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MODO ESPONJA

Sebastián Campanario y Andrei Vazhnov

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Fragmento

Mirada oblicua

Prólogo

Jueves de octubre en Mar del Plata, ocho de la mañana, temperatura primaveral agradable. En el comedor del segundo piso del hotel, decenas de ejecutivos vestidos de traje se sirven el desayuno antes de que empiece la convención empresarial. Facturas, panes de todo tipo, huevos revueltos, café para despertarse. Algunos, los que ya pasaron por el gimnasio y todavía tienen puesta la ropa deportiva, se inclinan por el jugo, el yogurt descremado y las tostadas de pan negro.

En una mesa del fondo, solo, frente a una computadora abierta sobre la mesa, con un pulóver gris y sin corbata, Andrei Vazhnov devora un plato lleno de uvas. “Es la segunda porción que me sirvo”, me dice mientras me invita a sentarme. “Cuando estaba en la secundaria en Siberia, en la época soviética, las uvas eran un lujo. Mis padres sólo podían permitirse comprar un kilo por mes y únicamente durante el tiempo del verano corto. Para un cumpleaños en el tercer grado, recuerdo, pedí dos kilos de uvas en vez de regalo”.

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Cada conversación con Andrei es una caja de sorpresas. De hecho, el principal desafío que tuvimos desde que empezamos a reunirnos para escribir este libro, en abril de 2016, era mantener el foco y no dispersarnos en cada charla. Así y todo, de cada encuentro me llevaba diez ideas para desarrollar en mis notas en La Nación, que no tenían nada que ver con el concepto central de este libro, sino con una muy particular mirada oblicua de Andrei, una mirada que combina física, matemática, filosofía, historia, biología, pero sobre todo pasión por el conocimiento y fascinación por los increíbles fenómenos que estamos viviendo en esta era.

Una hora y media después de que se devore las uvas en el hotel, me toca presentar a Andrei en el escenario de la convención. Medio en broma, medio en serio, digo que tengo dudas de su condición humana. ¿Estaremos experimentando un encuentro cercano con una inteligencia extraterrestre? Algunos datos que aportan a esta hipótesis: luego de recibirse de físico en Rusia obtuvo una maestría en políticas públicas en Harvard, trabajó como quant (genio matemático) en Goldman Sachs, fue gerente de tecnología en una empresa de software y, hace unos años, decidió radicarse en Buenos Aires porque, dice, “tiene la mejor combinación de clima y cultura del mundo”. Para ello, aprendió castellano en seis meses (lo escribe y habla perfecto), a los 36 años, con un algoritmo que él mismo diseñó, en un proceso que está explicado en el capítulo de aprendizaje permanente. Le encanta la música latina, y subió a Youtube un tutorial que tiene el récord de visitas para aprender a bailar salsa (cientos de miles de clics).

Nos conocimos con Andrei en 2014, cuando empecé a citarlo (cada vez más seguido) en artículos para el diario, a partir de una charla TED que dio sobre impresión 3D; y luego en el ámbito del Instituto Baikal, una “cueva de nerds” que funciona en un departamento alquilado de la ciudad, en Santa Fe y Agüero, y donde una vez por semana se reúnen científicos, emprendedores y curiosos en general, de un grupo que incluye a unos ciento cincuenta integrantes, para hablar de filosofía, biología computacional, inteligencia artificial, vida eterna, Borges, lo que surja como interés. Es una celebración pura del conocimiento: está prohibido “hacer preguntas para parecer inteligente” o revelar la identidad del que pregunta, para evitar sesgos y falacias ad hominem. Andrei es el director académico del Baikal y una de las dos “estrellas pop” de este colectivo: el otro es el científico de datos Marcelo Rinesi, una de las personas más citadas en las próximas páginas. De ambos (Vazhnov y Rinesi), Emiliano Chamorro y Nicolás Minuchin, los dos organizadores principales del Baikal, me dijeron cuando empecé a ir a sus reuniones: “Parecen locos cuando hablan, pero nosotros hace años que los escuchamos y todo lo que dicen se va cumpliendo”.

