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NACIDA BAJO EL FUEGO DE ARIES (SERIE NACIDAS 3)

Florencia Bonelli

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Fragmento

Finales de marzo de 2012.

—Es buen mozo, ¿no te parece?

Bárbara Degèner giró la cabeza y clavó la vista en Rita Bellinello, la preceptora, la misma desde tercer año, que se había convertido en una especie de amiga. La mujer esperaba la respuesta con una sonrisa.

¿No era patética su vida? La amistad con esa cuarentona soltera y por la cual debería haber sentido antipatía por el simple hecho de ser la que tomaba lista cada mañana resultaba prueba suficiente para demostrar qué bajo había caído, qué sola estaba, qué horribles eran sus días. Sin embargo, al toparse con los ojos oscuros y enormes de Rita, el cinismo y el resentimiento que la habían caracterizado y a los que había echado mano con frecuencia se esfumaron. Percibía calidez en esa mirada, que, en el fondo, la perturbaba, la asustaba; Rita ya le había explicado por qué.

A decir verdad, siempre le había caído bien la Bellinello, desde tercer año, cuando se presentó el primer día de clase y les sonrió con una dulzura que a la vez demostraba autoridad, combinación que la había sorprendido. Ocultó la buena impresión que le había causado y simuló no soportarla para coincidir con la opinión de Lucía Bertoni, su mejor amiga, que aseguraba que la mujer debía de ser una “forra”, de esas que se las daba de buena mina para después cagarte en la primera de cambio. En el tiempo compartido hasta ese momento, la predicción de Lucía no se había confirmado; más bien se había desmoronado. Lástima que Lucía no estaba para hacerle tragar sus palabras. Su “mejor” amiga había desaparecido hacia finales del año anterior y no se sabía nada de ella; no respondía los mensajes de correo electrónico y, cuando la llamaba al celular, una voz de computadora le decía que la línea estaba fuera de servicio. Hacía tiempo que no agregaba fotos ni comentarios en su cuenta de Facebook. En el mes de enero, durante una siesta en la que el sol partía la tierra, se había tomado la molestia de ir hasta su casa para enterarse, gracias al portero, de que los Bertoni se habían mudado. Destino: desconocido. Debía de ser cierto, entonces, que el padre de Lucía se había metido en un lío gordo. El año anterior corría la voz de que lo habían echado de la empresa de la madre de Lautaro Gómez por ladrón.

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“Lautaro”, pensó, y lo ubicó en un rincón del patio. Estaba con Camila, por supuesto. Se cuchicheaban y se sonreían como tortolitos. La rabia y los celos que había experimentado en el pasado no despuntaron con la misma intensidad.

—¿Y? —volvió a hablarle Rita—. ¿No te parece buen mozo?

—¿Quién?

La preceptora levantó una ceja y la miró con expresión sagaz.

—Sergio Collantonio, al que estuviste observando durante los últimos minutos sin decir palabra, lo cual, para una ariana como vos, es mucho decir.

A su pesar, sonrió. Sí, era ariana; nadie podía culparla; ella no había elegido nacer un 15 de abril. En cuanto a eso de hablar mucho, era cierto, sobre todo de sí misma, porque según la astróloga Linda Goodman, de quien Rita era fanática, “Aries está demasiado interesado en sí mismo para desperdiciar sus energías en conjeturas sobre los secretos, el comportamiento o los motivos de quien sea”.

El candor y la sinceridad que caracterizaban a los nativos de su signo terminaron por imponerse y admitió:

—No se parte, pero no está mal.

—¿No se parte? ¿Qué significa eso?

—Que no está buenísimo, pero que la rema. Sebas, por ejemplo, se parte, pero bueno, él parece modelo de revista.

Collantonio no poseía la belleza indiscutible de Sebastián Gálvez, pero sí un rostro decididamente masculino y atractivo en su conjunto de nariz larga y aguileña, boca un poco ancha, labios más bien delgados, aunque de contornos notoriamente definidos, y ojos oscuros con unas pestañas que ella le envidiaba. Alto como Sebas y Lautaro, no era ni tan musculoso como el primero, ni tan delgado como el segundo; poseía un equilibrio entre sus hombros anchos, los brazos y las piernas largas que se evidenciaba en los movimientos sueltos y precisos con que caminaba y jugaba al fútbol; estaba cómodo con su cuerpo. También le gustaba el modo en que llevaba el cabello corto, muy abundante y oscuro, casi negro, siempre alborotado, como si jamás se pasase un peine, y sin embargo no daba la impresión de que estuviese sucio ni desaliñado.

Dirigió de nuevo la vista hacia el patio donde el muchacho en cuestión jugaba un picadito con otros compañeros y siguió estudiándolo a través del ventanal de la sala de preceptores, donde pasaba la mayor parte de los recreos, montada en el escritorio de Rita, bamboleando las piernas y tomando mate. El gran ventanal, que daba al patio principal de la escuela, servía para que las preceptoras vigilaran que el descanso se desarrollase sin problemas y que nadie fumase ni hiciese cosas raras. En los años anteriores, ella había sido de las que se escondían para fumar y hacer cosas raras. En ese momento, hacía migas con quien antes había condenado por representar la autoridad.

¡Cuánta agua había pasado bajo el puente! ¡Cuánto habían cambiado ella y su situación! Se sentaba sola en un pupitre para dos y prácticamente no hablaba con nadie, excepto con Sebastián Gálvez, su gran amigo, pero quien, desde que se había enamorado como un loco de la tímida y dulce Bianca Rocamora, se concentraba en su novia y no le destinaba nada de atención. Resultaba obvio que aires de metamorfosis sobrevolaban esa parte de la ciudad y no la acariciaban solo a ella.

—Me encanta la tonadita que tiene —insistió Rita.

A ella también le gustaba el acento cordobés de Sergio Collantonio. A decir verdad, no era la primera vez que se detenía a mirarlo; aun el primer día de clase, ese fatídico primer día, en el que se había visto forzada a enfrentar de nuevo el amor perfecto de Lautaro y Camila, había reparado en “Córdoba”, como lo apodaban los compañeros, y le había llamado la atención porque si bien era el nuevo y no conocía a nadie, había entrado en el aula con un aire tranquilo y seguro, como si lo aguardasen los amigos de toda la vida. Pocos minutos después, había conseguido con quién compartir el pupitre —con Ramiro Traverso, un tipo copado—; ella, en cambio, se sentaba sola.

También lo había estudiado el sábado anterior, en el bar karaoke The Eighties, donde había ido a maquillar a Bianca Rocamora, que era cantante profesional y que trabajaba en el bar con reminiscencias de los años ochenta. Terminó por admitir que esa noche estaba especialmente atractivo, y siguió pensándolo aun después de que Gálvez le confiara el problema que había causado entre él y su novia. Aunque tuviese ganas de clavarle una daga en el corazón por haberse interpuesto entre Sebas y Bianca, siguió admirando su atractivo. ¡Qué bronca le daba verlo tan canchero! O más que bronca ¿tenía celos? No, tenía bronca. Y más bronca le daba a medida que se daba cuenta de qué bien le quedaban el pelo con las puntas paradas con gel (se parecía al personaje de Ben 10) y esos pantalones blancos con la remera negra ajustada y las Converse. Pero su fidelidad estaba con Gálvez, que había atrapado a Córdoba besando a su novia, por lo que le destinó una mirada de desprecio, que Collantonio desestimó con una sonrisa pacífica. Sí, definitivamente quería clavarle una daga, y arrancarle los ojos, y patearle el tujes. Su espíritu de guerrera ariana se alzaba en armas sin dificultad. “No por nada, a ustedes, los de Aries, los rige Ares, o Marte, el dios de la guerra”, le había explicado Rita tiempo atrás.

Afortunadamente, esa noche en The Eighties, se había aclarado el malentendido entre Gálvez y Bianca, y Córdoba había sido exonerado. Bárbara aún no daba crédito a lo que Karen, una compañera, le había referido: Bianca le había pedido a Sergio Collantonio que le enseñara a besar; nada había entre ellos. ¡Que le enseñara a besar! ¿Qué le pasaba a esa pibita? ¿Estaba chapita o qué? Se le enfrió la rabia enseguida. Después de todo, ¿quién era ella para juzgar a Bianca cuando el año anterior había protagonizado un culebrón que la había convertido en la paria de la división?

Cuestión que su querido Sebas y Bianca se habían arreglado, eran felices como lombrices, y Córdoba se había marchado de The Eighties de la mano de la chica con la que había llegado, bastante mona, mayor que él —se notaba a leguas— y más desafinada que una urraca, aunque, a juzgar por la sonrisa idiota que Collantonio le destinaba mientras la muy tonta interpretaba Girls just wanna have fun, de Cyndi Lauper, debía de juzgarla como la mejor voz del planeta. ¿Habrían tenido sexo? Seguro que sí.

