Loading...

INCENDIO DE IDEAS

Marcos Aguinis

0


Fragmento

PRÓLOGO

El fuego ilumina, calienta y venera en cobijos, ceremonias y templos. También destruye. Su extrema ambivalencia equivale a la ambivalencia de la humanidad. No existiríamos sin él. Y podríamos dejar de existir cuando le fallen los límites.

Las ideas son comparables con el fuego. Algunas alcanzan notable intensidad y trascendencia, otras ondulan débiles o se tornan caducas. Fuego e ideas conforman los robustos pilares del Paraíso terrenal, único al que tenemos acceso. Prenden con un chispazo que, a menudo, es inconsciente. Determinada circunstancia opera de yesca y genera la llama o llamarada de una idea a la que se debe alimentar para que ilumine, caliente o venere, como dije en la primera línea. O no, si provoca rechazo.

Las bellezas o atrocidades naturales se han enriquecido con el oleaje impetuoso del espíritu, que generó el advenimiento del arte y la olímpica aventura de las ciencias. Más, desde luego, el ímpetu de la solidaridad, el esfuerzo por comprender y la pulsión de zambullirnos en la hondura de los misterios.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Los conflictos estimulan el pensamiento. Las paradojas a menudo irritan, pero constituyen un alimento prodigioso de la mente. Recordar y olvidar, comparar o reducir desarrollaron las infinitas habilidades culinarias de nuestras neuronas.

A lo largo de años, en el diario La Nación, la Revista de Psicoanálisis y otras publicaciones argentinas o extranjeras fui vertiendo reflexiones, angustias, esperanzas, admiración, respeto, malestar y propuestas, con el anhelo de obtener la luz de ideas que me iluminen y, también, contribuyan a la iluminación de otros, quienes las ampliarían, mejorarían o convertirían en cenizas. Mediante ese fuego nos comunicamos y tenemos la posibilidad de ser mejores. No siempre. Pero sí a menudo. Algunos párrafos parecerán viejos, pero testimonian el camino andado. Por eso los dejo tal como aparecieron en las especiales circunstancias de entonces. Son parte de la historia. Y la historia es útil cuando los rasgos mundiales se complican, como está sucediendo ahora con huracanada intensidad.

Finalmente, agradezco a mi Editorial haber seleccionado los textos que consideraron propicios para construir este libro.

MARCOS AGUINIS

PRIMERA PARTE
PENSAR EL MUNDO

PENSAR LA ARGENTINA

El Gandhi de la política argentina

Hace medio siglo, cuando un matón de las Fuerzas Armadas que ignoraba las instituciones de la democracia —como es el caso de millones de argentinos antes y ahora— irrumpió en la Casa de Gobierno a la cabeza de otros forajidos para expulsar al presidente de la Nación llamado Arturo Illia, éste, con hidalguía ejemplar le reprochó: “Soy el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y usted un vulgar faccioso que usa sus armas y soldados para violar la ley”.

Pusieron fin a uno de los gobiernos más limpios y progresistas del siglo XX. A partir de ese instante la Argentina fue absorbida por un torbellino que la empujó hacia una decadencia que aún nos cuesta remontar.

Arturo Illia nació con el siglo, en 1900, en Pergamino. Se recibió de médico en la Universidad Nacional de Buenos Aires, donde inició su pugilato político mediante un abierto apoyo a la Reforma Universitaria de 1918. Su desempeño suscitó el interés del presidente Hipólito Yrigoyen, quien le recomendó mudarse al pueblo de Cruz del Eje, al noreste de Córdoba, para atender a los miles de obreros que trabajaban en sus talleres ferroviarios.

Para mantenerse actualizado en su desempeño, viajaba a menudo al Hospital Español de la capital de la provincia. Encontraba tiempo para asistir también a reuniones políticas. En pocos años sus pacientes se convirtieron en legión. No se limitaba a recibirlos en su estrecho consultorio o atenderlos en los dispensarios, sino que hacía preparar los remedios en las farmacias (entonces no abundaban los específicos) y los llevaba personalmente a los enfermos que no podían desplazarse. Carecía de auto, de modo que sus viajes se hacían en bicicleta, sobre el lomo de un caballo, en sulky o a pie.

