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LUNA PARK

Guido Carelli Lynch y Juan Manuel Bordón

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Fragmento

PRÓLOGO
“EL SONIDO MÁS LINDO DEL MUNDO”

Es el 4 de septiembre de 1965 y el estadio Luna Park batirá para siempre su récord de asistencia y recaudación. Esa noche, cinco mil personas se quedarán afuera sin poder ver la pelea motivo de semejante alboroto. Tampoco se irán de las inmediaciones de la avenida Corrientes y Bouchard, en el sudeste de la ciudad de Buenos Aires. Adentro ruge la multitud. En total, 25.236 espectadores pagaron su entrada, y la recaudación alcanzó la cifra astronómica de 13.194.208 pesos, cerca de cincuenta mil dólares, una verdadera fortuna para la época.

Desde temprano, una caravana peregrinó hacia el Luna, como la mayoría llama al estadio. Un enorme cinturón humano lo rodea para ingresar o comprar una entrada, en las boleterías o en la reventa ilegal. Sábados Circulares, el programa que Pipo Mancera transmite desde el predio, anticipa la excitación con la que se vivirá el combate. Los que pudieron ingresar se saben privilegiados, porque la pelea más convocante de la historia del boxeo argentino no será televisada. Dentro de un rato, a las diez de la noche, estallará un tumulto, una avalancha humana, cuando desde las boleterías se informe que no se venden más entradas.

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El jet set deportivo, empresarial y político, que no piensa perderse semejante acontecimiento, ocupa el ringside, las butacas más exclusivas del Luna Park. Entre otros se dejan ver el polista Charles Menditeguy y las estrellas de River Plate, Ermindo Onega y José Varecka. Lo mismo hacen su rival de Boca, Federico Sacchi, y el capitán de la Selección Argentina, Antonio Ubaldo Rattin. Martín Karadagián, el ídolo de Titanes en el Ring, se entusiasma con el potencial para el catch y la condición de estrella del retador al título argentino, que —cuenta la leyenda— antes de probar suerte en los Estados Unidos había aceptado participar de la tropa de Titanes y hasta se había teñido el pelo para crear su personaje. Para sumarlo, Karadagián necesita que pierda pero, ante la pregunta de los periodistas que le exigen un pronóstico, disimula:

—No entiendo nada de boxeo.

El cantor Johnny Tedesco, famoso desde su irrupción en el Club del Clan, y su primo y amigo Horacio Accavallo, que hace un mes derrotó al campeón mundial de los moscas Salvatore Burruni en ese mismo ring, también desfilan por el estadio. Mucho más tímido, en la cuarta fila y sin hacer declaraciones, se sienta Pascual Pérez. El primero y hasta ese momento el único campeón mundial que tuvo la Argentina está a pocos metros del ring donde forjó parte de su historia, que ya pasó pero nadie olvida.

El jefe del Ejército, Juan Carlos Onganía, tampoco quiere perderse la pelea ni los flashes de las cámaras. Parece tan cerca del ring como del gobierno que derrocará al año siguiente, aunque ahora su preocupación, tras una gira internacional, es el peligro de la infiltración subversiva en América latina. “La Argentina y Brasil deben unirse para contrarrestar cualquier acción del comunismo. El mayor peligro es Cuba, que no está sola”, alerta. Quince años antes, donde él estira las piernas ahora, lo hacía toda la oficialidad del gobierno peronista. Historia vieja. Dentro de apenas doce días, aquí en este Luna Park que fue uno de los máximos altares peronistas, donde aseguran que se conocieron Perón y Eva, donde el General explicó su doctrina y lanzó advertencias a la oposición, cerca de diecisiete mil personas se reunirán para celebrar el décimo aniversario de la Revolución Libertadora, el golpe que lo derrocó.

Charles Johnston, el anciano promotor estadounidense que en 1917, cuando el boxeo en Buenos Aires oscilaba entre el esnobismo y la clandestinidad, trajo a boxeadores como Ted Kid Lewis, también vino al país para ver la pelea de cerca. Quince años antes había participado del negocio que significó la visita del campeón mundial Archie Moore. Fue Charlie, como todos lo llaman, quien abrió las puertas de la verdadera meca del boxeo a un sinnúmero de pugilistas argentinos, desde Luis Ángel Firpo al Mono Gatica. Lo hizo también con uno de los contendientes de esta gran noche, y lo hará con el otro. Pero algo está cambiando en el Luna Park. El ojo clínico de Johnston lo sabe. “Creo que en la Argentina hay un promotor con condiciones poco comunes, es Tito Lectoure. Y por eso, creo que no pasará mucho tiempo y ustedes podrán tener la satisfacción de ver a muchos campeones mundiales de nacionalidad argentina”, declara ante los periodistas, como si fuera un clarividente. Porque en los años que siguen, Juan Carlos Lectoure, a quien todos conocen como Tito, ayudará a conseguir trece coronas mundiales para el boxeo argentino. No es tiempo todavía.

