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SIETE & EL TIGRE HARAPIENTO

Leonardo Oyola

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Fragmento

#1. Demasiada información

Donde las vías del ferrocarril del Norte se cruzaban con la calle Pampa, bajo un cielo rojo sangre, moribundo y próximo a enlutarse, durante las últimas horas de ese último domingo de abril; de regreso del hipódromo nacional, en la jardinera alquilada por el Jockey Club, siendo pretérito ya el recorrido por Blandengues, metiéndose ambas manos en los respectivos bolsillos del pantalón, y al tacto corroborando solo la tela, las piernas y lo que ya sabía, Miguelito Dávila, despojado hasta del boleto de vuelta –obligatoriamente abonado por anticipado con el de ida– con los ojos colorados y la amargura como rostro, descendió del tranway, colmado de una masa de la que él resultó ser el último orejón del tarro, y se quedó un largo rato experimentando un ya conocido déjà vu, ahí, como se dijo anteriormente, en Pampa y la vía.

Masticando su impotencia, formuló la pregunta retórica: ¿Cómo era posible que Zanzíbar, un reservado de La Quebrada que dejara tan brillante impresión, allá, en su oriunda La Plata, durante su única muestra en la que ganó por el inusual margen de trece cuerpos, sucumbiera este brioso alazán ante Trenzado? ¡Justo ante Trenzado! Un ilustre perdedor, aquel zaino, en la Copa de Precoces. Como imposible era que Compañerísimo –¿cómo rival?, aparentemente ausente– entre tantas promesas y favoritos, eclipsado por potrillos de físicos superlativos al suyo, dejando atrás a estas figuras hegemónicas, haya sido el primero en cruzar el disco.

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¡Así no se puede, viejo! Con caballos como esos, cuando lo imposible es posible en una tarde en Palermo, el pick de la onceava, el pick de la quinta, el triplo de la décimo tercera y la cuatrifecta de la décimo quinta a ganador, para nuestro Miguelito Dávila, la suma del pozo acumulado termina descendiendo a menos que cero.

Sobreviviente de otro naufragio, Dávila, con las tinieblas ya instaladas tanto dentro como fuera de él, supo que el rescate estaba en camino, al reconocer el toque de un cornetín. Cascos tamborileando acompasadamente contra el adoquín de la calle, precediendo a un cuarteador cabalgando un percherón de imponente estampa, emergieron de la cuesta de Barrancas de Belgrano, a la par del bondi a tracción a sangre que estaban asistiendo. Terminado el repeche, siempre sobre la marcha, el jinete se desenganchó del coche. Desnudando su cabeza del funyi, se despidió del cochero –que repitió el gesto con su rancho– y del mayoral del interno 931, ambos uniformados con trajes verde oscuro. Los dos eran conocidos de Miguelito, que no dudó en hacerles una seña para que se detuvieran. El guarda descendió de la jardinera y estrechó con vigor la mano de Dávila. El conductor, eternas riendas en mano, no se molestaba en disimular el desprecio de su mirada.

–Tano, me tenés que salvar, por favor, llevame –le suplicó al mayoral.

–Salerni, no se le da limosna a un burrero –como hablando a la nada intervino el cochero, develando en su pronunciación el acento de su España natal.

Salerni le respondió reprendiendo con sus ojos grises. Su mirada centelló un furioso “callesé”.

Dávila, como ignorando lo escuchado, le contestó con una rutinaria fórmula de cortesía:

–¿Qué tal, don Amenábar? ¡Tanto tiempo! ¿La familia bien? ¿Sus cosas bien? ¿Todo bien? ¿Y el perro? ¿Cómo era que se llamaba? –Volviéndose hacia el mayoral–: Hasta Chacarita, Tano. Es lo único que te pido.

Salerni se acicaló el ancho bigote, muy despacito, pronunciando su forma. Estoico, dictó sentencia:

–Hasta Chacarita. Va por doña Dávila, por tu mujer y por tu hijo. Por vos... todos mártires y santos inocentes.

–Me parece bien –estuvo de acuerdo Miguelito, también impertérrito–, un viaje más largo nos dejaría a mano por mis favores en la época del degüello –retrucó.

Ahora Amenábar hacía oídos sordos.

