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NO HAY AMORES FELICES

Sergio Olguín

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Fragmento

Prólogo
Tres historias

I

Creía que era el final de las vacaciones y no sabía que era el final de todo. Faltaban pocos minutos para que se terminara de derrumbar su vida, tal como la había conocido hasta ese momento. Ya nada volvería a ser igual.

Líneas blancas: dobles y continuas, no pasar otros vehículos; simples y cortadas, acelerar y adelantar a los autos y camiones que le interrumpían su andar decidido hacia la Capital. Era lo único que Darío veía: las líneas blancas de la ruta 11 iluminadas por las luces cortas de su auto. Todo alrededor era negro, espeso e interminable. Como su malestar.

Las luces rojas de un auto se volvían cada vez más nítidas delante de él. Darío disminuyó suavemente su marcha, bajó un cambio y se quedó detrás del coche que no iba a más de noventa kilómetros por hora. La cercanía de una curva le impedía pasarlo, tal como la doble línea blanca le indicaba desde el asfalto. Al pasar la curva observó con cuidado el carril contrario y no vio ninguna luz blanca que indicara que venía algún vehículo de frente. Aceleró y sobrepasó el auto. A distancia razonable volvió a ocupar su senda y de a poco el otro coche fue perdiéndose en la nada que quedaba detrás de él.

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Era el final de las vacaciones. Quince días en los que Darío confirmó lo que ya sabía, pero no se animaba a poner en palabras: que la relación con Cecilia había terminado. Tenían que separarse ya. Esos quince días habían sido una tortura, apenas suavizada por la felicidad de Jazmín en la playa, corriendo ante la llegada de las olas, su risa contagiosa ante cada descubrimiento. Era muy probable que las fotos que se habían sacado los tres en esas vacaciones fueran las últimas en las que Jazmín aparecería con sus padres juntos. ¿Guardaría memoria de esos días? ¿Qué recuerdo borroso tendría en el futuro? Su padre y su madre tomando mate en la carpa del balneario, ella durmiendo la siesta a la sombra en una reposera, los juegos mecánicos que compartía con su prima al atardecer, los helados en la calle principal de La Lucila del Mar.

Todas dormían. Las cinco mujeres que iban con él. Cecilia a su lado, con la cabeza hacia la ventanilla. Atrás iban su suegra, su cuñada con la hija en brazos y Jazmín. Estaba fuera del alcance del espejo retrovisor, pero Darío podía imaginarse a su hija durmiendo, el rostro bronceado por el sol, la respiración acompasada, el sueño plácido. Le gustaba quedarse mirando a Jazmín. Le había quedado la costumbre de cuando era bebé y temía que su hija fuera víctima de una muerte súbita. Permanecía al lado de la cuna cuando se dormía o volvía a cada rato para verla respirar. Cuando se es padre uno se conforma con eso: con ver respirar a los hijos, lejos del dolor y de los peligros.

Cecilia se despertó. Se limpió la saliva que tenía alrededor de la boca y miró hacia todos lados buscando algún referente en la ruta que le indicara por dónde iban.

—¿Dónde estamos?

—Acabamos de pasar General Lavalle, falta un montón.

Cecilia se dio vuelta y miró a Jazmín. Verla dormida pareció tranquilizarla de alguna inquietud que provenía de los sueños.

—Creo que tuve una pesadilla —dijo, pero no agregó nada más.

Darío no se mostró interesado en saber qué había soñado su mujer. Desde hacía varios días sus diálogos se limitaban a lo mínimo posible. Al fin y al cabo esa actitud era menos agresiva que la que habían tenido antes, cuando se decían cosas hirientes todo el tiempo. De hecho, la última discusión que habían tenido a los gritos (por suerte, estaban solos) todavía le producía a Darío un rechazo físico. La recordaba y sentía náuseas. Sobre todo, cuando recordaba la amenaza de su mujer. Podía verla con el rostro en llamas diciéndole me voy a llevar a la nena y no nos vas a ver nunca más, hijo de puta. Ella sabía que Jazmín era su vida, que nada podía hacerle daño salvo no estar con su hija. ¿Qué podía hacer Cecilia para separarlo de Jazmín? ¿Hacerle una falsa denuncia? Cualquiera de su entorno podría testimoniar lo buen padre que era, incluso su suegra y su cuñada que viajaban atrás y que veían con dolor la destrucción de la pareja.

