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DE VUELTA

Diego Bernardini (prólogo de Facundo Manes)

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Fragmento

Prólogo

por Facundo Manes*

Pasa normalmente a medida que uno lee, o al terminar un libro admirable, que lo comenta con quien se cruza en el camino, que lo elogia y lo recomienda apenas encuentra un resquicio de oportunidad. Uno de los privilegios que tiene ser honrado para realizar un prólogo de un libro como este es que se lo puede hacer a viva voz. Como dice el título de este libro, De vuelta se trata de diálogos, de historias de gente que vivió mucho e intensamente, en promedio más de 80 años. Algunos elementos muy importantes se desprenden de estas mínimas palabras de introducción que me dan pie para reflexionar sobre la idea de conversación, sobre la vejez sana y sobre lo que se llama, comúnmente, “estar de vuelta”.

A partir de la investigación científica como de la práctica clínica concreta, sé que un modo muy eficaz de llegar al conocimiento es a través de la interacción entre las personas. De esta manera se potencia la posibilidad de que aquello nuevo aparezca, porque los saberes se complementan, las curiosidades se suman, los puntos de vista se tensan, la inteligencia de las partes se expande. Existe una tradición “dialógica” muy rica en la historia de los libros, que fuerzan la transformación de lo efímero de la palabra oral en escritura fija y permanente. Así, uno como lector tiene la ilusión de participar como testigo de esa conversación ajena.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Más allá de mi experiencia como neurólogo que me llevó al deber de conversar con muchas personas mayores, tuve siempre el deseo y la militancia de dialogar con personas de mayor edad que la mía. Así, a muchos de los que participan en este libro tuve el gusto y el honor de conocerlos, y conversar con ellos de manera franca, amena, provechosa. A muchos otros, no. Y este libro me permitió estar con ellos de esta manera, estar ahí yo también, y pasarla bien, y aprender de ellos y con ellos.

La expresión cristalizada “estar de vuelta” permite múltiples sentidos. En realidad, cualquiera de esos dichos populares tiene razones de existir muy intensas: ahí están porque muchas personas a lo largo del tiempo los usaron, los tomaron para sí, los pasaron de generación en generación, los amasaron para llevarlos hacia un lado y hacia el otro. Es así que “estar de vuelta” funciona como metáfora de aquel que ya dio todo lo mejor de sí, pero también es metáfora de aquel que fue y trajo el conocimiento, la experiencia, la sabiduría de ese otro lugar. Casi una analogía de aquel refrán del diablo y el viejo.

Escribí sobre este tema y ese dicho popular y traté de ponerlo en cuestión para dar cuenta científicamente si era verdad que el diablo sabía más por ser viejo que por ser el mismísimo demonio. Y ahí dije que, ante la ausencia de enfermedad, el cerebro experimenta en el tiempo un continuo desarrollo. Los principales cambios se dan a través de una disminución leve en algunas esferas de la cognición, especialmente en áreas como la memoria y la velocidad de procesamiento. Pero esto que podría significar un componente de pérdida viene acompañado por la cualidad positiva de la experiencia y el conocimiento general, que se incrementa con la edad y compensa muchas otras áreas cognitivas. Por ejemplo, las personas mayores pueden tardar más en resolver un crucigrama, pero es probable que su tasa de respuestas correctas sea mayor. La habilidad mental que mejora con los años es la sabiduría.

Este libro de mi apreciado colega Diego Bernardini viene a dar la razón a aquello de que el envejecimiento normal del cerebro podría ser simplemente un proceso de optimización por el cual el ser humano se asegura que se conserven las reservas cognitivas necesarias para un buen funcionamiento cerebral. Lo que revela que la experiencia y la sabiduría de estas personas y de tanta otra gente verdaderamente “mayor” hace que, en esta carrera de conocer y de vivir, nos saquen una vuelta.

* Facundo Manes (MD, PhD) es rector de la Universidad Favaloro, presidente de la Fundación INECO para la investigación en neurociencias y director del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro.

