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ESA LEJANA BARBARIE

Cristina Bajo

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Fragmento

PRÓLOGO

AÑO 1848

 

 

La guerra civil llegaba a su fin. Lo sabían los gobernadores de las provincias argentinas —salvo algún distraído, como el de Córdoba—, fueran acérrimos rosistas o federales desapegados al poder de Buenos Aires. Lo intuían los comerciantes y los terratenientes; los profesores universitarios, los prelados y los militares retirados. También los países limítrofes y aun los que estaban del otro lado del océano.

No iban a contribuir a la caída del gobernador de Buenos Aires —con facultades extraordinarias y la suma del poder público— ni los ejércitos unitarios, que ya no existían, ni rebeldes ilustrados de Córdoba, ni troperos de Mendoza, ni navieros de Corrientes, ni el rico y dictatorial estanciero de Entre Ríos, que dominaba la región.

Tampoco la Armada inglesa, con todo su poder, remontando el Paraná, ni la derrota de la Vuelta de Obligado; mucho menos la Francia de Alejandro Dumas y su Nueva Troya, ni un aventurero italiano —Giuseppe Garibaldi— atraído por la idea romántica de expulsar tiranos.

Recibe antes que nadie historias como ésta

No serían los que sobrevivieron a las matanzas de la Mazorca, ni los intelectuales exiliados en países vecinos, ni la liga de varios de ellos que querían hacer “rancho aparte” con Uruguay, Brasil, Corrientes y Entre Ríos.

Nada tendrían que ver los barcos a vapor, ni los trenes ingleses, ni el telégrafo, ni los daguerrotipos, ni la máquina de coser, ni los ascensores Otis, ni los refrigeradores comerciales, aunque todo ello estuviera en el trasfondo de la gesta.

La responsable del principio del final de aquella época sería una joven embarazada, que cayó bajo las balas de un piquete de fusilamiento en el tenebroso patio del cuartel de Santos Lugares.

El único que no sabía que le restaba poco tiempo en el poder era don Juan Manuel de Rosas, el Restaurador de las Leyes, el gobernador de Buenos Aires, el de las facultades extraordinarias y la suma del poder público.

PRELUDIO DE UN FINAL

En el anochecer de un día de diciembre de 1847, una joven de la sociedad porteña, de ascendencia irlandesa —Camila O’Gorman—, y un sacerdote tucumano —Uladislao Gutiérrez— decidieron fugarse de la ciudad y desaparecer en el noreste del país.

Se amaban con un amor prohibido, y ella acababa de descubrir que estaba embarazada. Posiblemente esperaban cruzar la frontera con documentos falsos, pero cometieron dos errores: primero, asentarse en Goya, ciudad portuaria de Corrientes donde recalaban la mayoría de los buques que subían el Paraná desde Buenos Aires; un pueblo en el interior de aquella tierra hubiera sido menos riesgoso. El segundo error fue abrir una escuela, llamando así la atención hacia ellos y entrando, sin darse cuenta, en la importante sociedad del lugar. Convertidos en personajes relevantes, fueron rápidamente descubiertos.

Es probable que, con lo que pudieran ganar con su trabajo, pensaran cruzar hacia Brasil.

Como era previsible, antes de cumplirse un año de su huida fueron descubiertos y don Juan Manuel de Rosas libró orden de captura para que fueran juzgados. Lo que sucedió después de su arribo a San Nicolás, en la provincia de Santa Fe, fue el principio de aquella tragedia.

PRIMERA PARTE
El sueño del tigre

1. POR DESAFIAR EL ESCÁNDALO

“Un día de diciembre de 1847, ella le balbuceó a su amante que se sentía madre. Y a impulsos de la fruición tiernísima que a ambos les inspiró el vínculo que los ligaba ya en la tierra, resolvieron atolondradamente irse de Buenos Aires lejos de la familia, de los amigos, y de todos. Sabían que la sociedad los condenaba y que su felicidad, como los Juicios de Dios, no podía tener testigos.”

Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, tomo V

 

 

BUENOS AIRES
INVIERNO DE 1848

Al final de la cuadra de la Casa de Ejercicios Espirituales —en el barrio de la Concepción—, estaba detenido un carruaje de dos caballos. La gente que pasaba lo miraba con curiosidad, pues lo escoltaban tres jinetes de aspecto extranjero.