Nadie iba a poder separarlo de su hija.

Nadie.

Se aferró un poco más fuerte al volante para tratar de quitarse del cuerpo esa sensación tan desagradable de frustración y odio que lo cubría por completo. Cecilia había vuelto a acomodarse para dormir. De a poco Darío recuperaba la tranquilidad. Le hubiera gustado prender la radio, pero no quería molestar el sueño plácido de las pequeñas.

Detrás de su auto, a lo lejos vio una luz. Era un vehículo que venía a más velocidad que el suyo. En unos pocos segundos lo pasaría y él quedaría atrás, observando las luces rojas que se harían cada vez más pequeñas hasta desaparecer. Observó por el espejo retrovisor la luz que se convertía en dos faroles de luces cortas de un auto como el suyo. Miró hacia delante y vio también otras luces que venían de frente.

Fue un segundo, tal vez dos.

El auto de atrás se tiró a pasarlo sin tener en cuenta la luz que se acercaba rapidísimo hacia ellos. Darío quiso disminuir la velocidad para facilitar el sobrepaso. El error del otro automovilista se sumó a una mala decisión que tomó el camión que venía de frente. El camionero habrá pensado que el auto que se acercaba iba a tirarse a la banquina e intentó pasar con el camión por el medio, por el espacio que le dejaban los dos vehículos que venían de frente. Chocó con los dos a la vez.

Darío no atinó a nada. Fue como si un cuchillo gigante lo partiera en dos a la vez que oía el ruido metálico, como un trueno dentro de la cabeza, y un aullido, un solo aullido conformado por el grito de todos en simultáneo; vio una luz blanca, el estallido de un flash gigante. ¿Voló el auto? ¿Se partió? ¿Se enterró debajo del camión? Desde el tercer segundo, Darío no tuvo más conciencia de lo que ocurría. No supo cuánto tiempo pasó hasta que alguien lo sacó del vehículo y lo arrastró unos metros. Tampoco tenía idea de cuánto transcurrió entre ese momento y la explosión del camión de combustible. Oyó el estallido, sintió un calor que le abrasó la piel. Quiso mover su cuerpo hacia la bola de fuego, ir hacia allí con una sola idea: Jazmín. Pero no pudo hacerlo, no pudo levantarse. Y ya no supo qué ocurrió después.

II

Hay algo peor que las pesadillas y son los sueños. Verónica Rosenthal iba en un bote de remos. Estaba sola y disfrutaba de un día de sol en medio de un río. Las costas de ambos lados se veían cercanas y pobladas de árboles. Parecía el Tigre o un lugar similar de vegetación abundante. Se oía el canto de los pájaros y el ruido del agua cada vez que ella remaba. Un ruido suave, de pequeñas olas golpeando contra la madera del bote. Debía de ser primavera porque corría una brisa apacible que le daba de lleno. Podría pasarse horas así sin necesitar nada más de la vida.

La pesadilla comenzó al despertarse, cuando el sueño se diluyó y dejó paso a los recuerdos. Entonces se vio encima de un bote similar, en un lago, acompañada de alguien a quien no quería recordar. Las pesadillas se acaban cuando comienza la realidad, ¿pero qué pasa cuando un sueño hace daño al despertar? Apretó los ojos, intentó alejar los recuerdos, volver a dormirse.