Fue uno de los primeros políticos en denunciar el fascismo de Mussolini y el nacionalsocialismo de Hitler con una claridad que produjo asombro. Su palabra serena, pero bien fundada, comenzó a resonar. En 1938 fue elegido diputado provincial. Fue el año en que se producía un avance nazi desenfrenado, con la anexión de Austria y la criminal Noche de los Cristales Rotos. En Buenos Aires tuvo lugar una ensordecedora manifestación nazi en el Luna Park, con banderas y uniformes partidarios, al tiempo que se celebraba el avasallamiento de todas las instituciones alemanas democráticas de la Argentina. Las expresiones de Arturo Illia contra la mentalidad totalitaria aumentaron su visibilidad y en el año 1940 ganó el cargo de vicegobernador de Córdoba.

El mundo caía bajo la seducción del fascismo. El derrocamiento de Yrigoyen, ocurrido una década antes, seguía fascinando a las mentes antidemocráticas y estimuló a quienes añoraban otro golpe. La Segunda Guerra Mundial estaba aún distante de su fin. Y el 4 de junio de 1943 estalló el golpe de Estado que propiciaba un franco vuelco hacia el fascismo. Illia fue expulsado sin miramientos. El panorama político se tornó insalubre. Una marchita titulada “Cuatro de junio” debía ser cantada hasta en las escuelas, y fue la precursora de la “Marcha Peronista”. Aún recuerdo su letra y ritmo triunfal.

Desilusionado y sin recursos, Illia proyectó regresar a Pergamino. No imaginaba la reacción de la gente, porque de inmediato se expandió una popular colecta para comprarle una vivienda. Muchos años después, cuando la visité —convertida ahora en un museo— abrí el libro con la lista de los contribuyentes. Me emocionó descubrir el nombre de mi padre, que regentaba una modestísima mueblería. También miré con otros ojos su estrecho consultorio, adonde me llevaban cuando niño. Lo vi más pequeño del que atesoraba mi memoria, así como su dormitorio y comedor. Pero estaba la famosa palangana, una suerte de gorra. Allí sus pacientes depositaban los honorarios según les pareciera, y los que no podían pagar se iban con un apretón de manos. Cuando un paciente le informaba que no tenía dinero para comprar la medicina que recetaba, el doctor Illia guiñaba hacia la palangana y decía: “Lleve cuanto necesita”.

Pronto fue elegido diputado nacional. Integró el famoso Grupo de los 44. Eran fieros políticos radicales que hacían frente a los abusos del poder, con riesgo de sus vidas. Recuerdo que a veces íbamos a la estación ferroviaria para recibir a un pariente de Córdoba y encontrábamos a su esposa, que venía a esperarlo. Su trayecto incluía el tramo ida y vuelta Cruz del Eje-Córdoba-Buenos Aires. Ella le confesaba a mi madre sus temores, porque se negaba a proveerse de custodia. Cuando aparecía Illia, además de su maleta, portaba un libro en la mano. Las veces en que coincidí con él en mis traslados a Córdoba, siempre llevaba un libro que leía cuando los demás pasajeros lo dejaban descansar.

Salteo el lapso que tardó en llegar a Presidente de la Nación. El Premio Nobel Luis Federico Leloir, que no se caracterizaba por involucrarse en política, tuvo el coraje de refutar a quienes pretendieron disminuir la herencia de Arturo Illia con estas palabras: “La Argentina tuvo una brevísima Edad de Oro en las artes, la ciencia y la cultura: fue de 1963 a 1966”.

En efecto, la inversión en Educación que realizó su gobierno fue la más elevada de la historia, porque lo llevó del tradicional 12% al 23%. Puso en marcha un dinámico plan de alfabetización que movilizó recursos para todas las edades y clases sociales. Su ambición didáctica hacía recordar los afanes de Sarmiento y Avellaneda.

