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LA FORENSE

Marisa Grinstein

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Fragmento

Antes de ir a dormir, María se puso su remera gastada que le llegaba a las rodillas, abrió una lata de sardinas y una botella chica de cerveza. Tenía un difuso dolor en la espalda, que le hizo recordar su edad y la cercanía, cada vez más evidente, a la vejez. Le molestaban las indefiniciones, y su edad era una muestra clara de las medias tintas. No era una mujer joven ni tampoco una anciana. Aunque seguía teniendo regularmente la menstruación, sabía que en teoría estaba atravesando la premenopausia. A pesar de cargar con unos pocos kilos de más, estaba en forma, pero de la manera en la que puede estar en forma una mujer cercana a los cincuenta: con la piel que cede, con el culo que va cayendo, con una panza que no se arregla en el gimnasio, con unas arrugas que se combinan con los últimos estertores del óvalo de la cara: la mandíbula ya no se marca sino que queda encubierta por mejillas descendentes que insinúan años y años de decepciones y amargura.

Sonó el teléfono. La Colo, una de sus pacientes más violentas y desequilibradas, lloraba a gritos al otro lado de la línea: su amante y socio en robos y venta de drogas le había pegado con la culata del revólver y había amenazado con volarle la cabeza. María la calmó como pudo y prometió llamarla al día siguiente. En otro momento habría salido corriendo a buscarla, le habría dado un ansiolítico y se habría quedado con ella hasta verla más tranquila. Pero acababa de firmar su licencia laboral obligatoria y no se animaba a contravenir las reglas el mismo día en que se habían establecido.

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Terminó las sardinas y con los restos de su cerveza tomó el ansiolítico que —pensó— debería haber tomado la Colo. Sin embargo, ella no estaba mucho mejor que su paciente.

Se metió en la cama, se puso el control remoto sobre el pecho, apuntando a la pantalla, y empezó a hacer zapping. Después de toparse con programas de guerra, de animales, de analistas políticos, de economistas, películas varias y series viejas, encontró un reportaje a un filósofo. El hombre estaba completamente enamorado de su esposa y contaba que siempre, ante la perspectiva de una amante, él seguía eligiendo a su esposa, sin dudarlo ni un minuto.

Apagó. Hizo un racconto de sus antiguas parejas. No volvería elegir a ninguno de sus ex. Pensó en Luis, su amante. Era probable que él también compartiera los sentimientos del filósofo de la televisión. Por algo hacía más de tres años que estaban juntos y Luis jamás había insinuado la posibilidad de separarse de su mujer de siempre.

María se levantó, fue a hacer pis, tomó media pastilla más del mismo ansiolítico y apagó la luz. Un rato después se levantó. Era asombroso, inclusive para ella, que era psicóloga, constatar cómo el cuerpo se acostumbraba a los psicofármacos: dejaban de hacerle efecto y tenía que redoblar la dosis para conseguir los mismos resultados. Pensó en Michael Jackson y su muerte a causa del uso desaforado de medicamentos, y evitó tomar más. Se sentó, en cambio, frente a su computadora. Iba a ponerse a escribir. Era su última idea de autosalvataje: contar su vida y detallar sus traumas, sus frustraciones. Creía que de alguna manera estaba utilizando un principio del psicoanálisis: que tal como sucedía en el diván —cuando el paciente escuchaba su propia voz y empezaba a distanciarse de su relato personal— lo mismo le sucedería al leerse.

No me puedo dormir, pero si yo fuera una paciente, le diría —me diría— que es normal. Diría: “María, acabás de ser desplazada de tu trabajo por unos cuantos meses. Y estás sola, y estás enamorada de tu novio, mejor dicho tu amante, pero él aparece de vez en cuando y no te llama en la puta vida, y además estás envejeciendo, y así cualquiera estaría con el ánimo por el piso”.

María releyó lo que había escrito y dudó acerca de la conveniencia de poner su propio nombre. Podía sustituir el verdadero María por un nombre falso, y encubrir en parte todo lo que estaba dispuesta a contar. Pero, en realidad, no tendría lectores. No le mostraría su relato a nadie, aunque siempre existía la posibilidad de que alguien terminara leyéndolo.

Pensó que tenía que abundar en detalles filiatorios y domésticos, aunque se preguntó si terapéuticamente le sería de alguna utilidad contarse a sí misma lo que ya sabía de sobra. Lo mejor, acaso, sería explayarse sobre sus miedos y dificultades para encarar su vida. Eso sí podría venirle bien. Pero al final prefirió mezclar los dos carriles. Quién sabe si en algún momento todo eso podría convertirse en un libro y ser publicado. Se rio de su propia idea: sucumbo, como todos —se dijo— a la fantasía de que mi vida es interesante para los demás.

Estoy, entonces, sola y sin trabajo. Económicamente me las arreglaré, gastando apenas lo indispensable. Pasaré a cobrar un sueldo básico como forense, que es, calculo, la mitad de lo que cobraba antes. Ya no podré hacer consultas con clientes particulares ni horas extras en el hospital. Pero eso se arregla, lo que no se arregla es lo de mis pacientes. Trabajé más de veinte años en la Justicia y conozco a mis colegas. A nadie le importa nada de los pacientes. A mí me importan. Para mí, por ejemplo, la Colo (que acaba de llamarme por teléfono) no es una ladrona que estuvo presa por robo y lesiones graves y que suele reincidir. Para mí es una pobre chica que vivió en la villa y que no tuvo a nadie que la cuide. Para mis colegas eso no importa. Para mis colegas a la Colo hay que mandarla a la cárcel y dejarla ahí hasta que le toque salir. Y una vez que sale, problema de ella. Yo no, yo quiero estar con ella en la cárcel, llevarle chocolates y cigarrillos y hacerle algo parecido a una buena psicoterapia. Y seguir con la terapia cuando sale en libertad. Es más, lo que yo querría es que no fuera a la cárcel, y creo que eso es lo que en el fondo me dejó como estoy ahora: sin laburo, sancionada. Defenestrada, como hubiera dicho mi profesora de filosofía del colegio. Quise ayudar a que otros no se hundieran y terminé con el agua hasta el cuello.

