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SIETE MOTIVOS PARA NO QUERERTE

María Border

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Fragmento

CAPÍTULO 1

—¿Conocías la situación de tu padre? —preguntó desconcertado. Llevaba más de media hora escuchando el relato de Gabriela sobre lo ocurrido en la oficina del abogado.

—No —respondió—, no tenía idea. No sospeché nada. Él seguía viviendo en su departamento, manejaba su coche, me llevaba a cenar a los mismos restaurantes selectos de siempre. No noté nada diferente. O el problema es reciente, o supo ocultarlo muy bien.

—Es casi imposible que no te dieras cuenta —insistió su novio—. Los negocios no se desmoronan de un día para el otro. Tu viejo tenía una posición acomodada. Algo debió indicarte que estaba prácticamente en bancarrota. No puede ser que te enteres cuando estás heredando más deudas que activos.

Pero así era. Estaba recibiendo una pesada carga. Su vida tranquila, de la noche a la mañana, se convertía en un sinfín de reclamos, miradas reprobatorias, deudas, responsabilidades. Miró a Renzo buscando fuerzas y solo encontró dudas. Agradeció que su madre se separara de Sebastián Arredondo cuando todavía era un hombre de un pasar más que acomodado. Beatriz no hubiera soportado hacerse cargo de la nueva situación. En el divorcio consiguió la casa donde moraba, el auto que la movilizaba y el negocio de ropa femenina con el que se sustentaba. Todo prolijamente detallado y suficiente como para dejarla contenta. Como hija, ella no había recibido nada en aquel momento, y ahora ya no quedaba qué repartir excepto cargas. Subieron al auto de Renzo, detectó la tensión imperante, cerró los ojos y regresó en el tiempo.

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Sebastián Arredondo y familia paseando por San Ignacio, por Disneyland, cruzando el Sena, disfrutando del carnaval de Venecia. Una infancia plagada de imágenes bellas, una adolescencia signada por la abrupta separación que no dejó más que incógnitas.

«¿Por qué se habían separado?» Ninguno de los dos quiso jamás comentarle los motivos. La dejaron con su abuela para irse de viaje solos y al regresar ya no eran un matrimonio. Ninguna explicación, ningún motivo expuesto. Solo la contundencia de la ruptura, el cambio de vida, y mamá y papá en casas diferentes. Una semana con él, otra con ella. Quince días de vacaciones en Pinamar con mamá y quince con papá en algún lugar del mundo. Así, hasta que fue mayor de edad. Y aunque ahora tenía veinticinco años, el padre se llevó a la tumba sus razones, y la madre… si no había hablado antes, mucho menos lo haría ahora.

—Podés renunciar a tus derechos —explicó Renzo rompiendo el silencio.

—No entiendo.

—Seamos claros, Gabriela. Tu padre te dejó un muerto difícil de levantar. Vos no tenés idea del rubro, no conocés el mercado. Te vas a terminar endeudando más de lo que se endeudó él.

—Vos sí entendés de negocios —intentó—. Podrías ayudarme. Necesito que me enseñes, que me expliques. Puedo aprender…

—No, Gabriela. Para salir de este lío necesitás capital. ¿Tenés capital de resguardo? —preguntó, pero no esperó la respuesta—. No, no tenés.

—Cuento con mi departamento…

—Un dos ambientes diminuto en Almagro no te alcanza ni para pagar los sueldos del personal. Y yo no invertiré dinero en un negocio que a las claras está fundido. Olvidate de todo, rechazá la herencia, o mejor dicho, rechazá la deuda y seguí dedicándote a lo tuyo. Con eso te entretenés y pagás tus gastos.

Volver el tiempo atrás. Eso quería. Regresar tan solo unos años. Abrir más los ojos para descubrir aquel momento donde todo se inició e intentar que sus padres no se separaran sin una explicación. Detectar dónde Sebastián Arredondo equivocó el rumbo y la empresa comenzó a desmoronarse, para así buscar los pilares con los cuales sostenerla ahora. Volver a aquella noche en Punta del Este en la que Renzo la besó, la enredó con sus brazos y creyó que la envolvía en una capa de protección y contención indestructible, duradera.

