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MARAVILLOSO ERROR

Jamie McGuire

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Fragmento

Capítulo 1

Sus palabras quedaron suspendidas en la oscuridad entre su voz y la mía. Alguna vez en ese espacio yo había encontrado consuelo, pero desde hacía tres meses solo encontraba malestar. Había pasado a ser más bien un espacio muy cómodo para esconderse. No yo, sino él. Me dolían los dedos, así que dejé que se distendieran; no me había dado cuenta de la fuerza con que había estado sujetando el móvil.

Mi compañera de piso, Raegan, estaba sentada en mi cama con las piernas cruzadas, al lado de mi maleta abierta. No sé qué cara pondría yo, pero al verme me cogió la mano. «¿T. J.?», me preguntó solo moviendo los labios.

Asentí.

—¿Puedes decir algo, por favor? —preguntó T. J.

—¿Qué quieres que diga? Tengo la maleta hecha. Ya he pedido estos días de vacaciones. Hank le ha pasado a Jorie mis turnos.

—Me siento como un completo gilipollas. Ojalá no tuviera que irme. Pero ya te lo advertí, cuando tengo entre manos un proyecto me pueden pedir que vaya en cualquier momento. Si necesitas que te eche un cable con el alquiler o lo que sea…

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—No quiero tu dinero —repuse, frotándome los ojos.

—Creí que sería un buen fin de semana. Te lo juro.

—Y yo creía que estaría subiéndome a un avión mañana por la mañana y, en vez de eso, me llamas para decirme que no puedo ir. Otra vez.

—Sé que esto parece una jugarreta. Te prometo que les dije que tenía planes importantes. Pero cuando surgen temas, Cami… Tengo que hacer mi trabajo.

Me enjugué una lágrima de la mejilla, pero no quise que me oyera llorar. Me controlé para que no se me notara la voz temblorosa.

—¿Vendrás a casa por Acción de Gracias, entonces?

Suspiró.

—Quiero ir. Pero no sé si podré. Dependerá de si dejamos esto bien atado. Te echo de menos. Mucho. A mí tampoco me gusta esto.

—¿Alguna vez tu agenda cambiará para mejor? —pregunté. Tardó en contestar más de lo que hubiera debido.

—¿Y si te digo que probablemente no?

Levanté las cejas. Esperaba esa respuesta, pero no me esperaba que él fuese a ser así de… sincero.

—Lo siento —dijo. Me lo imaginé haciendo una mueca de sufrimiento—. Acabo de llegar al aeropuerto. Tengo que colgar.

—Ya, vale. Hablamos luego. —Obligué a mi voz a permanecer neutra. No quería que me oyese disgustada. No quería que pensase que era débil o que me podían las emociones. Él era fuerte, independiente y hacía lo que le tocaba hacer sin quejarse. Yo intentaba ser así para él. Ponerme a gimotear por algo que no dependía de él no habría sido de ninguna ayuda.

Volvió a suspirar.

—Sé que no me crees, pero te amo.

—Te creo —dije yo, y lo decía en serio.

Pulsé el botón rojo de la pantalla y dejé que el teléfono cayese encima de la cama.

Raegan se había puesto ya en modo control de daños.

—¿Le han llamado de su trabajo?

Asentí.

—Bueno, vale, tal vez deberíais ser un poco más espontáneos. Tal vez deberías simplemente presentarte allí y, si le llaman mientras estás con él, pues esperar a que vuelva. Y a su vuelta, retomarlo donde lo habíais dejado.

—Tal vez sí.

Me apretó la mano.

—¿O a lo mejor es un imbécil que debería dejar de poner su trabajo por delante ti?

Negué con la cabeza.

—Se ha dejado la piel para conseguir el puesto que tiene.

—Si ni siquiera sabes qué puesto es.

—Ya te lo dije. Trabaja de lo que ha estudiado. Se ha especializado en análisis y reconfiguración de datos, sea lo que sea eso.

Me lanzó una mirada recelosa.

—Sí, claro, también me dijiste que lo mantuviera en secreto. Lo cual me hace pensar que no te está contando toda la verdad.