María se sirvió agua helada y leyó su texto. Pensó que era malo e inútil. Advirtió, con tristeza, que no lograba transmitir lo que quería decir.

Buscó entre sus carpetas y volvió a leer el texto de su licencia forzosa “por un año, prorrogable, en función de su mejoría y de nuevos test y análisis que le pudieran o no ser requeridos en su momento, y a los que la licenciada Cabarca no podrá negarse”.

Nunca, como ahora, pude entender de manera tan concreta a mis pacientes. Cuando un terapeuta les dice que hablen y que cuenten lo que les pasó, ¿en qué piensan? ¿En qué piensa una mujer que acaba de matar a su marido, que está detenida por primera vez en su vida, y a la que le aparece una forense a preguntarle qué acaba de hacer y por qué lo hizo? ¿Qué contesta un tipo que mata a otro para robarle el auto y tiene que explicar las cosas frente a la policía? Es raro, porque me tocó cientos de veces preguntarles a los detenidos, recién detenidos, qué es lo que había pasado. Mi función es —era— saber si esa gente tenía o no conciencia de sus actos, como solemos decir, o sea, si eran o no inimputables. La diferencia es la cárcel o el psiquiátrico. O la libertad, inclusive. Pero siempre me llamó la atención que en esa primera entrevista con los detenidos, me ponían cara de asombro y les costaba contestar. Es como que no podían seguir el hilo de sus propios actos. Y ahora me encuentro yo, sentada frente a la computadora, aparentemente tranquila, tratando de escribir lo que me pasa (sin que me haya pasado nada espectacular), y me enredo en detalles y cuento las cosas de manera lineal y fría, y no consigo redactar algo como la gente, algo que cuando sea leído (aunque sea por mí) pueda explicar alguna cosa de la vida. De la mía o de los pacientes o de los presos o de la inutilidad de buena parte del mundo forense. Pero no. Escribo huevadas que no le interesan a nadie. Y ya que estoy embarcada en esto, puedo pensar: ¿a quién le interesa mi vida? ¿A mi hija Victoria, que ya tiene su mundo armado con su novio? ¿Le interesa a Fernando, mi papá, que está empezando a tener problemas serios de memoria, y que nunca se preocupó por nadie? ¿Le interesa a Enrique, mi ex, que me quiere mucho pero que más quiere estar en su casa tomando whisky? ¿Le intereso a Luis, mi amante casado?

Lo raro es que antes, hace unos años, yo le importaba a mucha gente. ¿Será que con el tiempo uno deja de interesarles a los demás? Es posible, porque a mí también muchas cosas dejaron de importarme.

A la mañana siguiente, María encontró tres mensajes en su contestador: uno de su hija Victoria, para pedirle una olla a presión, y dos de la Colo, que estaba en el bar de siempre y quería verla.

Mientras se duchaba, hizo el recuento de los pacientes que debería abandonar. Los más graves eran cuatro mujeres y dos hombres. Barajó varias alternativas de psicólogos y psiquiatras que podrían atenderlos con mínimos honorarios. Ese mismo día llamaría a algunos para arreglar el asunto. Le parecía injusto que no solamente la apartaran del cuerpo forense judicial sino que la inhibieran, además, de atender pacientes en forma particular.

Su mejor amigo, Rodrigo, un psiquiatra con quien había compartido varios informes forenses, le venía advirtiendo que sus jefes la seguían de cerca, pero a ella le parecía absurdo que hicieran algo en su contra.

María tenía una extraordinaria capacidad para ponerse en el lugar de los que creía débiles y perdedores. Esa empatía llevada a extremos arbitrarios en el ámbito laboral, había dado como resultado informes incorrectos, con sus consiguientes efectos judiciales. Como era habitual que sus “pacientitos”, como los llamaba ella, volvieran a cometer delitos poco después de salir en libertad, los jefes de María habían decidido sancionarla.

Cuando María terminó de vestirse llegó Rodrigo a su casa, furioso y sin haber avisado, aunque ella ya esperaba su visita de reproche. Miró de reojo el desorden general y le explicó, con su clásico tono desapasionado, que lo suyo era una catástrofe anunciada. María se defendió como pudo, levantando el tono para no escuchar los argumentos de su amigo, pero Rodrigo esperó con paciencia su turno para contraatacar: una vez más le dijo que era obvio que le dieran una patada en el culo porque su laburo consistía en analizar si los detenidos eran o no inimputables. El error de María, según Rodrigo, era considerar inimputables a la mayoría, con la idea de que les estaba haciendo un gran favor ahorrándoles la cárcel. La trama de su torpeza seguía siempre de la misma manera: los atendía casi gratis y poco después sus flamantes pacientes, lejos de mejorar, reincidían y volvían a ser detenidos.

María no contestó y fue a buscar alimento para su hámster. Antes de dárselo, se quedó parada al lado de la jaula, mirando cómo Hannibal trepaba por su ruedita y se quedaba siempre en el mismo lugar.

