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LA NOCHE DE LAS CORBATAS

Felipe Celesia - Pablo Waisberg

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Fragmento

Las corbatas

El represor circulaba entre los cinco abogados con lentitud, marcando cada paso con los tacos.

—¿Qué es esto? —preguntaba, hacía una pausa breve y respondía: —Esta es la Noche de las Corbatas.

A sus pies estaban las víctimas: encapuchadas, torturadas, temerosas y confundidas.

—¿Qué es esto? —insistía—. Esta es la Noche de las Corbatas, pero resulta que ahora los que administramos justicia somos nosotros.

Los abogados laboralistas comprendieron, por fin, la razón de su desventura: los habían secuestrado y torturado por defender a los trabajadores y a sus organizaciones sindicales.

El miércoles 6 de julio de 1977, dos días antes, había comenzado a cambiar la rutina de La Cueva, una construcción subterránea debajo del radar de la Base Aérea de Mar del Plata. Gente que iba y venía, autos que circulaban, bocinazos, el teléfono que sonaba con insistencia. Allí fueron llegando los letrados, golpeados y muy conmocionados. En dos jornadas de movimiento intenso, el operativo estuvo completo.

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Dos semanas antes, el abogado Jorge Candeloro y su esposa Marta García habían sido llevados allí desde Neuquén. Marta fue violada como parte de las torturas. Jorge, picaneado y golpeado sistemáticamente, murió pocos días después de llegar.

Al llegar a La Cueva, el doctor Salvador Arestín ya tenía un corte profundo en el cuero cabelludo; su colega Raúl Alais padecía un ataque agudo de sinusitis y se quejaba porque no podía respirar. Norberto Centeno, el mayor del grupo y uno de los más prestigiosos laboralistas argentinos, no entendía quién lo había secuestrado y tampoco podía concebir esa situación. Tomás Fresneda y su mujer embarazada, Mercedes, sufrían el mismo tratamiento por parte de los represores. Los interrogatorios se orientaban a la actividad política de los secuestrados, pero de manera incoherente, como si los secuestradores tuvieran poca información previa. Preguntaban sobre datos elementales del desarrollo profesional y la vida pública, hacían afirmaciones delirantes o montaban escenas como cantar la marcha peronista.

Los represores cuidaban especialmente que los abogados no se quitaran las capuchas y no tuvieran contacto entre sí. Pero una de aquellas noches infernales, el carcelero se emborrachó y pudieron juntarse para reconocerse. La pequeña reunión se disolvió cuando devolvieron a Centeno tras una sesión de tortura. Uno de los represores le ordenó a Marta que le diera agua. La viuda de Candeloro mojó su vestido y se lo acercó a los labios. Centeno temblaba.

—¿Quiénes son, quiénes son?

—Quédese tranquilo, acá somos varios… ya vamos a salir.

Filler

La bronca mayor era con el arquitecto Horacio Chamorro, un profesor viajero que dictaba Introducción a las Construcciones y se alojaba en el hotel Mar Azul, en Belgrano y San Luis, pero el cuestionamiento era contra todos los docentes de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Provincial de Mar del Plata. Les objetaban el uso abusivo de la autoridad, las formas despectivas de tratar a los alumnos, la ausencia de pedagogía y el academicismo como único sistema de enseñanza.

Corría 1971, una década marcada por rupturas culturales, generacionales y políticas. Aquellas iniciativas, que se daban en todos los niveles de la sociedad argentina, compartían un fuerte desacuerdo con la autoridad y con quienes la ejercían. La dictadura de Alejandro Lanusse había intentado —sin éxito— negociar cierta apertura con el peronismo, y las organizaciones armadas se desarrollaban con la adhesión de amplios sectores de la sociedad. En ese contexto se daba la pulseada entre alumnos y profesores de Arquitectura.

La promoción que ingresó aquel año en la carrera se organizó sin el padrinazgo de las asociaciones estudiantiles existentes y peleó por un sistema más horizontal. Por su parte, las agrupaciones universitarias, que gozaban de cierto predicamento entre los alumnos mayores, veían con recelo la iniciativa de los novatos. Con el transcurso de los meses, los de primer año lograron desplazar a dos profesores de la vieja guardia y negociaron cambios con otros dos. Pero Chamorro rechazaba la dialéctica, reclamaba una copia estricta de sus fórmulas y era responsable de un altísimo porcentaje de aplazos. Con él no había acuerdo posible.

