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MEMORáNDUM

Daniel Berliner

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Fragmento

UN ACTO DE TRAICIÓN
Pilar Rahola

En julio de 1994 un atentado destruyó el edificio de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en Buenos Aires y dejó un saldo de 85 muertos y 300 heridos. Tuvo que pasar más de una década para que las pruebas reunidas por la justicia determinaran las responsabilidades de la organización terrorista Hezbollah, como ejecutora, y del gobierno iraní, como instigador. Y pasaron más años todavía para que el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, en un acto de traición a las víctimas y sus familiares, firmara con ese país el Memorándum de Entendimiento. En ese momento dije: están volviendo a matarlos. Esta vez era la muerte de la injusticia, la muerte de la desmemoria, la muerte de la indignidad. Al final, resultaba mucho más importante abrir una negociación con Irán, probablemente manchada por corruptelas económicas e incluso diplomáticas, que preservar la memoria de los hombres y las mujeres que murieron en ese acto de guerra.

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Me pareció el rizo de la maldad: la Argentina, además de haber sufrido un atentado terrorífico, ahora padecía la ignominia de tener una presidenta que traicionaba a esas víctimas. Desde luego, no tengo duda alguna de que ese acuerdo fue un acto de traición, como mínimo, a la memoria trágica de ese acto criminal.

Soy sensible al tema, a la AMIA en particular y al terrorismo en general, y cuando me enteré de ese acuerdo sentí horror, porque ni el peor guion de una mala película, de una película de república bananera sin ningún tipo de categoría, podría haber pergeñado lo que estaba pasando en la gran República Argentina, un país con mucha identidad.

Había habido un acto de guerra de un país contra otro, una investigación con un fiscal que había demostrado cómo se había producido el atentado y quiénes eran los culpables, había peticiones a la INTERPOL para perseguir a los asesinos que mataron argentinos, y de golpe, una presidenta se olvidaba de todo ese pasado trágico, se olvidaba de todas esas víctimas y de todo ese horror, del atentado contra su país, e intentaba pactar y negociar con el enemigo que de alguna forma había ordenado las muertes. Además, utilizaba para ello a un judío.

Creo que la Argentina no va a poder cerrar este capítulo de su historia hasta que no se abra un proceso contra el Memorándum. No me corresponde decir cómo deberá acabar ni qué culpas se pueden dirimir, pero estoy convencida de que para que la impunidad no prevalezca, los jueces argentinos tienen que abrir la causa e investigarla. Un fiscal murió y no tengo dudas de que fue asesinado, justo cuando estaba a punto de acusar de traición a una presidenta.

Basta de impunidad a los asesinos, basta de impunidad a la desmemoria, a la injusticia, y basta de impunidad a un acuerdo que pretende cubrir con un manto indigno de falsa legitimidad una de las etapas más vergonzantes de Argentina.

Luego de leer Memorándum. La trama secreta del acuerdo con Irán puedo asegurar que estamos ante un libro necesario, porque es muy importante poner negro sobre blanco todos los hechos, revelar exactamente qué paso, cómo se comportó cada cual, dónde estuvo cada quien en ese mapa de la vergüenza, y Daniel Berliner lo hace sin dudas ni concesiones.

NOVIEMBRE DE 2016

PRÓLOGO
El porqué de este libro

El 1º de abril de 2015 parecía ser un día como cualquier otro. Recién volvía de mis vacaciones y tenía una agenda de actividades de índole social para cumplir. Pero me perseguían otras inquietudes: los diarios daban cuenta de un arma descubierta en el marco de la investigación de la muerte del fiscal Alberto Nisman y, en lo personal, mi atención estaba puesta en las idas y vueltas en torno a la declaración de inconstitucionalidad del Memorándum que el gobierno argentino había firmado con su par iraní en 2013. Medio a las corridas decidí tratar de conversar con Leonardo ­Jmelnitzky, en aquel momento presidente de la AMIA, para compartir algunas preocupaciones, en especial, el silencio inexplicable que la institución mantenía respecto de ambos temas.

Jmelnitzky es un típico cordobés, entrador, de sonrisa recurrente, la misma con la que me recibió ese día. “Che, dame cuarenta minutos y nos juntamos” me dijo poniendo un freno a mi ansiedad. Quedamos en tomar un café en su despacho después de que terminara con algunas reuniones que tenía programadas.

