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EN BRAZOS DE MI ENEMIGO

Andrea Milano

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Fragmento

HUELLAS

Ciudad de Buenos Aires, año 1861.

En el enorme salón de la vieja casona ubicada en el barrio de Barracas, la silueta de un muchacho que yacía insolente sobre el sofá parecía desentonar con todo el lujo que lo rodeaba. Nadie diría que se trataba del hijo varón y futuro heredero de don Ulises Álvarez Arriaga. Sus largas y escuálidas piernas, enfundadas en el pantalón gris que formaba parte de su uniforme escolar, aparentaban perderse detrás de una mesita de caoba lustrada que había sido traída especialmente desde España para satisfacer uno de los caprichos de su abuela materna. Levantó la vista apenas un instante cuando escuchó que una de las puertas se abría. Ni siquiera se inmutó cuando Segundo, el mayordomo que servía a su padre desde hacía más de dos décadas, se acercó con su habitual rictus de soberbia y se plantó frente a él. El criado guardó silencio mientras esperaba una palabra suya, pero el joven prefirió depositar toda su atención en uno de los cuadros que engalanaban los muros del salón. Esa pintura en particular, había sido siempre su favorita. Representaba una escena campestre, en donde una mujer descansaba sobre la hierba mientras leía un libro. La tonalidad dorada de su cabello y su manera de sentarse lo hacían pensar en su madre. Muchas veces, incluso, se imaginaba que el artista había tenido el privilegio de conocerla durante sus años de juventud… Privilegio que a él nunca le había sido concedido, porque en el preciso momento en que sus primeros berridos se escucharon por toda la casa, doña Eloísa Bustos de Álvarez Arriaga, exhalaba su último aliento. Y desde ese fatídico instante, se ganó el desprecio de su padre. Don Ulises lo culpaba por haber provocado, con su llegada al mundo, la muerte prematura de su esposa. Todos esos años, el muchacho debió acostumbrarse a su falta de cariño y a las constantes miradas acusatorias que su padre le dedicaba cuando se cruzaba con él. Por eso, una mañana de verano, cuando don Ulises le anunció que lo internaría en uno de los mejores colegios de Buenos Aires, en vez de sentirse nuevamente desplazado de su vida, experimentó un gran alivio. Prefería pasar sus días confinado entre las cuatro paredes de un internado que seguir soportando el odio de su padre. Llevaban varios meses sin verse, por esa razón, se sorprendió cuando le avisaron que quería verlo. Las palabras exactas del rector del Colegio Eclesiástico habían sido “su señor padre exige que se presente de inmediato en su casa”. Y, por supuesto, si la orden venía, nada más y nada menos, que del ilustre don Ulises Álvarez Arriaga, debía ser obedecida a rajatabla.

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—Su padre lo espera, niño Rafael —anunció el mayordomo, interrumpiendo sus pensamientos.

Rafael entonces lo miró. Segundo no solo era conocido por su excelente desempeño como mayordomo, durante los años que llevaba al servicio de su padre, se había caracterizado también por ser su perro más fiel, el que siempre salía en su defensa y el que procuraba que nada ni nadie lo perturbara.

—¿Sabe para qué mandó a llamarme?

Segundo no le respondió, se limitó a observarlo con cierto desdén.

Rafael abandonó el sofá y se ajustó el nudo del corbatín mientras seguía al mayordomo hasta la habitación de su padre. Que lo recibiera allí, y no en un ámbito más formal, como su despacho, era otro detalle que alimentaba la curiosidad del muchacho.

Segundo llamó a la puerta y ni siquiera esperó la respuesta de su patrón para ingresar a la habitación. Rafael se frenó de golpe cuando el mayordomo se hizo a un lado para que pudiese acercarse a la cama donde yacía su padre. Vaciló un momento antes de dar un paso más. El olor que reinaba allí era nauseabundo y fue entonces que supo cuál era la razón por la cual don Ulises Álvarez Arriaga permanecía todavía acostado y había reclamado su presencia con suma celeridad después de tanto tiempo de silencio y largas ausencias. Cuando su padre extendió el brazo hacia él, Rafael no se movió. Miró por encima de su hombro y descubrió que el mayordomo había desaparecido. Volvió a contemplar al hombre que lo engendró y que nunca le había brindado una muestra de cariño en sus casi dieciséis años de vida. Ocupaba el lado derecho de la cama y su delgada anatomía, tal vez carcomida por la enfermedad, se perdía debajo de las mantas.

—Vení, muchacho, acercate que quiero verte.

No fue una petición, más bien una orden, y como solía hacerlo en el pasado para evitar un enfrentamiento con él, Rafael obedeció. Se sentó en el borde de la cama y como no sabía qué hacer exactamente con las manos, las dejó caer a ambos lados de su cuerpo.

—Has cambiado… —balbuceó don Ulises mientras intentaba incorporarse para estar a su altura. Una tos repentina provocó que se doblara en dos. Las convulsiones se volvieron más intensas y mientras lanzaba un par de maldiciones al aire, se vio obligado a recostarse hasta que el ataque pasara. Bajo la atenta mirada del muchacho, bebió un poco de agua y se secó el sudor del rostro con la manga de su camisón. Estaba más enfermo de lo que se atrevía a reconocer, aun así no quería que su hijo fuese testigo de su vulnerabilidad. Cualquier cosa antes que mostrarse débil frente a él o los demás.

Rafael seguía sumido en el más desconcertante de los silencios, tratando de descubrir la razón por la cual se encontraba allí, en la habitación de su padre, junto a su lecho de enfermo. ¿Acaso pretendía congraciarse con él ahora que la parca le pisaba los talones? Si esa era su intención, no iba a lograr su perdón. ¿Cómo podía olvidar los años de abandono y desamor a los que lo había sometido mientras le echaba en cara que había sido el culpable de la muerte de su madre? Tuvo el impulso de salir corriendo. Apretó los puños cuando don Ulises le sonrió. No recordaba cuándo había sido la última vez que lo había mirado de esa manera, con los ojos entornados, como si estuviese estudiándolo o tratando de indagar qué pasaba por su mente en ese momento. Su boca, que apenas se asomaba por debajo de un abundante bigote blanco, se mantenía curvada hacia arriba, dibujando una sonrisa.

—¿No decís nada, muchacho?

Ni siquiera lo llamaba por su nombre. Para don Ulises, Rafael siempre había sido “muchacho”, “jovencito” o en el peor de los casos, “mocoso desgraciado”. Nunca se había dirigido a él en un término cariñoso y solo en muy pocas ocasiones, sobre todo cuando estaba enfadado, lo llamaba por su nombre.

—¿Qué hago aquí, padre? —retrucó sin amilanarse. El tiempo que había permanecido alejado de él le había valido para perderle el miedo. Ya no era ese niñito enclenque y asustadizo al que podía dominar con un grito o una mirada amenazante.

A don Ulises se le borró rápidamente la sonrisa cuando percibió el tono beligerante que había usado su hijo para responderle. Durante un segundo, se vio a sí mismo reflejado en Rafael. La relación con su propio padre tampoco había sido fácil y él también se había atrevido a desafiarlo. Aunque la soberbia le impidiera decirlo en voz alta, tenía que reconocer que no le desagradaba para nada el joven que ahora tenía sentado frente a él. La altivez reflejada en sus ojos claros, tan penetrantes como los de su amada esposa, o la manera en la que cuadraba los hombros para parecer más alto de lo que en realidad era le bastaron a don Ulises para darse cuenta de que, a pesar de haber estado recluido en un colegio durante casi la mitad de su vida, Rafael había forjado un gran carácter. Se convenció en ese preciso momento de que siempre había sido el digno heredero de todo su patrimonio. ¡Y pensar que, en su afán de fastidiar el futuro del muchacho, hacía un par de años, había incluido una cláusula en su testamento, nombrando albacea de todos sus bienes a su hermana Margarita solamente para evitar que él disfrutase a sus anchas de su fortuna! Por suerte, había recapacitado a tiempo, enmendando su error antes de entregar la pelleja.

—He mandado a llamarte porque necesitaba hablar contigo, hijo… —Rafael alzó una ceja al oír que lo llamaba “hijo”. Sin embargo, el más sorprendido parecía ser el propio don Ulises—. Como podrás ver, no me encuentro en mi mejor momento. Sin embargo, hay asuntos pendientes entre vos y yo que no pueden esperar… Y el tiempo corre en mi contra.

Rafael ni siquiera se inmutó. Estaba tan acostumbrado a los maltratos del viejo que sus sombrías palabras no lograron conmoverlo.