Ahora tiene apenas veintinueve años, aunque ya lleva ocho como empleado del Luna Park y cinco como matchmaker del estadio de boxeo más importante del continente, sin contar los de los Estados Unidos. Sigue viviendo en la casa de sus padres y es formal hasta el hartazgo. No permite que nadie lo tutee y no tutea a nadie. Ni siquiera a su tía Ernestina Devecchi, dueña del predio y del negocio desde que murió su esposo José Antonio “Pepe” Lectoure, uno de los fundadores del Luna y tío de Tito. En realidad, ella es socia de Sofía de Pace, viuda de Ismael Pace, el otro pionero. Pero Ernestina, una inmigrante piamontesa que trabaja desde que tiene uso de razón, es quien toma las decisiones finales y lleva los números de ese monstruo con techo de chapa, capaz de cobijar a veinticinco mil almas que piden sangre.

La dueña tiene varios asientos reservados: dos en el ringside y otros dos más próximos a una salida, pero casi nunca se deja ver en público; esta noche, tampoco. Se refugia en su despacho.

En presencia de otros, Tito y Ernestina se tratan de usted, mantienen las apariencias. En privado, son amantes. La diferencia de edad —casi veinte años— no los desalienta. Nadie sabe de su romance, pero Cuqui, la hermana de Tito, lo sospecha. Hace varios años, sus amigos del barrio de Balvanera le comentaban que veían a su hermano besándose con alguien en un Mercedes-Benz, el de Ernestina.

Pero de eso no se habla, y mucho menos ahora. Juan Carlos Lectoure controla todo y en el hall del Luna Park saluda a espectadores famosos y anónimos. Fuma un cigarrillo detrás de otro, cincuenta a lo largo de una jornada; siempre importados. Sobre todas las cosas, detesta que le pidan un cigarro. No le gustan los vividores. Así y todo, no escatima entradas de cortesía, lleva varias en el bolsillo interior de su saco —porque siempre está de traje—, y nadie entiende cómo hace para sacar de ese pilón exactamente el número que le piden. Sean cuatro, dos o diez, siempre agarra las que necesita en el primer intento. ¿Practicará frente al espejo?

Tito conoce cada rincón del estadio porque lo frecuenta desde chico. Trabaja los siete días de la semana. Los domingos le gusta dar vueltas en Luna cuando está vacío, para ver si encuentra una butaca rota o una alfombra desprendida. Hay que ser y parecer.

Esta noche recibe al público en el hall del Luna Park —que ya se ganó el título de Palacio de los Deportes, un eslogan que en la actualidad es sinónimo en los diarios— como si fuera el maître de un restaurante. Constata con Alfredo Capecce, el jefe de control de accesos que había trabajado en el Teatro Colón, que los acomodadores hayan mojado las gradas, un truco viejísimo pero útil para que nadie se siente en las populares y puedan entrar más espectadores, más billetes. Es una suerte que la noche no esté fresca, pues los abrigos ocupan espacio.

En el Luna todo es en efectivo, los ingresos y los pagos a los boxeadores. Ernestina lleva las cuentas en una hoja contable de las que se compran en las librerías, como si administrara un almacén familiar en vez de esa mina de oro que inventó su marido, a quien conoció cuando atendía con su familia un puesto de comida sobre Bouchard que proveía a los estibadores del puerto.

El público que se apiña como nunca antes —ni después— bajo el tinglado de Corrientes y Bouchard, entre Lavalle y Madero, a pocas cuadras de la Plaza de Mayo, no vino por Lectoure. Vino porque desde la radio, los diarios y la televisión —ese nuevo invento que lo ha revolucionado todo— se le ha dicho hasta el cansancio que hoy se enfrentan dos peso pesado, la categoría máxima del box, de los que ya no abundan referentes en la Argentina, donde todavía persiste la leyenda de Luis Ángel Firpo. Vino porque la industria en ascenso de la publicidad compara la técnica, acotada pero técnica al fin, de un caballero del ring, campeón argentino y sudamericano de peso pesado, con la brutalidad y la fanfarronería del joven retador. Para agregar más morbo, los que pelean son también un sanjuanino humilde, enriquecido y consagrado, contra un porteño pobre pero altanero. Pelean el ídolo y el villano. Pelean, señores, Gregorio “Goyo” Peralta y Oscar “Ringo” Bonavena. Y nadie se lo quiere perder.

Bonavena, más que nadie, se ha encargado de publicitar el combate. Para muchos es divertido, para otros es solo irritante. Tres semanas atrás, Ringo abandonó la concentración en la que se preparaba para la pelea con Goyo, en la estancia Ciervo Blanco del partido de San Martín, para dirigirse en su moderno Valiant al Luna. Como todos los sábados, el estadio estaba lleno de público y de cámaras; aquella vez, para presenciar la pelea entre los livianos Carlos Cappella y Héctor Hugo Rambaldi. Bonavena entró en el Luna con una linterna encendida que alumbraba el camino. Cuando los periodistas se abalanzaron sobre él para interrogarlo, contestó con su voz aflautada y absurda para un hombre de su contextura:

—Estoy buscando a Peralta. Dicen que se escondió y necesito encontrarlo para que me entregue el cinturón de campeón.

Todos festejaron la ocurrencia. Fue solo una de las tantas ingeniosas provocaciones que Ringo ofrecería a los medios y al público, tal como ya hacía Muhammad Ali en los Estados Unidos, salvo que las declaraciones del argentino no tenían ni una pizca de contenido político o religioso. Con apenas veintidós años, se encargó de promocionar la pelea más importante de su breve pero ya intensísima carrera. “Hace tres años, cuando yo era aficionado, hicimos guantes. Peralta se estaba preparando para una pelea grande, y yo lo ayudaba. Por ahí sin querer se me escapó una mano y lo dejé groggy. Enseguida entró en el ring su mánager, Alfredo Porzio, y nos separó. Desde esa vez sé que Peralta no puede ganarme. Se lo digo en serio”, repetía Ringo sin inmutarse ante los cronistas.

