Loading...

LA MAGIA DE SER NOSOTROS

Elísabet Benavent

0


Fragmento

1

En el hoyo

El despertador de Lucía invadió la habitación con unos pitidos horriblemente desagradables en intervalos de cuatro, como cada mañana. Yo ya estaba despierto. Los ojos se me habían abierto hacía un par de horas y había sido imposible volver a cerrarlos. Había soñado que había macetas de lavanda alrededor de la cama pero, al contrario de lo esperado, la habitación olía a café. A madera lustrada. A libros polvorientos. Los recuerdos se colaban por todas las grietas y despertaban los sentidos si se trataba de ella. No de Lucía, claro. De ella.

Durante esas dos horas de insomnio había observado en silencio cómo a través de la ventana la noche iba clareando, pero aún no era de día.

Lucía se revolvió y suspiró al tiempo que apagaba el despertador. Era pronto, el día anterior llegó tarde a casa y estaba cansada. Como yo pero de otra forma. Lo mío no sé si era cansancio o vejez prematura. La cantidad de años que no viviría junto a Sofía me hizo envejecer de repente.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Lucía se levantó de la cama, se echó encima una bata, caminó de puntillas por la habitación y mientras, yo fingía estar durmiendo para no tener que contestar a las mismas tediosas preguntas de todas las mañanas: «¿Has dormido?», «¿Cómo te encuentras?», «¿Qué planes tienes para hoy?».

Desapareció caminando despacio hacia el baño y yo suspiré de alivio cuando cerró la puerta. Diez minutos más tarde regresó enrollada en una toalla y con el pelo húmedo. Se vistió con el siseo de la tela sobre la piel como único sonido y yo, aprovechando que estaba de espaldas, miraba cómo la claridad iba avanzando. Pronto los gritos de los niños llenarían el éter y sentiría un poco de alivio. Los niños me hacían sentir esperanzado porque, por más que doliera, el mundo seguía girando. Había más vida aparte de la mía. Esa que había jodido por elección propia.

Lucía se metió de nuevo en el baño para maquillarse y peinarse para regresar enseguida perfumada y lista, haciendo repicar los tacones sobre el parqué.

—Héctor… —Se sentó en mi lado de la cama y me acarició el pelo—. Cariño, me voy.

—Vale —respondí.

—¿Has dormido?

—Sí.

—Te has movido mucho. —No contesté nada, solo me froté los ojos—. Bueno, no pasa nada. Coméntaselo al médico, ¿vale? No te olvides. A las diez.

—Vale.

Si no me lo hubiera recordado hubiese fingido olvidarme pero ahora… tenía que ir. Porque ella misma había llamado para pedir la cita, porque se había tomado muchas molestias y porque… estaba preocupada. Y porque yo quería una solución para lo mal que me encontraba, aunque fuese en forma de pastilla. Yo sabía perfectamente lo que me pasaba. Me estaba muriendo de pena a la antigua. Como las damiselas de las novelas de amor de otros siglos. Así era yo. Un mierda.

El médico anotó todo lo que le fui contando a regañadientes. Sueño ligero e insuficiente. Épocas de hambre voraz seguidas de pérdida total de apetito. Migraña. Falta de energía. Nula concentración.

—¿Algo más? —preguntó sin mirarme.

Me froté las sienes muerto de vergüenza. Podría no decírselo, pero eso significaría de alguna manera que no asumía lo que me estaba pasando y… no era la realidad. Lo asumía y me resignaba a aceptarlo porque, ¿qué menos? Había echado mi vida a perder. Suspiré hondo y dije:

—Sí. He perdido el apetito sexual.

—¿Ha perdido el interés hacia las relaciones sexuales o sufre episodios de disfunción eréctil?

«Me quiero morir», pensé, pero sonreí débilmente y negué como si la situación en el fondo me diera risa.

—Un poco de todo —admití.

Y me dolía en el alma decirlo porque me sentía culpable y ridículo a la vez…, menos hombre. Pero, joder, necesitaba darme tregua o un día terminaría tirándome por la ventana.

El doctor despegó la vista de su ordenador, me miró y sonrió con bonanza; quería suavizar el discurso.

—Sabe usted lo que le ocurre, ¿verdad?

—Perfectamente —le respondí. Me hizo un gesto para que siguiera hablando y yo terminé el diagnóstico—. Estoy deprimido.

—Bien. Aceptarlo es el primer paso. Un psicólogo puede ayudarlo a ver las causas de este proceso y…

—Sé la causa —le corté—. Tomé decisiones equivocadas que no puedo borrar. Recéteme algo. Unas pastillas que me atonten. Algo suave que lo haga más llevadero.

—Es usted muy joven para estar tan resignado.

Debí contestarle que de no estar tan resignado tendría la constante tentación de volver atrás y desbaratar tres vidas, pero no lo conocía de nada y estaba seguro de que no le interesaría lo más mínimo. Al ver que no respondía…, asintió y firmó un papel.

De camino a casa compré las pastillas y me tomé dos junto con un café en la cafetería del antiguo cine de Carouge. Tendría que haber comido algo pero aquella semana era de las de sobrevivir a base de café. La semana siguiente comería por cinco, pero no me preocupaba demasiado. Lo único que quería era llegar a casa y meterme en la cama, que hicieran efecto los malditos ansiolíticos y dormir sin sueños a poder ser durante días.

