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URQUIZA, EL SALVAJE

Hernán Brienza

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Fragmento

Introducción

UN NIÑO PROMETE

El chico frunce el ceño. Está sentado sobre la raíz de un árbol añejo, en el patio de una casa familiar. Sus mayores protestan, se quejan, insultan. Él juega con una corteza de sauce, aparentemente distraído, como si meditara sobre cosas de niños. Su padre y sus tíos, los hombres de la casa, repiten y maldicen un nombre: Justo José de Urquiza.

Las mujeres callan, van y vienen entre la cocina y la mesa improvisada en el fondo de esa casona del villerío conocido como Arroyo de la China. Una de ellas, especialmente bonita, llora una historia de amor traicionada. Se llama Cruz, tiene alrededor de 30 años y en su vientre concibe una niña. Se toma la cara con las manos y pide perdón, una y otra vez. Los hombres la condenan y, al mismo tiempo, buscan una solución al problema. ¿Qué hacer con el padre de esa criatura que se niega a contraer matrimonio para acallar la afrenta que significa un hijo natural para una familia principal como la de esa mujer? ¿Qué hacer con Urquiza?

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Justo José ignora lo que ocurre en ese patio. Tiene algo más de 30 años, dos diversiones —el dinero y la política— y una pasión, las mujeres. Posee ya cinco hijos reconocidos, Concepción, hija de Encarnación Díaz, y Teófilo, Diógenes, Waldino y José, todos ellos paridos por Segunda Calvento; se sospecha que Tránsito Molina le ha dado otras tres mujeres, Clodomira, Cándida y Norberta. Pero esta vez es diferente. Cruz, la supuesta seducida y engañada, es una López Jordán.

Pertenece a una de las familias más importantes de la provincia de Entre Ríos, una institución en la región. Llegaron al Arroyo de la China, hoy Concepción del Uruguay, cerca de 1780, cuando la zona era poco más que monte mesopotámico. En ese pequeño pueblo, Tadea Florentina Jordán, se casó con Juan Gregorio Ramírez, paraguayo de nacimiento, tuvieron un hijo, al que llamaron Francisco. A los pocos años, la mujer quedó viuda y contrajo segundas nupcias con José Lorenzo Francisco López, con quien tuvo a José Ricardo. Del mismo vientre nacieron los dos hombres más importantes del federalismo artiguista entrerriano, ambos enemigos declarados del unitarismo porteño de las primeras décadas del siglo XIX: el Supremo “Pancho” Ramírez Jordán y su medio hermano, gobernador de la provincia a mediados de los años veinte.

Justo José ignora lo que ocurre en ese patio. Y allí, entre las sombras de los árboles, en mesas de madera, entre botellas de vino y carnes asadas, se está definiendo su futuro lejano, muy lejano. Cruz llora. José Ricardo bufa. Algunos evalúan el asesinato de Urquiza para borrar la afrenta, otros prefieren dejar las cosas como están. De pronto, el niño se pone de pie. Arroja la rama de sauce al suelo y se acerca a los hombres. Toma entre sus dedos la cruz de plata que lleva atada al cuello y la besa. Mira a uno por uno con sus ojos oscuros y rencorosos y se dice seco, sin pasión, pero con firmeza: “Tía, le juro que yo la vengaré. Y voy a matarlo. Por usted. Le prometo que Urquiza va a morir en mis manos”. Los hombres sonríen. Cruz aleja las manos de su rostro y le hace un cariño sobre la cabeza. El chico refunfuña y repite: “Le juro, tía, le juro”.

Se llama Ricardo López Jordán. Ninguno de sus familiares lo toma en serio. Pero cuarenta años después, por cuestiones absolutamente diferentes pero en su nombre, Urquiza será brutalmente asesinado.