¡Estaba pensando demasiado en ese chabón y la ponía del tomate! Con todos los problemas que tenía, lo único que le faltaba era destinar tiempo a otro hombre. ¡Los odiaba! ¡A todos! Empezando por su padre y terminando por Lautaro Gómez. Aunque el peor era Néstor, la pareja de su madre. Ante ese pensamiento, la rabia se esfumó, y solo quedaron la angustia y el miedo.

—Ey —dijo Rita con dulzura, y, al ponerse frente a ella, le bloqueó la visión de Sergio Collantonio, que acababa de meter otro gol y festejaba dando saltos y haciendo aspavientos que le destacaban las facciones de mandíbulas fuertes y mentón cuadrado.

—¿Qué?

—¿Qué pasa? Estás muy callada esta mañana.

Bárbara apartó la mirada y encogió los hombros, gesto que la preceptora la conminaba a abandonar porque, en su opinión, no era femenino ni digno de una persona inteligente.

—¿Estás pensando en Lautaro?

—No —expresó con la vehemencia y la sinceridad que la caracterizaban.

Rita le sonrió y le pidió que le contase cómo le había ido el sábado en el bar karaoke. Entró una profesora y solicitó unos listados, que la preceptora le entregó, solícita y competente como de costumbre.

Bárbara la observaba y recordaba la tarde de enero en que, sola y deprimida, había salido de su casa sin rumbo para acabar en una heladería dispuesta a sofocar las penas en calorías e hidratos de carbono. No la reconoció enseguida, nunca la había visto sin el delantal blanco; además llevaba el cabello suelto y larguísimo, cuando para trabajar se lo ataba severamente en un rodete en la base de la nuca.

—¡Ey, Bárbara! —la había llamado la preceptora, que abandonó su silla para ir a saludarla, incluso la invitó a la mesa que compartía con otra mujer y dos niños—. Te presento a mi hermana Estela y a mis sobrinos Darío y Belén. Vení, sentate con nosotros.

Al principio se sintió incómoda, lo mismo que los niños, que la contemplaban con timidez detrás de sus helados. Rita contaba anécdotas del colegio y Estela le hacía preguntas. Poco a poco fue sintiéndose a gusto y acabó hablando hasta por los codos. Belén, que cumpliría cinco años la semana siguiente, la invitó a su fiestita en un salón del barrio, y Bárbara, que no tenía nada que hacer ni nadie con quien pasar el tiempo, se presentó con un obsequio para la agasajada, un cofre de maquillaje con las princesas de Disney en la tapa, que había sacado de una de las farmacias de su madre. Al finalizar la fiesta, ayudó a cargar con las bolsas de regalos y los restos de torta y sándwiches hasta el departamento de Rita. Allí se enteró de que vivían todos juntos desde la muerte del esposo de Estela, ocurrida tiempo atrás.

Se quedó a cenar. Belén le pidió que la maquillase con las pinturitas de Disney, y Darío, de ocho, retraído y silencioso, la invitó a jugar con la PlayStation.

—¿No vas a avisar a tus padres que te quedás? —se preocupó Estela.

—Sí —balbuceó, y envió un mensaje a Ana María, su madre, que no le contestó.

La novedad la constituyó comer tranquila y sonriendo. No recordaba la última vez que había compartido una cena familiar sin que el estómago se le convirtiese en una piedra. Primero se había tratado de la muerte de su hermanita, el peor momento de su vida, la antesala del divorcio de sus padres. Por aquella época, había comido en vilo esperando que se desatase una crisis de llanto o explotase una pelea. Y nunca la defraudaban, siempre se desataban, siempre explotaban. Después llegó el divorcio, el enojo de su madre, la cara de angustia de Martín, su padre, los cambios, los miedos, las preguntas sin respuesta, sobre todo la profunda e infinita tristeza. Le siguió el primer novio de Ana María, que se mudó con ellas poco tiempo después de comenzada la relación. Lo había odiado con la potencia que, ahora comprendía, provenía de su naturaleza ariana. “Y de tu Luna en Escorpio”, le apuntó su conciencia. Con la colaboración de Lucía Bertoni, había hecho lo imposible para arruinar la relación de esos dos. ¿De qué le había servido? De nada. Al contrario, la maldad se le había vuelto en contra y ahora la pagaba carísimo.

Esa noche de fines de enero en casa de Rita, pasó un buen momento por primera vez después de un año 2011 espantoso, plagado de desilusiones, errores y traspiés. En realidad, no recordaba una época en que hubiese sido feliz. Había tanto dolor en su vida que a veces, cuando se detenía a meditar, se admiraba de no haber perdido la cordura, porque, aunque en ocasiones cometiese locuras, eso no significaba que estuviese loca, ¿o sí?

Después de la cena y mientras Estela acostaba a Darío y a Belén, Rita y Bárbara fueron a la cocina a lavar los platos. A Bárbara le llamaron la atención unas hojas con extraños dibujos como mandalas, con símbolos rarísimos y surcados de líneas rojas, verdes y azules.

—¿Qué es esto? —preguntó, sin comedimiento; la prudencia no era una cualidad que la asistiese.

Rita se quitó los guantes de látex y se aproximó.

—Cartas astrales.

—¿Sos astróloga? —se pasmó.

—Aspirante a —respondió Rita—. Después de haber estudiado durante cuatro años, estoy preparando mi examen final. Rindo en dos semanas.

—¡Oh! No sabía que la astrología se estudiase.

—Ya lo creo que se estudia. Es una ciencia, como cualquier otra, más allá de que a lo largo de la historia haya sido denigrada y muchos la juzguen de charlatanería.

—¿Y no lo es?

—No. Es una ciencia, con siglos de sabiduría y conocimientos acumulados. ¿Sabés para qué sirve?

—¿Para adivinar el futuro?

—No. Ese argumento esgrimen los que quieren denostarla. En realidad sirve para conocernos y para conocer a los que nos rodean. Es una herramienta poderosa, que conlleva una elevación del espíritu. ¿Nunca te hiciste la carta astral? —Bárbara negó con la cabeza—. Si me lo permitís, yo te la voy a hacer. No ahora, porque primero quiero sacarme de encima este examen, pero sí después. Dame la fecha, hora y lugar de tu nacimiento.

—¿La hora?

—Sí, es clave. ¿La sabés?

—Sí. —Esperó a que Rita se hiciese de papel y lapicera y le dictó—: 15 de abril de 1995, a las once y cuarenta de la noche. En Buenos Aires —se acordó de añadir.

Dos semanas más tarde, Rita le mandó un mensaje para avisarle que había pasado el examen, que era una astróloga recién recibida y que la esperaba para leerle su carta astral, la primera que haría con su flamante título en la mano.

Esa tarde de fines de febrero se convirtió en un antes y un después para Bárbara. La lectura de su “interesantísima” —así la había definido Rita— carta astral duró algo más de tres horas en las cuales hubo lágrimas, risas, exclamaciones, entrecejos fruncidos, labios apretados, respiraciones aceleradas y sobre todo claridad, que trajo también un poco de serenidad a su alma atribulada.

Y como Rita siempre decía, nada era casual. Por eso, cuando el primer día de clase, en un arranque impulsivo propio de su signo enfrentó a Camila en el primer recreo y le confesó que lamentaba que su amistad se hubiese estropeado, y Camila, buena y generosa como siempre, le sugirió que la lectura de su carta astral podía ayudarla a encontrar el camino, Bárbara supo que estaba en la senda correcta y que ese año 2012 no resultaría tan nefasto como había previsto.

Una ovación la sacó del trance, y volvió a enfocar la vista en el patio. Córdoba chocaba los cinco con sus compañeros de equipo, que lo felicitaban por un nuevo gol, y aunque parecía en otro mundo, feliz y distendido, sus ojos oscuros se movieron deliberadamente hacia ella y la congelaron a través del cristal de la ventana. Se había tratado de un instante fugaz, y si Rita no hubiese advertido el intercambio, Bárbara habría creído que lo había imaginado.

—Bueno, bueno —susurró la preceptora, y volvió a sentarse tras el escritorio—. Veo que el alumno Collantonio no es inmune a la belleza de esta ariana. ¿De qué signo será?

Bárbara, por su parte, se preguntó si ya le habrían contado lo sucedido entre Lautaro Gómez y ella. Por alguna razón inexplicable, le molestaba que Collantonio se enterase de las guarradas que había cometido el año anterior, en especial del poco respeto que había tenido por sí misma.

Bárbara no estaba de acuerdo con Rita en definir su carta como “interesantísima”. Contradictora, difícil, compleja, enredada eran calificativos que, en su opinión, la acercaban a la realidad de las energías poderosas y opuestas que se debatían dentro de ella y que se reflejaban a diario en su vida. ¿O acaso con el Sol en Aries, la Luna en Escorpio y el Ascendente en Capricornio alguien se habría atrevido a afirmar que su destino sería fácil? Y esto sin mencionar que tenía a Marte en la Casa VIII y a Júpiter en la XII. Ahora comprendía lo que su abuela Lucy quería decir cuando expresaba “algunos nacen con estrella; otros, estrellados”. Ella, sin duda, pertenecía al segundo grupo.