¿Por qué todos tenían la facultad de engañarla con tanta facilidad? ¿Cómo fue posible que jamás imaginara un solo conflicto entre sus padres y de la noche a la mañana ya no fueran una pareja? Había entrado a la oficina del abogado pensando en entregarle a Renzo las riendas de la empresa de su padre, y salió entendiendo que solo había deudas por levantar, que no tenía idea de cómo las afrontaría, y su novio le aclaraba desde el vamos que no valía la pena el esfuerzo. Se sintió incapaz, agobiada, sola.

Abrió los ojos, giró la cabeza y lo observó en detalle. Era hermoso, el hombre más hermoso que había visto en su vida. Sexy, con esa chispa risueña y aniñada en los ojos; el cuerpo trabajado. Un buen amante. Aunque su experiencia se limitara tan solo a él, en su cama se sentía plena.

«Debe estar agotado —lo excusó—, seguramente preocupado por mi situación.»

—Llevame a casa de mamá, por favor —solicitó—. Necesito entender algo de todo esto.

Renzo aceptó. Él también quería estar solo y pensar. Había imaginado un futuro diferente. Casarse con Gabriela, unir sus fortunas y vivir sin privaciones. Ella era una mujer hermosa para llevar del brazo. Culta. Reclamaba poco, investigaba menos y vivía enfrascada en sus fotografías, dejando que los días pasaran sin sobresaltos. La esposa ideal para un hombre como él, a quien le atraía la adrenalina de cambiar de cama a diario, conducir un buen auto y codearse con el grupo selecto de Buenos Aires. La quiebra de Arredondo Bienes Raíces era un hecho. La voz se correría rápido. Como economista, sabía lo difícil que sería que la situación variase drásticamente. Lo dicho; la empresa era un muerto imposible de levantar. Gabriela estaba loca aceptando la herencia y, de cualquier manera, los oídos ya le zumbaban imaginando los rumores de pasillo diciendo que si él no había sido capaz de salvar la empresa de su prometida, mucho menos lo lograría con la de un extraño. Su carrera acabada justo cuando estaba en ascenso. Ni hablar. Ella tenía que renunciar o sería el fin del futuro de ambos.

Beatriz bebió otro sorbo de su té. Sospechaba que Sebastián estaba transitando por algún inconveniente económico, pero jamás imaginó que estuviera en la ruina. Lo que su hija pretendía era una completa estupidez, no entendía de negocios, no tenía idea de lo que era un pagaré, un cheque. Gabriela solo conocía de lentes y cámaras fotográficas, de luces y sombras.

—Seguí el consejo de Renzo —dijo—. No sabés nada de bienes raíces. Te lo pasás fotografiando la naturaleza con tu camarita bajo el brazo —tenía que ser muy clara—, no podés hacerle frente a la situación. Perderás tu departamento pagando deudas. Terminarás entregándole la inmobiliaria a los empleados y acreedores y será más difícil continuar con tu vida. Sacate de encima todo ahora y evitate un disgusto y una mancha en tu legajo comercial.

—Cuando era chica —recordó ignorando a su madre—, los viernes, al salir del colegio, me llevabas hasta la inmobiliaria. Vos te quedabas hablando con Maite mientras Mario me convidaba caramelos de naranja. Cuando papá se desocupaba me dejaban apagar las luces, cerrábamos las puertas blindadas y nos íbamos al cine y a cenar. ¿Te acordás?

—Esos recuerdos solo te inyectan presión. Primera lección, en los negocios debés guiarte por el raciocinio, nunca por el corazón —indicó Beatriz sabiendo lo duro que fue para ella comprender esa regla.

—¿Por qué se separaron? —preguntó nuevamente, como desde hacía diez años.