Entre nosotros, las conversaciones café de por medio tienen su historia, las hacíamos muy seguido incluso antes de que su nombre sonara como posible presidente de la AMIA. Siempre me llamó la atención eso de sentarnos a tomar un café, algo que en el mundo de los hombres ortodoxos como lo es Leonardo no existe, pero él tiene esa cosa cordobesa que no le deja renunciar a sus costumbres. Sentarse a disfrutar de una charla donde el café, un buen whisky y sus puchos son toda una ceremonia. En tantas conversaciones que tuvimos nunca me animé a preguntarle cuándo hizo teshuvá, es decir, cuándo decidió cambiar su vida y dedicarla a la Torá y a ser un hombre religioso, sobre todo porque durante nuestros encuentros suelen surgir anécdotas de su vida universitaria en la Córdoba de los setenta, especialmente del Cordobazo. Además, pese a ser oriundo de una tierra ligada al folklore, Leonardo es un amante del tango. Todo eso lo convierte en un religioso especial y diferente al resto de sus pares, cálido, bonachón y que durante su gestión al frente de la AMIA supo romper todos los protocolos.

A Leonardo lo conocí en 2012, en la oficina de la yeshivá (casa de estudios) Heijal Hatora del rabino Samuel Levin, líder religioso de la AMIA, de fuerte personalidad. Después supe que Jmelnitzky, a quien impulsaban para suceder a Guillermo Borger en la conducción de la AMIA, fue siempre un hombre muy consultado y de mucha participación en las decisiones que se tomaban en el Bloque Unido Religioso*. Fuera de la yeshivá del rabino, Leonardo era una figura desconocida hasta que llegó a la presidencia de la institución comunitaria. Hombre de perfil muy bajo, nunca quiso dirigir esa organización, él decía que no lo necesitaba y que estaba muy bien donde estaba como supervisor de comida kosher en la ciudad de Córdoba.

Fueron muchos los que debieron interceder para convencerlo de que aceptara el cargo de presidente, y les costó mucho convencerlo. Luego, ya como presidente de la AMIA, el estrés y un infarto le dieron la razón: él no estaba para eso y pidió licencia durante gran parte de 2014.

La tarde se esfumaba y Leonardo seguía ocupado. Decidí esperarlo en su oficina. Su escritorio estaba lleno de papeles, desordenado; imaginé que estaría en la sala contigua haciendo el tradicional rezo de la tarde. Cuando volvió me quedaba poco tiempo, pero ambos sabíamos que no necesitábamos más que algunos minutos para tirar los títulos y temas más importantes y ponernos al día.

Charlamos de pie, junto a su escritorio, como dos amigos tomando un trago en una estación. Después de contarle algo sobre mis vacaciones y preguntarle sobre su salud, fui directamente al grano: “Leonardo, me asombra tanto silencio en la AMIA desde la muerte de Alberto Nisman”, dije casi con tono de reclamo.

No dijo nada, recogió sus cosas, tomó el maletín nuevo, del que todavía colgaba del cierre la etiqueta y salimos de su oficina, como para irnos juntos, pero sorpresivamente se detuvo y se sentó en el sillón de su secretaria, callado. Leonardo siempre era medido en lo que decía, por eso volví a insistirle: “Tu silencio y el de la AMIA me preocupan”.

Un observador atento notaría que detrás de ese silencio había una decisión política de la comisión ortodoxa. Su presidente y el ejecutivo de la institución habían tomado la determinación de delegar los aspectos políticos de la gestión comunitaria en la DAIA, el brazo político de la comunidad judía argentina, lo que le permitía a la AMIA no expedirse sobre este y otros temas que la pondrían en una situación de enfrentamiento e incomodidad con el gobierno kirchnerista.

Quise ayudarlo como para que me diera una respuesta, aunque sabía que no tenía por qué hacerlo, y le recordé una frase que varias veces había escuchado de labios del rabino ­Levin, su jefe político. “Leo, creo entender lo que pasa, el rabino Levin siempre dice que ‘está escrito en la Torá que no se debe ir contra los reyes’, por eso entiendo tu gran silencio y el de la AMIA, y por eso no querés ir contra el gobierno”, le dije.

Me miró a los ojos y con un gran orgullo me dijo: “Dani, el BUR fue único en la historia de la kehilá [comunidad] que le dijo no a un gobierno. Nosotros le dijimos no al Memorándum, fuimos los únicos. Hay momentos donde no existe opción, nosotros le dijimos ‘no’ y vos lo sabés mejor que nadie, fuiste un testigo privilegiado de los hechos”.

