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Noticia

Ray

Rendición

Ray Loriga

 

 Uno de los desplantes que el presente hace hoy a la literatura es la extensión de sus poderes y límites. A menudo los términos comparativos se desvanecen atrás, en una beatitud convencional que deletrea de memoria nombres cuyos significados contextuales constriñen. Aparte de que a menudo los nombres emblemáticos cierran a su vez la expectativa del lector con atributos ajustados ya a un mundo distinto. Rendición de Ray Loriga no me asoma a Orwell ni a Kafka (Kafka y Orwell son además entre sí muy disímiles)  sino a un poema en particular de Craig Raine y a una novela en particular de Cormac Macarthy. No es necesario que alguien participe de este parecer: soy un lector irresponsable, no un jurado que premia o acaso castiga.

 No va a ser el caso este en el que yo cuente la novela a quienes vinieron para ahorrarme el trabajo de opinar sobre ella. La narración que puede resumirse es la que la contratapa bien resume: tres personas, tres personaje, dos adultos ---marido y mujer--- y un niño, Julio, deben abandonar una ciudad en pos de otra, donde, para sentirse protegidos,  no podrán sentir siquiera miedo.

 Hay ya hasta ahí una configuración que llega más atrás que las menciones asignadas: el evangelio, las escrituras. Ray Loriga no parece dispuesto a dejarse rodear por las referencias ni las alusiones: avanza sin máscara, larvatus prodeo, porque el relato consume tanta energía que no es prudente detenerse a saborearlo.

 Para contradecir las dos imputaciones en ciernes, la de la familiaridad con Internet y la de la verificación alegórica, Ray Loriga le confiere a su estilo una inmediatez despojada de cualquier deriva, de cualquier carga que se adhiera a ella desviándola de su justo pisar. Estrictamente, un paso: “El agua hierve, la tetera heredada con su funda de punto, las últimas bolsitas de té… Lo poco que nos queda hierve y se protege y continúa. Algo se muere y vive entre nosotros; algo que no tiene nombre y que decidimos, con no muy buen criterio, ignorar.” 

  Como se ve, lo contrario del descuido de los detalles (“la tetera heredada con su funda de punto”) y lo contrario también de morosidades compositivas, aunque incluya los reparos (“con no muy buen criterio”). La urgencia no parece provenir de Kafka ni de Orwell sino de un escritor en fuga siempre --- Rigodón, De un Castillo a otro, Guinol’s Band ---, el difícil, nunca incomprendido, siempre de algún modo justificado Doctor Destouches. Es decir, Louis-Ferdinand Céline. Con la diferencia estricta, la ropa de la ficción lista para otra fuga.

 Digo esto para salvar una distancia que Ray Loriga tuvo la precaución de salvar antes que cualquier crítico (aunque lo haya dicho ya, la redundancia muerde siempre los pies del que intenta narrar). La distancia concierne a ese caldo de cultivo cada día más extraño: la sustancia misma de la ficción de marras. Un brindis sereno por la larga familiaridad de Ray Loriga con ella, la verecundia irremplazable de encontrar a alguien que la ha elegido (o ha sido elegido por ella), que ha sabido mecerse a su ritmo, de Lo peor de todo a esta Rendición. Empezamos a publicar el mismo año Ray y yo ---el lejanísimo ya año de 1992---, aunque él es más joven. Lo digo como una forma de rara jactancia: conocimos otro mundo de la edición Ray y yo, tuvimos que adaptarnos a este (o inadaptarnos inoportunamente) un poco como lo pide la novela, a salto de mata.

 

  Rendición es una novela, y como tal, el grado de intimidad de la performance debe juzgarse de acuerdo con grados cada vez más altos de la subjetividad del autor con el accionar de los personajes. Es esa condición extraña y única, anómala, la que alcanza un punto de contacto con el lector que tiene que ver acaso con las clases de ambigüedad que estudió William Empson para la literatura (siete, estableció). Ese en el que, acaso como previó también Cortázar, la complicidad plantea interrogantes, por llamarlo así, “culturales”: ¿son Augusto y Pablo un tributo oblicuo a Augustus Pablo, el gran ejecutante de melódica que mantuvo a raya el reggae y el dub? ¿Es toda la rendición, en el sentido que la palabra tiene en inglés (rendition, no surrender) el vuelco de una experiencia en otro idioma, que llega ahora en el estilo apurado de una lengua que ha alcanzado un rarísimo punto de perfección para encontrar las palabras justas que expresan, al borde de una segunda década de siglo ajeno (Séneca), el malestar y la inestabilidad de una persecución incesante? 