—Lo ocurrido entre Sebastián y yo correspondió a nuestra pareja. Como padres, nuestra relación con vos no varió jamás. Ya lo hablamos miles de veces —comentó molesta como siempre que se tocaba ese tema, pero agregó—: Sos una mujer, Gabriela. Sabés que el amor no es eterno. Se ama y se deja de amar sin que se precisen razones. Cuando eso ocurre, lo mejor es separarse. No vuelvas a escarbar heridas viejas que ya cerraron. Ahora es necesario que resuelvas el lío en el que pretendés meterte.

—No se deja de amar de un día para el otro —aseguró.

—Se deja de amar de un segundo para el otro —dijo levantándose del sillón, depositando la taza en la bandeja sobre la mesa y mirando fijamente a su hija a los ojos—. No es necesario que se te cruce otra persona, no es imprescindible que el otro cambie. Es una la que siente distinto. Lo que ayer te encendía, hoy no te mueve un pelo y mañana se convierte en detestable. Es así de simple. Cualquier cuentito que creyeras hasta hoy sobre el ideal y el amor, es tiempo de que lo borres de tu mente.

—Sos despiadada. Que con papá te haya ocurrido eso no quiere decir que le tenga que ocurrir a todos. Amo a Renzo y él me ama. No creo que mañana mis sentimientos varíen tanto como lo hicieron los tuyos. ¿Cuándo te hiciste tan dura, mamá?

Estaba cansada de sufrir viendo lo ciega que era su hija. Cansada de escuchar los rumores sobre la doble vida de su futuro yerno. Cansada de ver que la historia se repetía. No sería fácil convencer a Gabriela de desprenderse de lo que Sebastián le dejó, o mejor dicho no le dejó. Pero había llegado la hora de endurecerla, de prepararla para la lucha, la competencia, y para el desamor. Prepararla, para enfrentarse con la realidad:

—Te deshiciste en llanto cuando murió tu padre. Sé que no entraste a escuchar al abogado con la avaricia en el bolsillo, pero estoy segura de que jamás imaginaste la cruda realidad con la que te encontraste. Esto es la vida —informó—, un golpe tras otro. Hay que armarse para hacerle frente. Adiestrar el corazón para que deje a la razón guiar nuestros movimientos. No te enganches con la sensiblería, no permitas que los errores que cometió él te obliguen a vos. Rechazá esa herencia.

—Conozco a cada persona de la inmobiliaria. Todos son buena gente, siempre estuvieron junto a papá. Con ellos llegó hasta donde llegó. Yo no me olvido, mamá.

—Negocios, Gabriela —insistió.

—Personas, mamá —refutó cerrando los ojos. Dejando caer la cabeza en el respaldo del sillón.

El mañana era un camino solitario, árido, reticente. Se visualizó tras el amparo de la lente de su cámara. Se encontró sola. Observó su propia mirada y accionó el botón imaginario que le permitiría registrar en su memoria la sensación precisa que la embargaba. Incertidumbre, soledad.

CAPÍTULO 2

Se quitó los lentes de sol solo cuando ingresó al ascensor del edificio. Accionó el pulsador del piso dieciocho donde se encontraban sus oficinas. No miró a nadie, no saludó a nadie. En ese receptáculo todos se encontraban para movilizarse de un piso a otro, no para hacer sociales. Calzó ambas manos en los bolsillos de su pantalón de traje caro. El aroma de un perfume femenino invadió sus fosas nasales. Bajó la vista oteando entre las cejas con sus ojos castaños y aceitunados. Descubrió a la responsable de su distracción mirándolo. La analizó en décimas de segundo. Con disimulo, la mujer acercó su cuerpo al de Adrián. Recibió el mensaje, agachó un poco la cabeza, sopló con suavidad para que el cabello que rozaba la nuca de ella la acariciara, en tanto liberó una mano para seguir el contorno de aquellas caderas. La extraña se estremeció y recostó parte de su anatomía sobre la de él. Sonrió de lado haciéndole saber que era bien recibida. En cada piso entraban y salían personas completamente ajenas al juego de ellos. Al llegar al décimo, Adrián sostuvo entre dos dedos la tarjeta con los datos de la mujer, en tanto la observó salir del receptáculo acalorada.

