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"SALVO QUE ME MUERA ANTES"

Ceferino Reato

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Fragmento

Introducción
UN INSTANTE, DOS HISTORIAS

La construcción de un espectáculo y la acción política cotidiana son la misma cosa, aunque el pretexto de que están separadas ayuda a legitimar las acciones oficiales.

El politólogo estadounidense Murray Edelman en su libro La construcción del espectáculo político.

Durante toda su historia, América latina ha sido
un auténtico laboratorio de ilusionismo político.

El politólogo, historiador y diplomático francés Alain Rouquié a La Nación, el 23 de junio de 2010.

Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás.

Génesis, capítulo 3, versículo 19.

Al igual que en Operación Traviata, ¿quién mató a Rucci?, en este libro parto de un instante: el momento en el que Néstor Kirchner se desplomó fulminado al lado de la cama en la que dormía con su esposa, la presidenta Cristina Kirchner, en su residencia de El Calafate.

La intención es contar el kirchnerismo y el cristinismo —y en general, la Argentina— desde ese instante crucial. Como si fuera una ventana abierta en el lugar más adecuado de la casa para ver todo el paisaje.

Recibe antes que nadie historias como ésta

El primero que se dio cuenta de que ese momento tenía su relevancia fue el experimentado colega Samuel Chiche Gelblung. En 2015, cuando lancé Doce noches, Chiche me hizo una entrevista en la Feria del Libro, desde donde estaba transmitiendo su programa de Radio Rivadavia. En un momento, me preguntó cuál sería mi próximo libro. “Algo sobre el kirchnerismo”, le contesté con una imprecisión buscada, un poco por cábala y mucho porque los periodistas y escritores somos celosos con los temas y enfoques que elegimos. “Ah, tenés que escribir sobre la muerte de Kirchner; es clave”, me contestó. Descubierto antes de comenzar.

Son —como en Operación Traviata— dos historias en una. Por un lado, la muerte de Kirchner reconstruida con el mayor detalle posible.

El gobierno brindó muy poca información sobre este hecho decisivo; por si no bastara, el escueto comunicado oficial hasta le erró en la hora del fallecimiento si lo comparamos con la partida de defunción y, más aún, con el testimonio de los médicos y enfermeros que lo socorrieron en la bellísima villa turística santacruceña.

Una muestra de desidia, pero dentro de un estilo: al kirchnerismo le gustan los juegos de misterio. Y más que a la verdad histórica, apuntan a crear una épica, donde ellos encabezan a los buenos contra los malos, a los amigos contra los enemigos.

¿La verdad? ¿Qué importa la verdad en esa lucha interminable, que viene desde el fondo de nuestra historia; en esa guerra sin cuartel en la cual los otros están siempre al acecho, dispuestos a utilizar cualquier astucia, a inventar todo tipo de operaciones arteras?

Ese escamoteo ha dado lugar a versiones de todo tipo sobre cómo murió, realmente, Kirchner. Circulan por las redes sociales, aparecen en las reuniones familiares y de amigos; cada tanto, algún personaje las trae de vuelta a la superficie de los medios de comunicación.

Por lo que pude averiguar, varias de esas versiones son un verdadero disparate. Otras, no tanto.

En todo caso, la vivacidad de esos rumores a casi siete años de la muerte del ex presidente muestra la hondura del rechazo que el kirchnerismo terminó provocando en vastos sectores.

Pero luego de tantas entrevistas con personas que los conocen mucho, entiendo que eso no es algo que le haya preocupado a Néstor ni le quite el sueño a su heredera, Cristina. Por el contrario, ellos han dejado crecer rumores que luego se comprobaron falsos. Pienso en la polémica sobre el título de abogada de la ahora ex presidenta.

La verdadera historia de la muerte de Kirchner podría ser un tema menor si no fuera por dos motivos: él seguía moviendo los hilos del poder en la Argentina y su fallecimiento provocó una fuerte conmoción en todos nosotros.

Es de esos raros momentos en los que cada uno puede recordar exactamente qué es lo que estaba haciendo cuando se enteró de la noticia.

Ese carácter extraordinario del hecho ocurrido el miércoles 27 de octubre de 2010 habilita la investigación de otra historia; una historia mayúscula, en sintonía con su impacto político y social.

