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UNA INTENSA VIDA

Paloma Herrera

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Fragmento

Paloma. Siempre me sentí identificada con mi nombre. Y no precisamente por lo que dicen en general cuando comparan o asocian el volar de una paloma con Paloma-bailarina. Sino por la libertad que he sentido. La libertad de una paloma. La libertad de poder volar en todos los sentidos.

Eso me lleva a mi infancia. Y más allá de que tengo que agradecer a mis padres por mi nombre, también tengo que agradecerles por mi vida, por mi vida toda. Absolutamente. La idea de llamarme Paloma surgió, quizás, de la manera más natural, tratándose de mis padres y su amor por el arte. Un día, mamá y papá fueron a una subasta de pintura, e inesperadamente quedaron conmovidos por un óleo del pintor Carlos Alonso, Paloma, el gato y el canario. La obra, que muestra a una niña de inmensos ojos, cabello oscuro y corto, con un gato y un canario en su jaula, era el retrato de Paloma Alonso, la hija del pintor. A mamá le fascinó. Y cuando salieron del salón, le dijo a papá que quería que la hija que estaba esperando se llamara “Paloma”. Aunque no sabía todavía si sería mujer. Y papá inmediatamente estuvo de acuerdo. Tiempo después, cuando Carlos Alonso se enteró del origen de mi nombre, quiso pintarme y me sentí tremendamente honrada de poder conocer a un pintor tan importante como él.

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Con mi nombre a cuestas, mi niñez, así como lo vivido hasta ahora, no fue perfecta, pero sí maravillosa. “La vida no tiene que ser perfecta para ser maravillosa”, es uno de los tantos dichos o refranes que me acompañan. Son como mis guías cotidianas.

Mi vida no fue muy común. Suena irónico cuando se trata de una persona como yo, a la que no le gusta llamar la atención. Pero, sostenida en esa seguridad de ser amada no matter what que me han dado mis padres, siempre hice lo que quise, sin ningún problema, y sin el famoso temor al “deber ser” o el “deber hacer”. Desde que tengo conciencia, hice lo que me parecía correcto, sin importarme nada más. Y mis padres, con su ética intachable, han sido el mejor ejemplo.

Seguramente no fue una familia perfecta. Pero ante mis ojos han sido los padres más extraordinarios del mundo. Y lo que recibí de ellos fue un amor entrañable que lo pudo y lo puede todo. Si no hubiera sido así, me pregunto, cómo una hija, a los quince años, puede irse a vivir sola a una ciudad como Nueva York. En 1991 Nueva York no era lo que es hoy. En aquel momento era conocida por ser una de las ciudades más inseguras y peligrosas del mundo. Y además también era famosa por lo difícil que era entrar en esa sociedad tan competitiva, en la que solo sobrevivía, y aún hoy sobrevive, lo mejor de lo mejor.

Pero jamás en nuestra familia se cuestionó eso. A los quince años firmé contrato, sola, con el American Ballet Theatre (ABT). Después, llamé a mi casa para avisarles que había entrado a la compañía y que me quedaba a vivir en Nueva York. Y no lo dudé. Tenía una confianza absoluta porque sabía que mis padres me apoyarían siempre en cualquier decisión que me hiciera feliz. Y de parte de ellos, estaba la confianza de saber que aun estando sola en esa ciudad, sin nadie que me controlara, sin nadie que me protegiera o me orientara en el día a día, iría por el camino correcto. Esos códigos de familia son los que valoro y los que han hecho posible mi carrera. Esa libertad, esa confianza, es casi una marca de nacimiento. Una madre que aún hoy dice: “Quiero ser la mejor madre”. Me amó desde el momento de su embarazo, y me cuenta cómo fue mi nacimiento, los detalles, las emociones, los momentos del parto en la oscuridad, y cómo se dedicó a cuidarnos a mi hermana Marisa (Marisita) y a mí. Para mi nacimiento, mamá había elegido a un pediatra joven, quien tenía una visión revolucionaria de la relación que debían mantener madre e hijo desde su nacimiento. El “parto en la oscuridad”, cuenta mamá, era simplemente rodear al bebé de un ambiente más contenedor y apacible, y ella estaba totalmente de acuerdo con esa nueva mirada de la pediatría, y segura de que esa dedicación incondicional era esencial.

Y siguió siempre exactamente igual. Su muestra de amor es incomparable. Cuando fuimos creciendo inventábamos juegos. Las tres nos instalábamos en la cama grande de mis papás, mientras Marisita y yo saltábamos haciendo acrobacias, fascinadas de poder convertirnos en las reinas del circo. A veces nos transformábamos en estrellas de los clásicos shows musicales que se hacían todos los sábados en la casa de la abuela Clara, la bisabuela Elvira y el tío abuelo Juan. Después de cenar, íbamos las tres al baño, que era enorme, y allí comenzaba la función, cada una con su exclusivo repertorio de canciones. Mientras, la abuela Clara nos llamaba desde el comedor: “Chicas, vengan a comer el postre”. Y escuchábamos el comentario de papá que decía: “Dejalas, se están divirtiendo, cuando terminen vendrán a jugar a la brisca con ustedes”. La brisca era un juego de cartas que nos encantaba. A veces también jugábamos a la maestra, y poníamos en fila a nuestras alumnas imaginarias que eran las hermosas plantas que la abuela cuidaba tanto.

