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PYONGYANG

Hernán Vanoli

0


Fragmento

1

Cuando el timbre suena por primera vez, L mantiene una conversación telefónica con una empleada del call center contratado por sus proveedores de internet. Habla con una chica de tonada latina, un español neutro que la hace pensar en dibujos animados. Como L rescindió el servicio por su inminente mudanza, la telefonista pretende que vaya a entregar su módem en una sucursal de la compañía. La chica explica que su módem se encuentra en comodato, y que si L no lo devuelve deberá enfrentar sanciones. Vuelve a sonar el timbre. L quiere saber a qué tipo de sanciones se refiere, dado que ya dio de baja el servicio. Como respuesta, la telefonista le pide que aguarde. Se escucha una precaria música robótica.

El timbre suena por tercera vez y L siente que el oso Kermode se materializará en cualquier momento. Ha descubierto que, a lo largo de su vida adulta, o semiadulta, los osos se han hecho presentes en situaciones de tensión psicológica o de vulnerabilidad. Casi siempre pretenden robar algo. Con respecto al timbre, L no recuerda esperar a nadie. Piensa que un pastor evangelista transpira frente al tablero de metal lustroso de su edificio, una biblia forrada en cuero sostenida bajo su axila. Sin ánimo para atender, aguarda que la chica del call center vuelva a hablarle. Googlea información sobre Mel Gibson, la noche anterior tuvo un extraño sueño con la película El patriota, un sueño que, sospecha, arrojó claves sobre su futuro. Sabe que jamás devolverá ese módem, y siente el impulso de arrancarlo de la pequeña mesa donde está y arrojarlo por la ventana de su departamento, ubicado en un sexto piso. Quizás, al caer, el módem dé contra la cabeza del pastor evangélico. Intenta vislumbrar la secuencia con intensidad. Casi puede escuchar el sonido de la carcasa plástica al estrellarse contra la cabeza del pastor. Pronto L se dispersa y observa la colección de seis platos de cerámica amarillos, violetas y verdes, dos de cada color, apilados encima de una hoja de diario abierta sobre la mesada de mármol de su cocina. Esos platos son parte del botín de L luego de su separación de F.

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Cinco años de noviazgo, cuatro de convivencia. Nueve años juntos, en total. L y F se habían conocido en una escuela de cine y, aún después de la ruptura, L considera que la rigurosidad en los rituales del romanticismo siempre había sido el punto fuerte de la pareja. A pesar del balance, a L le resulta muy difícil recordar algo en la personalidad de F que le produzca añoranza. L cree recordar cada vez que se besaron bajo la lluvia, los regalos hechos y los regalos recibidos en cada aniversario, los KitKats sorpresa escondidos en cajones llenos de ropa interior, el consolidado aroma de las fresias. Pero no extraña nada. En sus recuerdos, F es casi un holograma. Con el metálico sabor de la melancolía, L considera tender una trampa a la chica de tonada latina apenas la música de videojuego se interrumpa. Conoce diversas maneras de aterrorizar a aquellos empleados que trabajan en call centers. L sabe que puede pedir que la comuniquen con su supervisor, que puede reclamar su número de legajo, que puede hacerle una sutil y efectiva treta para que la chica de español neutro le realice una pregunta inapropiada. Detectó ya dos errores de protocolo durante la conversación. Pero el timbre suena por cuarta vez y, de pronto, L recuerda que su hermano iba a enviar gente para que se llevase la heladera desenchufada que tiene a sus espaldas.

2

Desde el momento en que recibió la noticia de la internación de su madre, hace menos de diez meses, los osos negros que frecuentaban a L se convirtieron en osos Kermode. El primero de los osos negros la había visitado a los diez años, cuando L dejó la ciudad de Montevideo para mudarse a Buenos Aires. Aunque tendría una habitación para ella sola y ya no debería compartir el baño gracias a un juicio sucesorio que su madre había ganado tras la muerte de su primer marido —el padre del hermano de L—, la idea de vivir en Buenos Aires la aterraba. Se trataba de una ciudad cuyos olores, peligros y sonidos desconocía. En Uruguay, la madre de una compañera del colegio le había dicho que tuviese cuidado con los porteños. Pero no le había dicho nada sobre los osos. L vio a su primer oso negro durante la segunda noche que durmió en el chalet de tejas verdes del barrio de Coghlan que sería su nuevo hogar. El oso la observaba de abajo de un escritorio que L se había obstinado en traer desde Montevideo, lleno de stickers de Frutillita y de Rainbow Brite. Luego del terror, L consiguió girar sobre su cuerpo, la mirada contra la pared. Al quedarse dormida comprendió que, por debajo de su respiración torva, ese oso se esforzaba en protegerla.