En agosto se hicieron los primeros aprontes, en septiembre se velaron las armas y en noviembre comenzó la guerra.

El 27 de agosto, Chamorro fue invitado por los alumnos a concurrir a una asamblea estudiantil que, precisamente, buscaba discutir el modelo de enseñanza. El arquitecto declinó la invitación alegando que, en un encuentro anterior, había sido convocado en similares condiciones su colega Alfredo Kleinert y no le habían cedido la palabra. Por lo tanto, Chamorro consideró que su derecho a defensa no estaba garantizado. Propuso, en cambio, que los alumnos formaran una comisión para iniciar un diálogo porque, argumentó, no era posible entenderse con una asamblea de ciento cincuenta estudiantes. Los alumnos rechazaron la propuesta y se quejaron ante el decano interventor, José Antonio Freixas: “Chamorro rechaza el diálogo”, dijeron.

Freixas venía atajando la crisis con largas conversaciones entre las partes y buena cintura. Incluso se jactaba de haber resuelto todos los conflictos entre alumnos y docentes, naturales en cualquier casa de altos estudios, con excepción del caso Chamorro. Ahí no había tenido suerte. Las posiciones eran irreductibles.

La impugnación a Chamorro era enarbolada por los alumnos organizados dentro del Centro de Estudiantes de Arquitectura de Mar del Plata (CEAM), sin adscripción orgánica a ninguna agrupación política, pero vinculados al Movimiento Mayo, un frente universitario-social que había surgido en Mar del Plata tras el Cordobazo. El CEAM tenía una ideología de izquierda y su programa, consecuentemente, se orientaba a la modernización de la currícula y de los métodos de enseñanza y a la defensa de los perseguidos y excluidos por la institución, como el caso de un docente acusado de “comunista”.

Enfrente estaba el Centro de Estudiantes de Arquitectura Unidos (CEAU), conducido por incipientes cuadros de la Concentración Nacional Universitaria (CNU), agrupación peronista de ultraderecha con representación muy escasa en esa casa de estudios pero avalada por una organización mayor en la Facultad de Derecho de la Universidad Católica. La razón de ser del CEAU era oponerse al ímpetu del CEAM, y una manera muy clara de marcar su posición conservadora era defender a los profesores cuestionados.

Superada la fase de diálogo, el CEAM presentó, a principios de septiembre, una nota al decano Freixas puntualizando los cargos contra Chamorro. Básicamente, afirmaban que no se cumplía con los objetivos de la materia, que el profesor no respetaba los horarios, que no se dictaban las clases prácticas pautadas y que su enfoque de la arquitectura no tenía el cariz social que ellos demandaban. Una semana después, el profesor acercó su descargo rechazando las críticas una por una. El abismo seguía ensanchándose.

Al día siguiente, Chamorro se presentó a su clase, en la sede de la facultad, algunos minutos pasadas las 15. Hugo Torrado, uno de los alumnos, se levantó y ante una treintena de compañeros le soltó:

—Ya le dijimos que no lo queremos más aquí. No venga más, le pedimos que se vaya.

Chamorro alegó que había contestado los cargos levantados por los alumnos y que la Universidad no se había expedido. Torrado respondió que eso era irrelevante y que la voluntad de los alumnos estaba clara: ya no lo querían como profesor.

En compañía de los adjuntos Mario Marguery y Roberto Sajoux, el arquitecto se presentó ante Freixas para exigirle que pusiera orden: en esas condiciones no podía cumplir con su tarea. El rector de la Universidad Provincial, el matemático Carlos Pantín, convocó al presidente del CEAM, Héctor Adobatti, para que diera explicaciones, y el representante de los alumnos, que el año anterior había sido ayudante de la cátedra de Chamorro, dijo que no estaba de acuerdo con los métodos de los estudiantes de primer año pero que no podía hacer nada para impedirlo.

Durante las semanas que siguieron, Chamorro continuó dictando clases en los cursos de segundo año, cuyos alumnos no tenían espíritus tan combativos como los de primero, que decidieron “hacerle el vacío” y obstaculizar sus actividades académicas. El profesor resistió, pero la escalada en la confrontación hizo casi imposible su actividad. Los alumnos organizaban sueltas de petardos durante los teóricos y los prácticos, lanzaban pastillas de humo insecticida o irrumpían en el aula mientras Chamorro dictaba clases o tomaba examen. El viernes 3 de diciembre, alrededor de cincuenta alumnos volvieron a interrumpir una clase exigiendo que el profesor se retirara. Chamorro intentó resistir el desalojo pero los gritos y los petardos lo obligaron a irse. Salió escoltado por sus adjuntos.

