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¡MIAU!

Ricardo Bruno

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Fragmento

HABÍA UNA VEZ

De todos los animales domesticados por el hombre, el gato es el menos domesticado. Es un animal con una tremenda adaptabilidad a todos los ambientes en los que le ha tocado vivir y sin embargo nunca perdió (¡ni perderá!) ese espíritu silvestre e independiente que lo caracteriza y lo diferencia de otros animales con los que convivimos los humanos.

Los gatos son los abanderados de la doble vida. Si un animal ha hecho un arte de ello, ese es el gato, y no estoy hablando de los felinos en general sino del gato de compañía en particular. Ese animal pequeño que hace miles de años vive junto a los humanos en un ambiente doméstico. El cerebro del gato doméstico parece tener la capacidad de desdoblarse y, según el contexto en que se encuentre, activar uno u otro. Puede utilizar el cerebro doméstico al estar con sus dueños dentro de la casa y, en un instante, al salir al exterior y subirse a algún techo, hacer un cambio abrupto y activar su cerebro salvaje, independiente y felino.

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Aunque suene un poco extraño, se podría decir que el gato es un animal “bimental”, algo similar a una persona bilingüe, que se ha criado en el extranjero con una lengua ajena a sus raíces familiares pero mantiene el idioma de sus padres en la intimidad del hogar. Esta capacidad del gato de activar un cerebro y desactivar el otro en cuestión de segundos marca una gran diferencia con su antagonista histórico, el perro doméstico.

El gato tampoco es parte del grupo social de la casa o de la “manada” con la que comparte su vida. Es un individuo que convive con otros y genera vínculos afectivos pero que nunca pierde su individualidad. Seguramente esta es la razón por la que los detractores de los gatos —que suelen coincidir con los amantes de los perros— tienen bastantes prejuicios respecto de ellos.

En fin, a un gato, para apreciarlo, hay que entenderlo, y ese es el motivo y la finalidad principal de este libro. Entender a este animal fascinante, hermoso, desconcertante y muchas veces inexplicable.

El comienzo de una hermosa amistad

El vínculo entre los gatos y los humanos se generó y se mantiene, ante todo, por su extraordinaria capacidad como controladores de alimañas y plagas. A diferencia de los perros, que están junto al ser humano desde su época de cazador nómada, los gatos están con nosotros desde que comenzó nuestra etapa de agricultores. Cuando el hombre empezó a tener la necesidad de almacenar el sobrante de los granos producidos se encontró con que ese alimento guardado para combatir épocas de escasez atraía a roedores y alimañas que disminuían significativamente las reservas. Ahí fue cuando el control biológico generado por los gatos salvajes en la población de roedores inició el vínculo que aún se mantiene entre el hombre y el gato. A partir de este momento, la relación entre el gato y las personas ha estado marcada siempre por este mutuo acuerdo beneficioso en que el hombre le proporciona alimento y cobijo y el gato mantiene a raya a plagas y alimañas.

No es difícil entender que los antiguos egipcios fuesen quienes domesticaron al gato salvaje e iniciaron el camino hacia el gato de nuestros días: en aquellos tiempos lejanos, gran parte de la riqueza del imperio dependía de la cantidad de granos que lograra producir y el excedente que pudiese almacenar, y el gato debe de haber sido un excelente auxiliar en el cuidado de esa riqueza. Graneros repletos de granos maduros, con miles de roedores y alimañas merodeando alrededor de ellos, deben de haber sido algo muy cercano a la visión del paraíso para los gatos salvajes de entonces, conocidos también como gatos del matorral. De ahí a que esos gatos salvajes pasasen a compartir las casas con los humanos y fascinaran a más de uno debe de haber transcurrido muy poco tiempo.

Hoy sabemos que los antiguos egipcios llegaron a adorar a los gatos al punto tal de castigar con la muerte a quien matara a un gato sin razón, o de promulgar una ley que obligaba a los moradores de una casa donde el gato de la familia hubiese muerto por causas naturales a depilarse las cejas en señal de duelo. Una diosa de primera línea en su religión, que representaba la fertilidad y la salud, Bastet, fue simbolizada con cabeza de gata. Su festival sagrado era muy popular, y se realizaba en la ciudad de Bast todas las primaveras con una enorme asistencia de público que llegaba desde distintos rincones del imperio.

En Inglaterra, varios siglos atrás, un señor feudal impuso como castigo por matar a un gato la siguiente multa: tapar con granos el cadáver del infortunado felino, pero no acostado sino parado, colgando desde la punta de la cola a una altura tal que el cuerpo tocara con su nariz el suelo. Era una multa carísima y ejemplificadora.

