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LA AGENTE NAZI EVA PERóN Y EL TESORO DE HITLER

Marcelo García

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Fragmento

PRÓLOGO

El 2 de mayo de 1972, en su lecho de muerte, John Edgar Hoover habrá sentido una íntima y privada satisfacción.

Sus horas como uno de los norteamericanos más poderosos de la historia estaban llegando a su fin y aun así, transitando la antesala de un limbo embriagador, pudo regresar a los lejanos días de su juventud cuando surgió en él la creciente obsesión por saberlo todo y tener las cosas bajo su más absoluto control.

Informes del tiempo, entradas y salidas de sus padres del hogar familiar, muerte y nacimiento de seres queridos, los castigos a los que era sometido e incluso la frecuencia con que mudaba de ropa interior. Todo era celosamente escrito y ordenado en un modesto anotador.1

Con los años, su astucia —o quién sabe si el poder conferido por las sociedades secretas a las que pertenecía— le permitió llegar a lo más alto de los ámbitos investigativos estadounidenses como cabeza del FBI (Federal Bureau of Investigation), desde donde llevó su cruzada en pos de la seguridad norteamericana definitivamente a otra dimensión.

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Polémico y resistido, Hoover puso en práctica procedimientos ilegales y políticas paralelas a las oficialmente habilitadas, lo cual pronto generó el rechazo de cientos de funcionarios que veían en él a la mismísima corporización de una policía secreta estatal solo comparable con la Gestapo de los nazis.

Con esas credenciales, el director del Bureau llegó a acumular el poder suficiente como para intimidar no solo a quienes él sindicaba como activistas perjudiciales para los ambiciosos intereses de los Estados Unidos, sino también a ocho sucesivos presidentes de su país.

Los legendarios archivos de Hoover —quien incluso llegó a travestirse infiltrándose en fiestas sexuales tras las cuales chantajeaba a sus participantes, sobre todo cuando estos eran políticos de la oposición o funcionarios del gobierno— le valieron ser temido, odiado y respetado por partes iguales, manteniéndose durante cuarenta y ocho años a la cabeza de la oficina federal de investigación.

Fue medio siglo de seguimiento y sospechas sobre destacadas personalidades, entre las que se contaron Adolf Hitler y Juan Domingo Perón.

¿Pero cómo fue que se entrelazaron los caminos de estas tres figuras: Hitler, Hoover y Perón?

Responder este interrogante nos lleva a cuestionar —lo que no implica negar totalmente— la historia que se ha contado desde siempre, escribiendo con una perspectiva crítica sobre los hechos y sus protagonistas para dar con sorprendentes revelaciones que hasta hoy no se habían abordado del mismo modo.

Los documentos desclasificados por el FBI fueron la llave, aunque por supuesto no han sido un limitante, sino por el contrario, la invalorable oportunidad de acceder a un nuevo abanico de posibilidades que sembraron el proceso investigativo con datos aportados por otras impensadas fuentes de información.

A medida que avanzaba página tras página, en un archivo de más de setecientas densas carillas desclasificadas, la tarea se transformó en un laberinto de nombres, insospechadas sociedades, arteras traiciones, hábiles movimientos de distracción y monumentales operaciones de engaño, inimaginables hasta hoy.

Si de la información de esos documentos se trata, ha de decirse que la columna vertebral de los papers ofrece testimonio de un Hitler vivo, en el exilio, reinventándose más allá del final de la guerra. Un hecho que contradice por sí solo cualquier otra versión.

La sola mención de los acuerdos y las complicaciones a las que luego el escurridizo Führer, sus socios en diferentes partes del mundo y sus enemigos se iban a enfrentar ameritó dar un nuevo enfoque para llegar de manera inesperada a un sorprendente final.

Muchos investigadores tocaron el tema basando sus relatos en testimonios verbales y la declaración de testigos (a quienes este trabajo no pretende desestimar) sobre la vida que llevó adelante el Führer después que fuera orquestada su muerte con el propósito de permitirle escapar. Sin embargo, no es mi objetivo hacer un relato pormenorizado de la vida de Hitler en la Argentina, pero sí dar cuenta de la trama oculta y los hechos demostrados en los documentos sobre el perfecto conocimiento previo que tenían las máximas autoridades norteamericanas respecto de los planes, la exitosa concreción de una gigantesca conspiración de engaño mundial y las impensadas consecuencias que muchos de los principales actores involucrados llegaron a enfrentar.