La Colo la esperaba en el bar Central, en la mesa que estaba al fondo, junto a la entrada de los baños. María la miró desde la puerta y ya desde ahí pudo verle el ojo derecho negro e hinchado. Tenía un poco de sangre manchándole la remera blanca que llevaba la leyenda “Muerta en vida”. María se sentó frente a su ex paciente y la miró a los ojos. “Tenés que separarte de tu novio. Lo sabés bien, boluda. Te tenés que separar. Se-pa-rar. Basta. Mirate como estás”.

La Colo se quedó en silencio unos segundos hasta que de un manotazo volcó el vaso de cerveza y se puso a llorar como ella: a los gritos, e intercalando sonidos guturales espasmódicos. Se abrazó a María y le dijo lo de siempre, que su novio era su vida y que no iba a renunciar a él.

María frenó su impulso de consolarla y se recordó, en silencio, su obligación de terapeuta medianamente eficaz. Tuvo en cuenta, además, que ni siquiera podría seguir atendiéndola formalmente. “Colo, ese tipo es tu vida, pero tu vida es una mierda. Voy a desayunar y vos me vas a acompañar con un café con leche y unas medialunas”.

Una hora después la Colo se había calmado y María había entrado en ese éxtasis plano de felicidad que le aparecía, siempre, cuando sentía que estaba ayudando a alguien. No era un sentimiento explosivo (como sí lo era —para ella— el enamoramiento, una llamada inesperada de Luis, un informe forense brillante) pero sí era un sentimiento pacífico y rotundo, una especie de fe en la capacidad bondadosa del hombre.

La despidió, atravesó la ciudad y se instaló en otro bar, el que estaba en la esquina de su casa, y desde ahí llamó a su padre, Fernando. Hizo varios intentos pero nunca le contestó. Empezó a preocuparse. Su padre era un hombre parco, que se había ganado la vida a duras penas como profesor de piano, y que en los últimos años había decidido retirarse paulatinamente de toda actividad. Cada vez tenía menos alumnos, había abandonado a sus pocos amigos y parientes, y pasaba buena parte del tiempo encerrado en su casa lúgubre, charlando en voz alta con la madre de María, que había muerto hacía siete años.

Los vecinos de Fernando la habían llamado dos veces en el último mes para alertarla sobre detalles inquietantes: una vez había dejado, en un descuido, el gas abierto. Y otra se había dormido con la puerta de su departamento abierta de par en par. “No me acuerdo por qué no cerré, es raro porque odio las puertas abiertas”, explicó después.

María había consultado con Rodrigo que, como psiquiatra, pidió una serie de análisis y estudios a los que Fernando no parecía dispuesto a someterse. “Lo único que me pone bien es hablar con tu mamá. Y lo demás me resbala”, solía decirle a su hija, para desactivar sus intentos terapéuticos.

Cuando todavía estaba decidiendo si iría o no a la casa de su padre, recibió la llamada de su jefe que le pedía que fuera cuanto antes a firmar un expediente. Tenía que asentar su conformidad a la decisión de la junta médica que la había evaluado. “¿Puedo decir que no?”, preguntó, sobreactuando un tono irónico. El jefe fue terminante: “Es apenas una formalidad. La carpeta ya pasó a la sección de personal. Si ya lo sabés”.

María pidió una cerveza, pensando en la Colo. Tuvo la certeza que, de haber tenido ella misma la historia familiar de su paciente, hubiera sido mucho más cruel y resentida. En silencio brindó por la Colo y volvió a su casa.

En el contestador había dos mensajes de Eugenia, otra de sus pacientes complicadas. Había estado dos años en la cárcel, siete años en un psiquiátrico y había salido hacía dos. Ella misma había firmado el informe en el que certificaba que su delirio místico había cedido y que no presentaba rasgos violentos ni alteración alguna de la conducta que pudiera derivar en un peligro para su reinserción social. María había redactado el certificado con menos convencimiento que buenas intenciones. Sabía que el estado psíquico de Eugenia era inestable, pero estaba segura de que en la calle tendría mayores posibilidades de mejoría que en el psiquiátrico.

Ya libre, Eugenia había ido a vivir con una tía que tampoco era el ejemplo de salud mental: una mujer rencorosa y con tendencias paranoides, que no tomaba ninguna decisión sin la anuencia de parapsicólogos, brujas y videntes. María sospechaba que, además, la tía era reacia a darle los medicamentos que Eugenia necesitaba. Y sus dos últimos mensajes eran, en ese sentido, elocuentes.

Los escuchó tres veces seguidas, recordando lo que le había dicho Rodrigo. Eugenia hablaba con voz exaltada y demandante, y pedía verla de inmediato “cerca de lo de la tía, en esta zona”, sin más explicaciones. La llamó pero nadie atendía. Decidió esperar. Mientras tanto, seguiría escribiendo.

Pensó que tendría que dividir el libro en capítulos, o al menos en ítems como pareja, amigos, familia, o lo que fuera. En realidad no tenía la menor idea acerca de la construcción de un relato. Hizo entonces lo que solía hacer en su vida: empezar, para después ir organizándose. 