Sentada dentro del coche, semioculta por la cortinilla de la ventana, una mujer parecía esperar algo o a alguien. No podían distinguirse sus facciones, pues usaba un sombrero con velo oscuro. Cuando vio salir a su criada del edificio, apoyó la cabeza en el respaldo del asiento.

Una morena bien vestida abrió la puerta y se acomodó a su lado.

—Doña Manuelita se fue hace rato —le comunicó.

—Gracias a Dios; no querría encontrarme con ella —dijo la señora y ordenó al cochero adelantarse hasta la casa, donde descendió acompañada de la criada.

La portera las guió hasta el patio de entrada, circundado por galerías; siguiendo las columnas recubiertas de jazmines, llegaron a la última habitación. La morena se quedó atrás cuando una joven beata, Benita Arias de Cabrera, recibió a su ama. Después de trabar las puertas, ambas mujeres se saludaron con afecto: el encuentro tenía algo de conspiración.

Antes de sentarse, la recién llegada se quitó el sombrero, descubriendo el rubio claro de su pelo y el azul amatista de sus ojos. Era como de treinta y cinco años, bella y segura de sí. Estaba casada con un comerciante inglés que socorría al beaterío en todas sus necesidades.

—¿Ha llegado? —preguntó.

—Todavía no —respondió sor Benita. A pesar de que aún no tenía treinta años, su posición en la Casa de Ejercicios era relevante, tanto que la Superiora le había encargado que se ocupara de la estadía de Camila O’Gorman entre ellas—. Le hemos preparado dos cuartos, como nos pidió doña Manuela.

—Recuerde llevarle mis libros…

—Sí —le palmeó la mano—; también las partituras que me entregó. La familia le ha enviado su piano —y haciendo una pausa—: Pero, ¿qué será del sacerdote?

—Le han preparado una habitación en el Cabildo, con un reclinatorio para que rece por sus pecados, y pluma y papel por si quiere descargar la conciencia.

Benita, con un suspiro, preguntó:

—¿Sabe usted de qué se los acusa?

—De “amor sacrílego”.

—Dicen que el joven luchó a favor de la Santa Federación; que es sobrino del gobernador de Tucumán, quien lo recomendó a don Juan Manuel…

—… pero el Restaurador se desentendió de él; dudo de que tenga algún tipo de consideración por ese detalle.

—Supongo que recibirán una buena reprimenda…

—¡Ojalá sea así!

—¿Lo duda usted, sabe algo que yo ignoro?

En ese momento llamaron a la puerta y al abrir se encontraron con Mena, un viejo mulato que era el padre adoptivo de Benita.

—¡Padrecito!, ¿qué sucede? —dijo ésta, preocupada.

—¡Hija, los mandaron a Santos Lugares! —anunció nerviosamente el anciano, que contaba con el respeto y el afecto de la comunidad.

—¡A Santos Lugares! —se persignó la monja—. ¡No pueden internar a Camila en una cárcel para hombres! ¡Sólo es una jovencita que equivocó el camino, nada que no pueda repararse con un tiempo de recogimiento…! —y dijo a su padre—: Busque a Felipa Larrea —una negra liberta que solía trabajar de lavandera en el cuartel—. Conoce el lugar —aclaró a la visitante— y podrá asistir a Camila. Padrecito, que se presente al capellán de mi parte, él sabrá para qué se la envío.

Pálida, doña Luz Osorio de Harrison dijo a su criada, que esperaba detrás del mulato:

—Dile a Duncan que aliste el coche.

Y mientras se ponía el sombrero confesó a su amiga:

—Temía lo peor, y esto… parece confirmarlo —y tomándole las manos—: Benita, rueguen por estos desdichados.

Al despedirse, se abrazaron como sólo dos mujeres de razón podían hacerlo.

—¿Qué hará usted ahora? —preguntó la beata.

—Trataré de llegar a Santos Lugares antes que ellos; luego voy a presionar al agregado consular británico, que es amigo nuestro, para que intervenga. A la tarde enviaré recado a usted con lo que sepa.