Casualmente, aquel día era feriado y los argentinos nos preparábamos para recibir a los censistas. Los más antikirchneristas, con mucho recelo, del mismo modo en que reaccionaban frente a todas las iniciativas oficiales, como los festejos por el Bicentenario del 25 de Mayo.

Precisamente el libro subraya la relación entre el Bicentenario y el velatorio público de Kirchner en la Casa Rosada. Fue la misma estética, una construcción que le dio una identidad propia al kirchnerismo, distinta del peronismo tradicional y a tono con la particular coalición —volcada al “progresismo” o la centroizquierda— que fue expresando con el correr del tiempo.

En este sentido, más allá del dolor por la pérdida de su compañero durante más de treinta y cinco años, Cristina reveló una notable habilidad para convertir una tragedia en una puesta en escena, que le devolvió al oficialismo la mística que había perdido luego de dos derrotas consecutivas: en el largo conflicto contra el campo, en 2008, y en las elecciones legislativas de 2009.

Los funerales de Kirchner le sumaron a Cristina veinte puntos de imagen positiva, que alfombraron el camino hacia su reelección al año siguiente, cuando logró la votación récord del 54,11 por ciento, en primera vuelta, a más de treinta y siete puntos del segundo, y se convirtió en la primera mujer reelecta en el continente.

La fórmula “Cristina Viuda”, entubada en un luto que duraría más de tres años, resultó imbatible e hizo desertar a rivales como Mauricio Macri, que prefirió lanzarse a la reelección en Buenos Aires.

Cristina ganó hasta en territorios hostiles al kirchnerismo, como en la Capital y en Córdoba.

Elisa Lilita Carrió sacó apenas el 1,82 por ciento.

Hay varias definiciones sobre la opinión pública, pero todas comparten un atributo: es móvil, cambia frente a estímulos certeros. La muerte de Kirchner fue un evento que alineó a la opinión pública en favor de su viuda, la Presidenta, a quien se la pudo ver sufriente pero estoica acariciando el féretro cerrado y lustroso. En vivo y en directo, durante casi trece horas.

Cristina mostró liderazgo para conducir el país en un momento de incertidumbre y temor: acababa de morir el político que había reconstruido la autoridad presidencial y del Estado nacional luego de la gran crisis de 2001, cuando estuvimos al borde del caos, la anarquía y la disolución. Había mucho de épico en el hecho de que una mujer tenía que hacerse cargo, en soledad, de un gobierno formado por centenares de hombres.

A tono con nuestra desmesura habitual, Kirchner nos estaba llevando al otro extremo, hacia un presidencialismo excesivo y un Estado nacional demasiado rico y poderoso con relación a la sociedad civil, las empresas privadas y las provincias.

Cristina seguiría por la misma línea, intentando completar la tarea.

Pero eso no era algo que en aquel momento preocupara a la mayoría de la gente; además, nadie podía alegar que había sido estafado por Kirchner dado que sus tres mandatos como gobernador de Santa Cruz certificaban su preferencia por la llamada “democracia plebiscitaria”.

Podría decir “populismo”, pero es una palabra que no me gusta porque, al igual que el politólogo Alain Rouquié, en la entrevista con La Nación, pienso que “todo el mundo la usa como le parece”.

En cambio, “democracia plebiscitaria” es más precisa para indicar el tipo de régimen en el que “un caudillo, sostenido fielmente por un aparato político, se vincula de una manera directa con el pueblo”, como describe el politólogo italiano Sergio Fabbrini.

Sin instituciones que medien entre el jefe —o la jefa— y la gente: sin Congreso, sin Poder Judicial, sin medios de comunicación, sin organizaciones no gubernamentales, sin empresas fuertes y autónomas.

Esas instituciones se vuelven apenas correas de transmisión por las cuales bajan discurso y órdenes, y suben información y respaldo.

Vivimos en la época de la “teledemocracia”, donde los medios solo amplifican las noticias que llenan tres ingredientes: personalización, simpleza y dramatismo. Si la política se ha transformado en espectáculo, Cristina es toda “una diva”, como definió el cineasta, guionista y productor Francis Ford Coppola.

Esa estética resultó decisiva para comunicar la épica K y, por lo tanto, para transmitir una ética; es decir, certezas y valores sobre lo que está bien y lo que está mal. Estética, épica, ética: los tres ejes de cualquier relato o discurso.