Cuando parecía que lo iba a conseguir sintió que alguien le agarraba el párpado y se lo abría. Primero con cierta delicadeza, después había algo de brusquedad al presionar el párpado abierto con un dedo, como hundiéndoselo. Verónica mantuvo el otro ojo cerrado. Se resistía a ser despertada así. El ojo abierto daba hacia un rostro en primerísimo plano, un par de ojos que revisaban el suyo de la misma manera que haría un oftalmólogo. Eran ojos curiosos.

—Tengo hambre —los ojos habían acercado la boca a su ojo abierto, tal vez confundiéndolo con una oreja.

—Sí —dijo Verónica, pero por el tono dormido le salió algo así como “seehhh”.

—No hay nada para comer —insistió la boca que le hablaba a su ojo.

—En la alacena —era consciente de que debía ser más explícita, pero no tenía muchas palabras cuando se despertaba.

—No quiero cena, quiero desayuno.

Verónica sintió que de atrás le besaban el cuello. Besar era una forma generosa de llamar a esa lengua que la lamía y le hacía cosquillas. Definitivamente, no iba a poder seguir durmiendo.

Se sentó en la cama, bajó a Chicha al suelo y subió a Santino. Le acomodó el pelo despeinado. Su sobrino la miraba serio. La perra se volvió a subir.

—¿Qué querés desayunar?

—Leche chocolatada y oreos.

—Mucho chocolate.

Santino la siguió mirando a los ojos, como esperando un argumento más sólido. Era un chico de pocas palabras y mirada fuerte.

—Bueh, está bien. Ahora la tía te prepara la leche. Andá para el living, ponete los dibujitos que yo ya voy.

Santino se fue y detrás de él partió Chicha, que lo seguía a todas partes, no quedaba claro si lo hacía porque lo había adoptado como su nuevo macho alfa, porque quería jugar o si lo hacía para vigilarlo. Las perras se parecen a sus dueñas, pensó Verónica mientras iba al baño. Estaba acostumbrada a levantarse con resaca, pero despertarse y tener un niño en su departamento le producía una sensación mucho más devastadora que mezclar alcoholes.

La idea de pasar dos días con su sobrino más pequeño le había parecido encantadora, a pesar de que no era habitual que ella se quedara con los hijos de sus hermanas. Tanto Daniela como Leticia tenían dos niños cada una. Verónica nunca se había dedicado mucho a ellos, más allá de llevarlos al cine a ver alguna película de Pixar o al zoológico (dos actividades que a ella le gustaba hacer incluso sin los chicos), pero desde que se había distanciado de su padre se había acercado un poco más a sus hermanas. Además, Santino tenía especial amor por Chicha, la dachshund que Verónica se había traído de su viaje a Tucumán, y eso la enternecía, como la enternecía que cualquiera le dijera que su perrita era la más linda del Universo. Le gustaba que Santino y Chicha jugaran juntos.

—Como primos —decía ella y sus hermanas la miraban con cara de horror porque pensaban que la más chica de las Rosenthal comenzaba a comportarse como una solterona.

Pero no era fácil cuidar a un niño de tres años. Verónica ya estaba agotada y no veía la hora de devolvérselo a Daniela. Desde que había llegado la tarde anterior, Verónica no se había podido separar del pequeño ni un minuto. Ni tiempo para bañarse le dejaba. Había esparcido por todo el living y la habitación los muñequitos que había traído de su casa, le revisaba los cajones, jugaba con sus CD y hasta había intentado poner azúcar dentro de un enchufe con una cuchara de metal (¿qué tiene en la cabeza un chico que hace algo así?). Para colmo no paraba de comer, de beber, de ir al baño y solo parecía tranquilizar su ritmo de cocainómano cuando miraba algún canal infantil. Y ella detestaba los canales infantiles.