—Pensaba que usted y yo hacía mucho tiempo que no teníamos nada de qué hablar —rebatió el joven, incapaz de demostrar un poco de compasión por el hombre que se había encargado de convertir su vida en un infierno—. Jamás se interesó por mi bienestar, me encerró en ese maldito colegio y me apartó de su lado como si yo fuera un apestado. —Volvió a desafiarlo con la mirada—. Dígame, don Ulises, ¿de qué podríamos hablar usted y yo cuando durante todos estos años solo nos unió el desprecio?

El anciano tragó saliva y agachó la cabeza. No fue capaz de sostenerle la mirada a su hijo. Nunca antes había visto unos ojos cargados de tanto odio, y eso que a lo largo de su vida se había ganado el de mucha gente. La misma gente que lo tildaba de ser un hombre frío y severo, incapaz de abrigar algún sentimiento noble en su oscuro corazón.

Ninguno dijo nada. La habitación se sumió en un silencio abrumador; solo se escuchaba la pesada respiración del enfermo.

Rafael no quería permanecer en ese lugar ni un segundo más. Ya ni sentía como suya la casa donde había nacido. Aunque durante los últimos años, el colegio se había convertido en una especie de prisión para él, prefería regresar allí y no seguir soportando a su padre.

Un nuevo acceso de tos provocó que don Ulises se retorciera en la cama. Su cuerpo comenzó a convulsionar y cuando extendió su brazo tembloroso en dirección a la mesita de noche, Rafael no supo cómo actuar. Junto al vaso de agua vacío, había un frasco con un brebaje de color amarronado en una bandeja. Solo debía alcanzárselo, sin embargo, algo en su interior se lo impedía. Apretó los puños y cerró los ojos. Su mente se debatía entre prestarle ayuda al hombre que lo había engendrado o dejar que la muerte se lo llevara de una vez por todas. Finalmente, su lado racional venció la batalla y le acercó el remedio para que bebiera. Después de unos cuantos sorbos, la tos comenzó a remitir, aunque dejó al enfermo más débil que antes. Rafael lo ayudó a recostarse y antes de que se volviera a alejar de él, don Ulises lo sujetó del brazo con toda la fuerza de la que fue capaz.

—Perdoname, hijo… sé que no merezco tu piedad, pero no puedo irme de este mundo sin tu perdón. —Los dedos flacos y arrugados de Ulises Álvarez Arriaga se cerraron alrededor de la muñeca del joven como si fueran las garras de un animal—. No es de buen cristiano negarle una petición a alguien en su lecho de muerte —alegó en un último intento por conseguir su perdón.

Rafael lo fulminó con sus ojos acerados.

—Yo nunca he sido un buen cristiano, don Ulises —afirmó su hijo, al tiempo que conseguía soltarse—. ¿De qué le valdría mi perdón ahora si no estoy siendo sincero con usted?

Don Ulises dejó caer su mano huesuda sobre la cama.

—¿Qué tengo que hacer para que me perdones, hijo?

El joven esbozó una sonrisa irónica. Era la segunda vez que lo llamaba así desde que había entrado en la habitación.

—Las cosas que me hizo durante todos estos años no se pueden borrar tan fácilmente, “padre” —se burló—. Pero está bien, voy a seguirle el juego. Si quiere escuchar de mis labios que lo perdono por su abandono, su desprecio o por haberme negado la posibilidad de vivir a su lado como lo que soy, su único hijo, entonces estoy dispuesto a perdonarlo. —Seguía hablándole desde el rencor porque era el único sentimiento que asociaba al hombre que ahora lo miraba con el rostro desencajado por la desesperación—. ¿Puedo marcharme ya o es necesario continuar con esta farsa?

—Pensé que…

—¿Qué fue lo que pensó, don Ulises? —lo interrumpió. La sonrisa socarrona había desaparecido y en su lugar se vislumbraba el ceño fruncido y la boca apretada en señal de furia contenida. No iba a sentir lástima por él. No se la merecía. Ni siquiera ahora que se acercaba su final.

—Solamente necesitaba tu perdón para poder irme en paz. —Haciendo un gran esfuerzo, el anciano volvió a incorporarse. Respiraba con dificultad y parecía que, de un momento a otro, exhalaría su último suspiro, aun así, consiguió deshacerse de las pesadas mantas y permaneció sentado, con los pies desnudos colgando a un costado de la cama.

De inmediato, Rafael se apartó para evitar que lo tocase de nuevo. Retrocedió unos cuantos pasos hasta que su espalda chocó contra la pared. Observó atónito cómo su padre lograba levantarse y comenzaba a avanzar lentamente hacia el rincón donde él se había refugiado. Por un instante, el presente y el pasado se volvieron uno solo. Rafael evocó una de las tantas veces durante las cuales se había escondido, huyendo del odio de su padre y de los golpes que le propinaba cuando se ensañaba con él porque la pérdida de su esposa se había vuelto insoportable. Revivió un episodio en particular que todavía le provocaba pesadillas en las noches. Él tenía apenas cinco años y don Ulises lo había encerrado en el sótano de la casa durante todo el día para castigarlo después de que respondiera a una de sus reprimendas con una grosería. No era posible que todavía lo afectara de esa manera… Tuvo que desatarse el nudo del corbatín porque, de repente, le costaba respirar. Su padre estaba aproximándose a él. Apoyó ambas manos en la pared, entonces se dio cuenta de que había comenzado a temblar. Cerró los ojos, con la esperanza de que ese hombre al que tanto temió de niño, desapareciera y ya no pudiese hacerle más daño. Pero apenas los abrió, se topó con el rostro de su padre ensombrecido por la muerte. Después de mucho tiempo, el miedo lo paralizó, y nada pudo hacer cuando el anciano se aferró a sus hombros para evitar dar con los huesos en el suelo.

—¡Perdoname, hijo! ¡Tené piedad de mí! —suplicó mientras las fuerzas y la vida se le escapaban del cuerpo con la misma rapidez que el agua se escurría entre los dedos.

Rafael seguía sin poder moverse. Sus ojos claros se clavaron en las manos nudosas de su anciano padre. Esas manos que tantas veces se habían levantado en su contra y que jamás le habían prodigado una caricia. Intentó alejarse hacia la puerta y para lograrlo tuvo que deshacerse de él, propinándole un empujón.

Don Ulises cayó de rodillas sobre la alfombra. Con la cabeza hundida entre los hombros, derrotado por la falta de sensibilidad de su único hijo, se echó a llorar como un niño.

Ni siquiera las lágrimas del hombre que le había dado la vida pudieron ablandar el corazón del muchacho. Haciendo oídos sordos a los ruegos del anciano, Rafael abandonó la habitación azotando la puerta.

Barrio de San Nicolás, Buenos Aires, año 1862.

Atraída por el ruido, la niña atravesó el extenso pasillo de la planta alta con sigilo. Ni siquiera levantaba tres palmos del suelo, pero su larga cabellera, la que cada mañana era cepillada por su nana Jesusa hasta dejarla sedosa y brillante, se había enredado con la muñeca de porcelana que sostenía en la mano izquierda. Pilarcita nunca se despegaba de su muñeca. Dormía con ella y la llevaba a todas partes, incluso le habían permitido que tuviera su propio puesto en la mesa del comedor. A medida que avanzaba hacia una de las últimas habitaciones, sus pies desnudos se hundían en la mullida alfombra, amortiguando el eco de sus breves zancadas. Esos extraños lamentos que la habían despertado de su siesta parecían provenir del cuarto de su padre. Se restregó los ojos y su boca se abrió para emitir un sonoro bostezo. La pequeña miró por encima de sus hombros para cerciorarse de que nadie la sorprendiera caminando en medio de la penumbra, cuando se suponía que debía estar durmiendo. Se detuvo frente a la habitación de don Amancio y extendió su brazo hasta cerrar por completo su manito alrededor del pomo de la puerta. La abrió apenas unos pocos centímetros para evitar que la descubrieran. Los quejidos se hacían cada vez más intensos, pero desde su posición no alcanzaba a ver nada. Tuvo que avanzar unos pasos más para acabar por fin con el misterio. Lo primero que sus inocentes ojos distinguieron fue la espalda desnuda de una mujer, que arrodillada en la cama cimbreaba su cuerpo hacia atrás y hacia adelante como si estuviera montando un caballo. Luego, de repente, un hombre se incorporó hasta rodearla por la cintura con sus brazos y empezó a besarle la garganta.

Pilar permaneció inmóvil durante algunos minutos, observando la intimidad de los amantes con la boca abierta. Ni cuenta se dio de que la muñeca se había deslizado de su mano para terminar en la alfombra. Tampoco reparó en las lágrimas que empezaron a mojar sus mejillas. Supo que estaba llorando recién cuando se le nubló la vista. Estuvo a punto de gritar; entonces se cubrió la boca para no delatar su presencia en la habitación. A pesar de no comprender con exactitud lo que sucedía a pocos metros de distancia, en sus ojos se reflejaba el espanto.

