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ORO Y ESPADAS

Daniel Balmaceda

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Todavía no crearon la máquina del tiempo. Los que la inventen deberán saber que aquí tienen un potencial viajero frecuente que no pararía de sumar millas (o años) en cantidad.

Me encantaría mirar los quince minutos del famoso combate de San Lorenzo desde la torre del convento de San Carlos, pararme en medio de la Plaza el 25 de Mayo, asomarme por la ventana de la Casa Histórica de Tucumán, subirme a una azotea durante la Reconquista y la Defensa, esconderme detrás de una cortina en la entrevista de Guayaquil, observar desde el palomar los dos imponentes ejércitos que se plantaron frente a frente en Caseros… La enumeración sería infinita, aun sin salirme de la historia argentina. Todos los hechos que mencioné pertenecen a una época en la que supongo me hallaría cómodo, a pesar de las distancias temporales. Sin embargo, me da la impresión de que si viajara a la Argentina de los siglos XVI a XVIII, sentiría que estoy en otro planeta.

Una lluvia de flechas cae sobre Solís, Pedro de Mendoza ordena comerse las suelas de los zapatos, se forman harenes en Asunción, dos enemigos se sientan en el mismo estrado para gobernar el Plata, Cabeza de Vaca deambula desnudo por los Estados Unidos, a Garay le parten la cabeza con un palo. Buenos Aires empieza su historia siendo una ciudad mugrienta, maloliente. Con unos pocos ranchos bien precarios, con vecinos que no se bañan casi nunca, con sacerdotes chiflados, con contrabandistas ocupando cargos principales, con gobernadores extravagantes, con un potentado que se pasea vestido de fraile y repartiendo limosnas, con pestes que siembran de muertos sus calles, con invasiones de hormigas y de loros, con corridas de toros frente al Cabildo.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Más allá, en Tucumán, un funcionario presenta sus excrementos como prueba en un juicio. En Luján, los ingleses patean una pelota que termina en el techo del Cabildo. En Irlanda, un fantasma se entromete en la familia de un accidental gobernante porteño. Un virrey renuncia por amor, otro es atacado en la calle por inmoral y otro muere en un accidente de tránsito en Uruguay. Una travesti desembarca en las Malvinas y un gaucho recibe una multa por mal estacionamiento del caballo. En Santiago del Estero, un alférez se muere de bronca, y en Jujuy, un militar se muere de alegría. Un paraguayo decide caminar desde Santa Cruz hasta Buenos Aires. En Río de Janeiro, Beresford se arrepiente de haber ofendido a las porteñas. Dos vecinos cabalgan hacia Colonia, cruzando el cauce del desaparecido Río de la Plata; uno de ellos quiere instalar un criadero de negros. Un obispo se mete en la cárcel y se lleva un preso a su casa. Un grupo de estudiantes toma el principal colegio porteño. En el Cabildo discuten la madurez de los duraznos, la circulación de los vecinos por la puerta del edificio y la declaración de guerra a Dinamarca.

Aquella época —de boqueteros, de promesas de amor cumplidas e incumplidas, de excomuniones para gobernadores y bailarines, de abogados que siembran el terror y de hombres que pagan por gobernar a Buenos Aires— es un manantial de hechos trágicos, curiosos, románticos y desopilantes. Al final del libro se encuentra una nutrida bibliografía. Con las obras de esos magníficos autores pude construir mi máquina del tiempo y conocer ese extraño planeta. Los invito, queridos lectores, a participar de esta travesía que se inicia en noviembre de 1507 y termina pocos minutos antes de mayo de 1810. No se ajusten los cinturones, pónganse cómodos. Allá vamos…

Daniel Balmaceda

LA BÚSQUEDA DEL PASO

Cuatro exploradores reconocidos, mil quinientos codiciosos, dos marinos con imaginación, un aventurero diezmado por la sífilis y un loco de remate se necesitaron para que naciera Buenos Aires.

Todo empezó en la reunión cumbre que organizó el rey Fernando el Católico, el 7 de noviembre de 1507, con los cuatro marinos más experimentados de la Corona:

– Vicente Yáñez Pinzón, quien había comandado la carabela Niña en el primer viaje de Cristóbal Colón.

– Juan de la Cosa, ex espía del rey, comisionado en Lisboa para seguir los movimientos de los portugueses, quienes lo echaron cuando descubrieron que era un agente español.