Mi papá, con un carácter totalmente opuesto al de mamá, era muy gritón, y apasionado al extremo por las cosas en las que cree. Con él se pueden armar grandes discusiones por pequeñas cosas; su convicción y su comprometerse con lo que piensa, lo que quiere y lo que ama no tienen límites. Y en ese punto es donde su esposa, sus hijas y sus ideales son los que ganan. Las tres somos defendidas a muerte, pero la personalidad fuerte de papá aparecía hasta en las cosas cotidianas: si unos zapatos estaban fuera de lugar no podía decir suavemente que había que ordenarlos, sino que le salía su vozarrón y su forma impulsiva que, a veces, me daba miedo, y me marcó. En cambio a mi hermana no tanto, porque no se hacía problema. Siempre me intrigó la complejidad del ser humano y cómo cada uno procesa las experiencias de vida de manera tan diferente.

Ahora que soy adulta, recién puedo ver con otros ojos el carácter tan fuerte de papá. Pero tiempo atrás, ante la mirada de una nena tan chiquita, me asustaba. Y mamá, que tanto quería que no hubiera problemas, estaba en el medio, tratando de calmar y traducir el idioma apasionado de papá al lenguaje de una nena que no entendía aquellas tormentas.

De este cóctel de personalidades nací yo. Una combinación exacta y proporcional: mitad y mitad. Tengo muchas cosas de mamá y muchas de papá. Esa mezcla y ese inmenso amor me dieron la seguridad y la fuerza de ir por la vida desde muy chiquita sin “tener que ser alguien”, sino simplemente ser yo, Paloma. Libre en espíritu y pura pasión.

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Marcada a fuego

Desde que tengo conciencia estoy bailando, y no bailando por bailar, porque era algo lindo, o porque mi mamá me llevaba para que hiciera una actividad extra además de la escuela. Bailé porque no podía no bailar. Era el aire que respiraba. Y muchas veces me he preguntado: ¿cómo una niña a los siete años puede sentir eso? ¡¿Cómo se puede estar tan absolutamente convencida?! ¡¿Cómo puede alguien tan chico perder perspectiva del resto de las cosas?!

No recuerdo y no entiendo el porqué... Siempre será una incógnita. No tengo a nadie en la familia, ni conocidos, ni parientes cercanos o lejanos relacionados directamente con el mundo del ballet, del teatro o del espectáculo. Pero eso sí, en casa se escuchaba música clásica todo el día. Nací rodeada de libros, de cuadros, de música, y el arte era algo que palpitaba en las paredes de mi casa. Mis padres, para mí, eran como libros abiertos. En mi cabeza, ellos tenían las soluciones a todas mis preguntas, porque lo sabían todo. Papá, abogado, y mamá, profesora de Letras, aunque no ejercía, y trabajaba en el negocio de su papá, mi abuelo Juan José, al que nunca llegué a conocer. Tenían un local de muebles de estilo al que adoraba ir. ¡Me perdía en ese lugar! Mamá, por supuesto, como era habitual en ella, me dejaba hacer lo que quería. Y yo, feliz. Ahí había escritorios donde dibujaban los muebles que se hacían a medida, y no faltaban los lápices, las reglas, las escuadras, los colores... Me quedaba horas jugando, maravillada, hasta que volvíamos a casa. Algunos fines de semana íbamos a una pista de patinaje sobre hielo con mamá y Marisita. Estaba de moda en ese momento, y para nosotras era una diversión. Un día, cuando llegamos a casa, después de haber pasado una tarde tratando de hacer piruetas sobre el hielo, le dije a mamá que quería bailar. Así, de la nada...

Mamá enseguida averiguó y me llevó al estudio de Patricia Stokoe, creadora de la expresión corporal en la Argentina. Y aunque me había gustado mucho porque era improvisación con música y telas, después de algunas clases le dije a mamá que quería “bailar con puntas”. Hasta el día de hoy sigo sin saber cómo surgió esa idea. Otra vez ella salió en la búsqueda de lo mejor. En una reunión con gente amiga le recomendaron el Ballet Estudio Olga Ferri-Enrique Lommi, uno de los más prestigiosos de Buenos Aires y donde Olga, si bien muy exigente, era una excelente maestra de danza clásica. Mamá, sin perder tiempo, averiguó los detalles y fue al estudio. Con la primera persona que habló fue con Ñata, la tía de Olga que trabajaba allí como secretaria. Ella manejaba el estudio a la perfección. Ese mismo día mamá conoció a Olga, minutos antes de comenzar sus clases. Y la reconoció enseguida. Cuenta que tenía todas las características de una étoile, con su figura pequeña, su rodete, sus ojos grandes e intensos y su clásico bastón para marcar los tiempos, se imponía en el estudio con su presencia. Así llegué ahí. Un 5 de abril de 1982 entraba a ese estudio en Marcelo T. de Alvear y Uruguay que se convirtió, al instante, en lo más importante para mí. Era mi templo.