Desgraciadamente hubo un momento en que el hombre dejó de sentir fascinación por los gatos. Ocurrió en la Europa de la Edad Media, en tiempos de la Inquisición, cuando fueron perseguidos y prácticamente exterminados en esa región del mundo. Por fortuna para los gatos, en una de las tantas Cruzadas los combatientes en nombre de la Iglesia regresaron a Europa trayendo con ellos una invasión de ratas marrones, que llevaban en sus cuerpos pulgas infestadas con pasteurella pestis, el agente productor de la peste negra que azotó al viejo continente. Aunque nunca volvieron a ser tan apreciados como en el Antiguo Egipto, gracias a su capacidad predatoria los gatos recuperaron su buen nombre y estatus social al controlar la población de los roedores portadores de una de las peores pandemias que sufrió Europa.

Su calidad de magníficos exterminadores de plagas a lo largo de la historia probablemente explique también un fenómeno actual, como la fascinación nipona por los gatos. En Japón, a fines del primer milenio, una invasión de ratones amenazó con destruir la industria de la seda debido a que los roedores se alimentaban del gusano que la produce. El emperador tomó entonces la decisión de permitir que el pueblo tuviese gatos, algo que hasta ese momento era patrimonio exclusivo de la nobleza japonesa. Es fácil imaginar la gran explosión demográfica que tuvieron los gatos en Japón a partir de esa decisión imperial, que hoy continúa, por ejemplo, en la existencia de más de diez islas de gatos [cat islands] en el archipiélago japonés.

En nuestros días siguen cumpliendo esa labor pero en forma mucho menos dramática que en tiempos pasados. Hoy, sobre todo en las ciudades, su función principal es la de ser compañía de los humanos y permitirnos contemplar su figura, envidiar su andar sinuoso, acariciar su pelaje sedoso y tener una pequeña muestra recordatoria de la vida natural en medio del cemento en que vivimos.

Casi podríamos decir que, mientras los perros conviven con nosotros, los gatos nos dejan vivir con ellos. Quienes puedan aceptar esta sumisión a ellos, los verdaderos dueños del hogar, disfrutan, sin duda, de tener un gato como animal doméstico de compañía.

¿Nos libra este placer de nuestra capacidad para entender, la mayoría de las veces, por qué los gatos hacen lo que hacen? Difícilmente. Y al contrario, conocer el accionar de los gatos domésticos es la llave para comprender su comportamiento y mejorar nuestra relación con ellos.

Cuando hablamos del comportamiento de los animales domésticos o de compañía,solemos tomar como referencia las pautas de conducta de los perros y, sin quererlo, esto engloba a los gatos domésticos, como si no hubiese diferencia entre ellos. Pero nada es más lejano a la realidad, ya que los perros y los gatos tienen patrones de conducta casi diametralmente opuestos.

Los gatos tienen, en general, menos problemas de comportamiento que los perros. Esto responde a dos razones. La primera es que los problemas de conducta gatunos resultan en un impacto médico y económico menor que los que genera el mal comportamiento canino. La segunda razón, y tal vez la más importante, es que por su carácter naturalmente independiente el gato ha conseguido escapar de la mayoría de las presiones ambientales que los hombres les han impuesto a los perros y que son las principales responsables de sus alteraciones de conducta.

El espíritu y la personalidad de los gatos, en cambio, les han permitido, aun viviendo en pequeños ambientes, mantener su independencia y su estilo de vida particular. Los gatos no conviven con los humanos, a lo sumo toleran que algunos humanos convivan con ellos. Esto, que parece un juego de palabras, es la base para tener un gato en el hogar, entenderlo y no sufrir los problemas de malos comportamientos o de adaptación.

¿Cómo es un gato “normal”?

El gato es un animal básicamente asocial, o al menos no completamente social. Esto quiere decir que el gato se autoabastece, consigue su alimento en forma individual y tiene un territorio propio y exclusivo. En resumen, es un animal que está adaptado para realizar una vida solitaria. No necesita un grupo para sobrevivir porque tiene la capacidad de arreglárselas solo, pero esto no quiere decir que no le guste la compañía.

Algunos estudios científicos de gatos que viven en pequeños grupos han demostrado que existen algunos comportamientos cooperativos en los felinos domésticos. Algunos autores incluso hablan de ellos como una especie que, en términos de conducta, se maneja como si fuesen dos especies distintas, una social y otra asocial.

En los gatos, justamente por pertenecer a una especie no gregaria, el macho y la hembra no forman una relación de pareja. Todo lo contrario. El macho no tiene ninguna injerencia durante la preñez de la hembra ni durante la crianza de los gatitos, y en cambio puede salir de inmediato en busca de otra hembra en celo. Esta no es la única conducta extraña a la vista de los humanos: también lo es el “infanticidio”, que ocurre cuando un gato macho mata a los cachorros recién nacidos de una gata para que esta vuelva a entrar en celo en pocos días y él pueda aparearse con ella para perpetuar sus genes. Esto también explica por qué, a diferencia de las perras, las gatas pueden llegar a ser tanto o más agresivas que los machos: la capacidad de defender a sus crías fieramente está en su genética tanto como cumplir con su papel de madres.

Cuando el gato es cachorro es un animal muy social con su grupo —su madre y sus hermanos de camada—, pero al hacerse adulto se torna asocial e independiente. Esta conducta cada vez menos cooperativa llega a su máxima expresión ...