– El florentino Américo Vespucio, junto con De la Cosa, el mejor cartógrafo de la época. En 1501 y 1502 había recorrido la costa del nuevo continente y tenía información valiosa acerca de Sudamérica.

– Juan Díaz de Solís, el menos capacitado de los cuatro, pero conocedor de varios secretos de los portugueses, ya que sirvió en la corte de Lisboa. Los lusitanos reclamaban la extradición de Solís para juzgarlo por traidor.

En aquella cumbre, el rey Fernando les dio la misión de encontrar un paso que les permitiera atravesar la tierra que había descubierto don Cristóbal, con el fin de llegar a las Indias Orientales.

Suele decirse que Colón estaba muy equivocado porque creyó que había llegado a las Indias. Sin embargo, el Almirante, uno de los marinos más capacitados de todos los tiempos, siempre habló de las Indias; claro, pero de las Occidentales.

Sabía distinguir las Indias Occidentales (América) de las Orientales (Asia). Lo que no sabía él ni nadie era de qué manera estaban conectadas ambas. Podía ser un mar, podía ser una porción de tierra o una cadena de montañas. Colón ya había muerto cuando Fernando organizó el cónclave de expertos. Si no, él hubiera sido el invitado número uno.

La cumbre no dio los resultados esperados. Vespucio murió en 1512 sin haber aportado más que dinero a algunas nuevas expediciones. De la Cosa buscó el paso por la zona de la actual Colombia y lo mataron los nativos en 1510. Yáñez Pinzón y Solís viajaron juntos, recorrieron Honduras y regresaron, fracasados, a Sevilla.

Mientras España buscaba el paso por la región central de América, Portugal lo intentaba más abajo. En 1514 dos pilotos empleados por la Corona lusitana, el contrabandista Cristóbal de Haro y Nuño Manuel, partieron desde las costas de Brasil hacia el sur, en travesía de espionaje, e ingresaron en el estrecho paso. Las tempestades los obligaron a retroceder y ese percance los privó de la gloria de que aquel estrecho —que cruzaría de punta a punta Hernando de Magallanes en 1520— hubiera sido conocido para siempre como estrecho de Haro o estrecho de Nuño. Pero, ¿quién financiaría aquel famoso viaje de Magallanes? Cristóbal de Haro, que sabía adónde ponía su plata.

Al regresar bordeando la costa, Haro y Nuño Manuel divisaron un inmenso río (el actual Río de la Plata) que se internaba en el continente. Ya lo había visto Américo Vespucio —por quien América se llama como se llama— en 1502, y desde aquel viaje apareció en mapas con el nombre de río Jordán. Pero allá por 1502 había tanto para descubrir, que no se le dio mayor trascendencia al asunto: tenían la expectativa de encontrar un espacio amplio, como el cabo de Buena Esperanza sudafricano. De todas maneras, para los pilotos Haro y Nuño el estuario del Plata era lo más interesante que habían encontrado en su fallida travesía.

De vuelta en Europa, los desafortunados marinos se enteraron de que un colega, Vasco Núñez de Balboa, cruzando el istmo de Panamá había descubierto nada menos que un mar. Es decir, entre las Indias Occidentales y las Orientales no había una porción de tierra o una cadena de montañas: ¡había un mar inmenso!

Claro, era el océano Pacífico. De inmediato, Haro y Nuño recordaron aquella importante entrada fluvial al continente y sugirieron que debía ser un paso a las aguas del Pacífico. La novedad era de gran interés, porque desde el hallazgo de Balboa el gran misterio era si había alguna forma de unir el Atlántico con el nuevo mar. Comenzaba la carrera contra el tiempo. Y contra los vecinos.

SOLÍS Y LOS HAMBRIENTOS GUARANÍES DEL MAR DULCE

Los reinos de Portugal y España se lanzaron a buscar el supuesto corredor al Pacífico. En el caso de los españoles, la tarea fue encomendada a Solís, cuya cabeza seguía siendo reclamada por la corte de Portugal. El piloto, único sobreviviente de la cumbre de 1507, llegó a la desembocadura del Plata en septiembre de 1516 y bajó con un grupo de marineros en la costa uruguaya, sin advertir que era observado por un importante número de antropófagos guaraníes a quienes se les hacía agua la boca.

Unos cuantos flechazos a distancia impactaron en las presas y ese mismo día, a la vista de los que estaban en los barcos (entre ellos el hermano de don Juan Díaz), los cocinaron y se los comieron. Los textos de historia acusaron a los charrúas del homicidio, sin detenerse a pensar que ellos no eran antropófagos.