Presentación

Este libro es el resultado de una idea que tomó cuerpo en junio de 2013, pero que nació mucho antes. Quizás en la esquina de Alsina y Sarandí, en el barrio de Congreso en Buenos Aires, donde con siete años me hice las primeras preguntas existenciales: ¿quiénes somos?, ¿por qué estamos aquí?, ¿para qué? Las preguntas siguen siendo una constante, un impulso, un motor. Ya de mayor, mi maestro Jorge Galperín me decía que debíamos ser innovadores. Las personas siempre me resultaron una fuente de aprendizaje y por eso decidí dedicarme como médico de familia a una salud centrada en cada una de esas individualidades y su entorno. Fue una respuesta innovadora, una respuesta poco usual en un medio por demás tradicional. Con ese marco de referencia, los mayores ocuparon el foco de mi atención. Surgieron así inevitablemente otras preguntas: ¿cómo se vive el transcurrir del tiempo? ¿Ese paso del tiempo es igual para el cuerpo que para el alma? ¿Por qué dos personas que de bebés son aparentemente iguales y se manifiestan de la misma manera con los años lo hacen de forma tan singular y diferente? ¿Cómo es envejecer? ¿Qué se siente al llegar a los años finales?

El camino me llevó a pensar al grupo de mayores como espacio de búsqueda y especialización. Durante muchos años atendí como médico de familia y rehabilitador a personas de características muy disímiles. He intentado e intento despertar las inquietudes y la curiosidad de colegas en cursos, congresos y conferencias, así como mostrar a los estudiantes la necesidad de entender a las personas mayores de modo distinto. Con un largo tramo ya recorrido, aún tengo curiosidad y me siento ignorante. Qué mejor entonces que escucharlos a ellos, a los mayores, hablando de sí mismos.

Este libro contiene una selección de veintidós diálogos cuyos protagonistas reúnen juntos unos mil ochocientos años de vida. Decidí que los encuentros fueran conversaciones únicas y cara a cara. Unas charlas sin más en sus casas u oficinas, o en bares, según el gusto de cada uno. Conocía a algunos de los entrevistados; a la mayoría no. Y en el caso de las figuras públicas, no personalmente. La consigna fue en todas las ocasiones hablar sobre la experiencia de atravesar esta etapa del curso de la vida. Un momento en el que en general se suele estar “de vuelta” en el mejor sentido de la palabra.

La vejez toma formas diversas. Y en estas conversaciones está la prueba más clara, iluminada por una generosa disposición para compartir el propio pensamiento, por la valentía para hablar honestamente de la familia, los afectos, las creencias, los arrepentimientos, la muerte o del sexo en la vejez. Mis intervenciones estuvieron dirigidas a generar un clima de confianza y a que fluyeran las voces de los entrevistados a su ritmo. Luego, ya en el proceso de edición, procuré que mi voz estuviera reducida al mínimo indispensable.

Podemos identificar algunas características y tendencias de nuestra sociedad global: una progresiva urbanización, migraciones tradicionales y de las otras, preocupación por el cambio climático y el deterioro ambiental, nuevos estilos de vida con consecuencias para la salud y también un aumento del número de personas mayores. Siempre hubo personas mayores, pero no en el número que tendremos en los próximos años. Es la primera vez que pueden convivir en la historia humana cuatro generaciones de una familia y eso debe ser motivo de celebración. A Francia le tomó cien años tener más del diez por ciento de su población mayor de sesenta años, un porcentaje que define a un país con población “envejecida”. A los países de América Latina este proceso les llevará aproximadamente entre veinticinco y treinta años en un marco de mayor pobreza, desigualdad y vulnerabilidad y, por si fuera poco, con una institucionalidad más débil. El proceso de envejecimiento de la población no tiene precedentes y debe asumirse y considerarse como un enorme desafío de toda la sociedad.

Es habitual leer u oír que “la sociedad está envejeciendo”. Se trata de un error conceptual: las que envejecen son las personas y por lo tanto la población, no la sociedad, que puede tomar distintos caminos frente a este desafío que encierra oportunidades. La clave estará en la manera en que se procese colectivamente la transformación demográfica. La solidaridad ––desde la individual hasta la que moldee las políticas de Estado–– será determinante. La solidaridad intergeneracional habla de uno de los valores humanos por excelencia. La palabra solidaridad significa “colaboración donde las dos partes tienen para dar, donde ambas tienen por ganar”. En este caso, la colaboración entre las diferentes generaciones. Una cultura de la solidaridad, cuidado y respeto a los mayores se torna imperiosa de cara al futuro.