Rita encontraba fascinante la disposición de los planetas en su carta —incluso se la había mostrado a uno de los profesores de la escuela de astrología— y no transcurría mucho tiempo sin que descubriera un nuevo aspecto y lo compartiese con ella.

Bárbara cada tanto se colocaba los auriculares y escuchaba la grabación de la tarde de febrero en la que Rita le había explicado por qué era como era y por qué le sucedían las cosas que le sucedían.

—Naciste cuando el Sol estaba en la constelación de Aries y la Luna en la de Escorpio. El Sol, que es el rey de nuestro sistema, definirá los aspectos más salientes de tu personalidad. La Luna, que representa la energía materna, delineará tu modo de relacionarte afectivamente con tu madre, pero también con los demás.

—¿Qué significa que mi Luna esté en Escorpio? Lautaro es de Escorpio.

—Él tiene el Sol en Escorpio, por lo que esa energía le resulta natural y propia. En cambio, la Luna, que es la madre, la que nos protege y nos cuida, se identifica con aspectos que, me atrevo a decir, son opuestos a los de Escorpio. No voy a mentirte, Bárbara, no es una Luna fácil.

—¿Con qué aspectos se identifica Escorpio?

—Con la muerte y el dolor, sobre todo.

A partir de esa revelación había comprendido que, en un nivel inconsciente, ella siempre asociaría el amor con el sufrimiento, y no era para menos cuando su tía María Ángela, de la que se hablaba como si hubiese sido una santa, única hermana de su madre, había muerto en un accidente automovilístico en el séptimo mes de su gestación; años más tarde, su hermanita Serena se había ahogado en la piscina de la abuela Lucy. Ante las pérdidas, Ana María, su madre, se había aferrado a ella como si pretendiese fundirla en su interior, y ella, con tanta energía ariana, que valoraba la independencia como pocas cosas, se sentía asfixiada.

—Por eso el amor te da miedo —había afirmado Rita—, por eso te retraés, te escondés, guardás tu esencia donde nadie pueda absorberla. ¿No es así? Tu esencia, tu verdadero yo no lo compartís con nadie, porque temés que te lo arrebaten, que lo succionen. En tu inconsciente se ha fijado la idea de que lo que necesitás para vivir, lo que te nutre y te protege, también te lastima.

—OK —admitió al cabo—, es cierto, mi vieja es espesa, me sofoca, pero ¿qué tiene que ver eso con el amor? El amor a un chico, me refiero.

—Tiene todo que ver. La Luna en Escorpio define el modo en que te relacionás con el otro sexo. Por eso te metés en relaciones complicadas que sabés que no te llevarán a nada, porque muy en el fondo sabés que nunca llegarás al compromiso verdadero. ¿Y esto por qué? Porque temés ser absorbida, lastimada, destruida, pero también porque te verías en la obligación de cortar el vínculo con tu madre. Antes de que eso suceda, abortarás la relación. —Se miraron fijamente. El silencio de la sala en casa de Rita era absoluto—. Las mujeres con Luna en Escorpio suelen enredarse con hombres casados, porque saben que ellos nunca dejarán a sus esposas. O, como en tu caso, se enredan con un chico que está enamorado de otra.

Bárbara bajó la vista.

—Yo lo quería. Lo quiero.

—No lo dudo, pero tu desafío en este caso, para superar los ciclos viciosos a los que te lleva la Luna en Escorpio, es admitir tu derrota y dejarlo ir. —Levantó la cabeza con actitud beligerante. Rita sonrió con gesto benevolente—. Admitir la derrota para una ariana es casi imposible, lo sé, pero vos tenés la fuerza para hacerlo. Tenés que dejar ir lo que sentís por Lautaro, Bárbara, y empezar un nuevo camino, uno que te ayude a construir una relación que te complete, no que te destruya.

—Todos los hombres son una mierda. Me voy a olvidar de Lautaro, pero también de todos los demás.

—No todos los hombres son malas personas, y vos lo sabés. Cerrarte, ocultarte, protegerte, desconfiar son todos mecanismos típicos de la Luna en Escorpio. Te sentirás segura y protegida actuando de ese modo, nadie podrá acceder a vos y destruirte, pero, como mujer, como la mujer intensa y anhelante que sos, esas actitudes terminarán por hacerte sentir enjaulada. Y vos, querida ariana, naciste para conquistar el mundo, para luchar, para ser libre e independiente. Vos sos una guerrera, no un pajarito asustado.

Esa tarde, recostada en la cama, con los auriculares en los oídos, Bárbara volvía a escuchar las palabras de Rita. Detuvo la grabación en esa última frase, “no un pajarito asustado”. Una conexión extraña se produjo y, con la vista fija en el cielo raso, terminó pensando en Collantonio, en lo bien que había jugado al fútbol durante el recreo, en lo buenísimo que estaba —sí, había cambiado de opinión; a esa hora del día le parecía que el chabón se re partía—, en lo bien que le quedaban esos jeans skinny, muy ajustados, pero especialmente en la mirada que habían cruzado.

Apretó play de nuevo y siguió escuchando. Rita le hablaba de su Ascendente en Capricornio.

—¿Qué indica el Ascendente?

—Lo que has venido a aprender en esta vida. Cuando el Ascendente está en Capricornio, el trabajo de tu vida estará referido a comprender el vínculo con tu padre, que siempre será complicado, y con los hombres en general.

—¡Ja! ¡Ni me digas!

—A Capricornio lo rige el planeta Saturno, que representa al padre. Capricornio es la estructura, la solidez, el armazón donde se sostiene lo demás. Cuando tu misión en la vida es aprender esto, lo que naturalmente hace un nativo con este Ascendente es rechazar esta idea y busca la estructura de otro para apoyarse en ella, pero no desarrolla la propia. —Como Bárbara la miró con un ceño, Rita se explicó—: Por ejemplo, una mujer con este Ascendente buscará un marido rico, un empresario, que la mantenga. Se casará con él, y a los pocos meses el esposo se irá a la quiebra y se quedarán sin un peso.

—¡Qué!

—No te asustes. Lo que tenés que tener en claro es que una mujer con Ascendente en Capricornio no puede nunca jugar el rol de la mantenida ni de la protegida. Lo que quiere el cosmos es que la mujer con este Ascendente aprenda a ser independiente, sólida por sí misma, con un trabajo y una carrera que la completen. —Se hizo un silencio en la grabación, y Bárbara recordó que Rita se había quedado mirándola—. Ahora que lo pienso —retomó la astróloga con aire meditabundo—, tal vez eso haya sido lo que buscaste en Lautaro, su solidez, la seguridad que transmite, el poder que comunica.

—Sí, puede ser —susurró.

—Lautaro no es el chico para vos. Tenés que buscar a alguien con una energía más suave, menos intensa, que te acompañe durante el proceso para desarrollar tu propia estructura, pero que no se convierta en tu muleta, en tu refugio. Por otro lado —prosiguió Rita como si no le hubiese asestado un golpe en el corazón—, Saturno, que representa la energía paterna, está en la constelación de Piscis.

—¿Y eso es malo?

—Nada es malo o bueno, Bárbara. Es lo que es, son los ingredientes que el cosmos te dio para cocinar tu torta; en palabras más refinadas, para alcanzar la plenitud en la vida.

—¿Y qué significa que Saturno esté en Piscis?

—Piscis es un signo en donde todo se torna confuso, borroso, sin límites, como en los sueños. Tener a Saturno ubicado allí significa que tu padre es un personaje idealizado, pero que no termina de convertirse en aquello que te hace sentir segura. Hay un misterio detrás de él.

—¿Sí? ¿Qué misterio?

—Imposible saberlo. Pero como a Mercurio, el mensajero, lo tenés en la Casa IV, que es la de la familia, la de los ancestros, te tocará a vos descubrirlo y gritarlo a los cuatro vientos. Hay algo que tenés que desenterrar, y así como Mercurio es el único dios que se mueve cómodamente entre el Olimpo y el Inframundo, vos también tendrás que bajar a las profundidades de la vida de tu padre, descubrir qué huele mal ahí y volver a la superficie para enfrentarlo a plena luz del día.

Un golpeteo en la puerta la sobresaltó. Apagó la grabadora, se arrancó los auriculares y saltó de la cama. Temía que fuese su padrastro. Si bien desde que Ana María le había conseguido un puesto en los Tribunales Federales lo veía menos, a menudo llegaba temprano y a veces resultaba inevitable cruzárselo.

—¿Quién es?

—Yo, hija.

Soltó el aliento. Miró la hora. Las ocho de la noche. ¿Qué hacía su madre en casa tan temprano? Solía llegar alrededor de las nueve y media después de cerrar las tres farmacias y hacer los arqueos de caja. Destrabó la puerta. Abrió. Ana María la contempló con un ceño, y ella le estudió el costoso traje de Chanel y los zapatos de Ferragamo. De algo estaba segura, su madre tenía buen gusto y era exitosa. ¿Tanto dinero le redituaba la cadena de farmacias? Se trataba de un buen negocio y en realidad era más que una cadena de farmacias; no solo se vendían medicamentos, sino líneas de cosméticos y perfumes importados; también poseía un laboratorio donde se elaboraban preparados y medicinas homeopáticas. La última novedad era que planeaba desarrollar su propia línea de cosméticos. Le daría su nombre, Ana María Pucci. Y hacía bien: con una belleza clásica y un cutis de porcelana, se convertiría en la mejor publicidad de sus productos y atraería a las mujeres como la miel a las moscas; todas querrían comprarlos.