Lo asombroso del paso del tiempo es la diferencia entre lo objetivo y lo subjetivo. Lo real, en mi caso, es que estoy cerca de los cincuenta años. Y lo subjetivo es que frente a los conflictos más serios de la vida, tiendo a sentirme como de catorce. No sé si a algún futuro paciente le podrá servir de algo, pero quiero contarlo, acaso con la idea ingenua de que les ayude saber que hay tanta gente con problemas, incluyendo a los que aparentemente no los tienen. Incluyendo, también, a los propios analistas. Y pongo un ejemplo. Cuando mi jefe me citó para comunicarme que me iban a separar de mi cargo, en un principio de manera temporal, me olvidé de quién era yo en esa etapa de mi vida, en ese momento. Había desaparecido la licenciada Cabarca y en su lugar estaba la que fui en plena adolescencia, muda, rígida, sintiéndome la más incapaz, la más inadaptada, la que no podía defenderse sola ni valerse por sí misma. Tardé un buen rato en volver a mi lugar en el mundo y quitarme de encima a la alumna de colegio secundario, avergonzada ante sus profesores, sus compañeros y sus padres. Y tampoco fue que me la saqué de encima, porque lo que hice fue, apenas, forzarme a tomar conciencia de mi edad y mi situación. Pero no pude contestarle a mi jefe, ni defenderme ni pelearme. Me limité a asentir y a despedirme con gesto adusto. O sea, la señora profesional pero sin los recursos propios de un adulto. Lo peor de los dos mundos. Estaba harta de ese sentimiento de invalidez que nacía ante cada conflicto.

Escribir sobre sus zonas más vulnerables le resultaba traumático. Tenía ganas de llorar, incontenibles. Se levantó y fue al baño para lavarse la cara. Odiaba verse con los ojos hinchados y rojos. Siempre admiraba a las actrices que lloraban en pantalla y se veían fabulosas, tristes pero bellas. A ella el llanto la afeaba. Volvió a sonar el teléfono. Era Eugenia que, en susurros, le dijo que la estaban siguiendo y que necesitaba verla “en zona”. María tardó varios minutos en ubicar geográficamente a su paciente, y concertar una cita. Tendría que viajar bastante para verla, pero no podía negarse: era consciente de que Eugenia estaba descontrolada y podía ser potencialmente peligrosa. “Si esta mina mete la gamba, a mí me echan ya mismo”, se decía, mientras tomaba, apurada, un ansiolítico.

En el taxi llamó a un colega y le dejó un mensaje en el contestador conminándolo a atender a Eugenia. “Tenés que verla, después voy al consultorio y te cuento el historial. No me digas que no porque yo siempre te atendí a los pacientes que me mandabas. Nunca te dije que no. Y ni siquiera les cobraba”.

María se concentró en el paisaje. A medida que avanzaban, los edificios del centro dieron lugar a barrios más y más decadentes, hasta que entraron a una zona claramente marginal. El taxista le anunció que iba a trabar las puertas. “La llevo a usted porque es médica, la escuché cuando hablaba. Si no, ni loco me venía para acá”.

María se dio cuenta del malentendido pero no dijo nada. Si le contaba que no era médica sino psicóloga, era probable que la buena voluntad del taxista comenzara a tambalear. Empezó a estudiar la zona, buscando el bar en el que estaban citadas. Lo vio, pagó el taxi y bajó. Antes de empezar a caminar chequeó la cantidad de dinero que le quedaba en la billetera. El taxi le había resultado carísimo y María había empezado a tomar conciencia de sus limitaciones económicas. Iba a volver en taxi, si conseguía uno, o en remise, pero esa noche no compraría su habitual botella de vino. De golpe, después de años y años de vivir sin hacer cuentas ni pensar en los precios de las cosas, tendría que adaptarse a la novedad de la estrechez financiera. Pensó, con rabia, que en toda su vida profesional había ganado bastante dinero pero no había ahorrado tanto. Había vivido sin plantearse, ni por un minuto, la posibilidad de perder su trabajo y quedar desamparada. Podía haber apartado una parte más importante de sus ingresos pensando en su futuro, pero no lo había hecho y ya era tarde para lamentarse.

Antes de entrar al bar, Eugenia se le apareció, corriendo. “Doctora, vamos a otro lado porque me siguen, me vigilan”. María la miró: estaba vestida con una pollera azul y una remera blanca, lo cual le daba el aspecto de una monja laica. Tenía el pelo tirante, atado con una cinta azul. Llevaba unos zapatos verdes de tacos altos, toscos, que no tenían nada que ver con el resto del conjunto. Eugenia advirtió la mirada de María. “Me tuve que poner estos tacos, son de mi tía, porque ella me escondió las zapatillas para que no salga”.

Fueron a una plaza abandonada y se sentaron en un banco de piedra semidestruido. Eugenia hablaba sin parar, en un estado maníaco alarmante. Acusaba a su tía de apartarla de sus ideales religiosos y de conspirar contra ella en combinación con una vecina que practicaba macumbas y rituales sangrientos.

María habló y habló, usando el clásico tono apaciguado al que apelan los psicólogos en casos complejos. Poco a poco la fue calmando y la convenció de volver a su casa. Fueron juntas, caminando despacio. María insistió y logró que Eugenia le permitiese hablar con la tía.

La mujer las recibió en camisón. Estaba en un sofá destartalado viendo por televisión un programa de espectáculos. Miró a su sobrina con disgusto y a María con desprecio.

María le pidió a Eugenia que fuera a preparar un té. En cuanto estuvieron solas, le explicó a la tía que ya no podría atender a Eugenia y le pasó el número del nuevo psicólogo, rogando, íntimamente, que su colega aceptara un caso tan complicado. Le dijo que en el camino ya había charlado con su sobrina y que ella aceptaba al nuevo terapeuta.

Mientras María hablaba, la mujer miraba el televisor y fruncía el ceño, como dando a entender que su discurso interfería con el del conductor del programa.

María decidió seguir adelante, haciendo de cuenta que al menos una mínima parte de la conciencia de la mujer recibía el mensaje. “Señora, quiero decirle, además, que usted tiene que darle la medicación a Eugenia. Se la tiene que dar. Si ella no toma los remedios, se va a poner cada vez peor”.