Goyo prefiere el silencio. Se ha ganado el favor de periodistas y aficionados arriba del ring. El reconocimiento le llegó tras su campaña en los Estados Unidos en 1963, cuando derrotó por puntos en una exhibición en Miami al entonces campeón mundial de los semipesados Willie Pastrano y luego al número uno del ranking, Wayne “Irish” Thornton, nada menos que en el Madison Square Garden. Aquellas victorias lo habilitaron para una nueva pelea contra el campeón, que esta vez sí puso en juego su corona. Peralta, junto a Porzio y a Lectoure, enfrentó por segunda vez a Pastrano en Nueva Orleans, pero fue descalificado en el sexto round debido a un corte en su ceja izquierda. “He perdido mi sueño”, se lamentó entonces. Sin embargo, la puerta grande de la idolatría acababa de abrirse de par en par para él.

El público lo prefiere y él lo sabe. Cuando ya se preparaba en Villa Carlos Paz para la pelea de esta noche, recibía cartas de apoyo de fanáticos de todo el país, que le exigían una victoria. “Señor Peralta, usted tiene que ganarle a ese señor. Piense que de su triunfo depende la continuidad de la seriedad en el ring. No queremos que un ídolo sea destruido por un fanfarrón”, decía una de ellas. Bonavena también le hizo llegar una postal firmada. En el reverso había una leyenda amenazante: “A vos no te salva ni Dios”. Los medios alimentaban la polémica, pero la gente ya había tomado partido por Goyo.

Por eso, a las ocho de la noche, cuando Ringo llega al Luna Park, lo abuchea la mayoría del público. Él sonríe y levanta su puño. Los admiradores de Peralta le arrojan una manzana.

Antes de subir al ring, el retador desfachatado se asoma al camarín del sanjuanino y lo azuza por última vez.

—¡¡Buuu!! Peralta, vas a pelear contra el cuco. Despedite, porque te voy a arrancar la cabeza.

Goyo suspira, cansado de las provocaciones.

En los alrededores del estadio se acaban las entradas y empiezan los empujones. A las 23:24 llega el momento de la verdad. Ringo Bonavena, acompañado por sus entrenadores Juan y Bautista Rago, cruza el largo pasillo que separaba el ring de los vestuarios. La bata celeste, que en la espalda tiene bordado el dibujo de una estatuilla de los Oscar de Hollywood y el apellido debajo, le cubre el pantalón azul de terciopelo con vivos rojos en la cintura. Una silbatina lo acompaña en el trayecto, mezclada con el grito de guerra de casi todo el Luna Park que lo quiere ver perder por charlatán, por irrespetuoso.

—¡Y dale, y dale Goyo, dale! —delira el público.

La misma frase está bordada en la bata negra con vivos rojos que usa Peralta, quien un minuto después de Bonavena comienza su ascenso al ring. Lleva el cinturón de campeón argentino que esta noche pone en juego y que había conseguido tres años antes en Mar del Plata al derrotar a José Georgetti. La multitud lo ovaciona. “El sonido de veinte mil tipos gritando y alentando en estas tribunas es el más lindo del mundo”, le gusta decir a Lectoure. Hoy son veinticinco mil. Treinta, si se cuentan los que quedaron afuera.

El presentador del Luna Park, Norberto Fiorentino, anuncia la gran pelea de la noche. Fiore, como lo llaman sus amigos, nombra a varias de las figuras del boxeo que vinieron a ver el combate más promocionado. Menciona a Victorio Campolo, a Rinaldo Ansaloni y a Nicolino Locche, uno de los preferidos; quizás el único capaz de convocar a tantos. Al último que nombra es al viejo Johnston, un detalle que le encomendó Lectoure.

El juez Víctor Avendaño da las últimas instrucciones a los boxeadores y el gong de la campana da inicio al primer round. En el Luna Park, veinticinco mil almas gritan enardecidas.

Desde el principio, la pelea es distinta de la que los analistas han imaginado. Contra todos los pronósticos, Ringo no intenta aplastar a su rival. Prefiere esperar al campeón y ceder la iniciativa. Peralta luce atado, como si temiera la llegada de un roscazo de Ringo que liquide el pleito. Bonavena, para sorpresa de los espectadores, apela a la paciencia mientras el público no deja de alentar al campeón. En la tercera vuelta, Peralta parece tomar la ofensiva luego de un cruce del que sale más airoso que su rival. Bonavena no se desespera, pero no puede controlar del todo el bailoteo permanente con el que Goyo se le escapa. En el cuarto asalto, por instrucción de los hermanos Rago, Bonavena empieza a lastimar la zona baja. El juez amonesta a los dos boxeadores: a Peralta por un empujón y al retador por un cabezazo.

Con la misma dinámica se inicia el quinto round. Ninguno de los boxeadores parece decidido a tomar el protagonismo. Cuando promedia el asalto, Bonavena cambia el rumbo del combate al impactar con la potencia de sus puños en la zona alta de Peralta, que debe retroceder e intenta abrazar a Ringo para descansar. Bonavena zafa y descarga con toda su furia y potencia un temible cross izquierdo en la barbilla del campeón. A Peralta se le aflojan las piernas y cae medio sentado, medio arrodillado, ante un Luna Park que de pronto enmudece. Se escucha el silencio de veinticinco mil personas.