—No podía entrar, Bárbara —le reprochó su madre—. La puerta estaba cerrada. ¿No era que se te había perdido la llave?

—No se me perdió —recalcó—. Ya te dije que extrañamente desapareció.

Se alejó hacia su escritorio, donde tomó asiento, de espaldas a la mujer, a la que oyó suspirar con hartazgo.

—Y esto, ¿qué es? —Ana María había entornado la puerta y la estudiaba.

Bárbara se giró en la butaca.

—¿No ves? Una traba.

—¿De dónde la sacaste? ¿Quién la colocó?

—La compré en una ferretería y la colocó Alberto.

—¡Bárbara! ¿Hiciste entrar al novio de Herminia en casa? ¡Sabés que ese tipo no me gusta!

—Menos me gusta tu pareja.

—No empecemos, Bárbara. No calumnies a Néstor. ¿Qué excusa les diste a Herminia y a ese tipo por lo de la traba?

—¿Solo eso te importa, mamá? ¿La excusa que les di a la empleada y a un tipo que no pincha ni corta, un don nadie?

—¡No quiero que anden hablando de nosotros! ¿Qué excusa les diste?

—Les dije la verdad —mintió Bárbara para provocarla y se puso de pie—: Que necesitaba trabar la puerta para evitar que mi padrastro entrase en mi cuarto a manosearme.

Ana María le dio una bofetada y abandonó la habitación tras un portazo. Bárbara fijó la vista en la puerta cerrada, con la mano sobre la mejilla caliente. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Había existido una época en que su madre y ella habían sido una sola cosa. “Es tu Luna en Escorpio”, se recordó. Nada solucionaba con saberlo, pero al menos conocer el origen de tanto dolor y pérdida la consolaba.

Tras la muerte de Serena, las cosas habían cambiado. Para peor. Llegó el divorcio y después Ana María abrió la primera farmacia, que se transformó en su santuario y que la convirtió en una workaholic. Le siguieron los amantes, los novios, las parejas, más farmacias. Ana María se alejaba sin remedio, y aunque en cierto modo Bárbara se liberaba, al mismo tiempo lo vivía como un duelo.

En honor a la verdad, no podía culpar a su madre. Le había mentido en el pasado y, con la ayuda y la imaginación de Lucía Bertoni, había urdido intrigas dignas de una telenovela para sacarse de encima a Rory, la anterior pareja de Ana María. La relación no se había acabado como consecuencia de sus esfuerzos, sino porque no congeniaban, por lo que había destruido su credibilidad en vano. Estaba sucediéndole lo que al pastorcito mentiroso: esta vez el lobo se acercaba para devorarla, y nadie atendía a sus pedidos de auxilio.

Herminia, la empleada doméstica, le trajo una bandeja con la cena, porque era sabido que ella no compartía la mesa con Néstor. Comió sin ganas y dejó la mitad. Estaba en la cama escuchando un tema de Green Day, una de sus bandas favoritas, cuando volvieron a llamar a la puerta.

—Soy yo —dijo Ana María, sin que le preguntase.

Destrabó, abrió y volvió a meterse en la cama. Su madre se sentó en el borde. Se miraron en silencio. Resultaba obvio que Ana María quería hacer las paces.

—Estabas muy linda cuando vine hace un rato. ¿Cómo van las clases de maquillaje?

—Bien.

En una tórrida jornada de finales de diciembre, se encontraba en la farmacia cuando conoció a la corredora de una de las marcas de cosméticos que Ana María comercializaba con más éxito. La mujer se quedó estupefacta ante la belleza de Bárbara, en especial la maravillaron la tersura y la luminosidad de su piel, y le pidió que sirviese de modelo en una muestra de maquillaje profesional que se realizaría en el hotel Sheraton días más tarde. Bárbara aceptó sin dudar, sin siquiera consultar a su madre. La muestra, que convocaba a los laboratorios más importantes de Sudamérica, había sido un evento de alto vuelo, incluso había habido prensa, y Bárbara acabó apareciendo en un programa de cable. Había deseado que Lautaro la viese; estaba especialmente linda ese día.

A modo de pago, la corredora le regaló un curso de automaquillaje. Bárbara fue a la primera clase sin ganas, pero como no tenía nada que hacer, ni siquiera estudiar —no se había llevado materias para no ser menos que Camila—, ¿qué podía perder? Y no lo lamentó. Disfrutó como pocas veces durante las dos horas de clase. La variedad de colores, productos y posibilidades la entusiasmó. La admiró descubrir tantos secretos, y se dio cuenta de que maquillar era una técnica que requería especialización y práctica.

—Maquillar es un arte —había expresado la profesora—, y no todos cuentan con el talento para descubrir qué le va bien a cada cara. Con eso se nace. Es imposible adquirirlo.

Esa tarde se sintió libre, dichosa, y al final del curso terminó siendo una de las mejores. Por supuesto, como se quejó otra alumna, ser tan linda ayudaba. Pero demostró que poseía dotes de artista cuando comenzó un curso de maquillaje profesional, y los rostros —feos, lindos, mediocres, sobresalientes, con defectos, sin ellos— cobraban una luz especial en sus manos.

—Te quedaba bien esa sombra violeta —continuó su madre—. No es fácil usar esos colores tan categóricos. Pero a vos te iba bien con tus ojos verde grisáceos.

Le habría gustado preguntarle de quién los había heredado, pues ni su padre ni su madre los tenían claros. Los de Serena habían sido marrones.

—Gracias —dijo, en cambio, cortada, y esperó en vano a que Ana María le pidiese perdón por haberla golpeado.

—Barby… Esta locura con Néstor tiene que terminar.

—Pero…

—Dejame hablar. No quiero llegar a mi casa y encontrarme con mi hija atrincherada en su dormitorio. No me resigno a cenar sin ella. No quiero discutir todo el tiempo. Llego cansada y con ganas de un poco de paz…

Bárbara ya no la escuchaba. Siempre era lo mismo, Ana María solo se preocupaba por su bienestar y sus necesidades; los demás debían tenderse a sus pies, listos para servirla. No por nada era leonina, se recordó. Por eso con Néstor se llevaba bien, porque el gusano se arrastraba ante ella con actitud obsecuente, lo cual resultaba lógico: un perdedor como ese se había sacado la lotería al ganarse la atención de una empresaria llena de conexiones y con una cuenta bancaria abultada. ¿Acaso su madre no le había conseguido un puesto muy bien remunerado en Tribunales, y el muy turro ni siquiera era abogado? Ganaba mucho dinero, trabajaba hasta las dos y media de la tarde y tenía un montón de vacaciones.

Suspiró, cansada del odio, de la bronca, del resentimiento. Después de todo, se trataba de una batalla perdida, y la había perdido a causa de su propia estupidez. Estaba aprendiendo a golpes que el descrédito era una de las peores cosas. Que la gente asumiera que eras mentirosa, mala, intrigante complicaba la vida de por sí complicada.

La voz de su madre la alcanzaba como un zumbido, en tanto ella se acordaba de lo que Rita le había comentado acerca de Marte, el dios de la guerra y el planeta que regía a su signo y del cual obtenía su índole belicosa y sus ansias y su sinceridad apabullante que a veces se reputaba de crueldad.

—Sin embargo, tu Marte, Bárbara —le había dicho la preceptora—, pese a estar ubicado en Leo, un signo de fuego, que lo potencia, está en la Casa VIII.

—¿Qué pasa con la Casa VIII?

—Es la casa de la muerte, de las pérdidas, de lo oculto, de lo secreto, del sexo, de la transformación. Tener Marte en una casa como esta significa que tu capacidad guerrera está quintuplicada, pero vos sentís necesidad de ocultarla, de reprimirla. De disimularla. Necesitás esconder el enojo. Hasta que llega un punto en que explotás, y tu reacción hasta a vos misma te sorprende.

Lo que había declarado la astróloga era cierto en el mínimo detalle, y hasta no oírlo expuesto con tanta claridad, Bárbara no había sido consciente de una característica que tan bien la describía. Estaba conociéndose, y la experiencia resultaba embriagadora.

Lo que Rita agregó a continuación, casi como al pasar y sin destinarle mayor importancia, le robó el aliento.

—El nativo con Marte en Casa VIII suele ser víctima de abusos. Abusos de tipo sexual, pero también de otro tipo.

Aquella tarde de febrero, a causa de la vergüenza y del asco, Bárbara reprimió el impulso de contarle a la preceptora acerca de Néstor, la pareja de su madre, que había comenzado rozándola como al pasar; de cómo se le habían revuelto las tripas en varias oportunidades al pillarlo observándola con deseo; de cómo una tarde le había cacheteado la cola con la excusa de que tenía tierra en el pantalón, y cosas por el estilo, hasta que un buen día, mientras Herminia hacía las compras y Ana María trabajaba, la había arrinconado en el pasillo e intentado besarla.