He intentado lograr un libro testimonial que eche luz sobre un momento de la historia que es nuevo para la humanidad y para el cual la mayoría de las sociedades, las familias y las propias personas aún no están preparadas. El desarrollo nos ha regalado años ––casi un tercio de la vida respecto de medio siglo atrás–– y la gran mayoría no sabe qué hacer con eso. De ahí que el abordaje de la vejez tenga aquí una escala personal e individual, modulada por las experiencias del propio vivir. Si hay una primera enseñanza que se puede sacar de estos encuentros, es que se envejece como se ha vivido. Y enseguida una segunda: debemos aprender a envejecer.

En el camino considerablemente largo que dio como resultado esta obra, mi primer libro, fueron muchos aquellos que me han acompañado y ayudado. Quiero agradecer especialmente a mi maestro, mentor y amigo Jorge Galperín, quien me mostró en mis años de formación el camino de una medicina que tenía como norte la calidad humana. Estoy en deuda de gratitud con tres personas que influenciaron y continúan haciéndolo, de manera significativa mi vida profesional: los doctores Henri Jouval, Alexandre Kalache y Juan Macías Núñez. En un tiempo más cercano, estos diálogos no hubieran podido llegar a buen puerto sin la confianza y colaboración de Fernando Pedrosa, Pablo Racioppi, Fernando Iglesias, Rosa Oks Carolina Azzi, Lucila Blinder, La Carro, Pedro Castaño, René Zavaleta, Paula Guerberoff, Fabiana Grossman, Carola Gil, Pedro Cywin, Laura Alonso, Leo Ivanier, Silvia Rabich y Christine Castro Gache. Sin conocerme y de manera totalmente desinteresada, Kado Kostzer me brindó la llave para llegar a varias de las personas que son parte del libro. En Uruguay conté con la ayuda de la familia Estrázulas San Martín y muy especialmente de Claudia Sirlin. En España estoy en deuda con mi amiga Concha Serrano de la Fuente, con Chema Prieto de la Fundación ONCE y con el Ayuntamiento de las Cuevas del Valle en Ávila. A Marcelo Panozzo, que desde nuestro primer café racinguista creyó en la idea de este libro y terminó de hacerlo realidad. En Washington, con mi grupo de amigos cuyos aportes e intercambios dieron lugar a sabrosas tormentas de ideas. Este libro no hubiera sido posible tampoco sin la valiosa ayuda de Susana Duro en la transcripción de los diálogos y de Patricia Piccolini en la edición. Le agradezco a Facundo Manes por su prólogo y por coincidir desde tiempos de la universidad en el valor de la educación y el conocimiento como fuente para el desarrollo de la sociedad. Por último quiero expresar mi gratitud a mis afectos más íntimos: a Tuuli, mi naranja completa con la que recorremos y compartimos la montaña rusa de la vida; a Runo, luz cardinal, aire vital, inspiración. Ambos son mi aventura y mi refugio. A Carlos y Mónica, mis padres, que dieron a sus cuatro hijos las herramientas más preciadas: la honestidad y el valor del esfuerzo. A mis hermanos Pablo, Marcelo y Carolina; y a las cinco generaciones de Bernardini-Zambrini que pude conocer, con quienes crecí y compartí la mesa larga de los domingos y que aún hoy disfruto con mi abuela Elsa de noventa y seis años.

La experiencia de este libro fue movilizadora y me ha expandido en muchas dimensiones. Sacudió y sacude sensaciones y pensamientos. Me dio una aproximación diferente de la que otorgan la práctica clínica del consultorio o la docencia. María Fux me hizo notar lúcidamente que en estos diálogos me enfrenté a mi propio transcurrir.

Este libro es un texto optimista que celebra el significado de la vida. Al mismo tiempo quiere invitar a la reflexión y por ello las páginas en blanco del final. Son para las emociones y los pensamientos del lector. ¡Bienvenidos!