Su padre y su tía, yaciendo juntos en la misma cama donde apenas un par de semanas antes su pobre madre había entregado su alma al Señor. Retrocedió sobre sus pasos muy lentamente, mientras los gemidos y los jadeos se volvían cada vez más fuertes. Se detuvo solo cuando su cuerpo dio de lleno contra la puerta que había dejado entreabierta. Antes de que la vieran, Pilar logró salir tan sigilosamente como había entrado. No fue hasta que se arrebujó en un rincón apartado del pasillo, detrás del pesado cortinado de brocado, que no se dio cuenta de que se había olvidado la muñeca de porcelana en la habitación de su padre.

Barrio de Montserrat, año 1859.

Unos ojos astutos, parcialmente ocultos debajo de una enorme gorra de fieltro, observaban con sumo interés el puesto de frutas que el gallego Palacios regenteaba en la Recova. Recostado contra una pared de ladrillos carcomidos por la humedad, el niño Gonzalo Funes parecía tener todo el tiempo del mundo por delante. A su alrededor, la gente pasaba tan de prisa que apenas le prestaba atención. Mucho mejor así. Mientras menos notaran su presencia, más sencillo le resultaría llevar a cabo su plan.

Había salido de la escuela antes de lo habitual, alegando un terrible malestar estomacal que preocupó tanto al maestro que lo envió de inmediato a su casa. Gonzalo sonrió al recordar la cara de espanto que habían puesto el señor Gutiérrez y los demás niños cuando comenzó a retorcerse de dolor, apretándose el estómago con ambas manos. Para que su actuación fuese más creíble se había arrojado al suelo del aula, justo delante de la pizarra, dando patadas y gritando que se moría. No era la primera vez que se valía de una mentira tan grande para lograr que lo dejaran salir antes; sin embargo, nadie parecía darse cuenta de sus tretas, o al menos pretendían no hacerlo. Era aplicado en las clases y tenía buenas notas; virtudes que seguramente pesaban más que cualquiera de sus mentiras.

Se enroscó la bufanda alrededor del cuello y se cubrió la parte baja del rostro, no porque tuviese frío, sino para evitar que alguien lo reconociera. Los ojos se le aguaron. La lana aún conservaba el perfume de su madre, quien se la había tejido especialmente para su séptimo cumpleaños. Poco tiempo después, sus debilitados y traicioneros huesos la habían postrado en una cama. Al principio se levantaba durante el día y se acostaba temprano en las noches, pero su salud empeoraba y ya ni siquiera tenía fuerzas para sostenerse en pie. Desde entonces, él se aseguraba de que nada le faltase. No importaba lo que tuviera que hacer para llevar unas monedas a la casa o conseguir alimentos que paliasen el hambre; Gonzalo estaba dispuesto a lo que sea para que su madre no sufriera penuria alguna.

Esperó pacientemente hasta que la muchedumbre que se había arremolinado alrededor del puesto del gallego empezó a dispersarse. Salió de su improvisado escondite y se mezcló entre la gente para pasar desapercibido. Se acercó a una señora y le tocó el trasero con la mano izquierda; mientras tanto, con la derecha, le rozó el brazo a un caballero. De inmediato, ambos se voltearon y Gonzalo consiguió escabullirse antes de que descubrieran su maniobra. La mujer le reclamó al hombre por su osadía, mientras que el señor la miraba con asombro, sin entender qué sucedía en realidad. En medio del escándalo que incluyó varios gritos y el forcejeo que se produjo cuando la mujer golpeó a su supuesto agresor con el mango de su sombrilla, el ladronzuelo logró alzarse con un abultado botín y desaparecer sin siquiera llamar la atención.

Esa noche, después de mucho tiempo, Gonzalo pudo agasajar a su madre con unas deliciosas manzanas.

EL ATENTADO

Buenos Aires, domingo 24 de agosto de 1873.

—¡Intentaron asesinar al presidente anoche! —exclamó don Amancio Robles apenas posó sus ojos en el ejemplar de La Prensa que llegó más temprano de lo habitual esa fría mañana de domingo.

La bomba que acababa de soltar Robles provocó un silencio generalizado que solo fue interrumpido cuando doña Encarnación, su madre, dejó caer la cuchara de plata dentro de su taza de café ya casi vacía.

El sonido del metal chocando contra la porcelana china despertó a todos de ese breve letargo en el que parecían haberse sumido apenas escucharon la terrible noticia.

—¿Qué fue lo que ocurrió, padre? —José Emilio fue el primero en reaccionar. Era el hijo mayor de Amancio y estudiaba en la facultad de leyes. A pesar de su juventud y de que todavía le restaba poco más de un año para terminar la carrera, aspiraba a ocupar su propia banca en el Congreso Nacional.

A su lado, Gonzalo Funes, compañero de estudios y amigo de juergas, permanecía en silencio, perdido en sus propios pensamientos. Nadie le prestaba atención. Todas las miradas estaban puestas en don Amancio, quien leía la primera plana de La Prensa, con voz grave y pausada, imprimiéndole más dramatismo a los hechos acontecidos la noche anterior y que habían tenido como protagonista al primer mandatario.

—Al parecer, Sarmiento fue sorprendido mientras regresaba a su casa —aseveró don Amancio mientras se le acentuaban las arrugas de la frente—. El diario dice que una de las balas impactó en la carroza que lo transportaba y aunque se desconoce la identidad de los agresores, se atreven a afirmar que podría tratarse de extranjeros. Al parecer, uno de ellos resultó herido. Se le reventó el trabuco en la mano y hasta es posible que le amputen un brazo.

José Emilio, la abuela Encarnación y doña Lorenza, la esposa de Amancio Robles, seguían sin poder creer que alguien hubiese querido asesinar al “loco” de Sarmiento, como se lo solía llamar. Nadie ponía en duda que el fatídico y fallido atentado en su contra traería consecuencias impensadas.

—¡Seguramente son los anarquistas los que están detrás de semejante barbarie! —exclamó Lorenza Benavides, perdiendo su habitual compostura por un instante—. ¡Deberían fusilarlos a todos!

Ninguno de los presentes secundó su comentario; tampoco recibió la aprobación de su esposo, quien siempre prefería guardarse su opinión cuando un asunto de Estado se tornaba demasiado escabroso para su gusto.

Sentada al otro lado de la mesa y ajena a las palabras de su madrastra, Pilar, la hija menor de Amancio Robles, no dejaba de observar al invitado. Conocía de sobra las inclinaciones políticas de Gonzalo y su antipatía hacia Sarmiento. Muchas veces lo había oído hablar con fervor en contra del Partido Autonomista, que cinco años antes había llegado al poder de la mano del sanjuanino. Se preguntaba qué estaría pasando por su cabeza en ese momento. Entonces él la miró a los ojos y Pilar se sonrojó.

Cada vez se le hacía más difícil ocultar lo que sucedía entre ella y el mejor amigo de su hermano.

Llevaban viéndose a escondidas un par de semanas, después de que Gonzalo apareciera de sorpresa mientras caminaba por el Paseo de Julio, en compañía de su amiga Clarita Estrada, y pidiese hablar con ella a solas. No le sorprendió que le confesara que se había enamorado de ella. Aunque no tenía experiencia en asuntos amorosos, sí había sabido darse cuenta, por la manera en la que muchas veces se la quedaba mirando durante sus visitas a la casa, de que había despertado el interés del compañero de estudios de José Emilio. A ella, Gonzalo tampoco le era del todo indiferente. Le gustaban sus ojos del color del chocolate y su particular sentido del humor. Esa tarde en el Paseo de Julio, ella prolongó la ansiedad del pretendiente con la promesa de que pensaría en su propuesta. Tan solo dos días después, durante una cena en su casa a la que Gonzalo fue especialmente invitado por su hermano para celebrar que ambos habían obtenido excelentes calificaciones en un examen, Pilar se las ingenió para hacerle llegar su respuesta en un papel que perfumó con agua de colonia y en donde se podía leer solo una palabra: sí.

Desde entonces, se la ingeniaban para verse sin levantar sospechas. Don Amancio no tenía problemas en aceptar que Gonzalo fuese amigo de José Emilio, sin embargo, ambos sabían que jamás aprobaría que el joven hubiese puesto los ojos en su hija menor, a quien pretendía casar con algún caballero de alcurnia que le asegurara un futuro económico inmejorable. Por tal motivo, ni siquiera le había contado a su abuela Encarnación sobre sus amores con Gonzalo; y eso que siempre le confiaba sus secretos… o casi todos. Solo dos personas estaban al tanto del romance con Gonzalo Funes: la nana Jesusa, a quien era imposible ocultarle cualquier cosa, y su amiga de la infancia, Clarita Estrada, quien a su vez suspiraba de amor por su hermano José Emilio.