—Dale, dame un beso —le había susurrado al oído, mientras sus manos le acariciaban las piernas desnudas; vestía un short—. Una como vos tiene que saber lo que es un hombre de verdad, con las pelotas bien puestas, y no conformarse con los pendejos esos con los que salís. Vos, en la cama, Barby, debés de ser una tigresa.

Lo había empujado y corrido a su habitación. Echó llave y se hizo un ovillo tras las cortinas blackout. Quería desaparecer, quería lavarse, quitarse la sensación que ese inmundo le había impreso en el cuerpo. Se sentía sucia, vulnerable, expuesta. Le siguieron nuevos intentos, manoseos y palabras sucias susurradas, y cuando por fin reunió el valor para confesárselo, Ana María no le creyó. La mujer tenía motivos; ella y Lucía habían maquinado las intrigas más absurdas para separarla de Rory; le habían enviado mensajes sospechosos al celular, le habían impregnado las camisas de perfume de mujer, los cuellos de lápiz labial, Lucía llamaba de noche y cortaba, le habían plantado la tarjeta de un hotel alojamiento en el bolsillo del traje —¡las artimañas de las que se habían valido para conseguir la dichosa tarjeta!—. Aunque sentía bronca, no podía culpar a Ana María por negarle el beneficio de la duda. Después de todo, se dijo, derrotada, el abuso le llegaba por destino, por su Marte en Casa VIII.

Durante el verano de 2011, se había sentido segura al refugiarse en Lautaro. No le habría destinado un pensamiento a quien ella apodaba la Langosta Gómez, dada su contextura delgada y alta; el chabón era el mejor alumno de la división y feo como un carancho, con un rostro pálido y delgado y una nariz larga y prominente. Hasta que una tarde lo vio en el Club de Farmacéuticos; se había presentado con un grupo de karatecas para participar en una exhibición que la impresionó. Más tarde, con una temeridad que, ahora sabía, era un regalo de su querido dios Marte, se subió al techo de los vestuarios y lo espió por un tragaluz mientras se duchaba. Y lo deseó con todas las fuerzas de su ser ariano, con un deseo que ni su Marte en Casa VIII se atrevió a ocultar ni a disimular. Durante las semanas en que salieron, se sintió segura junto a un chico que, con una de sus miradas oscuras, habría hecho orinar en los pantalones al cerdo de Néstor, sin mencionar que con una de sus patadas de karateca lo habría dejado con el culo en el suelo.

Pero Lautaro amaba a Camila Pérez Gaona; ella solo había sido una diversión, un pasatiempo de verano. Competir con Camila se había demostrado un esfuerzo desperdiciado. La mina era perfecta: bonita, delicada, femenina, inteligente, culta, responsable; hablaba fluidamente francés e inglés, jamás decía malas palabras, no fumaba ni tomaba y se expresaba en un tono suave; a veces parecía susurrar. Ella, con la potencia del fuego de Aries, era lo opuesto: su belleza resultaba fulgurante, indiscutible y atraía a los babosos; su carácter, expansivo; sus expresiones, vehementes; sus deseos, arrolladores; solo hablaba castellano; era boca sucia y lanzaba risotadas que llenaban el aula. Era un desastre. Por eso Lautaro no la amaba.

Entonces, recordó lo que Rita le había dicho acerca de su Ascendente en Capricornio, el que le indicaba el aprendizaje que le tocaba en la vida. “Ahora que lo pienso, tal vez eso haya sido lo que buscaste en Lautaro, su solidez, la seguridad que transmite, el poder que comunica… Lautaro no es el chico para vos. Tenés que buscar a alguien con una energía más suave, menos intensa, que te acompañe durante el proceso para desarrollar tu propia estructura, pero que no se convierta en tu muleta, en tu refugio.” ¡Pero ella quería a Lautaro! Le importaba un pepino si se trataba de una muleta o de un refugio. A veces la astrología y el camino del autoconocimiento le rompían olímpicamente las pelotas.

—¡Bárbara, hija! No estás escuchándome. —La voz de Ana María irrumpió en sus cavilaciones y la trajo a la realidad de su dormitorio y de esa conversación desagradable—. ¿En qué estabas pensando? Ni siquiera pestañeabas.

“En que tengo Marte en Casa VIII, por eso tu Nestitor me acosa”, meditó con sarcasmo.

—En que me olvidé de comprar un mapa para Geografía.

Ana María sacudió la cabeza, desilusionada, y Bárbara se dijo que le resultaba imposible complacerla; siempre terminaban peleando.

—¿Vas a pensar en lo que acabo de decirte? Mañana no quiero llegar y encontrarte encerrada aquí. —La mujer se levantó y se alisó la falda—. Buenas noches, hija. —Se detuvo ante la puerta cerrada y clavó la vista en la traba—. Y no vuelvas a trabar la puerta.

“Y una mierda.”

—Está bien —respondió en cambio.

Apenas se desvaneció el taconeo de su madre, saltó de la cama y corrió el pestillo. Con la puerta asegurada, se fue a dormir.

A la mañana siguiente, apenas comenzó el primer recreo, visitó a Rita en el despacho de los preceptores. Afortunadamente, la encontró sola. Se montó en el escritorio y miró por la ventana. La mujer cebó un mate y se lo pasó.

—Servite una factura.

—No, gracias —dijo Bárbara—, no tengo hambre.

—Con razón tenés esa figura. ¿Vas al gimnasio?

—No, me aburre. A veces juego al tenis, pero hace mucho que no voy al club.

—¿No hacés ninguna actividad física?

—El año pasado iba a karate, pero lo dejé. Aparte de la gimnasia del cole, que no cuenta, no, no hago nada. —Rita carcajeó y sacudió la cabeza—. ¿Qué? ¿Qué pasa?

—Así es con ustedes, las que tienen Júpiter en la Casa XII. Se consideran las más desafortunadas del mundo, no tienen confianza en ustedes mismas, piensan que la vida es para sufrir, que la vida les ha pegado demasiado, que siempre van sobreviviendo, cuando, en realidad, tienen mucha más suerte de la que registran.

—¿Por ejemplo? —preguntó Bárbara con aire provocador—. Hasta lo que sé, nacer con la Luna en Escorpio es bastante desafortunado, sin mencionar a Marte en la VIII, y vaya a saber cuántas cosas más.

—Sos una chica muy afortunada, Bárbara. Tenés una belleza que quita el aliento y un cuerpo magnífico sin siquiera preocuparte por lo que comés o por matarte en el gimnasio.

“Un cuerpo por el que mi padrastro anda baboso”, pensó.

—Sin mencionar —prosiguió Rita— de que sos inteligente, divertida, buena persona…

—¡Ja! —exclamó con sarcasmo—. Casi me parezco a Camila Pérez.

—Camila es Camila. Vos sos vos.

—Yo no soy buena persona. Soy mala.

—No, Bárbara, no lo sos. Cuando uno es verdaderamente, cuando uno se muestra tal cual es, entonces brilla, esplende y los demás lo admiran. Cuenta la leyenda que un día Buda, el sabio indio, convocó a los animales del bosque. Se presentaron solo doce. Cuando los tuvo reunidos delante de él solo les dijo: “Sean”.

—Pero si soy como soy, entonces termino por arruinar las cosas como lo hice con Lautaro.

—Con Lautaro, actuaste desde un sitio mezquino, desde la parte más oscura de tu Luna en Escorpio, desde tu deseo ariano más desenfrenado y caprichoso, desde la parte más agresiva de tu Marte en Casa VIII. Pero ahora has iniciado un camino para conocer tus zonas luminosas y actuar desde ese lugar. Ellas también son parte de tu alma, Bárbara. Esas partes luminosas, que a mí me resulta tan fácil ver en vos y que vos pensás que no existen, son tan tuyas como las tenebrosas.

—¿Y qué tiene de bueno la Luna en Escorpio? —preguntó con incredulidad e ironía.

—La persona con esta Luna es capaz de entender el dolor y de ayudar a los demás a superarlo como ninguna otra. Ustedes tienen una capacidad casi sobrenatural para soportar largos períodos de tristeza, pérdida y dolor, y volver a construirse desde las cenizas. Son como el ave Fénix. Por eso, tu misión en la vida es la de ayudar a los demás a sanar, a superar el trauma, el sufrimiento, pero como tenés a Urano y a Piscis en la Casa I, la casa de la personalidad, tendrás que hacerlo a través de proyectos empáticos y creativos, nada de cosas normales —dijo, y entrecomilló la palabra en el aire— ni tradicionales.

—No entiendo nada —admitió Bárbara.

—Lo que quiero decir es que no deberías elegir una carrera clásica para sanar y ayudar, como por ejemplo Medicina, sino que… No sé, se me ocurre que tal vez podrías ayudar a niños a superar traumas a través de las artes plásticas o de un proyecto de ese tipo. Una amiga mía enseña a cabalgar a niños autistas y con otras capacidades especiales para ayudarlos a ganar seguridad. Cosas por el estilo —remató la preceptora.