Los estudiantes los siguieron y los hostigaron durante el tiempo que tardaron en recorrer los cuatrocientos metros que separan la Facultad del hotel donde se hospedaba Chamorro. Pocos metros antes de llegar, el grupo de alumnos fue interceptado por Freixas y el rector Pantín, que les advirtió enérgicamente que no toleraría más reclamos de ese tipo o agresiones al cuerpo docente. Todavía alterado por el episodio, Chamorro redactó una nota dirigida a Freixas denunciando la agresión y señalando a los alumnos Torrado, Chueque, Rafael San Martín, Jorge Salas, María Alejandra de Pablo y Silvia Filler como responsables.

Entre tanto, desde el CEAU venían siguiendo la crisis y esperando para terciar en favor de los docentes acosados por los “bolches”. Cuando los reclamos de primer año cobraron fuerza, los estudiantes del CEAU Beatriz Arenaza, Silvia Martín y Horacio Raya se pusieron en contacto con el policía administrativo y flamante abogado Héctor Corres, un hombre operativo de la CNU, para buscar el modo de neutralizar el avance del CEAM y, a la vez, ganar terreno en la representación de los estudiantes.

La confrontación se volvió personal y, por supuesto, física, un terreno cómodo para el nacionalismo exacerbado de la CNU. Unas horas después de la persecución, Chamorro regresó a la Facultad para continuar con su cátedra, pero una densa nube de insecticida se lo impidió, y el CEAU entró en acción. Arenaza, Raya, Eduardo Pretelli, Carlos Cuadrado y Oscar Calabró, entre otros, salieron a cazar a los que habían arrojado el humo tóxico. En Luro y Santiago del Estero, a tres cuadras de la Facultad, detectaron a San Martín y a Torrado: los corrieron, los agarraron y los acusaron de haber arrojado el insecticida. Aunque San Martín y Torrado lo negaron, el grupo del CEAU los condujo a la rastra, con patadas y empujones, hasta el despacho del rector Pantín en la Facultad, para exigir medidas.

Pantín no dudó; llamó a Freixas y frente a los alumnos le ordenó:

—Redacte la expulsión de San Martín y Torrado.

—Pero antes tendríamos que hacer un sumario…

—Bueno, haga el sumario, pero yo le pido la expulsión.

Torrado se quejó de que la acusación de los miembros del CEAU no era suficiente para decidir la expulsión pero Pantín no hizo lugar al reclamo y la decisión quedó firme.

La noticia corrió y se decidió convocar a una asamblea el lunes a las 18 para resistir la medida, que hasta ese momento era solo de palabra. No podían tolerar que un grupito de “alcahuetes” les echaran a dos compañeros.

LA ASAMBLEA

Previendo que la asistencia sería amplia, los del CEAU estaban preocupados por las repercusiones de haber actuado como los policías del rector y temían que el alumnado, guiado por el CEAM, pidiera su expulsión de la Facultad o alguna medida similar. Esa misma tarde, Beatriz Arenaza se encontró con el policía Corres en la cervecería Old Dutch, en Mitre y Belgrano, propiedad de la familia Hooft, y allí le presentó a Carlos Cuadrado y a su novia, Marta Bellini. El sábado 4, el CEAU-CNU se reunió primero en la casa de Ricardo Scheggia y luego en el departamento de Corres, junto a dos hombres de acción de la CNU, Raúl Viglizzo y Fernando Delgado, para planificar la intervención en la asamblea y evitar cualquier intento de perjudicar a sus compañeros, en especial a Raya, que era ayudante de cátedra. El objetivo de la intervención pasaba por no dejar que se realizara un supuesto “juicio revolucionario” que planificaban desde el CEAM.