Me levanté y, volcando la maleta, derramé en mi colcha todo lo que contenía. Normalmente solo hacía la cama cuando preparaba la maleta, por lo que ahora podía ver la tela azul claro de la colcha, con el dibujo de unos tentáculos de pulpo de color azul marino cruzándola de un lado a otro. T. J. la aborrecía, pero a mí me hacía sentir como si estuvieran abrazándome mientras dormía. Mi habitación estaba compuesta por cosas dispares y raras. Pero, en fin, así era yo.

Raegan rebuscó entre la ropa revuelta y cogió en alto un top negro con los hombros y la parte delantera estratégicamente rasgados.

—Las dos tenemos la noche libre. Deberíamos salir. Que nos sirvan unas copas a nosotras, para variar.

Le arrebaté la camiseta y la inspeccioné mientras meditaba sobre la sugerencia de Raegan.

—Pues tienes razón. Deberíamos salir. ¿Cogemos tu coche, o el Pitufo?

Raegan se encogió de hombros.

—Estoy casi sin gota y hasta mañana no nos pagan.

—Entonces va a ser el Pitufo, parece.

Tras una visita fugaz al cuarto de baño, Raegan y yo nos montamos en mi Jeep CJ tuneado de color azul claro. No estaba en óptimas condiciones pero en algún momento alguien había tenido la suficiente visión y el suficiente amor por él para transformarlo en un híbrido de Jeep y camioneta. No le había tenido el mismo cariño el chaval malcriado que había sido su propietario entre aquel dueño y yo, un universitario que había dejado los estudios a medias. El relleno de los asientos asomaba aquí y allá donde el cuero negro de la tapicería se había roto, la moqueta tenía agujeros de cigarrillos y manchas, y el techo duro pedía a gritos que lo cambiaran. Pero esa falta de cuidados se tradujo en que pude comprarlo al contado, y un coche ya pagado era el mejor tipo de coche que se podía tener.

Me abroché el cinturón de seguridad y metí la llave en el contacto.

—¿Debería ponerme a rezar? —preguntó Raegan.

Giré la llave y el Pitufo hizo un ruido ahogado que daba pena. Primero torpedeó, pero a continuación ronroneó y las dos dimos palmas. Mis padres habían sacado adelante a sus cuatro hijos con el sueldo de un peón de fábrica. Jamás les pedí que me ayudasen a comprarme un coche. Al contrario, con quince años conseguí trabajo en la heladería del barrio y ahorré 557,11 dólares. El Pitufo no era el coche con el que soñaba de pequeña, pero con 550 pavos compré mi independencia y eso no tenía precio.

Veinte minutos más tarde Raegan y yo estábamos en la otra punta de la ciudad y cruzábamos muy ufanas la explanada de gravilla del Red Door, con andares lentos, acompasados, como si nos estuviesen grabando mientras sonaba de fondo una música superchula.

Kody estaba plantado en la entrada. Sus brazos hercúleos debían de ser tan anchos como mi cabeza. Nos miró atentamente mientras nos acercábamos.

—Carnés.

—¡Vete al cuerno! —le soltó Raegan—. Si trabajamos aquí. Tú sabes la edad que tenemos.

Él se encogió de hombros.

—Aun así tengo que ver vuestros carnés.

Miré a Raegan con el ceño fruncido y ella puso los ojos en blanco y se metió la mano en el bolsillo trasero.

—Si a estas alturas no sabes cuántos años tengo, vamos mal.

—Venga, Raegan. Deja de tocarme las pelotas y enséñame el maldito chisme.

—La última vez que te enseñé algo dejaste de llamarme en tres días.

Él hizo una mueca de dolor.

—¿Es que no lo vas a superar nunca?

Ella le lanzó el carné a Kody y él lo atrapó contra los pectorales. Lo miró y se lo devolvió, y entonces me miró a mí con cara expectante. Le pasé mi carné de conducir.

—Creí que te ibas unos días —dijo en tono de pregunta mientras le echaba un vistazo a mi carné de plástico, tras lo cual me lo devolvió.

—Es una larga historia —respondí guardándomelo en el bolsillo trasero. Los vaqueros eran tan ajustados que me alucinó poder meter algo ahí detrás, aparte de mi trasero.

Kody abrió la enorme puerta roja y Raegan sonrió con dulzura.

—Gracias, encanto.

—Te quiero. Sé buena.

—Yo siempre soy buena —replicó ella, guiñándole un ojo.

—¿Nos vemos cuando salga de trabajar?