A ella le gustaba dibujar, se recordó, y poseía un talento natural. Nadie le había enseñado, y sin embargo conocía de proporciones, perspectivas, sombras y luces. Por eso, ahora lo comprendía, disfrutaba tanto de maquillar. Pero de qué modo maquillar ayudaría a los demás a sanar escapaba a su conocimiento; más bien el maquillaje, algo para muchos trivial y vano, jamás se asociaría con actividades humanitarias. Se rio de ese jamás tan exaltado e impetuoso; así eran los arianos, vehementes.

Rita le sujetó la cara con las manos y le sonrió con afecto. Bárbara se incorporó en el escritorio y percibió que los músculos de la espalda se le tensaban y las manos se le convertían en puños. No estaba habituada al contacto físico, pues su madre podía ser absorbente, pero jamás cariñosa.

—No te asustes, no te sientas abrumada por tanta palabrería. El cosmos te va a ayudar y todo se dará naturalmente. Todo fluirá.

—¿Ah, sí? No veo cómo. Hasta ahora mi vida parece agua estancada.

—Vos no te das cuenta, pero has comenzado una búsqueda, te has abierto para conocerte, para sacar fuera lo mejor de vos, y eso siempre trae buenos resultados. Estás dispuesta a aprender de tus experiencias y cambiar la dirección de tus acciones. Y eso es muy positivo. La vida se desarrolla como en espejo de lo que sentimos en nuestro interior.

—Si vos lo decís.

—No lo digo yo —declaró Rita, con una sonrisa y tono ligero—, sino un gran astrólogo. Él dice que la astrología nos enseña que la energía de nuestro interior, determinada por los astros, genera las respuestas y las vivencias del exterior. Si conocemos profundamente nuestro interior podremos dominar el exterior. —Rio ante la expresión de Bárbara—. Vos simplemente sé Bárbara desde un sitio lleno de luz.

—OK —masculló.

—Tengo que contarte que anoche me puse a analizar el tránsito de los planetas para ver cómo te van a afectar este año sus energías y de qué modo van a influenciarte.

—¿Y?

—Tengo buenas noticias. Saturno está a finales de Libra, enfrentado con tu Sol en Aries. —Bárbara hizo un ceño que evidenciaba su falta de entendimiento—. Libra es el signo de la pareja y del amor. Esto significa que podría aparecer un chico que se mostraría tal cual es, a causa de la influencia de Saturno, con mucha honestidad, y que te ayudaría a superar las mentiras y los ideales inalcanzables que te hacen daño y a desilusionarte de las utopías, pero que al mismo tiempo te ofrecería algo nuevo y viable, algo posible. Sería alguien que te pondría los límites ordenada y amorosamente.

Pese a su reputada verbosidad ariana, Bárbara se quedó sin palabras. No quería que apareciese un chico, ni siquiera uno con tantas cualidades. Solo quería a Lautaro. Profirió un suspiro de derrota al caer en la cuenta de que Lautaro componía una de las utopías de las que Rita hablaba. ¿Saturno se ocuparía de destruirla? Aunque doloroso, tal vez fuese lo mejor, porque era un caso perdido: ella era un desastre, y Lautaro solo apreciaba la perfección como la que encarnaba Camila. Lo peor era que la minita le caía bien. ¡Qué enredo!

—¿Por qué esa carita? —se asombró la preceptora—. Acabo de darte una buena noticia, ¿a que sí?

—Estoy cansada de los hombres, de sus jueguitos, de todo.

—¡Eh, este no es el espíritu de una ariana, la guerrera del Zodíaco! Va siendo hora de que levantes la espada y empieces a luchar de nuevo, pero luchar por lo que te hace bien, no por lo que te destruye. ¿O la guerrera Bárbara aceptará la derrota?

La palabra derrota la ponía de malas, le picaba el orgullo. Ella siempre tenía que ganar, a como diera lugar.

—No —respondió con cortedad y dientes apretados.

Sonó el timbre que anunciaba el final del recreo. Saltó del escritorio y se acomodó el ruedo del delantal blanco que le llegaba a medio muslo y que revelaba unas piernas delgadas y bien torneadas, de piel lustrosa, y unas rodillas de hueso pequeño.

—Nos vemos —se despidió.

A punto de abandonar la sala de preceptores se detuvo a la voz de Rita.

—¡Me olvidaba! —exclamó la mujer—. Ayer me fijé en la fecha de nacimiento de Collantonio. —Se observaron en un silencio expectante a través del espacio—. Nuestro encantador cordobés es de Libra, tu opuesto complementario. Sí —masculló la astróloga, mientras acomodaba unos papeles—, las estrellas comienzan a alinearse.

En el segundo recreo, el largo, como lo llamaban, Bárbara se refugió en la biblioteca, un sitio que en el pasado había considerado la madriguera del diablo y al cual solo había entrado obligada, y que ahora visitaba a menudo cuando Rita estaba ocupada o había mucha gente en la sala de preceptores. La apaciguaba el silencio de la sala, y una vez que Rita le hizo notar el aroma agradable que despedían las largas mesas lustradas con Blem, cada vez que ponía pie dentro inspiraba porque se había dado cuenta de que le levantaba el ánimo, y ella, que jamás se detenía a apreciar los olores y las fragancias, acabaría por aceptar que eso de la aromaterapia —su mamá vendía dos líneas—, que en un principio le resultaba puro verso, funcionaba.

No se escondía en la biblioteca para leer. Había intentado agarrarle el gusto a la literatura como forma de esparcimiento —sí, lo admitía, lo había hecho para copiar a Camila; la muy turra leía como una máquina— y había fracasado rotundamente. En el verano, había comprado varias novelas románticas, las que tanto gustaban a su rival, y se propuso leerlas. Las había abandonado por la mitad; le resultaban inverosímiles. En la vida real no existían historias de amor como las descriptas en las páginas de esos libros; ningún hombre decía cosas tan lindas ni era tan caballeroso, noble y gentil. Los protagonistas eran hombres con cerebro femenino, por eso decían cosas ridículas, lo cual no debería haberla asombrado; después de todo, el género romántico estaba en manos de mujeres; no se encontraba un escritor varón ni que se lo buscase con lupa.

Lo cierto era que se recluía en la biblioteca del colegio para estudiar, hacer resúmenes o dibujar. Días atrás, Babi, la bibliotecaria, una viejita divina que ya formaba parte del inventario de la Escuela Pública N° 2, la había descubierto dibujando y le prestó un libro de técnicas de ilustración que se revelaron muy útiles, en especial la que explicaba cómo dibujar el cuerpo humano de manera proporcionada.

Trazaba los contornos de un rostro de mujer cuando el chirrido de la puerta de la biblioteca le hizo levantar la vista. El lugar permanecía vacío; rara vez alguien irrumpía en su soledad. Aguzó la vista en la penumbra. Esperaba descubrir a un profesor, por eso el corazón le dio un golpe al ver de quién se trataba: Sergio Collantonio. No se le distinguían las facciones; lo reconoció por el diseño del cuerpo, la forma de la cabeza, por el cabello alborotado, por la postura de hombros anchos y derechos.

El chico permaneció junto a la puerta entreabierta mientras se habituaba al cambio de luz. Por su actitud, resultaba obvio que buscaba a alguien. Sus ojos barrieron el amplio recinto hasta que se detuvieron en ella. Un temblor le recorrió el cuerpo. ¿De qué se trataba esa inesperada reacción? No apartó la mirada en tanto Collantonio se aproximaba con una sonrisa, circundado por un aire de buena persona que terminó por enojarla. “Debe de ser un cagador como todos”, se convenció, y reanudó los trazos del dibujo.

—¿Puedo sentarme? —Poseía una voz peculiarmente profunda y grave, medio enronquecida.

—El lugar es público —contestó ella, sin levantar la vista.

Lo oyó reír por lo bajo, mientras retiraba la silla y se sentaba.

—Me advirtieron de que eras una muñeca brava.

Bárbara levantó la cabeza con un movimiento rápido y lo miró fijamente. La sonrisa se desvaneció de la boca ancha del cordobés, y su mirada se ensombreció.

—¿Qué? —lo provocó ella, y le observó los labios; aun en reposo, con una mueca neutra, las comisuras se le marcaban como prontas para sonreír. Se preguntó cómo sería besarlas.

—Nada. —El chico carraspeó y la sorprendió extendiéndole la mano—. Aunque hace casi un mes que empezaron las clases, no hemos sido presentados. Soy Sergio Rodrigo Dante Collantonio, cordobés y pirata.

Varias cosas la dejaron muda —¡a ella, muda!—; primero, que se presentase con tanta pompa, que tuviese tres nombres, como en la época de Sarmiento, y que admitiese abiertamente que era un pirata; no se había equivocado al etiquetarlo de cagador; después de todo, él mismo lo admitía; le concedía que fuese sincero.