Perplejos y abrumados, los marineros que se habían salvado de la matanza por no haber desembarcado iniciaron el regreso a España, pero aún los aguardaba una nueva fatalidad que daría un giro violento en sus destinos: uno de los tres navíos encalló en las costas brasileñas y allí quedó la tripulación varios meses esperando ser rescatada. Durante ese largo tiempo, se encontraron con marinos de otras expediciones que vagaban por el continente. Porque América estaba plagada de españoles y portugueses errantes. Ellos les transmitieron la noticia, recogida en sus intercambios con nativos más pacíficos y con gustos culinarios más civilizados que los de los guaraníes uruguayos: remontando aquel río que había sido la perdición de Solís se llegaba a una tierra en donde abundaban los metales, sobre todo la plata.

Esas aguas, que Solís apenas tuvo tiempo de bautizar Mar Dulce, pasaron a ser designadas con el quimérico y codicioso nombre de Río de la Plata.

Los expedicionarios que regresaron a Europa dieron cuenta de lo ocurrido e informaron sobre el camino a la riqueza. Recordemos que en aquel tiempo eran fundamentales los hallazgos, pero tanto o más importante era regresar para dar cuenta del descubrimiento (que no es otra cosa que descubrir, quitar el velo que cubre). Por eso se dice que Colón no descubrió América por haberla pisado, sino porque volvió y lo reveló, quitando el velo que cubría el conocimiento de estas tierras.

De la misma manera, el resto de la flota que había comandado el pobre Solís volvió a Europa, luego de varios años, con la noticia que todos querían escuchar: ¡riquezas!

Una vez más, se armaron importantes expediciones y es allí donde surgió don Pedro de Mendoza y Luján, a quien el rey de España encomendó remontar ese río promisorio y fundar tres ciudades, lo más cerca posible de las supuestas minas soñadas.

EN MANOS DE UN LOCO

Don Pedro de Mendoza tenía un dinero y lo apostó en esta cruzada que prometía importantes ganancias. En mayo de 1534, el destino de Mendoza quedó sellado debido a dos sucesos: el rey le otorgó la capitulación y se contagió la sífilis. Pasaban los meses. Cada vez tenía menos fuerza para moverse, pero las ansias conquistadoras aumentaban, a pesar de la fiebre y las recaídas.

Por suerte para Mendoza, armar la flota fue lo más fácil del mundo: bastó que alzara un dedo preguntando quién quería hacer la travesía para que se colmara de voluntarios. A tal punto, que para incorporarse a la expedición era imprescindible tener algún “contacto”.

Tantos pretendían viajar, que hizo falta contratar un nuevo barco, ya que las bodegas de los navíos estaban atiborradas de pasajeros soñadores y era necesario contar con una nave para llevar los víveres y las municiones. La solución quedó en manos de un oficial tan desconocido como importante para la historia de la futura Buenos Aires: Alonso Cabrera.

Cabrera contrató la nao Santiago (suele decirse que Colón vino en tres carabelas, pero eran dos carabelas y una nao, la Santa María, donde viajaban —además de don Cristóbal, un escribano y hasta un políglota— las provisiones) y allí fueron a parar las nueces, la carne salada, los garbanzos, las pipas de harina, los bizcochos, el vino blanco y los arcabuces. Además de doce caballos, una burra y seis perros.

El equipamiento no se logró de un día para el otro, y la flota retrasaba su partida, sobre todo por la falta de ejecución de Pedro de Mendoza, que cada vez pasaba más tiempo en la cama maldiciendo el día que se contagió “la enfermedad de Venus” o “sarna egipciaca”.

Los reyes españoles, apremiados por los preparativos que hacían los portugueses con el mismo objetivo, intimaron a don Pedro a que levara anclas de una vez por todas y así fue como inició la travesía a las apuradas, dejando a Alonso Cabrera la tarea de llenar el nuevo barco con todo lo necesario y alcanzarlo en las islas Canarias.

Ahí nomás empezaron los problemas. Cabrera se tomó su tiempo y llegó a las Canarias con veinte días de retraso.

Por supuesto que Mendoza ya se había ido hacia el lejano oeste, pero le dejó encomendado que ni se detuviera y siguiera la ruta de sus barcos.

