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SEñALES EN EL CIELO

Fabio Zerpa

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Fragmento

PRESENTACIÓN

¿Por qué escribo este libro?

El mundo está viviendo un cambio, una gran transformación. Por eso sentí la necesidad espiritual de ofrecer mi granito de arena con este nuevo hijo de papel y tinta en el cual plasmo mi gran norte de vida: la investigación.

Aquí te mostraré las distintas facetas de mi trabajo para encontrar la razón a la sinrazón aparente que tienen los grandes misterios del ser humano y del cosmos. Y recorreremos juntos las bisagras históricas que marcaron mi vida.

En 1959, mi gran impacto de conciencia fue ver un ovni en pleno mediodía. Como siempre, partí de mi duda cartesiana ante un hecho inusual. Pero investigando llegué al rotundo “sí” de la existencia de vida extraterrestre acercándose a nuestra humanidad.

En 1966, en la Isla de Pascua conocí a un simple pescador que me abrió al conocimiento del mundo subterráneo. Mundo que, por supuesto, yo ignoraba completamente a pesar de mis títulos académicos.

Recibe antes que nadie historias como ésta

En 1972, vino a la Argentina el vicerrector de la Universidad de Jaipur, India, el doctor en Psiquiatría Hamendra Nat Banerjee, a dar conferencias que la Embajada de la India me pidió presentar. Este eminente científico trató el tema de la memoria extracerebral, hacía investigaciones sobre vidas pasadas. Mi asombro fue total, ya que no era reencarnacionista. Pero afortunadamente nunca dije “no” por el solo hecho de decirlo, ni “sí” sin certezas. Investigué y me encontré con testimonios y experiencias en relación con la existencia de las vidas pasadas. En mis últimos cuarenta años, y en los dieciocho países en los que viví, tuve más de quince mil consultantes e innumerables alumnos en los talleres que realizo que vivieron experiencias sobre sus vidas anteriores.

En ese mismo año, 1972, recibí, una noche, en sueños, una maravillosa oración: “La invocación al ser humano nuevo”. Quise compartirla para que también ustedes puedan encontrar los pasos para ingresar al sendero del ser interior que los fortalecerá de adentro hacia fuera. Descubrirán así la seguridad espiritual, el único gran poder.

En 1989, encontré el amor en una hermosa mujer, Adriana, mi compañera de vida. Yo, que había vivido bajo el “yo te quiero” (querer, tomar, agarrar, poseer, desear y vivir sólo la pasión), comprendí que el gran camino del ser humano es el amor: dar, ayudar, colaborar, comprender, tolerar y estar siempre en consonancia con el “otro”, que es un hermano en este andar por la vida.

Con Adriana profundicé la cosmovisión andina, que me introdujo en el verdadero saber y no solamente en el conocer: ellos viven a través de parámetros totalmente diferentes a los nuestros, en todos sus aspectos, con valores tan importantes que deberíamos tomarlos muy en cuenta para resguardar nuestra vida y la de este maravilloso planeta.

Así, fui formando lo que tenía muy dentro de mí: mi disciplina metafísica, la sabiduría del ser, que es mi experiencia espiritual lograda durante todos estos años.

Del 20 al 22 de junio de 1992, en el Perú mágico y místico, me encontré con otra bisagra que marcó mi vida. En Machu Picchu se organizó el Primer Encuentro Místico Internacional, con representantes de varios países del mundo. En esos días, a pesar de que era época de sequía, llovió copiosamente. No pudimos evitar citar un viejo mito quechua: “Cuando llueva tres días seguidos, en la época de las no lluvias, en la Montaña Vieja, comenzará una Nueva Era”. Fue grande mi asombro y el de todos los participantes al comprobar lo que había investigado durante tantos años a través de los grandes profetas de distintos tiempos y culturas. Como lo expresaba, desde muchos años antes, mi gran amigo Benjamín Solari Parravicini, el gran Nostradamus de nuestra América: “Los Nuevos Tiempos han venido”.

Por eso, el último capítulo de esta obra trata sobre lo que vendrá.

Espero que este libro, mi nuevo hijo, satisfaga vuestras expectativas e interés.

CAPÍTULO 1

Mi impacto de conciencia

Nací Fabio Pedro Alles Zerpa el 4 de diciembre de 1928 en Rosario del Colla, departamento de Colonia, en Uruguay. Allí fui un botija común y corriente, feliz. A mis nueve años, mi familia se trasladó a la capital uruguaya, Montevideo, y comencé a amar el básquetbol, deporte al que jugué toda mi pubertad y adolescencia. Allí me recibí de bachiller, de profesor superior de Música a los 15 años, y de profesor de Historia a los 21. Ahí también comencé a actuar en radio y teatro y a hacer mis primeros pininos como periodista. En 1950 me vine a vivir a la Argentina.