De lo anterior surgen preguntas inevitables: ¿qué datos tenía Hoover sobre un pacto entre allegados de Hitler y Perón? ¿De qué actividades, negocios y operaciones que relacionaban a la Alemania nazi y la Argentina peronista estaba al tanto la inteligencia norteamericana? ¿Qué descubrió y cómo reaccionó ante la trascendencia de semejante información?

Tal como veremos, las respuestas dadas a estos interrogantes son las que marcan la gran diferencia entre otras anteriormente publicadas y esta nueva investigación.

Ya no se trata de sostener la hipótesis, carente de sustento, de que Hoover perseguía a Hitler con irreductibles intenciones de detenerlo, sino de dar otro giro al relato tradicionalmente aceptado demostrando que el director del FBI no pretendía atrapar al Führer en fuga, mientras que sí colaboró para que (con sus particulares métodos investigativos) los Aliados encontraran sobrados motivos que llevaron al posterior derrocamiento del presidente argentino Juan Domingo Perón.

Fue gracias al trabajo de los agentes de Hoover que los Estados Unidos estuvieron en inmejorables condiciones de saber sobre un laberíntico entramado de negociaciones secretas y operaciones encubiertas entre personajes claramente funcionales tanto para el régimen de la Alemania nazi como para el movimiento que se encolumnaba detrás de Perón en la Argentina, con el preciado objetivo de sentar bases firmes y apuntalar el futuro resurgir del nacionalsocialismo desde el exterior.

Con la debacle nazi consumada, esa sociedad dio lugar a un reacomodamiento de las fichas sobre un imaginario tablero en el que un desgastado Hitler comenzó a perder fuerza, influencia e interés, en tanto que Perón —envalentonado por las circunstancias— buscó hacer de la Argentina la nación rectora política, económica y militar en Sudamérica, tomando la posta dejada por la derrotada Alemania e intentando replicar sus políticas expansionistas en la región.

Muy atrás quedaron los supuestos beneficios que el régimen peronista alguna vez había representado para los norteamericanos como un válido freno al avance del comunismo en el sur de América. Hoover fue uno de los máximos responsables de darles a las autoridades gubernamentales norteamericanas los elementos necesarios para que se hicieran una acabada composición de ideas que los llevaron a comprender qué rol jugarían Hitler y Perón durante los complicados días de posguerra que estaban por llegar. El Führer era un hombre acabado, en tanto que no sucedía lo mismo con el “primer trabajador”.

Tal fue el peso del militar argentino y sus cómplices —Eva Duarte entre ellos— en la secreta operación inicialmente destinada a gestar un IV Reich desde el exterior que Hoover dispuso una política investigativa y un despliegue de agentes especialmente concebidos para la Argentina de Perón.

De todos modos, los asombrosos resultados de las operaciones de la inteligencia aliada no se limitaron a la toma de conocimiento sobre los detalles de una peligrosa sociedad que podría poner en jaque los intentos de dominación total de los Estados Unidos sobre el resto de América, sino que permitieron saber que Eva Perón también respondía a pie juntillas las órdenes de una poderosa organización en las sombras, que la tenía como una de sus más destacadas colaboradoras desde 1941, encomendándole poner a salvo parte del legendario tesoro nazi ante los sorpresivos avances y el artero intento de expolio pretendido por Perón.

Bien vale entonces aceptar el desafío y leer sin preconceptos sobre un reguero de muertos a lo largo del camino, pistas falsas plantadas para despistar, datos fidedignos y el accionar de fabuladores, soplones, aventureros, gente confiable e informantes solitarios cuyos caminos se han cruzado tantas veces sin poder diferenciarse.

Treinta años después de acalladas las bombas que destruyeron los últimos vestigios del III Reich alemán, y pasadas tres décadas desde que los Aliados informaron sobre la nunca demostrada muerte de Hitler en Berlín, aún resonaba el estruendo.