No imaginaba don Pedro que había puesto las provisiones en manos de un hombre que empezaba a mostrar signos de locura. Caprichoso, Cabrera se quedó un mes en las Canarias, sin demostrar ningún apuro por alcanzar a los expedicionarios que venían a internarse en la ruta de la plata. Un día, por fin se le antojó seguir el camino y tomó rumbo a Cabo Verde, donde ordenó robar dos docenas de vacas. Mejor dicho, las compró, pero levó anclas no bien fueron embarcadas, mientras en la orilla gritaban que se las pagaran. De allí se dirigió a las costas del Brasil, desde donde bajaría al Río de la Plata para encontrarse con el adelantado Mendoza. Pero cometió el error de almacenar el agua en barriles defectuosos, lo cual pronto fue el principal problema. En la nao Santiago se morían de sed. Pero se morían en serio: durante la travesía se perdieron nueve hombres, una mujer y nueve caballos. Más un par de marinos que, desesperados de sed, se tomaron fulminantes raciones de vino puro, cuya graduación alcohólica era muy superior a las de nuestro tiempo.

La vida a bordo de la Santiago fue un suplicio por las medidas disparatadas de Cabrera, quien además se paseaba por la proa del barco exhibiendo un puñal, en actitud amenazante.

Mientras la gente se le moría a Cabrera, Mendoza navegaba mirando hacia atrás, esperando que por fin apareciera el velamen de la Santiago. Al pisar la costa brasileña, el estado demencial de Cabrera salió a flote: ordenó encallar el barco y destruirlo, con el objetivo de dejar a todos en esa tierra. No había ninguna otra razón, salvo que se le dio la gana. Ante la protesta general, revió la medida, pero puso proa a Santo Domingo (en la actual República Dominicana), sin importarle en lo más mínimo qué estaría pasando con los mil quinientos hombres que debía alcanzar para alimentar y proveer de armamentos.

Mendoza y los hombres, por su parte, debían aguardar el barco despensa y ése fue el motivo por el cual don Pedro decidió instalarse en la desembocadura del Río de la Plata hasta que apareciera Cabrera. Tenía orden de fundar tres ciudades, pero más al norte, más cerca de las minas de oro y plata.

Lo que llamamos “Primera fundación de Buenos Aires” fue apenas un asentamiento donde, desde luego, no se cumplieron las formalidades establecidas para el nacimiento de una ciudad. Por ejemplo, no se escribió un acta de fundación y tampoco se instaló un cabildo, como siempre se hacía cuando se creaba un poblado permanente.

Si el loco Alonso Cabrera hubiera alcanzado a la flota como estaba estipulado, don Pedro de Mendoza habría pasado de largo por esas barrancas que terminarían convirtiéndose en la ciudad más importante de la Argentina.

LA CANARIA DE LA DISCORDIA: INTERNAS Y ROMANCES EN ALTA MAR

Para Pedro de Mendoza, toda la travesía desde España hasta el Río de la Plata fue un martirio. El problema inicial fue por culpa de una canaria. Uno de sus oficiales, Montoya, durante la estadía en la isla Gran Canaria (donde aguardaban la llegada de Alonso Cabrera) se enamoró de una señorita y no tuvo mejor idea que introducirla en el barco el día que se anunció la partida de la flota. Ella se dejó llevar, dispuesta a seguirlo en las aventuras transoceánicas. Pero el mal tiempo les jugó una mala pasada y, poco después de levar anclas, las naves debieron regresar a la isla.

En la costa aguardaban los padres de la joven rebelde con las autoridades del lugar, y el oficial Montoya fue a parar a la cárcel. De todas maneras, el hombre decidió quedarse a vivir en las islas Canarias, abandonando todos sus sueños de oro, a cambio de los favores de su novia. La historia tuvo un final romántico para la parejita, pero a don Pedro de Mendoza le provocó la división de su gente, ya que se formaron dos bandos: los que defendían la conducta del oficial enamorado y los que la censuraban.

Esta división se mantuvo incluso en Buenos Aires, y tuvo consecuencias gravísimas que, como veremos, hasta causaron la ejecución de Juan de Osorio, uno de los principales oficiales de Mendoza.