En Buenos Aires, trabajé profesionalmente como actor y como director en radio y teatro. Mi debut televisivo fue en 1953, en el programa Peter Fox lo sabía, y seguí trabajando en telenovelas de la tarde junto con Fernando Heredia y María Aurelia Bisutti. En 1958 debuté en cine en la película El jefe, de Fernando Ayala, un hito importantísimo en el cine nacional. Un año después comencé a tener popularidad con los ciclos televisivos que dieron a luz lo que se llamó “el primer clan de la televisión“. Con entrañables personas como Jorge Falcón, Pancho Guerrero, Enrique Kossi, José María Langlais, Javier Portales y Beto Gianola armamos un grupo de actores con el que empezamos a hacer programas de éxito: Farmacia de barrio, donde se incorporó Gilda Lousek; Hombres y mujeres de blanco, con mi gran amigo Ernesto Bianco, y después Distrito Norte, donde tuve mucha participación y significó mi boom de popularidad.

Distrito Norte, que se emitía por Canal 7, el único en aquel momento, era la historia de una comisaría en el norte de la ciudad donde trabajaba un grupo de buenos y malos policías. Mi papel era de policía corrupto.

De modo que hasta noviembre de 1959 era un simple profesor de Historia, que estudiaba Antropología, Sociología y Psicología; que leía de todo para ampliar su saber, y que había ocupado un sitio incipiente pero importante como actor de teatro, de radio y de televisión.

En esos primeros días de noviembre de 1959, integrantes de la cúpula de la Fuerza Aérea, acompañados por el periodista Miguel Ángel Ceruse, me convocaron para protagonizar una serie televisiva de doce capítulos que se llamó Cóndores de acero. Mi papel era el del comandante Soler, un piloto legendario de los aviones Gloster Meteor.

Los diálogos se filmaban en los estudios, pero los exteriores se rodaban en la Base Aérea de Morón, 30 kilómetros al oeste de la Ciudad de Buenos Aires.

En uno de los primeros capítulos, se recreaba un episodio ocurrido después de la Segunda Guerra Mundial: Thomas Mantell, un piloto norteamericano, volaba su avión cuando lo encegueció una luz. Mantell había logrado atravesar ese resplandor pero su avión se precipitó a tierra. Se trataba, claro, de uno de los hitos fundamentales de encuentro entre seres humanos y extraterrestres. La explicación oficial prefirió decir en su momento que la luz que había cegado a Mantell era la que irradiaba Venus. Algo absolutamente ilógico para cualquiera que haya, a simple vista, divisado el planeta, apenas observable como una estrella más. Y yo, racional, desconfiado, lo leí como una historia más del guión. Como una de las tantas aventuras que debía sortear mi personaje.

La cuestión es que en la mañana del 17 de noviembre de 1959, mientras en un sector de la base de Morón un avión de utilería era rodeado por una docena de camarógrafos y técnicos para filmar la nave siniestrada del comandante Soler, yo me aparté del grupo y comencé a caminar disfrutando del día soleado. No tenía que filmar ninguna escena. Simplemente estaba allí “prevenido”, como en la jerga del cine se llama a los actores que deben estar presentes en el lugar de la filmación por si hay que rehacer alguna toma.

Me puse a curiosear entre los hangares cuando me encontré con el capitán Alexis De Nogaetz, mi doble, el que piloteaba de verdad los aviones en las escenas aéreas. Con Alexis nos habíamos hecho amigotes y compañeros de aventuras. Los dos éramos parecidos, y mientras yo sumaba cierto reconocimiento como actor, Alexis aportaba su finura como descendiente de la casta europea de los Romanov. Hasta tenía una madre princesa: Zurita De Nogaetz.

Aquella mañana, Alexis me propuso hacer ejercicios de tiro en la Isla de Mazaruca, en el delta entrerriano. “A lo sumo serán menos de dos horas, ida y vuelta”, me dijo. La idea me entusiasmó. Me vestí como Soler, con el traje, el casco, los micrófonos y los auriculares y nos subimos contentos al querido Morane-Saulnier. A los cinco minutos carreteábamos por la pista rumbo a Entre Ríos.

El mediodía era perfecto: con un cielo totalmente despejado y de un color celeste como pocas veces había visto. Conversábamos distendidamente por los auriculares.