Me pusieron en una clase con una profesora que era la asistente de Olga, Mónica Perrusi, que se ocupaba de las principiantes. Olga solo enseñaba en los cursos intermedios y avanzados, y de vez en cuando observaba esas clases para seleccionar a las que pasarían al próximo nivel. Los días que llegaba Olga eran todo un acontecimiento. No había una alumna que no muriera por ser la elegida para tomar clases con ella.

Mi personalidad, fuerte y definida, se puso en evidencia desde el primer momento. Recuerdo que en una de las clases, cuando estábamos haciendo los ejercicios del centro —en los que nos dividíamos en grupos—, algunas de mis compañeras se confundieron en la combinación de pasos que había marcado Mónica. Al terminar, me miró y me dijo: “Paloma, te equivocaste”. Me sorprendí, porque yo había hecho la combinación correcta. Y aunque traté de demostrarle que no había sido así, no me tomó muy en cuenta y siguió con la clase. Pero yo, que era extremadamente perfeccionista y tenía una firme obsesión por la justicia, no podía soportar que me hubiese dicho que me había equivocado si en realidad no era cierto. Cuando mamá fue a buscarme al terminar la clase, le dije llorando que no volvería nunca más. Estaba como si me hubiesen hecho algo terrible e imperdonable.

Mamá, muy tranquila e inteligente como siempre, me dijo: “Palomita, vos sabés que sos libre de hacer lo que vos quieras. Si no querés, no volvemos nunca más, pero tenés que saber que Mónica se lamentará mucho el primer día cuando no te vea; el segundo, quizás; pero después ya se olvidará. Y vos serás la que verdaderamente pierda, si es que te gusta bailar”. Volví al día siguiente. Y desde esa edad adopté este refrán que en inglés quizás suena más conciso y efectivo: you have to choose your battles (tenés que elegir qué batallas pelear). Un refrán que me ha ayudado enormemente en mi carrera profesional. Allí aprendí que hay momentos en los que se debe pelear a muerte por los ideales, pero no se puede vivir la vida siempre a las patadas. Y, sobre todo, si a uno le hará daño al final. En aquel momento, y con solo siete años, opté. Volví al estudio a la clase de Mónica y seguí trabajando. ¿Qué hubiese pasado si nunca más volvía al estudio, si no bailaba más? Quizás en aquel momento mi intuición me hizo saber hasta dónde se pelean las batallas y cómo. Cuáles nos sirven y cuáles solo nos harán daño.

Aquel día en que pisé por primera vez el estudio de Olga supe que este era un camino sin retorno. Al instante fue puro amor y pasión. Nunca más miré atrás. Fue mi lugar en el mundo. Y jamás falté a una clase. Debía tener mi pelo tirante y perfecto. Las mallas, las medias, la pollerita y todo lo que fuera para danza tenía que estar impecable y ser lo más lindo. Algo que no me importaba para nada en la ropa de calle o de todos los días se convertía en algo crucial si era para mis clases de danza. Mi abuela Ofelia, la mamá de mamá, a quien adoraba y con quien tenía una relación muy especial, me tejía mis polainas y saquitos rosas. ¡Y eran los más lindos! Cada vez que salía iba vestida de bailarina por la calle. Al recordarlo ahora me parece una locura haber ido así arriba del colectivo, sin importarme absolutamente nada. Varias veces le pregunté a mamá: “¡¿Cómo me dejabas ir así?!”. Y, sistemáticamente, ella me contestaba lo mismo: “Vos tenías mucha personalidad, querías ir así, y eso te hacía feliz”.

Mi danza pasó a ser todo desde el primer día que pisé ese estudio. Y también lo fue Olga en el mismo momento en que puso sus ojos en mí durante aquella clase que observó y me seleccionó al instante. Fue como un amor a primera vista. En mi diario íntimo de aquellos años escribía “La danza y Olga son lo que más quiero en el mundo”, y llenaba las páginas de corazones. Mi relación con Olga me marcó para siempre. No solo en lo que fui como bailarina, sino como persona. Si pude tener un contrato con el ABT a los quince años fue porque cuando me fui a Nueva York estaba totalmente formada gracias al increíble trabajo de Olga y a mi paso por el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón (ISA).

Indudablemente, Olga fue una maestra fuera de serie, y hasta el último día de mi carrera la tuve presente. Su personalidad, su respeto por el trabajo, su intensa y apasionada dedicación al arte, su forma de inculcar la disciplina hasta su máxima expresión, su trabajo sin límites, sus detalles obsesivos. Todo eso era Olga. Ella nos enseñó desde cómo peinarnos hasta cómo teñir las medias de danza para que sean del color exacto al de la piel. Y pasábamos horas tiñendo y retiñendo, y volviendo a intentar.

Nunca nos dejó usar absolutamente nada en los pies adentro de las zapatillas de punta para “sentir el piso con los dedos y tener total control de las zapatillas de punta”. ¡Y lo hice hasta mi última función en Mendoza! Fue en noviembre de 2015 cuando, en el saludo final de Giselle, me saqué mis zapatillas de punta en el escenario. Simplemente me las saqué. Como una forma de develar que no había nada adentro, ningún secreto, ningún padding, ningún relleno, nada entre mis pies y mis puntas tan adoradas.