En realidad, hubo dos velatorios, uno íntimo, en el chalet de El Calafate —Calafate, para los santacruceños—, con el féretro abierto. El otro, público, en el Salón de los Patriotas Latinoamericanos de la Casa Rosada, a cajón cerrado.

Si el segundo volcó a la opinión pública en favor de Cristina, el primero la consolidó como la nueva jefa del oficialismo.

Kirchner era el jefe indiscutido del kirchnerismo; y Cristina, su esposa y discípula, la primera en admitirlo. Su muerte renovó un problema dramático para una fuerza tan verticalista como el heterogéneo movimiento fundado por el general Juan Perón: ¿quién heredaría a Lupín o Lupo, como se lo conocía en su tierra?

Lupín, por su parecido físico con un personaje de historieta famoso en los cincuenta y los sesenta; Lupo era un derivativo, que, casualmente, quiere decir “lobo” en italiano. ¿Quién sería el nuevo jefe de esa manada de lobos que siempre fue el peronismo?

Era un interrogante que preocupaba a los peronistas, pero también a los no peronistas, que temían que los herederos del general Juan Perón salpicaran al resto de la sociedad si se enzarzaban en una lucha interna para dirimir el problema crucial del liderazgo. Como ya habían hecho en el pasado reciente.

Cristina solucionó esa duda en las pocas horas que duró el velatorio privado en “mi lugar en el mundo”, como había definido a esa tierra de lagos, glaciares y montañas, donde se consolidó como la heredera de Lupo.

Heredó todo, incluso aquello que no conocía en detalle. Heredó la forma de hacer política y el mecanismo de recaudación. Poder y dinero, las dos caras de la política según Kirchner, con las cuales creía que podría gobernar el país durante al menos veinte años.

Una vocación hegemónica que había mostrado ya en Santa Cruz.

Una de las hipótesis de este libro es que con la muerte de Kirchner terminó el kirchnerismo; nació algo nuevo, diferente, aunque derivado de esa etapa anterior: el cristinismo. Dos corrientes dentro del peronismo, pero con matices distintos.

El cristinismo alcanzó su esplendor con la reelección, cuando sus partidarios se ilusionaron con el “Vamos por todo” y soñaron con “Cristina eterna”. Duró poco: dos años, hasta la derrota en los comicios legislativos de 2013.

Mirado desde el presente, el pasado puede parecer inevitable y fácilmente previsible. Pero, en este caso, fue la propia Presidenta quien no quiso o no pudo gestionar aquel 54,11 por ciento de las urnas y lo achicó desde el vamos al restringir su segundo gobierno solo a los leales.

No pudo salirse del vector de la polarización, que sirve para ganar una elección pero no tanto para un buen gobierno.

Todos los datos económicos y sociales muestran que ese segundo mandato fue —lejos— el peor de los doce años y medio de los Kirchner en el poder. Así y todo, su candidato putativo, Daniel Scioli, estuvo a apenas 2,6 puntos porcentuales de ganar el balotaje presidencial.

De aquel pasado de gloria a este presente en el llano, ungida por el presidente Macri como la rival a vencer, con su libertad y su patrimonio en peligro debido a las investigaciones judiciales por presuntos casos de corrupción.

De diva política a “jefa de la banda”, casi en un abrir y cerrar de ojos.

La política suele ser cruel, cuando se pierde.

Para este libro, viajé a El Calafate y Río Gallegos. Agradezco a las personas que me brindaron sus testimonios. Siempre me sorprende la confianza de gente que no me conoce, pero que accede a compartir experiencias tan personales. Debe ser mérito de tantos periodistas que hacen bien su trabajo.

Algunos médicos, enfermeros, dirigentes políticos y ex funcionarios —nacionales y santacruceños— solicitaron que no diera a conocer sus nombres. En esos casos, utilicé los testimonios solo cuando me resultaron imprescindibles para los lectores, lógicamente luego de un chequeo lo más exhaustivo posible.

Comprendo tanta cautela. Como en algunas otras provincias, los santacruceños están habituados a convivir con la discrecionalidad de sus autoridades, que genera un lógico temor a eventuales represalias.

El aparato estatal tiene una presencia capilar en la extensa y despoblada Santa Cruz; las autoridades son individuos poderosos en una provincia donde una de cada dos personas que trabajan es empleado público.