—Quedate en el suelo, Goyo. No te hagas pegar más —le pide, le ordena, lo provoca Bonavena. Solo lo oye el árbitro Avendaño.

El referí cuenta cuatro segundos con Peralta en el suelo y otros cuatro con el campeón ya de pie. Se le escabulle el título, pero igual disimula el desconcierto, el mareo y la falta de aire. Si en el rincón de Peralta tiraran la toalla en señal de abandono, nadie lo objetaría, porque esa izquierda es indiscutiblemente de nocaut. Pero Peralta está de pie.

Perdido por perdido, en el noveno asalto, Goyo sale a buscar a Bonavena. Ringo por fin deja la especulación de lado y se entrega a la lucha franca, al golpe por golpe. Es el round más intenso. El público se pone de pie y homenajea la valentía temeraria del ídolo.

—¡Y dale, y dale Goyo, dale!

No alcanza. No es suficiente. El fallo de los tres jurados no sorprende a nadie. Todos dan por ganador a Ringo por amplio margen. Si al principio apenas un grupo de quinientos aficionados aplaudía al fanfarrón Bonavena, ahora casi todo el estadio se rinde a los pies del indiscutido nuevo campeón. Ringo no aguanta la emoción y muestra su faceta más humana y conmovedora. Cuando el árbitro le levanta la mano estalla en llanto, apoya su cabeza sobre el hombro de Peralta y le pide perdón.

Esa fotografía será tapa de El Gráfico y se convertirá en un ícono de la historia grande del boxeo argentino. Pero eso Ringo no lo sabe.

“Me pareció que tocaba el cielo con las manos. Me sentía el hombre más feliz de la Tierra. Quise llorar y lloré. Había conseguido lo que soñé desde siempre. Esa gente que estaba alrededor me aplaudía. A mí nunca me aplaudieron. Lloré, sí. Quería llorar, abrazarme con todos. Decirles que no soy un camelo. Que voy a ser campeón mundial. Que tienen que creer en mí”, se justificará días después.

Ahora, en el vestuario del Luna Park, acostado en la mesa de masajes, el matón sensible intercala carcajadas con sollozos. “Goyo es el tipo más guapo que he enfrentado. Te juro que le pegué con todo. Se tuvo en pie por vergüenza. Otro en su lugar se queda a dormir después del zurdazo que le metí. Es macho sin grupo”, explica.

El vencedor y su vencido se bañan a la vez en las duchas frente a un grupo de periodistas. Bonavena intenta cortar el hielo con el ex campeón al que atacó durante meses.

—Reíte, Goyo. Si vos perdiste como un campeón.

—Gracias, pero no puedo.

—Gracias por haberme dado la oportunidad, campeón.

—“Gracias” no, vos te lo ganaste. Ahora defendé bien eso. 

Peralta, anticuado pero leal, quiere aleccionar a Bonavena.

—Quiero que sepas, delante de toda esta gente, que quiero que seas un campeón con seriedad arriba y abajo del ring —insiste.

—Yo arriba del ring me porto bien —le contesta Ringo con una sonrisa burlona mientras le alcanza el jabón y le explica que sus amenazas mediáticas no eran más que una campaña publicitaria que les había servido a ambos. Peralta no se convence.

Juan Carlos Lectoure se funde en un abrazo con Ringo y Goyo. Bonavena, además de darle un envión sin precedentes a su incipiente carrera, acaba de abrir la puerta de una popularidad que trascenderá el cuadrilátero. El exterior y los contratos en dólares lo esperan: América latina, los Estados Unidos, Europa. Aquí se quedará sin rivales enseguida, pero nada sabe de esto todavía. Acaba de vencer al mejor y piensa darle una revancha porque Peralta todavía mantiene el título de campeón sudamericano, que no se animó a exponer hoy. Hizo bien, Goyo.

Lectoure le pagará al flamante campeón argentino dos millones y medio de pesos, una pila de plata que jamás ha visto en su vida. Tito no recuerda un Luna Park tan atiborrado. Nunca lo ha visto así, ni siquiera cuando venía de chico, orgulloso de que el estadio más importante de box del país y de toda la región, donde pelearon campeones del mundo, fuera de su tío, de su familia y un poco de él. En los más de treinta años de vida que tiene el Luna, nadie ha logrado este récord de público. Y nadie volverá a lograrlo después. Hubo muchas contingencias en esa ecuación, y una de ellas fue él: Juan Carlos Lectoure.

PRIMERA PARTE
LOS FUNDADORES
(1924-1956)

CAPÍTULO 1
MÁS PORTEÑOS QUE EL OBELISCO

Antes de hablar de los hombres que inventaron el Luna Park, hay que volver sobre los orígenes de su negocio. El boxeo había nacido como un fenómeno orillero y marginal que siguió un recorrido parecido al del tango. Se practicaba desde mediados del siglo XIX en los bares o cabarets cercanos al puerto de Buenos Aires, donde marineros extranjeros se desafiaban en combates a mano limpia y el público apostaba, pero poco a poco ganaría un lugar entre las clases altas.