—Vos sos Bárbara Degèner, ¿no?

—Sí. Sergio Rodrigo Dante —repitió—. ¿Por qué tenés tantos nombres?

—Es una costumbre de mi familia italiana.

—¿Tu familia es de Italia?

—De Nápoles. Yo nací en Córdoba, pero mis viejos nacieron en Nápoles. Llegaron a la Argentina cuando eran chicos.

Le habría preguntado por lo de su condición pirata; se mordió la lengua. ¿A ella qué le importaba? Si el muy estúpido consideraba que advertirle que era infiel y que vivía de trampa era divertido, allá él. ¿O lo haría porque pensaba que ella era igual, que tenían eso en común? ¿Qué le habrían contado acerca de su relación con Lautaro, del espectáculo que había protagonizado el año anterior? ¿Quién era la chica con la que estaba en The Eighties el sábado pasado? No tuvo tiempo de cavilar; Collantonio volvió a dejarla sin palabras al declarar:

—Estaba buscándote.

—¿A mí?

—Sí. Fui a la sala de preceptores, y Rita me dijo que estabas aquí.

—¿Qué —carraspeó, nerviosa—... qué necesitás? —Desde el patio los alcanzó un bullicio que indicó que los varones se entretenían con un picadito—. Qué raro que no estés jugando —pensó en voz alta, y enseguida se arrepintió; habría preferido que él creyese que lo notaba por primera vez en ese instante. Su proverbial sinceridad ariana la puso en evidencia. Percibió que un calor le trepaba por las mejillas. ¿Estaba sonrojándose? Eso era todavía más inusual que dejarla muda. Ese muchacho estaba provocando unos desbarajustes que comenzaban a fastidiarla.

—Me invitaron, pero les dije que no cuando vi que Gálvez también iba a jugar. No quiero quilombo.

—Pensé que las cosas se habían aclarado el sábado pasado.

—Sí. —Afirmó de una manera que le gustó, empleó un sí que era más un “seee”—. De igual modo, prefiero mantenerme lejos, al menos por un tiempo. El chabón es más celoso que un dóberman y yo no quiero volver a pelearme. Le hace mucho mal a Bianca.

“Claro”, pensó con sarcasmo. “Bianca.” Bianca Rocamora, tan perfecta y delicada como su mejor amiga, Camila Pérez Gaona. Las dos componían un dúo digno del Nobel de la Paz.

—No me mires así —la conminó—, como si quisieras surtirme. Bianca y yo somos amigos, nada más. Gálvez entendió todo para atrás.

—No te miro de ningún modo —se ofuscó—. No me importa si Bianca es tu amiga o te gustaría que fuese algo más. Lo único que me importa es que no te metas entre ella y Sebas porque entonces Sebas sufriría.

—Son muy amigos, ¿no? Gálvez y vos —aclaró, y Bárbara se limitó a asentir.

De nuevo le despuntó la sonrisa de comisuras marcadas y masculinas. “Es hermoso”, debió admitir, resignada a que el corazón le palpitase como tambor de murga.

—Ayer me estabas fichando mientras jugaba al fútbol.

—Los miraba jugar a todos.

—No —replicó él, y aunque lo hizo con suavidad, Bárbara percibió firmeza en el timbre de su voz, también en su mirada, como cierta terquedad—. Me mirabas a mí.

—Jugás muy bien —concedió.

—Gracias. Yo también te miro. Es difícil no mirarte.

Desde pequeña, Bárbara se había acostumbrado a recibir halagos por su belleza, y en general le resbalaban. ¿Por qué la afectaban las palabras de Collantonio? ¿Por qué sentía calor en las cuencas oculares y un tirón en la garganta?

Tras un silencio, él añadió:

—Ayer jugué para vos.

—Y metiste ¿cuántos? ¿Cinco goles? —se obligó a pronunciar con la mayor cuota de sarcasmo que consiguiese reunir. Ese cordobés engreído no la enredaría con su palabrerío romántico. Quería que se alejase. Su perfume, que le acariciaba la punta de la nariz, la distraía.

—Seis —la corrigió él.

—Te trae suerte que te mire.

—Tendré que llevarte a la cancha.

—Ni con la policía. —Bárbara ejecutó una sonrisa falsa y devolvió la vista al dibujo en un mensaje claro: “Andate, alejate, no te acerques”.

Lo oyó soltar una risita socarrona por la nariz, y su espíritu temerario e indómito la impulsó a mirarlo. Él sacudía la cabeza y la contemplaba con benevolencia, lo que la molestó.

—No mentían cuando me decían que sos una muñeca brava.

Se quedó mirándolo, en tanto se preguntaba por qué lo deseaba lejos cuando, paradójicamente, era el primer chico que la atraía desde su metejón con Lautaro. Sin avisar, las palabras de Rita se abrieron camino en su reflexión: “Con la influencia de la Luna en Escorpio, el niño siente que es devorado por su madre. La misma que lo ama tiene la capacidad para destruirlo. Por eso son personas que siempre están a la defensiva y que tienden a cerrase en sí mismas para evitar que los demás alcancen su punto vulnerable y los lastimen”.

—Dijiste que me buscabas —le recordó, y el tono le salió más duro de lo previsto.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó él en cambio, y tomó la hoja que descansaba sobre la mesa.

Bárbara intentó arrebatársela, pero él, con esos brazos largos, la colocó fuera de su alcance y la estudió.

—¿Vos dibujaste esto? —Su acento admirativo le marcó la tonada cordobesa, que ella encontraba deliciosa.

—Sí.

—Sos grosa, Bárbara. Este dibujo es una masa.

¿Por qué le había gustado tanto que pronunciase su nombre? ¿Por qué le gustaba que la considerase grosa?

—Sos vos —declaró él, sin apartar la vista del retrato.

En realidad, había trazado los rasgos pensando en su madre.

—Es mi mamá.

—Es una diosa igual que vos.

¿Otra vez se sonrojaba?

—Es un papel especial —continuó él—. Grueso —describió, mientras lo estudiaba con interés.

—Papel canson; se usa con los pasteles. Dame. Por favor —agregó para quitarle acidez a la orden, y Collantonio asintió con serenidad y se lo entregó. Le gustó cómo movió la cabeza al asentir y cómo ladeó la boca; se le remarcó un hoyuelo cerca de la comisura derecha. ¡Se fijaba en cada estupidez!

—¿Es para regalárselo a tu vieja?

—No. Es para usarlo como modelo. —Él levantó las cejas en señal de confusión—. Para ensayar un maquillaje. Hago un curso.

—¿Estudiás maquillaje? ¡A vos no te hace falta!

“¡Ah, bueno!”, se impacientó cuando sus mejillas volvieron a calentarse. “¿Este me quiere levantar? Que espere sentado. ¿Ahora viene a mí porque Bianca, la perfecta, no le dio bola?”

Tomó uno de los pasteles, el de color azul noche, con la intención de delinear los ojos del retrato. Al comprobar que le temblaba la mano, lo soltó. Levantó la vista, y se encontró con un par de ojos oscuros e insondables, que la observaban con intensidad. Carraspeó antes de hablar.

—Me dijiste que me buscabas. Vuelvo a preguntar: ¿qué necesitás?

—Hoy te pasaste en la clase de Historia. Si la vieja me tomaba a mí, me chantaba un huevo.

Bárbara se resguardó tras una máscara de indiferencia; por dentro bullía. Estaba descubriendo que comenzaba a gustarle demasiado la admiración de Collantonio. En cuanto a la clase de Historia, era cierto, la había hecho de goma. La primera lección del año se refería a los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, y la muy malparida de la profesora, que le cargaba el asco desde el año anterior, la había convocado al frente esperando bocharla, no tenía duda al respecto. El sacrificio de estudiar la lección —¡qué cosa más espantosa era estudiar!— había dado sus frutos, pues verle la cara de sorpresa a la vieja después de que le habló de los auges de los nacionalismos y de los regímenes autoritarios sin fallar en una coma no tenía precio. Se acordó también de que, mientras recitaba los párrafos, no había pensando en Lautaro, sentado en la primera fila, sino que había luchado por no dirigir la vista hacia el pupitre que ocupaba el nuevo.

—Te debería haber puesto diez —prosiguió el cordobés—, no un nueve.

—Me odia.

—Te envidia.

—¿Qué necesitás? —insistió.

—Que me ayudes a estudiar. —Bárbara frunció el entrecejo—. Yo no tengo tiempo y no puedo llevarme ni una materia, ni siquiera a diciembre.

—¿Trabajás? ¿Por eso no podés estudiar?

—Entreno todos los días. Soy jugador profesional de fútbol.