Clásica y Moderna

Durante varios meses, cada dos semanas nos encontramos a intercambiar ideas, mostrarnos borradores y escribir en la librería y café Clásica y Moderna, de Callao y Córdoba. Andrei siempre llegaba antes, se sentaba en la misma mesa, en la misma silla y usaba el mismo pulóver gris viejo. Cuando se lo hice notar, me habló de la teoría psicológica de Ego-depletion. (Muy resumidamente: tenemos una cantidad de energía fija por día para tomar decisiones, por lo cual conviene dejar el mayor número posible de determinaciones “triviales” —según su criterio, ropa, comida— en piloto automático, para poder enfocarse en las decisiones importantes. Obviamente, esa semana escribí acerca del tema en el suplemento “Sábado”.)

De entrada, resolvimos que el vector a seguir sería el de aquellos temas que nos resultaran a ambos más interesantes en la agenda de la innovación, la creatividad y el avance tecnológico. Quedaron quince capítulos (podrían haber sido treinta o cuarenta, pero en un momento tuvimos que frenar), que tienen bastante autonomía, más allá de una sección inicial que planta la base y el tono de lo que sigue y una más de cierre, por lo cual es posible leerlos en forma salteada y por separado.

No quisimos caer en la trampa de muchos libros de smart thinking que presentan una sola idea “alargada” con casos y ejemplos, que en realidad podría resumirse en, y en la mayoría de estos casos surge de, una nota extensa de diario o de revista. La intención fue mantener a lo largo de las secciones el “volumen de juego”, como dicen los periodistas deportivos. Algunas de las historias y ejemplos que mencionamos fueron publicados en mis columnas de creatividad del suplemento “Sábado” y en la columna “Alter eco”, de la sección “Economía” de La Nación, con aportes de Andrei.

La Argentina tiene una cantera fabulosa de talento y de historias en materia de innovación y de creatividad, en una agenda que se volvió realmente global: hoy los artículos sobre estos temas son muy parecidos en medios de Europa, Asia, Estados Unidos o América latina. Hace rato que las secciones de innovación y creatividad ya no hablan solamente de marketing, publicidad o psicología, como hasta hace unos años, sino que cruzan absolutamente todos los sectores de la economía y de la sociedad.

Aunque la palabra ‘futuro’ se repite varias veces en las páginas que siguen, este libro abunda más en crónicas sobre lo que está pasando ahora o en los años recientes. Habla de un “futuro en tiempo real”, como nos comentó el creativo Nicolás Pimentel cuando le mandamos un borrador. La fecha en la que las tecnologías de crecimiento exponencial comenzaron a tomar vuelo puede discutirse: Thomas Friedman, el columnista del New York Times, ve una bisagra en 2007, año en el que se lanzaron o tomaron vuelo el iPhone, Facebook, Twitter, el programa Watson de IBM, Airbnb, GitHub, el Kindle, Change.org y otros sitios y tecnologías. Ese “futuro en tiempo real” permite revisar esta agenda con una mirada crítica: existen mitos y verdades “absolutos” que resultaron falsos, y por eso en este libro hay dos o tres capítulos destinados al “Lado B” del fenómeno de la innovación y de la disrupción. No hay un festejo de la innovación y un llamado ciego a la “reinvención” por la reinvención misma: se trata de un mundo mucho más complejo, híbrido, en el cual la difusión de los avances ocurre “por capas”, en el que las viejas tecnologías coexisten con las nuevas durante un tiempo. Y en el que el factor humano tiende a subestimarse cuando se hacen pronósticos, como veremos en el capítulo “Parcialmente automatizables”.

Esta track record de un “futuro que ya comenzó” permite detectar nubes de humo y discriminar aquello que sirve de lo que no: las secciones más teóricas se alternan con otras más prácticas, “usables”, y por eso también decidimos incluir al final algunas referencias para que los lectores puedan profundizar en los contenidos que les interesen en particular.