En todos esos años jamás usé ninguna protección en los pies. A veces me parece extraño cuando veo a las nuevas generaciones, que se llenan los pies de algodones y curitas, y hasta llegan a la sofisticación máxima de ponerse almohadillas de siliconas para no sentir dolor. ¡Jamás pude hacerlo! Seguí con la vieja usanza: nada entre mis pies y las puntas. Y quizás por esa razón el manejo de los pies fue una marca registrada de mi carrera, al igual que había sido un sello de Olga. Ella le dio cosas maravillosas a mi carrera, que fueron parte de Paloma-bailarina. Y también tuvo mucho que ver en Paloma-persona, ya que todas esas vivencias, esos momentos, quedan marcados a fuego, y hay que pagar un precio. Tanta perfección, tanta obsesión, tanta presión desde muy chiquita dejan marcas. Las famosas “marcas a fuego”.

EL COLÓN, UN TEATRO MÁGICO

Ya en la clase de intermedios, para la que me había seleccionado Olga después de un breve paso por la de principiantes, y cuando apenas tuve ocho años, me sugirió que me presentara a una audición del ISA en el Colón. Era dificilísimo entrar, y era solo por concurso. Estaba abierto a todos, y al ser gratis —algo maravilloso que se da en pocos teatros del mundo como el Bolshoi, el Mariinsky, la Ópera de París y Cuba, entre otros— se presentaban muchísimos chicos. En esa selección solo contaba el talento, y no quién podía pagar la matrícula. Por eso nunca he dejado de agradecer y de reconocer al Teatro Colón y a mi aprendizaje en la Argentina. Una formación como esa en cualquier otro lugar sería impensable que fuera gratis.

El concurso de ingreso fue muy duro porque solo quedaban entre catorce o dieciséis postulantes, por eso fue siempre tan prestigioso. Estaba organizado en tres rondas: física, médica y artística. La primera era básica, miraban ciertas condiciones como estructura física, flexibilidad, extensiones, rotación de caderas, columna, empeines, arcos... La segunda consistía en los estudios médicos de rutina. Y la última era improvisación. A cada ronda llegaban menos y menos. Estaba segura de que era ahí donde quería estar. Ese teatro era pura magia, pero era intimidante a la vez. Si me seleccionaban, sería como un sueño. Sabía que eran muchos los que querían entrar, y muy pocos los afortunados. Fueron pasando las rondas y fui quedando. Seguía, mientras tanto, yendo a lo de Olga todos los días. En el colegio, como era aplicada en general para todas mis cosas, me iba bien, pero la escuela no me importaba. Mis compañeros me cargaban porque me peinaba como bailarina, y a mí nada me afectaba. Era bastante solitaria, y en los recreos practicaba las combinaciones de pasos de danza en el patio de la escuela, mientras los alumnos, sin entender, se reían de mí. De a poco me fui aislando, ya que los festejos de cumpleaños, las salidas y los encuentros para jugar eran después de clases, a la tarde, y yo siempre en ese horario estaba en mis clases de danza. ¡Jamás en la vida se me hubiese ocurrido faltar a una clase por un cumpleaños! ¡Ni siquiera faltaba cuando estaba enferma! Aunque nunca me enfermaba. Y si caía con fiebre, era justo en fin de semana. Los médicos, sorprendidos, les decían a mis padres: “Lo que puede la cabeza...”. A veces sugerían que el lunes descansara y que no fuera a clase, pero tanto mis padres como los médicos sabían que no lo iba a cumplir. En varias oportunidades, con un poco de fiebre apenas, mi mamá me decía que, definitivamente, no podía ir y que tenía que quedarme un día más en casa, pero me escapaba igual para no perder mi clase.

Después de las famosas tres rondas del ISA, entre los pocos seleccionados estaba yo. Mis compañeros del colegio se fueron dando cuenta de que lo mío era serio, y también de que me estaban perdiendo cada vez más, pero ahora lo entendían un poco mejor. A los ocho años me encontré, por primera vez, desafiando al tiempo: en las mañanas, el Colón; de ahí salía corriendo al colegio, y del colegio volaba al estudio de Olga, donde a veces tomaba dos clases seguidas y, si estaba en época de concursos, me quedaba ensayando después de hora, sola con Olga.