Los primeros registros de peleas profesionales en la Argentina son de 1892. El pionero fue un pugilista británico apodado Tom Bull, que compartía cartel en algunos teatros céntricos con magos, cantantes y acróbatas. Su carrera duró pocos meses. En septiembre de ese año, días después de que Bull venciera al galés Alexander Gibb en el Teatro de la Zarzuela, el Concejo Deliberante porteño prohibió la práctica profesional de ese deporte “por la repugnancia” que ofrecía esa clase de espectáculos.

Unos años después, a pesar de la prohibición o a consecuencia de ella, el boxeo sumaba cada vez más aficionados entre las clases altas porteñas. Un caso paradigmático era el de Carlos Delcasse, un político de vida acomodada que había hecho construir en su quinta del barrio de Belgrano un pabellón exclusivo para boxear.

“Se dice que el box es brutal, porque da primacía a las facultades inferiores del hombre. Esto no es cierto sino para el que se dedica al box como medio de vida, al boxeador por dinero o al prizefighter, mas no para el gentleman que toma lecciones de box con el fin de vigorizar las facultades latentes de su organización física y moral”, explicaba.

En la Quinta de los Duelos, la misma en la que Beatriz Guido ambientó su novela La casa del ángel, un grupo de jóvenes abogados, médicos, políticos y banqueros se inició en ese deporte casi como una alternativa a la esgrima. Seguían las reglas creadas por el Marqués de Queensbury y peleaban por placer, nunca por plata. Veían en el box un rasgo de modernización del país, que abandonaba deportes criollos como el pato o la cinchada.

En la primera década del siglo XX, el sueño de formar a grandes boxeadores criollos se transformó casi en política de Estado. Clubes aristocráticos como Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires armaron sus salones. La Escuela de Policía de la Capital incorporó, en 1906, el pugilismo como materia obligatoria para los cadetes y, dos años más tarde, el grupo que entrenaba clandestinamente en la casona de Delcasse fundó el Buenos Aires Boxing Club. En su sede original, ubicada en San Martín 891, se construyó el primer ring reglamentario del país. Y hasta allí llegó poco más tarde el hombre que iniciaría en el boxeo a uno de los fundadores del Luna Park.

Willie Gould era un marinero irlandés bajito y recio. Pesaba apenas cincuenta y cinco kilos y le gustaba fumar en pipa. Su leyenda empezó a forjarse en las peleas clandestinas que se organizaban en distintos locales de la ciudad, sin límite de rounds ni categorías. Gould llegó a enfrentar a gigantes de más de cien kilos y derrotó a personajes como el francés Alfred Culpin o el británico Paddy McCarthy, maestros indiscutidos del pugilismo argentino de esa época.

Para sortear la prohibición contra las peleas profesionales, los combates se hacían a puertas cerradas. Una alternativa era presentarlos como exhibiciones y convocar al jefe de policía como jurado. Cuando el deporte se popularizó, no tardó en cruzar el Riachuelo y extenderse fuera de los límites de la Capital, donde la prohibición no regía. Por esos años, el Mercado Central de Frutos o el Teatro Roma de Avellaneda, territorio del caudillo conservador Alberto Barceló, comenzaron a albergar combates.

Gould fue la primera gran figura de ese boxeo semiprofesional. Su consagración como prizefighter fue el 8 de octubre de 1910, cuando una caravana de aficionados lo acompañó desde la Capital hasta un teatro en Lomas de Zamora. Esa noche, Gould enfrentó al estadounidense Joe Daly, otro buscavidas que venía de una gira triunfal por Chile. El irlandés estaba recibiendo una fenomenal paliza hasta que en el round 14, con los ojos prácticamente cerrados por los golpes, logró conectar un gancho al hígado y derrumbó a su rival. Aunque en esos años no había instituciones que regularan el boxeo en la Argentina, todos comenzaron a hablar de él como campeón sudamericano de todos los pesos.

El título carecía de valor en sí, pero Gould lo capitalizó convirtiéndose en ese embajador global con el que soñaban los mecenas criollos, se nacionalizó argentino e hizo giras por Francia y los Estados Unidos en las que subía al ring con una escarapela bordada en el pantaloncito. También quedó a cargo de la principal escuela de boxeadores del país, la del Buenos Aires Boxing Club, que para entonces se había trasladado a otra sede clandestina sobe la calle Florida. Fue ahí donde una tarde de 1914 su camino se cruzó con el de José “Pepe” Lectoure.

Domingo Pace, un precursor temerario

José Lectoure e Ismael Pace se conocieron de chicos y desde el principio se entendieron sin necesidad de hablar. Crecieron en la manzana de Andes —actual José E. Uriburu— al 1000, en el límite entre Balvanera y Recoleta. Pepe era un flacucho silencioso, enérgico e imprevisible que en poco tiempo se granjearía el apodo de “Loco”. El Rusito Pace era un charlatán cuatro años mayor. Se reían cuando contaba que su abuela era descendiente de la familia real de Hannover, aunque fuera cierto. Algo más de atención recibían las desopilantes anécdotas sobre su padre, Domingo Pace, el primero que se atrevió a soñar con un Luna Park.

El viejo Pace había nacido en Italia en 1872. Llegó a la Argentina con apenas dos años, y antes de cumplir los dieciocho ya era el administrador de Plaza Euskara, un gigantesco centro deportivo que ocupaba toda una manzana en Balvanera, sede de partidos de pelota vasca y carreras de bicicleta.