—Mmm, sí. —Me empujó para que entrase.

—Qué pareja más rara sois —comenté, hablando a gritos por encima de los graves. La música me retumbaba en el pecho y estaba casi segura de que cada golpe me sacudía los huesos.

—Mmm, sí —repitió Raegan.

La pista de baile estaba ya a rebosar de chavales universitarios sudorosos y con alguna copa de más. El semestre de otoño estaba en su apogeo. Raegan se acercó a la barra y se quedó en el extremo. Jorie le guiñó un ojo.

—¿Queréis que os despeje unos taburetes? —preguntó.

Raegan respondió que no con la cabeza.

—¡Me lo dices solo porque quieres mis propinas de anoche!

Jorie rio. Su larga melena rubia platino le caía en ondas sueltas por encima de los hombros, con algún mechón de color negro entremezclado. Llevaba un minivestido negro y botas militares, y mientras charlaba con nosotras iba tecleando en la caja registradora la cuenta de algún cliente. Todas habíamos aprendido a ser chicas multitarea y a movernos como si cada propina fuese un billete de cien. Si sabías atender el bar con suficiente agilidad, tenías opciones de que te mandasen a la barra este, donde conseguías unas propinas tan suculentas que podías sacarte en un fin de semana el equivalente a todas las facturas del mes.

Era la barra en la que yo llevaba trabajando un año, donde me habían puesto a los tres meses exactos de que me contratasen en el Red Door. Raegan trabajaba justo a mi lado y entre las dos manteníamos la máquina tan engrasada como una estríper en una piscina portátil llena de aceite corporal de bebés. Jorie y Blia, la otra camarera, trabajaban en la barra sur, junto a la entrada. Era básicamente un quiosco. Por eso se volvían locas cuando Raegan o yo estábamos fuera de la ciudad.

—¿Bueno? ¿Qué vais a tomar? —preguntó Jorie.

Raegan me miró y a continuación miró a Jorie.

—Dos whisky sours.

Yo puse cara de asco.

—Pero sin el sour, por favor.

En cuanto Jorie nos pasó los cócteles, Raegan y yo encontramos una mesa libre y nos sentamos, atónitas ante nuestra buena fortuna. Los fines de semana el local estaba siempre hasta arriba y encontrar mesa libre a las diez y media no era normal.

Cogí entre los dedos una cajetilla nueva y le di unos toques contra la palma de la otra mano para apretar bien el tabaco. Acto seguido, le quité el precinto de plástico y levanté la tapa. Aunque el Red Door estaba tan cargado de humo que solo de estar allí sentada tenía la sensación de estar fumándome un paquete entero de cigarrillos, era un gusto sentarse en aquella mesa y relajarse. Cuando tenía que trabajar, normalmente me daba tiempo a dar una calada y el resto del pitillo se consumía sin que pudiera fumármelo.

Raegan me miró mientras lo encendía.

—Yo quiero uno.

—De eso nada.

—¡Te digo que quiero uno!

—Llevas dos meses sin fumar, Raegan. Mañana me echarás a mí la culpa por fastidiarte la racha.

Ella señaló el local.

—¡Pero si ya estoy fumando!

La miré entornando los ojos. Raegan tenía una belleza exótica: larga melena castaña, tez morena, ojos de color miel. Su nariz pequeña tenía el tamaño perfecto, no era ni demasiado redondeada ni demasiado puntiaguda, y tenía un cutis que la hacía parecer recién sacada de un anuncio de Neutrogena. Nos habíamos conocido en el colegio y a mí enseguida me atrajo su sinceridad brutal. Raegan podía ser increíblemente borde y acobardar a cualquiera, incluso a alguien como Kody, que con su metro noventa y cinco le sacaba más de treinta centímetros de altura. Para las personas a las que quería, su personalidad era encantadora y para las que detestaba, repugnante.

Yo era todo lo contrario de exótica. Es verdad que mi melena corta de alborotados cabellos marrones y gruesos bucles resultaba fácil de cuidar, pero no a muchos hombres les parecía sexi. No muchos hombres me encontraban sexi en general. Yo era como si dijéramos la vecina maja, la mejor amiga de tu hermano. Habiéndome criado junto a tres hermanos varones más nuestro primo Colin, habría podido acabar hecha una marimacho de no haber sido porque mis discretas aunque existentes curvas femeninas me habían valido la expulsión del club de chicos a los catorce años.