–Hasta Chacarita –insistió el mayoral sin dejarse amedrentar por la insinuación de un pasado de asociación ilícita, permitiéndole acceder a la unidad para ubicarse ambos en el primer asiento. Atrás, solo viajaba una parejita–. Nosotros te dejamos del lado de afuera –agregó–, en breve, te quedás adentro del cementerio.

La boca de Miguelito esbozó una tímida sonrisa involuntaria. Los ojos, como el dos de oro, se abrieron de forma exagerada. Un río de frío sudor le recorrió la espalda.

–¿Y... y vos qué sabés? –tartamudeó al preguntar.

–¡La calle sabe, Miguel! ¡Ella siempre sabe!

Dávila, en ese instante, moría por un cigarrillo. No quiso abusar pidiéndolo. Pero como si le leyera el pensamiento, Salerni le ofreció uno. El Tano, conocedor de su condena a muerte, no iba a negárselo. No era quién.

–¡Jamás se muerde la mano que te alimenta! ¿Por qué lo hiciste? ¿Se puede saber en qué estabas pensando?

–¡Me tenían agarrado de las bolas, Tano! ¡Prácticamente estaba en gayola! Ni una hora duraría dentro de la jaula, ¿sabés? ¡Ni una!

–Ahora hay que ver si durás una noche. Los Sastre te andan buscando.

Dávila ocultó su rostro entre sus manos; después deslizó pesadamente las palmas hasta el cuello. Era la tercera vez en el día que hacía ese gesto. La primera fue con la victoria de Trenzado, la segunda con la de Compañerísimo.

Miguelito se quería y se iba a morir.

–De esta no zafo, Salerni –murmuró negando con la cabeza, la mirada fija en el piso de la jardinera.

–El Viejo no perdona nunca, Miguel –chicaneó el Tano–. Si deja pasar una, sabe que se va a correr la bolilla que se está ablandando... hay hasta quien dice y afirma que ya está gagá –agregó.

–¡Obvio que está gagá! ¡Si el Tigre Harapiento es el que maneja todo desde hace rato! –estalló Dávila inquietando con sus gritos a los demás pasajeros. Amenábar, disgustado, reprochó sobre su hombro:

–¡Tranquilizate, Miguel!

–¡Cómo me voy a tranquilizar! ¡Cómo me voy a tranquilizar! ¡Zanzíbar y la puta madre que te re mil parió! ¡Zanzíbar y la concha de tu madre! ¡Esa fija era mi boleto a la provincia, Salerni! ¡Mi oportunidad de irme a la mierda, ¿entendés?!

–¡Tranquilizate, te dije! ¡Tranquilizate! –le ordenó zamarreándolo para que reaccionara–, yo te voy a dar el dinero para que te vayas al Interior. Es poco, pero para que llegues y busques un laburo te tiene que alcanzar.

A Dávila se le llenaron los ojos de lágrimas. Intentó murmurar un “gracias” que el mayoral evitó interrumpiéndolo.

–En Medrano y Corrientes, frente a la estación de los Lacroze...

–El Café de los Loros –ubicó de inmediato Miguel.

–Te encuentro ahí, exactamente a medianoche. Paran solo los de la empresa, así que vas a estar a salvo hasta que llegue.

Miguelito le palmeó la pierna derecha. Salerni miraba las veredas. Salvo las esporádicas arengas de Amenábar a los caballos, en el interno 931 reinó el silencio poco más de media hora.

–Esta es tu parada. Ya sabés, a las doce... y Miguel, que no te vaya a agarrar orejeando en alguna mesa –le advirtió.

Miguelito, ruborizado, asintió con la cabeza. Nuevamente le estrechó la mano a Salerni; ante la previsible indiferencia del cochero, contrariando la norma descendió de la jardinera en movimiento. Tenía que bajar pateando por la avenida unas veinte cuadras y, cuando llegara, hacer tiempo poco menos de dos horas aproximadamente para volver a verse con el Tano.

–No vale la pena, Salerni –exhalando aire opinó Amenábar.

–Su familia lo vale.

–Eso no se discute –coincidió el cochero–, pero los dos sabemos que Miguelito se va a mandar a mudar sin ellos.

–Exacto... van a estar mejor sin él –afirmó el mayoral.