WASHINGTON DC–KUALA LUMPUR, 2015

Beatriz Betty Galer*

La Argentina es un país que nunca nos deja de dar sorpresas… Es un país contradictorio, es el de uno, es hermoso, pero no nos permite relajarnos. Geográficamente es una belleza, la ciudad de Buenos Aires es espectacular, realmente lo es. Mire, yo no encuentro dónde empieza y dónde termina. A mí me impresiona este país con gente linda e inteligente, con unos paisajes maravillosos, con una comida sensacional y que no sale a flote, ¡no! Hay como un elemento negativo que tenemos todos acá.

Estuve el mes pasado en Europa, el martes viajo a Nueva York, pero no quiero irme definitivamente… Digo una cosa horrible, pero es así: yo no trabajo acá, no gano acá, mis hijos no están acá. En París vive una nieta, que acaba de tener una nena, y tengo un nieto en Canadá; otro en Holanda; un hijo y dos nietas en Bruselas; otro nieto en Montreal y una hija en Nueva York. Pero la verdad es que yo creo que para los chicos es más sano vivir fuera de la Argentina. No sé qué pasará en otros países de América, pero aquí la verdad es que los pobres chicos están tan confundidos…

¿Qué le pareció la idea de charlar sobre este momento de la vida, sobre su vejez?

Sabe que me toca profundamente lo que usted dice porque yo de alguna manera estoy en lo mismo desde mi lugar. Yo siempre le digo a todo el mundo que hay mucho racismo con los viejos. Yo soy una luchadora de la vejez porque me encanta la vejez; usted sabe que me encanta esta edad. Siempre cuento que cuando era joven era feminista y ahora soy viejista. Lo que yo busco es entender la vejez; no la comprendemos. Le digo una cosa básica y usted la debe saber mejor que yo porque es un especialista: la gente que lo quiere a uno, mis hijos, por ejemplo, que son divinos conmigo, usted no puede imaginar lo generosos y buenos que son conmigo, pero en su amor me quieren proteger. Ahora, proteger es lo que se hace con los nenes chiquitos. A los chiquitos hay que llevarlos de la mano. Si no se los lleva de la mano, no se los protege…

Yo voy a cumplir ochenta y siete, Diego, así que estoy bien ubicada para hablarle. Hay un enorme prejuicio con los viejos. Es un tema que a mí me interesa mucho; soy una persona activa y quiero saber cómo me muevo y cómo me ubico. Para empezar, entre los ochenta y los ochenta y siete hay una gran diferencia. Ayer fui al banco a pagar una cuenta de ahorro y le pedí al chico que atendía al público que me ayudara porque para mí es un incordio el aparatito ese. Me trató tan mal; me trató como a una viejita. Me dejó esperando. Terminamos peleados, por supuesto. Me impresionó porque él no tenía nada contra mí; así trata él a las personas que salieron de la vida, ¿comprende? Es simple como eso. Indudablemente las cosas han cambiado bastante; entre mi generación y la de mi madre hay mucha distancia. Espero que la de mis hijos sea mejor que la mía, pero todavía hay un prejuicio enorme. De Gaulle dijo en plena fama: “La vejez es una catástrofe”. Pero yo no lo siento así; he tomado la vejez como un nuevo nacimiento. Creo que se lo comenté ya alguna vez: posiblemente tuve varias vidas, y en cada vida… Mire, yo me mudé de Ginebra a Lima y tuve que cambiar de ropa, de comida. Tenía un mayordomo en Lima, la única vez en mi vida que tuve un mayordomo, ¿comprende?

De alguna manera elegí quedarme aquí. A mí todo el mundo me dice: “¿Pero cómo? Con la familia afuera, ¿cómo estás vos sola?”. Yo estoy sola acá y decidí estarlo. Mientras pueda, no sé por cuánto tiempo, yo quiero tener una cierta independencia. Y cuando estoy con mis hijos, no la tengo. Ellos primero me pidieron que tome una empleada para la noche. En general son tan amables conmigo que todo lo que me dicen yo lo hago. Así que contraté a una persona y eso los tranquiliza. Por lo habitual acepto, a veces protesto, pero hay como un efecto de base. Y es que a los viejos los anulan con tanta protección y eso es muy duro. Entonces los viejos terminan amparándose en la protección. Yo me exijo a mí misma. Usted sabe que todavía estoy luchando. No tengo bastón y todo el mundo me dice que lo tenga. Entre usted y yo, tendría que tenerlo, ¿no? El otro día me caí, me di un porrazo.