—No tengas morro —repuse—. Si quieres un pitillo, cómprate tu propio tabaco.

Ella se cruzó de brazos e hizo un mohín.

—Por eso lo dejé. Es una pasada de caro.

Fijé la mirada en el tubito de papel y tabaco que se iba quemando, cogido entre mis dedos.

—Ese es un hecho del que mi bolsillo vacío sigue tomando buena nota.

La música pasó de una canción que todo el mundo quería bailar a otra en la que nadie tenía ningún interés, y un montón de gente empezó a abandonar la pista. Dos chicas llegaron hasta nuestra mesa y cruzamos varias miradas.

—Esta mesa es nuestra —dijo la rubia.

Raegan hizo como si no las hubiese visto.

—Perdona, zorra, pero te está hablando —agregó la morena, y dejó su cerveza en la mesa.

—Raegan —la advertí.

Raegan me miró como si no entendiese nada y a continuación alzó la vista hacia la chica, mirándola con esa misma expresión.

—Era vuestra. Ahora es nuestra.

—Nosotras estábamos antes —dijo la rubia, entre dientes.

—Y ya no estáis —replicó Raegan. Cogió con los dedos el indeseado botellín de cerveza y lo arrojó al suelo. La bebida se derramó por la moqueta oscura de prietos hilos—. Recógelo.

La morena se quedó mirando el reguero que había formado su cerveza en el suelo. Entonces, dio un paso hacia Raegan. Pero su amiga la agarró por los brazos. Raegan respondió riéndose con indiferencia y dirigió la mirada hacia la pista de baile. La morena acabó yéndose detrás de su amiga en dirección a la barra.

Di una calada a mi cigarrillo.

—Creí que la idea era pasarlo bien esta noche.

—Y eso ha tenido gracia, ¿no?

Sacudí la cabeza conteniendo una sonrisa. Raegan era una gran amiga, pero no se me ocurriría contrariarla. Después de haberme criado rodeada de tal cantidad de chicos en mi casa, había tenido suficientes broncas para el resto de mi vida. No me habían mimado nunca. Y si no me defendía, se ensañaban aún más hasta que se la devolvía. Y yo siempre se la devolvía.

Raegan no tenía disculpa. Simplemente era una zorra picajosa.

—Anda, mira. Aquí está Megan —dijo, señalando a la belleza de ojos azules y melena negra como ala de cuervo que estaba en la pista de baile. Yo meneé la cabeza. Estaba con Travis Maddox, básicamente dejándose follar delante de todo el mundo.

—Ay, esos Maddox —comentó Raegan.

—Ya te digo —repuse yo, apurando mi whisky—. Ha sido mala idea venir. Esta noche no estoy muy de humor.

—Anda, para con eso. —Raegan se tomó de un trago su whisky sour y se puso de pie—. Las quejicas esas siguen fichando esta mesa. Voy a pedir otra ronda. Ya sabes que la noche arranca despacio.

Cogió mi vaso y el suyo y se fue a la barra.

Me giré y vi que las chicas no me quitaban el ojo de encima, obviamente con la esperanza de que me marchase de la mesa. Pero no pensaba levantarme. Si intentaban quitárnosla, Raegan haría lo que fuera por recuperarla y eso solo causaría problemas.

Cuando me di la vuelta, me encontré con que en el sitio de Raegan se había sentado un chico. Primero pensé que sería Travis, que habría llegado hasta allí de alguna manera. Pero cuando caí en mi error, sonreí. Trenton Maddox se inclinaba hacia delante, justo enfrente de mí, con sus tatuados brazos cruzados y los codos apoyados en la mesa. Se frotó con los dedos la barba incipiente que le salpicaba la cuadrada mandíbula. Los músculos de los hombros se le marcaron a través de la camiseta. Tenía en la cara la misma cantidad de pelo que en la coronilla, salvo por la ausencia absoluta de vello en las proximidades de su sien izquierda, donde tenía una pequeña cicatriz.

—Me suena tu cara.

Levanté una ceja.

—¿En serio? Te cruzas el local desde la otra punta para sentarte aquí ¿y eso es todo lo que se te ocurre?

Se puso a mirar todas las partes de mi cuerpo descaradamente.