* * *

En el Café de los Loros no se hablaba de otra cosa que no fuera lo que iba a ser el paso obligado ante el advenimiento del futuro que ya estaba entre ellos. Cocheros, mayorales, inspectores, mozos y parroquianos se llenaban la boca con los más diversos comentarios acerca de la gran jardinera roja con capacidad para treinta y seis pasajeros sentados contra los veinte tradicionales; que andaba sola y sin la necesidad de caballos; esa que la noche del 22 salió desde los portones de Palermo en Plaza Italia alcanzando la increíble velocidad de treinta y seis kilómetros por hora, mientras hacía llover chispas doradas desde el cable por el que corría.

–¡Llegó en un pestañear a Canning y Las Heras! –comentó alguien muy entusiasmado.

–¡Y eso que va amarrada del techo con un palito! ¡Que si no sale volando, coño! –aseguró un gallego marcando precedente.

Miguelito entró en el café, y al ver la cruz que presidía la puerta principal dándole una tácita bienvenida, alzando la diestra tocó los pies del Jesús crucificado antes de persignarse. Pasó por delante del mostrador, desde donde estudió el lugar hasta hallar la ubicación perfecta en una mesa solitaria, olvidada y anónima entre el bullicio propio del establecimiento, acrecentado por la noticia que generó el primer viaje de un tramway eléctrico en la ciudad, que tenía fascinado a todo el gremio, a excepción de los cuarteadores –y de los equinos que no podían manifestarlo, claro está– sabedores estos de que los días de su labor estaban contados.

Dávila se dejó caer en una de las dos sillas vacías del lugar escogido para la espera. Mucho antes de lo previsible, lo atacó un mozo preguntándole qué se iba a servir. Pidió una botella de ginebra prediciendo cómo la iba a estirar hasta que llegara Salerni. El Tano, inevitablemente, también se iba a tener que hacer cargo de esta cuenta. El alcohol en su garganta tuvo un efecto restaurador. De pronto, y con solo un par de vasos, ya no soportaba tanto peso sobre sus hombros; la soga al cuello no ahogaba, y por esto hasta se daba el lujo de percatarse de una nueva oportunidad. Más bien de maquinarla.

Improvisar sobre la marcha siempre había sido su especialidad. Por lo menos eso se mentía, y se creía, Miguelito Dávila. Viendo lo que acontecía a su alrededor fue como elaboró una alternativa para conseguir más dinero a invertir en su fuga. Aunque no fuera consciente de ello, a Dávila su obsesión por el verbo ganar siempre lo dejaba conjugando el antónimo. A solo unos pasos de él, en una mesa circular de paño verde, se barajaban naipes españoles entre cuatro jugadores. Miguelito sabía el nombre del juego. Y se reconocía muy bueno para él. Solía llenarse la boca afirmando que si él fuera una carta, no había ninguna duda: él sería el ancho bravo. Sumido en su delirio de as de espadas se encontraba hasta que en su cabeza, como un recuerdo descuidado, retumbó la advertencia que Salerni le hiciera poco antes de que abandonara el interno 931: “Miguel... que no te vaya a agarrar orejeando...”.

Lo mejor sería esperar a que viniera el Tano, tomar el dinero e irse juntos; después cada uno seguiría su rumbo. La noche todavía sería joven para duplicar, triplicar y cuadriplicar la suma que le entregara. Solo era cuestión de elegir muy bien juego y jugadores. En el Abasto bien podría ir al billar de los Maidana para ensayar su rutina –esa que le hizo ganar mucho en San Telmo, además de una negativa popularidad– fingiendo torpeza con el taco, siendo chambón adrede, pagando mucho el primer partido y ofreciendo el doble para la revancha, desflorando al incauto en el bueno.

Otra que también podría hacer, aprovechando su parada obligatoria en la zona, era la de ir a las riñas de gallos que se hacían en el Burdel de los Labios Mentirosos. Con don Alcides –el verdadero dueño de todas las aves peleadoras que ahí se presentaban–, como lo habían hecho varias veces en el pasado, podrían dar el batacazo con el tongo garantizado de apostar al tapado que en verdad era el campeón. Pero después lo pensó mejor, y además de que el correntino se llevaba más de la mitad, al que lo calaban siempre era a él, por ser el único en poner la ficha en el perdedor que después no era tal. A ver si esa noche justo se avivaban. ¡Lo que le faltaba!