La respuesta me sorprendió porque hasta ese momento, enfrascado en la cotidianidad del trabajo, no había comprendido cabalmente la dimensión de todo lo sucedido. Lo cierto es que aquella tarde Leonardo y yo permanecimos un rato en silencio hasta que él se levantó, tomó sus cosas como para irse, y me preguntó qué pensaba. En ese momento sentí que la razón le ganaba al corazón y le confesé que su respuesta me inspiraba y que escribiría un libro sobre el Memorándum. Leonardo me hizo ver que fui espectador en primera fila de una trama secreta que se vivió dentro de la comunidad judía durante todo ese tiempo.

Le sorprendió mi anuncio, me miró con una sonrisa pícara que no ocultaba sus dudas sobre mis palabras. Bajamos, salimos del edificio, nos despedimos y cada uno tomó su camino, Leonardo encaró hacia Viamonte y yo empecé a caminar por Pasteur hacia Corrientes, mientras imaginaba el primer capítulo de este libro.

El Memorándum de Entendimiento que la Argentina firmó con Irán en enero de 2013 por el atentado a la AMIA ­marcará uno de los momentos críticos del gobierno de Cristina Kirchner y quizás una pieza más en ese efecto dominó que culminó con el fin de su mandato y la pérdida del poder político.

Este libro reconstruye pasajes inéditos de las negociaciones con Teherán, pone al descubierto las acciones controvertidas del entonces canciller Héctor Timerman, quien fue cuestionado por distintos sectores de la dirigencia comunitaria judía por su papel en el negociado del acuerdo. También revela testimonios hasta ahora desconocidos del fiscal Alberto Nisman, a cargo hasta su muerte de la investigación del atentado a la AMIA en 1994. El fiscal cuenta por qué tomó la decisión más importante de su vida: denunciar a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y al canciller Héctor Timerman por presunto encubrimiento de ese ataque.

A la distancia, creo que fue el Memorándum de Entendimiento el verdugo que le puso fin a la vida del fiscal y, en cierta manera, a la causa AMIA, paralizada, que quedó reducida a ser vehículo de un duelo de declaraciones.

Por estas páginas pasan los testimonios de la madre y la hermana de Nisman sobre la tragedia que puso al gobierno al borde de una terrible crisis, los viajes de Timerman a ­Israel en busca de un apoyo no encontrado, y su relato sobre un viaje a Siria, donde comenzó a gestarse el Memorándum y que fue puesto al descubierto por el fallecido periodista José “Pepe” Eliaschev. “Si no nos apoyan, esto es imposible, nosotros no tenemos poder como para obligar a alguien”, fue la confesión del entonces ministro.

Avigdor Lieberman, que fue canciller israelí en el período de la firma del Memorándum, consideró mentirosas las afirmaciones de Timerman. El diálogo con él también forma parte de este libro. Asimismo, se incluyen testimonios de líderes judíos como Shimon Samuels, del Centro Wiesenthal, quien con honestidad brutal avisó en una comunicación telefónica a Timerman que con su accionar estaba traicionando al pueblo judío, y la reacción de las instituciones judías tras el anuncio del Memorándum, el apoyo inicial de la AMIA y el brusco giro casi inmediato. El abanico de opiniones de los familiares de las víctimas. Los temores y los desencuentros de la dirigencia comunitaria con el gobierno de Cristina Kirchner, la visión de Aníbal Fernández. Y mucho más.

Pero sobre todo, se trata de un intento de reflexionar sobre la jugada menos pensada de la entonces presidenta en un tema tan sensible para los argentinos como fue la voladura de la AMIA en 1994.

* El Bloque Unido Religioso (BUR) es la agrupación que representa al sector ortodoxo de la comunidad judía argentina. Llegó por primera vez a la conducción de la AMIA, en 2008, cuando propuso como presidente a Guillermo Borger, tras un acuerdo con los sectores conservadores de la comunidad.

CAPÍTULO 1
Campeón, te quiero mucho

AJN.- El titular de la Unidad Fiscal Especial de Investigación del Atentado a la AMIA, Alberto Nisman, aseguró hoy, miércoles, en una entrevista exclusiva con la Agencia Judía de Noticias, que la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, y su canciller, Héctor Timerman, acordaron “la impunidad de Irán” antes de la firma del polémico e inconstitucional Memorándum de Entendimiento entre ambos países, en paralelo a la causa judicial.

