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INVASORES

Alejandro Agostinelli

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Fragmento

Destino: la Tierra

por Daniel Riera

Imaginemos que un extraterrestre está leyendo este libro. Que cada lector elija el biotipo extraterrestre que más le guste. No importa, en este caso, cuál es la apariencia física del extraterrestre, ni su planeta de origen, ni el carácter pacifista o guerrero de sus intenciones. No importa cómo se alimenta, en el caso de que precise alimentarse, ni cómo copula, en el caso de que lo haga, ni cómo funciona su aparato excretor, en el caso de que lo tenga. No importa el diseño de sus naves espaciales ni tampoco la tecnología que las impulsa. No importa adónde está leyendo este libro: si en su planeta, si a bordo de su nave o en la base que, como todo el mundo sabe, los extraterrestres tienen en Roswell. Lo único que importa, en este caso, es que es un extraterrestre y que está leyendo este libro. Es indudable que éste será un libro imprescindible en toda biblioteca extraterrestre, y no lo digo por sus historias sobre extraterrestres: al fin y al cabo, todo extraterrestre más o menos informado las conoce o al menos ha oído hablar de ellas. Es indudable, decía, que éste será un libro imprescindible en toda biblioteca extraterrestre, porque éste es un gran libro sobre seres humanos. Y si ellos, los extraterrestres, planean visitarnos, o bien en son de paz, o bien para invadirnos, este libro puede resultarles muy útil para conocernos.

Recibe antes que nadie historias como ésta

La materia prima del trabajo de los buenos periodistas —y Alejandro Agostinelli es uno de los mejores que conozco— son las personas, y no la política, la economía, los deportes, el arte, la ciencia o los extraterrestres. Los buenos periodistas terráqueos no olvidan jamás que cada episodio que describen, cada historia que cuentan, trata sobre seres humanos.

En octubre de 2002, el maestro Ryszard Kapuscinski dictó un inolvidable seminario en la Argentina, cuyo contenido completo fue recogido en el libro Los cinco sentidos del periodista. Kapuscinski dijo, entonces, lo siguiente:

El periodismo, en mi opinión, se encuentra entre las profesiones más gregarias que existen, porque sin los otros no podemos hacer nada. Sin la ayuda, la participación, la opinión y el pensamiento de otros, no existimos. La condición fundamental de este oficio es el entendimiento con el otro: hacemos, y somos, aquello que los otros nos permiten. Ninguna sociedad moderna puede existir sin periodistas, pero los periodistas no podemos existir sin la sociedad.

De allí se deriva que una condición fundamental para ejercer este oficio consiste en ser capaz de funcionar en conjunto con los otros. En la mayor parte de los casos nos convertimos en esclavos de situaciones donde perdemos autonomía, donde dependemos de que otro nos lleve a un lugar apartado, de que otro decida hablarnos acerca de aquello que estamos investigando. Un periodista no puede ubicarse por encima de aquellos con quienes va a trabajar: al contrario, debe ser un par, uno más, alguien como esos otros, para poder acercarse, comprender y luego expresar sus expectativas y esperanzas.

Escuchar a los demás. De eso se trata. Y escuchar con atención y respeto. Aprender de los demás. Con o sin extraterrestres en el medio. Dos hermanos extrañan a su padre muerto; un padre pierde a su hija y sobrelleva el dolor como puede; una mujer se cansa de la rutina de la ciudad y del marido y se marcha lejos, acompañada por su hija; otra mujer se enfrenta a la imposibilidad de tener un segundo hijo; una barra de amigotes se divierte como puede. Los problemas de la gente que ha visto platos voladores, ha conversado o ha hecho el amor con extraterrestres se parecen mucho a los problemas de los que no hemos tenido esta clase de experiencias. Y todos queremos saber por qué nos pasa lo que nos pasa. Sobre todo cuando nos duele.