Dávila razonó que tal vez sería mucho más prudente esperar su llegada a Córdoba, donde pensaba radicarse y empezar su nueva vida. De la capital de la provincia solo tenía dos datos que lo convencieron en su elección: sabía que era una gran ciudad... y que tenía hipódromo. No iba a ser muy difícil encontrar las respectivas paradas para los otros vicios. Miguelito Dávila no había nacido para ser peón de campo, tampoco para jinete. Difícilmente podría adaptarse al ámbito rural. Le faltaba disciplina, no solo como laburante: carecía de la misma también para el azar del que pretendía vivir. Nunca supo lo que era retirarse a tiempo y, por abusarse de la racha, salir ganando no le era un recuerdo propio.

“Aguantate hasta Córdoba”, dijo en voz alta. “Solo un par de días”, se admitió el mejor panorama para su situación.

El sonido de los dados chocando entre sí dentro de un cubilete que los agitaba tapaba el medio centenar de voces allí presentes. Las fichas de dominó lo cegaban, encandilándolo con su brillo y las caprichosas formaciones que fueran tomando. La ausencia en su mano de un terceto de cartas formando un intento de abanico le daba comezón a sus dedos. Se puso de pie, pero prefirió petrificarse antes de dar un paso. Si se movía, definitivamente la iba a cagar. Miró hacia el techo como Cristo cuando, implorando al cielo oscuro del Getsemaní, deseó retóricamente que se apartara de él ese cáliz. Y al revolear los ojos encontró a un diablo, no el Diablo, avanzando determinado e implacable con la mirada fija clavada en él, abriéndose paso entre los clientes. Imposible no identificarlo entre tantos uniformes verde oscuro y cuarteadores cuya indumentaria no perdía la esencia de un pasado en el campo. Imposible no reconocerlo después de percatarse del mechón blanco en su flequillo que ya era leyenda.

El Café de los Loros enmudeció ante su presencia.

Miguelito cerró los ojos deseando infantilmente que cuando los abriera ese demonio ya no estuviese en el recinto o que él se encontrara en otro lugar. Cualquiera de las dos opciones le daba igual: ambas eran mucho más que idóneas para concretar su deseo. Balbuceó lo que añoraba en el medio de una breve oración, inaudible y perdida entre tanto cuchicheo. Y al despegar los párpados, solo cocheros, mayorales, cuarteadores, inspectores, mozos y parroquianos fue lo que encontró. Quiso mentirse que aquella figura solo había sido producto de su febril imaginación alentada por los nervios que tenía de punta. Una mala jugada. Un gol en contra en eso que llamaban balompié y que estaba tan en boga. “Pronosticar los resultados de los partidos de fóbal, ese es un negocio con futuro”, aventuró.

Intentó fabular otro final, sin moraleja, feliz y anónimo; y eso comenzó a pintarle una sonrisa. Mostrando los dientes estaba esperando el milagro cuando reconoció la voz de Juan Sastre en su oreja derecha, sintiendo su respiración en la nuca con los labios casi rozándole el lóbulo.

–¡Ay, Miguelito! Miguelito... ¿y ahora qué pensabas apostar? Si ya no te queda nada.

Dávila cerró nuevamente los ojos. Después contestó:

–Solo la vida, Juan, ni más ni menos, es lo único que me queda –buscó pedir clemencia en el eufemismo.

Sastre negó con la cabeza, en simultáneo, chasqueando la lengua cuatro veces mientras sonreía maliciosamente.

–Tu vida, mi queridísimo Miguel, le pertenece al Viejo; tu alma, al Tigre Harapiento... –comenzó a enumerar Sastre–; ¿vos te preguntarás por el culo? Te lo vamos a hacer nosotros, mis hermanitos y yo, así que esta noche dormí sin frazada.

Dávila relojeó la entrada principal del Café de los Loros con cariño y nostalgia. Estaba demasiado lejos.

–Corré si querés, Miguel, si eso te hace feliz... sabés que si no es hoy, mañana te espera lo mismo, ¡y la que te espera, Miguelito!, ¡la que te espera! –anticipando el intento de huida, Sastre exhibió por completo sus fauces.

–Solo sería para enriquecer la anécdota, Juan, para ponerle sal al asunto. ¡Y así de paso hacerlos laburar a tus hermanos, viejo! Seguro están afuera escondidos, calculando cómo emboscar mi carrera. Si soy un libro abierto, ¿no?

