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LOS PRóCERES Y EL DINERO

Mariano Otálora

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Dime cómo te comportas con el dinero y te diré quién eres

La vida es una inversión. Uno decide no solo dónde invierte su dinero, también planifica dónde invierte su tiempo. A lo largo de la vida uno invierte su confianza en una empresa, en el trabajo o en construir una carrera. Y luego invierte en asegurarse un futuro, en la medida de lo posible cómodo y sólido.

Las mayores decisiones de nuestra vida consisten en evaluar un escenario y depositar nuestra confianza en aquel lugar que nos ofrece mejores posibilidades de éxito. Es decir, nuestras mayores decisiones involucran una inversión.

Cuando nos imaginamos a un inversor, normalmente nos hacemos la idea de un hombre bancarizado, tecnificado y con un sinfín de herramientas donde diversificar su dinero.

Así como hablar de inversiones implica por regla mental un contexto presente, también cuando los medios mencionan estafas y negociados sabemos que se hace referencia a la historia más reciente de nuestro país. Sin embargo, la cadena de negocios poco santos tiene su origen en los primeros días de la patria e involucra por partes iguales a banqueros de pocos escrúpulos y a algunos de los (supuestos) prohombres que empujaron el sueño de una nación autónoma y soberana.

Recibe antes que nadie historias como ésta

A lo largo de mi carrera como asesor y analista financiero, conferencista y autor de varios libros sobre finanzas personales e inversiones, busqué pensar fuera de la caja. Entre 2013 y 2014 conduje un programa de televisión (Los famosos y el dinero) donde convocaba a celebridades para que me contaran qué hacían con su dinero. Nunca un espacio mediático les había dado a ellos la posibilidad de que hablaran sin pelos en la lengua de cómo llevan su economía personal. Al fin de cuentas ser famoso no es garantía de ser un buen inversor. Así me enteré —y los espectadores conmigo— de historias impensadas que desnudaban a las celebridades desde un aspecto muchas veces incómodo: sus finanzas.

Siempre me propuse sólo abordar el tema financiero desde un ángulo novedoso. No solo se pueden revelar las decisiones económicas de los famosos, ¿por qué no estudiar qué hicieron los grandes referentes de nuestra patria en materia de negocios?

Cansado de ver cómo una figura política tras otra es señalada por estafas y negocios más en beneficio privado que público, decidí analizar si más que un mal de estos tiempos no era un estigma de larga data. ¿Por qué no revisar si nuestro respeto laxo por las leyes, el sálvese quien pueda y el lema maquiavélico del fin que justifica los medios no vienen de los padres de la patria?

Ellos fueron quienes plantaron las semillas de un dudoso árbol que hoy da sombra —o por qué no, se desploma— sobre todos nosotros. Me preguntaba, entre otras cosas, ¿por qué Manuel Belgrano, quien venía de una familia de alta alcurnia, murió tan pobre? ¿Fue un hombre que se jugó por la patria o fue simplemente un hombre que tomó malas decisiones financieras? Domingo Faustino Sarmiento, tal como lo acusaba su esposa, ¿verdaderamente dilapidó la fortuna de su mujer? ¿Es cierto que Bartolomé Mitre, a pesar de tener un billete con su propio rostro, era un despilfarrador serial, al que nadie le quería prestar un centavo porque sabían que no se los iba a devolver? ¿Fue Bernardino Rivadavia un agente encubierto de la banca inglesa que jugó más para ellos que para nosotros? Y también, ¿cómo Juan Manuel de Rosas y Justo José de Urquiza amasaron millones y acabaron convertidos en figuras claves del escenario político?

No soy historiador. Y no quiero competir con los historiadores. Solo me propongo aquí evaluar a nuestros líderes políticos de antaño en su papel como inversores financieros, en su debilidad como jugadores ambiciosos y muchas veces en su doble moral política: por un lado, abanderados en el proyecto de nación; por otro, favorecedores de amigos y familiares, mediante el pacto de negocios con aquellos que en última instancia supuestamente habían llegado a combatir. Con el correr de la investigación se descubren no solo sus decisiones económicas privadas, su patrimonio y su ascenso social y financiero, además se revela cómo algunas de las figuras que quedarían en el bronce de la historia argentina tejieron negocios por izquierda que los hicieron millonarios.