Alejandro Agostinelli ha dedicado buena parte de su vida a investigar este tipo de casos: me consta que podría escribir veinte libros tan buenos como este sin repetir una sola historia. Como lector, deseo que lo haga. En el principio fue un ufólogo crédulo, como algunos de sus entrevistados; luego, un militante del escepticismo, como aquellos refutadores de leyendas que Alejandro Dolina inmortalizara en sus Crónicas del Ángel Gris. Durante su paso por ambos lados del mostrador, Agostinelli descubrió que cuanto más lo apasionaba la casuística extraterrestre, más se afirmaba en nuestro planeta y en los seres que lo habitan. Comenzó a preguntarse, entonces, por qué ven a los extraterrestres aquellos que los ven, por qué deciden alzar sus ojos al cielo para verlos y por qué, finalmente, encuentran lo que buscan. De esa maravillosa materia está hecho Invasores, concebido y escrito para que lo disfruten los lectores de todo el universo, pero, sobre todo, los que residen en la Tierra.

Ward y los Kandinski

por Pablo Capanna

A punto de cambiar la ciencia ficción por una realidad mucho más loca para consagrarse entre los grandes escritores del siglo, J.G. Ballard se sintió tentado de escribir un cuento de ovnis. Releído muchos años después, cuando el mito ovni creció, mutó y sufrió raras hibridaciones, aquel cuento de 1962, “Los cazadores de Venus”, se ha vuelto aun más sugestivo. Al punto que goza de plena vigencia en la Argentina, como se verá en este libro.

Cuando Ballard llamó “Kandinski” a su protagonista, no sólo pensaba en el pintor ruso. En esos años, era obvia la referencia a George Adamski, el hombre que diez años antes había tenido un supuesto encuentro con los enviados de Venus.

El Kandinski del cuento no es un chiflado ni tampoco un embustero. Es un personaje complejo, con una cultura aluvional y algo de talento. Trabaja como mozo en un bar, pero está tan profundamente convencido de tener una misión profética que se compara con el apóstol Pablo. Para su desgracia, los hechos parecen desmentirlo a cada rato. Un científico lo desautoriza en público, cuando muestra que no sabe cuántos satélites tiene Urano. Algunos dicen que las huellas de la nave espacial las había trazado él mismo y que sus fotos de platos voladores fueron hechas con ventiladores y discos de embrague. Nadie lee sus libros y a sus conferencias sólo van algunos curiosos.

Cuando todos parecen huir de él, aparece el astrónomo Ward. Intrigado por tanta obstinación, Ward se encandila con su figura y casi comienza a creerle. En el momento culminante, cree tener la misma visión que Kandinski: una enorme nave del espacio que se hunde en la arena justo un instante antes de que pueda fotografiar la. Luego, recupera la compostura y vuelve a su escepticismo profesional. En este libro hay una multitud de Kandinski; los hay proféticos, tiernos e ingenuos. Pero todos parecen contagiar certeza.

Aquí, el papel de Ward lo hace el autor, como verdadero baqueano de estas zonas de la cultura. Nadie como él es capaz de exhumar historias enterradas, que a todos los efectos mediáticos parecen haber prescripto, no sin dejar el rastro de una vaga leyenda. Sus explicaciones suelen llevarnos a pensar en cosas tan simples como las que nunca se nos hubieran ocurrido.

En esta feria de lo insólito evoca epopeyas, como esa caravana de cinco mil personas que acudió a la laguna de Chascomús para ver aterrizar una flotilla de platos voladores, o aquel raro cónclave de ingenieros y espiritistas que invocaron el contacto en la cumbre del Kavanagh. Visitamos una suerte de museo alienígena, donde custodian reliquias venidas del espacio, y una pirámide de regular tamaño donde oficia un increíble profeta.

Aquí pasamos revista a esos aludes que echan a rodar los medios, en las temporadas en que arrecia la sequía informativa. Nos enteramos de cómo fue posible que una película con Minguito y Portales y la puerta rayada de un viejo Chevy dieran origen a leyendas que siguen rodando por el mundo, muy lejos de estas tierras que las vieron nacer.

