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NOCHE DE LUNA LARGA

Gloria Casañas

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Fragmento

PRÓLOGO

Diciembre de 1890 en Pine Ridge, junto al arroyo que ya no murmura

Todo había terminado.

Para los cuerpos que yacían retorcidos en la nieve, congeladas sus muecas en agonía, y para su propio corazón, tan helado como aquellos cadáveres.

Entre los despojos caminaban los reporteros, otra clase de buitres, tomando fotografías y anotando en sus libretas los relatos que mentirían lo sucedido en aquel sitio desolado.

¿Quién lo creería, después de todo?

Washington no estaba preparado para escuchar que sus tropas habían asesinado a un centenar de lakota sioux, acusados de danzar invocando a los espíritus redentores, los que les devolverían el búfalo y la dignidad.

El aullido del viento no conseguía amortiguar el lúgubre sonido de la azada cavando en la tierra endurecida la fosa donde aquellos infortunados serían sepultados en informe montón.

David sintió náuseas. Pese a que la venda que rodeaba su cabeza no lograba menguar la sangre que manaba de ella, había querido arrastrarse hasta Wounded Knee otra vez, para que sus ojos, que ya empezaban a nublarse, no olvidaran el horror de lo vivido tres días antes. Una imagen en especial no se apartaba de su embotada mente: una niñita llorando junto a su madre muerta. Él la vio a tiempo de lanzarse del caballo para quitarla de en medio, pero la pequeña se asustó y echó a correr sin rumbo. Después de todo, él era su enemigo. Corría descalza, con sus negros cabellos enredados, arrastrando sobre la escarcha la manta que horas antes compartía con su madre.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Malditos todos.

Le escarnecía el recuerdo del grito triunfal de su propio compañero, que alzó el fusil rememorando la figura del general Custer, el mítico comandante del Séptimo.

—¡Venganza! —había exclamado eufórico y fuera de sí—. ¡Vale por lo ocurrido en Little Big Horne, desgraciados!

A David se le puso la piel de gallina al oírlo. ¿Acaso aquella matanza era comparable a una batalla? ¿Es que el Séptimo de Caballería había perdido el honor, o el juicio?

Se dobló en dos con una arcada que supo disimular tosiendo cuando uno de los reporteros se acercó a él, libreta en mano.

—¿Qué tiene para contar, soldado? —lo acució, anhelando una historia truculenta, no sabía él si para elogiar o criticar los sucesos.

—Nada —respondió con sequedad.

—Pero estuvo en la batalla, ¿no es así? Tiene una herida que lo demuestra. ¿O se la hizo cayendo del caballo?

Las risas de otro colega terminaron de completar el ultraje que se acababa de infligir a la gente lakota, tomando en solfa la muerte de jóvenes y ancianos, mujeres y niños, algunos todavía de pecho. Porque a él no se le escapaba la verdad. Cuando la mayoría huyó hacia la cañada, intentando zafar de la locura, los habían perseguido y ultimado sin piedad. Quizá esa noticia impactara lo suficiente en el New Yorker.

Levantó el rostro para encarar al periodista, pero el hombre ya corría en otra dirección. Había avistado a un sobreviviente indio y quería ...