Conformó un gabinete con figuras brillantes, muchas de las cuales integraron después los equipos de Raúl Alfonsín. Tuvo una esclarecida visión sobre las coordenadas de la política mundial y las aprovechó con un ímpetu que parecía contradecir su espíritu pacífico. Ordenó, incluso contra la opinión de muchos consejeros, que se exportase sin ningún tipo de limitaciones. Uno de los destinos más riesgosos fue China, que arrojó buenos dividendos y no produjo choques con las potencias que preferían seguir manteniéndola aislada. Innovó como ningún otro gobierno argentino en la disputa sobre las islas Malvinas, porque consiguió que Gran Bretaña aceptase negociar su soberanía política mientras avanzaban las buenas relaciones con los isleños. Estos avances fueron demolidos por la patriotera agresión de Galtieri.

Puso en marcha una temeraria Ley de Medicamentos que lo enfrentó a poderosas corporaciones. En contra de lo pronosticado, Illia volvió a triunfar. También consiguió un nuevo Estatuto de los Partidos Políticos y eliminó las proscripciones al peronismo y el comunismo. Promulgó disposiciones contra la violencia racial.

Hizo crecer la economía como nunca antes. Ruego leer con atención los datos siguientes, aunque parezcan aburridos. El PBI, luego de un retroceso en 1963, creció más del 10% en 1964 y otro 9% en 1965. Lo mismo pasó con el Producto Bruto Industrial, que luego de un retroceso en 1963, creció un 19% en 1965. Disminuyó la deuda externa de 3.400 millones de dólares a 2.600. Hizo crecer el ingreso de los trabajadores: sólo entre diciembre de 1963 y diciembre de 1964 aumentó un 9,6%. Bajó la desocupación del 9% en 1963 al 5% en 1966. Gobernó sin estado de sitio, combatió la incipiente y sanguinaria insurgencia guerrillera con la fuerza de la ley. Fue un celoso defensor de la independencia de los poderes y de la libertad de prensa. Promovió el desarrollo de la hidroelectricidad impulsando, entre otros, el proyecto de la represa de Salto Grande.

Los evidentes éxitos de su gestión austera y dinámica eran saboteados con una hostilidad que ahora resulta increíble. Había una intención delirante por sacarlo del poder a cualquier precio, y no se entiende por qué. La prensa mejor pensante no valoraba su lúcida calidad de estadista. Vale la pena recordar que Ramiro de Casasbellas, periodista de Primera Plana que no cesaba de calumniarlo, reconoció tardíamente que “el gobierno de Don Arturo Illia no abusó un milímetro de sus poderes. Al recato de su mando lo denominamos ‘vacío de poder’; al irrestricto cumplimiento de las leyes, ‘formalidad democrática’; a la moderación ‘lentitud’; a la labor silenciosa y certera, sin autobombos ni desplantes, ‘ineficacia’; al repudio de la demagogia, ‘sectarismo’; al ánimo de concordia, ‘falta de autoridad’; y a la severa reivindicación de una doctrina nacional, popular y cristiana, ‘exigencias de comité’. Pero éramos nosotros los sectarios, los que carecíamos de autoridad”.

A veces Arturo Illia salía de la Casa Rosada para tomar un poco de aire, con nostalgia, quizás, de las sierras cordobesas. Evitaba el acompañamiento de los custodios y saludaba a quienes se acercaban. Pero ese gesto de humildad fue descalificado por una imagen que se tornó cotidiana, en la que el Presidente aparecía en la Plaza de Mayo con una paloma sobre su cabeza. Otras escapadas las solía hacer al Teatro Colón, para escuchar música clásica desde un balcón lateral, casi invisible.