Gonzalo se limpió los labios con una servilleta y Pilar siguió cada uno de sus movimientos con atención, esperando una señal de su parte. Él le dedicó una sonrisa y, acto seguido, se levantó de su silla.

—Si me disculpan, yo me retiro —dijo sin mirar a nadie en especial—. Debo estudiar para el examen de mañana.

José Emilio lo miró sorprendido. ¿De qué examen hablaba?

—Feliciten a la cocinera de mi parte —pidió Gonzalo antes de que su amigo abriera la boca y arruinase la mejor excusa que había encontrado para poder encontrarse a solas con su hermana.

—¿Te gustaron los pastelitos de dulce de batata, Gonzalo? —la que preguntó fue Pilar. Abandonó su silla y se arregló la manga de su vestido.

—Estaban deliciosos —contestó él, adivinando lo que vendría a continuación.

—Si querés, puedo acompañarte hasta la cocina para que felicites a Cayetana en persona.

Gonzalo miró al dueño de casa, pero don Amancio ya no le prestaba atención. Había vuelto a enfrascarse en la lectura de La Prensa, que sin duda se alzaría con la gloria por haber dado la primicia sobre el intento de asesinato del presidente Sarmiento. Cuando posó sus ojos en la esposa de Robles, en busca de su permiso, la mujer se hizo la distraída. Fue la abuela Encarnación quien finalmente dio su consentimiento para que Pilar condujera al muchacho hasta la cocina.

Salieron del comedor a una prudente distancia el uno del otro. Pilar apresuró el paso, a sabiendas de que Gonzalo la seguía ahora muy de cerca. No se dirigieron a la cocina, sino que enfilaron hacia la biblioteca para poder estar a solas sin que nadie los descubriera. Pilar hizo que él entrara primero y luego cerró la puerta, echándole llave.

—Fui yo quien amasó los pasteles —le aclaró—. Cayetana solo se encargó de freírlos.

Gonzalo ensanchó los labios en una sonrisa y se aproximó a la joven.

—Entonces tendré que felicitarte a vos y no a ella. —Deslizó la mano por su mejilla y se inclinó con la intención de besarla, pero antes de hacerlo, añadió—: Deseo darte un beso desde que te vi aparecer esta mañana en el comedor.

Pilar no dijo nada, y cuando sus labios entraron en contacto, permaneció quieta. No era el primer beso que Gonzalo le robaba, sin embargo, el hecho de vivir su romance a escondidas hacía que sus encuentros resultasen cada vez más intensos. Cuando él le acarició el costado de su cuerpo y subió hasta rozarle el seno por encima del vestido, Pilar lo apartó.

Gonzalo percibió su incomodidad.

—Te pido disculpas. —Apoyó su frente en la de ella—. No es sencillo para mí controlar lo que siento cada vez que te tengo así de cerca.

La respuesta de Pilar llegó en forma de abrazo.

—Ya no quiero seguir ocultando lo nuestro —musitó, pegada a su pecho.

La confesión de Pilar lo desarmó. Él también deseaba gritar su amor a los cuatro vientos y dejar de verse furtivamente como si estuviesen cometiendo el peor de los pecados. Al mismo tiempo, ambos eran conscientes de que una vez que su romance saliera a la luz, la sociedad porteña condenaría su amor por el simple hecho de pertenecer a mundos opuestos, en donde él sería siempre visto como el don nadie que consiguió ingresar a la facultad de leyes gracias a la intervención de su tutor, y Pilar nunca dejaría de ser la hija de una de las familias más importantes de Buenos Aires. Lo acusarían de cazafortunas y las malas lenguas se ensañarían con ella. Perjudicarla nunca había sido su intención y sabía que con su proceder solo estaba poniendo en jaque el honor de la mujer que amaba. Muchas veces se preguntaba si tenía el derecho a hacerlo. Si hubiese antepuesto la razón a los sentimientos, alejándose de ella a tiempo para evitar el destino que le esperaba si seguía a su lado, habría renunciado a su amor a sabiendas de que terminaría con el corazón destrozado.

Le acarició el cabello, que llevaba recogido en una trenza al costado de su cabeza, y respiró hondo para embriagarse con el suave perfume a lavanda que despedía su piel.

Pilar entonces se apartó y lo escudriñó con sus enormes ojos del color de la miel.

—¿Por qué te quedaste callado? —inquirió, sospechando de antemano cuál sería su respuesta.

A Gonzalo le pesó el vacío que sintió en su pecho cuando ella se alejó. Ni siquiera podía imaginarse lo que sería perderla para siempre.

—Sabés mejor que nadie que tu padre jamás perdonará que alguien como yo haya puesto sus ojos en su única hija. Tampoco aceptará que te corteje, mucho menos permitirá que pida tu mano en matrimonio.

Ella retrocedió un par de pasos, colocó los brazos en jarra y frunció el ceño.

—¿Qué haremos entonces? ¿Seguir viéndonos a escondidas hasta que alguien nos descubra?

Gonzalo volvió a salvar la distancia que los separaba y la tomó de los hombros. ¡Cielos, era tan bella! Siempre que se enfadaba unos destellos verdosos le iluminaban la mirada y el rosado de sus mejillas se acentuaba. No era capaz de darle la respuesta que esperaba, pero tampoco quería lastimarla.

—Es lo único que podemos hacer, Pilar —y antes de que ella dijera una palabra, agregó—: Al menos por el momento.

—No es justo, Gonzalo —se quejó, curvando los labios en un encantador puchero.

Él sonrió. En muchos aspectos, Pilar todavía seguía siendo una niña inocente.

—Deberíamos ir a la cocina o regresar al comedor —sugirió de mala gana, cuando lo que en realidad deseaba era permanecer allí, resguardados de cualquier mirada indiscreta para poder besarla hasta saciarse de ella, si es que eso era posible.

Pilar asintió. El desánimo también se vislumbraba en su rostro. Ella tampoco quería dar por terminado otro de sus encuentros furtivos, que aunque no dejaban de ser excitantes, se tornaban cada vez más peligrosos.

Gonzalo no iba a quedarse con las ganas de besarla otra vez. Ignoraba cuánto tiempo pasaría hasta que pudieran volver a verse; por lo tanto, la estrechó contra su cuerpo para saborear la dulzura de sus labios y sentir su calor. Luego, la tomó de la mano y abandonaron la biblioteca en dirección a la cocina antes de que alguien de la casa los echara de menos.

Rafael contempló el vaso ya casi vacío con cierta displicencia. Llevaba encerrado en el despacho un par de horas y seguramente el alcohol le había embotado los sentidos. Era la única explicación posible para justificar que se hubiese dejado envolver una vez más por los dolorosos recuerdos que todavía lo atormentaban. Bebió el licor favorito de su tía hasta la última gota y se desplomó en la butaca. Con la absurda esperanza de espantar los fantasmas del pasado, sus dedos temblorosos se deslizaron por su sien en un frenético masaje que solo consiguió provocarle una terrible jaqueca. Permaneció quieto durante unos minutos, con la mirada perdida y la respiración un poco más rápida de lo normal. Cuando sus ojos acerados se posaron en la ventana, se dio cuenta de que ya había oscurecido. Los cascos de un carruaje avanzando a gran velocidad por la calle Comercio quebraron el silencio en el cual había estado sumido durante buena parte de la tarde. Al mismo tiempo, como si se hubiese confabulado en su contra, el reloj de pie que adornaba una de las paredes del salón dio un par de campanadas, martillándole los oídos.

—¡Maldita Buenos Aires! —vociferó, mientras estrellaba su puño cerrado contra el escritorio de roble macizo. Se le dibujó una mueca de dolor en el rostro, pero no aminoró la rabia que sentía.

Odiaba venir a la ciudad y su tía Margarita lo sabía muy bien. No entendía por qué demonios se empeñaba en convencerlo para que abandonara la tranquilidad de su estancia en Capilla del Señor y volviera a Buenos Aires cada vez que a ella se le antojaba. Parecía que siempre encontraba la excusa perfecta. Por eso, a regañadientes, había aceptado volver a esa ciudad que no le traía más que malos recuerdos para acompañarla en su cumpleaños. Si bien él había insistido en celebrarlo en la estancia, terminó por ceder a los caprichos de su tía, quien además contaba siempre con la complicidad de su prima Leonor. Aunque no le agradase demasiado el hecho de que dos mujeres hubiesen logrado que él dejara El Refugio para pasar unos días en Buenos Aires, tenía que reconocer que las adoraba y que, a pesar de que pasaban largas temporadas sin verse, no se imaginaba la vida sin ellas.