UN HOMBRE MUERE

No pidió que no lo mataran. No imploró por su vida. Desde el instante en que comprendió que iban a matarlo, no emitió un gesto de temor ni de arrepentimiento. No se quejó de su suerte funesta, que intuía, ya, desde hace unos años. Con el inútil rifle ya descargado en su mano, él, que había sido dueño de la vida y el destino de miles de hombres, él, que había matado y mandado a matar a decenas de hombres, él, a quien el derramamiento de sangre le producía una infinita melancolía y la muerte, una profunda tristeza, gritó:

—¡No se mata así a un hombre delante de su familia, canallas!

El sol se escurre entre la arboleda entrerriana. Los cascos de los caballos repican sobre la tierra alfombrada por las hojas amarillas del otoño. Desde el Palacio se divisa la polvareda lejana. Una voz áspera anuncia la llegada de los troperos que habían estado esperando. A un par de centenares de metros, la caballada se detiene. Las figuras de las decenas de jinetes se recortan amenazantes sobre el cielo rojizo con las últimas luces de la tarde. Se producen unos segundos de silencio, de quietud interminable.

Justo José de Urquiza conversa en la galería principal con uno de sus colaboradores, Juan Solano, sobre la jornada de trabajo en la estancia Caseros; en otra de las habitaciones, José Romualdo Baltoré, ministro de la gobernación de Entre Ríos, estudia detenidamente unas cuestiones administrativas. Desde una de las habitaciones se escuchan las risas y las voces de Dolores y Justa, las dos hijas del Capitán General; una de ellas toca el piano, la otra canta. En otro de los cuartos, la dueña de casa, Dolores Costa, conversa con su madre, Micaela Brizuela, su hermana Doraliza y su tía Francisca. Por los dos patios se pasean una decena de hombres: el secretario Julián Medrano, los profesores de piano, Carlos Leist, y de idiomas, Antonio Suárez, el jefe de la guardia, Carlos Anderson, y seis soldados más diez sirvientes. Es una tarde como tantas otras en el bucólico Palacio San José, en pleno corazón del este entrerriano, a pocos kilómetros del río Uruguay.

Nada hace sospechar la tragedia personal y política que está a punto de suceder. Hasta que el jefe de la patrulla invasora lanza con fiereza un grito, inaudible desde las galerías de la casona, pero inconfundible en su intención.

Y, en cuestión de segundos, todo se vuelve vertiginoso. Los jinetes espolean los cuerpos sudorosos de los caballos, que galopan hacia el Palacio en tres formaciones. Una de ellas se abre hacia el cuartel de la guardia de la casona.

El hombre tiene 69 años y es retacón, de pecho generoso, con brazos todavía fuertes, ojos duros y cabeza calva, apenas disimulada por una mata de cabellos desparramados con pericia Aprieta con su mano el marco de la puerta de madera y entorna los ojos. Mira a la tropilla y les dice a sus colaboradores:

—¡Son asesinos! ¡Son asesinos! —repite y concluye—. Vienen a matarme…

El miedo se extiende como un río desbocado. Su mujer y sus hijas salen de las habitaciones gritando, los hombres se mueven rápidamente intentando una defensa que será totalmente inútil. El Palacio se convierte en un hormiguero recién pateado. Los jinetes llegan a las puertas de la casa y los alaridos y sapucais ya son claros gritos de guerra y de venganza:

—¡Muera el traidor de Urquiza!

—¡Viva el general López Jordán!

—¡Muera el Tirano!

El capitán José Mosqueira, uno de los atacantes, se dirige a la puerta posterior del Palacio y reduce en pocos segundos a la mínima guardia que intentó resistirse. Al mismo tiempo, el coronel Simón Luengo, el cabecilla de la partida, arma en mano, franquea la puerta de adelante.

Son las siete y media en punto de la tarde del 11 de abril de 1870.

En pocos segundos, Mosqueira reduce a Anderson e ingresa en el patio posterior de la casa, donde con sus compañeros intercambian disparos con los cuatro o cinco guardias. Al mismo tiempo, en la galería del primer patio, Urquiza, vestido de blanco, el protagonista del drama, entra en la habitación de su mujer y le pide:

—El rifle, Dolores, el rifle —su mujer se lo alcanza y Urquiza sale al patio; dispara dos veces—. ¡Tomen, hijos de puta! ¡No se mata así a un hombre delante de su familia, canallas!