Preparó el desayuno que Santino devoró antes de poder servirse un café. Le volvió a pedir que fuera a ver la tele y hasta le prestó una cacerola para que pusiera adentro sus muñecos. Todavía le quedaban por lo menos ocho horas hasta que su hermana viniera por él. Tenía que buscar alguna actividad que pudieran hacer juntos porque si no, esas horas durarían un siglo.

Aprovechó que se había quedado sin galletitas ni jugo para ir con Santino al supermercado. Tenía un Jumbo a pocas cuadras y pensó que, ya que estaba, podía comprar algunas cosas que le hacían falta: kanikama, hamburguesas, arroz yamaní, aunque no pensaba cocinar al mediodía. Llevaría a Santino a un McDonald’s. Con suerte lo tendría media hora dentro del pelotero y otra media hora comiendo y jugando con el muñeco de la Cajita Feliz.

A las dos cuadras su sobrino se había cansado de caminar y quería upa. Ella le explicó que ya era grande y que su tía tenía brazos frágiles como para cargar a un muchachote como él. Que si caminaba le compraba un chocolate en el supermercado. Con la promesa del regalo consiguió que el pequeño avanzara un par de cuadras más y llegaran al súper. No dejó que Santino se pusiera a jugar en las escaleras mecánicas, ni que se subiera al chango por temor a que se cayera y se lastimara.

A esa hora y a esa altura del mes, el Jumbo estaba casi vacío, como suelen estar los supermercados en las películas norteamericanas. La voz aguda de Santino era lo que se oía más fuerte en ese desierto repleto de productos. Su sobrino parecía tener experiencia en súpers porque fue directamente a la góndola de los alfajores y agarró un paquete de Terrabusi Brownie. Verónica lo puso en su carrito y no pudo evitar que Santino se colgara de costado, como un trabajador de los camiones de recolección de la basura. Antes de que su sobrino le llenara el changuito de golosinas fue hacia el sector de delicatessen tratando de que el chico no se cayera bajo las ruedas de su propio carro. Se había acordado de que no le quedaba jengibre y estaba harta de que el delivery de sushi siempre le amarrocara en ese tema. Había también un wasabi que no conocía y un señor de unos cuarenta años —alto, delgado, buen aspecto general— que miraba con ojos de conocedor la góndola de cosas ricas. Santino se soltó del carro y poco faltó para que se fuera sobre las pimientas en todas sus variedades. El señor le dedicó una mirada al niño y después a ella. Volvió los ojos a la góndola, tomó un producto y le preguntó a Verónica.

—¿Tenés idea de qué son los “maquereaux à l’ancienne”?

—Caballa a la manera antigua. Creo que tiene limón y no sé si mostaza. Debe decir en la cajita.

El caballero la miró con una sonrisa, como un profesor que acaba de ponerle una buena nota a la alumna.

—Suena mejor maquereaux que caballa —le dijo, devolviendo la cajita a la góndola—. Prefiero nuestras sardinas.

—Ojo, que esas latitas de arenque son muy buenas. Te las recomiendo. Especialmente la de salsa picante.

Verónica le señaló el estante de más arriba. El caballero tomó un par de conservas de arenque y las puso en su canasto.

—Toda una madre gourmet —dijo.

—No, no es mi hijo —se apuró a decir—. Es mi sobrino.

Era el momento en que Verónica debía acariciar la cabeza de Santino para demostrarle que era una buena tía. Así que buscó con la mirada a su sobrino, pero se había alejado y no estaba en su campo visual. Se dio vuelta inquieta y tampoco lo vio. Dejó el carro y fue hacia el final de la góndola para ver el pasillo. No estaba. Corrió hacia el otro pasillo. Diez metros, pocos segundos para que su cabeza comenzara a sentirse en el fondo de una piscina. No. No lo veía. Giraba abruptamente buscándolo. Gritó Santino, repitió el grito. Vio una mujer que la miraba horrorizada. Debía estar reflejando el horror de su propio rostro. Corrió desesperada hacia la entrada. No veía, no oía, no respiraba, cada vez más hundida en el fondo de una pileta del tamaño del supermercado.