No faltan las vacas destripadas y hasta un celular arrebatado hacia el espacio. Hay un aquelarre de chupacabras, duendes, enanos grises y verdes, lobizones y hasta algún ratón hocicudo. Casi no hay violencia, pero sí algo de sexo alucinatorio.

En estas historias también se cuelan nombres famosos, como Pinochet, Trujillo, Perón, Onganía, Alfonsín, Menem, Duhalde… Hasta podemos descubrir las insospechadas ramificaciones galácticas del peronismo, por si faltaban pruebas de su extrema versatilidad.

Toda una cantera de datos que está esperando a los antropólogos. Y también a los lectores habitualmente ajenos a estos temas, quienes no dejarán de recordar más de un misterio de esos que nadie se tomó el trabajo de explicar. Estamos en una región poco frecuentada del mundo en que vivimos, donde experiencias a priori incomprensibles invitan a muchos a dejarse invadir por la credulidad.

Lo esencial es invisible a los ojos.

El Principito,

ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY

(1943)

En Buenos Aires hay tres copias del Martín Fierro traducido a un idioma extraterrestre. Supe de la existencia de esta versión del libro de José Hernández (1834-1886) a fines de los setenta. Se dijo que la traducción fue obra del desvarío de un contactado. Ese adjetivo requiere de una digresión que quizá comprometa la totalidad de esta introducción. Cuando oí aquella anécdota yo tendría unos quince años, y ya me consideraba un ufólogo serio. De los ufólogos serios se espera que rechacen las historias de las personas que afirman estar en contacto con seres de otros mundos. Por entonces, yo también sabía que la ufología, la disciplina dedicada al estudio de los ovnis, no era una ciencia. Pero sus aficionados hacíamos lo posible por parecer científicos. Buscábamos asesores en diferentes ramas del conocimiento, aprendíamos a hacer encuestas con el manual Técnicas de investigación social, de Ezequiel Ander-Egg, y compartíamos un sueño: descubrir algo capaz de poner patas para arriba a la ortodoxia científica. Para eso debíamos capturar evidencias de la existencia de los ovnis. Pero éramos, en realidad, una cruza extravagante de filatelistas, cazadores de pterodáctilos y micólogos: coleccionábamos recortes de diarios, salíamos a buscar platos voladores cuando ya se habían retirado y desenterrábamos hongos en las zonas de aterrizaje.1 Nuestros genes eran los del Súper Agente 86, pero también éramos predicadores pura sangre. Detectives de causas perdidas, nuestra misión era anunciar al mundo que los ovnis eran el enigma científico número uno del siglo XX. Encarnaciones tardías de los apóstoles de Galileo, cargábamos sobre nuestras espaldas una verdad que tarde o temprano iba a triunfar. Por eso, para diferenciarnos de aquellos a quienes considerábamos charlatanes y reafirmar nuestra respetable condición de ufólogos serios, nos gustaba despotricar contra los contactados.

Yo estuve entre los que creímos que esa hostilidad nos acercaba a la ciencia; hoy pienso que sólo nos alejaba de historias extraordinarias.

Mi punto de partida fue reunir trece historias fantásticas, pero reales; trece historias reales, pero fantásticas. Y, sin embargo, este trabajo no se parece mucho al periodismo fantástico que tantas veces he cuestionado. El escaso apego al rigor suele aferrarse a una consigna que repitieron en las redacciones muchos falsos maestros: “No permitas que la verdad te arruine una buena historia”. En este libro también quiero mostrar que “verdad” se escribe con minúscula y que tratar de acercarse a ella no impide contar buenas historias. El periodismo permite aventurarse en geografías y personajes increíbles sin necesidad de novelar la falta de información. El único asombro lícito emerge de un mix de datos duros —todo lo que podamos documentar— y blandos, los recuerdos, opiniones y creencias que resultan de la interacción con los entrevistados. Con la información segura, o lo más segura posible, la medida de lo maravilloso nos la da la perplejidad que suscita la realidad. Incluso cuando se confunde con la ficción.