En la trágica madrugada del 28 de junio de 1966 la Casa de Gobierno fue invadida por militares que, años después —algunos— manifestarían su arrepentimiento. Arturo Illia se mantuvo en vigilia para enfrentarlos. Su poder estribaba en la legitimidad de su cargo y la ética de su conducta. Los recibió con dignidad cesárea, los descalificó, los retó. Sin miramientos fue sacado a empellones del despacho presidencial. Cuando llegó a la calle detuvo un taxi y se marchó a la casa de su hermano en las afueras de la Capital Federal. Pese a la campaña de desprestigio que intentaba ensuciar su tarea, no pudo encontrarse un solo cargo de corrupción en todo su mandato, ni siquiera en alguno de sus colaboradores.

Renunció a su jubilación de Presidente y, en algunas ocasiones, se puso a trabajar en la panadería de un amigo. Vendió su auto (por fin se había comprado uno) para pagar el tratamiento de su esposa. No abandonó la política, sino que continuó frecuentando a miles de correligionarios que identificaba con nombre y apellido. Como si su trayectoria hubiese sido dibujada con detalles emblemáticos, falleció a comienzos del año 1983, cuando se recuperó la democracia. Su carácter, modestia y jerarquía moral lo convierten en el Mahatma Gandhi de la política argentina.

Elogio de la clase media

Prejuicios fósiles mantienen el desprecio por la clase media. Se la menciona con cierta vergüenza, porque no tiene límites claros y se la vincula con los rasgos mezquinos, crueles e insensibles de la pequeña burguesía bien descritos en poderosos textos de la literatura universal. Sin embargo, la realidad no es tan esquemática. Ahora sabemos que la clase media no se reduce a defectos, porque defectos tienen todos los niveles.

Ya es tiempo de enaltecer sus virtudes, especialmente las de la clase media argentina, que llegó a ser la más importante y fértil de toda Latinoamérica. Nuestro país la desarrolló de forma excepcional. Alcanzó gravitación en brevísimo tiempo, sobre un territorio infinito y bastante desertificado.

Con la Organización Nacional iniciada en 1853 empezó una corriente inmigratoria que aumentó su caudal hasta convertirse en un impresionante río y llegó a prender la alarma patriotera de quienes suponían que estaban en riesgo los pilares de la identidad nacional. No estuvo en riesgo la identidad nacional, sino el atraso asociado a envejecidas tradiciones coloniales. En pocas décadas la mayoría de los inmigrantes que arribaban con una mano adelante y otra atrás aprendieron el idioma, asimilaron costumbres y se integraron de forma definitiva. Fueron los principales protagonistas del fenómeno que engrosaba esta brumosa nueva clase, que hasta entonces había sido muy delgada. Los recién llegados no traían valijas con dinero, sino agobio por el hambre y las persecuciones. Querían aplicarse al trabajo para mejorar su vida. Engrosaban un país donde había comenzado a funcionar una Constitución inclusiva que generaba esperanza. Aumentó y coloreó la demografía del campo y las ciudades. Como resultado de la buena dirección que había tomado el país, se produjeron novedades que hicieron crujir las viejas estructuras. La Argentina crecía al galope y se iba convirtiendo en un caso que provocaba curiosidad. ¡Qué tiempos aquellos!

De una generación a otra la clase media acrecentó su volumen. Tanto en el campo como en las ciudades empezó a consolidar valores que operaron como semillas. Esos valores dieron sustento a tres culturas: la cultura del trabajo, la cultura del esfuerzo y la cultura de la honestidad. Ningún derecho se obtenía sin la correlativa obligación. Era posible prosperar, pero sólo mediante la actividad intensa. La deshonestidad era tan mal vista, que una familia dejaba de asomarse a la chismosa vereda si alguno de sus miembros cometía un delito.

No se estableció un paraíso bíblico, porque abundaron las excepciones. Pero predominaron las tres culturas mencionadas. En el optimista clima que reinaba dentro y fuera del hogar flotaba el anhelo del progreso. Una “sana” ambición, como se dice ahora, porque la ambición a secas ha comenzado a sonar como una disonancia en los últimos tiempos (debido a la hedionda corrupción). Era común el anhelo de tener una vida digna, constituir familias sólidas, educar a los hijos, gozar de la cultura, ascender. No se aspiraba a fortunas enormes, sino a las que permitiesen lograr los objetivos irrefutables (maravillosos) de la vida digna, la familia sólida, la buena educación de los hijos y un razonable progreso.