Al salir, mientras se cubría con el velo, oyó a lo lejos cantar un estribillo que solían recitarles las monjas cuando era niña:

Mira que Dios te ve.

Mira que Dios te está mirando.

Mira que has de morir.

Mira que no sabes cuándo.

Estremecida, apuró el paso, y al llegar al coche indicó al jefe de la escolta:

—A Santos Lugares.

El hombre, un escocés de pocas palabras, se enderezó en la montura y la miró con preocupación.

—No creo que Mr. Harrison…

—Duncan, tengo que estar allá cuanto antes —y agregó, persuasiva—: En este momento necesito de su lealtad; luego, usted dirá a Mr. Harrison lo que deba decirle. Porque si usted no lo hace, llegaré como sea.

Mirándola detenidamente, el hombre preguntó, escéptico:

—¿A pie?

—No —remarcó ella en un tono que no dejaba dudas—; compraré a precio de oro el primer caballo que pase, o me subiré al primer coche que encuentre pero, créame, llegaré a donde tengo que llegar. Si no, pregúntele a Owen, que conoce mi carácter.

Al oír el nombre del encargado de los custodios, Duncan decidió que si aquél no podía con la señora, él no se arriesgaría.

 

 

Mientras el coche se dirigía rápidamente hacia el Cuartel General, Luz pensaba en Camila, una de las jóvenes más discretas de la sociedad porteña que solía participar de las reuniones de Manuelita Rosas. Ella no la había conocido en los salones de Palermo, ya que no los frecuentaba, pues detestaba la política que Rosas imponía a las provincias y los métodos sanguinarios que empleaba con sus opositores.

Brian Harrison nunca le insistía para que lo acompañara: la sinceridad de Luz chocaría de inmediato con la “familia real” —como nombraba irónicamente a los Rosas— y con los obsecuentes y aduladores que rodeaban al Restaurador.

Luz solía encontrarla en las tertulias de Mariquita Sánchez, que desaparecieron cuando ésta, amenazada por la Mazorca, emigró a Montevideo. Por otra parte, ambas frecuentaban la librería de la Merced tanto como la tienda de partituras musicales de Amelón.

Pero sobre todo —quizás recordando su propia ligereza— Luz se había sentido unida a la joven a partir de la huida con aquel curita buen mozo y de impecables maneras: Uladislao Gutiérrez.

Sin poder evitarlo, se llevó la mano al corazón pensando en Camila “de dulce nombre, de piel de seda, de cabellos brillantes, de risa leve, de tiernos labios”, como se la describía en los salones de Buenos Aires. ¡Tan joven, tan desprotegida, tan poco consciente del poder de los hombres y de la sociedad!

Sintió una cálida presión sobre la mano izquierda, y al abrir los ojos se encontró con la mirada afectuosa de Gracia.

—Niña, no llore; no les va a pasar nada; Owen escuchó a los doctores con el señor: a ella la meterán en la Casa de Corrección y a él lo mandarán lejos, donde no le conozcan el pecado.

Pero mientras la oía, Luz se preguntaba: “¿Y qué pasará con el hijito que está al nacer? Y a pesar del amor que se tienen, ¿habrán de separarse para siempre?”.

No podía compartir aquellos pensamientos, así que se secó las lágrimas y suspiró con fuerza.

—Ojalá tengas razón… —pero dudó: la tarde anterior, doña Rosario, la mayor chismosa del entorno del gobernador, esposa de don Ceferino Zabala, le había dicho al oído: “La sonsa prefirió al curita en vez de aceptar un hombre de pelo en pecho”. Como ella la mirara sin comprender, agregó en voz baja: “¡El mismísimo don Juan Manuel le había echado el ojo, y la niña, con melindres!”.

Cuando escuchó a la mujer decir tal imprudencia, Luz tuvo que sentarse: se comentaba que el Restaurador disfrutaba del favor de las amigas de Manuelita, jóvenes atraídas no sólo por su belleza goda, sino también por la aureola de poder que lo rodeaba. Nunca había creído aquello, pero si éste era el caso, Gutiérrez no se salvaría, y Camila…

—Espero que el embarazo la proteja —musitó como quien reza.