Para demarcar el territorio, asumí la definición de los protagonistas: casi todos les asignan en sus experiencias una alta o muy alta probabilidad a la explicación alienígena. Quedaron muchas historias en el tintero. Algunas fueron inmoladas por razones de espacio: en cierto momento tuve que quedarme con las mejores.

El resultado son once historias increíbles —y reales— de personas que vivieron experiencias con alienígenas. Algunas son como matrioskas, las muñecas rusas que se contienen unas a las otras. Esas historias subalternas, inseparables de la matriz, no se podían contar fuera de cierto contexto.

Dedicado a levantar acta sobre la presencia transversal de los extraterrestres en la Tierra, y en especial en la Argentina, este libro tiene poco que ver con la ufología, el escepticismo y el periodismo clásico del misterio. Tiene más que ver, en cambio, con el impulso de descubrir nuevos motivos para creer, dudar, conocer y seguir descubriendo.

Reservé para empezar el caso del traductor al extraterrestre del Martín Fierro porque me puede ayudar a explicar cómo nació Invasores. A la vez, da una idea de las historias que siguen. Ellas integran un continuum espacio-temporal, pero también pueden leerse en forma independiente.

El coleccionista

Desde que tomé nota de la transcripción a un idioma extraterrestre de la obra del gaucho perseguido pasaron treinta años. Pero nunca es tarde para saber algo más. En esa traducción palpitaba una biografía prometedora. ¿Quién fue el hombre detrás de la pluma? ¿Alguien se habría quedado con alguna de esas copias?

A mediados de 2006 descubrí por casualidad una recatada referencia en el libro Martín Fierro en el mundo de los idiomas,2 escrita por el comodoro (RE) Santos Domínguez Koch (1926-2008). Después de algunas morosas gestiones, logré conversar con el autor del completo catálogo de traducciones del poema fundacional de la literatura gauchesca. La charla fue breve y coloquial. Quedamos en compartir un café en su casa, donde además me iba a permitir echar un vistazo a otros tesoros de su biblioteca. Por teléfono, Domínguez Koch me adelantó que en 1978 recibió en su oficina a un señor mayor acompañado por un sacerdote. El traductor sacó de un maletín el ejemplar y un bolígrafo, con el que escribió una dedicatoria en varkulets, como llamó a la lengua desconocida.

En su bibliografía, Domínguez apuntó que el varkulets era una lengua indoamericana: “Según el traductor, era un dialecto que hablaron los zapotecas y luego los mixtecos en la zona de Oaxaca, México”. Mi información, le dije, era distinta. El varkulets, lejos de corresponder a culturas anteriores al universo azteca, era un idioma que había sido utilizado por una sola persona: Eustaquio Zagorski (1904-1981), un trotamundos polaco establecido en la Argentina en 1929. Zagorski nunca había ocultado haber aprendido la lengua de los extraterrestres. Yo esperé que Domínguez Koch rechazara mi comentario con indignación, sorpresa o con una carcajada, pero en la línea se produjo un silencio.

—Lo conversamos personalmente ¿le parece?

Me pareció bien.

Por esa engañosa ilusión de creernos eternos, mi cita con el coleccionista se fue postergando hasta que una zancadilla del destino sepultó nuestro encuentro para siempre. El comodoro falleció el 2 de abril de 2008.

Zagorski visitó a Santos Domínguez Koch cuando éste todavía era oficial en actividad de la Fuerza Aérea Argentina. En los sesenta, Santos fue coordinador de la División OVNI del Servicio de Inteligencia de Aeronáutica. El comodoro llegó a investigar denuncias sobre objetos voladores no identificados para el arma y es muy probable que en ese contexto conociera a Zagorski, quien ya había vivido fugaces destellos de popularidad en Sábados circulares de Mancera, el show televisivo del momento.

Desde luego, le pedí a la viuda del militar, María Cristina Guzmán, que tuviera la cortesía de buscar el volumen. No halló el menor indicio, pese a que el propio Santos me indicó que profesaba especial afecto por el manuscrito de Zagorski, una de las cuarenta traducciones a diversas lenguas en su posesión “y aún más extraña que el esperanto”.