Clarence Kelley —director del FBI entre el 9 de julio de 1973 y el 15 de febrero de 1978—, tercero en la línea de sucesores tras la muerte de Hoover, reclamaba por importantes documentos sobre el Führer, extrañamente faltantes de los archivos del Bureau, según puede leerse en el memorando del 23 de mayo de 1975. Mientras que el 11 de junio aún solicitaba la aparición de dossiers perdidos que le habrían permitido realizar reveladoras pericias caligráficas sobre cartas sospechadas de haber sido escritas por Hitler mucho tiempo después del final de la guerra, dejando suspendido en el aire un insondable y misterioso final.

Mientras una leyenda cuenta que Hitler murió el 13 de febrero de 1962 en la Argentina a los setenta y tres años, y otra dice que habría fallecido en 1971 escondido en un remoto lugar del Paraguay, muchas otras cosas en cambio sí se pueden demostrar.

Hoover supo por anticipado que Hitler encontraría refugio en la Argentina de Perón. El presidente argentino buscó instalarse como árbitro del mundo y posible reemplazo del Führer desde su inaceptable Tercera Posición. Y Evita viajó miles de kilómetros al otro lado del arco iris poniendo a salvo millonarias fortunas de sus jefes nazis, evitando dejarlas en manos de un traicionero Perón.

La historia, los hechos y sus protagonistas a continuación.

MARCELO GARCÍA

1 Anthony Summers, “The secret life of John Edgar Hoover”, The Guardian, 10 de enero de 2012.

Capítulo 1
El FBI y los nazis

“Querido señor:

He pedido al presidente Roosevelt

públicamente rechazar con su gobierno

los ultrajes a los judíos en Alemania,

y exigir el fin inmediato y completo

de esta persecución.

En caso de que no haga esa declaración,

le notifico a usted que iré a Alemania

y asesinaré a Hitler”.

DANIEL STERN

Carta enviada a Friedrich Wilhelm von Prittwitz und Gaffron,

embajador alemán en los Estados Unidos,

Washington D. C., 23 de marzo de 1933

Nazis norteamericanos

El 25 de marzo de 1933 no fue una jornada más para los nazis en América. Fue el día en que llegó a manos del secretario de Estado norteamericano Cordell Hull un extraño comunicado enviado entre gallos y medianoche por el alarmado representante diplomático alemán en Washington, poniéndolo en pleno conocimiento de un supuesto complot organizado desde los Estados Unidos para asesinar a Adolf Hitler, recientemente designado canciller alemán.

Lejos de ser desestimado, el caso pasó a la División de Asuntos Criminales y de allí a manos de John Edgar Hoover, el joven director del Bureau investigativo conocido como FBI, quien procurando congraciarse con las máximas autoridades gubernamentales y deseando ganarle la pulseada a algún que otro organismo al que consideraba rival, activó una serie de investigaciones que a lo largo del camino arrojaron un resultado dispar.

La misiva amenazante firmada por un ignoto Daniel Stern, sumada a la profunda consternación de los representantes diplomáticos germanos, hizo que la Agencia desplegara un ejército de agentes en ciudades como Washington, Los Ángeles, Chicago y Detroit, redadas que no lograron dar con el autor de la carta ni mucho menos comprobar su autenticidad, pero que sí en cambio llevaron a Hoover a involucrarse en el seguimiento de células nazis que, sin siquiera sospecharlo por entonces, lo mantendrían ocupado por el resto de sus días de manera obsesivamente personal.

Las pesquisas en Chicago permitieron saber que allí mismo se reunía la crema y nata de la clandestinidad nazi local y que el régimen de Hitler tenía —pese a las reiteradas negativas— su bien establecida y encubierta representación partidaria clandestina cuyo líder era Heinz Spanknöbel, un alemán enviado por Rudolf Hess para dar forma a un grupo nacionalsocialista en las sombras que, más temprano que tarde, cobró cierto destaque y notoriedad.