III

Hacía ya más de una hora que se estaban muriendo de frío. El otoño reconocía la derrota y dejaba paso por adelantado al invierno. Viernes 3 AM: no era el mejor día ni la mejor hora para estar en el puerto de Buenos Aires. Soplaba un viento helado que cortaba la cara, aunque el ambiente se estaba poniendo caliente con la espera. Ahí se amontonaban periodistas y fotógrafos de medios gráficos y un canal de televisión al que le habían dado la exclusiva. Todos agazapados como en una fiesta sorpresa a la que no llega nunca el cumpleañero.

Federico odiaba eso. No lo había organizado él, pero estaba obligado a permanecer ahí y atender a la prensa. Eran órdenes superiores. Y como fiscal de la justicia argentina no podía hacerse el tonto.

Por suerte, él no tenía que contestar las entrevistas sino el jefe del operativo, un prefecto responsable de Operaciones Especiales de la Prefectura Naval. Y el prefecto estaba feliz y muy dispuesto a hablar con la prensa del Operativo Jamón Blanco. Iban a desbaratar un envío de cocaína que debía cargarse esa noche en un container. La cocaína estaba escondida en unos falsos jamones crudos, que no eran más que arrollados de merca de máxima pureza.

Así que ahí estaban, detrás de los contenedores que se alineaban frente al Acceso Wilson del puerto de Buenos Aires, periodistas, integrantes de Prefectura, miembros del comando del Grupo Albatros y el representante de la justicia, el fiscal Federico Córdova, prometedor hombre del Poder Judicial al que todos le auguraban un futuro como juez en los próximos años.

Los periodistas bufaban. Tenían frío y tampoco les parecía gran cosa desbaratar un cargamento de droga. Era algo que se hacía con cierta habitualidad y la opinión pública no estaba especialmente interesada en el tema. Así que los medios habían mandado a periodistas del montón, que veían en el encargo de la nota un castigo. Algunos fumaban apoyados en un container de Hamburg Süd, otros trataban de entrar en calor pegando saltitos al lado de un container Maersk. Una periodista aburrida le preguntó a Federico quién era. Después de presentarse, él le devolvió la pregunta, más por gentileza que por interés.

—Soy María Vanini, de Nuestro Tiempo.

—Ah, yo conocía a alguien de esa revista —hizo como si tratara de recordar su nombre—, se llama Verónica Rosenthal.

—Ah, sí —fue la parca respuesta de la periodista.

—¿Sigue trabajando ahí? —insistió Federico.

—Sí, cuando no está con licencia médica aparece por la redacción.

—¿Licencia médica? ¿Está enferma?

María Vanini silbó a la vez que movía de manera circular alrededor de su oreja el dedo índice. Como si el gesto no fuera lo suficientemente explícito, agregó.

—Muy rayada.

—Ah, entiendo.

—Pará, vos no serás algún novio de ella o algo así.

—No, no, nada que ver —la exageración de su parte con esa periodista lo hizo sentirse un idiota.

—Ah, menos mal. Igual no me extrañaría. Tiene o tuvo un novio en cada puerto. Es como los marineros. ¿Hace mucho que no la ves?

—Hace bastante, más de un año —dijo y volvió a putearse por dentro. ¿Qué tenía que contarle a esa mina?

En ese momento vibró su celular. Tenía un mensaje de texto. La periodista miró descaradamente la pantalla de su celular. Sorprendida le dijo:

—Dice “Vero”.

—Es otra Vero. Es mi novia.

María Vanini lo miró con desconfianza.

—Vos no serás el nuevo novio de la Rosenthal, ¿no?

—No, se llama igual, pero no es periodista. Se dedica a las relaciones públicas.