—No lleve cuidado, niña, no pueden matarla empreñada —dijo Gracia, muy convencida.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Oí que don Vélez —se refería al doctor Dalmacio Vélez Sarsfield— se lo decía al patrón: hace siglos que un rey español lo prohibió.

El humor irónico de Luz le hizo decir con una sonrisa torcida:

—Tendrían que habérselo contado a la Inquisición. Se ve que nunca se enteraron.

—No, lo que pasa es que la inqui…, la inqui…

—Inquisición —la ayudó.

—… nada más mataba brujas, judías y moras. No mujeres.

Luz no sabía si explicarle o reír. Pero aunque la charla le había distendido el ánimo no era momento para ponerse en maestra.

—Nunca lo había mirado así. ¿Y quién te lo dijo?

—El mozo Edmundo; hace añares —y Gracia preguntó—: Usté conoce La Crujía, ¿no?

—¿Qué es eso?

—Santos Lugares. Porque castigan de noche a los encerrados y se oyen los gritos y el crujir de los huesos rompidos.

Al asomarse por la ventana distinguió la entrada a los Cuarteles de Santos Lugares. Con un escalofrío, se santiguó y ordenó a Duncan que enviara a uno de los hombres a averiguar si había llegado la patrulla encargada de transportar a los reos.

 

 

En tiempos de Rivadavia, “Santos Lugares de Jerusalén”, un convento franciscano, fue confiscado para el Estado y años después don Juan Manuel de Rosas lo destinó a campamento militar.

La gente de los alrededores lo llamaba “La Crujía” —palabra que designaba las celdas de los religiosos— pues les sonaba a torturas y asesinatos; los más instruidos creían que allí se encontraba el Séptimo Círculo del Infierno de Dante, donde moraban los que ejercían violencia contra el prójimo. En la vieja capilla del patio principal se daba misa y confesión a los condenados.

A la entrada del cuartel, al reparo de un sauce, dos de los guardias de Duncan se apearon, dejando las riendas en manos del tercero. Todos iban armados con trabucos y cuchillos

Luz pensó que seguramente se había corrido la voz de que llegarían los reos, pues un gentío de aguateros, malentretenidos y achureras se había reunido junto a los muros. Cuando se disponía para una larga espera, Gracia le tironeó la manga.

—Niña, mire; salen tropas de la casa del Restaurador.

Ésta, una construcción sin arte, surgía entre matorrales salvajes; era más despacho que vivienda, y una carretera la unía con la mansión de Palermo. En sentido contrario, se llegaba a Guardia del Monte, una de las estancias de los Ortiz de Rosas.

Otras construcciones rodeaban el edificio, donde solían alojarse los oficiales; a un costado se veían los cuartos de servicio y las caballerizas. El antiguo caserío había incrementado su población con las familias de los soldados, y prosperaban corrales, mataderos y quintas para abastecer a los vecinos.

Luz observó que la tropa se apostaba en los cruces de la calle, como si quisieran impedir la entrada de extraños o la huida de los reos. Finalmente, vio llegar dos carromatos altos, con pequeñas ventanas enrejadas y de aspecto tétrico. Los escoltaba el Carancho González, a quien los unitarios llamaban “el puñal del Tirano”. Se contaban de él atrocidades.

—Mire, se van dentro con el otro jefe —murmuró Gracia.

Luz tomó la cantimplora de agua que siempre llevaba en el coche y la fusta de estoque; bajó por la puerta que daba a las tapias y aprovechando el descuido de los guardias se acercó a la ventana del coche-prisión donde le había parecido ver el rostro de Camila. Susurró su nombre y la joven se asomó, aferrada a los barrotes del ventanuco.

—¡Doña Luz! —dijo, y su tono la estremeció.

Tenía el rostro de las preñadas: como si mirara hacia adentro, al hijo que crecía en su vientre; no supo interpretar la hinchazón de sus facciones, que al principio adjudicó a su estado y luego a la cantidad de picaduras de mosquitos que maltrataban su piel; su hermosa cabellera se veía mustia y apelmazada, y como notó sus labios agrietados se puso en puntas de pie y le alcanzó el agua.

—¡Que no te vean beber!

Cuando Camila se la quiso devolver, Luz le hizo señas de que se la quedara.