¿Sabe qué? Voy a poner el agua para el té, dos minutos y vengo…

Volviendo a lo anterior, es una edad muy difícil, pero que a mí me interesa. Yo tengo un problema: siento que la vejez es maravillosa. Por ejemplo, en general no tengo arrepentimientos; los franceses dicen regret. Me parece que he tenido una vida muy linda, con las dificultades que tenemos todos, así que tengo mucha tranquilidad interior, mucha paz. En Córdoba me puse de novia con Julio a los dieciséis años; él tenía dieciocho. Lo conocía desde que yo tenía quince y él diecisiete, y estuvimos juntos sesenta y pico de años, con los altos y bajos que hay en todos los matrimonios. Si volviese a nacer, me volvería a casar con él. Y yo creo que esa es la prueba definitiva de una pareja. No si se peleaban o no, porque eso depende de otra cosa. Si uno piensa que se volvería a casar con esa persona, eso es lo que vale, y lo digo francamente.

Hay una cosa que a mí me excita, le diría que me hace pensar mucho. Y es que estamos en el término de una época ––supongo que no soy la única que lo dice–– en que todos los valores, todo está dimensionado de otra manera. Y la verdad es que a esta edad tengo que hacer un esfuerzo porque me parece que es una gloria vivir en esta época, poder ver lo que está pasando.

Y la posibilidad de viajar. El martes se va a Nueva York…

No, eso ya era de mi mundo. Lo que es de ahora es la computadora, manejarla y el poder que da. Eso sí; el avión no. Claro que ahora un viaje es mucho más accesible de lo que era cuando mis padres viajaban. Ellos lo hacían cada tanto. Me acuerdo de cómo se vestía mi mamá cuando iba a viajar: fue a Europa varias veces. Iba de sombrero, medias de seda, tacos altos, guantes. Ahora eso es impensable. El avión ya es viejo. Hay que tener la conciencia del cambio. Lo que estamos viviendo ahora es como el invento de la imprenta, es como la Revolución Francesa. Son las cosas que han cambiado la estructura de la sociedad.

Lo que me encanta de la vejez es la disponibilidad. Uno no la tiene mientras se dedica a los hijos. Yo ahora cuento con toda la disponibilidad del mundo. Elegí vivir acá y ruego que no me toque irme. Si me toca hacerlo, me iré; uno no sabe nunca cómo vienen las cosas. Mis hijos son amorosos, como todos los hijos del mundo en su preocupación por los padres… Mire, yo cruzo la calle y mi hija Mónica me dice: “Mamá, tené cuidado”. Yo me muerdo, no le digo nada, pero pienso: “Diablos, crucé la calle toda mi vida, ¿qué los hace ser así?”. La preocupación, el cariño, ¿no es cierto? Yo no quiero todo eso.

Aquí poca gente vive la vejez como yo, muy poca gente. Tengo muchas amigas y nadie la vive así. En general todo el mundo tiene nostalgia de otras edades, y yo no tengo ninguna nostalgia. He tenido una vida muy linda en épocas, pero no tengo ninguna añoranza. También juega en todas las cosas el carácter de uno.

¿Sabe? Yo soy hija segunda y por lo habitual los hijos del medio no tienen ego. Eso es de los mayores, a quienes el ego les hace ver todo desde ellos. Por eso hablan muchísimo de enfermedades. Las mujeres por supuesto; los hombres no. Ellos no hablan de enfermedades, pero las mujeres todo el tiempo. Yo jamás lo hago. Nunca digo cómo estoy, ni se lo diría a usted ahora. Entonces siempre me dicen: “Claro, Betty, vos tenés suerte porque estás muy bien”. Y yo pienso: “¿Y qué saben cómo estoy, si yo nunca les digo nada?”. No sé qué transmito, no me importa tampoco realmente.

¿Sus amigas también viajan?