El domingo, las reuniones de la CNU incluyeron a las autoridades de la Facultad. La excusa fue el cumpleaños del rector Pantín. Scheggia, integrante de una adinerada familia de constructores locales, organizó un asado en su quinta en Sierra de los Padres al que acudieron varios empleados de la Universidad, algunos ingenieros y arquitectos, los miembros de la CNU Martín y Calabró, el decano Freixas y Marta Filler —hermana mayor de la estudiante de primer año Silvia Filler— y su novio, el radical Jorge Petrillo, presidente del Centro de Estudiantes de Ingeniería. Pantín insistió siempre en que en ese asado no se habló “específicamente” de la asamblea que tendría lugar al día siguiente, pero parece bastante improbable que, estando todos los asistentes vinculados a la Facultad, y siendo miembros de la CNU el anfitrión y varios de los invitados, no se discutiera un tema que encabezaba la agenda política universitaria.

El lunes, Fernando Delgado —que estudiaba Derecho en la Universidad Católica— convocó a los miembros de la organización que estuvieran dispuestos a poner el cuerpo en la asamblea. Se concentrarían en la casa de Delgado, a unos cien metros de la facultad, y desde allí monitorearían el desarrollo de la asamblea con la ayuda de una avanzada. En el momento oportuno, irrumpirían por la fuerza.

A media tarde, un nutrido grupo de cuadros del CEAUCNU aguardaba en el garaje de Delgado. Estaban el dueño de casa, Corres, Viglizzo, Scheggia, Bellini, Juan Carlos Gómez, Marcelo Arenaza, Ernesto Macchi, Adrián Freijo, Alberto Dalmaso, Eduardo Ullúa, Raúl Moleón, José Luis Piatti, Carlos Zapatero, Beatriz Arenaza (prima de Marcelo), Mario Durquet y Roberto Rodríguez (primo de Corres). Sobre el capó del auto de Delgado estaban dispuestos los elementos para la confrontación: cadenas, varillas de acero, manoplas, palos, mangueras, una bola con picos, incluso tenían una bomba de humo. Corres y Gómez llevarían armas, por si el enfrentamiento terminaba a los tiros.

En el aula magna de la facultad, entre tanto, unos trescientos estudiantes de todos los años de la carrera y algunos docentes habían colmado las gradas cuando se dio inicio formal a la asamblea, a las 19, con la designación de Daniel Medina como secretario de actas y de Luis Rafaldi como responsable de la lista de oradores. En las inmediaciones había un patrullero y un carro antidisturbios.

El salón era un gran rectángulo que ocupaba todo el frente del primer piso de la facultad, con amplios ventanales que daban a la calle y a un hueco de aire-luz del edificio, y una única gran puerta de doble hoja. A la izquierda había un estrado largo, y en el fondo y los laterales estaban dispuestas las gradas, con sillas pupitre de plástico y caño. Silvia Filler y su amiga De Pablo se sentaron frente a la puerta. A unos metros, más cerca del acceso, se fueron ubicando Beatriz Arenaza, Martín, Cuadrado, Horacio y Luis Raya, Pretelli, Martín, Calabró, Bellini, Zapatero, Graciela Kosoblik, Delia Hirtz y otros miembros del CEAU. Eligieron esa ubicación y se negaron a moverse aunque les pidieron que se corrieran hacia el fondo para dejar el ingreso libre.

—Nosotros venimos a exponer y nos vamos —mintió el mayor de los hermanos Raya, mientras Calabró se movía en actitud vigilante.

El inicio fue un poco caótico. Todos querían hablar, y Medina y Rafaldi hacían lo que podían. Se había decidido dividir la asamblea en dos segmentos: uno informativo y otro resolutivo. Las primeras intervenciones dieron cuenta del episodio entre los tiradores de insecticida y sus perseguidores. Desde el sector del CEAU-CNU interrumpían y provocaban. Arenaza, muy agresivo, llevaba la voz cantante. Cuadrado, por su parte, iba y venía entre la casa de Delgado y la facultad, llevando las novedades.

Durante el desarrollo de la asamblea, las agresiones caldeaban el ambiente. Cuando un orador preguntó en forma retórica quién había delatado a Torrado y a San Martín, Cuadrado intervino con sarcasmo:

—¡Fui yo!

—¡Y yo soy agente de Coordinación Federal! —sumó Pretelli.

Zapatero también fue directo y brutal cuando le preguntaron por qué había conducido a Torrado y a San Martín ante el rector:

—¡Tenés razón, la próxima vez los vamos a llevar a Sampietro! —dijo aludiendo a una empresa marplatense de servicios fúnebres.