Te diste la bienvenida a tu vida de mierda, Héctor, pero nunca te acostumbraste a vivir en ella.

2

La soledad del aroma de la almohada propia

Octubre.

Siete meses de silencio.

Cuando descubres lo que significa vivir con magia y te la quitan es como si hubieran bajado la intensidad de la luz en todas partes. Siempre creí que ese melodrama no iba conmigo, pero es la jodida realidad. Hasta la luz del día brilla menos. Y tú te vas apagando cada vez un poquito más hasta que te parece que eres de papel. Un dibujo en blanco y negro. Sin matices. Sin colores. Sin planes.

No quiero hacer hincapié en lo que sentí cuando me di cuenta de que no volvería, solo te diré lo que ya imaginas: me quedé hecha una auténtica mierda. Me encerré mucho en mí misma, no porque no soportara la compañía o ver la compasión en los ojos de los que me miraban, que también, sino porque me moría de vergüenza. Llegué a pensar que me lo merecía.

Me enamoré de un tío con novia, ese fue el principio del fin, la piedra con la que me resbalé y que provocó que todo lo demás cayera en picado. Engañamos a otra persona, nos creímos protagonistas de una historia de amor y corazones, y terminamos en un estrepitoso fracaso. Uno de esos que te rompen y en los que pierdes piezas. Por más que te repongas siempre habrá vacíos que no lograrás llenar. Pero me convencí de que era cuestión de tiempo. Me costó, pero me convencí porque la lógica me decía que no había otra opción posible. De todo se sale, dice mi padre.

Sé lo que se esperaba de mí cuando él se marchó: llantos, autocompasión, algún que otro numerito mientras me desgañitaba diciendo que me quería morir y canciones lastimeras. Estaba orgullosa de poder decir que dejé a casi todos con las ganas; no hay nada más disuasorio en este caso como la vergüenza propia: uno no quiere remarcar lo iluso que ha sido.

Durante dos semanas escuché canciones lastimeras y de ruptura, eso sí, en la más estricta intimidad: «I will survive» de Gloria Gaynor, «Se acabó» de la grandísima María Jiménez, «Se fue» de Laura Pausini. Pensé que cuanto más evidentes y más melodramáticas fueran, antes me repondría, pero no me ayudaron demasiado. Me di cuenta de que tendría que hacerlo de otro modo quizá un poco más… invasivo; cuando se cumplieron quince días de su marcha, borré la lista de Spotify que escuchábamos juntos, eliminé cualquier recuerdo suyo de mi habitación y le pedí a todo el mundo que me tratara como si Héctor nunca hubiera cruzado la puerta del Alejandría. Ellos hicieron su parte y yo la mía: fingir que no me acordaba de él.

Así que no hubo numeritos. A lo sumo alguna borrachera lamentable junto a Oliver, de esas que ya no nos iban con la edad que teníamos. Pero divertida. Sin llantos, ni rímel corrido ni llamadas a horas intempestivas. Había borrado su número, eso también ayudó. Aunque… seré sincera, lo borré tarde y me fue imposible eliminarlo de mi memoria, así que, bueno, lo comido por lo servido.

Meses después de encontrar su habitación vacía y una simple nota de despedida, el balance no era positivo, pero tampoco negativo. No adelgacé durante ese tiempo ni languidecí con su marcha, pero tampoco engordé buscando en las tarrinas de helado el consuelo que antes encontraba en el calor que desprendía su cuerpo. Somos tontas si creemos que un montón de helado de Ben & Jerry’s de chocolate con brownie arreglará la soledad. A ver… ayuda, al menos un ratito. Pero es como masturbarse: es placentero pero si lo que buscas es el calor de otro cuerpo… no es la solución.

Tampoco perdí las ganas de vivir, aunque tampoco conseguí sentirme como antes de que entrara en el Alejandría. La tranquilidad se había desvanecido sin dejar ni rastro y donde antes había comodidad solo quedaba vacío. Pero me refugié en las cosas que quería, las que me gustaban… en mi Alejandría, en mi gente, en mi taza gigante de café donde en algún momento deseé meter la cabeza y ahogarme.

No estaba visiblemente mal, pero tampoco estaba bien. La gente no mencionaba la resignación con la que había asumido que parte de la tristeza no se iría; todo el mundo me trataba igual que antes de él pero yo me sentía muy diferente. Incapaz de dar consejos, poco capacitada para hablar de cosas que no fueran triviales, más amiga que nunca de esas citas que igual me arreglaban un roto que un descosido y que me permitían no mojarme en nada.

Me acordaba de él a todas horas, pero era un secreto muy bien guardado que rescataba cuando estaba sola en mi habitación, como el hilo rojo de lana que no había sido capaz de tirar y que tenía escondido debajo de mis pijamas limpios, en el último cajón de la cómoda. Cerraba la puerta con una sonrisa que se me desprendía de la boca cuando no había nadie que pudiera verme, rescataba el maldito manojo de lana y cerraba los ojos. Lo acariciaba y dibujaba en mi cabeza línea a línea a Héctor; desde su ceño fruncido, su barba o esa pequeña depresión que cruzaba su estómago cuando se tumbaba. Me gustaba ser capaz de recrear hasta el remolino de su barba porque en el fondo no quería olvidarlo pero quería comportarme como si nunca hubiese existido. Nadie dijo que las mujeres fuéramos sencillas. Nunca dejé de quererlo, pero aprendí a odiarlo también y encontré allí un equilibrio… precario, pero equilibrio al fin y al cabo.