Uno de sus balazos le quema el bigotazo al Tuerto Ángel Álvarez y se aloja en el hombro del Pardo Luna. Asustado, éste contesta el ataque y dispara certeramente contra Urquiza.

El proyectil le pega en el rostro, cerca del lado izquierdo de la boca. El Capital General se derrumba, cae sobre sus rodillas, comienza a brotar la sangre. Su mujer y su hija Dolores lo abrazan bajo el marco de la puerta de la habitación.

Urquiza está aturdido, pero consciente. La bala que debió haberlo matado se detuvo en su boca gracias a una prótesis de oro. Cebado, Nicomedes Coronel, uno de los asesinos, se acerca y, por debajo del brazo de su hija, le asesta tres cuchilladas. Luengo lo remata como una res. Envueltas en llanto, con los vestidos ensangrentados, las dos Dolores ingresan el cuerpo moribundo del viejo Capitán General a la habitación.

Ya todo es inútil. Urquiza resopla, borbotea la sangre de las heridas causadas por el acero de los asesinos. Unos segundos después, ese hombre, el vencedor de Caseros, el que derrocó al restaurador Juan Manuel de Rosas, la figura fuerte y gobernador de Entre Ríos, el líder que constituyó una Nación, el primer presidente constitucional de un Estado todavía manchado de sangre, el jefe del partido Federal y patriarca de la Confederación Argentina, el general que en Pavón abandonó a las provincias y al Paraguay a la suerte del puñal degollador de Bartolomé Mitre, encuentra finalmente la muerte que tantas veces lo había buscado. Pierde la vida en brazos de su mujer, de forma poco honorable, es cierto, acorralado por una patrulla de sus propios partidarios. Algunos de sus asesinados habían sido sus propios subordinados y sus admiradores. Pero en esa tarde otoñal uno de ellos gritó: “¡Muera el salvaje traidor de Urquiza!”. ¿Qué había pasado en apenas veinte años para que los propios seguidores decidieran apuñalarlo?

Todavía con el cuchillo en la mano, Nico Coronel, alto, flaco, con el pelo largo y la barba abundante, vestido con un poncho blanco y unas botas de granadero, miró a las mujeres e intentó avanzar para acallar, también a las mujeres, cuando el Tuerto Álvarez le cortó el paso, copó la parada y les dijo a las damas:

—No tengan ustedes miedo, soy el capitán Álvarez, con este puñal que he muerto a su padre he de defenderlas a ustedes.

De inmediato, entró en la habitación el cabecilla de la partida, Luengo. Miró la escena y repitió:

—No teman, señoritas, con ustedes no es la guerra. Esto es sólo una muerte política.

Es sólo una muerte política.

¿Qué significan las palabras de Simón Luengo? ¿Qué significan, dichas por el lugarteniente del Chacho Ángel Vicente Peñaloza, aquel anciano general asesinado en La Rioja y cuya cabeza fue estaqueada en la plaza de Olta, acaso por secreta culpa de Urquiza? ¿Qué significan esas palabras, dichas sobre el cuerpo aún tibio de quien había sido durante más de quince años el jefe del Partido Federal, heredero de Manuel Dorrego y sucesor contradictorio de Juan Manuel de Rosas?

No hay odio, no hay rencor en esa frase.

Pero ¿hay orden? ¿Quién y por qué fue asesinado Justo José de Urquiza? ¿Qué cuentas se ajustan en ese atardecer en la vieja casona entrerriana?