“Esto lo vengo trabajando hace más de dos años porque está involucrado personal de la Secretaría de Inteligencia cuyos nombres no puedo dar”, agregó sin especificar.

El fiscal presentó una dura denuncia de casi 300 páginas, en la cual afirmó que existe una “confabulación criminal” para “desvincular en forma definitiva” a la República Islámica del ataque terrorista que asesinó a 85 personas el 18 de julio de 1994 que incluye, entre otros, al diputado Andrés Larroque, el dirigente ultrakirchnerista Luis D’Elía y al líder de Quebracho, Fernando Esteche, estos últimos reiteradamente sindicados como voceros oficiosos de Teherán.

El cable está fechado el miércoles 14 de enero de 2015 a las 12.01, y su título es: “La presidenta y Timerman acordaron la impunidad de Irán antes del Memorándum”. Así tituló la Agencia Judía de Noticias una de las últimas notas con Alberto Nisman como protagonista, en la que el fiscal de la causa AMIA adelantaba una medida arriesgada para el momento político que vivía la Argentina, en lo que ya se perfilaba como el fin del ciclo kirchnerista. La noticia ganó rápidamente la tapa de los principales portales, agencias y canales de noticias del mundo. A más de veinte años del hecho, está claro que el atentado que investigaba Nisman fue directo al corazón de la vida judía en la Argentina.

La Asociación Mutual Israelita Argentina es la “institución madre” de una de las colectividades más importantes del país y representa una de las comunidades judías más grandes del mundo.

Desde 2004, designado por el entonces presidente Néstor Kirchner, Nisman estaba a cargo de la Unidad Fiscal, UFI AMIA, para actuar en la investigación del atentado a la mutual judía, el ataque terrorista más sangriento que sufrió el país. Aquella mañana, en absoluta soledad y luego de interminables dudas y de dos años de trabajo, finalmente, Nisman tomaba la decisión crucial de acusar a la presidenta y al canciller de fomentar un plan de impunidad de los responsables del atentado ocurrido el 18 de julio de 1994.

UN GRAN PASO

Alberto Nisman conocía el manejo con los medios, era hábil, y después de tantos años al frente de la Fiscalía sabía mover con inteligencia las fichas del periodismo. Cualquier noticia respecto de la causa AMIA proveniente de su ­Fiscalía necesitaba del apoyo periodístico; era un importante complemento de su trabajo y cada novedad publicada se convertía en un importante registro que él administraba y atesoraba como una parte más de su trabajo.

Él sabía perfectamente lo que significaba el rebote de sus anuncios en los medios, era casi obsesivo, seguía minuto a minuto todas las publicaciones y generalmente lo hacía junto a su personal de la Fiscalía, especialmente con sus secretarias, y si algo estaba mal publicado no dudaba en levantar el teléfono y a los gritos si era necesario, exigía que se modificara lo que estaba mal difundido. Era muy meticuloso en la lectura y el análisis de lo que se publicaba sobre su persona y su trabajo.

Por eso, nadie mejor que él sabía lo que significaba para el mundo su denuncia contra la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y contra el canciller Héctor Timerman. Era un paso que jamás había dado en su vida y dimensionaba perfectamente el impacto que causaría en los medios de comunicación al día siguiente.

En nuestras charlas, Alberto venía refiriéndose a esa denuncia desde hacía muchos meses, dudando sobre darla a conocer o no. Sentía que tenía toda la información necesaria y que estaba frente a un momento muy delicado: o lo hacía público o se llevaba la denuncia a su casa sin que nadie se enterara. Si optaba por la segunda alternativa, me confesó, su conducta habría sido “la de un cagón”, y él no se incluía en esa categoría. Por eso tomó la decisión en “absoluta soledad” para que nadie ni nada interfiriera, y me dijo en nuestra última charla poco antes de su muerte, que “los cuarenta millones de argentinos tenían derecho a saberlo”. Lo hizo intuyendo o sabiendo que sus días como fiscal de la UFI AMIA estaban contados; lo iban a echar y no quería irse a su casa sin meter la carpeta contra la presidenta y el canciller.