—No tienes ningún tatuaje, que yo pueda ver. Me parece que no nos hemos conocido en el taller.

—¿En el taller?

—El taller de tatuajes en el que trabajo.

—¿Ahora te dedicas a hacer tatuajes?

Sonrió y se le formó un profundo hoyuelo en el centro de la mejilla izquierda.

—Sé que nos hemos visto antes.

—Para nada. —Me volví para observar a las chicas de la pista de baile, que se reían y sonreían y observaban a Travis y Megan simulando follar en la vertical. Pero en cuanto terminó el tema, él la dejó y se fue derecho hacia la rubia que había reclamado la propiedad de mi mesa. Aunque ella había visto a Travis sobando toda la piel sudorosa de Megan dos segundos antes, le sonrió como una boba, esperando ser la siguiente.

Trenton soltó una risa corta.

—Ese es mi hermanito.

—Yo no iría por ahí reconociéndolo —repliqué, moviendo la cabeza en gesto de negación.

—¿Fuimos al mismo colegio? —me preguntó.

—No lo recuerdo.

—¿Recuerdas si en algún momento entre párvulos y el último curso de Secundaria fuiste al Eakins?

—Sí.

El hoyuelo izquierdo de Trenton se hundió cuando sonrió.

—Entonces sí que nos conocemos.

—No necesariamente.

Trenton volvió a reírse.

—¿Quieres tomar algo?

—Está en camino.

—¿Te apetece bailar?

—Pues no.

Pasó por delante un grupo de chicas y Trenton enfocó la mirada en una.

—¿Esa es Shannon, la de la clase de economía doméstica? Joder —dijo, girándose ciento ochenta grados en el asiento.

—Efectivamente. Deberías acercarte a compartir recuerdos.

Trenton negó con la cabeza.

—Ya compartimos recuerdos en el insti.

—Me acuerdo. Seguramente sigue odiándote.

Trenton meneó la cabeza, sonrió y, antes de dar otro trago, dijo:

—Siempre me odian.

—Esto es un pueblo. No deberías haber quemado a todas tus novias.

Él bajó el mentón. Su célebre poder de seducción subió un punto.

—Quedan unas pocas a las que aún no he encendido. Aún.

Puse los ojos en blanco y él rio entre dientes.

Raegan regresó con sus largos dedos curvados alrededor de cuatro vasos bajos y dos de chupitos.

—Mis whisky sours, tus whiskis a palo seco y un pezón de mantequilla para cada una.

—¿Pero qué te pasa esta noche que te ha dado por lo dulce, Ray? —dije yo, arrugando la nariz.

Trenton cogió uno de los chupitos y, acercándoselo a los labios, echó la cabeza hacia atrás. Luego, lo dejó de un golpe encima de la mesa y me guiñó un ojo.

—No sufras, nena. Yo me ocupo. —Se levantó y se marchó.

No me di cuenta de que tenía la boca abierta de par en par hasta que mi mirada se cruzó con la de Raegan y se me cerró de repente.

—¿Acaba de beberse tu chupito? ¿Realmente acaba de pasar eso?

—¿A quién se le ocurre? —repuse yo, volviéndome para ver adónde se había ido. Ya había desaparecido entre la gente.

—Pues a un Maddox.

Di un trago largo a mi whisky doble y otra calada a mi cigarrillo. Todo el mundo sabía que Trenton Maddox no traía más que problemas, pero al parecer eso no impedía que las mujeres se empeñasen en intentar domarle. Como le venía viendo desde el colegio, me juré no ser nunca una muesca en el cabecero de su cama (si es que los rumores eran ciertos y hacía muescas, pero no tenía planeado averiguarlo).

—¿Y le vas a dejar que se vaya de rositas? —preguntó Raegan.

Solté el humo por un lado de la boca, molesta. No estaba de humor ni para divertirme ni para enfrentarme a insufribles tácticas de ligoteo ni para protestar porque Trenton Maddox acabase de beberse el chupito cargado de azúcar en el que yo no tenía el menor interés. Pero antes de que pudiese contestar a mi amiga, tuve que escupir el whisky que acababa de beberme.

—Oh, no.

—¿Qué? —dijo Raegan, y se volvió en su silla. Inmediatamente, se enderezó mirando hacia mí con una mueca de dolor en la cara.