Margarita Álvarez Arriaga, viuda de Mansilla, y su encantadora hija Leonor lo habían recibido con los brazos abiertos tras el fallecimiento de su padre. Fue su tía quien, siguiendo las órdenes del mismísimo Ulises Álvarez Arriaga, dispuso que abandonara el colegio para instalarse con ellas en la casona del barrio de Barracas. La lujosa propiedad de dos plantas, junto a la estancia que la familia poseía en Capilla del Señor y una cuantiosa suma de dinero, fue todo el patrimonio que heredó Rafael del hombre al que había odiado y temido durante toda su vida. En un sorprendente acto de generosidad, y después de revocar su nombramiento como albacea de sus bienes, el difunto dejó estipulado en el testamento que su hermana menor, quien había enviudado demasiado joven y cargaba con una niña pequeña a cuestas, viviese en la casa hasta su muerte o hasta que encontrase un nuevo marido, lo que sucediera primero. La tía Margarita no había vuelto a casarse. Aseguraba con voz firme que no necesitaba otro hombre en su vida, ya que le bastaba con el cariño de su hija y su sobrino para ser feliz. Y nadie dudaba de que así fuera en verdad.

Los primeros tiempos de convivencia no resultaron fáciles para nadie. Rafael era un muchacho retraído, siempre con la mirada ausente y una fría actitud defensiva que desconcertaba tanto a Margarita como a su hija Leonor, quien era apenas una niña de siete años cuando Rafael se mudó con ellas. Él seguía concurriendo al mismo Colegio Eclesiástico, pero ya no como interno. Volvía a su casa y se encerraba en la habitación para evitar cruzarse con su tía y su prima. Solo compartía tiempo con ellas durante la cena en el comedor, sin embargo, ninguna de las dos conseguía que el muchacho saliera de su apatía. El milagro ocurrió un par de meses después de que Rafael llegara a sus vidas, y todo fue gracias a una travesura de la pequeña Leonor.

Una tarde de domingo, Leonor se había encaramado a uno de los árboles del patio para ayudar a su gatito, que, colgado de una de las ramas más altas, maullaba desesperado porque no se animaba a saltar. Corajuda como pocas, la niña empezó a trepar por el grueso tronco para poner a salvo al animal. Sus pequeñas manos se aferraban con fuerza a los nudos uniformes que iba encontrando en su ascenso. Cuando faltaban apenas unos cuantos centímetros para llegar hasta el gatito, Leonor escuchó que una rama se quebraba. Se pegó al árbol y cerró los ojos. No fue capaz de mirar hacia abajo, en cambio, abrió bien grande la boca y empezó a gritar. Bastó que Rafael la oyera para que abandonara la lectura y corriese hasta el patio para averiguar qué le sucedía. No supo si preocuparse o echarse a reír cuando la vio pegada al tronco del viejo roble en el que solía treparse cuando su padre lo buscaba para castigarlo. Le temblaba el cuerpo y tenía los labios fruncidos en un gesto de terror. Apiadándose de ella se aproximó y logró asirla de las piernas. Leonor no quería moverse y aunque él le había asegurado que no se caería, se negaba a obedecer. La oportuna aparición de su tía Margarita, quien no estaba dispuesta a mostrarse condescendiente con su hija después de protagonizar semejante travesura, hizo que la pequeña aceptara la ayuda que le ofrecía Rafael. Y así, deslizándose con lentitud mientras él la sujetaba, consiguió apoyar nuevamente sus pies en el suelo.

Evocar ese momento de su pasado en particular provocó que aflorara una sonrisa en sus labios. La osadía de su prima, esa tarde calurosa de domingo, había propiciado el primer acercamiento entre ellos. Sobre todo, porque gracias a su intervención, la tía Margarita olvidó imponerle un castigo por su conducta temeraria. Desde ese momento, y a pesar de la diferencia de edad entre ambos, ya que Rafael era ocho años mayor que su prima, se volvieron inseparables. Nadie resentía tanto como Leonor sus viajes a Capilla del Señor y él extrañaba su compañía, aunque fingiera lo contrario. En un acto egoísta de su parte, había vuelto a insistir en que ambas se fueran a vivir a la estancia, sin embargo, su tía se negaba a abandonar la ciudad para terminar sus días en el campo. Soñaba con que su hija encontrase un buen partido y ahora que estaba en edad de merecer, no se perdían ningún evento social al que eran invitadas. Rafael se resignaba entonces a verlas cada tanto y a nadie le confesaba cuánto las extrañaba. No era propenso a las demostraciones de cariño, se había acostumbrado a esconder sus sentimientos detrás de una expresión insondable y una mirada fría a la que nada parecía perturbar. Solo los que estaban muy cerca de él conocían al verdadero Rafael. La tía Margarita, su prima Leonor, Froilán y Aurora, quienes desempeñaban sus actividades en El Refugio como capataz y ama de llaves respectivamente, eran su única familia. La que nunca tuvo… la que siempre anheló.

Alguien golpeó suavemente la puerta e interrumpió los pensamientos de Rafael.

—¿Qué ocurre? —preguntó de malhumor, sin siquiera interesarse en conocer la identidad de la persona que venía a importunarlo.

—Rafael, soy yo —musitó su prima desde el otro lado de la puerta sin atreverse a entrar.

—Pasá, Leonor. —Se incorporó y apoyó ambos brazos en el escritorio. Se dedicó a observarla mientras se acercaba con una sonrisa en los labios. Era una muchacha bonita y no tardaría en ganarse el corazón de algún pretendiente al que su tía, seguramente, ya le habría echado el ojo.

—Dentro de un rato estará lista la cena —anunció Leonor. La sonrisa que lucía se fue apagando de a poco cuando comprobó que su primo había estado bebiendo. Supo que pasaría la tarde embotándose el cerebro con alcohol apenas lo vio encerrarse en el despacho.

—No tengo apetito —respondió Rafael sin mirarla a la cara. Sus ojos grises estaban fijos en un punto imaginario. Parecía que todavía seguía perdido en sus tormentosos recuerdos.

—Pensé que te alegrarías de celebrar el cumpleaños de mamá —dijo, en un intento por sacarlo de ese estado calamitoso en el que se sumía cada vez que el pasado se le venía encima.

Rafael hizo un esfuerzo por sonreír. No tenía derecho a estropear el festejo. Se puso de pie, rodeó el escritorio y le rozó la mejilla con el dorso de la mano.

—Lo siento, Leo… soy una pésima compañía.

Ella tomó su mano y al mirarlo a los ojos, el ritmo de su corazón se aceleró.

—Mi madre jamás te hubiese perdonado si no venías a su cumpleaños y lo sabés. —Respiró hondo para aplacar la agitación que se había apoderado de su cuerpo. Rogó en silencio para que él no notase nada.

—Sí —concedió—. Precisamente porque sé hasta dónde puede llegar su resentimiento, decidí venir a la ciudad.

Nadie más que ella conocía el fastidio que le causaba a Rafael tener que dejar la estancia para trasladarse a Buenos Aires; por eso, cuando lo tenía cerca, trataba de disfrutar su compañía al máximo. Había planeado invitarlo a dar un paseo y esperaba que aceptase su propuesta.

—Rafael, quisiera pedirte un favor. —Percibió que él fruncía el entrecejo—. Me gustaría que pasáramos más tiempo juntos antes de tu regreso a Capilla del Señor. Podríamos salir a caminar mañana por la tarde, si te apetece. Los últimos días apenas pude asomar la nariz fuera de casa porque los preparativos del cumpleaños de mamá no me lo permitieron.

Él no dijo nada. Su ceño continuaba fruncido ligeramente hacia abajo, como si estuviese tomándose todo el tiempo del mundo para pensar la respuesta.

Leonor aguardó en silencio.

—Mi intención era volver mañana mismo a El Refugio —dijo por fin, haciendo añicos la ilusión de su prima de prolongar su estadía en Buenos Aires al menos unos días más.

—¿Cuál es la prisa? —insistió.

Rafael respiró hondo.

—Tengo obligaciones que atender… —intentó argumentar.

—Estoy segura de que Froilán podrá hacerse cargo de todo hasta que vos regreses al campo. Si no fuese así, jamás habrías dejado el manejo de la estancia en sus manos —retrucó la joven.