En ese momento llegó Eugenia con una taza de té. María volvió con el tema. “Le estaba diciendo a tu tía que tenés que tomar los remedios. Ella te puede hacer acordar si vos te olvidás”.

Eugenia, dócil, prometió que retomaría el tratamiento y que iría a ver al otro psicólogo. María se levantó y se despidió. La tía de Eugenia apartó la vista del televisor, que estaba en plena tanda comercial, y la miró de arriba abajo, con evidente antipatía. Murmuró un saludo desganado y se levantó para ir al baño. Eugenia abrazó a María y se quedó junto a ella, sollozando. “Doctora, prométame que me va a ver igual, aunque me atienda su amigo. Prométame”.

María asintió con un gesto y fue a buscar un auto para volver a su casa.

En cuanto llegó fue directo a ver si tenía mensajes en el contestador. La había llamado Luis anunciando que pasaría en cuanto saliera de su estudio. Sonriendo fue a buscar comida para Hannibal. Se la dio y lo tocó, despacio, con el índice derecho. Habitualmente el hámster no se dejaba tocar, pero mientras comía se volvía más dócil. Pensó que ella misma cambiaba y se volvía más dócil cuando Luis aparecía. Festejó su propia ocurrencia con una carcajada y un vaso de cerveza. “¿Viste, Hannibalito? Me llamó”.

La relación entre Luis y María estaba pasando por dos procesos paralelos: estancamiento afectivo y crecimiento pasional. Este desbalance generaba tironeos adicionales. María no podía entender cómo era posible que una pareja con una sexualidad tan desbordante se estrellase contra un vínculo afectivo estrecho y precario. Pero esta situación, que resultaba contradictoria para María, a Luis le parecía perfectamente natural. Por supuesto, no lo decía. Es más, negaba que el plano sentimental estuviese empantanado y la acusaba, con su permanente tono de broma, de ser tan paranoica como sus pacientes.

Luis… ¿me quiere? ¿Será que él me quiere?

María leyó su última frase y le pareció que merecía una mayor explicación. El cansancio existencial —que hacía tiempo le pisaba los talones y la perseguía a sol y a sombra— la frenaba a la hora de dar explicaciones escritas sobre su pasado. Quería ir al grano, quería que, casi por milagro, sus textos la ayudaran a encontrar una salida, o al menos a entender qué estaba haciendo con su vida. Se levantó de su silla y se acercó a la jaula de Hannibal que, de golpe, se había dormido.

Miró a su derecha y encontró el tacho de comida de su perro, Pancho Villa. En el recipiente no había nada porque Pancho estaba, en esos días, en el campo de Rodrigo para aparearse con una perra en celo. Se acordó que al día siguiente su amigo lo iría a buscar y ella lo tendría de vuelta. Le dio tristeza comprobar cuánto extrañaba a su perro. A diferencia de lo que le pasaba con Hannibal, con Pancho sí había logrado establecer una relación que lograba asombrosas similitudes con un vínculo tradicional entre humanos. A veces se sorprendía a sí misma planteándose si lo que sentía era normal. El mismo Rodrigo le explicaba que algo extraño había en el hecho de hablarle al animal como si fuera una persona, extrañarlo con desesperación cuando pasaban unos días separados y comprarle regalos absurdos, como conejos de plástico que emitían sonidos al ser mordisqueados.

Luis… ¿me quiere? ¿Será que él me quiere? Supongo que es muy difícil responderse esa pregunta, con Luis o con quien sea. ¿Me quería mi madre? ¿Me quiere mi padre? ¿Le importo? Vuelvo a Luis. Creo que sí, de alguna manera me quiere, pero la cuestión es cómo y si me alcanza lo que él está dispuesto a darme.

Cuando empezamos, hace tres años, creo, estaba convencida de que sería el hombre con el que terminaría casándome. Volviéndome a casar, mejor dicho.

Él ya estaba casado pero a mí los papeles nunca me parecieron importantes. Sin embargo, son. La vida me demostró miles de veces que los papeles existen y funcionan porque a la gente le parecen importantes. Un hombre casado no es igual que un hombre que no firmó nada. El tipo que hizo el trámite lo hizo por algo. 

Me acuerdo ahora de un libro que leí en la facultad. El autor es Joseph Campbell y el libro se llama, creo, El poder del mito. Todo su contenido, supongo, fue a parar a mi cabeza de una manera difusa pero que, a fin de cuentas, suma. Lo que creo recordar es la idea fascinante del poder que tienen los rituales. Y ahí se me ocurre encuadrar la boda, el vestido blanco, la torta y los anillos. O los papeles, nada más, si es que no hubo otra cosa que eso. Quien decide firmar lo hace por algo. Y Luis firmó. Con la firma vinieron la casa en común, el código de dormir juntos todas las noches, los hijos, los gastos compartidos. Conmigo no hubo firma. Y sin la firma tampoco vino el resto de las cosas. Luis es un hombre casado que dice amarme y me visita un par de veces por semana antes de volver a su casa con su familia.

¿Todo eso hubiera cambiado si Luis hubiera sido, por ejemplo, concubino? Si hubiera tenido, como tiene, una casa, una mujer y dos hijos, pero no hubiera firmado la libreta de matrimonio, ¿sería diferente? No lo sé, porque nunca salí con un concubino, pero sospecho que sí, que sería distinto. Porque habría algo que en su momento le habría impedido hacer el trámite. Una duda, un desinterés o una mujer que no apretaba demasiado para conseguir papeles. Pero sería distinto.