Andrei tiene como regla personal no “casarse” con ninguna opinión fuerte, a menos que deba hacerlo y no tenga alternativa. Eso le permite dejar siempre abierto al máximo el rango de posibilidades del pensamiento. Los pronósticos deben arriesgarse con más cuidado y humildad que nunca: estamos en una era —como afirma un académico en un capítulo— donde coexisten cerebros del paleozoico con instituciones de la Edad Media y tecnología de los dioses. No es fácil determinar qué resulta de esta combinación.

En la confitería de Callao y Córdoba, mientras tratábamos de avanzar con el libro sin irnos por las ramas, Andrei me contaba de sus últimas lecturas, de su actividad empresaria —participa en iniciativas de Internet de las Cosas y de impresión 3D— y de los esfuerzos para radicar a sus padres en Montevideo, Uruguay, lejos de los inviernos duros de su Omsk natal. Y también de otros proyectos que lo entretienen, como llenar de argentinos un vagón del ferrocarril transiberiano para terminar en el lugar donde la Selección Argentina haga su debut en el Mundial de Rusia 2018. Están todos invitados a bordo.

Vida acuática

Cada verano, el filósofo argentino Christian Carman alquila la casa de Bella Vista, provincia de Buenos Aires, donde vive el resto del año y se traslada con toda su familia a las sierras de Córdoba. Allí, con temperaturas menos agobiantes, puede descansar e investigar mejor. Hace ya más de quince años que está casado con María Emilia, una profesora de Recursos Humanos con quien tuvo cuatro hijos, una nena y tres varones, separados por dos años de diferencia cada uno. Al grupo se le sumaron luego un Husky siberiano (Eclipse) y dos gatas: Eureka y Anticitera.

Desde hace algo menos de diez años, Carman mantiene una relación paralela, con una pasión de alta intensidad. No con un ser humano, sino con un conjunto de treinta engranajes de bronce oxidados, de más de dos mil doscientos años de antigüedad, que componen lo que se conoce como el “mecanismo de Anticitera”, uno de los artefactos más fascinantes y enigmáticos jamás hallados. Fue encontrado en 1901, rescatado del naufragio de un navío griego ocurrido entre los años 85 y 60 a.C., cerca de Creta. Cuando comenzaron a analizarlo, los arqueólogos de Atenas notaron que servía para predecir eventos astronómicos —como los eclipses o las fases lunares—, y hasta las fechas de los Juegos Olímpicos, con enorme exactitud: su error estimado es del 0,0002 anual. Se trata de un aparato tan excepcional, con una tecnología tan “fuera de época”, que para la mayoría de los académicos que venían estudiando el tema sólo pudo haber sido diseñado por Arquímedes, el genial matemático griego. Pero durante más de un siglo se trató solamente de una hipótesis: la datación más exacta permitía solamente aproximar una ventana de cuatrocientos años, nadie podía estar seguro de que “la computadora de Arquímedes” (así se la conoce, aunque en sentido estricto no es un artefacto programable) hiciera realmente alusión a su apodo.

Hasta que Carman tuvo su “momento Eureka”, como se llama en la historia de las ideas a aquellas instancias de descubrimiento, esos instantes casi mágicos en los que llega la inspiración y surgen ocurrencias nuevas. El término hace alusión al grito que pegó Arquímedes cuando descubrió la solución a un problema mientras se daba un baño de inmersión, y salió corriendo a la calle desnudo, de la emoción, según cuenta la leyenda.

Tras varias noches de insomnio y luego de trabajar más de cinco años sobre los engranajes, Carman dio con una solución que aproximó el inicio de los cálculos del mecanismo al 25 de junio de 205 a.C. a las 15.35 hora local de Atenas, un momento contemporáneo con la vida de Arquímedes, que murió asesinado por un soldado romano en el año 212 a.C. La solución de Carman constituye, de alguna manera, un “momento Eureka sobre un momento Eureka”, una metainspiración, lo más cercano que un ser humano haya estado en la era moderna a esa instancia icónica de la historia de la creatividad. La trama de cómo lo logró contiene todos los ingredientes de una novela de detectives y de las buenas epopeyas que llevaron a ideas innovadoras: constancia, trabajo en equipo, humildad, aprovechamiento de nuevas tecnologías, multidisciplinariedad y mucha, pero mucha pasión.