 

 Por supuesto que las respuestas interesan solo a un lector interesado en los procedimientos internos, alguien que de alguna manera saca rédito de ellas, i.e.: un crítico. Pensadas de frente y no de soslayo, pertenecen a otra perseverancia de la impertinencia: son retóricas, vale decir, indecentes. La fortaleza y la debilidad de La rendición, parecen a un punto intercambiables hasta que el lector es compelido de una manera muy inteligente a decidir, es como si las dos palabras se constituyeran como sustantivos, como si pudiéramos sospechar ya instituciones y edificios que se llamaran, como las fortalezas de la protección, debilidades, y en ellas se recluyeran las víctimas menos privilegiadas del planeta. La ciudad transparente parece pertenecer a esa especie, a esa clasificación, como muy pocos de los lugares que las condiciones penosas, cada vez menos estadística de la realidad, obligan a inventar.  

 La presunción sobre los motivos reales de la guerra y la persecución han sido borrados por completo, o en la medida de lo posible. Cualquier huella, cualquier indicio, cualquier cabo suelto es, en gran medida sobrevalorado por el lector. Y este es también otro de los rasgos notables de la novela de Ray Loriga: la de restituirnos  la actitud de lectores detectives, lectores espías, devolviendo a dos géneros ajenos a la novela posiciones y acechanzas que, desde otro género, La rendición requiere. Un párrafo en particular porque desciñe y proporciona una especie de adhesión suspensiva a la novela soviética/postsoviética, postutópica: “Cuando terminamos la jornada dejé mi tractor en el garaje con todos los otros tractores, que si no eran doscientos no eran ninguno, y me fui a las duchas con mis compañeros. Allí nos quitaríamos los restos de esa mierda que no olía pero manchaba igual que la otra y salimos frescos y limpios y cristalizados.”

 Ese mundo tranquilizador de mierda transparente nos concierne y nos corresponde, consagra y constituye la higiene del barrio ---¿barro?--- en que vivimos. No nos salva, no. Nos pone de vuelta al borde del camino que, aunque abandonemos el intento, seguirá corriendo, asfaltando su propia ceguera sin fin hasta llegar a ningún lado.

  Dije muy suelto de cuerpo que a mí Rendición me traía reminiscencias de textos que no eran de Kafka ni de Orwell y ahora, en el momento en que los asistentes comienzan a agradecer el hecho de beber juntos una copa, debo revelar esas fuentes sin desmerecer la novela de Ray.

 El primero es una novela notable, que fue llevada al cine, de Cormac McCarthy. Traducida como La carretera. La novela de Ray le saca ventaja en más de un aspecto al restar los vestigios de mundo anterior y al atenuar, mitigar el alegorismo inherente, protestón, protestante, del norteamericano, que, no obstante, salía de sus fueros y dominios y se aventuraba en un mundo cuyo antecedente menos visible es una gran novela del olvido, Here, de Maryann Forrest.

 

 El otro me trae una serie de inconvenientes de procrastineur involuntario (aunque sea tarea de pocos días, uno comienza a escribir una presentación o un prólogo con una idea más optimista de la que tiene al final). Se trata de un poema de Craig Raine que no puedo hallar en la antología donde, ahora que advierto que de su índice falta, tampoco lo debe contener (esto tiene algo de Tlön). Tampoco está en el único libro de Raine que tengo, Rich. Solo quedan Internet y mi memoria. Google lo revela en inglés a cualquier curioso. Se llama ‘Un marciano manda una postal a casa’ (A Martian sends a Postcard Home). Entre los versos, que parecen desperdigados, escritos de veras por alguien que permanece muy lejos de la conciencia rectora del bípedo implume, algunos son sublimes sin interrupción, como pedía Baudelaire: “Neblina es cuando se cansa el cielo/ de volar y reposa toda su suave máquina en el suelo”… “De noche, cuando desaparecen los colores/ se ocultan en parejas//y espían y leen sobre sí mismos en colores,// con los ojos cerrados”.  Vuelvo a admirarlo y llego a una conclusión paradójica, que me da aun más trabajo, y que concierne sin duda a algo que se instala justo entre la subjetividad del lector y el sorbo breve de placer intenso que uno quisiera transmitir para contagiarle ganas al lector. Concentrémonos, pues, en la novela de Ray [Loriga].

 Es raro que una novela condense tanto trabajo. Esto obliga a extraer placer de la síntesis, y esto a su vez de explotar de alguna manera una especie de rédito o renta ínfima de la sintaxis. En tiempos de ajuste de cuentas con la velocidad inherente que adquieren las cosas ---Fresán---, Rendición cumple ese requisito o condición de una manera tan honesta y noble que el lector tiene que cumplir a su vez la tarea de leerla en una especie de tiempo justo, que la novela, entre otros dones y cuidados, sabe mejor que cualquier otra dispensar. 

    

 

                                                                                Luis Chitarroni