No, para nada. Yo subo a un avión y soy la única vieja que está en el avión. La gente no viaja a mi edad. ¿Usted ve muchos viejos en los aviones? No hay ni uno. Yo subo y me llevan a cococho, me miman, no se imagina cómo. ¿Comprende? Posiblemente eso me hace ser así. Pero no se crea que encontré la sabiduría o la receta. No lo hice.

Voy a traer té, lo estuve esperando para el té.

¿Usted vive sola aquí?

Solita, solita. Prácticamente no tengo familia porque nací en Córdoba. Mi padre era alemán y mi madre rusa, pero eran porteños. Mi papá estudió en la universidad en Córdoba, se recibió y se instaló allí, se casó y nacimos nosotros. Entonces no tengo relación con mis primos, ya no me quedan muchos. Solamente tengo un sobrino en Buenos Aires y tres sobrinos en Córdoba, a los que quiero mucho, nada más.

De alguna manera para usted la vejez es ganancia.

¡Ah! Es ganancia porque es una edad en la que se recupera la disponibilidad, una provechosa. En la vida todo el tiempo hay que dar, ¿sabe? Un hijo demanda muchísimo y el matrimonio también. Y el trabajo y qué sé yo. Todo. A mí nada me demanda mucho; yo aprecio eso y lo tomo como una ventaja mía. No es que yo me quedo en cama: me levanto a las siete de la mañana y desayuno entre esa hora y las siete y media porque por no tener obligaciones no quiero tampoco dejarme estar. ¡No! Me levanto temprano, hago lo que tengo que hacer. Yo creo que es así, para mí es una edad de… Usted dijo la palabra…

De ganancia…

Cuando uno piensa en cómo le fue, uno ya lo hizo, ya está. ¡Qué va a hacer con un balance! ¿De qué le sirve? ¿Me quiere explicar para qué sirve un balance si no es para torturarse?

Julio fue una persona muy influyente en mi vida adulta. ¿Cómo era su relación con él?

Julio era una persona… No sé si alguna vez se lo contó. Julio era huérfano de madre. La perdió cuando tenía menos de tres años; no se acordaba de ella. Entonces quedó muy aferrado al padre porque era único hijo, muy chiquitito. Los padres eran muy jóvenes, la madre murió muy joven. El padre tendría veintiséis años y la madre debió tener veintitrés. Entonces se agarró al padre, imagínese, era lo único que tenía, quedó toda su vida apegado al padre. En cambio yo soy muy independiente, soy extraordinariamente independiente. Lo he sido toda mi vida y cuando vi esa dependencia… Me llevó años entenderla porque yo era muy joven. Y vinimos a vivir a Buenos Aires que era una ciudad muy atrayente para los jóvenes de provincia. ¿Usted se da cuenta? Yo no me voy a olvidar nunca de eso. Luego de un tiempo consiguió trabajo en una editorial y después apareció el concurso de la Organización Internacional del Trabajo. Se presentó y lo ganó, por supuesto. Y de ahí directo a Ginebra. Fue durísimo para él porque empezó a trabajar muy tarde, era el año 1959.

¿Qué edad tenía él en ese momento?

Alrededor de treinta y tres años. Ginebra tenía una estructura muy burocrática, inglesa, pobre Julio. Pero terminó como director adjunto de la organización. Julio era un hombre muy inteligente. La ida a Ginebra fue muy dura para todos, para los chicos también. Pero yo creo que fue un regalo del cielo. No creo que el cielo los dé, pero la vida a algunos regala y a otros no, y a mí me regaló eso porque creo que, usted me va a entender, Europa educa. A nosotros, los argentinos, Europa nos educa. Educa salir de la Argentina.

¿De Ginebra a Lima? ¿Cuánto tiempo estuvieron allí?

Nosotros estuvimos en Perú nueve años. Una vez cinco y otra cuatro. Fue también un cambio muy grande. Yo tuve que cambiar de vida. Mi vida en Ginebra y en Lima no tenía nada que ver. Fui muy feliz en Perú; es un país maravilloso. Estuvimos treinta años en total fuera de la Argentina: en Ginebra estuvimos cerca de veinticuatro; estuvimos en Lima y en Turín.