—Trataré de que te muden a la Casa de Ejercicios —le dijo.

—Por favor —murmuró la prisionera—, dígale a mi madre que necesito verla… —y la voz se le quebró; era la voz de una niña asustada, perdida en la oscuridad, oyendo entre las sombras el resuello de un animal desconocido. Como le había sucedido a ella, veinte años atrás.

—Prometo avisarle; toma mi pañuelo…

Una mano de hierro se cerró sobre su muñeca: era el temible Carancho.

El rostro de Camila desapareció y Luz se quedó contemplando a aquel hombre de aspecto feroz. Lo primero que pensó fue: “Ángel de la guarda, que Gracia le avise a Duncan…”.

—Qué tupé el de la señora —dijo el gaucho sin aflojar los dedos.

—Suélteme —le ordenó, y su voz era tan firme y su mirada tan segura y colérica que hicieron vacilar al hombre; pero cuando ella levantó la fusta rio, socarrón, y se la quitó de un manotazo.

—¿A ver la fustita? —y liberándole la muñeca intentó quebrarla entre los puños, desconcertado al no poder hacerlo.

Aprovechando la extrañeza del matón, Luz se la arrebató y, dando un paso atrás, descubrió el estoque —afilado, de dos dedos de ancho— que se disimulaba en su interior.

El hombre se adelantó con gesto feroz, pero el ruido de varias armas de fuego amartillándose una tras otra lo detuvo: no se había fijado que los jinetes que esperaban a la sombra del sauce no eran del cuartel.

—Doy un grito y los degüellan —los amenazó el Carancho, llevándose el filo de la mano a la garganta con un gesto amenazante.

—No creo que eso le guste al gobernador —dijo ella con petulancia—. Soy la esposa de Mr. Harrison. Usted debe haber notado nuestro coche en Palermo —y señaló la inscripción de la puerta, donde se leía: “Proveedor del Restaurador de las Leyes”; dos ramas de laureles rodeaban la inscripción, acentuada por un moño carmesí.

Ante su silencio, Luz templó la voz al preguntarle:

—¿Sabe leer? ¿O quiere que alguien de su confianza se lo lea?

El odio que traslucía la mirada del hombre hizo que se le enfriaran las entrañas, pero no bajó la vista ni la actitud altanera, apoyando la punta del estoque en tierra, la mano izquierda en la cintura.

Mientras algunos soldados esperaban para intervenir, el cabecilla apoyó las manos sobre la rastra cubierta de monedas y masculló:

—Vayan con Dios, entón… o con el Diablo, pero mejor pronto que lerdo, porque no sé si me aguanto…

Luz le dispensó una media sonrisa.

—Diré a Mr. Harrison lo bien que usted ha tratado a su esposa, para que le transmita su proceder a don Juan Manuel.

Iba a lanzar una frase de esperanza a Camila, pero temió que aquello redundara en perjuicio de la joven, así que tomó del brazo a Gracia y, antes de subir tras ella, dijo en inglés:

—En marcha, Duncan.

Temió que la siguieran, pero un oficial mandó darles paso y nadie fue tras ellos.

2. VÍSPERAS DE SAN AGAPITO

“Las funciones tenían un fuerte contenido político. Comenzaban con los actores pronunciando a coro el grito sacramental: ¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los salvajes unitarios!, y se representaba con la divisa punzó, para complicar más la comprensión de las ficciones. Hasta en las Pasiones, que se montaban durante las Cuaresmas, Cristo moría en la cruz luciendo el emblema de rigor.”

Eugenio Rosasco, Color de Rosas. Vida cotidiana en la época de Rosas

 

 

BUENOS AIRES
INVIERNO DE 1848

Cuando Duncan entró en el patio de carruajes, Harrison apareció por las cuadras.

—¿Dónde te has metido esta vez? —le dijo, fuera de sí.

—¿Otra vez el bueno de Owen haciéndome seguir? —replicó ella, mientras Gracia se escabullía hacia la cocina.

—No descargues tu irresponsabilidad en él; cumple con su trabajo —repuso Harrison.

