonismo en las Invasiones Inglesas: Saavedra, Belgrano y él. Cumplió años a los tres días de haber asumido el gobierno revolucionario. Pero, además, ése sería su último cumpleaños: fue el primero de los nueve en morir.

Manuel Maximiliano Alberti nació en Buenos Aires —en San Telmo— el 28 de mayo de 1763. Sus padres habían sido quienes donaron la mayor parte del terreno de las calles Independencia y Salta para la instalación de la Santa Casa de Ejercicios Espirituales. Ése era el lugar donde padres y maridos enviaban a las mujeres rebeldes. Si bien el edificio se mantiene en pie hasta hoy, por supuesto ya no cumple esas funciones.

Después de ordenarse sacerdote, y tras varios años de trabajos espirituales, Alberti mostró las agallas en su diócesis de Maldonado, en la hermana Banda Oriental, durante la Primera Invasión Inglesa de 1806. Los británicos se apoderaron del territorio y Alberti se transformó en el líder de la resistencia. Enviaba cartas con información precisa acerca de los pasos del enemigo: que se habían llevado la cal depositada en la iglesia para construir una torre en la isla Gorriti, que habían pertrechado tal y cual calle, que la guardia activa estaba compuesta de tantos hombres… El cura le provocaba varios dolores de cabeza al destacamento inglés en Maldonado. Terminaron expulsándolo del pueblo para librarse de él y su espionaje.

Una vez terminada la confrontación, el inesperado héroe de las Invasiones recibió un nuevo destino. Regresó a Buenos Aires y se hizo cargo de la iglesia de San Nicolás (donde iba a bautizar al hijo de Saturnina y Cornelio Saavedra). Pero las cuestiones seculares volvieron a demandarlo. Alberti fue uno de los veintisiete sacerdotes que asistió al Cabildo Abierto del 22 de mayo.

Uno de sus hermanos —y tocayo—, Manuel Silvestre Alberti, firmó el petitorio que intimaba la formación de la Junta presidida por Saavedra. En el desapacible viernes 25 de mayo, el padre Alberti se corrió hasta la casa de Azcuénaga (ya dijimos que vivía frente a la plaza), desde donde siguió con varios patriotas la marcha de los acontecimientos. Allí supo de su nombramiento.

El desempeño de Alberti en esos años tuvo sus contrastes. Fue el único ausente en la reunión donde se resolvió ejecutar a los contrarrevolucionarios en Córdoba (Liniers y compañía). Asimismo, en las duras instrucciones impartidas a Juan José Castelli al mando de la expedición al Alto Perú, el padre Manuel refrendó el documento, pero aclaró al lado de su rúbrica: “Firmo los anteriores artículos con exclusión de los de pena de sangre”.

Por otra parte, las tensas relaciones con el obispo Benito Lué y Riega lo colocaron en un lugar muy incómodo. Sin embargo, los grandes problemas surgían por las disputas internas. Alberti mantuvo una relación tirante con Saavedra; los cortocircuitos comenzaron a partir de la polémica incorporación de los diputados de las ...