«Tal vez en otra oportunidad», se dijo incólume, arrojando el dato al cesto junto al ascensor.

Regina levantó la vista al sentir la suave alarma que indicaba que alguien arribaba al piso. Detectó a su jefe y se levantó de su asiento de secretaria como rayo. Lo vio pasar junto al escritorio de la recepcionista dejando caer un simple y ronco “Buen día” sin detenerse a escuchar la respuesta, como todas las mañanas. Otro día más rendida a sus pies, siendo la mejor secretaria que pudiera existir y deseando vibrar como lo haría cualquier mujer en sus brazos.

—Buen día, ingeniero.

—Buen día —respondió situándose junto a ella y apoyando una mano en el escritorio, para observar con comodidad el monitor de la computadora de la secretaria y enterarse de las citas programadas para el día—. El doctor Pérez Gil es el abogado de Arredondo —comentó sin mirarla.

—Sí, ingeniero. Llamó ayer solicitándome con premura una cita con usted. Me pareció correcto acomodarlo hoy en ese horario, teniendo en cuenta que usted estaba aguardando su contacto.

Pérez Gil estaba apurado, eso le agradó. Era lo que esperaba.

—Bien —confirmó dando un leve y rápido golpecito con el nudillo del dedo mayor sobre el tablero del escritorio—. Avíseme cuando llegue, hágalo pasar a la sala de reuniones y ordene que nos sirvan café.

—Perfectamente, ingeniero —respondió con corrección.

Entró a su oficina arrojando la chaqueta al sillón que solía utilizar para distenderse. Se acercó al gran ventanal con vista al río.

«Sigue el juego.»

La voz de Regina lo interrumpió:

—Ingeniero. El contador en línea uno.

Tomó la llamada sentándose sobre el tablero de su escritorio.

—¿No llegaste a la empresa todavía? —la pregunta sonó a reclamo—. Necesito que me envíes toda la documentación sobre Arredondo —ordenó, escuchó la aceptación de su empleado y amigo, y le aclaró—: El monto total debe estar disponible, pero no vamos a depositarlo en su totalidad. Lo iremos entregando por tandas.

Su interlocutor volvió a inquietarlo repitiéndole la misma advertencia de siempre. Molesto, respondió concluyente:

—No modifiques ninguna orden. Fui claro, no preciso explicarte los motivos. El monto es el que te remarqué, de ahí no me muevo. Los pagos se harán en mis tiempos. Quiero el informe completo en media hora en mi correo.

Colgó irritado. A él no se le discutían las órdenes. Repasó su cuidada barba, con el dedo pulgar. Había llegado la hora. No se movería un centímetro de lo planeado. El tiempo finalmente lo compensaba.

A media tarde, Regina le avisó que el abogado lo esperaba en la sala de reuniones. Tomó la carpeta prolijamente preparada por su contador, recogió la chaqueta y salió de su oficina para continuar con el plan diagramado con anterioridad. Un plan montado hacía años.

Escrutó a Pérez Gil, con su mirada diestra en detectar emociones. El leguleyo estaba inquieto, preocupado, pero por sobre todas esas conclusiones, reconoció el temor recorriéndole la sangre. Ese sentimiento lo olfateaba con facilidad. Cerró la doble puerta de acceso, juntando ambas manos hacia su espalda, sin quitarle ojo. Frunció el ceño, dio dos pasos hasta el hombre que se levantaba de la silla y le extendía la mano.

—Buenas tardes, ingeniero.

Adrián Morgado era un hombre directo, frontal. Sobre todo en los negocios:

—Doctor —respondió, para luego ir al grano sin preámbulos—, tengo entendido que ha dado con la propuesta que le entregáramos a Arredondo hace un tiempo.

—Así es. Desconozco si está enterado de las recientes malas noticias —consultó.