Luis, en cambio, es casado con todos los papeles. Y yo, al principio, creí que nuestra relación era lo suficientemente fuerte como para romper esos papeles. No fue así. Y tampoco puedo decir que él me mintió, que alguna vez me sugirió, siquiera, que se iba a separar. No me dijo nada de eso pero yo creía que él sería mi marido. Parecía tener el mismo entusiasmo que yo. Quería verme, quería coger conmigo, quería contarme cómo resolvía sus problemas de laburo. Y supuse que si yo era tan feliz y dependía tanto de su presencia, a él le pasaría lo mismo. Pero no. Ahora que estoy escribiendo, me doy cuenta de que escribir sí tiene un efecto terapéutico porque a medida que escribo me doy cuenta de que todo esto es absurdo. A él no le pasó nunca lo que me pasaba a mí. La que esperaba siempre era yo, y eso lo dice todo. El que espera es el que tiene todas las de perder. El que espera es el que sufre y seguirá sufriendo porque está a merced del otro. Luis nunca me esperó, porque ni siquiera tuvo la oportunidad de hacerlo. Como siempre nos vemos en casa, soy yo la que se queda horas y horas plantada, esperando. Él puede venir o no venir, pero nunca va a esperar. Y si uno no espera, ni siquiera tiene la posibilidad de enamorarse, creo yo. ¿Y si dejo de esperar, cambiaría algo?

Sonó el teléfono. Era su ex marido, Enrique, que quería saber si de verdad la habían obligado a tomarse una licencia. María habló con él unos minutos, los suficientes como para advertir que él había vuelto a tomar alcohol, a pesar de su tratamiento. No le dijo nada porque no tenía ganas de empezar una discusión que le llevaría demasiado tiempo y esfuerzo. Le prometió llamarlo más tarde y colgó. Volvió a la computadora, releyó lo que acababa de escribir y fue a darse una ducha. A pesar de todo, Luis era su amante y a un amante había que recibirlo con cierto esmero. Siempre existió un código no escrito en el comportamiento de los amantes, y ese código impone ciertas reglas. Los amantes —sobre todo las amantes mujeres— se encuentran ya limpios, arreglados, perfumados y, si es posible, previamente alimentados. No se puede comer tres platos de ravioles delante de un amante ni aparecer sin haberse bañado por una semana. Y cuando esos códigos empiezan a desdibujarse, está claro que la relación de amantazgo está cerca de su final.

En la ducha, María pensó en lo que había escrito. Se dio cuenta de la importancia de la espera en su vida. Nunca lo había visto con tanta claridad, pero era cierto: había esperado a sus hombres durante horas, semanas, acaso meses enteros. Se imaginó sumando sus esperas, todas, desde su primer novio hasta su último amante y le pareció que toda una eternidad le había pasado por encima. Una eternidad inútil y sórdida.

Al día siguiente, María se despertó con dolor de estómago y mareos. La visita de Luis había estado impregnada por su propio autoanálisis previo y le había resultado agobiante. Durante la cita, miraba a su amante con curiosidad, tratando de encontrar señales que avalaran sus teorías más optimistas, que refutaran su visión más negativa. No sabía qué pensar.

Miró su agenda y elaboró una larguísima lista con llamados para hacer. Tenía que cancelar a todos sus pacientes y avisarles que durante un año, como mínimo, no podría atenderlos. A medida que llamaba, iba tachando, con tinta negra, sus compromisos del día y de la semana. Llamó también a varios juzgados que, creía, no estaban al tanto de su situación legal.

Cuando estaba por terminar, sonó el timbre. Era Rodrigo, que le devolvía a su perro.

Pancho Villa entró, sucio y feliz, y se tiró sobre María. Los dos rodaron por la alfombra. María se reía a carcajadas y le besuqueaba el hocico mientras su amigo, con cara de asco, le advertía que Pancho había estado cazando ratas en el campo. María miró a Rodrigo, evaluándolo. Además de ser su mejor amigo, era el psiquiatra al que le tenía más confianza desde el punto de vista profesional y personal. Habían compartido varios casos y les divertía cotejar juntos informes y expedientes. Rodrigo tenía dos años más que María, era divorciado y había desarrollado una especial antipatía por las mujeres. A pesar de eso, adoraba a su amiga porque, justamente, la veía como el paradigma antifemenino.

Se habían conocido a raíz del caso de un hombre que había rescatado de la calle a una indigente, la había instalado en su casa durante meses, la había mantenido y asistido para, finalmente, asesinarla. María era perito por la defensa del hombre y Rodrigo por la fiscalía. Durante los primeros encuentros se habían odiado. Rodrigo no podía entender las razones por las que María defendía al asesino como si fuera su hijo. Él había llegado a un diagnóstico lapidario: estaban en presencia de un psicópata, perverso y con una inmensa capacidad para la mentira y la violencia, y sacarlo de la cárcel sería un peligro para la sociedad. María mantenía su posición: estaban frente a un hombre muy maltratado en su infancia, inseguro y acomplejado, que había querido ayudar a la indigente para demostrar que podía ser una buena persona. Pero la linyera poco a poco había empezado a hostigarlo hasta límites intolerables, haciéndole revivir su sufrimiento infantil. “¿No entendés? ¡El tipo está psicótico! ¡Es un loco que quería rescatar a la pobre mina! ¡Y la mató sin querer! Pelearon y ahí ella se le murió”.

Al final, le dieron la razón a María y el asesino terminó en un psiquiátrico, medicado y estabilizado. Pero los dos, María y Rodrigo, siguieron encontrándose para discutir el diagnóstico hasta que se hicieron inseparables.