Hallé mucho respeto en el silencio de mi entorno. Soy de las que cree a pies juntillas que si alguien quiere compartir una pena, lo hace. Es normal preguntar, preocuparse, pero después de una toma de contacto, de un par de «estoy bien» que claramente son mentira, se debe aceptar que hay palabras que no reconfortarán. Hay pensamientos que es mejor dejar encerrados porque si salen y son libres, lo tocan todo, lo ensucian todo, lo contagian… Qué curioso. Siempre pensé que las penas, al verbalizarlas, se convertían solo en letras y dejaban de pesar. Quizá fue así durante un tiempo. O quizá fue así con todo lo que no era Héctor. Siete meses… Supuse que necesitaba tiempo para asumir del todo la realidad y la desoladora sensación de que había perdido ese puñado de magia que llevaba mi nombre y que ya no habría segundas oportunidades.

A principios del tercer mes d. H. (después de Héctor, entiéndase) me acosté con otro tío. Abel me obligó a salir a cenar una noche, los dos solos, para dar esquinazo a la rutina y a la puta realidad, esa que por más que bebas siempre se planta a los pies de tu cama la mañana siguiente. Lo que iba a ser una cena «de personas de bien», y lo cito a él, se convirtió en una especie de orgía de hedonismo que se saldó con un polvo con un desconocido pero que podía haber terminado con nosotros dos en la carretera de A Coruña haciendo autostop en ropa interior. Vaciamos dos botellas de vino, media botella de ginebra y… perdimos la cuenta de lo que después nos echamos garganta abajo.

A ese otro tío lo conocí esa noche en un garito mítico de Malasaña que se llama El Penta. El coqueteo fue bastante pobre pero me había emborrachado durante la cena de ideas de libertad y goce, de hacer lo que me diera la gana y disfrutar de mi cuerpo y de mis treinta años con soltura, sin pensar, sin darle tantas vueltas a todo. Así que él me preguntó si podía invitarme a una cerveza y le dije que mejor le invitaba yo. Era mono. No besaba mal. Tenía barba. Eso fue suficiente. Con los ojos cerrados…, bueno, ya imaginarás. Con los ojos cerrados era fácil ponerle otra cara. Terminamos en su piso follando en el sofá. Fue…, a ver si encuentro las palabras…, me basta solo una: DESASTROSO. No diré que repugnante porque no lo fue, pero no ayudó. Precipitado, descoordinado, físico. Como dos personas bailando agarradas dos ritmos completamente diferentes. Un desastre. Me pidió el teléfono cuando me levanté para vestirme pero me escapé como pude. Yo no quería un novio. Yo quería a Héctor.

Lloré mucho de vuelta a mi casa. Pero, ojo, no porque me sintiera sucia, por estar engañando al recuerdo de un tío que en realidad, que no se nos olvide, me dejó tirada, o por cualquier mierda machista. Lloré porque me di cuenta de lo diferente que era el sexo corriente a lo que tenía con Héctor. Con él era increíble y con otros hombres era solo un rato de empujones, gemidos y cosquillas por dentro que terminaban con un grito de alivio y conmigo recuperando las bragas. Lloré porque sabía que no volvería a encontrar lo que tuve con él. Estas cosas pasaban solo una vez en la vida. «La magia no repite con ingratos que la despreciaron», me dije.

¿Cuál era entonces mi actitud ante «el amor»? Bueno, tenía mi propia hipótesis. Estaba segura de que lo que había vivido con Héctor terminaría sucumbiendo al tiempo y, como las fotos antiguas, perdería los matices hasta convertirse en un borrón amarillento en el que apenas se distinguieran las sonrisas. Solo quedaría una sensación vaga que también se olvidaría y, sin objetivos, sobreviviría más que viviría. Era horrible plantearlo de esa manera, pero ¿qué más daba? Él no iba a volver.

Debí demonizarlo. Debí inventarme cuentos en los que él fuera el lobo y yo la abuelita. Debí lanzarme a la carrera por recuperar mi vida, farfullando borracha que mi «ex», si es que podía llamarle así, era el peor tío con el que había tenido la mala suerte de chocar. Pero… empaticé con él. Le entendí. Con el tiempo el dolor se escondió bajo una capa de comprensión que si me paraba a analizar me parecía soberanamente humillante. A ella la elevé a la condición de semidiosa, porque había conseguido algo que yo no pude: que mi novio volviera, que lo dejase todo de nuevo por mí. Consiguió que Héctor se quedara. Y yo, tristemente, dejé de importar en la historia incluso en mi fuero interno. Triste pero cierto.

Mi vida a. H. (antes de Héctor, ya sabes) era tranquila, amable…, no era la protagonista de una historia trepidante pero tampoco de cualquier drama. Con él todo se volvió intenso, brillante, sonoro; del roce de las sábanas surgían las canciones más bonitas del mundo. No podía culparme; así era el amor. Pero lo cierto es que cuando se fue lo que tenía antes de conocerlo no significaba nada. Estaba segura de que nunca había sido suficiente, no lo era y no lo sería porque el vacío que había dejado no se podía llenar con nada que no fuera él y él no iba a volver. Así que tuve que adornar lo demás porque el tiempo libre que antes dedicaba a leer o tomar café en el Alejandría se llenó de fantasmas. Y me negaba. Mis espacios eran míos y después de cómo se terminó no quise regalarle nada más de lo que ya se llevó. No le pesaría en el equipaje, pero a mí me dejó sin nada. Y la sensación era devastadora. Pero silenciosa.