–La comparación te queda grande, Dávila. En exceso –ya sin la paciencia inicial le respondió–: Vos sos un pelotudo. Eso se puede tolerar... pero también resultaste ser un buchón, Miguel: eso no se perdona.

Miguelito, resignado y empapado en sudor, se sirvió la totalidad de lo último que había en la botella. Ignorando al mayor de los Sastre, hizo un fondo blanco y depositó sonoramente sobre la mesa el vaso vacío.

–Me vas a disculpar, Juan, pero lo voy a intentar igual, es una obligación conmigo mismo. Soy esclavo de mi instinto de supervivencia. Que Andrés y Rogelio transpiren un poco...

–En eso deben andar mis hermanitos. Salerni es duro...

Dávila dejó caer lentamente sus párpados. Tenía la boca seca.

–Escuchame, Juan: el Tano no tiene nada que ver, no se equivoquen.

–No es lo que dice la calle, Miguel. Si está con vos, está en contra nuestra. Más claro, echale agua. Si te sirve de consuelo, Salerni lejos estaba de jugarla de ángel de la guarda de un gil...

Miguelito volvió a mirar el techo. Recurrente fue la imagen de soledad, angustia y dolor en el Monte de los Olivos.

–¿Él me entregó? No lo culpo...

–Nene, otra vez la pifiás: no seas rencoroso con el gallego Amenábar. Más allá de que no se tuvieran mucha simpatía, considero que debe ser muy duro llegar a tu casa después de romperte el lomo laburando, abrir la puerta y encontrar a tu mujer hecha una lágrima, y antes de articular la pregunta más elemental o que medie cualquier explicación, ver a tu hijo en las rodillas de un tipo sentado en tu sofá y con tu propia navaja de afeitar en el cuello del pibe. Mi hermano suele ser muuuy persuasivo. Hay que reconocer el mérito de Andresito, ¿no te parece, Miguel? Como hay que reconocer la puntualidad de Salerni, propia de un buen mayoral. Justo a las doce venía por Medrano; ahí nomás, antes de llegar a Corrientes, le caímos encima. No fue fácil, debo reconocer. Pero ya me lo deben haber ablandado... Andate nomás, Miguel, ahí tenés la puerta. Con Salerni nos arreglamos... por ahora.

–Si te acompaño, ¿largás al Tano?

–¡Pero por supuesto, Miguel! ¡Me ofendés! Lo que tenés que preguntarte es si Salerni todavía sigue vivo... mientras más le demos a la lengua, mis hermanos más le van a estar dando a él. Son unos chicos muy inquietos. Se aburren fácil.

–Vamos, entonces.

–¿Te vas sin pagar, Dávila? Eso no se hace –le hizo notar–. ¡Ah! No me digas nada. No tenés un peso. Invito yo –victorioso le refregó su miseria.

Sastre llamó al mozo:

–¿Qué se debe, gaita? –le preguntó metiendo la diestra en el bolsillo del pantalón.

–Nada, don Sastre, la casa invita –le contestó el empleado sin animarse a mirarlo a los ojos.

Juan Sastre abrazó a Miguelito Dávila y caminó a su lado hablando todo el tiempo. Cualquier iluso hubiera pensado que se trataba de amigos entrañables, pero si supiera la realidad de la situación o pudiera escuchar las palabras de Sastre –“Buche hijo de remil putas, ¡cómo te vamos a vaciar las tripas!”–, el malentendido se disiparía en el acto. Salieron por una puerta de servicio escondida, que daba a Medrano. Tendido en la vereda, yacía boca abajo el cuerpo del Tano Salerni. Andrés y Rogelio Sastre, en mangas de camisa que se les pegaban a la espalda por la transpiración, lo pateaban una y otra vez.

–¡Por favor, Juan! ¡Deciles que paren! –se desesperó Miguel.

–¡Bueno!, ¡bueno!, ¡bueno! –intentó llamar la atención de sus hermanos el mayor de los Sastre. Cuando silbó estridente, consiguió que se detuvieran.

–¿Por qué nos interrumpís, Juan? –preguntó ofuscado Rogelio–, ¿no ves que estamos tocando?

Andresito emitió su risa de hiena. El sonido calaba en los huesos.

–¡Perdonen, muchachos! ¡No lo sabía! Sigan, sigan...

–Pero... pero ¡¿qué hacés?! –preguntó Dávila encogiéndose de hombros, acompañando con un g ...