L sintoniza el porterovisor en la pantalla plana ubicada sobre el aparador metálico de su cocina. Dos hombres, uno con una gorra visera y otro con una camisa leñadora. El primero se apoya en una zorra plegable con mangos cubiertos de neoprene y aguarda inclinado hacia la cámara. El de camisa tiene los brazos en jarra, los dedos enganchados entre un cinturón de soga y la tela del pantalón de jean. L acerca el teléfono blanco con marcas de suciedad a su oreja. Confirma que la música de espera continúa, y corta la comunicación luego de murmurar un insulto que la chica de español neutro jamás escuchará.

La heladera que esos hombres vienen a buscar había sido un préstamo de su hermano después de que la anterior se hubiera prendido fuego. Había sido culpa de F. Hace alrededor de dos años, en una época en que ambos estaban abandonando su obsesión por la comida macrobiótica, F había guardado una torta con cuatro velas encendidas dentro de la antigua heladera. Luego del incendio, sofocado por el encargado del edificio, el hermano de L les había prestado esa otra heladera. Hace apenas dos semanas, cuando se enteró de que —consumada su separación y en una suerte de regreso al útero materno— L se mudaría al chalet de Coghlan donde ambos habían pasado gran parte de sus vidas, el hermano de L quiso recuperar la heladera para uno de los departamentos que administraba para una inmobiliaria especializada en alquileres temporarios. L, por su parte, se quedaría en el chalet de tejas verdes hasta que fuese vendido y el producto de la venta dividido con su hermano, que decía iba a comprarse un terreno en la costa uruguaya, cerca de La Pedrera.

L pulsa el botón del porterovisor y avisa a los dos hombres que pueden pasar. En ese momento, un oso Kermode de baja edad, masculino, ingresa al pasillo que da a la puerta de entrada y se sienta en el piso flotante, a la espera de las visitas. Parece que este oso Kermode sonríe, pero podría tratarse de una proyección antropomórfica, piensa L. Pronto los hombres suben y piden permiso luego de haber traspasado el umbral de la puerta. El hombre de gorra visera usa un pesado reloj con malla de metal que interesa especialmente al oso Kermode, que empieza a olfatearle la muñeca. El de camisa trae una cinta métrica de bordes amarillos dentro del bolsillo delantero de su camisa, un objeto antiguo y hermoso. Y a ese bolsillo se dirige el oso Kermode adolescente apenas ambos hombres ingresan a la cocina. Con movimientos precisos y una serie de balbuceos y de señas, los hombres colocan la heladera en la zorra. La retiran del ambiente con facilidad.

Antes de que se vayan L ofrece facturas a los hombres del flete. Las conserva desde hace varios días, cuando su amiga Z fue a visitarla para conversar sobre la separación. Sin embargo, tras media hora de charla Z sacó un cigarrillo de marihuana y por fortuna hablaron de otras cosas, entre ellas de un posible viaje a Colombia. L necesitaba eso. Poner la mente en otra parte, por ejemplo en una playa colombiana, excursiones en bote. Siempre había sentido que los osos que la frecuentaban eran osos de ciudad e indefectiblemente morirían en caso de visitar una playa. Los hombres aceptan las facturas y L completa su oferta con un vaso de agua, que los hombres también aceptan.

Los hombres terminan de masticar sus facturas y L insiste para que se lleven lo que queda. Tras algunos titubeos, los hombres guardan el paquete con las facturas restantes en el freezer de la heladera. Entonces el oso Kermode se abalanza sobre ellos. Primero un zarpazo al cuello del hombre de gorra visera. L sabe que el oso Kermode mata de esa manera, que la técnica homicida del oso Kermode es aplicar zarpazos con sus pesadas garras sobre los trémulos cuellos de los hombres perdidos. L también sabe que el oso Kermode —su nombre científico es Ursus americanus kermodei— puede trepar árboles y cavar impresionantes túneles en la tierra fresca, escondites donde, en caso de tratarse de especímenes de montaña, los osos Kermode guardan reservas de salmones o de hombres muertos para los malos tiempos. Erguido en su metro ochenta de estatura, el oso Kermode ha rebanado ya la arteria aorta del hombre de gorra visera. L imagina que, en otra vida, o incluso quizás en esta vida, el hombre de visera ha sido un intrépido cazador, y que muere en su ley. Luego el oso Kermode desciende a sus cuatro patas y gruñe. Con inesperada velocidad, se abalanza sobre el hombre de camisa leñadora y descarga un tarascón sobre su nariz. El oso Kermode también arranca el pesado reloj de metal del hombre de visera y con un movimiento rápido de su cuello lo arroja por la ventana de la cocina, que da al pulmón de manzana. Luego, el oso Kermode olisquea sin demasiado interés la sangre que se expande sobre el piso de cerámica.