—Lo escucho —dijo con calma. Si las noticias para Pérez Gil empeoraban, mejoraban para él. Con un gesto adusto le indicó que tomara asiento.

El abogado se revolvió en la silla, el ingeniero Morgado lo intimidaba. No le daba más de treinta y poco, tendría la edad de su hijo, pero lo intimidaba con su altura, su pose segura y la mirada penetrante e inquisitiva. El futuro de Arredondo Bienes Raíces estaba en manos de él. El mejor consejo que podía darle a la señorita Gabriela era que no aceptara esa herencia. Pero antes de entregarle el informe detallado debía escuchar esta opción.

—Sebastián Arredondo ha fallecido producto de un accidente cerebrovascular —notificó. Buscó una reacción, pero no halló cambios, como si le hubiera dicho que todo estaba igual. Prosiguió—: Hace un tiempo ordenó sus posesiones para hacer un rápido traspaso a su heredera.

«¿Heredera? ¿Posesiones?”, registró la mente de Adrián, y continuó escuchando.

—Teniendo en cuenta que usted estaba al tanto de la situación financiera de la inmobiliaria, mi nobleza me obliga a comunicarle que la misma ha empeorado. Tal vez usted… decida retirar su propuesta.

Adrián se recostó contra el respaldo del asiento, apoyó un codo en el mismo, en tanto dejaba el otro brazo estirado sobre la mesa de reuniones:

—Tendrá que darme acceso a la exacta información que me indique cuánto ha empeorado. En la propuesta inicial, Morgado Construcciones entregaba una suma de dinero con la que Arredondo haría frente a parte de sus deudas, y a cambio nos concedía trato preferencial para comercializar nuestras obras —explicó para ganar tiempo, en tanto su mente disfrutaba. Tal vez el tipo ya se hubiera fundido solo. Tal vez no necesitaría desprenderse de parte de su dinero para humillarlo. Ya no existía, era carne de gusanos, eso debería hacerlo sentir en paz. Pero no era así. No había disfrutado de la situación. El viejo se murió sin otorgarle el sabor dulce de la venganza. Pero había una heredera. Sangre Arredondo circulando por la calle.

—Traje un completo informe del estado del activo y pasivo. El mismo que le entregué a la hija del señor Arredondo cuando la notifiqué de su herencia —le pareció detectar un leve movimiento en la mandíbula del ingeniero, pero no podía asegurarlo.

—¿Solo existe un heredero? —preguntó finalmente.

—Sí. La hija es la heredera universal. Pero viendo cómo están las cosas, es probable que ella no acepte.

Tenía que aceptar. La hija tenía que hacerlo para que él finalmente disfrutara su recompensa.

—Comprenderá que debo revisar el estado patrimonial nuevamente —advirtió—. Concrete una cita con mi secretaria para el día viernes de la próxima semana…, por la tarde —remarcó. Disfrutaría de hacerla esperar a ella también—. Sería recomendable que trajera con usted a quien se hará cargo de la inmobiliaria.

—Intentaré venir acompañado por un miembro del personal con mayor responsabilidad y de la señorita Gabriela Arredondo.

«Gabriela Arredondo», memorizó.

—A la heredera tráigala solo si es que va a aceptar la herencia y hacerse cargo de los negocios del padre. Caso contrario, sobrará en nuestra reunión.

—Ingeniero —tanteó—, si considera viable la posibilidad de que nos reunamos antes de esa fecha, se lo agradeceríamos. Los sueldos están sin pagar y…

—Imposible. Lo siento —dijo, sin confirmar con su postura lo que expresaban sus labios. Era simplemente correcto, pero insensible a cualquier reclamo que tuviera que ver con Arredondo.

Regresó a su oficina seguido por Regina, luego de despedir al abogado.

—Quiero un informe detallado sobre Gabriela Arredondo —ordenó—. Estado civil, profesión, situación patrimonial antes de recibir la herencia, preferencias, debilidades.