Tampoco encontré vestigios de la legendaria traducción en el Museo Histórico José Hernández-Chacra Pueyrredón, en Villa Ballester, provincia de Buenos Aires, otra de las bibliotecas que —según el militar— guardaba una copia. Allí, Lucrecia Herrera, subdirectora del Museo, me dijo que la traducción del poema a una lengua alienígena le resultaba una noticia vagamente familiar. “No sé si es algo que leí, algo que me dijeron o si lo recuerdo porque busqué la palabra varkulets en algún diccionario, pero revisé fichas y estantes y ese libro en la biblioteca no está”, sentenció.

La noche que recibí la respuesta de la licenciada Herrera recordé Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, el cuento de Jorge Luis Borges (1899-1986). En aquella crónica apócrifa, Borges informaba el descubrimiento de A First Encyclopaedia of Tlön (vol. XI. Hlaer to Jangr). Cuando comenzó a hojear el volumen, con su alucinante historia de un planeta desconocido, el escritor argentino afirmó sentir “un vértigo asombrado y ligero que no describiré, porque ésta no es la historia de mis emociones sino de Uqbar y Tlön y Orbis Tertius”.3

Yo no podré describir lo que sentí. No tuve la traducción al varkulets del Martín Fierro entre mis manos. Al parecer, nadie podrá hacer nada por su recuperación hasta que se complete la última voluntad del coleccionista, que fue traspasar su biblioteca a la Academia Argentina de Letras.4

El traductor

Eustaquio Zagorski vivió sus últimos años en Avellaneda. Soltero a sus sesenta y ocho años, en 1973 se definía como católico, buen lector de la Biblia y memorioso. Tanto que guardaba recuerdos de sus vidas anteriores. En junio de ese año, cuando todavía atendía una sastrería familiar, Eustaquio le confió a un cronista del diario La Razón que era visitado por dos extraterrestres desde 1967. No eran distintos de los humanos salvo por su mentón, más prominente que el normal. Estos seres, que se presentaban en su habitación el 11 de marzo de cada año, le conversaban sobre filosofía, astronomía y política. El 11 de marzo de 1973, ciertamente, había triunfado el Frejuli con la fórmula Cámpora-Solano Lima, con el cuarenta y nueve por ciento de los votos. Y hablaron del resultado de las elecciones.

Con el tiempo, Zagorski relacionó a sus visitantes con seres que aseguraban proceder de Ummo, un planeta en órbita alrededor de la estrella Wolf 424 que solía remitir informes científicos por correo ordinario donde reiteraban el ruego más inquietante que alguien puede esperar de extraterrestres de verdad: “Por favor, no nos crean”.

Zagorski explicó que su primer viaje al espacio lo hizo el 18 de febrero de 1953, es decir, ocho años antes de que la Vostok I pusiera en órbita al cosmonauta soviético Yuri Gagarin (1934-1968).

Tras permanecer setenta y un días fuera de la Tierra, las criaturas le dijeron a Eustaquio que él mismo había nacido a bordo de un platillo volador bajo el nombre de Ziretz Zem, que un indígena del Monte Tronador (Río Negro) se había encargado de su crianza, que recibió los favores de un zar y sobrevivió a un naufragio cerca de Thule, una isla donde dos criaturas gigantes lo tuvieron dentro de una cabaña para enseñarle los secretos del universo.

Pero el dato más inesperado de su biografía era el origen de su madre. Le revelaron que ella había sido natural de Ganímedes, el mayor satélite de Júpiter. Pese a que los recuerdos de sus otras vidas eran vagos, él nunca olvidó su lengua materna, el varkulets. Fue en ganimediano, al decir de Eustaquio, que volcó el poema gauchesco.

Aparentemente, Zagorski, que a fines de los sesenta ya era un abuelo con dificultades para caminar, deambulaba con sus certezas sin compañeros de ruta ni seguidores. Lo acompañaron, más bien, la burla y el escarnio. Su soledad llevó a que algunos se preguntaran por su equilibrio mental. La demencia, se sabe, es un mal solitario, pero lo que a él le costaba era hallar seres afines a quienes confiarles sus experiencias. A veces basta con ser escucha do para que las pretensiones más extrañas encuentren un horizonte de calma. Zagorski encontró eso que ahora se llama contención en don Pedro Romaniuk, protagonista de otro capítulo que falleció semanas antes de enviar el libro a imprenta.