A las 12.30, volando a 800 metros de altura y atravesando San Miguel, bromeábamos sobre nuestras andanzas. Entonces, serio de repente, Alexis me dijo que mirara lo que tenía a mi izquierda y un poco detrás. Yo giré la cabeza para ver más allá de la cola del avión y vi algo así como un bolígrafo metálico plateado de unos 150 metros de largo volando, siguiéndonos.

Me recordó vagamente al viejo Graf Zeppelin, el dirigible alemán que había visto atravesando el cielo de mi Rosario del Colla natal, allá en el Uruguay, cuando tenía apenas cuatro o cinco años. Pero a diferencia de aquella maravilla, lo que observaba no tenía hélices, ni alas ni ventanas. Nada de aquella primigenia cohetería espacial.

No podía quitarle los ojos de encima a ese objeto. Lo vi venir hacia nosotros hasta aparearse a una distancia de 1.500 metros. Increíblemente, se detuvo un instante frente a la cabina de nuestro avión. Yo no podía entender cómo hacía para vencer la fuerza de gravedad y no desplomarse a tierra. Y, de pronto, realizó un movimiento de 60 grados y se perdió en el cielo a una velocidad increíble hacia el norte argentino. Todo en silencio, sin el menor ruido. Estaba absolutamente impresionado. Buscaba en ese cielo clarísimo una nueva señal, pero nada. Así como había aparecido, había dejado su ausencia, tan enorme como mi asombro.

Tardé unos minutos en reponerme. Estaba confundido, maravillado, extasiado. Cuando pude articular palabras, le pregunté a Alexis qué había sido eso. “Un plato volador”, me respondió, tranquilo. Y en ese momento formulé la pregunta que modificó mi vida: “¿Qué son los platos voladores?”. La respuesta de mi amigo fue un alimento para mi curiosidad: “Para algunos son naves de otro planeta; para otros, son armas secretas de algún país potencia”.

Quedé impactado. De los nervios, no podía hacer otra cosa que reírme: pleno mediodía, un día de sol hermosísimo, sin nubes, a 800 metros de altura y ese aparato tan raro mostrándome un nuevo camino, una incógnita.

Entonces, Alexis me dijo algo que marcaría, paradójicamente, el principio de mi carrera: “Cuando lleguemos a la base no digas nada de esto porque nos tienen prohibido hablar”.

En el tiempo que estuvimos en el polígono de tiro de la isla no se habló del tema. En medio de enormes silencios, con Alexis nos mirábamos y nos reíamos sin saber qué decir. Mi cabeza era un tumulto de preguntas y conclusiones apresuradas que desechaba de inmediato.

Alexis me lo había advertido: fenómenos iguales al que habíamos visto eran conocidos y celosamente guardados por los profesionales del aire. Yo imaginaba a todas las fuerzas militares del planeta ocultando información. Me preguntaba cuánta gente más habría visto aquello ese mediodía de noviembre, cuáles habrían sido sus sensaciones.

Muchos años después, en 1973, conocí a Hugo D’Adderio, un excelente ilustrador que me habían recomendado en la editorial La Urraca, donde hacía la revista Cuarta Dimensión. Hugo me dijo una tarde que siempre me escuchaba hablar de aquel acontecimiento junto al piloto Alexis De Nogaetz y me contó que ese mismo día y a la misma hora, dibujando en la editorial Columba, en una oficina en la esquina de Sarmiento y Riobamba, él y tres compañeros vieron pasar desde su ventana exactamente el mismo aparato que había visto yo en el avión. Ese famoso bolígrafo volante. Y me regaló el dibujo de una birome voladora, eso que habíamos visto los dos sin conocernos.

Volvamos a aquel 17 de noviembre: cuando regresamos a la Base Aérea de Morón, apenas pasadas las dos de la tarde, la frase de Alexis retumbaba sin cesar en mi cabeza: “Naves de otro planeta o arma secreta de alguna potencia” (la Unión Soviética, la gran incógnita de ese tiempo). ¿Qué, por qué, para qué, quiénes?

Nos sentamos a almorzar con Alexis en el casino de oficiales, mudos, absortos. Mi amigo hizo un gesto llamando a alguien y me dijo que se trataba del capitán Carlos Hugo Corradetti, y que a él sí podía contarle lo que habíamos visto.