“Mucha gente todavía tiene miedo; quedaron sumisos”, me contó un ex dirigente en Río Gallegos mientras me mostraba en su automóvil algunos lugares emblemáticos del kirchnerismo. “Es que te persiguen, te escuchan… O te hacen creer que te persiguen y te escuchan”, agregó.

Tampoco él estaba a salvo de esa paranoia. Cuando pasamos por la esquina donde está la casona en la que los Kirchner vivieron hasta 2008, me dijo: “Acá están las computadoras con las que ellos pueden escuchar todas las conversaciones que hagas por tu celular”.

En la Introducción y el Epílogo utilizo la primera persona cuando es necesario, pero no en los dieciocho capítulos del libro.

La mayoría de las fotos son del fotógrafo presidencial Víctor Bugge, a quien agradezco su generosidad, al igual que al director de Imágenes de Editorial Perfil, Carlos Lunghi.

Agradezco también al doctor Pablo Tapia y a los colegas Fernanda Longo, Luis Gasulla y José Luis Zorzi.

Por último, agradezco el respaldo y las sugerencias del director editorial de Penguin Random House, Juan Ignacio Boido, y del editor Roberto Montes; y en ellos, a todo el eficiente y amable plantel de la empresa.

Capítulo 1
“NO LO TOQUEN MÁS A NÉSTOR”

Gentileza Editorial Perfil

La ambulancia del hospital José Formenti regresando al chalet de los Kirchner, en El Calafate, con el cuerpo del ex presidente.

—¿Cómo es que nadie está haciendo nada? ¡Vamos, reanímenlo! ¡No sean tan hijos de puta!

—¡Pará de gritar, loco! Fui yo quien les dio la orden; ya no hay nada que hacer. ¡Y mandate a mudar de acá!

Rudy Ulloa, colaborador todoterreno de Néstor Kirchner, a los médicos en El Calafate, y el reto de Cristina Kirchner, en el shock room del hospital, el 27 de octubre de 2010.

—Yo trabajo las veinticuatro horas, no como ustedes que están de joda.

—Dejate de romper las bolas. Te vas a morir si seguís así.

Diálogo entre Kirchner, gobernador de Santa Cruz, y el diputado opositor Roberto Giubetich.

Paso a paso y pesito a pesito.

Una de las frases preferidas de Kirchner, según Miriam Quiroga, asistente y —asegura— “la amante de Néstor durante once años”.

Cinco minutos antes de que finalizara su guardia de veinticuatro horas, cuando parecía que el trabajo había terminado y ya se veía en casa tomando mate con su pareja, el doctor Claudio Cirille escuchó el mensaje de una enfermera: “¡Hay una salida urgente!”. Contundentes palabras que a las ocho menos cinco de la mañana lo devolvieron a la realidad. Cirille se alisó la chaqueta azul con el logo del hospital José Formenti y salió a las apuradas en busca de la ambulancia. “Es en la casa de la Presidenta”, le contó el enfermero Pedro Corregidor cuando atravesaban el vallado de álamos y avanzaban por la calle Campaña del Desierto.

Todo queda cerca en El Calafate, la hermosa villa turística de casi 20 mil habitantes que Cristina Elisabet Fernández de Kirchner había entronizado como “mi lugar en el mundo”, seguramente no solo porque es la puerta de entrada del imponente glaciar Perito Moreno, el desafiante Cerro Chaltén y otras bellezas naturales únicas, sino también por la colección familiar de inmuebles y porque allí se siente como una reina en su comarca. Y más cerca queda todo en un día feriado, como aquel soleado, apacible —sin ese viento tan habitual— miércoles 27 de octubre de 2010, cuando también los calafateños estaban por recibir la visita de las personas reclutadas para el Censo Nacional de Población y Vivienda.

No más de mil metros separaban al hospital municipal del suntuoso chalet de los Kirchner, de trescientos veinte metros cuadrados; en los pocos minutos que duró el viaje, Cirille nunca pensó que se trataría de algo muy grave. Hasta que vio que el portón de madera de la casona de dos plantas con subsuelo estaba abierto de par en par y que, luego de atravesar los primeros sauces, una pequeña manifestación de custodias y asistentes salía a recibirlos haciendo señas y clamando ayuda.