Por desgracia, esas tres culturas empezaron a ser derruidas a partir del segundo tercio del siglo XX. La cultura del trabajo fue reemplazada por la de la mendicidad, la cultura del esfuerzo por la del facilismo y la cultura de la honestidad por la del delito. Lo revela con una elocuencia insuperable el tango Cambalache compuesto en 1935, hace más de ochenta años. Tiene estremecedora vigencia.

Todavía resuena la burla que entonces se hacía a los inmigrantes analfabetos que se apuraban por tener un “hijo dotor”. Pese a las dificultades de todo orden, los tuvieron, y en cantidad. El estudio era un dato cotidiano, infaltable. Todos los niños debían ir a la escuela y una gran parte luego pasaba a establecimientos técnicos o colegios secundarios. ¡Hasta en el servicio militar se debía educar a los conscriptos! Al mismo tiempo, crecieron las universidades con profesionales, docentes e investigadores que asombraron al planeta y hasta obtuvieron premios Nobel. Era una legión de individuos admirables que, en su mayoría, por supuesto, se originaba en la clase media.

En aquella época se aplaudía la tenacidad. No se concebía consolar al que quedaba abajo haciendo descender al que llegaba arriba, porque significaba igualar hacia la fosa y quitar incentivos (nefasta política establecida más adelante). No se le tenía miedo ni desconfianza a la competencia, porque elevaba los resultados del conjunto. Era una mirada opuesta a la que vino después.

Los docentes estaban bien pagados. Eran “maestros” de verdad, no simples y aburridos “trabajadores de la educación”. Recibían un gran respeto por parte de los alumnos y sus padres (no era concebible que sufrieran las agresiones que algunos padres se han permitido en los últimos tiempos). Tampoco hacían huelgas. Desempeñaban roles centrales en la vida social. Como parte de esa obsesión por el estudio brotaron centenares de bibliotecas públicas, pagadas, cuidadas y ensalzadas por la misma gente. Se multiplicaban los escritores, periodistas, dramaturgos y talentos artísticos en las bellas artes, la música y el teatro. Era una primavera larga, con los altibajos de la adolescencia que caracteriza a ese período.

En lugar de descalificarla —como hacen ideólogos arcaicos—, deberían desplegarse los proyectos que contribuyan a convertir la clase media argentina en el lugar hacia donde se afanen por integrarse quienes sufren pobreza y desconsuelo. No es la clase media la que tiene que achicarse, sino la clase pobre y desposeída, que ya supera la mitad de nuestra población.

Los profesionales no obtienen una retribución equitativa a sus méritos. La educación declina. Ni una sola de nuestras universidades se menciona en el ranking de las cien mejores del mundo. Las certeras bofetadas del tango Cambalache no son tenidas en cuenta para superarlas. A la inversa, parecieran haberse convertido en una guía de mucha gente, en especial los versos que dicen “el que no roba es un gil” y “todo es igual”.

No todo es igual, aunque hacia allí impulsa un igualitarismo utópico que descalifica el trabajo, no honra al esfuerzo, calumnia la competencia y defiende a los corruptos.

Un grueso sector de la clase media está compuesto por las Pymes. No es frecuente escuchar que se las tenga debidamente en cuenta. Son las proveedoras de muchísimos puestos de trabajo. En ellas se ejercen la imaginación y el músculo. No viven de la limosna ni de los subsidios. Funcionan en las ciudades grandes y pequeñas, en el campo y en los lugares más alejados del país. Pero sufren una impiadosa extorsión impositiva. El dinero que se les quita no se dirige a obras de infraestructura ni a una mayor eficiencia del Estado, sino para mantener un Estado elefante, voraz, ciego, irracional y caprichoso, que desperdicia sus riquezas en burocracia, amigos, ñoquis y punteros.