El Colón agudizó el “drama del rodete”. Llevaba una hora hacerlo. Las clases empezaban a las ocho de la mañana, por lo tanto teníamos que levantarnos a las seis. Era toda una ceremonia. Mamá nunca había hecho un rodete, y yo la torturaba. Se lo hacía hacer diez veces hasta que estaba impecable. El día anterior, en el baño de casa dejaba el set de “armado de rodete” completo: peine, gomitas, redecillas, horquillas, espray y las infaltables coronitas de flores o strass, según la clase. Solo faltaba el “manual de instrucciones para el rodete perfecto”. Y cuando venían invitados a casa a cenar, mamá trataba infructuosamente de convencerme para que sacara esas cosas del baño por un rato. ¡Imposible! Con invitados y todo, el baño quedaba decorado “de rodete y coronita”, listo para la mañana siguiente. Todo acomodado a la perfección. Esa obsesión por el orden que me acompañó toda la carrera me obligaba también a llegar al Colón antes que nadie. ¡No bastaba con ir un poco más temprano, tenía que llegar antes de que abrieran las puertas! ¡Una hora antes de que mi clase empezara! Como no había nadie, el portero, que seguramente se compadecía al ver a una nena tan chiquita sola en ese teatro enorme, se quedaba conmigo para cuidarme. Hacíamos una pequeña recorrida por los pasillos hasta que me acompañaba al salón de clases. ¡Para mí era como entrar en un mundo fantástico! Caminábamos por los talleres donde hacían la escenografía; íbamos al lugar en el que guardaban los trajes de óperas y ballets, y pasábamos por arriba de la parrilla donde cuelgan las luces. De su mano iba conociendo un poco más de ese gran teatro. Todos esos pasadizos “secretos” me sirvieron, años más tarde, cuando con mis compañeras del ISA tratábamos de colarnos en alguna función. ¡Era una aventura! Teniendo la credencial de alumnas del ISA podíamos entrar gratis a todas las funciones del teatro. Pero cuando se trataba de compañías extranjeras, en vez de dejarnos ir a platea nos mandaban a paraíso (la ubicación más alta y sin butacas que hay en el Colón). Nosotras, entonces, nos escurríamos por los pasillos para poder bajar a platea y después ir detrás del escenario a pedirles autógrafos o zapatillas de punta a las bailarinas.

Mi intensidad y mi compromiso con la danza fueron creciendo de una manera quizás inexplicable. En mi mundo no existía nada más, y ya con nueve años estaba a full. Una energía que no sé de dónde la sacaba. Y que, por cierto, fue aumentando cuando Olga propuso que me presentara al Concurso Latinoamericano de Perú, una competencia muy reconocida en el mundo del ballet donde participaban estudiantes de toda América Latina. Había tres categorías: 9-10 años (la mía), 11-12, y 13-14. El concurso en sí realmente me tenía sin cuidado, pero estar preparándome tanto tiempo extra con Olga —las dos solas—, las clases privadas, los ensayos, la organización del viaje, eran lo más importante para mí. Estar tan cerca de Olga, y en exclusividad, era un sueño. Al punto de que lo más normal hubiese sido viajar con mi mamá, o con mamá y con Olga, pero para mí no había opción: era ir sola con Olga y tenerla para mí.

Los días previos a nuestro viaje generaron una revolución en el estudio, celos, malestar, miradas de rabia. Les molestaba que Olga estuviera trabajando en forma privada conmigo, hasta los domingos. Y aunque ella trataba de disimular, la situación era tan obvia que todos se daban cuenta. Además, cuando se enteraron de que me acompañaría al concurso, no hubo mucho que esconder. Fue el principio de la “oficialización” de la relación Olga-Paloma, que tuvo que ser aceptada. Y así fue por muchos años más.

Después de tantos trámites y organización, y de haber sacado mi primer pasaporte (el primero de los diez que tuve a lo largo de mi carrera), tomamos el avión rumbo a Perú. Mi primer avión. Sentía un miedo imposible de explicar porque tenía pánico de volar. ¡Quién hubiese dicho en aquel entonces que ese sería el primer avión de tantos que tomé en mi vida! No me quedó otra alternativa que acostumbrarme. Y allá fuimos. Estaba inmensamente feliz de estar con mi maestra, bailando, ensayando y preparándome. Finalmente, comenzó el concurso y a los nueve años ya empezaba con la rutina de estar bajo presión.

Tenía lo que quería, mi danza las 24 horas, y a mi maestra, que estaba con toda su atención para mí. Quizás por eso nunca sentí presión, nunca sentí miedo durante el concurso.

Cuando ya estábamos a punto de empezar una de las rondas finales, nos hicieron desalojar el teatro porque había una amenaza de bomba. Por esos años (1985), en Perú eran frecuentes los atentados del grupo guerrillero Sendero Luminoso, y el teatro había sido uno de los blancos. Casi en estado de pánico, todos comenzaron a correr hacia la puerta. Olga me agarró de la mano para escapar de ahí lo antes posible, hasta que en un momento me solté y fui corriendo a mi camarín, que quedaba en la dirección contraria a la salida. Desesperada, busqué mis zapatillas y el bolso de danza, ni loca lo dejaba. No sé cómo volví a reencontrarme con Olga, pero lo que sí recuerdo es que se enojó muchísimo conmigo. En mi cabeza no importaba nada más que mis zapatillas. Ni siquiera una bomba. Tenía que estar preparada para cuando todo volviera a la normalidad. Bolso en mano, salimos con Olga de mal humor. Luego de un rato de estar en la calle esperando, regresamos al teatro y el concurso siguió. Nada había perturbado mi concentración. Llegó el día del veredicto, y en el escenario donde iban entregando diplomas y premios finalmente dijeron: “Primer premio: Paloma Herrera”. Ahí, chiquita, con nueve años, malla turquesa de mangas largas y pelo tirante a la perfección, me acerqué a los jurados, me llevé mi diploma y varios premios. Entre ellos, un par de zapatillas de punta marca Capezio, una de las firmas más reconocidas de los Estados Unidos en aquel momento. Y volvimos con Olga a Buenos Aires, las dos felices, con notas en diarios y TV esperando. Las primeras de tantas que llegaron durante años.