Hay un niño que promete una muerte. Hay un nombre noble invocado en forma funesta. Y un muerto. Un hombre poderoso que años antes se había convertido en el factor más importante de la unidad nacional, de la organización de trece pueblos que habían decidido convertirse en un país. Un estanciero, un millonario, pero también de un político generoso, que constituyó una Nación, que le dio sus leyes y sus formas, que intentó hacerla ingresar en el mundo de la modernidad. Un dirigente político que acaudilló a las provincias pobres en su lucha contra la soberbia Buenos Aires, a una patria confederada que osó desafiar a los brutales beneficiarios de un puerto rico; pero, también, fue el mismo hombre que fue traicionado y traicionó sus principios, que fue humillado y se humilló ante los poderes centrales, que abandonó a su suerte a las mayorías intensas del interior que soñaban con un país diferente y les regaló lo que había constituido a sus enemigos.

En los brazos de su mujer y de sus hijas muere un hombre.

En la memoria de los trece pueblos que constituyeron una nación muere un padre maldito, un hombre que podría haber continuado el trabajo de Manuel Dorrego, que podría haber corregido los errores intencionados o no de Juan Manuel de Rosas.

A Dorrego no lo dejaron constituir un país los autores del primer golpe de Estado de la historia argentina. Todavía escribe la historia la metralla que lo fusiló en los campos de Navarro. Rosas no supo o no quiso hacerlo. Urquiza, en cambio, pudo haberlo hecho, pero se traicionó a sí mismo.

Ese país diferente del de los poderes de la pampa húmeda y el puerto, ese país como posibilidad, todavía está latente allí. Entre el puñal de los Luengo y la palabra de López Jordán, entre los llantos de Dolores Costa y el griterío de la partida que viene a matar, entre las muertes de los traicionados y los masacrados por las defecciones de Urquiza y el cadáver burdo de ese viejo General que no pudo ser consecuente con el país que había soñado. Con esa muerte indigna y cruel, sus asesinos no lo sabían entonces, también mataban la patria de los Dorrego y de los Rosas.

Y sonreía, sereno, satisfecho y victorioso, el país de los Lavalle, los Mitre, los Sarmiento.

PRIMERA TRAICIÓN

I. Caseros

Nunca antes dos ejércitos tan voluminosos se habían enfrentado a las puertas de la presuntuosa Buenos Aires. El Ejército invasor —llamado Grande—, comandado por Justo José de Urquiza y financiado por el Imperio del Brasil, contaba con 28 mil hombres, entre ellos 4.000 brasileños y casi 2.000 uruguayos, 50 mil caballos y 45 piezas de artillería. Más de un tercio de esa formación estaba integrada por extranjeros, sobre todo brasileños deseosos de vengar la vergüenza de Ituzaingó. El Ejército del gobierno nacional de la Confederación Argentina, liderado por Juan Manuel de Rosas, formado por 23 mil hombres y 50 piezas de artillería, esperaba a las fuerzas de la Primera Triple Alianza —formada por una extraña unión entre federales y unitarios argentinos, a la que se sumaban los colorados orientales y las tropas brasileñas— en el campo que iba desde El Palomar hasta Morón.

Nunca antes dos ejércitos de esa magnitud habían definido la historia argentina como en esa jornada del 3 de febrero de 1852. Ya nada sería igual luego de ese enfrentamiento. El Río de la Plata, el Paraná y el Uruguay teñirían sus aguas con la sangre de las guerras civiles de medio continente; en una de las cuencas acuíferas más grandes del mundo, se iba a sellar el dominio de unos y la derrota de otros, se iba a definir si el rol preponderante lo iban a tener los imperiales brasileños o los republicanos confederados argentinos. Y todo bajo la atenta mirada de las potencias europeas como Gran Bretaña y Francia.

Nunca antes una batalla tan decisiva costó tan pocas víctimas: apenas 2.000 muertos de 50.000 combatientes. Y nunca iba a ser tan sencillo y tan absoluto el premio para los vencedores. Nunca en la historia argentina, en tan pocas horas, iba a redefinirse el mapa del poder y el destino económico, político y social de una región envuelta en pasiones contradictorias y violentas como la de la cuenca del Plata.