Los estudiantes del CEAM no entendían la actitud provocadora del CEAU, que abucheaba, silbaba e interrumpía a todos los oradores. Eran una decena contra trescientos y no tenían ninguna posibilidad de ganar una pelea. Los cruces se fueron incrementando, hasta que comenzaron los forcejeos y los empujones. La asamblea dio entonces por terminada la etapa informativa y pasó a decidir las medidas a tomar. Eran las 20.15.

Arenaza y su grupo decidieron abandonar el aula cuando ya la gresca se había expandido y su inferioridad numérica se empezaba a notar. Patearon la puerta y algunos salieron, pero Pretelli y Martín quedaron adentro, bloqueados por el grupo que se peleaba en el acceso. Con el impulso de la fuga, Horacio Raya dejó abiertas las puertas de par en par. Bellini corrió a alertar a Delgado, que ordenó a la patota ponerse en marcha hacia la facultad. Salieron a paso vivo con palos y fierros escondidos entre la ropa. Recorrieron los cien metros al trote y a grandes saltos subieron hasta el primer piso. Marcelo Arenaza sacó la bomba de humo que llevaba oculta en un diario y la tiró en el hall de acceso al aula.

—¡Ahí vienen los fachos! —gritó alguien en la asamblea, mientras la patota avanzaba y empezaba a repartir palos contra los estudiantes más cercanos. Desde adentro empezaron a llover sillas. Estallaron los vidrios. Se cortó la luz. El tumulto siguió unos segundos en el acceso hasta que se escuchó la primera detonación, y luego otra, y otra, hasta hacerse incontables. El policía Corres había sacado su Colt .38 largo reglamentario y vaciaba el tambor de seis proyectiles en la pared contigua a la puerta y en el salón, mientras Gómez hacía lo mismo con una pistola .22, pero sin desperdiciar balas, tirando directamente sobre los estudiantes.

Marcos Chueque fue uno de los primeros en caer, alcanzado por los proyectiles.

—¡Rematalo, rematalo! —alentaba desaforado Pretelli a Corres, que todavía tenía balas. El policía le hizo caso y disparó sobre Chueque.

—¡Tirale a las patas, tirale a las patas! —instigaban, señalando a Rafaldi, campeón mundial de patín carrera.

Los estudiantes no tenían por dónde escapar. Algunos se arrojaron por las ventanas, a otros la estampida los dejó en el piso.

La agresión duró unos minutos. Desde la escalera, en retirada, Corres tiró dos últimos balazos hacia el aula. La patota bajó y salió a la calle; nadie los detuvo. En el salón, entre voces desesperadas y algunos gritos, la confusión empezaba a disiparse. En la segunda grada, Silvia Filler, estudiante de 18 años, estaba inconsciente, todavía sentada, con un tiro en la frente y una mancha de sangre a sus pies. Chueque estaba herido en ambas piernas. A Néstor Villa una bala le había rozado la cabeza. José Fiscaletti y Omar Ibarra también habían sido baleados.

Cargaron a Silvia entre varios y la llevaron en un taxi a la clínica que estaba sobre la avenida Independencia, a seis cuadras. Allí murió.

LA REACCIÓN

Esa noche, la Armada había organizado una cena con las “fuerzas vivas” de la ciudad, a bordo de la fragata Libertad, en la Base Naval. En el agasajo, a pocos metros del rector Pantín estaban el odontólogo y vicepresidente del Rotary Club Mar del Plata, Roberto Filler, y su esposa Esther, los padres de Silvia.

La velada fue interrumpida por el llamado del jefe de Relaciones Públicas de Arquitectura, el capitán de corbeta retirado Alfonso Giavedoni, quien transmitió una síntesis parcial de los sucesos, muy escueta pero suficiente para que Pantín y los Filler se fueran inmediatamente. Pantín, a la Universidad; los Filler, a la clínica.

Cuando Pantín llegó a la facultad, ya se sabía que Silvia había muerto. Eran casi las 21.00 y quedaban algunos grupos de estudiantes que canalizaban su angustia e impotencia discutiendo sobre lo que habían vivido. Cada tanto coreaban “¡A-se-sinos! ¡A-se-sinos!”. Apenas vieron al rector, algunos se le fueron encima y llegaron a golpearlo. Los mismos policías que habían dejado escapar a los agresores, por voluntad o por negligencia, intervinieron para proteger a Pantín. Hubo palos y gases lacrimógenos. El disturbio duró un ...