Él sabía que no había mucho más que pudiese alegar para tratar de convencerla. Aunque su capataz no se encontraba en Capilla del Señor y había delegado su puesto a otro de sus hombres de confianza hasta que volviese, cualquier explicación que esgrimiera para defender su postura de irse lo antes posible de Buenos Aires perdía fuerza ante el carácter voluntarioso de su querida prima. Cedería a su absurdo capricho de acompañarla a dar un paseo y después prepararía su regreso a la estancia. Cuando le comunicó su decisión, Leonor lo sorprendió con un efusivo abrazo.

—¡Me alegro tanto de que hayas pospuesto tu viaje al campo! —Se puso en puntas de pie para poder colgarse de su cuello—. No te vas a arrepentir, ya lo verás.

Rafael le correspondió acariciándole el cabello. Poco acostumbrado a recibir muestras de cariño, siempre reaccionaba tarde cada vez que alguien se acercaba demasiado. Le gustaba tenerla así, apretada contra su cuerpo. Cuando se trataba de Leonor o de su tía, le era más sencillo deshacerse de esa coraza de frialdad que mostraba frente a los demás. Ella se apartó y le sonrió.

—Iré a ver si mamá necesita algo. Nos vemos dentro de un rato en el comedor. —Se alejó hacia la puerta y al quedarse a solas, en la penumbra del despacho, Rafael volvió a sumirse en la amargura. Miró la botella de ron, pero ni siquiera la tocó. Sentía que ya ni el alcohol podía brindarle alivio. Además, no podía presentarse borracho a la cena. Su tía y su prima no tenían por qué tolerar su falta de buen seso.

Con pesadez caminó hacia la ventana y la abrió. Sentía que le faltaba el aire. Siempre terminaba asfixiándose en esa maldita ciudad. Ansiaba volver cuanto antes a Capilla del Señor pero Leonor se las había ingeniado para convencerlo de quedarse unos días más. Había poco movimiento en los alrededores y se preguntó si el atentado que había sufrido Sarmiento la noche anterior, era el culpable de que las calles estuviesen casi vacías.

No bien puso un pie fuera del despacho, Leonor se topó con su madre.

Doña Margarita Álvarez Arriaga, viuda de Mansilla, se plantó en el medio del pasillo para impedirle el paso. Llevaba un libro en la mano izquierda mientras que con la derecha se acomodaba los anteojos para escudriñar a su hija. Lo hizo durante varios segundos, provocando que la muchacha empezara a ponerse nerviosa.

—¿Qué hacías ahí dentro, Leonor?

—Fui a avisarle a Rafael que la cena estará lista en un rato —respondió. Agachó la cabeza y se arregló el canesú del vestido para que ella no descubriera que se había sonrojado: señal inequívoca de que estaba mintiendo. No se atrevía a confesar que el verdadero motivo que la había llevado a buscar a su primo era la invitación a quedarse más tiempo en Buenos Aires. Esperaba que cuando su madre conociera el cambio de planes de Rafael, no pensara que había tenido que ver con la determinación de posponer el regreso al campo. Trató de disimular, pero intuía que con su madre era imposible. Por eso, optó por adelantarse a los acontecimientos—. Rafael me ha dicho que no vuelve mañana a Capilla del Señor…

—¿Y eso? —la interrumpió su madre, sorprendida.

Leonor se aclaró la garganta antes de proseguir.

—Quiere pasar un poco más de tiempo con nosotras, madre. —Alzó la cabeza y se atrevió a mirarla.

A Margarita esa inesperada decisión de su sobrino le pareció sospechosa. Sabía mejor que nadie de su reticencia a permanecer en la ciudad más tiempo de lo necesario. Aunque jamás iba a aceptarlo delante de ella, podía afirmar sin temor a equivocarse que su hija estaba detrás de todo ese asunto. Se aproximó y colocó su mano en el hombro de la joven.

—Leonor… —Se le hizo un nudo en la garganta que le impidió continuar. Respiró hondo y clavó sus ojos oscuros en el rostro preocupado de su hija—. No quiero verte sufrir por un hombre que jamás corresponderá a tus sentimientos. —Hizo un ademán de que la dejara hablar cuando ella atinó a interrumpirla—. Sé que desde hace tiempo mirás a Rafael con ojos de mujer enamorada y es mi deber como madre advertirte que tenés que olvidarte de él antes de que sea demasiado tarde.

Leonor tragó saliva. Odiaba ser tan transparente en cuestiones amorosas.

—Mamá, ¿por qué me está diciendo eso?

—Porque Rafael no sabe amar, o al menos, cree que no puede hacerlo. Si le entregás tu corazón, terminará por rompértelo.

—¿Cómo que no sabe amar? —inquirió la joven, confundida por las palabras que acababa de pronunciar su madre—. ¿Y Elena?

—Te aseguro que lo que tu primo sentía por ella no era amor. La conoció y, como otros hombres antes que él, se sintió atraído por su belleza y su cuantiosa fortuna. Elena Echagüe pertenecía a una de las familias más influyentes de Buenos Aires y Rafael necesitaba apoyo económico para invertir en la cría de caballos. Ella, por su parte, anhelaba salir de su casa para escapar del yugo de su padre. Nunca se amaron, simplemente sellaron su unión por pura conveniencia.

Leonor se negaba a creerlo. A pesar de haber sido testigo durante años del carácter agrio de su primo, guardaba la esperanza de que algún día pusiera sus ojos en ella. Anhelaba ganarse su corazón y estaba dispuesta a lo que sea con tal de lograrlo. Nadie iba a impedírselo, ni siquiera su propia madre.

UNA INCÓMODA INVITACIÓN

El irresistible olor a pan recién horneado despertó bien temprano a Gonzalo esa mañana de lunes. Saltó fuera de la cama y tras vestirse con lo primero que encontró, se calzó las botas. Sin más arreglos, abandonó la habitación en dirección a la cocina. Si había pan tibio para el desayuno, era gracias a Carmen, la muchacha que venía para ayudar a su madre. Se había mudado a la pensión hacía menos de un año y vivía con su familia a tan solo tres puertas de distancia. Después de una larga temporada sin achaques y una leve mejoría en sus huesos, la buena salud de doña Lidia comenzó a menguar. Fue entonces que Carmen se solidarizó con su precaria situación y comenzó a tomarse unas horas al día para tenderles una mano. Ambas se habían conocido en la casa de Sebastiana Murillo, donde trabajaban como planchadoras y a pesar de la diferencia de edad, entablaron rápidamente una relación que iba más allá del ámbito laboral. Doña Lidia trataba a la muchacha como a una hija y, a su vez, Carmen extrañaba menos a su madre cuando estaban juntas.

Antes de presentarse delante de la joven, metió la camisa dentro del pantalón y se peinó el cabello con los dedos. Era negro como el azabache y lo llevaba un poco largo. Levantó ambos brazos y olfateó sus axilas para cerciorarse de que no apestaba a sudor.

Gonzalo se detuvo un momento delante de la puerta cuando escuchó los quejidos de su madre. Hacía al menos una semana que no se levantaba de la cama porque el dolor en sus articulaciones apenas le permitía moverse. Cerró el puño y lo estrelló contra la pared en un gesto de impotencia. Ella había trabajado toda su vida con el único afán de que nunca les faltara nada. Sin embargo, los centavos que ganaba planchando en casa de doña Sebastiana, muchas veces no alcanzaban para cubrir todas sus necesidades. Por eso, durante muchos años y sin que ella lo supiera, Gonzalo volvió a hacer de las suyas para conseguir lo que su salario de planchadora no podía proveerles. Siempre había sido hábil con las manos y en vez de utilizar esa destreza en alguna actividad provechosa, había optado por una salida más rápida pero menos honrada: se convirtió nuevamente en un ladronzuelo que, valiéndose del descuido de la gente, robaba para llevarse algo de comer a la boca, cubrir las necesidades de su madre o agasajarla con un bonito presente en su cumpleaños. Jamás había lastimado a nadie y solo una vez había estado a punto de ser atrapado. Si no hubiese sido por la intervención del padre Morra, primo lejano de su padre, su secreto mejor guardado habría salido a la luz, causándole así un gran disgusto a su madre.

A partir de ese momento y en contra de su voluntad, ya que el cura le había advertido que le contaría todo a doña Lidia acerca de sus actividades poco cristianas si no acataba sus órdenes, Gonzalo no tuvo más remedio que enderezar su vida. Regresó para terminar la escuela y se convirtió en uno de los alumnos más aplicados. Con el beneplácito de doña Lidia, el padre Enrique Morra, quien se desempeñaba como cura vicario en la iglesia del Socorro desde el mes de noviembre de 1868, pasó a ser su tutor. Gracias a las buenas calificaciones del muchacho y a las influencias de algunos de sus feligreses más generosos, el padre Morra logró que el hijo de su primo ingresara a la facultad de leyes. Aunque lo había maldecido muchas veces por meterse en su vida, Gonzalo sabía que le debía al cura todo lo que era.