Urquiza, gobernador de Entre Ríos y segunda espada de la Confederación Argentina, había tirado las fichas del tablero en los primeros días de mayo de 1851 con su célebre Pronunciamiento. Apenas unas semanas después, el 29 de mayo de 1851, firmó con los uruguayos colorados y el Imperio del Brasil una Triple Alianza para vencer al presidente legal y legítimo de Uruguay, Manuel Oribe, y, posteriormente, derrocar a Rosas. Hacia fin de ese año, el entrerriano cruzó el río Uruguay con una tropa de 7.500 hombres, cercó a Oribe que continuaba con su sitio a Montevideo y lo obligó a rendirse. Una vez ocupado el Uruguay por Urquiza con las tropas que el propio Rosas le había otorgado, el gobernador mesopotámico decidió retrotraer su ejército para alzarse con el premio mayor: derrocar al primer mandatario de la Confederación Argentina.

Tras una serie de errores políticos y estratégicos del mismo Rosas, Urquiza avanzó sobre el territorio de la Confederación hasta llegar a las puertas de la gran ciudad aldea el 2 de febrero de 1852. En el último error político-militar que cometió el Restaurador en su vida pública, los Confederados presentaron batalla al invasor que lo aventajaba en número y en calidad de tropas. La decisión la tomó la noche anterior a la batalla en un consejo de guerra en el que participaron el general Agustín de Pinedo y los jefes militares Hilario Lagos, Gerónimo Costa, Mariano Maza, Pedro Díaz, Pedro Bustos, Martín de Santa Coloma, Juan José Hernández y el coronel de artillería Martiniano Chilavert —un ex unitario devenido en confederado tras la batalla de Vuelta de Obligado—, entre otros jefes. Tomó la palabra Rosas, el “tirano” —como lo llamaban sus enemigos— de ojos celestes y pómulos colorados que el pobrerío de Buenos Aires amaba, y dijo:

—Mi deber como gobernante y mi honor me obligan a dirigir la batalla que posiblemente enfrentemos mañana para sostener hasta el último trance los derechos de la Confederación; pero quiero decirles que, si los jefes y los oficiales entienden que debemos pactar con Urquiza y el Brasil, a mí no me queda otro remedio que someterme a esa decisión…

En ese momento, la sangre le golpeó la cara a Chilavert, que pidió la palabra y cortó al Restaurador:

—El deber de defender a la Patria es indiscutible. Yo no sabría dónde ocultar mi espada, la que la Patria puso en mis manos, si hubiera que envainarla frente al enemigo y sin combatir. Estoy resuelto a acompañar al Gobierno hasta el momento final y pienso que es una gloria inmarcesible morir al pie de mis cañones. La suerte de las armas es variable como los vuelos de la felicidad que el viento de un minuto lleva del lado que menos se pensó. Si venceremos, entonces, yo me hago eco de mis compañeros de armas, para pedirle al general Rosas que emprenda inmediatamente la organización constitucional. Si somos vencidos, nada pediré al vencedor; que soy suficientemente orgulloso para creer que él pueda darme gloria mayor que la que puedo darme yo mismo, rindiendo mi último aliento bajo la bandera a cuya honra me consagré desde niño.

—Coronel Chilavert, es usted un patriota —respondió Rosas y le extendió su mano derecha—. Esta batalla será decisiva para todos. Urquiza, yo… o cualquier otro que prevalezca deberá trabajar inmediatamente la constitución nacional sobre las bases existentes. Nuestro verdadero enemigo es el Imperio del Brasil, porque es Imperio.