Pese a que lo consideraba un conejillo de Indias, el autor de Texto de ciencia extraterrestre le prestó atención. Luego de varias sesiones de hipnosis, el contactado no lograba retroceder ni un rato en el tiempo. “Es controlado por seres que no permiten que se indague en su mente”, justificaba don Pedro. En 1978, el ufólogo le escribió a su colega español Ignacio Darnaude Rojas-Marcos. “Desde febrero, Zagorski recibe la visita de un ummita que dijo ser enviado de Rojas Darnaude de Sevilla”. La criatura era alta, delgada y “atravesaba la puerta sin problema alguno, masajeando el bajo vientre de Zagorski para curarlo de su parálisis”.5

El refutador

Zagorski también intercambió alguna correspondencia con el doctor Oscar Galíndez, el joven abogado cordobés que presidía el Círculo Argentino de Investigaciones Ufológicas (CADIU). En los setenta, Zagorski le envió un manuscrito de doscientas once páginas. En los primorosos caracteres del varkulets, impresos en carbónico azul y semejantes a trazos arábigos, el contactado exhumó su vida en el satélite de Júpiter. En 1974, Galíndez publicó un estudio lingüístico donde develó que tanto la fonética como la sintaxis del varkulets eran una mera trasposición del castellano. El lenguaje de Ganímedes no tenía identidad propia: era una creación consciente inspirada en el español. “No hay ninguna fundamentación científica —escribió Galíndez— para sostener su procedencia extraterrestre”.6

Aquel artículo, que recordó el papel de la ciencia ante las afirmaciones sensacionales, también diseminó la idea de que la lengua extraterrestre de Zagorski fue una superchería que no tuvo otro escenario que la mente del contactado.

Este libro espera proporcionar un modelo de análisis según el cual la comprensión de estas historias no termina con descubrimientos fascinantes como el de Galíndez, para quien la gramática de Ganímedes es idéntica al castellano. Yo entiendo que la fantástica obstinación de Zagorski por revelar al mundo su experiencia y deslumbrar con una obra a la que dedicó considerable tiempo y energía tiene el mismo valor histórico que la del científico que se ocupó de refutarla.

Oscar Galíndez también acertó en comparar el varkulets con el idioma marciano canalizado por la médium suiza Héléne Smith (seudónimo de Cathérine Elyse Müller, 1861-1929). Durante cinco años, Théodore Flournoy (1854-1920), un médico fascinado con el ocultismo, presenció las sesiones donde Smith hablaba de sus vidas anteriores como princesa india del siglo XV y como María Antonieta, de quien también decía ser reencarnación. Sus últimos recuerdos la situaban en el planeta Marte: entre 1884 y 1885 Smith abandonaba su cuerpo y visitaba Marte, donde sus habitantes le enseñaron la lengua nativa. En su obra Desde la India al planeta Marte (1900), Flournoy descubrió que su paciente había construido su relato influida por lecturas de su infancia. La sintaxis marciana, por lo demás, era idéntica a su francés materno. Smith ubicó a sus espíritus guía en Marte en tiempos en que el astrónomo y espiritista Camille Flammarion (1842-1925) publicaba La pluralidad de los mundos habitados (1862) y el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli (1835-1910) y el norteamericano Percival Lowell (1855-1916) habían instalado la polémica sobre los canales en Marte.