La semilla germinal fue plantada con las primeras actividades de los Friends of New Germany, una organización que —sorteando no pocas acusaciones de comisiones parlamentarias investigadoras— mutó en 1936 a la German American Bund, encabezada por un fanático ultra nazi llamado Fritz Julius Kuhn.2

Claro que, desde su nacimiento, las agrupaciones nazis que funcionaban en los Estados Unidos debieron enfrentarse a un sinnúmero de inconvenientes ante la opinión pública, no por su naturaleza antisemita ni por sus violentos métodos de expresión, sino por ser vistos como una banda de agitadores “antinorteamericanos” que ponían en peligro la seguridad de la nación, una postura compartida por el gobierno estadounidense y un desconfiado Hoover desde la jefatura del Bureau.

Recién en 1938 el embajador alemán Hans Heinrich Dieckhoff esbozó una falsa estrategia de despegue del régimen de Hitler con la liga nazi norteamericana, tratando de hacer creer que nada tenían que ver con su gobierno y que este no aprobaba su funcionamiento ni su modo de actuar.3 Pero, por supuesto, la distancia pretendidamente impuesta era una frágil cubierta en absoluto sincera, ni mucho menos real.

El clímax llegó el 20 de febrero de 1939, cuando la German American Bund organizó un acto en el Madison Square Garden de Nueva York con la asistencia de 20.000 nazis y el encendido discurso de Kuhn, quien no dudó en referirse al presidente Franklin D. Roosevelt como “Rosenfeld”, acusándolo de acercarse a los judíos y denunciando su “New Deal” (nuevo acuerdo) como un auténtico “Jew Deal” (acuerdo judío), un episodio que solo sirvió para que en adelante los diplomáticos alemanes de carrera instaran a cambiar ese tipo de políticas y expresiones de los agentes del nazismo en el exterior.

Así las cosas, mientras la diplomacia de Hitler buscaba “cuidar las formas”, Kuhn y sus socios inflamaban el ánimo del ciudadano común y eran motivo de permanentes sospechas e investigaciones de parte del FBI.

Como consecuencia de esto, el 13 de mayo de 1939 Edward A. Tamm —director adjunto del Bureau— envió un memorando a Hoover confirmando una vieja sospecha: los fondos que financiaban los movimientos subversivos de la German American Bund provenían de la embajada alemana en Washington y eran enviados directamente desde Berlín.

La idea de un complot judío-norteamericano para atentar contra la vida de Hitler teniendo a las huestes nazis unidas y organizadas fronteras adentro le dio a Hoover un panorama completo de la aceitada organización con claros objetivos de infiltración y espionaje que podría amenazar en cualquier momento la seguridad del país.

En diciembre de 1939 un decreto firmado por Roosevelt puso al FBI definitivamente al frente de las investigaciones sobre las actividades enemigas en América y dejó una intratable espina clavada a su director, quien ya nunca más dejó de plantearse un interrogante perturbador: ¿En qué otras naciones americanas se darían situaciones similares?

Pronto estuvo en inmejorables condiciones de averiguarlo.

Llegada a la Argentina

El éxito electoral del Partido Nazi tras las elecciones parlamentarias celebradas en Alemania en septiembre de 1930 alentó a los jefes partidarios a atraer de nuevo a los exiliados a su “Vaterland”, asignándoles a los agentes del nazismo sus primeras misiones de reclutamiento y penetración en el exterior.

Uno de ellos fue Bruno Fricke, quien en 1928 estuvo en Paraguay como punta de lanza y que tras su regreso a Europa en 1930 sería expulsado del partido debido a su poco recomendable relación con las SA (Sturmabteilung o Secciones de Asalto) de los hermanos Gregor y Otto Strasser, en quienes Hitler identificaba una intolerable “ala izquierda” del nazismo. Este hecho, lejos de hacerles bajar los brazos, reforzó aún más la idea de expandirse fronteras afuera llevando a la creación, en 1931, de la Auslands Organisation der NSDAP (Organización en el Exterior del NSDAP), en cuya cabeza los Strasser colocaron a Hans Nieland, su mano derecha y directo colaborador.