Con una feroz interna entre su gente, Mendoza llegó a las costas de Río de Janeiro y desde su lecho (ya le resultaba imposible mantenerse en pie) escuchó las quejas de sus oficiales. Entre ellas, las de Juan de Ayolas. Este hombre le aseguró que Osorio, jefe de los arcabuceros, quería tomar el poder aprovechando el mal estado de salud de Mendoza. Es verdad que Juan de Osorio, que tenía veinticinco años, hablaba de más; pero es improbable que tuviera verdaderas intenciones de provocar un motín. Por las dudas, Mendoza ordenó que lo ejecutaran como se ejecuta a los traidores. Según instruía el fallo del adelantado, “do quiera y en cualquier parte que sea tomado el dicho Juan Osorio mi maestre de campo, sea muerto a puñaladas o estocadas o en cualquier otra manera que lo pudiera ser, las cuales le sean dadas hasta que el alma le salga de las carnes; al qual declaro por traydor y amotinador”.

El 3 de diciembre de 1535, Mendoza fue transportado desde su choza hasta la playa en una silla, por su imposibilidad de caminar. Una imponente guardia lo rodeaba. Fue un suceso porque el adelantado había permanecido postrado desde el arribo. El sitio se llenó de curiosos que deseaban conocer el rostro de su comandante o espiar cómo se encontraba su salud. Entre ellos, Osorio. Advertido de que el oficial parlanchín estaba entre la multitud, don Pedro ordenó que se acercara. Cuando Osorio se arrodilló para saludar a su moribundo jefe, lo tomaron entre cuatro soldados —Ayolas, Pedro Luján, Juan de Salazar y Galaz de Medrano—, lo arrastraron hasta la choza de Mendoza y allí recibió la furiosa descarga de los puñales en la espalda.

Tiraron el cuerpo a corta distancia del campamento (ya que, según explican los documentos, “no se merecía ser enterrado”), con un cartel que advertía: “A este mandó matar don Pedro de Mendoza por traidor y amotinador”. Los nativos sintieron compasión por ese hombre con el que habían tenido buen trato y le cavaron una tumba al pie de una palmera, en la playa carioca.

Nueve días después de las cuchilladas, Mendoza recibió un informe sobre la conducta de Osorio. Desde luego, hasta los amigos hablaron pestes del infortunado oficial, ya que comprendían que se jugaban la vida en las declaraciones.

Nueve días después de las cuchilladas, con el informe en la mano y el cuerpo de Osorio en avanzado estado de descomposición, don Pedro de Mendoza ¡confirmó la sentencia!

Muchos de los males que azotarían a la expedición del adelantado en el futuro serían considerados por los supersticiosos marineros como un castigo divino por la injusta ejecución de Osorio.

Sin señales de Alonso Cabrera, el afiebrado Mendoza compró provisiones y caballos en la costa brasileña. Luego partió hacia la desembocadura del Plata y optó por aguardarlo en estas tierras inhóspitas. Designó a seis peritos —exploradores del terreno que analizaban cuál era el punto estratégico donde debían desembarcar y también dónde convenía instalar el fortín— y los envió a cumplir su misión. De este lado del río no había nativos espiando con apetito a la expedición, pero sí yaguaretés que se hicieron un festín con los seis peritos.

Mendoza entendió que, en vez de peritos, lo que había que desembarcar era una pequeña fuerza capaz de enfrentar a los felinos. Así lo hizo y se constituyó el primer contingente de europeos que sobrevivió a un desembarco en tierra firme del Plata. Fue en febrero de 1536.

CUANDO HAY HAMBRE Y NI HAY PAN DURO

Encerrado con mil achaques en su choza —que, para ser choza, estaba colmada de lujo—, don Pedro esperaba las provisiones que a esa altura estaban a punto de irse a pique en Brasil por orden del loco Cabrera. Desde su cama —un majestuoso mueble con barrotes custodiado por un crucifijo triple (Jesús flanqueado por los dos ladrones ajusticiados el Viernes Santo)— y acompañado de su criada María Dávila, tan enferma como él, organizaba como podía el campamento.

El 2 de abril de 1536 se realizó la primera operación comercial del Río de la Plata: se subastó el caballo del infortunado Osorio. La intención era transformar en dinero todas las pertenencias del ajusticiado, en favor de sus deudos.

Jerónimo de Baena ofreció cien ducados y obtuvo el ejemplar. Como no poseía dinero, entregó una cadenita de oro de un valor equivalente. Sin embargo, aun antes de probar su flamante corcel, se arrepintió y pidió que le devolvieran la cadenita. Nadie se opuso y cuatro días más tarde, el caballo que Baena no quiso pagar cien ducados volvió a subastarse. Lo compró Francisco de Paredes en dos mil ducados. Mientras Paredes se paseaba orgulloso con su castaño por la aldea, Baena andaba de a pie —eso sí, con su cadenita—, maldiciendo no haberse dado cuenta de que mejor hubiera sido quedarse con el caballo de Osorio, para después revenderlo.