Poco antes de efectivizar su denuncia por la firma del acuerdo con Irán, me había adelantado que esta se ­basaba en “la manifiesta inconstitucionalidad [del Memorándum], porque viola tácticamente la Constitución, viola todos los tratados internacionales de derechos humanos que han firmado. Es vergonzoso lo que han hecho. Mirá a la conclusión que llegamos: si esto se mantiene, aunque la Comisión de la Verdad [que se debería constituir a instancias de ese acuerdo] nos dé la razón, cosa que descarto que va a ser así, se diluye la causa, desaparece por pequeñas nulidades que se arman. Si esto sigue adelante, tenemos garantizadas sanciones de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Es gravísimo, se están cagando en todo, están abriendo las puertas para que vuelvan a sancionar al Estado argentino, sin quererlo quizá. Que se hagan cargo de esto, la presidente es responsable de esto y lo voy a decir —yo lo lamento—, y de Timerman [es] más lo que voy a decir: ‘Señores, no se cansó de mentir. Repito: no de equivocarse, de mentir. […] es un canalla. El otro día me enojé con Dina Siegel [directora para América Latina del Comité Judío Americano] porque habla con él y lo recibe. Ella me dijo: ‘Alberto, pero nosotros no podemos [negarnos a recibirlo]’. A lo que yo le dije: ‘Dina, vos podés hacer lo que quieras, pero dejame en confianza que te diga, yo no recibo delincuentes, por más que tenga una misión, el tipo es un delincuente y te lo voy a demostrar, y te lo estoy adelantando, digan lo que digan. […] Tengo probado que Timerman es un delincuente”.

Alberto sabía que una parte de esa jugada tenía algo de arrojarse al vacío, pero igual tomó la decisión de hacer la denuncia; era a todo o nada. Aunque posiblemente no asumió todos los recaudos necesarios antes de hacerla pública. Por algún motivo se sintió seguro, y tal vez no imaginó que le darían la espalda, le cerrarían las puertas, no le atenderían los teléfonos y lo dejarían como nunca antes, tan solo.

LOS HECHOS

Recuerdo que fui siguiendo durante todo el 14 de enero cómo escalaba en los medios la información sobre la denuncia. La noche de aquel miércoles pude, como la mayoría de los argentinos, ver a Nisman en la entrevista con el periodista Edgardo Alfano en el canal de noticias TN. Confieso que tras escuchar su testimonio, frases como “desde hoy mi vida cambió, es mi función como fiscal y le tuve que decir a mi hija que iba a escuchar cosas tremendas de mi persona” me dejaron muy preocupado y decidí llamarlo al día siguiente, un jueves de calor agobiante. Alrededor de las 19 horas traté de ubicarlo por primera vez por radio a su Nextel pero no respondió, intenté entonces llamarlo a su otro Nextel y tampoco tuve suerte.

Para entonces llevábamos más de diez años comunicándonos del mismo modo y a los mismos teléfonos, por eso me resultó raro encontrarlos apagados, no recuerdo que hubiesen estado desconectados alguna vez en tantos años. Incluso cuando viajaba, Alberto solía mantenerme en contacto con sus secretarias, que podían ubicarlo ante cualquier urgencia.

(Respecto de los Nextel de Alberto, cuando fui citado por la fiscal Viviana Fein el 3 de marzo de 2015 y, en medio de mi declaración testimonial, me referí a mis llamados a los dos teléfonos de Nisman, los abogados Germán Carlevaro y Gabriel Palmeiro, que representaban a las hijas de Alberto Nisman y a Diego Lagomarsino, ­simultáneamente ­preguntaron sorprendidos: “¿Cómo, dos Nextel?”, y miraron fijamente a la doctora Fein, esperando una explicación. Por mi parte, no podía creer que a esa altura (había pasado más de un mes desde la muerte del fiscal), nadie supiese en la Fiscalía que Nisman tenía dos celulares. Ante el silencio de Fein, exigí que se tomaran los números telefónicos y se incluyeran en mi declaración, y así se hizo; abrí mi celular y mostré los dos números, uno identificado como Nisman y el otro, como Nisman 2. Mientras se llevaba a cabo la inclusión de esa información, Fein, como si repentinamente hubiese recordado algo sobre el segundo Nextel, miró a los abogados y les dijo: “Uno de los celulares es el de la SIDE”. Ni el comentario respecto de la ignorancia de Fein sobre la existencia de los dos celulares ni su aclaración sobre la SIDE aparecen en mi declaración.)

Llamé a Nisman cada media hora, pero sin suerte. Esto coincidiría con la declaración de su personal doméstico después de su muerte, que dijo haberle dejado aquel jueves una nota en la cocina, con la lista de las compras, luego de esperar inútilmente que se levantara de un ...