—Rápido, apúrense que Kirchner está muy mal —fue uno de los gritos que pudo escuchar.

La ambulancia estacionó frente a la puerta principal. El médico y el enfermero subieron las escaleras al trote y en un dormitorio del primer piso que les pareció amplísimo encontraron al ex presidente Néstor Carlos Kirchner tendido boca arriba en la cama matrimonial, vestido con un pijama azul. Parecía que dormía plácidamente, salvo por tres detalles: la sábana de la parte superior y la colcha habían sido retiradas y yacían descuidadas a un costado; además, Kirchner tenía un raspón en la frente, a la izquierda de su rostro.

El tercer detalle que completaba ese cuadro irregular era que Benito Alen González, uno de los médicos contratados para cuidar la salud de la familia presidencial, le hacía masajes cardíacos ayudado por un monitor portátil del tamaño de una tablet, que registraba la actividad eléctrica del corazón de la persona más poderosa de la Argentina.

Recién despertado, agitado, visiblemente nervioso, Alen González presionaba el pecho de Kirchner hasta que la voz impersonal del monitor le ordenaba: “¡Detenga maniobra!”. El médico presidencial alzaba sus manos, fijaba la vista en la pantalla, pero nada: se iban las ondas y la línea volvía a estar recta; el corazón de Kirchner no latía por sí mismo, sin la ayuda de los masajes. Y Alen González continuaba con las maniobras de reanimación.

A los 60 años, Kirchner había sido todo lo que un político puede soñar: intendente de su ciudad, Río Gallegos; tres veces gobernador de su provincia, Santa Cruz, y presidente de la República; hasta había ungido a su propia esposa como sucesora. Algo que solo había logrado el general Juan Domingo Perón, aunque no por voluntad propia sino por su fallecimiento, el 1° de julio de 1974, cuando fue reemplazado por Isabelita, que había sido elegida vicepresidenta el año anterior.

Un político fuera de serie —en el más estricto sentido de la palabra— que se proyectó desde una provincia con menos de 130 mil electores, el 0,5 por ciento del total nacional.

“Un tipo nacido acá, en el culo del mundo, y todo eso lo hizo él, desde la nada; es admirable, por más que yo haya estado en contra de sus políticas y lo haya criticado mucho”, admite el ingeniero Roberto Giubetich, radical, actual intendente de Río Gallegos.

“Yo —agrega Giubetich— fui presidente del bloque de diputados provinciales del radicalismo cuando él era gobernador. Lo conozco desde chico. Mi vieja trabajaba en el Correo junto con el papá de él. En lo personal, teníamos un afecto casi familiar. Él vivía para la política; trabajaba los trescientos sesenta y cinco días del año; una pasión casi enfermiza”.

Y recuerda un diálogo telefónico con Kichner durante una cena de fin de año entre los diputados provinciales del oficialismo y la oposición. Kirchner, que era gobernador, llamó a uno de los suyos, Héctor Icazuriaga, luego jefe de la Secretaría de Informaciones, la ex SIDE, para pedirle un dato de un proyecto de ley.

—Decile que duerma un poco —le gritó Giubetich.

—¿Quién habla? —preguntó Kirchner, según pudieron escuchar varios comensales.

—Tu opositor número uno —le volvió a gritar el radical.

—Dice que quiere hablar con vos —le comentó Icazuriaga mientras le pasaba su celular.

—Yo trabajo las veinticuatro horas, no como ustedes que están de joda —lo chicaneó el gobernador.

—Dejate de romper las bolas. Te vas a morir si seguís así —le contestó Giubetich.

El ex diputado Rafael Flores, que fue su aliado durante pocos años, hasta 1994, cuando se convirtió en uno de sus críticos más contundentes, afirma que Kirchner tenía “dos atributos positivos clave: audacia y tenacidad. Ojalá yo hubiera tenido la mitad de su tenacidad. No tenía grandes dotes intelectuales, pero tampoco presumía de tenerlas”.

En tanto, el ex canciller Rafael Bielsa recuerda que quedó muy impresionado durante una reunión de tres horas, el 8 de mayo de 2002; Kirchner quería ser presidente y él se postulaba para la Jefatura de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires. Tanto fue así que “a la salida de la Casa de Santa Cruz, declaré a los periodistas que adhería a su candidatura y que esa decisión era independiente de la persona que Kirchner eligiera como candidato para la ciudad”.