Para ese entonces ya existían tres agrupaciones no oficiales de simpatizantes nazis establecidas en los Estados Unidos, Suiza y Paraguay. Sin embargo, la primera organización del NSDAP oficialmente reconocida desde Alemania comenzó a funcionar el 7 de abril de 1931 en Buenos Aires, Argentina, bajo el nombre de Auslandsabteilung der Reichsleitung der NSDAP (Departamento de Ultramar de la Dirección Nacional del NSDAP), también conocida como Landesgruppe Argentinien der NSDAP (Grupo Argentino del NSDAP), que aprovechó la base de la Deutscher Volksbund für Argentinien (Liga del Pueblo Alemán para la Argentina o DVA), la Tannenbergbund, la Asociación Negro-Blanco-Rojo y la Stahlhelm para hacer juntos su presentación en sociedad en la Argentina el 25 de mayo cuando —amparados por la cubierta de rendir homenaje al pueblo argentino en su fecha patria y encabezados por el líder local Rudolf Seyd— se reunieron en el Cementerio Alemán de Buenos Aires, enarbolando por primera vez en el país la bandera con la cruz esvástica.4

Pero los nazis en el exterior pronto contaron con uno de los más importantes efectivos para apuntalar la infiltración en el mundo de habla hispana: el general Wilhelm von Faupel, relacionado con la Argentina desde 1910 como instructor del Ejército argentino, a quien luego se sumaron militares de la talla de Alfred von Schlieffen y Colman von der Goltz, que también dejaron su marca en la formación de cadetes del Colegio Militar a partir de 1911, entre cuyos aspirantes estaba un jovencito llamado Juan Domingo Perón.5

Finalizada la Gran Guerra, von Faupel regresó a la Argentina como consejero del Ejército entre 1921 y 1926, tras lo cual volvió a su patria para convertirse en uno de los hombres más importantes para las actividades del nazismo en el exterior.

A inicios de 1934, las puertas del despacho de Adolf Hitler se abrieron de par en par para von Faupel, a punto de ser asignado a su nueva misión: la dirección del Ibero-Amerikanisches Institut (Instituto Iberoamericano) de Berlín, un centro de estudios sobre el mundo hispánico al que propuso convertir en un poderoso centro de propaganda, infiltración y difusión de las ideas nazis en los países de Latinoamérica y España.

Entre sus planes la Argentina tuvo un lugar preponderante, como veremos a continuación.

La llegada de José Félix Uriburu al poder en 1930 fue claramente permisiva para el Landesgruppe Argentinien der NSDAP. En tanto que, mientras los vecinos de Buenos Aires advertían las evidentes similitudes entre los desfiles de la “Legión Cívica” avalada por el presidente de facto y la marcha de los primeros grupos nazis que se dejaban ver por la ciudad, la idea de los diplomáticos de carrera alemanes era la de lograr adhesión sin que eso se percibiera como una intromisión en asuntos internos que llegara a perjudicar las relaciones con los países anfitriones de sus exiliados compatriotas de allí en más.

Ernst Wilhelm Bohle pasó a dirigir la Auslands Organisation der NSDAP en abril de 1933 y a partir de entonces sintió el pleno derecho que le confería la cosmovisión nacionalsocialista para alinear a todos sus compatriotas residentes en el exterior, considerándolos lisa y llanamente como ciudadanos alemanes. Llegó a sostener que los diplomáticos germanos (renuentes a cualquier complicación) “no pertenecen a la clase de personas que pueden representar adecuadamente al Reich”, por lo que en adelante la llegada de agentes clandestinos fue de gran interés, un estado de cosas potenciado tras el ascenso de Hitler al poder.

El Führer, advertido de las muchas ventajas que le otorgaba una buena relación con la Argentina (dados sus envíos de alimentos y otro tipo de productos, pero pensando fundamentalmente en futuras cuestiones geopolíticas y estratégicas), trató de evitar los habituales enfrentamientos entre diplomáticos y agentes partidarios enviando a Buenos Aires al barón Edmund von Thermann como jefe de la representación diplomática en septiembre de 1933. Von Thermann presentó sus credenciales al presidente Agustín P. Justo y ofreció el arribo de oficiales alemanes como entrenadores de las Fuerzas Armadas de Argentina, tras lo cual llegaron el general Günther Niedenführ, el coronel Friedrich Wolf y los mayores Rudolf Berghammer, Joachim Hans Moehring y Otto Kriesche, contratados por el Ministerio de Guerra y ansiosos por comenzar a trabajar.

La gestión de von Thermann marcó un antes y un después en las relaciones bilaterales, ya que se acercó a destacados personajes de la a ...