La secretaria tomó nota de cada palabra dictada por su jefe. Lo escuchó agregar:

—Tengo que tenerlo cuanto antes sobre mi escritorio. ¿Pérez Gil acordó una cita para el viernes?

—Sí, ingeniero —confirmó y comunicó—: Tiene cita con usted a las cuatro de la tarde.

—Perfecto. Cancele mis reuniones del miércoles e infórmele a Marcelo que ese día lo tiene ocupado conmigo en mi despacho. Lo necesito para analizar la situación de Arredondo Bienes Raíces.

Renzo pasó a buscarla temprano por la sede de la fundación. Ya en la mañana le había dicho que esa noche no podrían cenar juntos. No convivían, por lo tanto si no cenaban juntos tampoco dormirían juntos, y en esos días Gabriela necesitaba afecto. Intentó hacerlo cambiar de parecer, pero el motivo que lo tendría ocupado esa noche era una cena con clientes de renombre y eso daba por tierra con cualquier necesidad personal. La profesión debía cuidarse. Estaba en la mitad de la escalera, frenar sería bajar un peldaño o dos. No era lo conveniente. Mucho menos ahora que las cosas comenzaban a complicarse, y el deseado casamiento se vería postergado un tiempo más.

—El abogado se reunió con un empresario de la construcción que al parecer le había hecho una propuesta a papá —comentó intentando que Renzo dejara de revisar los mails llegados a su celular y le prestara atención—. Es un ingeniero que quería prestarle plata a la inmobiliaria, o asociarse y utilizarla para vender sus obras —continuó sin saber si la escuchaba—. La semana próxima nos reuniremos con él. Está evaluando seguramente, si todavía le conviene.

—Desestimá de entrada esa salida —dijo elevando la vista un segundo—. Dudo mucho que a alguien le convenga hacerse cargo de tamaña deuda. Va a elegir firmar contrato con cualquier otra comercializadora que no tenga los problemas de la tuya.

—¿Qué es lo que te tiene tan enojado? —preguntó cansada del destrato con el que la agobiaba últimamente.

Renzo dejó su móvil sobre la mesa del bar, frunció más el ceño antes de hablar:

—Decidiste no seguir mi consejo y aceptaste quedarte con el tremendo quilombo que te dejó tu viejo. Te estás metiendo en camisa de once varas, no tenés idea de cómo salir y en toda tu nueva aventura nos arrastrás a los dos.

—Yo no te estoy arrastrando a nada —aclaró elevando el tono—. Acepto la carga porque conozco a todas las personas que dependen de la inmobiliaria para vivir. Las conozco desde que nací, me tuvieron en sus faldas. Si no acepto, la empresa se funde y ellos quedan en la calle.

—¿Preferís ser vos quien se quede en la calle?

—¡Bueno! —exclamó—, veo que estoy sola en esto. No te pedí dinero, sí tu asesoramiento.

—Y te lo entregué —aseguró frunciendo los labios, acercándose a ella y bajando el tono para no ser escuchados por el resto de los comensales—. No tenés que aceptar. No hay solución para Arredondo Bienes Raíces. Va directo a la quiebra.

Renzo no la comprendía, no entendía sus razones. Estaba distante, más de lo acostumbrado. Llevaba tiempo tan compenetrado en progresar, que olvidaba tenerla en cuenta.

—No viviré con la culpa de no haberlo intentado siquiera.

—Gabriela, vos sos fotógrafa. A pesar de ser muy buena en lo tuyo, en lugar de dedicarte a hacer fotos publicitarias donde ganarías muy bien, entregás la mayoría de tu tiempo y trabajo a las organizaciones protectoras de animales y medio ambiente. No podés juntar un mango, porque te limitás a cobrar lo suficiente como para alimentarte y vestirte. Si tu viejo no te hubiera regalado el departamento, seguirías viviendo con tu madre. Ni siquiera tu femineidad te tienta a ganar un poco más para poder vestirte con ropa de diseño. Y dicho sea de paso, el sábado próximo tenemos un evento, te compré un vestido y zapatos, te los dejo ese día en tu casa.