¿Por qué tanto desprendimiento en política? “Me fascinó —explica Bielsa— su obsesión con la gestión del Estado, su pasión por los números públicos. Yo estaba convencido de que la Argentina estaba sobrepensada, pero subejecutada. Había un montón de libros sobre la Argentina reciente, posterior a la crisis, pero no había nadie que supiera qué hacer con el país y que estuviera dispuesto a obtener la legitimación que se lo permitiera hacer”.

El encuestador preferido de Kirchner, el sociólogo Artemio López, opina que “fue un héroe, una figura política de una gran magnitud, porque fue el tipo que pudo pensar mejor la crisis de 2001 y buscar, y encontrar, una salida”.

Por otro lado, al momento de su muerte, Kirchner ya había alcanzado con creces el otro objetivo que siempre lo desveló: el dinero.

Poder y dinero, las dos caras de la política; los dos recursos que se alimentaban en forma recíproca y eran la pulsión de su vida, con los cuales creía que podría gobernar la Argentina durante veinte años.

Siempre tuvo la obsesión del dinero; por lo menos, desde que estudiaba abogacía en La Plata y llamaba la atención porque era el único entre sus compañeros de estudios que ahorraba en dólares. Y no en cualquier época sino en los revolucionarios años setenta.

“Necesito ser abogado para hacer plata porque quiero ser gobernador de Santa Cruz”, cuenta Cristina que le dijo una tarde de abril de 1976 en la galería de la casa de su mamá, en La Plata, al año de casados.

Disfrutaba del contacto físico con los billetes. Su vicegobernador entre 1991 y 1998, Eduardo Chiquito Arnold, recuerda que “era incapaz de pagarte un café, pero amontonaba la plata de los alquileres de sus propiedades en los bolsillos del pantalón y andaba varios días con los bolsillos hinchados, tocando el dinero a cada rato”.

Arnold cuenta otra anécdota sobre este aspecto de Kirchner. Visitaban la ciudad de Las Heras, en el norte de la provincia, a setecientos sesenta y ocho kilómetros de Río Gallegos, cuando el intendente Francisco Vázquez les comentó que en un viejo galpón había encontrado una caja fuerte “de las de antes. Kirchner pidió verla y, cuando la vio, como el recaudador compulsivo que era, fue a abrirla y dijo: ‘Cuando veo estas cajas… ¡Éxtasis!’”.

Kirchner tuvo la mala suerte de que fue grabado por el periodista que registraba su actividad como principal invitado a la fiesta por el aniversario de esa localidad, donde, casualmente, nació Arnold. Las imágenes serían dadas a conocer casi veinte años después por el periodista Jorge Lanata en su programa Periodismo Para Todos, por Canal 13; allí se ve claro que, luego de soltar esa frase, Kirchner mira en dirección del periodista y le pregunta: “No me habrás filmado, ¿no?”. Todos ríen, y Arnold le dice: “¡Te escrachó!”.

Arnold rompió luego con el kirchnerismo, cuando —explica— se fue dando cuenta del “sobreprecio sideral en las obras públicas provinciales, un área que Kirchner dirigía personalmente. Él luego ‘santacruceñó’ el país; lo que hizo allá, lo perfeccionó acá, a nivel nacional”.

Le gustaba acumular, pero no gastar, según Miriam Quiroga, locutora oficial de sus actos en su tercer mandato como gobernador y de su campaña presidencial; funcionaria influyente con despacho en la Casa Rosada durante su gobierno, y, según ella admite y muchos corroboran, “amante de Néstor durante once años”, desde fines de los noventa hasta prácticamente su muerte.

“Néstor era avaro, es cierto: no te pagaba ni un café. Siempre decía, incluso en actos partidarios: ‘Paso a paso y pesito a pesito’”, cuenta Quiroga, quien no recuerda que le haya regalado ni siquiera un perfume.

En ese sentido, asegura que fue Daniel Muñoz, secretario privado de Kirchner, quien la animó para que le recordara a su jefe y —dice ella— amante la situación económica que atravesaba, que era bastante vulnerable.

“Muñoz me dijo: ‘Boluda, hacé algo: él se está llenado de guita y vos alquilás; ni departamento tenés’”, sostiene Quiroga. Y agrega que esas palabras le dieron fuerza para hablar del tema con el Presidente.