Se tomó unos instantes para borrar la angustia de su semblante y disfrazarla con una de sus mejores sonrisas. Lo que menos quería era que su madre advirtiera cuánto le dolía verla en ese estado calamitoso al cual sus débiles huesos la habían confinado. Cuando ingresó a la sala, Carmen se encontraba de espaldas a la puerta, echándole un ojo a la leche para que no hirviese. Se giró rápidamente al notar su presencia.

—Buen día, Gonzalo. —Lo observó por encima de su hombro con cierto disimulo.

—Buen día, Carmencita —respondió él, sin siquiera mirarla.

A Carmen le disgustaba que la llamara de ese modo. Podía consentir que lo hiciera su padre o su hermano mayor, pero no Gonzalo. Cada vez que se dirigía a ella con ese apelativo cariñoso que resultaba irritante escuchar de sus labios sentía que la trataba como una niña y ella hacía tiempo que había dejado de serlo. Con dieciséis años y tres meses era justo que empezara a verla como a una mujer. Un hondo suspiro que nadie percibió brotó de sus labios. Volvió a ocuparse de la leche, pero su atención estaba en la escena que se vivía a pocos metros de distancia y de la cual era testigo casi todas las mañanas.

Gonzalo se sentó junto a su madre y dejó que ella le acariciara el rostro.

—¿Cómo amaneció hoy, viejita? —preguntó después de besarla en la frente.

—Mejor, hijo. Mucho mejor —mintió doña Lidia—. No hace tanto frío… creo que hoy sí podré levantarme para ayudar a Carmen con el planchado. —Desde que había caído enferma, doña Sebastiana le enviaba la ropa a su casa. Los últimos días, quien terminaba planchándola era la joven, porque sus torpes y entumecidas manos ya no servían para cumplir con su trabajo.

—No es necesario que lo haga, ¿verdad, Carmencita? —La miró, buscando su complicidad—. Yo no tengo clases en la facultad hasta mañana y no creo que don Luis me extrañe si no voy hoy al despacho. Puedo quedarme con usted todo el día y ponerme a planchar si hace falta.

—¡Ni se te ocurra! —saltó doña Lidia sacudiendo la cabeza—. Planchar no es tarea para hombres, mi ‘jito. Vos tenés que dedicarte a estudiar y a cumplir con los encargos que te hace el patrón. Nosotras nos podemos arreglar muy bien sin tu ayuda —aseguró, y para que no le quedasen dudas de que se encontraba un poco mejor, se incorporó despacio y, aunque con dificultad, consiguió sentarse en la cama.

Gonzalo observó cómo Carmen se acercaba a su madre y la ayudaba a levantarse. Hubiese querido intervenir, pero le bastó cruzar una mirada con su madre para saber que no se lo habría permitido. Si él era tozudo, doña Lidia lo era mucho más. Desayunó un tazón de café con leche acompañado por una hogaza de pan untado con manteca y cuando ambas mujeres le dieron a entender que estaba de más, se despidió con un abrazo para su madre, una sonrisa en señal de agradecimiento para Carmen y salió rumbo a su trabajo en el despacho de abogados donde era asistente.

Apenas Gonzalo hubo cerrado la puerta, doña Lidia se dejó caer de vuelta en la cama. Cada vez le costaba más fingir delante de su hijo, pero gracias a la complicidad de Carmen, lograba hacerle creer que sus achaques, poco a poco, iban remitiendo.

—No debería ocultarle la verdad —se atrevió a decir la muchacha—. ¿Cuánto tiempo cree que le llevará a Gonzalo descubrir lo que sucede?

—Lo único que quiero es que mi muchacho no sufra —dijo Lidia a modo de justificación—. Ya perdió a su padre siendo muy pequeño, no es justo que ahora tenga que preocuparse por mi salud. Gonzalo debe concentrarse en sus estudios… Mi sueño es verlo convertido en un buen abogado y sé que si supiese la verdad, es capaz de abandonarlo todo para dedicarse solo a mí y eso no lo podemos permitir, ¿no te parece?

Carmen asintió. Comprendía las razones que esgrimía doña Lidia para mentirle a su hijo, y aunque no estaba de acuerdo, no había podido negarse cuando le pidió que la secundara en su plan. Lo que a ella realmente la incomodaba era el hecho de tener que engañar a Gonzalo de esa manera.

—Sé que no te gusta mentirle a mi hijo, querida —le apretó la mano—, pero algún día, cuando tengas a los tuyos, entenderás que una madre es capaz de cualquier cosa con tal de ver felices a sus hijos. Para poder seguir simulando delante de él que mi salud no empeora, necesitaré de tu ayuda. ¿Cuento con vos todavía?

Carmen era incapaz de negarle cualquier cosa. El afecto que sentía por ella justificaba cada una de sus acciones. Además, estaba Gonzalo… Por él también estaba dispuesta a lo que sea. Le acomodó la almohada detrás de su cabeza y sonrió.

—Siempre puede contar conmigo, y lo sabe.

Doña Lidia asintió.

—Lo sé, muchacha. No me va a alcanzar la vida para agradecerte todo lo que hacés por mí. —Le dio unas palmaditas en el brazo—. Espero que el distraído de mi hijo sepa recompensarte como vos te merecés.

Carmen se quedó estupefacta. Ni siquiera se animó a cruzar la mirada con ella. Se incorporó y con la excusa de guardar el tazón en donde Gonzalo acababa de desayunar, le dio la espalda.

—No es necesario que te escondas de mí, Carmencita —dijo la mujer sonriendo con ternura ante la actitud vergonzosa de la joven—. Tampoco deberías seguir ocultando lo que sentís por mi hijo.

—No… no sé de lo que habla, doña Lidia —balbuceó Carmen alejándose hacia la estufa para arrojar otro trozo de leña que avivase un poco más el fuego—. Gonzalo y yo solo somos amigos.

—Pero vos querés ser algo más, ¿o me equivoco? —insistió doña Lidia.

La muchacha no respondió. Continuaba dándole la espalda, como si al hacerlo, pudiese guardarse para sí todo el amor que sentía por Gonzalo. Llevaba amándolo en secreto desde hacía tanto tiempo que creía que ese sentimiento se moriría con ella.

—Yo me conformo con la amistad de su hijo —mintió. Respiró hondo porque no quería echarse a llorar precisamente delante de ella, la madre del hombre al que amaba, la misma que la obligaba a mentirle y a ser cómplice de su engaño.

—Acercate —le pidió.

Carmen vaciló en obedecer. Estaba demasiado vulnerable, con unas inmensas ganas de llorar porque sabía que Gonzalo jamás correspondería a sus sentimientos. No necesitaba la lástima de nadie… Tras la muerte de su madre, y con solo diez años, había tenido que hacerse cargo de criar a sus hermanos pequeños. La vida la había obligado a crecer de golpe y a no mostrarse débil frente a los demás. Sin embargo, cuando miró a Lidia Funes a los ojos y percibió con cuánta ternura la contemplaba, sintió que era la única persona con quien podía desahogarse. Sus hermanos apenas le prestaban atención, y su padre volvía a casa tan tarde y tan cansado del trabajo que ni siquiera tenían tiempo de hablar. Solo cruzaban un par de palabras y recibía un abrazo de su parte antes de irse a dormir. ¡Extrañaba tanto el cariño de una madre! Quizá por esa razón, dejó el orgullo de lado y se acercó a doña Lidia. Esa mujer enferma, que solo se preocupaba por el futuro de su único hijo, era lo más parecido a una madre que ella conocía. Se sentó a su lado y no se opuso cuando la tomó de las manos.

—¿Me permitís darte un consejo?

Carmen asintió.

—Hablá con mi hijo de una buena vez y confesale lo que sentís por él. Quizá es lo que Gonzalo necesita para atreverse a confesarte lo mismo.

Las palabras de doña Lidia dejaron boquiabierta a la joven. ¡No podía ser verdad! ¿Acaso… acaso había estado tan ciega?

—Conozco a mi hijo y sé que está enamorado —dijo la mujer como para reafirmar lo que acababa de soltarle—. Creo que se muere por decírtelo y no ha encontrado el momento adecuado para hacerlo. Por eso no estaría nada mal que vos dieses el primer paso. No es lo más habitual… pero en cuestiones del corazón está bien salirse un poco de las normas de vez en cuando, ¿no te parece?

Carmen seguía sumida en el silencio, tratando de asimilar la noticia mientras las lágrimas que había intentado evitar hacía apenas unos momentos empezaban a rodar por sus mejillas. ¿Era posible que Gonzalo también la amase? No quería hacerse demasiadas ilusiones; sin embargo, su madre lo afirmaba con tanto énfasis que se atrevió a pensar que podía ser cierto.