—Oh —farfulló, en tanto su cuerpo sufría uno de los efectos más extraños y devastadores que recordaba. Calor y frío, corrientes que la surcaban, palpitaciones, dolor en los pezones y en la garganta, sudor sobre el labio superior. Apretó las manos bajo la mesa; las sentía húmedas y le temblaban como pajaritos asustados. ¿Por qué la había afectado tan violentamente una simple declaración expresada con humildad, sin ánimo de pavonear? El día anterior, la había hechizado mientras jugaba. Poseía una destreza tan natural, una docilidad tan manifiesta en sus piernas largas, que había resultado imposible no caer en el conjuro; era una delicia observarlo. Y ahora que sabía que era un profesional del deporte más importante de la Argentina, sentía que flotaba, henchida de orgullo. ¿Era una cholula? No, se dijo con certeza; no habría experimentando ese cataclismo si sentado frente a ella no hubiese estado Sergio Collantonio. La cuestión se reducía a él.

—Sos muy bueno, ¿no? —Collantonio sonrió con humildad, bajó la vista y sacudió un hombro—. No entiendo nada de fútbol, pero por lo que vi ayer, sos muy talentoso.

—Entonces me mirabas —la provocó.

—Imposible evitarlo. Estaba sentada frente a la ventana y ustedes ocupaban todo el patio. Y sí, te miraba. La rompés. ¿Contento? —Sin pausa, arremetió—: ¿Cómo sería eso de ayudarte a estudiar? Porque yo habré dado bien la lección de hoy, pero tenés que saber que soy muy inconstante y que tal vez sería más conveniente que le pidieses a Camila Pérez o a Bianca… No, a Bianca mejor no. A Lautaro, tal vez. Él es el mejor alumno y es muy… —Se detuvo de golpe cuando Collantonio le apoyó fugazmente el índice en los labios.

El contacto le quitó el aire con la contundencia de un golpe en el estómago. Para él tampoco había pasado inadvertido. Se miraron hasta que Bárbara bajó la vista. ¿Desde cuándo era tímida? En el pasado, cuando deseaba a un chico, su carnero ariano se ponía en marcha y no se detenía a ver quién quedaba tumbado en el camino para lograrlo. Así había sucedido con Lautaro el año anterior, y no había destinado un pensamiento a Camila. Apretó los párpados; todavía lamentaba haber perdido su amistad.

—Camila y Lautaro son copados —habló Collantonio en voz baja, como si temiese asustarla—, pero son demasiado bochos para mi gusto. Me voy a sentir más cómodo con alguien más parecido a mí, alguien como vos.

El comentario picó su orgullo.

—¿Cómo sabés que no soy un bocho como ellos?

—Demasiado linda para ser como ellos.

—¡Ja! —exclamó, enojada, y comenzó a guardar los pasteles en la cartuchera con movimientos rápidos—. Entonces para vos soy la rubia tarada nada más que castaña.

—Era un chiste —se disculpó él, con gesto contrito— y muy malo. Disculpame.

Bárbara seguía guardando sus cosas y no lo miraba. Collantonio la detuvo al sujetarla por la muñeca. Se miraron. Jamás había sentido un efecto físico tan demoledor por el contacto de la mano de un chico en su muñeca. ¿De qué se trataba todo eso? Movió el antebrazo y él la soltó.

—No te enojes, por favor. Además ya te dije que la rompiste hoy en Historia.

A ella no le bastaba con el tono arrepentido y la carita de cordero degollado. La había ofendido.

—No podías creer que la castaña tarada tuviese dos neuronas, ¿no? Seguro no pensás lo mismo de Camila, y dejame que te diga que ella es muy linda.

—Cami es muy linda, pero dejame que te diga que ni la mitad que vos.

A su pesar, sonrió y se rebulló, incómoda, en la silla.

—Pero es mejor persona —susurró, mirándose las manos, y se preguntó por qué carajo había dicho semejante estupidez ¡a Collantonio de todas las personas! Por suerte, no la había escuchado; él siguió hablando como si nada.

—Entonces, castaña inteligente, ¿me das una mano con el cole?

—¿Qué necesitarías?

—Que me des tus resúmenes para estudiar, que me digas qué día tenemos prueba, qué día tenemos lección, que hagamos los trabajos en grupo juntos… Una especie de tutora de estudios, de asesora. Tengo pocas horas para estudiar. Cuando me siento a hacerlo, no puedo perder el tiempo leyendo un libro o buscando acerca del tema. Tengo que sentarme, leer un resumen y listo. —Sobrevino un silencio—. Te voy a pagar —añadió él—. Mi hermana es profesora particular de Lengua y Literatura y cobra sesenta pesos la hora. Te pagaría eso, si…

—No, claro que no —lo interrumpió Bárbara—. ¿Cómo pensás que voy a cobrarte por ayudarte? Somos compañeros.

Collantonio sonrió y agitó lentamente la cabeza.

—¿Y después decís que no sos buena persona como Camila?

Los cachetes se le arrebataron. ¡La había oído! Necesitaba un trago de agua. ¡Ya! Collantonio siguió hablando, y ella le envidió el dominio con que se desenvolvía; más que seguridad, demostraba serenidad. ¿Tal vez ella, a él, no lo afectaba de la misma manera? ¿Habría estado flirteando y diciéndole cosas lindas para arrancarle el favor? ¿No significaba nada para él? No, claro que no. Le gustaba Bianca Rocamora. ¿Quién podía competir con ella? ¡Hasta cantaba como los ángeles!

—Pero de todos modos te voy a pagar.

—No, Sergio. —Era la primera vez que lo llamaba por su nombre, y sonrió para sus adentros al ser testigo del efecto que ese Sergio tuvo en él; se le había congelado la expresión y contenía la respiración. Esa pequeña victoria le otorgaba gran placer a la guerrera que habitaba en ella. “Sergio, Sergio, Sergio”, repitió para sí. ¡Cómo le gustaba su nombre! Y se acordó de que en el pasado lo había considerado grasa. De nuevo, todo se reducía a él.

—No quiero que me pagues y basta. Veamos qué tenemos mañana. —Abrió la carpeta con el horario de las materias—. Miércoles. Mañana tenemos Francés. Había que hacer unos ejercicios.

—¡Me olvidé!

—No te preocupes. Los escaneo esta tarde y te los paso así los completás. Yo ya los hice.

—¡Joya! Anotá mi dirección de e-mail. —Bárbara lo hizo—. Y agendá mi teléfono.

—OK —dijo, medio intimidada. El chico podía ser muy libriano, opuesto a Aries, pero en ese momento le recordaba al carnero que arrasaba con todo a su paso.

—Sacame una foto así cuando te llamo te aparece mi cara.

Estuvo a punto de decirle que no para bajarle los humos, pero en verdad él no se lo había propuesto con vanidad, al contrario, se percibía algo inocente y dulce en su modo. Además moría por tener su foto. Ya se imaginaba recostada en la cama, con los auriculares puestos, observándola. Su celular era de última generación, con una cámara fotográfica de alta definición, por lo que el retrato salió muy bien.

—Bárbara —la llamó, y sin prevenirla, le tomó una fotografía.

—¡Ey! —se quejó—. No me avisaste. ¿A ver? Debo de salir horrible. Dejame ver.

—Salís diosa —afirmó él, con la vista en la pantalla y codicia en los ojos—. Decime tu teléfono. —Bárbara se lo dictó y él lo grabó entre sus contactos—. ¿Tenés WhatsApp?

—Sí —contestó.

—Entonces poneme entre tus favoritos.

Sonó el timbre para anunciar el final del recreo largo. Bárbara se decepcionó; quería seguir charlando con él.

—Esta tarde te mando los ejercicios de Francés y cualquier otra cosa que tengamos. Pero creo que no hay nada más. —Se puso de pie, y Collantonio la imitó con presteza—. Bueno…

—Gracias —la interrumpió, y se inclinó hacia su rostro, que Bárbara mantenía elevado porque él era bastante más alto.

Por un instante creyó que la besaría en la boca; por un instante lo deseó con el ardor del fuego que caracterizaba a su signo. Sus labios se separaron para recibirlo. Él le depositó un beso en la mejilla, y Bárbara se convenció de que era lo mejor. En el pasado, habría movido la cara para salir al encuentro de la boca anhelada, pero pensó en Camila, en que no habría permitido que la besase después de tan solo quince minutos de conversación. Sí, se haría valer, se haría respetar; no volverían a usarla como le había permitido hacerlo a Lautaro Gómez. Y sin embargo, lo deseaba tanto. A Collantonio. Al pirata. “Estoy al horno”, admitió, y no supo si reír o llorar.

La última parte de la jornada escolar se la pasó en las nubes en tanto repasaba el diálogo en la biblioteca, hasta que se conminó a prestar atención al profesor de Informática. Se había comprometido con el cordobés y no le fallaría. Sonrió a la nada, y se dio cuenta de que la ponía contenta tener un objetivo, una responsabilidad, la hacía sentir importante y madura, sin mencionar que le encontraría un sentido a las horas que transcurría sentada en ese pupitre oyendo a los profesores. En lo que iba del año, le habían pedido ayuda dos veces: Camila, el viernes anterior, para que maquillase a Bianca en su debut como cantante en el bar The Eighties; y ahora Collantonio, que le confiaba la agenda de estudios. Ambas experiencias habían resultado extrañas, inesperadas y sorprendentes, y la habían dejado con las pulsaciones a tope y una sonrisa.

El último timbre ...