Caía la noche ya en las afueras de Buenos Aires. Dos ejércitos están a punto de sellar la suerte de un continente. Los minutos caen pesados como piedras. Cualquier decisión que se tome tendrá consecuencias felices o funestas para los protagonistas de ese cónclave. Todos lo saben. Chilavert expone su plan:

—En vez de conservar su comunicación con la costa norte con la escuadra imperial y, por consiguiente, con las fuerzas brasileras que guarnecen la Colonia, Urquiza ha cometido el error de internarse por la frontera oeste de Buenos Aires, aislándose completamente de sus recursos y sin asegurar la retirada en caso de un desastre. Probablemente, al proceder de un modo tan contrario a la estrategia, se ha dejado arrastrar demasiado de la seguridad que le daban de que las poblaciones y la opinión se pronunciarían a favor de los aliados a medida que estos avanzasen, dejando a su retaguardia a poderosos auxiliares de su cruzada. Pero no sabemos de un solo pronunciamiento a favor de los enemigos: por lo contrario, desde que pasó el Paraná hasta el día de ayer, y por regimientos, por escuadrones y por partidas más o menos numerosas, se han pasado del enemigo a nuestro campo aproximadamente 1.500 hombres. El enemigo está frente a nosotros, es cierto, pero está completamente aislado, en un centro que le es hostil, en una posición peligrosísima para un ejército invasor, y de la cual nos debemos aprovechar. Cuantos más días transcurran tanto más fatales serán para el enemigo cuyas filas se clarearán por la deserción. Pienso que no debemos aceptar la batalla de mañana como tendrá que suceder si nos quedamos aquí, que, por el contrario, nuestras infanterías y artillerías se retiren rápidamente esta misma noche a cubrir la línea de la ciudad, tomando las posiciones convenientes; que, simultáneamente, nuestras caballerías en número de 10.000 hombres salgan por la línea del norte hasta la altura de Arrecifes y comiencen a maniobrar a retaguardia del enemigo, corriéndose una buena división hacia el sur para engrosarse con las fuerzas de este departamento y manteniendo la comunicación con las vías donde pueden llegarnos refuerzos del interior. Es obvio que el enemigo no tomará por asalto la ciudad de Buenos Aires ni cuenta con los recursos necesarios para intentarlo con probabilidades serias, ni los brasileros consentirían en marchar a un sacrificio seguro. Y, entonces, una de dos: o el enemigo avanza y pone sitio a la ciudad, o retrocede hacia la costa norte a dominar esta línea de sus comunicaciones y en busca de sus reservas estacionadas en la costa oriental. En el primer caso, militan con mayor fuerza las causas que deben destruirlo irremisiblemente. En el segundo, nosotros quedamos mucho mejor habilitados que ahora para batirlo en marcha y en combinación con nuestras gruesas columnas de caballería a las que podremos colocar ventajosamente. Y en el peor de los casos, no somos nosotros sino el enemigo quien pierde con la operación que propongo, pues para nosotros los días que transcurren nos refuerzan y a él lo debilitan.

No estaba mal el plan de Martiniano, los demás jefes coincidían en la necesidad de no presentar batalla, pero prevaleció la obstinada decisión de Rosas de dar batalla. ¿Por qué? Quizá porque el gobernador ya estaba viejo y cansado y quería una conclusión rápida. Lo cierto es que la suerte estaba echada y el cónclave pasó a estudiar la mejor estrategia para enfrentar a los imperiales en los campos de Caseros.

El 3 de febrero amanece caluroso. Insoportable. Al amanecer, Urquiza proclama ante sus tropas:

—¡Soldados! ¡Hoy hace cuarenta días que en el Diamante cruzamos las corrientes del río Paraná y ya estabais cerca de la ciudad de Buenos Aires y al frente de vuestros enemigos, donde combatiréis por la libertad y por la gloria! ¡Soldados! ¡Si el tirano y sus esclavos os esperan, enseñad al mundo que sois invencibles y si la victoria, por un momento, es ingrata con alguno de vosotros, buscad a vuestro general en el campo de batalla, porque el campo de batalla es el punto de reunión de los soldados del ejército aliado, donde debemos todos vencer o morir! Éste es el deber que os impone en nombre de la Patria vuestro general y amigo. ¡Detrás de aquella línea de batalla se hallan la Constitución de la República y la libertad!