—No necesité más dinero del que gano —aclaró sintiéndose insultada—. En cambio el planeta y los animales sí necesitan de nuestra atención. ¿No te das cuenta de cómo estamos arruinando las reservas naturales?

—No me vuelvas a repetir el cuentito que lo conozco —advirtió—. Tenés que cambiar tus prioridades. El mundo se mueve por la guita. Se precisa plata hasta para cuidar de tus bichos y de tus árboles. Sin dinero no se es nada. Gabriela —recalcó—, date cuenta ahora que aceptaste esta carga, que la única manera de que los empleados sigan comiendo es que la inmobiliaria dé guita. Y para que dé guita, primero tienen que ponerse a laburar en forma para pagar las deudas. Vendé todo por lo que te den, liquidales a ellos sus indemnizaciones y seguí yéndote al norte y al sur a esperar horas por una toma de un espécimen en extinción.

—Estás usando un tono irónico. Hasta hace muy poco te parecía fantástica mi profesión y mi forma de ser.

—Hasta hace muy poco no ponías en duda mi criterio —retrucó irritado.

—Renzo —dijo más calma estirando la mano para acariciarle la mejilla y peinarle un remolino inexistente en su cabello prolijamente recortado—, sé que no me conviene. Sé que tu recomendación es la acertada. Sé que me querés y te preocupa mi bienestar. Pero esa gente tiene una vida, responsabilidades, una historia compartida junto a mi padre. No puedo abandonarlos sin intentarlo al menos.

—Princesita —respondió con el tono afectuoso que antiguamente usaba—, yo solo busco tu felicidad. Te gusta sacarles fotos a las aves, no hay problema. Te gusta vestirte como recién salida de la secundaria, no hay problema. Te quiero —aseguró—, sos la mujer que elegí. Pero esto no es joda. No es un pasatiempo. Es un negocio en decadencia. El país está en crisis. Si alguien tiene un mango guardado no lo va a meter en ladrillos, lo va a cambiar a dólares y los va a esconder debajo del colchón. La Bolsa es un caos, hoy te despertás con una curva ascendente y en la noche no tenés idea de dónde está el piso. Vivo metido en un estrés constante. Cualquier estudio de mercado que pueda hacer es al pedo. Hoy, acá, hay que ser adivino, no economista.

—Yo te entiendo, pero…

—Pero nada. Te estoy explicando que negocios que jamás tuvieron problemas se caen en picada y vos pretendés hacerte la Juana de Arco.

Renzo arrojó con fuerza la cucharita de su café sobre la mesa.

—No quiero agobiarte. Es mi problema, mi decisión. Te mantendré fuera del tema.

—No entendés un carajo. Me preocupo por vos.

—Dejá de hacerlo —aconsejó segura—. Por el momento nada te vincula a mí más allá de nuestra relación. Es mi negocio, son mis deudas, es mi patrimonio el que está en juego. No involucro el tuyo.

—¿Qué creés que pensará la gente? Tu empresa se hunde y tu novio es un economista.

—¿Te intereso yo o tu reputación? —preguntó con culpa.

—Nosotros —afirmó—. Me intereso en nosotros. Ahora dependemos de mi carrera para sostener nuestra vida en común. Si te hundís, nos arrastrás.

Gabriela se llevó ambas manos a la cabeza. Tiró de su cabello alisándolo:

—Voy a correr ese riesgo. Decidí si lo corrés conmigo.

—Te equivocás de pleno —vaticinó—. No voy a acompañarte en esta locura. Pero sigo acá para sostenerte cuando termines de caer. Te amo y es lo que debo hacer.

Le costó conciliar el sueño esa noche. La conversación con Renzo había sido tensa. En algún momento, su mente romanticona había fantaseado con un brazo fuerte, varonil y protector, que se interponía cual escudo entre ella y el abismo. Un escudo amoroso y viril que le señalaba la ruta, caminaba junto a ella para marcarle las piedras, enseñándole a picarlas hasta convertirlas en arenilla. Comprendió que había sido un sueño, cuando el agobio la empapó en sudor al levantar la vista y descubrir que no era Renzo quien la guiaba.