Hasta ahora ningún experto en finanzas puso la lupa en analizar de este modo a nuestros próceres. Y contar —sin banderas ideológicas— cómo y qué hicieron con su dinero, y también con el nuestro. Cómo llevaron adelante sus negocios y en algunos casos malvendieron sus propiedades en un acto de desesperación. Cómo los popes de la patria fueron testigos en carne propia de la montaña rusa de la economía argentina. Y cómo, al igual que hoy, las amistades y enemistades fueron cartas tan determinantes a la hora de construir o destruir su propia economía familiar.

Hasta el presente ningún libro se sumergió en el bolsillo de los hombres fuertes de la historia local para estudiar cuánto ganaron. Cuánto perdieron. Y cuán bien o mal tomaron sus decisiones financieras. Algunos hicieron del revés de su origen la plataforma de despegue para salir a luchar con uñas y dientes por un destino más próspero. A otros les tocó mejor suerte de entrada y el cambio del escenario político, junto con inversiones desacertadas, los llevó a vivir sus últimos años en la pobreza. Algunos fueron innovadores y trazaron negocios millonarios que modificaron el modo de trabajo. Otros, más cuestionados, se asociaron con banqueros del exterior para extraer valiosos minerales del suelo argentino y de paso allanar el terreno político para que los capitales foráneos se llevaran mucho, pagando poco a cambio.

Quise que este libro nos permitiera conocer y examinar cómo los líderes que tomaron las decisiones que formaron la patria a su vez hicieron otras elecciones de vital importancia para su economía personal, las cuales no siempre tuvieron el mismo correlato que sus planes de gobierno.

¿Cuánto valía un peso?

La historia de nuestra moneda nacional

Antes de empezar con el apasionante relato detrás de cada personaje es importante conocer cómo fue el proceso de nuestra moneda y el valor que tuvo en el tiempo, para poder comparar los patrimonios del pasado con los de ahora. A través del dinero se puede contar la historia de nuestro país y de nuestros fundadores, pero no resulta para nada sencillo.

En doscientos años adoptamos y cambiamos varias veces nuestro signo monetario: desde el real español, el sol, el peso moneda corriente, el peso fuerte, todo tipo de moneda extranjera, el peso moneda nacional, el peso Ley 18.188, el peso argentino, el austral, hasta la vuelta al peso, nuestra moneda actual.

Nuestro peso argentino nació recién en 1875, pero para sorpresa de muchos solo lo hizo en los papeles, ya que la ley establecía la acuñación de moneda metálica, pero como no había oro suficiente se tuvo que esperar hasta 1881. La historia de nuestra moneda es muy compleja y llevó mucho tiempo contar con nuestro signo monetario propio.

Antes de 1881 nuestros antepasados tuvieron que convivir con centenares de monedas que dificultaban su conversión y también daban lugar a confusión y estafas. A pesar de que el país ya se había independizado, cada provincia se había gobernado con autonomía y no existía una unificación monetaria.

Las provincias hacían lo que podían sobre la base de sus estados financieros y de lo que aceptaba el mercado como moneda de intercambio. Era tal el faltante en metálico que aparecían situaciones muy curiosas en donde, martillo en mano, para entregar un vuelto se partían las monedas para devolver la diferencia y realizar una compra.

Para entender los problemas de la moneda es bueno conocer que entre 1810 y 1863 nuestro peso se desvalorizó un 2500%.

La moneda que circulaba en nuestro país en la época colonial, antes de la creación del peso nacional (1881), era la que se conseguía por intermedio de la venta de tasajo a los comerciantes de Brasil o Cuba, ya que toda divisa que ingresaba era a través del comercio exterior.

Las monedas de plata u oro luego eran las que circulaban en el país e ingresaban a la economía. A la onza de oro se la llamaba “pelucona o doblón”, a la moneda de plata “duro español” y a otras monedas de plata que circulaban “macuquinas”.

En 1822 Buenos Aires emitió billetes en pesos corrientes que eran equivalentes (convertibles) a pesos metálicos o pesos fuertes. Fue el “primer 1 a 1” de nuestra historia, pero la falta de metálico no lo soportó y en 1826 se decretó de “curso forzoso”.

Mientras tanto otras provincias que se negaban a utilizar los pesos corrientes de Buenos Aires acuñaron monedas con menor valor de plata, cobre o directamente utilizaban las monedas acuñadas por Bolivia (“las chirolas”). Este fue el caso de Córdoba y Entre Ríos.

En la economía de todos los días el fiado o el empeño eran la forma más utilizada para pagar. Según los registros de las pulperías, el 50% de las ventas se hacían con esta modalidad por la falta de circulante.

En 1881 el objetivo era el de unificar el sistema monetario en todo el país. La ...