Carman recuerda que comenzó a trabajar sobre el mecanismo de Anticitera de casualidad, por invitación del historiador James Evans, a partir de una beca Fullbright que había ganado. “Ahora dicen que está por salir la primera tablet sumergible, ¡esta fue la primera tablet sumergible!”, bromeó Carman en una charla TED donde contó su experiencia. En 2008, gracias a una nueva tecnología desarrollada por científicos de la empresa Hewlett Packard para diseñar sombras en películas de animación como Shrek, se “revivieron” letras del mecanismo que se consideraban perdidas, y apareció un dialecto de Corinto y Siracusa, donde vivía Arquímedes. Evans estaba seguro de que el artefacto era la misma máquina fabulosa atribuida al matemático griego por Cicerón en escritos antiguos, pero no podía probarlo.

Casi se habían dado por vencidos, y Carman estaba desesperado por la frustración. Una noche, luego de cenar, se fue a su cuarto en el sótano de la casa de los Evans, se sentó en la cama y desparramó a su alrededor cientos de hojas con gráficos y cuadros que ya habían sido chequeados y rechequeados mil veces. “No había errores. Entonces recordé un paper que había leído dos semanas antes en el avión, de Alexander Jones, aún no publicado, que había logrado encontrar en la hora de los eclipses un patrón que mostraba cuándo la luna alcanzaba su máxima velocidad. Era un elemento nuevo, que no habíamos tenido en cuenta, que tal vez sirviera o tal vez no”, rememora. Estuvo horas haciendo cuentas y, a la mañana siguiente —el día de la renuncia del Papa Benedicto XVI—, le dijo a Evans que tenía un indicio de solución. “Miró los cálculos, me miró a mí durante un instante que pareció eterno y finalmente me dijo que había que revisar todas las cuentas, pero que si estaban bien habíamos encontrado la fecha de datación exacta del Mecanismo de Anticitera. Y yo fui feliz”.

En la historia de la relación del filósofo de Bella Vista con la “computadora de Arquímedes” el entusiasmo fue creciendo con el paso de los meses. “Creo que, a medida que nos fuimos conociendo, ambos nos fuimos dando cuenta de que estábamos hechos el uno para el otro. Lo que el mecanismo piensa de mí preguntáselo a él, pero ahora, tiempo después, lo que él significa para mí lo tengo muy claro. De alguna forma en él se resumen todos los temas que habían sido de mi interés, que siempre fueron muy dispersos y, por los cuales, siempre me había visto obligado a optar”, dice.

Su padre ingeniero siempre albergó el deseo de que siguiera sus pasos, pero a él le tiró más la filosofía y el pensamiento abstracto. En la Universidad Católica (UCA), estudió griego antiguo, seguro de que jamás le iba a servir; sin embargo, terminó siendo un conocimiento que le daría una luz de ventaja sobre otros investigadores en la carrera por datar el artefacto. Cuando Evans le propuso el desafío, se dio cuenta de que se trataba de un problema eminentemente práctico, y se puso a googlear cómo funcionaban los engranajes. “No tenía idea, por ejemplo, de que dos ruedas dentadas en contacto giran en sentido contrario, o que la cantidad de dientes determina los períodos de rotación”.

Hace poco, luego de que el descubrimiento de Carman fuera motivo de notas en el New York Times y en otras publicaciones, el filósofo fue invitado a dar una charla en la Biblioteca Nacional, a la que asistió su padre. “Cuando terminé —cuenta—, mi papá se me acercó y me dijo: ‘Mucha filosofía, pero al final estás hablando de engranajes’. Y tenía razón.”