María se preparaba para hacer otra pregunta cuando unos policías llamaron a silencio a los presentes. Estaba acercándose el camión en el que traían la droga. Todos ocuparon su lugar. La indiferencia por la espera se convirtió en tensión. Veinte oficiales y suboficiales de Prefectura y ocho integrantes del Grupo Albatros aguardaban entrar en acción. La luz de un vehículo se acercaba. Se trataba de un camión frigorífico mediano blanco, como los que transportan carne a los negocios minoristas. Venía a poca velocidad, a veinte kilómetros por hora como mucho. Cuando quedó en medio del operativo, se encendieron los reflectores y la policía le dio la voz de alto. Una ballena blanca en un mar de contenedores rodeada de falsos marineros. La camioneta clavó los frenos. La cámara de televisión filmaba todo, los fotógrafos tomaban las primeras imágenes con las que iban a ilustrar los artículos del día siguiente. El chofer era un hombre de unos sesenta años, de bigote, bastante obeso. Su rostro, iluminado por los focos y grabado en todo su detalle por la cámara televisiva, era el de un hombre asustado, lo que era lógico ya que le estaban dando una linda sorpresa. Pero los sorprendidos fueron todos los presentes cuando el chofer soltó su mano derecha del volante y la dirigió hacia el asiento del acompañante. Había tomado una pistola. Se produjo cierto revuelo con algunos periodistas que se escondían detrás de los containers, el jefe del operativo ordenaba al chofer que soltara inmediatamente el arma, el Grupo Albatros que quería entrar en acción apenas lo autorizaran. Pero el conductor de la camioneta no apuntó hacia las fuerzas del orden que lo rodeaban sino que dirigió el cañón de la pistola a su sien. Y disparó.

El cuerpo del conductor se desplomó sobre el volante. Hubo unos segundos de confusión. Los oficiales y Federico se acercaron a la cabina de la camioneta para comprobar si el hombre estaba muerto. La cámara de televisión los siguió. Los periodistas se arremolinaron alrededor con la certeza de que tenían algo más que una nota sobre un operativo antidrogas. Otros agentes del orden se dirigieron a romper la cerradura de la puerta del furgón. Una vez rota la entrada se oyeron puteadas y gritos nerviosos que hicieron que los que estaban observando al conductor muerto fueran hacia la parte trasera del vehículo.

El primero en hacerlo fue el camarógrafo, experimentado a la hora de llegar antes a la noticia. Federico vio cómo el camarógrafo enfocaba el interior e inmediatamente giraba sobre sí y soltaba la cámara. Era la primera vez en su vida que veía vomitar a alguien de ese oficio.

Los suboficiales que habían abierto la puerta también habían quitado la vista del interior del camión frigorífico y solo los curiosos que llegaban se animaban a mirar aprovechando la luz de los reflectores. Fue lo que hizo Federico y pudo ver colgados ya no los jamones que deberían camuflar la cocaína sino cuerpos humanos. No exactamente cuerpos, sino partes: piernas, tórax, brazos, todos en perfecto estado de conservación. Un integrante del Grupo Albatros subió al camión, esquivando los fragmentos de cuerpos, y abrió, con la ayuda de una palanca, una de las dos cajas que había en el furgón. Observó el contenido y sin decir nada se bajó. Federico subió y miró lo que había espantado al último policía. Acomodados como pollos desplumados, los cuerpos desnudos de unos bebés muertos parecían, ilusoriamente, descansar en paz.


Primera parte

Capítulo uno
Vida de esta chica

I

Daniela le acariciaba la frente como si fuera una nena. Un rato antes le había dado unas pastillas que ya habían comenzado a hacerle efecto. Ventajas de tener una hermana médica. Leticia, por su parte, hacía ruido en la cocina: era capaz de romper la Nespresso, abollar la Essen y quitarle el filo a los Tramontina. Verónica dejaba hacer a sus hermanas. Debía ser la primera vez en mucho tiempo que las tres estaban juntas bajo un mismo techo sin niños, ni cuñados, ni padres. Lástima que ella estaba acostada en su cama, medicada y con una culpa que no se le iba. Apareció Leticia con un café en la mano. Típico de su hermana mayor, hacerse un café y no convidar.