Estaba cansada, es un buen resumen de todo lo que sentía. Siempre estaba cansada. Un cansancio casi líquido que me goteaba por dentro, reblandeciéndome hasta la cabeza y los huesos, y que no me quitaba de encima ni durmiendo. Un cansancio que se agravaba cuando caminaba por mi acera porque no podía soportar que la luz de la ventana estuviera encendida sin tenerle a él inmerso en sus dibujos. O Estela usaba la habitación como estudio o había alguien nuevo viviendo allí, en ese cuarto donde nos quisimos tanto. Si no lo sabía era porque a la pobre Estela también tuve que evitarla por mi salud mental. Pero no verla a ella, apartar los ojos de la ventana iluminada era inútil… como intentar no pensar en un elefante rosa cuando alguien te dice que no pienses en un elefante rosa. Evitaba mirar pero sentía lo mismo que si lo hiciera.

No. No moriría por amor, no desfallecería por pena y la vida seguiría, pero sería una vida… sin sal. Sin chispa. Sin brillo. Sin hilos rojos. Sin cuentos sobre el destino. Sin primeros besos infinitos. Sin idioma secreto escondido en una ventana. Sin canciones que cambiaban de significado. Sin sentirse capaz de todo. Sin sentir que Madrid era para mí y que se rendía a mis pies. Sin magia.

Pero con ella o sin ella, el mundo seguía. Y yo sería fuerte. Y las debilidades me las guardaría en un cajón para rescatarlas cuando nadie pudiera verme, como esa madeja de lana que enrollaba, liaba y pasaba horas deshaciendo a mi antojo solo para notar su tacto entre los dedos.

Pronto las chicas que llenaban las mesas del Alejandría calzarían botas y botines, los hombres se pondrían jersey sobre la camisa, cambiaríamos las especialidades del día y volverían los cafés con leche y espuma de caramelo y los chocolates calientes. Las calles olerían a frío y… me acordaría incluso más de él, porque Héctor era un hombre de invierno, de ropa recia y que abrigara, de botas y pantalones de tweed. Porque parte de su magia fue convertir el invierno en una estación mucho más cálida, sin que nos importara el viento que cortaba la cara.

Los días pasarían, las estaciones se sucederían y las grandes cosas seguirían pasando sin que yo participara en ellas.

3

Sálvame de eso

La vida de Oliver seguía como la mía adelante pero sin demasiada pasión. La prueba era que había perdido hasta las ganas de sacar el ciruelo a pasear. Al menos con la misma frecuencia que antes.

—La pitopausia —me dijo con aire solemne mientras daba vueltas a un café con leche en la barra del Alejandría—. Tan joven y con la polla en coma. Qué lástima.

El énfasis que puso en la palabra «lástima» me arrancó una sonrisa. No. No estaba pitopáusico. Ni deprimido. Si me hubiera pedido opinión sobre el asunto le habría dicho que cuando uno experimenta cómo son las cosas especiales, pierde el interés en lo convencional, y se lo diría con conocimiento de causa porque eso precisamente me estaba pasando a mí. Pero no me preguntó. Él siguió su propia terapia.

Probó con la chorbi-agenda pero, además de encontrarse con un montón de puertas cerradas y respuestas del tipo: «Si te pica el rabo, ráscatelo tú solo», tras las ventanas que sí le abrieron chocó con lo conocido, una zona de «confort» que le creaba de pronto bastante «disconfort». Sí, lo sé. Esa palabra no existe, pero debería.

Así que viendo que no se le caía el ciruelo después de follar como a una salamandra la cola, pero que tampoco le levantaba el ánimo, se dejó llevar por la desidia de echar un casquete cuando le surgiera la oportunidad y le apeteciera demasiado; él habló de hacerlo solo cuando una zona de su cuerpo estuviera «llena de amor por repartir», pero mejor te lo ahorro.

Un viernes, durante nuestra cena semanal de «cuéntame tus mierdas», que últimamente andaban flojas de emociones, Mamen nos dijo que quizá teníamos la respuesta a nuestros males justo enfrente de nosotros pero no éramos capaces de verla.

—A lo mejor estáis hechos el uno para el otro y los fracasos vienen a darle la razón a la vida.

Mi primera reacción fue tirarle encima el paño de cocina, el corcho de la botella de vino y una pechuga de pollo cruda, que Holly arrastró hasta su comedero, porque es una ladrona pero le gusta comer con finura. La reacción de Oliver no fue mejor. Lanzó un alarido y se desplomó encima de la mesa como si le hubieran dado un tiro. Nos costó reponernos.

Aquella noche no rescatamos la idea pero al parecer él le dio más vueltas que yo. Terminó esperándome en mi portal un día después del trabajo, sentado en el escalón con los ojos perdidos en el cemento y gesto de preocupación.

—¿Y si nos estamos obcecando? —me dijo nada más verme aparecer.