Un rato más tarde, recostados en un sillón viendo una película, María le contó sobre la visita de su amante. Rodrigo no soportaba que hablaran de Luis. Le parecía poco digno para una mujer sostener un vínculo con un hombre casado y sin perspectivas de separación. Cambió de tema y María le contó que acababa de borrar todas las actividades de su agenda. “Las de hoy y las de todo el año. Tenés una amiga desocupada”.

Estuvieron juntos un rato más y cuando Rodrigo se fue, María se acostó en su cama, abrazada a Pancho. No se levantó para atender el teléfono, y cuando a la noche escuchó los mensajes, encontró los de dos colegas aceptando hacerse cargo de los pacientes que habían quedado a la deriva. También había uno de la Colo, que quería verla cuanto antes.

María llamó a Victoria para invitarla a cenar. Su hija la atendió apurada y distante. No quería comer con ella ni tampoco podría verla en la próxima semana. Tenía problemas con su novio y demasiado trabajo atrasado. María insistió todo lo que pudo pero muy rápido advirtió que su actitud era absurda: no podía obligar a su hija a estar con ella. Cuando cortaron hizo un racconto mental muy rápido de la relación que habían tenido. No había sido una relación ideal pero sí había sido buena, mucho mejor que la que ella misma había tenido con su madre. Había estado con Victoria para todo: durante su infancia jamás la había dejado sola para salir o para irse de vacaciones, tenía un enorme cuidado a la hora de elegir las palabras con las que le explicaba las cosas, y siempre, siempre, le recalcaba sus virtudes y capacidades. Sonrió para sí, resignada. Ya había visto demasiadas relaciones entre madres e hijas como para engañarse: se trataba de un vínculo complejísimo que siempre daba lugar a conflictos y reproches.

Fue a la cocina a prepararse algo para comer. En el freezer tenía una tarta de atún congelada que le había preparado Lisa, la mujer que la ayudaba. Le resultó fastidioso sacar un trozo del recipiente, calentarlo y guardar el resto. Odiaba todo lo relacionado con la cuestión hogareña y tuvo, como tantas otras veces, un sentimiento de piedad con las mujeres que tenían que hacer tareas domésticas, en sus casas o en casas ajenas. Sabía perfectamente que aunque las mujeres habían mejorado sus chances en el mundo laboral, todavía no habían podido deshacerse de esa carga minuciosa y agobiante.

Volvió a sonar el teléfono. Mientras se acercaba para atender comprendió que en poco tiempo más, cuando ella ya estuviera en plena licencia, muy pocos la llamarían.

Entonces tuvo una especie de revelación personal: pensó que no sería una mala idea organizar una agencia de mucamas. Buena parte de sus pacientes eran mujeres con una educación precaria, que trabajaban como servicio doméstico o no trabajaban en absoluto, aparte de las que ejercían la prostitución, o salían a robar. A su vez, María conocía una enorme cantidad de colegas y compañeros de la facultad con el poder adquisitivo suficiente como para contratarlas. Es más: un tema repetido entre sus amigas psicólogas era el problema para conseguir empleadas domésticas honestas y eficientes. Ella podría, entonces, ayudar a sus pacientes (que ya no serían pacientes, por culpa de la licencia forzosa) y a sus colegas. Tendría, además, una actividad y ganaría, por qué no, algo de dinero.

Intensos problemas morales subyacían en todo el razonamiento, y formaban, en la cabeza de María, una especie de nudo difícil de desatar. ¿Les cobraría a sus amigas por encontrarles una mucama? ¿Le tendrían que pagar sus pacientes para que ella las colocara en una casa de familia? ¿Serviría, en definitiva, para ese negocio?

Sigo esperando, de alguna forma. La anterior cita con Luis ya pasó y hasta que se concrete la siguiente me quedaré en casa, leyendo y viendo tele.

Anoche, después de despedir a Luis, estuve viendo películas hasta las cuatro de la mañana. También vi un programa de la televisión mexicana que es lo más horrendo que uno se pueda imaginar. La gente canta, baila, se mete en jaulas con víboras, come arañas vivas y es degradada hasta niveles increíbles. Y ahí estaba yo, viendo eso. Esto lo pienso ahora, porque cuando lo tenía delante lo veía y me daba asco y me parecía sórdido y espantoso, pero seguía ahí, con la mirada fija en la pantalla. 

Mis pacientitas también miran cosas terribles en la tele. Mucha novela y mucho programa de chimentos. Una vez fui a atender a la Colo. Me había llamado totalmente descontrolada y fui a verla a una casita muy precaria donde vivía con su pareja. Me abrió la puerta una amiga y me hizo pasar al dormitorio. Estaban los dos, la Colo y el tipo, acostados en la cama en medio de un ruido infernal. Tenían dos televisores, uno al lado del otro, prendidos y con el sonido a full. Ella miraba una novela y él un programa de deportes. Me quedé ahí una media hora, porque era imposible hablar con tanto ruido, pero ninguno quería apagar su programa y además estaban tan borrachos que era inútil todo tipo de charla. Esa escena me impactó mucho, siempre me la acuerdo. Unos días después estuve con la Colo y le pregunté si era normal que tuvieran los dos televisores juntos, encendidos y en dos canales diferentes. Ella me miró como si le estuviera preguntando algo obvio y me dijo que sí, que por supuesto, que ella y su novio querían estar juntos pero que a cada uno le gustaba ver otra cosa. Pensándolo de otro modo, no está tan mal. Luis y yo a veces miramos juntos la tele, un solo programa, pero yo sé que él tiene otro televisor, un televisor que está en otra casa, donde él vive con otra mujer, y eso es peor.