Espesas manchas de una sangre pegajosa y apelmazada cuelgan del pelaje blanco con zonas color beige del oso Kermode, una capa de grueso pelo que se dora hacia la columna vertebral, donde el oso Kermode tiene un largo desfiladero de pelo apenas cobrizo que le recorre el lomo, una cordillera de calor. El oso Kermode abre el pecho del hombre de visera como si se tratase de un pavo a rellenar. Empieza a revolver sus órganos, que tienen el brillo plastificado y baboso de los ojos de los cientos de salmones que el oso Kermode pescaría si viviera en la naturaleza salvaje. En realidad no tiene hambre, piensa L. El oso Kermode está buscando algo.

Los hombres depositan los ya vacíos vasos de agua en la pileta de la cocina y L sonríe en agradecimiento. Antes de que se vayan pide un segundo y se acerca a la heladera. L supone haber adivinado qué es aquello que el oso Kermode buscaba entre las vísceras del hombre. Abre la puerta de la heladera de su hermano, y del compartimiento de las verduras saca la urna en la que se conservan las cenizas de su madre. Hace mucho tiempo, incluso antes del cáncer, su madre le había pedido que arrojase sus restos al río Sena. Pero llegado el momento L no había tenido fuerzas, ni dinero, y además se estaba separando. Había planeado que las cenizas llegasen a su hermano dentro de la heladera. Pero ahora L tiene una idea mejor.

3

La camioneta color verde botella se detiene en la esquina de Avenida Córdoba y Rodríguez Peña, a media cuadra del departamento donde L todavía vive. Antes de subir al vehículo, L levanta la vista para observar la interminable madeja de cables negros que atraviesan el cielo extrañamente límpido de la ciudad. Sugestionada por los cables, dedica un último pensamiento a la empresa que le había provisto servicios de internet durante su período junto a F. L se acerca a la ventanilla del conductor y se presenta. Hace casi un año que participa del servicio de carpooling de una empresa fundada por el primo de un ex compañero de trabajo junto con un grupo de sindicalistas. El costo del combustible se comparte a través de la tarjeta de crédito y el servicio de la aplicación es retribuido en forma de una donación obligatoria a Médicos Sin Fronteras.

El conductor debe tener alrededor de cuarenta años. De su rostro redondo se descuelga una barba rojiza que L asocia a arbustos salvajes que crecen en la arena. A ambos lados de una nariz mínima se suspenden dos ojos verdes y vivaces. Uno de ellos muestra un ligero desvío hacia afuera; el otro contiene un breve derrame que parece un horizonte interrumpido. L se pregunta si el conductor estará drogado, o algo. Su sonrisa sorpresivamente cristalina parece desgastada por cierta irregularidad en las encías. Pulsa el botón que activa las balizas de su camioneta y cruza el brazo derecho para asir la trémula mano de L. Encima de la guantera, junto a un GPS apagado, L percibe una caja de cartón amarillento, una caja de huevos. Mientras se acomoda en el asiento trasero, L aprieta contra su cuerpo un bolso con dibujos de cucuruchos de helado, dentro del cual guarda la urna con las cenizas de su madre. La camioneta arranca y L se pregunta qué hará el oso Kermode en el departamento. Lo imagina recostado en la bañadera, soñando salmones de esponja que llueven desde las nubes de humedad del cielorraso.

Pegada en una de las ventanillas laterales, L puede ver una calcomanía de la empresa de carpooling a través de la cual combinó su viaje. L autoriza el pago de la tarifa acordada con conductor por medio de su teléfono y hace un comentario sobre la profundidad celeste del cielo. El pelirrojo responde y L espera durante un respetuoso minuto antes de, al fin, concentrarse otra vez en su aparato. Se pone a buscar el nombre del conductor, lo había olvidado. H. El tipo se llama H. L aprovecha el tránsito de Avenida Córdoba para revisar los últimos viajes de F en el carpooling, que se encuentran señalados en su perfil común. Nota que los últimos tres viajes de F fueron hacia el barrio de Palermo, y prefiere no preguntarse con qué objetivo F realizó esos viajes, uno de ellos a las once y media de la noche. L siente paranoia. Prefiere imaginar a F en su escritorio de trabajo, una oficina en el piso noveno del República, un enorme edificio corporativo cerca del puerto de aliscafos de la Ciudad de Buenos Aires. Recuerda todas las veces que F prometió renunciar a su trabajo. Las bocinas de Avenida Córdoba se multiplican; el tránsito, como era de esperarse, es atroz.