—¿Qué dices? —refunfuñé yo que no entendía de lo que estaba hablando. En realidad hace muchos años que no le entiendo a él en general, con todas sus circunstancias.

—Que… ¿y si esperamos que el amor sea más de lo que es? Porque quizá estamos malgastando energía pudiendo estar tan felices juntos, tú y yo.

Por poco no me dio un paro cardiaco, peste negra y sífilis solo de escucharlo. Me tuve que sentar. De verdad. Me mareé.

Oliver no estaba enamorado de mí, claro que no. Fue la crisis de los treinta que también les afecta a ellos, por más que quieran hacerte creer que es cosa de mujeres. Estaba preocupado por la soledad, por la veracidad de las sensaciones que le esperaban en el futuro, por no estar seguro de si ya había vivido todas las novedades y emociones que le tocaban y estaba condenado a repetir una y otra vez las mismas experiencias sin que volvieran a significar nada importante. La soledad, que agitaba las alas amenazando con oscurecerlo todo. Los años, que son infatigables, que siguen andando por más que tú te canses. Su piso, que era una pocilga. Una mezcla de circunstancias le hicieron imaginarse a sí mismo como un octogenario decrépito, solo, amargado.

—Coleccionaré las fotos de la trasera del As, Sofía, y me la pelaré con revistas cutres de tías con el chichi como un trozo de salami. ¡Sálvame de eso!

Me costó hacerle entender que no íbamos a conformarnos con buscar un compañero de vida sin entrar en detalles de cómo me sentía por dentro. No quería hablarle de amor, de Héctor, de lo vivido, pero al final tuve que rascar un poco más cerca de la herida de lo que en un primer momento quise.

—El amor no puede sustituirse por comodidad. Son cosas distintas, Oli. —Le acaricié el pelo—. Si lo piensas, es fantástico. Te queda mucho por sentir, muchas experiencias que vivir al límite.

—¿Me estás diciendo que haga puenting? —Arrugó el ceño.

—Te estoy diciendo que te enamores.

Me mandó a cagar. Siendo fiel a la realidad, me mandó a «cagar a la vía». Y yo a él a tomar por culo. Se quedó un rato pensativo. Días después me confesaría que había estado planteándose probar experiencias con hombres después de mi comentario, por descartarlo al menos.

—Dile que soy su hombre —comentó Abel cuando se lo conté.

Y entre tanto loco me pareció un poco menos grave estar perdiendo la chaveta.

Pensé que poco a poco se le irían olvidando las paranoias igual que yo había dejado de agobiarme por las canas que me crecían allá donde no me daba el sol, pero me equivoqué. La cosa siguió por otros derroteros.

En la tele habían dado la bienvenida oficial al otoño pero en la calle cascaba un sol de justicia. Estábamos todos en mangas de camisa, asfixiados. El tema de conversación del día en el Alejandría no había sido la falta de gobierno, la posibilidad de tener que repetir las elecciones o los imputados en la trama Gürtel. Qué va.

—Qué asco de calina.

Era lo único que se escuchaba entre la clientela.

—¿Te preparo un chocolate calentito para entrar en calor, cielo? —les pinchaba yo.

Siendo o no puñetera, era verdad. Era insoportable.

Oliver llegó con la americana en el brazo y dos botones de la camisa desabrochados provocando algún suspiro entre las parroquianas y Abel, que estuvo mirándole los centímetros de piel que tenía al descubierto como si su mente fuera a desarrollar la habilidad para desabrochar prendas.

—¿Te vas desnudando por la calle?

—Tus ganas locas —respondió dejándose caer en una banqueta—. Ponme una cerveza. Fría como tu alma.

—Mi alma es cálida y confortable —le respondí—. Te voy a poner un poleo menta.

Solo tuvo que lanzar una miradita con caidita de pestañas hacia Abel para tener su cerveza helada.

—Cariño, ¿por qué no te vienes a mi casa? Tengo aire acondicionado y cosas que no has probado —le ofreció mientras le servía.

—¿Le has contado lo de probar cosas nuevas, no? —Le señaló mirándome.

—No pude evitarlo.

—No soy gay, Abel, lo siento.

—A lo mejor eres bisexual y no lo sabes. Probamos primero con las manos. —Levantó un par de veces las cejas—. Iré con cuidadito.

Oliver suspiró y dejó de prestarle atención. Habíamos quedado allí para tomar algo cuando acabara mi turno y yo ya estaba quitándome el mandil. Se había dado mucha prisa en salir del curro y mi relevo había llegado más tarde que él.

—¿Cuál es el plan? —le pregunté.

—Puedes venir a mirar —susurró Abel—. A mí no me importa.

—Pues quería hablar contigo de una cosa —respondió Oliver como si Abel no estuviera allí tirándole los tejos.

Le di un beso a Gloria y cogí mi cerveza para sentarme junto a Oli. Abel hizo lo mismo en el otro flanco, poniéndole la mano en la pierna.

—Abel, ¿aprecias mucho esa mano?

—Tú también la apreciarías si supieras lo que sabe hacer pero ¿sabes qué? Me voy. Así. Dejándote con la miel en los labios. Ya vendrás pidiendo más.

Me lanzó un beso que fingí recoger y guardarme en el sujetador. Oliver se despidió con una palmadita y Abel se marchó mientras cantaba algo sobre un serrucho.