Mis tres hermanos y nuestro primo Colin venían andando hacia nuestra mesa.

Colin, el mayor de los cuatro y el único con un carné legal, fue el primero en hablar.

—¿Pero qué demonios, Camille? Creí que esta noche estabas fuera.

—Mis planes cambiaron —le solté.

Chase fue el segundo en hablar, como ya imaginaba. Era el mayor de mis hermanos y le gustaba fingir que era mayor que yo también.

—Pues a papá no le va a hacer gracia que no vayas a comer con la familia si estás en la ciudad.

—No puede no hacerle gracia si no se entera —dije yo, entrecerrando los ojos.

Él retrocedió.

—¿Por qué estás tan borde? ¿Tienes la regla o qué?

—¿En serio? —intervino Raegan bajando el mentón y subiendo las cejas—. Estamos en público. Madura un poco.

—O sea, que te ha dado plantón, ¿no? —preguntó Clark. A diferencia de los demás, Clark pareció preocupado de verdad.

Antes de que me diera tiempo a contestar, el más pequeño de los tres intervino.

—Un momento, ¿esa cagarruta despreciable te ha dado plantón? —dijo Coby. Los chicos solamente se llevaban once meses, de modo que Coby acababa de cumplir dieciocho años. Mis compañeros de trabajo sabían que mis tres hermanos presentaban carnés trucados y creían que me hacían un favor haciendo la vista gorda, pero la mayoría de las veces hubiese preferido que no les dejasen entrar. Coby en especial seguía comportándose como un mocoso de doce años que no estaba muy seguro de qué hacer con su testosterona. Estaba detrás de los otros sacando pecho y se dejó sujetar por ellos para impedirle que se enzarzara en una pelea inexistente.

—¿Qué estás haciendo, Coby? —pregunté—. ¡Si no está aquí!

—Pues es verdad que no está, qué narices —replicó Coby. Se relajó y chasqueó las vértebras del cuello—. Darle plantón a mi hermana mayor. Le voy a reventar la puta cara. —Me imaginé a Coby y a T. J. peleándose y el corazón se me puso a mil. Cuando T. J. era más joven ya daba miedo, y ahora era directamente letal. A nadie se le ocurriría tocarle las pelotas, y Coby lo sabía.

De mi garganta salió un sonido de indignación y miré hacia arriba con gesto desesperado.

—Buscaos otra mesa, anda.

Los cuatro arrimaron sendas sillas para sentarse alrededor de Raegan y de mí. Colin tenía el pelo de color castaño claro, pero mis tres hermanos eran pelirrojos. Colin y Chase tenían los ojos azules. Clark y Coby, verdes. No todos los pelirrojos son lo que se dice guapos, pero mis tres hermanos eran tres tíos altos, musculados y extrovertidos. Clark era el único pecoso y de alguna manera las pecas le quedaban bien. Yo era la rara, la única de los hermanos con una mata de bucles morenos y los ojos grandes, redondos y azules claros. Más de una vez los chicos habían tratado de convencerme de que era adoptada. Si no hubiese sido porque era el vivo retrato de mi padre, en chica, tal vez les habría creído.

Toqué la mesa con la frente y gruñí.

—Aunque me cuesta creerlo, el día acaba de empeorar.

—Venga, Camille. Tú sabes que nos quieres —dijo Clark, dándome un empujoncito con el hombro. Al ver que no respondía, se inclinó para susurrarme al oído—: ¿Seguro que estás bien?

Con la cabeza agachada aún, asentí. Clark me dio unas palmaditas en la espalda. Todos se quedaron callados.

Levanté la cabeza. Estaban mirando fijamente a algo que había detrás de mí. Me di la vuelta y vi a Trenton Maddox con dos vasos de chupito y otra copa con un brebaje que sin duda parecía menos dulzón.

—Esta mesa se ha transformado en una fiesta muy rápido —comentó Trenton con una sonrisa de sorpresa, aunque no por ello menos encantadora.

Chase entornó los ojos, sin dejar de mirarle.

—¿Es ese? —preguntó, indicándole con la cabeza.

—¿Qué? —dijo Trenton.

La rodilla de Coby empezó a rebotar, y se inclinó hacia delante en su silla.

—Es él. Primero le da plantón y luego se presenta aquí.