La clase media parece condenada hoy en día. Durante el “rodrigazo” se publicó a doble página en el entonces diario La Opinión un artículo cuyo título se hizo famoso: “Réquiem para la clase media”. Fue acertado. La clase media declinó tanto que ya ni es atractiva para los que buscan conseguir votos.

Hasta los niños deben recurrir a una mendicidad que retuerce las vísceras, al trabajo en negro, a trabajos temporales, a ser cartoneros, o acróbatas junto a los semáforos, o rendirse al consuelo letal de las drogas. Muchos ni saben cuáles fueron las virtudes de una clase media boyante. El maldito populismo que envenena necesita de muchos pobres para sobornarlos y obtener su voto. Los publicitados planes sociales no resuelven problemas, porque sólo anestesian la rabia. No sería lógico negar la importancia de la anestesia. Pero una anestesia sólo debe aplicarse para curar en serio. Crece una pobreza marginal que se amontona en los suburbios y padece graves conflictos. Es una masa que no ve el horizonte. En síntesis, es hora de recuperar el orgullo por ser miembro de la clase media que hizo grande a la Argentina, destacar sus valores, empujar hacia ella, brindarle apoyo y conseguir que vuelva a ser la vanguardia de un progreso sustentable.

¡Avivato y Gilón, un solo corazón!

Año 2007 – Para entender la psicología nacional argentina.

Hemos dejado de ser un país que había elegido la irrelevancia —por ser imprevisible—, para convertirnos en un país que provoca risas, por la cantidad de giles que lo habitan. ¡Qué dolor!

Nuestro humor gráfico creó un personaje ruin bajo la inspiración de Lino Palacio, cuyo nombre era Avivato. Representaba la famosa “viveza criolla” o argentina o como quiera llamársela. Supongo que pronto nacerá su contraparte de historieta, el Gilón, que en cordobés básico significa “gran gil”. Ambos sobran en todas partes. Además, se complementan.

Avivato no podía triunfar si no contaba con un gran Gilón que cayese en sus trampas. La viveza, o picardía, o piolura, o cinismo gracioso, o mala leche divertida, hace tiempo que empezaron a formar parte de nuestra compleja identidad, sin que intentemos erradicarla. Ello se debe a que la consideramos una virtud. Expone las habilidades y daños que podemos ejercer con bastante impunidad. Juega con equívocos, hace reír, produce llanto, convence, distrae, resuelve o humilla. Depende de las circunstancias y las motivaciones, desde luego. No se trata de una cualidad (como suponen quienes la ejercen), sino de un defecto que merece palos. Su humor y sus consecuencias son gravosas para la sociedad. A largo plazo, nos hunde en la tragedia y el hazmerreír. No le importa perjudicar al prójimo, sea un individuo o un colectivo, con tal de ganar tiempo o un aplauso.

Avivato (y cualquier vivo de su calaña) se considera más inteligente e importante de lo que en realidad es. O necesita considerarse más inteligente e importante para ocultar su limitada consistencia. Va al frente de modo temerario. Si las cosas le salen bien, redobla la apuesta. Si mal, le echa la culpa a otro. Jamás admite una flaqueza, una equivocación, una derrota. Todo lo sabe y todo lo puede. Para demostrarlo miente, deforma, incurre en contradicciones. No importa. Sólo quiere ganar, aunque sean mendrugos.

Su audiencia son los giles, ese mar de argentinos que lo escuchan y le creen. O el gran Giiiiiilón, en la querida tonada cordobesa. El vivo, aun antes de que naciera Avivato, había producido muchos sinónimos: piola, canchero, rompedor, madrugador, púa, rana, pierna... Consiguió infiltrarse en todos los recovecos de la vida social, pero se mantuvo algo distante de la política, que es un terreno resbaloso. Ahora se ha metido en ella con todo, hasta las amígdalas.

Su experiencia le ha demostrado que gana el más rápido, por lo tanto no se demora jamás. No se permite dejar en manos de un tercero la iniciativa. Y tampoco perder la cara de ángel, o de puro, o de confiable. Para eso necesita golpear con dureza a alguien que se llama punto. Instalar en él la culpa, la torpeza, la maldad, la idiotez.