—¿Qué me decías? —le pregunté a Oliver.

—Nos he apuntado a una web de citas.

No respondí. Lo miré fijamente durante unos segundos.

—¿Perdona?

—Que nos he apuntado a una web de citas.

—¿Perdona? —repetí.

—Sofía, no seas frígida. Están muy de moda. ¿Qué es lo peor que puede pasar?

—¿Que acabemos muertos en un contenedor?

—Que conozcamos gente, Sofi, hija, que parece que vives en los años sesenta.

—En serio, Oliver, ¿no estás de coña?

—¿Me ves cara de estar de coña? —Se señaló la cara.

Me tomé un segundo para estudiarle y sacar conclusiones. Después solo grité:

—¡¿Me puedes explicar por qué?! En serio. ¡¿Por qué cojones me metes en estos berenjenales?!

—Porque necesito un partner in crime.

—Necesitas un psiquiatra y medicación, Oliver. ¡¿Por qué mierdas me has apuntado a una web de citas?!

—Eso no se hace, hombre —respondió desde la mesa del rincón Ramón, un cliente habitual—. Pobrecita mía.

—¿Pobrecita? ¡No la conoce usted! —le respondió Oliver antes de girarse hacia mí de nuevo—. No es tan malo como parece. En serio. Cuando me lo dijeron a mí también me pareció horrible.

—¿Fue entonces cuando empezaste a tomar drogas? Dime que no me has apuntado a First Dates o algo así…

—Es una web nueva. Es de citas a la americana. Es todo gente joven como nosotros. Gente intentando conocer a otra gente.

—¿Desde cuándo no valen los bares?

—Eres camarera y no veo que conozcas mucha gente nueva.

Me dolió algo dentro y me doblé un poco como en un pinchazo. Tenía síntomas físicos de dolores morales. Conocí a Héctor en el Alejandría y no, no había valido. Me palpé el costado y cogí aire. Siete meses. El día siguiente dolería un poco menos.

—No quiero hacer eso —sentencié.

—¿Por qué? ¡Puede ser divertido!

—Si puede ser tan divertido, ¡¡hazlo solo!!

—Juntos mola más.

—No quiero. Es mi última palabra.

—¿Sabes la envidia que te va a dar cuando te cuente lo bien que me lo estoy pasando?

—Creo que podré vivir con ello.

—Mira —apoyó el codo en la barra—, vamos y nos echamos unas risas.

—Mira —le imité el gesto—, no.

Oliver empezó a argumentar a favor de su propuesta, el siguiente y psicodélico paso en la carrera por probar cosas nuevas, pero yo me harté. Desde que Héctor se fue, la paciencia se me había ido acortando. Así que cogí mi bolso, le di un trago a mi cerveza y me levanté.

—Sofía…, Sofía, eres una cría. Ven. Vamos a hablarlo. —Se levantó y me siguió sin hacer ademán de pagar.

—Gloria, ese tío se va sin pagar. —Pero ella solo se rio.

Ya estaba en la puerta cuando Oli me agarró del codo reteniéndome.

—¡Hay que volver al ruedo, Sofía!

—No tengo intención de volver a ningún sitio en el que no he estado. Y ya está.

—Pero ¿qué te pasa? ¿Tanto miedo te da conocer a alguien y pasar un buen rato?

Me quedé mirándolo aunque… no vi a Oliver. Me vi a mí. A mi yo de antes, de ahora y del futuro. Y lo vi a él. A Héctor. O más que a él, vi su ausencia por todas partes, las heridas que había dejado y la metralla emocional que aguardaba escondida detrás de objetos tan cotidianos como una lamparita con flecos o una ventana.

—No va a volver —me dijo con un tono muchísimo más oscuro—. Lo siento, Sofía, pero no lo hará. Y es lo mejor.

—Que sea lo mejor no significa que no duela.

—Ya lo sé.

No iba a volver. No lo haría. Y lo peor era la sensación de no haber podido despedirme. La cantidad de besos que no le había dado porque pensaba que tendríamos tiempo. Los recuerdos que ni siquiera existían. La soledad. La terrible sensación sólida y física de su ausencia. Yo quería despedirme. Quería decirle, mirándole a los ojos, que fuimos reales. Quería ver en sus ojos la confirmación de que lo fuimos. Pero no la tendría. No volvería. Y lo peor era la pena que le daba a Oliver saber, como sabía, que no es que tuviera esperanza pero tenerla me haría tremendamente feliz.

—Sofi, escúchame.

—Déjalo, Oli. De verdad. Déjalo.

—Tienes que salir.

—¿Por qué? —Crucé mis brazos sobre el pecho y esperé su brillante respuesta.

Pensé que contestaría una chorrada como un piano, que me reiría y podría irme sin tanta pena, pero Oliver de vez en cuando tiene momentos de lucidez.

—Porque vas a terminar como tu madre: amargada por una historia que no salió sin darte la oportunidad de que te pueda volver a pasar.

Si me hubiera pegado un bofetón me hubiera quedado menos petrificada, estoy segura. Si me hubiera escupido en la cara. O presionado los ojos como en una antigua técnica mortal de artes marciales. Si me hubiera cogido del pelo y arrastrado por la calle. Si hubiera dicho cualquier otra cosa…, hubiera sabido defenderme. Habría tenido palabras. Habría sabido devolverle el golpe. Pero así no. Contra la verdad es difícil contraatacar. Y él notó que había dado en tejido blando.