Las clases en el Colón se hicieron cada vez más intensas. Además de danza clásica teníamos folclore, francés y música. Nada me producía más pánico que mi maestra de francés. Iba a las clases con un miedo terrible. Un miedo que me marcó en esos primeros años del Colón. Después de esos cuatro años de francés y de diez absoluto, hoy no puedo decir ni bonjour. Durante ese tiempo estudié todo de memoria porque solo quería que me fuera bien por el terror que me generaba esa maestra. Estudiaba y estudiaba, pero esa mañana mi mamá me daba té de tilo porque me ponía muy nerviosa. Me sacaba buenas notas, aunque de nada sirvió. Y cada vez que iba de gira a Francia, siempre volvía a mi mente esa maestra de francés. Sin embargo, como de todo se aprende, de una cosa estoy segura: esa no era la forma. Si bien para mí la disciplina es fundamental, igual que el trabajo, el orden, la concentración, hay una gran diferencia con el miedo. Esa fue mi primera experiencia de una forma de enseñar que yo veía como cruel y que a lo largo de estos años se repitió, por suerte no mucho. Sin embargo, no puedo dejar de reconocer que estas situaciones, al ser tan sensible, me hicieron daño.

A la rutina diaria se sumaron algunas representaciones que hacíamos con el ISA. Un día nos convocaron para participar en Escenas de ballet con música de Alexander Glazunov, una música que hasta hoy cuando la escucho me emociona profundamente. Era una nueva coreografía que estaba montando el estadounidense John Clifford para la compañía del Teatro Colón. Una parte importante de ese ballet tenía una sección para doce chicas. Y como siempre lo hacían, nos llamaron a las que estábamos en la escuela para una audición. Convocaron los cursos de nueve a trece años. Y quedé en el primer reparto. ¡Estallaba de alegría! Y todo me parecía como de otro planeta por estar ensayando con toda la compañía en esos salones enormes que tienen las mismas dimensiones que el escenario y especialmente porque al empezar con funciones y ensayos nos pagaron. No recuerdo bien cuánto, seguramente era un mínimo, algo básico como para cubrir los viáticos. Pero lo que no podía entender era el concepto: cobrar por bailar. Y me decía a mí misma: ¡¿Cómo, si yo hubiese dado mi vida por subirme al escenario del teatro Colón, ellos me están pagando?! No entraba en mi ser. Seguía preguntándome una y otra vez ¡¿cómo no tengo que pagar yo?! Y así me sentí hasta que me retiré.

Así fue que gané mi primer sueldo a los nueve años, y ese fue el principio de mi vida profesional. Aquellos días fueron inolvidables. Era una coreografía difícil y larga para chicas tan chicas, y ensayábamos muchísimo. Por supuesto, no faltó el drama en mi casa. En uno de estos ensayos, que eran a la tarde, los padres se reunieron con la ensayista. Y ahí salió mi papá a hablar. A él le encanta hablar y ser el centro y, como es muy inteligente, la gente se queda entusiasmada escuchando sus puntos de vista, que sigue a rajatabla sin tener en cuenta si es “políticamente correcto”. Y en ese momento, cuando todos los padres seguían al pie de la letra las instrucciones de la ensayista, ya que sus hijas estaban en la gloria ante semejante oportunidad, mi papá empezó con su juicio de valores y a dar cátedra. Argumentó que no era justo que tuviéramos que faltar al colegio por esos ensayos, ya que la escuela era importante para nosotras. Y sugirió que nos pusieran otros horarios. Dijo, taxativo, que todos los padres tendrían que pensar lo mismo y hablar en vez de no decir nada. ¡En ese momento yo me quería morir! Para mí el Colón era lo máximo. Lo que me estaba pasando era increíble, y ahí salía mi papá, el único de todos los padres presentes que se atrevió a hablar.

Quizás ese fue un episodio al pasar, y era la personalidad de mi papá, que siempre siguió igual y dijo lo que le parecía. A veces con razón. Pero quizás llevaba las cosas al extremo. Algo semejante ocurrió cuando al año siguiente fue el concurso Coca-Cola en las Artes. Su primera reacción fue no dejarme concursar porque sus principios no se lo permitían: concursar para una marca multinacional con lo que eso significaba. “Siempre es cuestión de principios”, repetía. Y sostenía que si yo me presentaba, con eso estaba apoyando esa línea de política. Fue duro convencerlo. Sobre todo, cuando lo quiso hacer Olga, que argumentaba con lo importante que sería para mi carrera. En ese caso Olga no era la persona indicada para hablar con él, ya que también, por principios, Olga no hubiese sido nunca la elección de mi papá para que yo tuviera de modelo. Ante sus ojos, Olga también era sectaria porque quería y brindaba todo su amor a las que bailaban bien. Y eso, en el mundo justo y ético de mi papá, no entraba. Mamá, como siempre, era la que estaba en el medio, tratando de buscar paz en el hogar. Quizás para ella Olga tampoco era el mejor ejemplo, pero como veía que me hacía feliz todo lo aceptaba. Muchas veces es imposible saber qué es verdaderamente lo correcto. Por eso mis padres han sido un balance importante para mí.