—Néstor, sabés que estoy alquilando y que no me alcanza la guita. Yo te quería…

—¿Cuánto estás pagando de alquiler? —la interrumpió Kirchner.

—¿Qué te importa? ¿Me querés manejar también mis cuentas?

—No, lo que pasa es que hay que ver los gastos. Está bien, no me querés decir cuánto es el alquiler. Pero decime: ¿cuánto pagás de escuela por tu hija?

Siempre según Miriam Quiroga, le dijo una cifra aproximada.

—¡Mirá vos! Yo pago menos por Florencia y la tengo en el La Salle, en Florida.

—Pero, escuchame: te estoy pidiendo ayuda porque no me alcanza la guita y vos me salís con eso. No sé, aumentame el sueldo.

Kirchner levantó el teléfono.

—Rudy, encargate de conseguirle una casa a Miriam —le ordenó a Rudy Ulloa Igor, el colaborador todoterreno a quien Kirchner confiaba sus temas personales más delicados, esos asuntos de los que Cristina no tenía que enterarse.

“Lo llamé tres veces a Rudy por este tema, pero nunca me atendió”, afirma Quiroga.

Al momento de su fallecimiento, Néstor Kirchner —Lupín, Lupo, El Ruso o El Cuervo para sus comprovincianos— lideraba el Partido Justicialista y el Frente Para la Victoria, ocupaba una banca de diputado nacional y acababa de ser elegido secretario general de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur).

No le parecía tanto; quería más: se pensaba como el candidato presidencial del oficialismo para las elecciones del año siguiente —2011—, en la continuación de un ciclo de alternancia kirchnerista en la Casa Rosada que, según sus cálculos, debía durar al menos dos décadas.

Rutilantes ambiciones a punto de esfumarse definitivamente.

En contraste con el poderío y la riqueza del paciente, el cuidado de su gastado corazón era muy precario: Alen González no era cardiólogo sino especialista en cabeza y cuello, y ni siquiera contaba con un desfibrilador —un aparato portátil para revertir las arritmias cardíacas más comunes—, que en enero de 2017, cuando este capítulo estaba siendo escrito, costaba entre 24 mil y 60 mil pesos. Y era el único integrante de la Unidad Médica Presidencial que esa semana había viajado al sur con los Kirchner, primero a Río Gallegos y luego a El Calafate.

Tampoco era el titular del equipo médico de la Presidencia, formado por dieciséis profesionales; el jefe, Luis Buonomo, un cirujano amigo de Kirchner que tenía rango de secretario de Estado, se había quedado en Buenos Aires porque su esposa estaba enferma. Buonomo no andaba con buen timing en su trabajo: el mes anterior, cuando el ex presidente se había sentido mal en Buenos Aires, él estaba justo en Río Gallegos.

No solo no habían montado una mínima estructura para cuidar la salud de una persona con gravísimos antecedentes ya que Kirchner había sido intervenido en septiembre, en el segundo episodio cardíaco en apenas siete meses. Tampoco se preocuparon por avisar a los médicos del hospital local que habían llegado ni —obviamente— cuántos días estarían allí y en qué condiciones.

“Creo que eso es lo que más me llamó la atención y lo que aún hoy llama la atención a todo el mundo: en la casa no tenían nada de nada; el monitor era solo eso, un monitor para registrar si había o no actividad cardíaca. No tenían posibilidad de hacerle una desfibrilación o una cardioversión”, sostiene Cirille.

Tan relajados estaban todos que Alen González dormía en una de las habitaciones del hotel boutique Los Sauces Casa Patagónica —propiedad también de los Kirchner— cuando le avisaron que el ex presidente había tenido un infarto. Llegó rápido: el hotel, favorecido por la vista plena y larga de las aguas azul turquesa del Lago Argentino, está pegado a la residencia.

Delgado, de barba, nacido en La Plata aunque patagón desde hacía casi veinte años, Cirille recuerda que Alen González le contó que Kirchner despertó con un fuerte dolor en el pecho y con signos de falta de aire; que intentó pararse al borde de la cama, pero se desvaneció y rozó con la frente el borde de la mesita de luz antes de caer pesadamente al suelo.

“En el barullo del momento —agrega Cirille— apenas nos prese ...