—Sofi…

—No vuelvas a nombrármelo —mascullé.

Supongo que Oliver intentó alcanzarme, pero lo dejó estar cuando vio lo que venía: el proceso. Cada persona necesita unos pasos diferentes para salir de una misma situación. El mío valió solo para mí. Me solté. Salí del Alejandría. Corrí a mi portal. Abrí. Subí. Entré en casa. Cerré. Cogí a Holly en brazos. Nos metimos en mi dormitorio. La abracé. Lloré en su cuello. Saqué el hilo. Le lloré a él. Al que no iba a volver. Al que estaba a punto de convertirme en mi madre. Al que había perdonado convirtiendo sus faltas en mías. Cuando me cansé, llamé a Oliver y le dije que sí. Que lo haría.

4

Crónica de unos fracasos anunciados

Mamen celebró nuestra decisión de lanzarnos a las citas on line como si en realidad nos tuviera un poco de envidia por poder probar aquellas moderneces.

—Puedes venir también —le dijo Oliver—. Te haces la estrecha y punto. Seguro que al padre de Sofi no le importa.

Las dos lo miramos con lástima. Pobre. Oliver seguía sin saber cómo funcionaba el mundo. Pero sabía mucho de moda y se peinaba muy bien. Hay que decirlo todo.

Pero la cuestión es que gustó mucho nuestra iniciativa. Hasta Lolo aplaudió la idea cuando se la comenté en el Alejandría una mañana a pesar de que lo planteé como quien dice que está esperando cita para un tacto rectal.

—Voy a tener citas con gente tan rara como yo —sentencié.

—Lo raro es no tener ese tipo de citas en estos tiempos, bonita.

Abel asintió mientras se afanaba en poner toda la nata posible dentro de un vaso de batido.

—Estoy por apuntarme también —musitó.

—Parece que a todo el mundo le apetece menos a mí. Tendríais que haber visto la cara de Mamen. Era como si fuésemos a ir a un parque de atracciones donde ella tuviese prohibida la entrada.

—Pues se me ocurre una cosa…

Nunca pensé que «la cosa» que se le ocurrió a Abel fuera quedar con Mamen en el mismo sitio donde Oliver y yo fuéramos a tener la cita pero… fue exactamente eso.

Fue un desastre. Uno detrás de otro, quiero decir. Pecamos de novatos, claro, a pesar de que Oliver está muy ducho en eso del ceremonial de apareamiento humano. Eso en la primera, en el resto creo que fue ya masoquismo puro.

Caímos en todos los errores posibles en la primera cita: no leímos entre líneas en los perfiles, quedamos para cenar y dejamos claro que teníamos el resto de la noche libre. Mec. Porque si pone «que le gusta dar paseos en la playa bajo la luz de la luna» lo que quiere es casarse y si ha escrito que «está abierto a lo que surja» lo único que quiere abrirte son las piernas. Si quedas a cenar y no te gusta, es un imbécil o la cosa no marcha ni para echarse unas risas, no puedes pagar y marcharte…, lo único que te queda es fingir una cagalera o engullir todo lo rápido que puedas para que no se alargue. Y siempre hay que dejar caer que «puede que no te sea posible alargarlo mucho esa noche, porque estás pendiente de algo», para tener un as en la manga más grande que la excusa que usas para largarte por patas. Es un consejo.

Quedamos con nuestras respectivas primeras citas a las nueve y media en Luci Bombón; Oliver con una dentista a la que le gustaba salir a correr al Retiro y participar en carreras, y yo con un técnico de una compañía de telefonía al que le gustaban las novelas de misterio y los animales.

Cada uno se sentó en la barra como si no nos conociéramos esperando a que llegaran nuestras parejas mientras Abel y Mamen se ponían finos a vino en una mesa estratégicamente escogida entre ellos y el camarero con el que se habían compinchado.

La cita de Oliver llevaba los dientes manchados de carmín… pero a lo bestia como si se hubiera zampado todo el stand de barras de labios de MAC antes de llegar, en plan Monstruo de las Galletas. Paradójico tratándose de una dentista. Tenía dos tetas como dos cabezas, un culito respingón y dos ojitos danzarines, eso sí. Parecía simpática a pesar de llevar los dientes como la boca del Joker, hechos un cristo de color rojo. Vi a Oliver tragar saliva pero ser elegante, encantador y… un jodido fucking master of universe.

—¿Quieres tomar una copa primero o pasamos ya a la mesa? —le preguntó él agarrándose a su vaso de Spritz.

—Vamos a la mesa ya si quieres.

—Genial. Esto…, cielo, tienes un poquito de pintalabios en…

¿Un poquito? Reina, tienes todo L’Oreal en la dentadura.

—¿¿En los dientes?? —terminó diciendo ella con pánico—. ¡Qué desastre!

—No te preocupes. —Le sonrió él—. Espera.

Y le cedió un pañuelo de hilo mejor planchado que toda mi ropa. En serio. En mi próxima vida quiero ser un tío que esté tan bueno como él. La seguridad en sí mismo le vino de fábrica.