—Tengo miedo —fue lo primero que salió de su boca apenas la emoción le permitió hablar—. El amor que siento por su hijo es tan inmenso que no sé si podré soportar su rechazo.

—Es preferible arriesgarse a un posible rechazo a no decírselo nunca, querida. Si querés, yo puedo conversar primero con él para que…

—¡No! —saltó la joven, interrumpiendo el discurso de doña Lidia. Sus ojos castaños brillaban más que nunca—. Es algo que debo hacer yo, pero necesito tiempo. No es sencillo para mí confesarle a Gonzalo que lo amo.

—Está bien, querida, no voy a presionarte —la tranquilizó—. Sin embargo, quiero pedirte que no tardes demasiado. Me gustaría convertirme en abuela antes de que el Señor me lleve a su lado. —Aunque su intención fue bromear con la joven, presentía que ese fatídico momento podría llegar más temprano que tarde—. Ahora que ya estamos de acuerdo, será mejor que terminemos de planchar lo que nos falta. Doña Sebastiana no nos perdonará si nos demoramos con la entrega de hoy.

Carmen abandonó la cama y se aproximó a la mesa en donde la esperaba una enorme pila de prendas de vestir que debía almidonar y planchar. Si bien últimamente le tocaba hacer casi todo a ella y acababa extenuada después de permanecer tantas horas de pie, esa mañana en particular realizó sus labores con una sonrisa en los labios.

Leonor iba bien prendida del brazo de su primo mientras la tarde languidecía y el cielo empezaba a cubrirse de nubes oscuras. Después de haberse salido con la suya y lograr que Rafael accediera a sus caprichos, la joven no podía sentirse más dichosa. A medida que avanzaban por el sendero principal del Paseo de Julio, una sonrisa de satisfacción le iluminaba el rostro. De no ser por la actitud algo distante de Rafael, quien prefería guardar silencio y dejar que ella hablara, cualquiera diría, al cruzarse con ellos, que eran una bonita pareja de enamorados. Sobre todo, por el embeleso con el cual Leonor contemplaba a su primo. Dos señoras elegantes, que lucían vestidos cargados de volados y puntillas de encaje, venían directamente hacia ellos. La de abundante cabellera dorada recogida con un moño encima de la cabeza hizo girar su sombrilla varias veces antes de posarla con delicadeza sobre su hombro izquierdo. Mientras, y con disimulo, enfocó sus ojos saltones en el maravilloso ejemplar masculino que avanzaba hacia ella y su acompañante a paso firme.

Leonor las reconoció de inmediato. Eran doña Carlota Villegas y su hija, la insoportable de Bernardita. Una muchacha antipática y engreída que, por ser la única heredera de una de las fortunas más cuantiosas de Buenos Aires, creía que era la candidata perfecta para todos los caballeros en edad de sentar la cabeza. Por supuesto, Rafael Álvarez Arriaga formaba parte de su lista de posibles pretendientes. Intentó desviarse de su camino para evitar un encuentro con ambas, pero no logró su cometido ya que fue la propia Bernardita quien se dirigió directamente hacia ellos con una sonrisa de oreja a oreja instalada en los labios.

—¡Leonor, Rafael! ¡Qué grata sorpresa! —exclamó impidiéndoles el paso. Con un beso saludó a la joven y luego extendió su mano hacia Rafael—. Pensé que ya te habías ido al campo —comentó, olvidándose rápidamente de Leonor para concentrarse en quien realmente le interesaba. Ahogó un suspiro cuando Rafael se inclinó hacia ella para besarle la mano por encima de su fino guante de seda color ciruela. A su lado, doña Carlota carraspeó, pero su hija ni la escuchó.

—Vuelvo a Capilla del Señor en unos días —anunció, empañando la alegría de ambas jóvenes y provocando un gesto de alivio, que tampoco nadie percibió, en doña Carlota Villegas.

—¿Nos dejás tan pronto, Rafael? Cuando estás en Buenos Aires apenas tengo oportunidad de verte. Precisamente ayer comentábamos en casa que nos gustaría mucho contar con tu presencia y la de tu familia en la fiesta que daremos para celebrar el aniversario de bodas de mis padres. Será pasado mañana por la noche. Si te vas al campo recién en unos días, entonces podrás acompañarnos, ¿verdad?

Rafael volvió a sentirse preso de sus propias palabras. Como cuando su prima le había pedido que permaneciera más tiempo en Buenos Aires, no encontró argumento para negarse. Miró a Leonor. Aunque era evidente que a ella la idea de una fiesta en casa de los Villegas no la entusiasmaba demasiado, tampoco tuvo el valor de contrariar la voluntad de Bernardita. Volvió a sonreír, atrayendo nuevamente la atención de las muchachas. Por su parte, doña Carlota continuaba en silencio para no perderse ningún detalle de la conversación. Escudándose detrás de los gruesos cristales de sus anteojos, observaba detenidamente al único hijo del difunto Ulises Álvarez Arriaga. Sin dudas, el joven había heredado el porte de su padre, sin embargo, había algo en él que le causaba desconfianza. Tenía que hablar seriamente con su hija apenas regresaran a la casa. No era prudente el desmedido interés que mostraba Bernardita por ese hombre.

—Intuyo que mi tía y mi prima estarán encantadas de aceptar tu invitación, Bernardita —manifestó Rafael al tiempo que miraba de soslayo a Leonor—. Haré lo posible por acompañarlas, pero no te prometo nada. Tal vez adelante mi viaje al campo.

Las palabras de Rafael echaron por tierra las ilusiones que tenía Bernardita Villegas de poder bailar con él y así, jactarse ante sus amistades de que había conseguido estar entre los brazos de uno de los hombres más poderosos y atractivos de la ciudad.

—Espero verte en casa pasado mañana, Rafael —dijo, taladrándolo con la mirada. Luego le dedicó una sonrisa seductora, que se transformó en una de simple cortesía cuando se dirigió a su prima—. Será un placer recibirlas a vos y a tu madre, Leonor.

—Debemos irnos, Bernardita —intervino doña Carlota. Lucía algo sofocada y tenía las mejillas encendidas—. Todavía hay mucho por hacer y no quiero que se nos escape ningún detalle. —Tironeó del brazo de su hija para que lograse apartar la mirada de Rafael y tras una breve despedida, se encaminaron en dirección contraria hacia una de las salidas.

Leonor volvió a aferrarse al brazo de su primo.

—Por la expresión en tu rostro, deduzco que no tenés muchas ganas de ir a esa fiesta —comentó Rafael retomando la marcha.

—No tengo nada en contra de los Villegas; es más, creo que son un matrimonio adorable. La que es insufrible es su hija. —Sopló con fuerza—. ¡Es arrogante, caprichosa y encima se la da de señorita fina porque tuvo la suerte de estudiar dos años en París! Te puedo asegurar que no hay nadie en Buenos Aires a quien le caiga simpática.

—Tiene cierto encanto… ¡aunque concuerdo con vos, es demasiado engreída para mi gusto! —se apresuró a aclarar por temor a que su prima le diera un codazo mientras intentaba no soltar una carcajada. Era evidente que ambas muchachas no podían ni verse. Se preguntó si el culpable de esa animadversión tendría nombre y apellido.

Leonor sugirió hablar de algo más agradable y él no fue capaz de contradecirla. Continuaron con su paseo hasta que el cielo se tornó demasiado amenazador y no tuvieron más remedio que volver. Llegaron a su casa justo a tiempo antes de que una lluvia torrencial los sorprendiera.

Leonor subió a cambiarse de ropa y Rafael se encontró con la novedad de que un viejo amigo de su padre lo esperaba en el salón para tratar un asunto importante con él.

Mientras se dirigía a su encuentro, un montón de interrogantes le daban vuelta por la cabeza. ¿Qué sería eso tan importante que Roque Medina deseaba hablar con él? Hacía tiempo que no lo veía. Si la memoria no le fallaba, la última vez había sido en el funeral de su padre y ya habían pasado más de diez años desde ese nefasto día.

Cuando entró al despacho, un hombre con la espalda un poco encorvada y la cabeza rala se encontraba de pie junto a la ventana. Al oírlo entrar, se volteó y se lo quedó mirando. En realidad, durante unos cuantos segundos, ambos permanecieron en silencio, observándose mutuamente.

Fue Medina quien rompió el silencio.

—Espero no importunarlo con mi visita, Rafael. —Extendió el brazo y tuvo que esperar un instante hasta que él por fin estrechó su mano—. Sé que fue una descortesía de mi parte presentarme así, de repente, pero parto ...