—Me acuerdo de cuando en el zoológico Benjamín no tuvo mejor idea que irse para la jaula de los monos mientras nosotros comprábamos unas gaseosas. Hubo que llamarlo por los altoparlantes. Él estaba de lo más contento tirándoles basura a los pobres chimpancés.

—En todo caso —dijo Daniela—, tanto Benja como Santino salieron a la tía Verónica. ¿Te olvidaste de cuando te fuiste de casa y le diste un susto de aquellos a Ramira? ¿Cuántos años tenías? ¿Seis, siete?

—Cinco —aclaró Verónica—. ¿Dónde dejaron a los chicos?

—Con sus padres. Que se curtan esos dos.

II

Le hubiera resultado imposible a Verónica relatar ordenadamente cómo habían sido los hechos. Desde el momento en que no pudo ver a Santino por ninguno de los dos pasillos se desesperó y perdió el control. Gritó, corrió, intentó explicarse a los demás. La gente se movía a su alrededor buscando. Santino finalmente apareció con un Kinder en la mano en las escaleras mecánicas. El Kinder se lo estaba comiendo sin pagarlo pero fue un detalle muy menor. Verónica recordaba que lo primero que hizo cuando vio venir a Santino de la mano de un tipo de seguridad fue correr hacia él y zamarrearlo. Le faltó poco para darle un chirlo en la cara. Santino se puso a llorar y ella también.

Verónica veía todo borroso, pero no eran las lágrimas: le estaba bajando la presión y se iba a desmayar. La sentaron en el piso. Al ver a su tía sentada, Santino lloró más fuerte. La gente del supermercado se ofreció a llamar a algún familiar. Verónica buscó en el celular el número de su hermana y le pasó el teléfono a una de las personas que la asistía porque ella no podía ni hablar. Mucho menos tenía fuerzas para irse sola con el nene a su departamento. Entre la gente que se había juntado alrededor de Verónica y Santino, apareció el caballero al que le gustaba charlar de delicatessen y se ofreció a acompañarlos, pero ella, todavía en estado de shock, le gritó:

—Por tu culpa perdí al chico —frase que escuchada por algún extraño que recién llegara al súper y viera la escena podía colegir que Verónica acababa de perder un embarazo. El caballero prefirió no entrar en polémicas y se retiró discretamente sin haber comprado nada y tal vez pensando que no era conveniente hablar con desconocidas en los supermercados.

Quince minutos después Daniela estaba en el súper y Verónica ya se sentía mejor. Su hermana parecía más preocupada por Verónica que por Santino, que ahora lloraba pero de aburrido y porque quería irse de ahí, después de haber comido el Kinder y un alfajor y haber tomado un jugo Cepita que le trajo alguien. Daniela colocó a su hermana y a su hijo en el auto y antes de subir hizo dos llamados telefónicos. Uno a Leticia y el otro a su marido para que pasara a buscar a Santino por el departamento de Verónica. Y ahí estaban las tres hermanas reunidas.

A pesar de que Verónica comenzaba a sentir que le bajaba todo el cansancio del mundo y que le hacían efecto los calmantes que le había dado Daniela, pudo notar entre sus hermanas ciertas miradas de complicidad. Como si ya hubieran hablado de algún tema y ahora estuvieran por compartirlo con ella.

—Verito —hacía años que sus hermanas ya no la llamaban así, desde que ella tenía diez años más o menos—, con Leticia estamos preocupadas por vos.

—Dani, te pido mil disculpas por lo que pasó con Santino… —no continuó la frase, si seguía se iba a poner a llorar.