Mi cita llegó diez minutos tarde. Venía muy apurado, con el pelo mojado y un trocito de papel pegado a una herida sobre el labio superior que seguramente se había hecho afeitándose. Se disculpó mil veces. Había terminado tarde de hacer una instalación en la otra punta de Madrid.

—Suelo ser puntual. —Me sonrió mientras me repasaba de arriba abajo y otra vez de abajo arriba.

—No te preocupes. He hecho tiempo bebiendo. Seré mucho más simpática que de costumbre.

Le guiñé un ojo dejando claro que era broma, pero él me miró con cierta reserva. Mal lo teníamos si ni siquiera coincidíamos en nuestro sentido del humor.

—Perdona…, tienes… un trocito de papel en… —Le señalé la herida.

Se lo arrancó con tantas ganas que esta volvió a sangrar, pero él actuó como si no le hubiera dolido.

—¿Cuánto mides? —me preguntó con el ceño fruncido.

—Con estos zapatos casi uno ochenta.

—Eres enorme.

«Y tú un puto pigmeo, cabrón».

No era mi tipo, pero no podía ser superficial. No tenía demasiada gracia al hablar, pero lo achaqué a los nervios. Me dijo que las camareras tienen tendencia a la promiscuidad, como los gais y, a pesar de que se me murieron un montón de neuronas en el esfuerzo de morderme la lengua, me dije que en las primeras citas uno debe ser un poco más indulgente. Lo que en realidad me estaba poniendo nerviosa era la herida sobre el labio, que se abría cada vez que sonreía, comía, bebía; llevaba sangre en la camisa, los nudillos y hasta en la barbilla.

—Joder —dije con cierta aprensión mientras la sangre se mezclaba con la comida en su boca—. Sigue sangrando.

—Ya. ¿Qué le voy a hacer?

—¿Quieres que pidamos hielo?

—Bah…

—Te has debido de cortar pero bien… Igual tendrías que dejarte barba.

Me acordé del sonido de la barba de Héctor entre sus dedos cuando se la acariciaba a contrapelo.

—Odio las barbas —sentenció intentando cortar la hemorragia con la servilleta del local—. Me parecen sucias.

«Sucia tu puta madre».

—A mí me gustan.

—¿Sí? Vaya. —Me lanzó una miradita—. A mí es que me recuerdan… A ver, no soy racista pero…

Desconecté. Nada de lo que pueda venir de una frase así puede terminar bien. Cambió de tema cuando vio que no le seguía el rollo. Xenófobo y homófobo…, me había tocado el premio gordo. Dudé si decirle algo, pero después de un suspiro decidí aguantar estoicamente la cena y salir por patas después. Pasé diez minutos sonriendo con aburrimiento mientras él me contaba cosas sobre su perro Pancho y yo paseaba en recuerdos la nariz por el cuello de Héctor hasta el nacimiento de su barba. Esa barba castaña que clareaba un poquito en sus mejillas.

Pensaba que Oliver estaría en el paraíso de los folladores, apañándose la noche con elegancia y miraditas seductoras, pero… no. No a juzgar por la cantidad de llamadas perdidas disimuladas que estaban apareciendo en la pantalla de mi móvil. La mesa vibraba como si estuviera a punto de aterrizar la Estrella de la Muerte encima.

—Te vibra el teléfono —me dijo visiblemente irritado mi cita.

—Perdona, no me gusta lo de usar el móvil en la mesa.

—Ya. Es una falta de respeto —carraspeó—. Pero cógelo, no te preocupes. Parece urgente.

Me giré en dirección a la mesa donde estaba sentado Oliver al ver que era él. Le vi cara de pánico y me mandó un whatsapp: «Reunión urgente».

«Paso de ti: tú me has metido en este lío. Ahora no me vengas lloriqueando».

«Colecciona cosas que haya tocado Cristiano Ronaldo», respondió.

—¿Me perdonas un segundo? —le pedí a mi acompañante.

—¿Pasa algo?

—Una urgencia… de trabajo.

—¿No eras camarera?

—Eh…

Me levanté y salí corriendo hacia el baño con el teléfono en la oreja como si alguien fuera a creerse la llamada urgente. Oliver tardó unos diez segundos en aparecer en el pasillo que llevaba a los baños.

—¿Qué pasa?

—No está saliendo bien.

—Me cago en tu alma, Oliver —me quejé—. Esto ha sido idea tuya, te lo recuerdo. Capea lo de Cristiano Ronaldo y pórtate como un hombre.

—Olvídate de Cristiano. Lo de los dientes es un problema —me dijo.

—¿El pintalabios?

—¿El pintalabios? No sé qué pasa. Debe tenerlos de velcro, porque todo se le queda pegado. Un trozo de espinaca. Un trozo de tomate. Un trozo de trufa. Tengo miedo de terminar yo mismo entre un incisivo y las palas.

Lo miré como si hablase en ruso.

—Son las típicas cosas que pasan cuando uno está nervioso —le dije.

—Son las típicas cosas que provocan un divorcio.

—¿Quién está hablando de matrimonio?

—¡¡¡Ella!!!

Un camarero se giró alarmado hacia nosotros. Oliver parecía necesitar un calmante.

—Eres imbécil —dije con ganas.

—Dime que al menos tú follas hoy.

—Está sangrando desde que ha llegado. Creo que voy a tenerlo que llevar a u ...