En la prehistoria de los extraterrestres, el espiritismo comenzaba a hacer sus aportes. Después de todo, antes de alcanzar la perfección, las almas reencarnaban de planeta en planeta. Del espiritismo también llegó Helena Blavatsky (1831-1891), cofundadora de la Sociedad Teosófica. Desde 1875, la esoterista rusa y sus herederos vieron y escucharon a maestros ascendidos en los planetas Venus y Marte. El cielo ya estaba habitado por seres fabulosos y sucedían cosas extrañas en el campo de las creencias mucho antes de 1947, cuando comenzó la era dorada de los platos voladores.7

El sacerdote

El contactado polaco no estaba tan solo como parecía. La traducción del Martín Fierro tampoco fue un capricho suyo. En el verano de 1967, cuando completó su traducción, Eustaquio se tomó un colectivo hasta la localidad de San Miguel, provincia de Buenos Aires, y se acercó al Observatorio Astronómico Adhara. Allí, donde también funcionaba la sede de una misión jesuítica, fue recibido por un sacerdote alto, un poco encorvado y de mirada despierta.8 Era Benito Segundo Reyna (1900-1982), el más famoso religioso de la época aficionado al estudio de los ovnis. La traducción le había sido encargada por el padre Reyna. Tal vez, cuando le pidió el trabajo, pensó que se iba a echar atrás. Pero Zagorski cumplió. Hoy me imagino al sacerdote preguntándose: “¿Me querrá engañar? ¿Se engañará a sí mismo? ¿Y si resulta verdad?”. Digo “imagino” porque el padre Reyna no asentó sus memorias por escrito y era circunspecto con los periodistas. Temía que su afición provocara conflictos con el clero.

Pero en las contadas ocasiones que recibió a la prensa presumió exhibiendo su ejemplar autografiado del Martín Fierro en varkulets y se refirió respetuosamente a las travesías del contactado. Llegó a acompañarlo, incluso, hasta las oficinas de un oficial de la Fuerza Aérea que estudiaba informes sobre ovnis. Cuando Santos Domínguez Koch vio los poemas dibujados en esa exquisita caligrafía extraterrestre, decidió comenzar a coleccionar las traducciones de la obra de José Hernández.

De la increíble amistad entre un sacerdote católico que amaba los enigmas científicos y el contactado que recuerda su vida en Ganímedes sobreviven borradores. En su época, nadie descubrió el potencial narrativo confabulado en el encuentro de esos dos personajes furiosamente heterodoxos, locamente desviados, fatalmente olvidados. Lógicamente, eran desvaríos. En los años setenta, nadie podía vaticinar que el impacto de los ovnis en la cultura iba a ser tan poderoso. Que su mitología iba a madurar al punto en que la pregunta sobre su existencia iba a resultar trivial. Faltaba perspectiva.

Desde entonces hasta hoy, el imaginario ovni ha copado el cine, la literatura, la televisión, los videojuegos, la publicidad, internet, la religión y hasta la política. Como toda expresión de lo maravilloso, son una realidad en la vida de millones de personas.

Cuando un ufólogo muere, se pierden decenas de historias como la que construyeron Zagorski, Domínguez Koch, Oscar Galíndez y el padre Reyna. Este libro comenzó cuando me di cuenta de que todavía estaba a tiempo de atrapar historias tan apasionantes como aquella.

Hoy muchas personas afirman tener experiencias estremecedoras con los ovnis. Pero surgen en medio de una lluvia de información que no existía hace cuarenta años. Eso explica la antigüedad de algunas de las historias que he elegido.

Platos sobre el agua

Este libro no se pretende autobiográfico, pero lo escribí en primera persona porque no me quedó más remedio: comencé a reunir la información necesaria para reconstruir cada historia hace diez, veinte y a veces treinta años. Porque ésta no es una colección de artículos periodísticos sino parte de una investigación que abarca toda una vida, la mía. Mi interés por los ovnis es casi tan viejo como yo y mi fascinación pasó por varias encarnaciones. La última coincide con este trabajo, en el que me propuse dar a conocer la visión actual de los protagonistas de casos que me parecieron difíciles de resolver y retomar caminos que había abandonado, a veces por prejuicios.

Si alguien piensa que Invasores es un ajuste de cuentas con el pasado, quizás tenga razón. Porque de la ufología pasé al escepticismo militante. Ahora, un poco aburrido de buscar la quinta pata al alien, decidí reencontrarme con las historias que me habían asombrado en mi adolescencia.