Luz pasó a su lado sin mirarlo; subió los escalones de la terraza y antes de atravesar la puerta de vitreaux se volvió y dijo en voz alta, para que los hombres la oyeran:

—Ni se te ocurra culpar a Duncan; tuvo que obedecer bajo amenaza —y con un coletazo del vestido desapareció en el salón, hacia al despacho de él, donde preferían ventilar sus desacuerdos. Oyó sus pasos siguiéndola de cerca y le cerró la puerta en las narices, obligándolo a retroceder.

Cuando él entró, la vio de pie al lado de la estufa de mármol, el brazo sobre la repisa, con un pañuelo en la mano. Se disponía a hablar cuando ella lo increpó:

—Dime, ¿qué país de mierda es éste, donde mi nombre, mis raíces, no valen nada y tengo que sacar a relucir un marido gringo para que se me respete? ¿Qué hubieras hecho si llegaba con la cabeza embreada? ¿Hubieras ido a quejarte ante ese monstruo al que le rindes pleitesía? ¿O quizás sólo me dirías que me lo merezco, por desobediente, como si fuera tu hija y no tu mujer?

Desconcertado ante aquella línea de defensa, Harrison enmudeció; en un rapto de lucidez, comprendió que allí no estaba en juego su matrimonio, ni la relación de ambos: había algo más, que no alcanzaba a imaginar.

Dispuesto a conciliar, sirvió dos copas de brandy y, más calmo, le tendió una.

—Toma. No es hora, pero es el momento.

Luz aceptó la copa; la mano le temblaba cuando aseguró:

—Va a matarla.

—No puede; no hay ley que avale esa sentencia. Recuerda a la Sampayo, hace unos años: junto con su marido descuartizaron a un hombre. ¿Qué pena le dieron por semejante crimen? ¡Cinco años de cárcel, y eso que la víctima había sido peón de Rosas! A la Ponce le dieron ocho años por homicidio. Ya ves, no se ha ejecutado a ninguna mujer por crímenes más espantosos que escaparse con un cura…

Ella, mirándolo a los ojos, insistió:

—Tienes razón, pero va a matarla…

Él la obligó a sentarse en el diván, tomó su copa, la dejó sobre la mesita y esperó que se tranquilizara.

—No conoces los entretelones —murmuró Luz. Y repitió lo que la esposa de don Ceferino le había dicho: que don Juan Manuel tenía un oscuro sentimiento por la joven, y que Camila lo había rechazado.

Harrison conocía suficientes escándalos —que no eran públicos— en los salones porteños para negar sus palabras. Le había extrañado que un joven que luchara contra Lavalle, enviado a Buenos Aires y encomendado a Rosas, rara vez fuese invitado a Palermo ni se le hubiese dado un cargo.

—A pesar de que algunos niegan su gravidez, Harry, está a punto de alumbrar —murmuró, sintiendo que el pecho se le cerraba al recordar su propia historia: el niño que perdiera, concebido con un indio, Enmanuel, al que asesinó su familia. Desde la profundidad de los recuerdos, la pesadilla la había tocado—. ¿Qué será de esa criatura, por Dios? —murmuró.

Harrison, conmovido, la besó en la frente, comprendiendo que la historia de Luz hubiera sido semejante a la de Camila de no mediar otras circunstancias y el amor de un maduro comerciante inglés: él, que pertenecía a esta mujer en cuerpo y alma.

Cuando su esposa se serenó, Harrison mandó una esquela a James Olivier —el agregado consular británico— para que lo acompañara a Palermo: Rosas no sería fácil de convencer, sin agregar que podía disgustarle que dos extranjeros interfirieran en su decisión.

También envió por un primo de Luz, para que atendiese a las visitas en su nombre, pues temía que algunos federales se presentaran a comentar el caso y que su mujer reaccionara intempestivamente.

Había conocido a Gonzalo Lezama años antes, una noche de gala en el Teatro de la Victoria, el preferido de la sociedad rosista.

Luz había estado malhumorada pues no podría usar un vestido de tafetán violeta ya que, con el azul, el verde y el celeste, se consideraba color de los unitarios, y las gentes del bajo —que deambulaban frente al teatro— podían hacerles pasar un mal rato. Finalmente, Harrison logró convencerla de que vistiera de púrpura y adornara su peinado con rosas.