A las nueve de la mañana, Rosas recorre a caballo la formación. Luce cansado, como indiferente. Se detiene en el centro y arenga a Chilavert: “Coronel, sea usted el primero que rompa sus fuegos sobre los imperiales que tiene a su frente”. Orgulloso, Martiniano manda cargar su batería y disparar contra las filas enemigas.

Y sus baterías disparan.

El Ejército invasor, según relata Adolfo Saldías en su monumental Historia de la Confederación Argentina, estaba dispuesto por Urquiza de la siguiente manera: a la izquierda, cuatro batallones de infantería oriental y un escuadrón de artillería, comandados por César Díaz. En el centro, dos de los batallones de las tropas federales de Manuel Oribe rendidos en Uruguay, un escuadrón de artillería y la división imperial brasileña, liderada por el brigadier Manuel Marqués de Sousa y compuesta por seis batallones y otro regimiento de artillería. A la derecha, cinco batallones de infantería entrerriana y correntina al mando del coronel José Miguel Galán, intercalados con las baterías de Bartolomé Mitre y el mayor González Fontes. La fortaleza del Ejército Grande consistía en las cuatro grandes divisiones de caballería entrerrianas, correntinas y brasileñas comandadas por el inefable y tan valiente como voluble Gregorio Aráoz de Lamadrid y Anacleto Medina —un indio guaraní y soldado de Francisco “Pancho” Ramírez (fue quien rescató a la Delfina, la legendaria amante del Supremo Entrerriano cuando éste cayó bajo una partida de Estanislao López), furioso antioribista y antirrosista—, y bajo la supervisión directa del propio Urquiza. En la retaguardia, quedaban las fuerzas de los federales Juan Pablo López y Manuel Urdinarrain.

Rosas, en cambio, colocó en la derecha, sobre la casa de Caseros, al general Pinedo, dos regimientos de caballería, liderados por Santa Coloma, tres batallones de infantería y diez cañones parapetados tras una fosa. Hacia el centro, Juan de Dios Videla comandaba una división de caballería y ocho batallones de infantería a cargo de Gerónimo Costa y Juan José Hernández y otras dos divisiones de caballería. En el centro, Chilavert lideraba treinta cañones y a la izquierda Pedro José Díaz, con tres batallones de infantería y el coronel Lagos con otras divisiones de caballería.

La batalla comenzó con un movimiento de los invasores sobre el flanco derecho del ejército confederado. Pero a media mañana, la poderosa caballería urquicista arremetió contra el sector donde estaba apostado Lagos. Lamadrid y Medina lanzaron sus 10.000 jinetes a todo galope contra los 2.000 lanceros de federales que soportaron la carga valerosamente y le causaron más de 400 muertos al enemigo. El choque debió haber sido espeluznante. De inmediato, Rosas mandó atacar a su caballería. Más de quince mil soldados se disputaban el campo en una marejada de hombres, animales, aceros brillando con el reflejo del sol, estruendos de cañones, disparos de fusilería, envueltos en la polvareda que dejaban los cascos de las bestias montadas. Las fuerzas de Lamadrid se pasaron de la línea enemiga y Lagos debió retroceder y su tropa comenzó a dispersarse.

Las tropas destituyentes habían vencido al flanco izquierdo enemigo. Urquiza mandó a cargar sobre la derecha confederada a las tropas orientales y brasileñas. Pero no contó con la bizarría de Chilavert, que mantuvo a raya a los invasores con sus baterías de cañones. La artillería imperial, entonces, mantuvo fuego sostenido contra los republicanos durante horas mientras las infanterías medían sus fuerzas en el centro de la plaza. Los 500 muertos tendidos al terminar la jornada demostraron que ninguno de los dos ejércitos había podido dominar ese sector. La situación era diferente en la casa del Palomar, donde las fuerzas urquicistas habían logrado tomar las instalaciones, tras vencer a los batallones de Costa.

Fue en ese momento cuando el dulce tirano de ojos celestes comprendió que todo estaba perdido. Vencidos sus dos flancos, mandó cargar contra el enemigo por el centro de la plaza. Urquiza ...