H, el conductor pelirrojo, le recuerda a L que un nuevo pasajero se sumará al viaje en el cruce de las avenidas Córdoba y Pueyrredón. L declara estar al tanto; de hecho, el hombre que falta estaba anotado en el viaje antes que ella. Según la información de la empresa de carpooling, se trata de un analista en sistemas de sesenta y dos años. Sus calificaciones son superlativas; en la foto de su perfil el hombre usa un traje gris, camisa blanca y una corbata bordó oscuro, bigote entrecano. El tiempo pasa, las bocinas aumentan su estridencia. Se escuchan insultos y el asfalto empieza a emitir calor. L y el conductor se encuentran con una manifestación de empleados frente a una clínica de la calle Azcuénaga. Los manifestantes cortan dos carriles y el tránsito por la avenida se hace aún más denso. L se pregunta si se tratará de una empresa en quiebra, se pregunta si en el futuro será recuperada por sus trabajadores y si al fin de la parábola quedará en manos de un banco, o de un fantasmático fondo de inversiones, como tantas otras. Le llama la atención un hombre que reparte periódicos entre los que protestan. Es casi un gigante y va vestido con un mameluco anaranjado de trabajador aeroportuario. Fuma una pipa. En la muchedumbre, L identifica pecheras de organizaciones sindicales de diversa orientación ideológica. L siempre simpatizó con el anarquismo, aunque nunca lo expresó de manera pública, ni en las redes sociales.

El conductor comenta que, según sus cálculos, van a llegar a destino quince minutos tarde. Las motocicletas esquivan a los autos bajo el sol violento y zumban en corredores hechos de puertas que podrían abrirse en cualquier momento. L recuerda la enfermedad de su madre, cáncer de piel. Recuerda a su madre tomando sol en una playa de arena gruesa, sobre una reposera encordada, con una bikini a rayas azules y blancas, una bikini que a juicio de L le quedaba digna pese a su edad. La madre de L tenía una piel blanquísima y un pelo dorado que L había heredado hasta los trece años, cuando todo empezó a oscurecerse y L tomó la decisión de no teñirse como se teñía su madre. Su madre se había muerto como pidiéndole disculpas por abandonarla, y eso era mucho peor que la muerte en sí. “Ella no quería morir”, consideró L como un posible epitafio en caso de que su madre le hubiese permitido enterrarla en un cementerio, como hacía la gente normal. Descarta el pensamiento mientras en sus ojos el ardor de lágrimas que nunca conocerán la luz comienza a expandirse como una medusa.

Los osos Kermode pueden correr hasta cincuenta y cinco kilómetros por hora. Por eso, si un oso Kermode enfrenta a una persona y decide matarla, es poco lo que la persona puede hacer. Sin embargo se trata de una especie con un banco genético recesivo. Los osos Kermode, que son blancos y poseen una pista de aterrizaje color avellana en sus espaldas, pertenecen en realidad a la familia de los osos negros. Sobrevivieron por algún cambio geográfico-climático pronunciado que facilitó su adaptación evolutiva. Cuando un oso Kermode se le apareció por primera vez, L creyó que se trataba de un oso polar. Pero los osos polares tienen más características en común con los osos pardos que con los osos negros. Los aborígenes de Nueva Escocia, región de la cual el oso Kermode es autóctono, evitaban pronunciar su nombre. Allí, alguna gente lo conoce como oso del Espíritu. A esta altura, con el calor sumado a su malestar y a su tristeza, a L no la sorprende ver un oso Kermode en medio del tránsito insufrible. Puede distinguirlo gracias al espejo retrovisor de la camioneta de H, quien sintoniza una radio con canciones de la década del noventa. L mueve ligeramente su cabeza, como si siguiera el ritmo. El oso Kermode, quince o veinte metros atrás, está subido al techo de un colectivo de la línea 109. Su figura se recorta contra un hueco de cielo que brota entre los edificios.

L intenta olvidar al oso Kermode y busca información sobre su destino, la zona de Agronomía. En particular sobre un pequeño conjunto de manzanas con c ...