—Espera. Coby, no —dije yo, levantando las manos.

Coby se levantó.

—¿Tú eres el que torea a mi hermana?

—¿Hermana? —replicó Trenton, y casi se le salen los ojos de las órbitas mirándome primero a mí y luego a los iracundos pelirrojos que tenía sentados a un lado y a otro.

—Ay, Dios —dije yo, cerrando los ojos—. Colin, dile a Coby que ya vale. No es él.

—¿Quién no soy? —preguntó Trenton—. ¿Es que tenemos algún problema aquí?

Travis apareció junto a su hermano. Lucía el mismo gesto divertido que Trenton: los dos con sus deslumbrantes hoyuelos en la mejilla izquierda. Habrían podido ser el segundo par de gemelos de su madre. Solo se diferenciaban en pequeños detalles, entre otros que Travis era dos o tres dedos más alto que Trenton.

Travis cruzó los brazos delante del pecho, lo que hizo que sus bíceps, ya de por sí enormes, aumentasen de volumen. Lo único que evitó que estallase en mi silla fue ver que se le relajaban los hombros. No estaba listo para pelear. De momento.

—Buenas noches —saludó Travis.

Los Maddox sabían detectar los problemas. O por lo menos eso parecía, porque cada vez que había una bronca, o bien la empezaban ellos o bien la acababan. Y generalmente las dos cosas a la vez.

—Coby, siéntate en tu silla —le ordené, entre dientes.

—No, no pienso sentarme. Este gilipollas ha insultado a mi hermana y no pienso sentarme en la puta silla.

Raegan se giró hacia Chase.

—Estos son Trent y Travis Maddox.

—¿Maddox? —preguntó Clark.

—Sí, ¿qué pasa? ¿Todavía tienes algo que decir? —replicó Travis.

Coby meneó lentamente la cabeza, sonriendo.

—Puedo tirarme la noche entera hablando, hijo de…

Me levanté.

—¡Coby! ¡Que te sientes, joder! —dije yo, señalando su silla. Él tomó asiento—. ¡He dicho que no era él y lo decía en serio! ¡Y ahora que todo el mundo se calme, coño! He tenido un día horroroso y he venido aquí a tomar algo, a relajarme y a pasar un rato agradable, ¡maldita sea! Y si para vosotros eso es un problema, pues largo de mi mesa, hostia. —Cerré los ojos y solté el resto de la perorata a gritos, como si estuviera loca de remate. Alrededor de nosotros la gente nos miraba.

Jadeando, lancé una mirada a Trenton. Él me ofreció una copa.

Una de las comisuras de sus labios se curvó hacia arriba.

—Creo que voy a quedarme.

Capítulo 2

Mi móvil sonó por tercera vez. Lo cogí de la mesilla de noche para echarle un vistazo. Era un mensaje de texto de Trenton.

Arriba, perezosa. Sí, es a ti.

—¡Apaga el móvil, cabrona! ¡Que algunas tenemos resaca! —gritó Raegan desde su cuarto.

Lo puse en silencio y lo dejé en la mesilla otra vez para que siguiera cargándose. Joder. ¿Pero cómo se me había ocurrido darle mi número?

Kody vino dando tumbos por el pasillo y asomó la cabeza por mi puerta, con los ojos aún medio cerrados.

—¿Qué hora es?

—No son ni las ocho.

—¿Quién está mandando mensajitos a tu móvil sin parar?

—A ti qué te importa —respondí girándome sobre un costado. Kody rio para sí y a continuación se puso a aporrear cacharros en la cocina, probablemente disponiéndose a dar de comer a su cuerpo ultramegainmenso.

—¡Odio a todo el mundo! —chilló Raegan de nuevo.

Me senté con las piernas colgando por un lado de la cama. Libraba el fin de semana entero, algo que no me había pasado desde el último fin de semana que me había cogido libre para ver a T. J., y él había cancelado los planes. Aquella vez me había dedicado a fregotear el piso al completo hasta dejarme los dedos en carne viva, y a continuación había echado a lavar toda la ropa sucia, la había puesto a secar y había doblado hasta la última prenda. Mía y de Raegan.