Hace algunos años, cuando me pedían opinión sobre el tema, solía desplegar un rosario de explicaciones prosaicas. Es decir: de buscar las causas de las observaciones de ovnis pasé a encontrarlas. Pero el escepticismo —si bien es una herramienta básica para ejercer un periodismo responsable— dejó de ser una misión para mí. Aunque en ese ámbito también aprendí muchas cosas sorprendentes. Por ejemplo, que el primer testigo de platos voladores… nunca vio platos voladores.

Según la historia oficial, el 24 de junio de 1947, mientras sobrevolaba el monte Rainier, estado de Washington, el comerciante Kenneth Arnold aseguró haber visto su famosa flota de platillos. Sin embargo, el piloto describió nueve discos con forma de media luna que se desplazaban a gran velocidad. El malentendido surgió cuando quiso describir el movimiento: “Volaban como si lanzaras platos sobre el agua”, dijo Arnold. Bill Bequette, el redactor de la noticia, confundió la metáfora con la forma de los objetos y los bautizó “platillos voladores”. Este ejemplo no sólo demuestra que mucha gente declaró ver platillos que nadie había visto. También prueba que las meteduras de pata de los periodistas tienen mucho que ver con los orígenes de la polémica.9

El factor evanescente

El escepticismo científico no responde todas las preguntas. En un tiempo, enfrentado a la falta de evidencias físicas, yo pregonaba que la ausencia de pruebas era razón suficiente para apostar por su irrealidad: lo que para algunos eran naves extraterrestres podía ser explicado como meteoritos, planetas, globos, aviones o reflejos en las nubes. Es decir, mi preocupación seguía enfocada en los objetos. Reemplazar naves del espacio exterior por satélites artificiales era cambiar unos artefactos por otros. Aunque el segundo tipo de explicaciones tiende a encajar con la mayoría de los avistamientos, seguimos sin identificar las causas inmateriales, los factores subjetivos que nos permitan comprender su naturaleza esencial.

Hoy sé que el exceso de celo racionalista puede dejar afuera la dimensión humana de estas historias, y que la calidad deficiente de la información afecta tanto a partidarios como a detractores. De un lado y del otro, casi siempre triunfa el deseo de impactar al público antes que el de construir narraciones honestas sobre las cosas tal como pudieron haber sucedido.

Cuando era ufólogo y me preguntaban si creía o no creía en estas historias, he contestado: “Los ovnis no son una cuestión de fe”. Hoy también sé que eso es falso: dioses y ovnis son parte del mismo fenómeno. Dios, como los platos voladores, se sustrae al escrutinio científico. Ambas entidades, por su carácter escurridizo, se desplazan más rápido que los sentidos, como los deseos difíciles de alcanzar. Son una hipótesis en suspenso, salvo en experiencias personales —por definición intransferibles— como las visiones místicas o las observaciones directas. Así como algunas doctrinas, rituales y creencias son sancionadas por los teólogos, el enigma de los ovnis tiene sus especialistas. Algunos ufólogos aseguran que las evidencias sobre la realidad de los ovnis es controvertida porque poseen una tecnología que les permite disfrutar de cierta clase de invisibilidad selectiva. Otros hablan de ovnis fortuitos, invisibles a los ojos humanos pero extraordinariamente fotogénicos: pareciera que basta con disparar al voleo hacia cualquier sector del cielo para fotografiarlos. “Están, pero sólo la cámara puede detectarlos”, explican. Esa clase de argumentos, que tanto recuerdan a los de la teología para justificar la intangibilidad de las manifestaciones divinas, ahora me parecen simplemente perfectos.

A veces las evidencias son tan frágiles que pueden ser ilusorias. Menos para sus protagonistas, que hablan de incursiones por paisajes oníricos a ojos profanos. Ahora bien, ¿cuáles son esas fuerzas que nadie más puede ver? ¿Qué las desencadena?

Hay influencias culturales que, como la tecnología moderna, son indiscernibles de la magia. A medida que pasa el tiempo algunas ...