Por entonces, la danza ya ocupaba un lugar hasta en mis juegos. A tal punto que los fines de semana mis mejores amigas del Colón y del estudio de Olga venían a casa y armábamos un miniteatro. Corríamos todos, absolutamente todos los muebles del living, los apilábamos uno al lado del otro en la biblioteca, y de esa forma nos quedaba un enorme escenario. Hacíamos camarines donde poníamos fotos, ropa de danza y todo lo que podíamos imaginar que una bailarina tendría en su camarín. Una de las chicas se ocupaba de hacer la coreografía, y el resto bailaba. Hacíamos un ballet diferente cada vez, y como en mi casa había muchísima música clásica teníamos para elegir. Eran fines de semana de fantasías. Generalmente esos programas se hacían en mi casa porque mamá era la única que dejaba que le desorganizaran todo. Y ella contenta. Mi hermana y mis primas también formaban parte de esos juegos recurrentes donde todo estaba relacionado con la danza. Me encantaba jugar a la maestra. Les enseñaba pasos, les hacía correcciones, y trataba de imitar a Olga con su infaltable bastón. Pero en mi caso, y a falta de bastón, usaba un paraguas de esos grandes con mango de madera. No recuerdo la cantidad de paraguas que rompí. Mi intención era marcar los tiempos con énfasis para que mis “alumnas” aprendieran bien. Pero ellas se aburrían tremendamente o se mataban de risa cada vez que algún paraguas sucumbía por los golpes. Y lo que yo no podía entender era cómo no les encantaba bailar. Sin embargo, en esos momentos me sentía feliz siendo Olga por un ratito.

MIS PUNTAS SOÑADAS

Las zapatillas de punta que había ganado en el concurso de Perú despertaron aún más mi obsesión por las puntas. Pero solo Olga era la persona que me diría cuándo empezar. Jamás se me hubiera ocurrido haber comprado un par sin consultarle. Mi pregunta recurrente era: “¿Cuándo voy a poder usar puntas?”. Y Olga me contestaba: “Cuando sea el momento adecuado”.

Por ese entonces estaban de moda las zapatillas Pampero, que tenían como una punta de goma, y para mí eso era lo más parecido a las zapatillas de punta. Me compré unas de color rosa, y pasaba todo el tiempo tratando de estar en puntas con esas zapatillas. Además, tenía en mi poder ese par que me había ganado en Perú, y era como un chico frente a una golosina. Todos los días las sacaba y me las probaba. Me quedaban grandes, y rogaba que llegara el día en que, finalmente, pudiera usarlas. Me las ponía en secreto, y las manejaba muy bien. Pocos meses después Olga dijo que podía empezar con las puntas. Ella quiso ir conmigo para que me las hicieran a medida, por mi empeine, por el que tengo que agradecer a mi papá, que tiene mucho arco y lo heredé de él. Mis pies fueron muy importantes en mi carrera, una signature. Olga dijo que necesitaba puntas especiales, y allá fuimos. No me entraba la alegría en el corazón. Llegamos, probamos, hablamos con la gente que estaba a cargo del negocio, y finalmente, cuando pregunté para cuándo estarían listas, me dijeron “un mes”. Creo que ese fue el mes más largo de mi vida... Y cuando las tuve en mi poder dormí con ellas. ¡Tanto las esperé! ¡Adoraba las puntas! Aunque muchas bailarinas me decían “vas a terminar odiándolas”, “te vas a cansar”, “te duelen todo el tiempo”. Jamás sentí eso. Hasta el último segundo en que me las saqué fueron parte de mi ser, de mi piel.

Tenía nueve años cuando las usé por primera vez. Y hasta Olga se sorprendió al ver lo bien que las manejaba. Ella estuvo siempre sobre mí durante todo el proceso de adaptación. Por eso decidió que me presentara con puntas en el concurso de Coca-Cola. Y no lo dudé. Más allá de que no me gustaban las competencias, eran la única oportunidad de tener todo ese tiempo extra de ensayos y clases privadas con Olga. Aunque tuvimos que pasar varios días deliberando con mis papás y discutiendo si era ético presentarme. Finalmente, la decisión estaba tomada y me presentaría. Era una situación casi demencial competir en un concurso que estipulaba los cuarenta años como edad límite. Todo valía. Pero Olga dijo que debía presentarme, y allá fui. Nada de lo que ella decía estaba en discusión. Para mí, todo lo que salía de su boca era palabra santa.