Pace presumía de haber conocido al presidente Luis Sáenz Peña en ese estadio con capacidad para cuatro mil espectadores. También conoció ahí su primer gran fracaso. En sus años como administrador, Plaza Euskara comenzó a perder público. Muchos atribuyeron la decadencia a los constantes arreglos de resultados que hacían tanto ciclistas como peloteros para ganar más plata con las apuestas.

El despegue empresarial de Domingo Pace llegó después del cierre de ese estadio, en 1902. Durante la primera década del nuevo siglo alternó entre distintas actividades, estuvo a cargo de un velódromo, organizó espectáculos en terrenos alquilados a la Sociedad Rural e incluso colaboró con uno de los pioneros de la aviación en la Argentina en un emprendimiento que terminó de forma trágica.

José Silimbani, del Real Cuerpo de Aerostatos de Italia, lo había contratado para organizar la logística de un espectáculo inédito en el país, pues quería sobrevolar la ciudad de Buenos Aires en un globo aerostático mientras su esposa, Antonieta, hacía acrobacias en un precario trapecio colgado de la canasta. Tras varias presentaciones exitosas, el 13 de marzo de 1904, Antonieta emprendió un vuelo en solitario pero, apenas despegó, una corriente de aire arrastró el globo hacia el Río de la Plata, donde se desplomó y murió ahogada.

Pace solo corría riesgos económicos y así se perfiló como un emprendedor temerario. En la segunda mitad de esa década, comenzó a administrar el circo Buckingham Palace, que funcionaba en un galpón ubicado donde hoy está la Plaza de los Dos Congresos. En ese lugar se instaló una de las primeras pistas de patinaje sobre hielo de la ciudad, actuó el famoso payaso Frank Brown y se destacó un ciclista que se hacía llamar Mephisto. Con él, Pace montó un espectáculo que bautizaron “looping the loop” y que consistía en lanzarse en bicicleta por una rampa y dar una vuelta en un rulo de veinticinco metros de altura, como si fuera una montaña rusa. El principal rival de Mephisto en esa actividad suicida era el acróbata italiano Romero Dawis, que hacía un espectáculo similar en el velódromo, “el salto del abismo”, que consistía en bajar por una inmensa rampa de madera, saltar al vacío y caer en otra plataforma ubicada a una distancia considerable.

El 12 de enero de 1907, Pace logró llenar el circo con un duelo entre Dawis y Mephisto a cambio de una jugosa bolsa de cinco mil pesos, una fortuna para la época. El espectáculo, otra vez, acabaría en tragedia. Cuando llegó a lo más alto del rulo, Dawis perdió el control de su bicicleta y salió despedido. En el estadio se desató el caos, la gente invadió la pista y solo cerca de la medianoche llegó un médico, pero no pudo salvarlo.

El juez a cargo de la investigación dictaminó que la muerte de Dawis se debió a su “propia imprudencia, al intentar un ejercicio para él desconocido”. Sin nombrar a Pace, las crónicas del accidente relataron que el juez absolvió al empresario del Buckingham Palace, que presentó en su defensa un contrato en el que el muerto lo desligaba de cualquier consecuencia que pudiera tener el espectáculo. Sin embargo, el magistrado recomendó a las autoridades municipales que tomasen las medidas necesarias para evitar que esa clase de accidentes se repitiera y puso fin a la carrera de Mephisto en Buenos Aires. Pace se quedó otra vez sin una de sus estrellas.

La ciudad crecía y, en octubre de 1909, la construcción de la Plaza de los dos Congresos obligó a cerrar el Buckingham. El empresario intentó que lo indemnizaran, pero el gobierno municipal se negó. El terreno no le pertenecía y el contrato lo obligaba a desmantelar el galpón en un plazo de veinticuatro horas. A Pace no le quedó otra alternativa que retomar su vida de cirquero itinerante. Primero armó una versión pobretona del Buckingham en un baldío ubicado en Corrientes 1065, donde la principal atracción era una pista de patinaje sobre ruedas. En 1912 se trasladó a un lote de la calle Rivera al 600, donde instaló un circo algo más “aggiornado”, que incluso tenía un palco de honor frente a la pista de arena en la que se hacían los espectáculos. Fue el primer “Luna Park” de Buenos Aires.

Unos pocos años antes, en la localidad neoyorquina de Coney Island, dos empresarios habían utilizado el nombre por primera vez para un parque de diversiones que adornaron con más de doscientos cincuenta mil focos de colores. Algunos dicen que Luna era el nombre de la mujer de uno de los empresarios; otros, que era en referencia a la principal atracción, “A trip to the moon”, una montaña rusa que funcionaba dentro de un pabellón a oscuras y atravesaba paisajes lunares de papel maché, con bailarinas disfrazadas de doncellas extraterrestres.

En pocos años, los empresarios estadounidenses abrieron decenas de filiales en grandes ciudades como El Cairo, Osaka, Ginebra o México DF. Cuando Pace comenzó a buscar un nombre para su modesta feria, un amigo que también estaba en el negocio del espectáculo le sugirió que lo tomara prestado y aprovechara la fama del complejo de Coney Island. En Italia, su patria, todos los parques de diversiones empezaban a llamarse Luna Park. A Pace le pareció una buena idea, pero apenas logró popularizarlo. Como no era propietario del terreno, en 1915 debió cerrar otra vez.