Mendoza tenía otras inquietudes. Preguntaba a todos si divisaban a Cabrera, se retorcía de dolor y mandaba buscar nativos que proveyeran alimentos. Nacía el delivery en nuestros pagos de la mano de los querandíes, una tribu nómada que por ese tiempo se hallaba en la costa del Plata, aunque su residencia habitual era Santa Fe.

Los aborígenes les llevaban alimentos a los españoles, en un indudable gesto de hospitalidad. Pero parece que los conquistadores no se sentían bien atendidos y no encontraron una manera delicada de manifestarlo. El resultado fue que a las dos semanas de recibir pescado y maíz en la puerta del fortín, perdieron el beneficio debido a la furia de los nativos. El hambre no se hizo esperar.

El adelantado destacó a Bartolomé García para que le llevara comida. Durante algunos días, él y su criada comieron perdices. También envió a Juan Pabón y otros dos hombres en misión diplomática a negociar con los indios la reinstalación del servicio, pero los nativos los llenaron de flechas y tuvieron que regresar al galope, heridos y derrotados.

Pasaron tres semanas sin comida y Mendoza lanzó una nueva comisión, pero esta vez a cazar cuises, pumas, yaguaretés, ratas, ratones, gatos, víboras o lo que fuera; porque cuando hay hambre, no hay pan duro. No se tuvo en cuenta que los pumas y los yaguaretés aplicaban la misma filosofía alimentaria y se devoraron a los cazadores.

Tampoco era necesario que los pumas cazaran a sus víctimas afuera de la aldea. Porque el cerco de barro que protegía a los pobres conquistadores medía dos metros y medio de alto por ochenta y cinco centímetros de ancho, y además se desarmaba con las lluvias y el rocío. Un caballo fue el banquete de los saltarines felinos. Es de esperar que no haya sido el castaño que costó dos mil ducados.

Hubo escenas lamentables debido a la hambruna.

Como ocurrió con Ana de Arrieta, quien por la cabeza de un pescado entregó su cuerpo a un marino.

Mendoza organizó una importante expedición rumbo al oeste con el único fin de obtener comida. Partieron trescientos hombres a pie y treinta a caballo que, al alcanzar un caudaloso río, se enfrentaron con aquellos a quienes debían solicitar ayuda: los querandíes. Estos nativos —que cuando tenían sed y no contaban con agua, mataban animales y se bebían su sangre— no se caracterizaban por su paciencia: con flechas y bolas de piedra atadas con tientos, respondieron al ataque de los españoles. Aquel 15 de junio de 1536 los conquistadores conocieron el rigor de las boleadoras y sufrieron una avasallante derrota. Entre los treinta y ocho que perdieron la vida en procura de alimentos estaban don Diego de Mendoza —hermano mayor del adelantado— y un sobrino de ellos, el capitán Pedro Luján, quien murió desangrado a orillas de un río que terminaría llevando su nombre. Luján había sido uno de los que acuchillaron a Osorio.

Mientras seguían aguardando la aparición salvadora de Cabrera, los habitantes del puerto de Santa María de los Buenos Aires ya no sabían cómo alimentarse.

Mendoza, entonces, tuvo una idea culinaria acorde con el momento y ordenó que se mojaran los cinturones y las suelas de los zapatos para que, una vez masticables, se los comieran. Como nunca, una orden de don Pedro tendría el más alto acatamiento. Hasta que los cinturones y las suelas se acabaron.

Tres soldados apostaron su vida en una acción que los salvara del hambre. Durante la noche, mataron uno de los pocos caballos que quedaban y se dieron un banquete aliviador. Gravísimo error: los caballos eran tan sagrados como las vacas en la India, ya que se necesitaban para cazar, pelear o trasladarse.

Por la mañana se llevó a cabo la primera pesquisa de nuestra historia para dar con los bandidos. Es de suponer que con sólo observar sus semblantes fueron descubiertos. Confesaron y Mendoza ordenó colgarlos. Sus cuerpos aún se hallaban suspendidos de las improvisadas horcas durante la noche, cuando el hermano de uno de ellos —Diego González Baytos— se acercó al cadáver de su pariente y le cortó parte del muslo para saciar su desesp ...