Corradetti tuvo que soportar la catarata de preguntas que se iban agolpando en mi boca. Tranquilo, conocedor, sólo me contestó que tenía un libro que iba a disipar muchas de mis dudas. Yo, vieja rata de biblioteca, le rogué casi que me lo prestara. El capitán se paró, caminó hasta su cuarto y volvió con el libro; Los platos voladores son extraterrestres, del mayor de la Marina de Guerra norteamericana Donald Keyhoe, editado por la Secretaría de Aeronáutica de la Fuerza Aérea Argentina en el año 1952 como un libro de consulta científica.

Cuando llegué a casa, no le conté siquiera a mi esposa de entonces lo que me había ocurrido. Tenía dudas, enormes, y quería guardarme para mí aquel acontecimiento hasta que estuviera seguro. No quería decir ni sí ni no porque sí. No sabía nada del tema, y mucho menos que la investigación era algo nato en mí y que a partir de esa noche iba a transformarse en la meta de mi vida.

Aquella noche no dormí hasta terminar de leer las 300 páginas del libro. Al cerrarlo, todo eso que yo era (botija feliz, basquetbolista, bachiller, profesor de Música y de Historia, devorador de libros de antropología y sociología y psicología, actor, uruguayo y argentino) se aunó para ser el que sería toda la vida: un investigador.

Nunca me había animado a ejercer la docencia como profesor de Historia porque no era la Historia que quería enseñar. En teatro pasó algo similar: cuando encontré el teatro circular, con el espectador al lado, supe que eso era la comunicación.

La noche del 17 de noviembre de 1959 supe que el mayor Donald Keyhoe había visto platos voladores, que había estudiado ese fenómeno. Que de los archivos de su amigo Albert Chopp, jefe de relaciones públicas de la Marina de Guerra, estudió los testimonios de aviadores, radaristas y militares que habían visto “cosas raras” en el cielo. Y que ese hombre de la Marina norteamericana se había arriesgado en 1952 al finalizar su libro con una afirmación por demás premonitoria: los platos voladores eran extraterrestres.

A partir de su material, toda observación de una nave extraterrestre quedó tipificada como contacto del primer tipo. El nombre de Donald Keyhoe comenzó a traspasar fronteras y sus revelaciones provocaron malestar en el alto mando de las Fuerzas Armadas de su país. Tanto, que fue obligado a una opción crucial: para continuar su carrera militar debía abandonar sus estudios sobre los fenómenos extraterrestres. Keyhoe no dudó: la Marina de Guerra norteamericana le quitó su pensión.

La lectura del libro de Keyhoe y su decisión fueron el puntapié inicial para que naciera en mí lo que hice toda mi vida: investigar, conocer, saber un poco más cada minuto. Comencé a hablar con científicos de distintas especialidades que por alguna causa estaban ligados al tema. Recorría todas las librerías y bibliotecas tratando de conseguir libros, revistas o simplemente alguna publicación referente a las naves extraterrestres. Nada. Nada de nada, hasta que encontré El gran enigma de los platillos volantes, del investigador español Antonio Ribera i Jordà, con quien después trabaría una profunda amistad.

El material de Ribera respondió muchas otras preguntas que me había hecho, pero necesitaba más. Y aprendí, entonces, a rastrear las noticias pequeñas de los diarios. Esos recuadritos donde se comentaba al pasar que “dos camioneros se encontraron con un plato volador en plena ruta en las cercanías de la ciudad de Balcarce”. Al encontrarlas, tomaba un micro y hacía allí me dirigía para entrevistarme con esa gente que había visto “algo”. Quería encontrarme cara a cara con los protagonistas del fenómeno, escuchar el relato por sus propias bocas. Y seguir estudiando, seguir investigando, seguir formulándome preguntas y recorrer lo que hubiera que recorrer para encontrarles respuesta. No sabía que me había convertido en un investigador in situ, no en un investigador de escritorio.

Siempre había tenido una enorme capacidad para sortear los obstáculos que se presentaran. Sólo se trataba de seguir la pasión que me embargaba.

No obstante, seguía sin contarle nada de mis investigaciones a nadie. Como a todo el que hablaba de esos temas lo tildaban de loco, quería estar seguro de lo que iba a decir. Y no estaba seguro de nada. Estudiaba, investigaba, leía, cotejaba para adquirir esa certeza.

Así, hasta que en el año 1963 tuve la suerte de llevar a cabo una de las mayores y mejores investigaciones sobre ovnis, que denominé Caso Trancas. Allí, toda una familia, formada por un ex intendente, su esposa directora de escuela y sus tres hijas maestras, dos casadas con militares argentinos, relataba su encuentro con extraterrestres y, al investigarlos, tuve la plena convicción de que sus relatos eran un punto de quiebre en la larga historia del ser humano en este planeta que habitamos. Además, ...