Pero en esta ocasión no pensaba dedicarme a pasar la fregona por el piso. Miré las fotos que tenía puestas en las paredes, de mis hermanos y mías, al lado de una de mis padres y de algunos de los dibujos que había intentado hacer en el instituto. Los marcos negros contrastaban mucho con el fondo blanco de todas las paredes del apartamento. Había ido arreglándolo para darle un aire más hogareño, comprando un juego de cortinas con cada paga, por ejemplo. Y gracias a la tarjeta regalo de Pottery Barn que los padres de Raegan le habían dado por Navidad, ahora teníamos una vajilla preciosa y una mesita de centro de estilo rústico, con acabado de color caoba. Pero en gran parte el piso estaba como si nos hubiésemos mudado hacía poco, y eso que yo llevaba viviendo en él tres años y Raegan más de uno. No era la casa más bonita de la ciudad, pero por lo menos era un barrio en el que había más familias jóvenes y profesionales liberales solteros que niñatos universitarios ruidosos y molestos. Además, estaba bastante lejos del campus, lo suficiente para no tener que vérnoslas con los embotellamientos típicos de los días en que había eventos deportivos.

No era gran cosa, pero era nuestro hogar.

Mi móvil emitió un zumbido. Puse los ojos en blanco, pensando que sería Trenton, y me recliné para ver la pantalla. Era T. J.

Te echo de menos. Deberíamos estar haciéndonos mimos en mi cama, y no lo que estoy haciendo ahora.

Cami no puede responderte ahora. Tiene resaca. Deja tu mensaje después de la señal. PIII

¿Saliste anoche?

¿Pensabas que iba a meterme en casa, a llorar hasta quedarme roque?

Genial. Ahora ya no me siento tan mal.

No, sigue sintiéndote mal. En realidad está bien.

Quiero escuchar tu voz, pero no te puedo llamar en este momento. Intentaré llamarte esta noche.

Ok.

¿Ok? Vaya desperdicio de mensaje.

Currar sí que es un desperdicio de fin de semana.

Touché.

Bueno, luego hablamos, supongo.

No te preocupes, me postraré a tus pies lo necesario en busca de perdón.

Eso espero.

Era difícil estar mucho rato enfadada con T. J., pero a la vez era imposible acercarse a él. Vale, llevábamos saliendo seis meses nada más. Los tres primeros habían sido una pasada, y entonces le mandaron a dirigir ese encargo tan importante. Cuando decidimos darle una oportunidad a la relación a distancia, él me advirtió de cómo podrían ponerse las cosas. Era la primera vez que le encargaban ocuparse de un proyecto entero, y él era un perfeccionista, acostumbrado a dar más de lo que le pedían. Como era el encargo más gordo en el que había trabajado en su vida, T. J. quería estar seguro de que no se le pasara nada por alto. Era importante, fuese lo que fuese. En el sentido de que, si todo salía bien, conseguiría un ascenso alucinante. Una noche, muy tarde, me había dicho que tal vez podría permitirse vivir en una casa más grande y que podríamos hablar de la posibilidad de que yo me mudase allí el año próximo.

Yo preferiría estar en cualquier sitio que no fuese aquí. Vivir en una ciudad universitaria tirando a pequeña cuando tú no estás precisamente estudiando en la universidad no es lo más guay del mundo. La universidad en sí, la Eastern State University, no tenía nada de malo: era pintoresca y bonita. Me había pasado la vida entera, desde que tenía uso de razón, deseando estudiar allí, pero después de exactamente un año en la residencia de estudiantes tuve que mudarme a un apartamento yo sola. Y por mucho que un piso para mí representara un refugio a salvo de las chorradas de la vida estudiantil, la independencia acarreó sus dificultades. Solo podía asistir a unas cuantas clases al semestre, y en vez de terminar este año la carrera, aún iba por segundo.

Los numerosos sacrificios que había hecho para mantener la independencia que necesitaba eran precisamente la razón por la que no podía recriminarle a T. J. que hiciese sacrificios por la suya. Aun cuando la sacrificada fuese yo.

La cama se hundió ligeramente a mi espalda y las sábanas se levantaron. Una manita helada tocó mi piel y di un brinco.

—¡Coño, Ray! Quita de encima tus sucias manos, que estás helada.

Ella se rio y me abrazó aún más fuerte.

—¡Ya empieza a refrescar por las mañanas! Kody está preparando su docena de huevos revueltos o más, y la cama ...