¿Qué o quién es el punto? Alguien que no está preparado, avisado ni en condiciones de responder.

Otro rasgo notable de Avivato y su cohorte de discípulos se llama la barra, desde hace mucho.

¿Qué o quién es la barra? Es el auditorio que celebra los exabruptos, disparates o acusaciones del vivo. Si no hubiese barra, el vivo cerraría la boca. El vivo quiere ser escuchado, acompañado y aplaudido por la barra, compuesta por innumerables giles y giiiiiilones. De esa forma se siente seguro en el escenario o frente a un atril con micrófono. La barra sólo escucha y celebra. Al vivo le gusta representar lo que es y no es, y proyectar en el punto sus ocultadas fallas. Si el vivo padece una minusvalía, o comete un error o cae en alguna trampa, las coloca sin escrúpulos sobre los hombros del desconcertado punto. Aunque el punto sea ajeno a esos vicios, la barra celebra igual. Y con esto el vivo ha logrado su triunfo.

Tanto se valora en nuestra magullada sociedad argentina al vivo y sus procedimientos, que se considera una debilidad imperdonable carecer de su virtuosismo defraudador. Por eso, desde hace décadas se asegura en la Argentina que “el que no es vivo es un gil”. Sacar ventaja lo convierte en un ventajero, lo cual no merece una sanción, sino una medalla, o al menos la impunidad. Ser ventajero no está mal entre nuestros (dis)valores. Está mal perder, no aprovecharse de una situación privilegiada, porque eso es propio de giles. De ahí la cantidad de anécdotas sobre argentinos, que dentro y fuera de nuestro país, se dedican a “reventar” tarjetas ajenas, robar toallas de los hoteles, “pinchar” teléfonos, “clavar” garantes, transgredir sin pausa y festejarlo como una victoria en los asados o la mesa de un bar.

¿Por qué el vivo —o su personaje Avivato— han conseguido tanto éxito en la Argentina? Porque aquí no se cree en la majestad, rapidez ni eficacia de la justicia. La ley es un elemento que fastidia, un obstáculo que se debe sacar a patadas. ¿Qué es la ley, sino una piedra en el zapato, un límite que nos quiere prohibir algo como joder al prójimo y burlarnos de quien se rompe para acumular esa cosa podrida llamada mérito?

¿La honestidad? ¡Puáh! Palabra de tarados. “Nadie” con dos dedos de frente la practica. ¿Por qué insistir en semejante antigualla? ¿No se asegura que “todos” roban? ¿Que “todos” violan la ley? ¿Que el que no afana es un gil? ¿Que roban pero hacen?

El vivo aparenta conocimientos, seguridad, picardía infinita, insuperables reflejos para retrucar y aplastar. No lo acosan sentimientos de culpa. En el lenguaje técnico es un psicópata. Pero ese diagnóstico no llega a las masas manipuladas (u otros vivos interesados), que actúan de barra. Al vivo le obsesiona demostrar que es el más vigoroso y hace morder el polvo a quienes osan ponérsele delante. Jamás pide disculpas. No se mostrará flojo ni aunque se hunda el piso bajo sus pies. Y si se hunde, no cesará de gritar que “otros” son los culpables.

Tampoco es un exitoso, sino un exitista. Este aspecto se ha extendido a millones de compatriotas, por desgracia. Se caracteriza por carecer de visión a largo plazo. El exitista anhela resultados inmediatos, se ocupa del momento. Esta característica es el meollo del programa y el recurso del populismo. Su vida es una sucesión de coyunturas. El verdadero exitoso, en cambio, anhela proyectos grandes, mira a los lejos. En otras palabras, entre el exitista y el exitoso aúlla el abismo que hay entre una gran persona y un ser diminuto, que cuando se le dé vuelta la suerte, será motivo de olvido o desdén. La Argentina, por ser exitista y no exitosa, ha hipotecado la débil esperanza que el ...