Volviendo a Julio, fue un padre muy amado y respetado por sus hijos; yo también. Además lo admiraba muchísimo y entonces él tenía una enorme autoridad en la casa que yo creo francamente que se la merecía. Una cosa que es muy conmovedora es que no tienen al padre hace ya siete años y qué amor le guardan, es una maravilla. En la casa yo tuve siempre un perfil bajo. A mí Julio me gustaba mucho como personaje, mire que estuve tantos años con él… No tuve nunca otro novio. Una sola vez, le cuento, es tan divertido… Cuando tenía alrededor de quince años, en Córdoba ––no sé cómo sería en Buenos Aires––, cuando un chico se quería declarar ––así se decía––, la técnica era que tenía que invitar al cine a la que quería que fuera su novia y en el cine le tomaba la mano. Si usted no la sacaba, ya estaba. Yo no sabía nada de esto, no tenía la menor noticia porque era muy papanatas. Y cuando tenía esa edad, había un chico que estaba muy enamorado de mí y a mí me gustaba que estuviese enamorado de mí, pero no me importaba mucho. Un día me invitó al cine, me tomó la mano y yo quedé tan espeluznada que no la pude sacar. Entonces él creyó que ya estaba. Pero no y volví a casa decidida: yo me tengo que suicidar por una cosa así. Imaginaba que eso era prostituirse. ¿No le parece que merecía quitarme la vida? Y andaba por la casa, me acuerdo, como alma en pena. Mis padres, que no sabían nada, estaban preocupadísimos y mi problema era que no conocía cómo suicidarme y no tenía a nadie para preguntarle. ¡Qué papanatas era!

¿Le pone leche? Ahí tiene azúcar.

Apenas azúcar.

Usted no sabe lo que le estoy dando porque aquí no hay más de esta. Hay solamente molida, así que cuando voy a Europa… ¡traigo azúcar en terrones!

Sabe que siempre creí que yo viajaba con Julio de buena que era, porque no me quedaba más remedio que viajar. Ahora pienso qué suerte que era tan buena ya que, si no, no hubiese conocido nada. Un día a Julio gente del gobierno lo invitó a China. Entonces me dijo: “Mirá, a mí me invitan, yo te invito”. Y yo le contesté: “Ni muerta, yo me quedo en Europa”. Y después pensé: “Julio va a ir, va a volver, me va a decir que era una maravilla y yo me voy a morder los codos, entonces fui por eso. Un viaje fantástico; si lo hubiera perdido, habría sido realmente una estúpida. Pienso que fuimos los últimos que vieron la China antigua, que ya no existe. Cuando estuve en Shanghái, no había casas de más de dos pisos; era una ciudad abierta, con viviendas bajas. No había autos en las calles, circulaban solamente los coches oficiales, que eran como cinco.

Ginebra me dio una enorme ductilidad y una especie de ejercicio de cambio. Y me doy cuenta de que eso es una cosa que uso sin querer porque la tengo incorporada. Me planteo que mi edad es una nueva edad: yo fui nena, fui adolescente, me casé… Cuando uno se casa, la vida de antes no tiene nada que ver, y cuando usted tiene un hijo, menos todavía. Son distintas vidas que uno tiene. Pero posiblemente porque corté las vidas, las viví como a pedazos, es que yo vivo esta edad así; no sé si los demás la viven de la misma manera. La vivo como le digo, un nuevo comienzo, por un lado; y por el otro, sé que tengo la muerte muy cerca. Ya tengo casi ochenta y siete años, ¿cuánto más puedo vivir? Entonces vivo como si tuviese cáncer, en algún momento me puedo enfermar y morir, aunque yo he conocido mucha gente que con cáncer sigue. Creo que lo más lindo que uno ha tenido en la vida ––a mi edad usted no puede imaginar la cantidad de cosas que se borran––, lo que más queda son los hijos. Ahora con los nietos: son siete nietos y siete bisnietos.

Este es dulce de quinotos que hicimos en casa.

Fíjese que pasa una cosa muy curiosa. Yo tengo una vida social, no soy una persona muy sociable de necesitar gente todos los días, pero tengo una agradable vida social, y me di ...