Como su esposa detestaba las funciones teatrales —por la obsecuencia a que debían prestarse, por voluntad o necesidad, el público y los actores— decidió persuadirla regalándole un aderezo de oro y rubíes. Todavía recordaba la emoción de Luz cuando él le abrochó el pendantif al cuello, le colocó los aros y adornó su mano con un anillo.

Al descender frente al teatro, mientras esquivaban la multitud de mendigos y vendedores ambulantes, notó que Luz se sobresaltaba, pero como llegaban tarde y la instó a entrar y ocupar el palco de James Olivier.

En el intervalo, un sobrino del Restaurador se acercó a saludarlos acompañado de su mujer, coronada con un desmesurado peinetón de carey; la dama había tenido el mal gusto de elegir uno dónde, entre la filigrana del diseño, se leía: “¡Viva la Santa Federación!”.

Cuando volvieron a sus asientos y comenzaba el segundo acto, mientras Luz deslizaba un chisme en el oído de Olivier, se sobresaltaron ante la exclamación de los espectadores: en el escenario se simulaba un degüello tan realista —se traía sangre fresca del matadero— que el corazón se le paralizó. Recién entonces recordó el anuncio del periódico: “Será magistralmente representado el duelo de un federal con un salvaje unitario en el que el primero degollará al segundo”.

Al mirar alrededor, notó que la promesa del degüello había llenado la sala, aunque pocos disfrutaban del espectáculo, que se demoraba en el acto de la matanza para satisfacer los malos instintos de algunos. Harrison observó rostros anémicos de miedo, pues muchos habían asistido sólo por lo que podía inferirse de su ausencia: desagrado ante la muerte de un enemigo de la Federación.

Tomó la mano de Luz, repentinamente fría, y murmuró: “Lo siento, querida…”, pues comprendió que ella pensaba en su hermano Sebastián, ahora en Córdoba, señalado como unitario.

Al terminar la función, se oyó la orquesta —Rossini era uno de los compositores preferidos de Buenos Aires—, y mientras esperaban en el corredor el sobrino de Rosas preguntó a los ingleses:

—¿Impresionados, señores?

Él no pudo contestar, pero la diplomacia de Olivier se impuso.

—Cuando nos encontremos en Londres, Ezcurra, iremos a ver Enrique IV y le haré a usted la misma pregunta.

Intuyendo que si abandonaban de inmediato el lugar podía interpretarse como disgusto por la obra, Harrison se encaminó lentamente a la salida. Una vez afuera, preguntó a su esposa:

—¿Te sientes bien?

Ella le respondió que sí, pero agregó:

—Me pareció ver, cuando entramos, a alguien conocido, uno de esos pobres…

—¿Un mendigo, quieres decir?

En aquel instante, Luz exclamó: “¡Espere!”, y se lanzó tras un hombre con chaquetilla militar que se alejaba de ellos.

Harrison vio cómo le abrían paso señores de galera y damas elegantes y ella se internaba en la marea de mutilados de guerra, viejas cuarteleras y baldados de fortines. Cuando Luz se encontraba a metros de su perseguido, él, que la seguía de cerca, se dio cuenta de que el hombre tenía una pierna amputada y se desplazaba con muletas. “¡Por favor, espere!”, la oyó gritar y un mazorquero intervino, sujetando al huidizo por el brazo.

—Lo llaman, hombre —le advirtió.

—Sáqueme la mano de encima —dijo el otro con un ademán violento e indeciblemente patético.

—Oiga —lo empujó el mazorquero—, qué se cree…

Luz miró el rostro viril y altanero del detenido, que mostraba un gesto de furia y de vergüenza, pero la barba pareció desconcertarla. Después de unos segundos de silencio, Harrison escuchó que el soldado decía secamente, quitándose el quepis andrajoso:

—Hola, Luz.

Al escuchar su voz, ella se llevó las manos a la boca mientras Owen aparecía con dos hombres armados.

Harrison intuyó que el joven era alguien del pasado de su mujer, ese pasado que cada tanto, como los ahogados en los ríos profundos, volvía a la superficie. Vio el rostro feroz del “colorado” que lo había detenido, y lo reconoció: era de la Guardia de Palermo. Recordando su nombre, le dijo:

—Le agradezco, Macías —y al ver que el otro le sostenía la mirada, agregó—: Buenas noches.