A FLOR DE PIEL

Volvieron a empezar los días de muchísimos preparativos, pero a la intensidad de mi amor por la danza, cada vez más a full, también se sumaba la intensidad de mi sentimiento de posesión por Olga. Estaba contenta con tanto trabajo, pero a su vez fue un tiempo de mucho sufrimiento. Mis celos por Olga no tenían límite, no soportaba que mirara a otra alumna, a pesar de que ella pasaba todo el día conmigo. Hacía juegos que me producían mucho sufrimiento. Cada vez que aparecía alguna alumna nueva con mucho talento, enseguida empezaba la competencia en las clases. Hacía comentarios, dejaba de mirarme... Eso me ponía tremendamente celosa. Desde que entré a tomar clases con ella se repitieron esas mismas situaciones. Y esas chicas con las que me hizo sentir tantos celos quedaron en mi recuerdo marcadas a fuego.

Lo más curioso es que ninguna de ellas se destacó luego en danza. Dos dejaron de bailar años después, y las otras dos siguieron pero nunca hicieron una carrera importante. Sin embargo para mí, entonces, eran las personas más peligrosas y ocupaban toda mi energía. No por su talento, sino porque le robaban los ojos a “mi” maestra. En esos momentos aparecían mis famosas manchas. Esas manchas que odié cuando era chiquita porque me ponían en evidencia. Después llegué a quererlas porque hasta el día de hoy muestran que son parte de mi intensidad, que son mi marca registrada. Aún no puedo entender las razones por las que aparecen. No son por nervios, ni enojos, ni vienen de alergias, ni sarpullidos, simplemente me empiezan a salir manchas rojas cuando comienzo a generar calor interno, generalmente disparado por la adrenalina. Por eso antes de las funciones, cuando hablo muy apasionadamente sobre un tema, cuando algo me incomoda, o me conmueve, aparecen. Quizás es una forma de mostrar intensidad. Detestaba esas manchas porque me mostraban vulnerable. Suponía que si no se veían podía aparentar ante el resto de la gente que todo estaba bajo control y que tenía la templanza para resistir cualquier cosa.

Esas manchas eran incontrolables, sobre todo cuando se trataba de mi relación con Olga. En un momento fue mucho más que mi maestra, fue todo para mí. Hoy me parece imposible entender cómo, en parte, desarmó mi estructura familiar. Cómo mi maestra pasó a ser más importante que mis padres. Y ellos lo sabían. ¿Cómo lo habrán soportado? ¿Cómo lo pudo haber digerido mi hermana al advertir que primero estaban mi danza y Olga Ferri, y luego, mucho después, todo el resto? Por lo menos mis padres eran adultos. ¡¿Pero mi hermana?! Ella quería una hermana normal y le tocó este personaje que estaba en otro planeta.

Mi relación con Olga fue muy conocida en el mundo del ballet. Es más, cuando ella murió, en 2013, es muy probable que me hayan llegado más mails a mí que a su propia familia. Y en aquel momento volví a recordar que cuando era chica decía que si a Olga le pasaba algo yo me mataba. En estos días, un poco en broma, un poco en serio, digo que uno en la vida tiene una cuota de celos. La mía la usé toda desde los siete a los catorce años, cuando dejé a Olga. Ella fue un amor más allá de todo. Moría por esa mirada. Cualquiera que haya pasado por las manos de Olga quedó marcada de por vida. Todas queríamos su atención. Y yo la tenía. Desde el primer día fui su alumna preferida, y todos en ese estudio y en el ambiente lo sabían.

Ahora, que lo veo de afuera, creo que habrá sido muy duro para el resto de las chicas. Pero en mi mundo nada importaba, ni los premios que fui ganando, ni las fotos, ni las entrevistas. Solo la mirada de Olga. Y así como la amaba, cuando su atención iba hacia otra alumna me llenaba de odio. Era una sensación terrible. Unos celos imposibles de controlar, y ahí mis manchas famosas salían en su máxima expresión. Además de mi mala cara, mis ojos la fulminaban. Ella, por supuesto, empeoraba la situación haciendo competencia o dedicándose más a “la otra”. Y como no lo podía soportar ni cambiar la cara, Olga me echaba de la clase. ¡Era siempre una telenovela ese estudio! Después yo lloraba interminablemente y la llamaba por teléfono a su casa para pedirle perdón. Así, miles de veces.

Las mismas situaciones se repitieron durante el concurso Coca-Cola. Era inexplicable que una niña que llegó a la final, con lo que eso significaba, no estuviera feliz. Sin embargo, en mi diario escribí que estaba triste porque Olga no me había mirado. “Hoy me avisaron que llegué a la final del concurso, y en la clase Olga me dejó hacer fouettes. Me salieron dobles. Y también hice cuatro pirouttes. Pero Olga no me miró. Igual me pude controlar y no me salieron manchas en la piel. Además, pude bailar con gracia.” Y ahora me pregunto, y me pregunté muchas veces, cómo una chiquita que acababa de pasar a la final de ese concurso tan difícil, una chiquita que a los diez años hacía cuatro pirouttes y fouettes dobles, podía estar preocupada por la mirada de su maestra. Hoy, primeras bailarinas profesionales estarían felices de poder hacer eso que ...