Ahora, pienso, voy a tener más tiempo para estar frente a la tele. Me da mucho miedo tener tanto tiempo libre. Todo el tiempo libre, mejor dicho. Para la gente es difícil estar sin hacer nada. Lo sé por mis pacientes. Los que no tienen nada para hacer son los que siempre se meten en problemas. Y si no, se deprimen. Siempre me pregunté eso: si se metían en problemas para no deprimirse.

Y como le tengo miedo a la espera y a la falta de trabajo, estoy planeando poner una agencia de mucamas. Estoy pensando el nombre. Podría ser “Unidas”. Me gustaría que mis pacientes puedan trabajar en casas donde las respeten y les paguen lo que corresponde, y que tengan obra social y les hagan aportes para una jubilación. Yo conocí, hace un tiempo, al dueño de una agencia. Se llamaba, o se debe llamar, porque no se murió, que yo sepa, Carlos. Un día lo llamé, porque alguien me había dado su número. Yo necesitaba una mucama, y él apareció con una mujer que llevaba un bolsito azul en la mano. Carlos se encargó de despejar mis dudas: “Se la traigo para que la pruebe unos días. Ya trajo ropa y todo. Es buenísima. Mercadería de primera. Pruébela dos o tres días y si no le gusta me la devuelve. A usted no le cobro nada”. Indignada, le dije a Carlos que la mujer no era una mercadería. Él me dijo que no, que evidentemente se trataba de una persona, “pero no deja de ser una mercadería, ¿o no?”. Yo miré a la mujer, que estudiaba todo como si estuviera viendo una película. No parecía afectada por la forma en que el tipo había hablado de ella. Le dije al hombre de la agencia que tenía que consultarlo con mi esposo y lo despedí, indignada. Después pensé que la pobre mujer no tenía ninguna culpa por la conducta del dueño de la agencia, y me sentí culpable por no haberle dado una oportunidad. Bueno, acaso ahora pueda hacer algo. “Unidas” es un nombre que me gusta.

Esa noche, María se quedó despierta hasta la madrugada, haciendo cálculos y listados de posibles empleadas y empleadoras. Tendría que abrir una oficina, pero no estaba segura si era necesario alquilar una. A lo mejor podría usar el mismo consultorio, que estaba en su departamento, y citar a la gente ahí, como había hecho siempre en su profesión de psicóloga. O a lo mejor era contraproducente para su propia autoestima: redecorar el consultorio y convertirlo en agencia de mucamas podría ser devastador.

No tenía, sin embargo, muchas opciones. Su presupuesto no soportaba la carga extra de un alquiler. La otra duda era si debería o no contratar a una ayudante, una secretaria que atendiera el teléfono y organizara las citas y los encuentros. Pero lo mejor sería empezar y esperar a ver cuánto movimiento generaba “Unidas”, cuyo nombre ya estaba decidido.

Entre todas las listas que armó esa noche figuraba una con los posibles amigos que podrían darle consejos acerca de cómo montar su propia empresa. En primer lugar ubicó a Rodrigo, que además de ser un psiquiatra brillante tenía una asombrosa habilidad para los negocios. Después anotó el nombre de su amante, que como era abogado podría aconsejarle sobre aspectos técnicos del asunto. Pensó en su padre y en su ex marido, y se rio de su ocurrencia. Ninguno de los dos estaba capacitado siquiera para resolver sus problemas cotidianos más elementales. Su padre había demostrado siempre un profundo desprecio por las cuestiones materiales. Y su ex marido, el segundo, no podía deshacerse de su grave problema con el alcohol. Los dos se habían hecho amigos hacía más de diez años y todavía se encontraban todas las semanas para comer juntos o ir a un bar. María sabía que ella no tenía nada que ver con esa amistad, y estaba segura de que —salvo en alguna circunstancia excepcional— jamás la mencionaban en sus charlas.

Con la lapicera en la mano, recostada en su cama sobre una montaña de almohadones, María sintió una tristeza conocida: la de saber que su círculo de amigos era tan acotada como en su infancia. “Tantos años y no logré tener un buen grupo de amigos, como soñaba cuando era chica. ¿Por qué no habré podido?”.

Después de pensarlo un buen rato, agregó a la lista a Elena, una amiga superficial pero medianamente confiable, con quien se veía de vez en cuando para comer pescado. A las dos les encantaba y solían citarse cuando a alguna se le antojaba y no estaba dispuesta a cocinar. Elena tenía la ventaja de provenir de una familia acomodada, lo que le daba una buena experiencia en mucamas. Podría darle una serie de consejos y, de paso, avisarles a sus amigas que se había inaugurado una agencia confiable.

A su hija no la consultaría pero sí le comunicaría sus intenciones. Si no lo hacía vendría la clásica pelea en la que Victoria acusaría a su madre de mantenerla al margen.

Por último hablaría con Lisa, su propia mucama.

María dejó la lista entre las sábanas y fue a escribir. Antes, se sirvió un vaso de vino tinto al que le puso un poco de hielo y se preparó un sándwich de queso. Quería escribir sobre su falta de amigos.

Antes de seguir quiero hacer un paréntesis. De todas formas no sé muy bien cómo armaré todo lo que estoy contando, pero sí sé que ahora quiero escribir sobre la soledad. O, mejor dicho, sobre mi falta de amigos. ¿Por qué no logré, en cuarenta y cinco años de vida, tener más amigos? ¿Por qué no puedo tener, por ejemplo, diez, o al menos ocho amigos? Esas cifras me parecen posibles, alcanzables. No estoy pidiendo mucho. Estoy pensando en menos de una docena. Conozco muchísima gente pero no se convierten en amigos. Y ellos, por lo que sé, sí tienen muchos amigos.

Si ahora mismo, por ejemplo, quisiera hablar con alguien, no tendría a quien ...