Pace estaba una vez más en la calle. Tenía cuarenta y tres años y era un testigo de primera línea del proceso que había transformado para siempre el perfil de Buenos Aires. La Gran Aldea que en 1895 contaba 660 mil habitantes había crecido hasta convertirse en 1915 en una metrópoli de más de un millón y medio de personas. Las primeras leyes sociales, como la de descanso dominical obligatorio aprobada en 1905, habían comenzado a abrir paulatinamente el espacio para que las clases medias y bajas se integraran a actividades de esparcimiento como el deporte o los espectáculos. También aparecía una nueva clase empresarial, en general de origen extranjero, que aspiraba a conquistar ese público. Pace se sentía parte de esa vanguardia, confiaba en su olfato y, sin nada que perder, decidió probar suerte en Tucumán, donde en 1916 iban a hacerse los festejos por el Centenario del país.

Fue un gran error. El gobernador Ernesto Padilla lo convocó para que montara una feria con distintos espectáculos y, en su entusiasmo, Pace prometió una corrida de toros y hasta un match de boxeo por el campeonato mundial. Sin embargo, el gobernador nunca logró convencer al Ejecutivo nacional para que centralizara los festejos en esa provincia y tuvo que abortar el ambicioso plan ante la falta de fondos.

A fines de 1915, Pace volvió a Buenos Aires, sin un peso pero dispuesto a empezar de nuevo. Esta vez encontró un terreno en Corrientes 1066, justo frente al baldío que había ocupado unos años antes y en el mismo lugar donde hoy se levanta el Obelisco, el símbolo de la ciudad. Empeñado en salvar lo bueno aun de los fracasos, rescató el nombre de su antiguo emprendimiento y mandó hacer una marquesina estrambótica que instaló en la entrada del nuevo parque. En letras gigantes, un arco daba la bienvenida al nuevo Luna Park, que abrió sus puertas el 7 de enero de 1916 en una calle que ya se agitaba al ritmo del tango y el teatro.

Lectoure y los escalones del boxeo

No muy lejos de ahí, el Buenos Aires Boxing Club había inaugurado su segunda sede en un local de mala muerte al que se accedía por una puerta discreta ubicada en Florida 521. Luego había que recorrer el largo pasillo que atravesaba un asentamiento de casillas de chapa y madera. En el corazón de la manzana estaba el galpón con el ring, un diminuto estadio que olía a transpiración y tabaco.

La primera vez que José “Pepe” Lectoure visitó ese gimnasio y se calzó unos guantes fue en 1914. El futuro creador del estadio Luna Park tenía diecisiete años y empezó a entrenar bajo las órdenes de Willie Gould, el marinero irlandés que aún era campeón sudamericano de todos los pesos. Aunque los manuales de boxeo de la época hacen hincapié en cuestiones como nunca respirar con la boca abierta, evitar pestañear al recibir un golpe o mantener al menos un pie apoyado en todo momento, con Gould la iniciación era por las malas. El escritor Adolfo Bioy Casares, que lo tuvo de maestro muchos años después, decía que en las prácticas castigaba ferozmente a sus pupilos.

José Lectoure fue, sin duda, un alumno aventajado. Era un boxeador natural, flaco y con buen alcance de brazos. En octubre de 1917, tres años después de haber empezado a entrenar con Gould, ganó el primer campeonato argentino de boxeo amateur en la categoría liviano. El torneo tuvo una particularidad. Como entre los peso pesado solo hubo un inscripto, le dieron el título a un gigante de un metro noventa que ni siquiera tuvo que subir al ring. Se llamaba Luis Ángel Firpo y se lo conocería como “El Toro Salvaje de las Pampas”.

En ese período de iniciación, Pepe entró en contacto con la cofradía secreta que aún rodeaba al boxeo. Si bien el Buenos Aires Boxing Club era un gimnasio donde se entrenaban jóvenes universitarios e hijos de las clases altas porteñas, al caer la noche también albergaba peleas clandestinas por plata. La bolsa se recaudaba pasando un sombrero entre los espectadores, y el final de la velada se reservaba para peleas entre canillitas: subían al ring hasta cinco chicos a la vez, les vendaban los ojos y se fajaban a ciegas mientras el público les tiraba monedas entre carcajadas. Al terminar, los pibes barrían la lona y se repartían la plata.

A pesar de la prohibición, el furor por ese deporte comenzaba a transformar a Buenos Aires en una plaza incipiente para el boxeo internacional. El 10 de enero de 1915, con una autorización especial del Concejo Deliberante, el estadounidense Jack Johnson, boxeador negro que era campeón mundial de peso pesado, hizo una exhibición en el Stadium Palermo (ubicado frente al hipódromo).

Un año después, un empresario trajo a otro grupo de profesionales norteamericanos con el objetivo de armar un festival en medio de los festejos del Centenario en Tucumán. Cuando el negocio se cayó, los boxeadores quedaron varados en el país. Uno de ellos era Sam Langford, un extraordinario pugilista afroamericano que hizo una pelea a 20 rounds con Sam McVea en el teatro Roma de Avellaneda. El primer combate por un título mundial en la Argentina (el de los “peso pesado de color”) fue un empate con sabor a poco, pero les sirvió a los protagonistas para pagar los pasajes de vuelta a los Estados Unidos.