Ideas de aguas profundas

Arquímedes está estresado, preocupado, le cuesta dormir bien y a menudo siente que pierde el foco sobre lo importante. El gobierno de la Antigua Grecia anunció un sinceramiento de la tarifa del agua, que vuelve prohibitivos los baños de inmersión. El mecanismo de Anticitera no funciona del todo bien, y los sirvientes reclaman mejoras en sus condiciones de esclavitud.

Un Arquímedes así de estresado probablemente no hubiera podido alcanzar su famoso “momento Eureka”, por varios motivos. Sabemos que las soluciones creativas aparecen cuando, luego de trabajar activamente en un problema, dejamos de concentrarnos en encontrar la solución, cuando se relaja el filtro de la atención y el foco extremo. Por otro lado, el pensamiento creativo requiere la posibilidad de abrir un espacio para suspender juicios automáticos, visiones cerradas o “en túnel” y ampliar la perspectiva para contemplar nuevas posibilidades y maneras de resolución de los problemas que no aparecen en la instancia reactiva propia del estrés.

Por eso el director de cine David Lynch, creador de la serie Twin Peaks y de películas que ya son clásicos como Terciopelo azul, en su libro Atrapa al pez dorado habla del paralelismo entre las ideas y los animales submarinos: en ambos casos, los ejemplares más originales, fantásticos y con mayor potencial están en lo más profundo del océano (o de la mente humana). Para bucear en estas profundidades creativas y relajar los filtros de la rutina diaria, Lynch es un fanático de distintos tipos de meditación. Y así, bajar un cambio para acelerar el proceso creativo.

Es una de las pocas cosas que sabemos del “momento Eureka”: en neurociencias hay aproximaciones cada vez más promisorias acerca de qué es lo que pasa en el cerebro cuando tenemos una ocurrencia, pero aún no se llegó al hueso (en este caso, a la dinámica mononeuronal) del fenómeno. Tal vez quienes más cerca hayan llegado en este viaje a las profundidades del cerebro creativo sean los científicos cognitivos John Kounios, de la Universidad de Drexler, y Mark Beeman, de Northwestern, quienes vienen estudiando el tema desde los años noventa y que recientemente hicieron un descubrimiento clave: en el instante previo a una epifanía, la actividad del cerebro vinculada al área visual literalmente se apaga. Esta “ceguera” ni llega a advertirse por lo rápido que sucede, y representa un momento de profunda introspección. El pintor francés Paul Gauguin dijo una vez: “Cierro mis ojos para ver”. Para el artista era necesario “apagar el resto del mundo”, aunque fuera por un instante muy breve, para rescatar ideas de lo más profundo de la mente.

Kounios y Beeman postulan que hay por lo menos dos formas de resolver problemas. Una manera analítica, es decir, dando pequeños pasos y construyendo lentamente la solución; y otra discontinua, en la cual nos encontramos en blanco (o a oscuras) hasta un momento de revelación, dando lugar al famoso “ahá, lo tengo”. Son los acertijos o aquellos dilemas asociados al “pensamiento lateral”, cuya respuesta llega de golpe, y luego parece obvia.

Usando MRI (resonancia magnética funcional), Kounios y Beeman vieron que la actividad neuronal en áreas específicas del lóbulo temporal del hemisferio derecho del cerebro, tradicionalmente vinculadas con procesos asociativos, se activa aproximadamente al momento de resolver la tarea. El EEG permitió ver que trescientos milisegundos antes de resolver la tarea ocurre una activación muy similar a la que se ve cuando cerramos los ojos y suprimimos estímulos visuales de nuestro entorno.

Al contrario de los procesos de inteligencia tradicionales, que según Kounios se parecen más a una autopista neuronal donde se maximiza la velocidad, la creatividad es un fenómeno mucho más complejo para las neurociencias, “algo más cercano a un suburbio con pequeñas calles y atajos misteriosos”. Los neurocientíficos argentinos Facundo Manes y Mariano Sigman suelen resaltar que su disciplina aún está en una etapa muy embrionaria en lo que se refiere al estudio de la creatividad: hay respuestas ...