—Los pibes siempre se pierden. Deberíamos usar una correa, como hacés vos con Chicha. No. Estamos preocupadas por vos porque desde hace tiempo te vemos mal. Te peleaste con el viejo, Fede no quiere saber nada de vos.

—¿Eso les dijo, que no quiere saber nada conmigo?

—Es obvio. No viene más a las fiestas familiares y lo vemos si lo invitamos a comer a casa solo.

—¿Ustedes invitan a Federico a comer?

—Tenés que cambiar de actitud, Vero —terció Leticia—. Estás en un pozo depresivo, alejada de todos, hasta descuidás tu forma de vestir, andás desgreñada.

—Y vos siempre fuiste muy cuidadosa con la ropa —agregó Daniela.

—Y hay botellas vacías de alcohol en todo el departamento —dijo Leticia.

—¿Estás revisando mi departamento para ver cuánto alcohol tomo? ¿Qué más? ¿Querés saber dónde están los porros y los paquetes de cigarrillos? En la mesa de luz están los forros. Si querés contalos.

—Lo que queremos es que te pongas bien. Deberías comenzar de nuevo terapia, amigarte con papá, juntarte con Federico, que siempre te hizo bien —enumeró Leticia.

—Ay, ¿por qué no se van a la mierda y me dejan tranquila, eh? ¿Yo me meto en la vida de mierda que llevan ustedes, con maridos pelotudos y amistades de country? ¿Les digo algo yo? Mejor váyanse. Quiero dormir.

Leticia y Daniela partieron a los cinco minutos. Verónica se hizo la dormida para que se fueran más pronto, pero enseguida se durmió de verdad.

III

Fue un sueño blanco, sin imágenes. No sabía si había dormido un día entero o solamente un par de horas. Buscó el celular y miró la hora: las tres de la tarde. Ese día debía reincorporarse a la revista y ya estaba llegando una hora tarde. Le envió un mensaje de texto a su editora, Patricia Beltrán, para avisarle que llegaría recién alrededor de las cuatro. Su jefa le contestó escuetamente: “Apurate. Cerramos”. Era martes. Sociedad cerraba diez páginas (dieciséis los miércoles, otras diez los jueves) y ella era la subeditora. Detestaba ese puesto. La mayoría de sus colegas lo había considerado un ascenso, pero Verónica y Patricia sabían que la realidad era muy distinta. Desde que Verónica había hecho una serie de artículos sobre femicidio en el noroeste argentino no había vuelto a escribir nada que valiera la pena. No proponía temas de notas interesantes (y eso que la idea de “interesante” era muy amplia en la revista Nuestro Tiempo), aquellos artículos que le pasaba Patricia los escribía sin ánimo, y si bien era cierto que había algunas notas que podían hacerse de esa manera, otras merecían una energía que Verónica no ponía.

Una tarde, su editora la llevó a tomar un café al bar de la esquina. Le preguntó qué le pasaba. Verónica le respondió:

—Sufro de anorexia profesional.

Patricia la miró sorprendida y le dijo:

—¿De dónde sacaste esa estupidez?

—No le encuentro interés a todo esto.

—Todo esto, como decís vos, es tu oficio, el que elegiste hace ya bastantes años. Ojo, es posible hartarse del trabajo, mirá quién te lo dice, pero siempre una tiene claro que este es el único universo en el que va a sentirse cómoda. Si creés que vas a estar mejor atendiendo una boutique o siendo guardavidas, mejor que renuncies y vayas en busca de tu destino.

—Sabés que lo único que puedo hacer bien, bueh, razonablemente bien, es esto.

—Entonces decidite a volver. No puedo tener a una periodista que parece un potus. El pasante tiene más energía que vos.

—Es joven, ya va a aprender.

—Si querés ser un potus, entonces dedicate a editar. Te voy a proponer como subeditora de Sociedad.

—No sirvo para ser editora.

—Hoy por hoy me servís menos de periodista. Si algún día decidís volver a ...