Salió de la cama enojada. En el cuarto de baño abrió el grifo de agua fría, reunió abundante cantidad de agua entre las manos y hundió la cara, refrescó su nuca. Elevó los ojos a la imagen del espejo y descubrió, otra vez, su soledad.

El recuerdo de ese hombre sin rostro, de ese brazo seguro, la inquietó. Su subconsciente dudaba de Renzo y no era justo. Ella lo amaba, confiaba en él.

«Tiene demasiadas preocupaciones, demasiado estrés», pensó.

Había dos opciones, sabía que existían. Renzo podía aceptar o negarse. Ambas eran lícitas. Esperaba lo primero, obtuvo lo segundo. Se sintió mezquina. Su novio deseaba una mujer glamorosa que disfrutara de las reuniones yuppies y esnobs, sin embargo la aceptaba a ella en Converse y jeans.

—Lo amo y me ama —se dijo frunciendo el ceño, convenciéndose a sí misma—. Hay que dejar de fantasear con ideales.

Se amaba al otro tal y como el otro era. Con sus virtudes y sus defectos. Con sus aciertos y sus errores. Así la aceptaba él a pesar de este error que estaba seguro que cometía.

«Prefiero luchar con un error… que con la culpa.»

CAPÍTULO 3

—El ingeniero Morgado —explicó Pérez Gil— le había propuesto hacerse cargo de parte de la deuda. A cambio, Arredondo Bienes Raíces le entregaba prioridad a la comercialización de algunas obras de la empresa constructora.

—¿Es un filántropo? —preguntó Gabriela.

—No lo creo. ¿Por qué pregunta eso?

—No entiendo qué gana el ingeniero. La inmobiliaria está mal, tiene deudas y él las paga a cambio de que pongamos a la venta sus obras. O es un filántropo o no sabe de negocios —conjeturó.

—El punto está en las comisiones. Las inmobiliarias le cobran al comprador entre un tres y un cuatro por ciento del monto de la venta. Morgado se quedaría con la mitad de esas comisiones hasta solventar el préstamo más los intereses, y no pagaría el punto y medio correspondiente al vendedor por la transacción.

—No es un filántropo, es un usurero —reconoció apenada.

—No califiquemos. Su padre lo consideró viable. Él entendía mucho más que nosotros, tenía años de experiencia encima. El punto ahora es que los empleados necesitan cobrar; no hay efectivo, los bancos no le otorgan más crédito y el tiempo apremia.

—¿Considera que deberíamos aceptar la oferta de Morgado?

—Hoy ya no sabemos si la oferta sigue en pie.

—¿Disculpe? —interrogó Gabriela.

—Me reuní con él el martes en sus oficinas. Lo puse al tanto de los recientes acontecimientos. Quiere evaluar la nueva situación. Como ya le dije, me citó para el viernes de la semana próxima y pidió que llevara conmigo a la persona que quedaría al frente de la inmobiliaria.

—Bien —exclamó en un suspiro—. Iremos juntos. Al conceder una cita, admite que mantiene su interés en nosotros. Seguramente cambiará algunos detalles, pero sigue siendo nuestra salida.

—Gabriela, todas las referencias comerciales que pedí sobre él y su empresa declaran que es solvente, que cumple los compromisos. Claramente es una salida más que interesante. Eso sí —aclaró—, me gustaría que consulte con el personal de la inmobiliaria si los porcentajes solicitados siguen siendo óptimos. La salida debe vislumbrarse como posible. Los manotazos de ahogado no resuelven nada, solo postergan lo inevitable.

Se podía aceptar hasta el justo tope negociado por su padre. Ni un punto menos. Maite y Mario habían sido categóricos en eso. Les comunicó su ofert ...