La primera aventura empresarial de Lectoure fue también producto de la necesidad. Aunque se codeara con la oligarquía que aún controlaba el boxeo argentino, Pepe no contaba con una fortuna familiar que le permitiera sostener el tren de vida de un sportsman, esa mezcla de atleta con hombre de mundo. Sin embargo, compensaba esa circunstancia con astucia y contactos.

Daniel Pericoli, un dandi porteño que se convirtió en su primer socio, contaba que “Pepe era un buen boxeador, pero nunca tenía un mango”. Se habían conocido en el Buenos Aires Boxing Club, y Lectoure lo convenció de comenzar a armar breves giras por la zona sur. En un mismo día podían llegar a enfrentarse hasta cuatro o cinco veces en descampados de Quilmes, Avellaneda y Lomas de Zamora, en los que montaban rings con sogas y estacas. Se turnaban para perder una vez cada uno, golpeándose poco, y después pasaban la gorra.

A fines de 1917, Lectoure debutó como profesional en Montevideo. Su rival fue Juan Carlos “El Brujo” Casala, un peleador mañoso que lo derrotó por puntos en una pelea por el título liviano del Río de la Plata. En los cinco años que duró su carrera profesional, Pepe ganó nueve peleas, empató una, perdió cuatro y protagonizó otras dos sin decisión, pero sobre todo aprendió las claves de todos los oficios vinculados con ese deporte, pues trabajó como masajista, curó heridas, ofició de árbitro e incluso comenzó a tomar pupilos. En 1922, cuando se retiró para concentrarse en su trabajo como entrenador, tenía apenas veinticinco años y fama de haber sido uno de los boxeadores más técnicos que había dado el país. También comenzaba a ser conocido por ciertos manejos turbios que le atribuían fuera del ring.

Historia del Chiquito

En 1920, una alianza entre clubes populares como Barracas Central y otros más aristocráticos como el Hue-Guen, que había fundado José Alfredo Martínez de Hoz, dio lugar a la Federación Argentina de Boxeo (FAB). El primer campeón de la categoría mediano que reconoció esa institución fue Elio Plaissant, que en octubre de 1921 venció a Luis “Chiquito” Galtieri por puntos después de quince rounds muy parejos.

La rivalidad entre ellos se había extendido fuera del cuadrilátero, y cada uno contaba con una barra que lo respaldaba. La de Galtieri denunciaba que le habían robado la pelea, y la presión logró que la FAB fijara la revancha para el año siguiente. Sería la pelea más importante de su vida, y el retador contrató a Pepe Lectoure como entrenador.

Chiquito no llegaba al metro setenta de estatura y recién había empezado a boxear a los veintinueve años, pero Lectoure diría que fue el boxeador que más satisfacciones le dio en su vida. Le fascinaba su entrega casi suicida. “No he conocido a boxeador más obediente, más disciplinado. Era capaz de romper una pared si yo se lo pedía”, contaba Pepe.

Galtieri se entrenó como nunca antes para la pelea. La esperada revancha contra Plaissant fue el 22 de octubre de 1922 en el Club Metropolitano de Boxeo y, al menos dentro del ring, no estuvo a la altura de las expectativas. Galtieri y Lectoure tuvieron que esperar varias horas porque el campeón no aparecía por el estadio. Cuando Plaissant finalmente llegó, se notaba de lejos que estaba completamente borracho. La policía tuvo que escoltarlo hasta el ring para que no lo agrediera el público impaciente.

Lectoure, pragmático, le ordenó a su pupilo que en cuanto sonase la campana empezara a castigar a su rival en la panza. Galtieri obedeció y en el primer cruce lo mandó a la lona con un gancho. Plaissant no se levantó, y Galtieri celebró el título con su entrenador, pero el público no estaba feliz. Había olor a tongo.

La FAB intervino al día siguiente, anuló la pelea y declaró el título desierto. El gobierno municipal también mostró su malestar y reforzó la prohibición del boxeo profesional en la ciudad de Buenos Aires, que se había atemperado en los últimos años.

En el ambiente comenzó a circular un rumor que acusaba a la hinchada de Galtieri. Se decía que habían secuestrado a Plaissant antes de la pelea, obligándolo a comer y beber hasta emborracharse. El Chiquito sostendría hasta el final de sus días que fue al revés, que en realidad los propios hinchas de Plaissant organizaron una comida y lo retuvieron ahí hasta que la policía fue a buscarlo, pero la versión que prendió fue la otra.

Ese episodio pasó a formar parte de la leyenda negra de Lectoure, a quien años después también acusarían de boicotear la carrera de los boxeadores que peleaban fuera del Luna Park y hasta de prohibir que los zurdos boxearan en su estadio. Las sospechas, sin embargo, no afectaron su reputación como entrenador. Pepe hizo base en el céntrico gimnasio del Club Bolsa de Cereales y comenzó a trabajar como matchmaker al otro lado del Riachuelo, en un estadio conocido como Avellaneda Park. Allí empezó a implementar tácticas novedosas para el incipiente mercado local, como la de motivar a sus boxeadores ofreciéndoles un porcentaje sobre la taquilla en vez de bolsas fijas.

Aunque según él tuvo más de cien pupilos a su cargo, su niño mimado siempre fue Chiquito Galtieri, a quien programaba de forma habitual en el estadio que tenía a su cargo. La noche más feliz de esos años fue la del 8 de diciembre de 1923, cuando Galtieri volvió a conqu ...