El aludido miró a Gonzalo con desprecio y se retiró de mala gana.

Ajenos al interés despertado, Luz y su primo se enfrentaron a través de años de ausencia. Ella recuperó la voz para reprocharle:

—¿Me estabas eludiendo?

—No te vi.

—¿Te has vuelto mentiroso? —le echó en cara.

—No miento —insistió él, y mirando a Harrison se acomodó las muletas y le tendió la mano—. Teniente retirado Gonzalo Lezama, señor. Imagino que usted es el marido de mi prima.

Él le estrechó la mano.

—Bien, Luz —dijo el joven con ironía—; ya ves en qué terminaron mis sueños de gloria.

—Vamos a casa; no podemos hablar en medio de la calle —dijo ella, sujetándolo del brazo.

Harrison hizo una seña a Owen para que arrimara el coche, pero Gonzalo se impacientó:

—Hoy no, Luz; otro día.

—¿Te vas a ir sin más, después de años de no vernos?

—¿Estás jugando a la dama caritativa?

—No me hace feliz encontrarte así, pero lo prefiero a saberte muerto.

—No pensabas lo mismo hace quince años.

Luz le sostuvo la mirada y respondió con emoción:

—El tiempo se encarga de los rencores, y lo que nos queda termina siendo más valioso que lo que perdimos.

La sinceridad de su tono acabó con la reserva de Gonzalo; desvió los ojos por un momento y torpemente le puso la mano en el hombro.

—Siempre lamenté aquello, Luz; no entonces, pero sí más adelante.

Y Harrison comprendió que la lejana tragedia de su esposa involucraba a los dos. Vio cómo ella, emocionada, lo abrazaba.

—Cuidado, chinita, o vas a echar por tierra la poca dignidad que me queda.

Y volviéndose hacia Harrison, aceptó acompañarlos. Rehusó toda ayuda y subió al coche con dificultad, pero por sus medios.

Nunca supieron que aquella noche Macías, llamado en ciertos círculos “el Degollador”, los había seguido.

 

 

Para 1848, Harrison había contratado a un marino irlandés de buen aspecto y discretos modales, que fuera asistente de un oficial de la Armada Británica, muerto en una sudestada. Cuando le propuso el empleo, éste aceptó con la condición de que le permitiera llevar a su perro. Le gustó el gesto y Marriott Donovan quedó incorporado al plantel de la casa como secretario personal.

Era de mediana edad y en sus días de franco desaparecía, siempre acompañado del fiel Waterloo. Fue casualidad que Olivier diera con él: no tenía una amante escondida —o quizás sí— como pensaba Luz; tampoco se dedicaba a emborracharse hasta perder el conocimiento —como creía Harrison— sino que asistía al Club de Residentes Extranjeros, que funcionaba desde 1841 en el que fuera Hotel de Faunch, donde le permitían hospedarse con el animal. Olivier solía encontrarlo leyendo, cerca del fuego en invierno, o en la terraza en verano. Nunca faltaba a las veladas de música.

Fue Donovan quien, en el atardecer de agosto de 1848, hizo pasar a Gonzalo; poco tenía que ver con aquel soldado que, cuatro años antes, encontraran a la salida del teatro. Ahora iba bien vestido, con bastón y una leve cojera, pero sin muletas, pues Brian le había conseguido una pierna artificial en Estados Unidos. Además, lo había asimilado a sus negocios como asesor en la compra y crianza de caballos y en todo trato que implicara a los estancieros del interior, que preferían discutir con un provinciano y no con un “gringo”.

Intercambiaban unas frases con Harrison cuando Donovan anunció que el coche de Olivier estaba en la puerta, y mientras Gonzalo subía al otro piso para encontrarse con Luz, el inglés escribió dos o tres esquelas para enviar de inmediato y, tomando la capa y el bastón, subió a saludar a su mujer.

No lo oyeron llegar; sentados en el confidente, conversaban con las cabezas casi juntas y él presintió la camaradería que debió unirlos en la infancia. Gonzalo tenía ojos color avellana, una boca voluntariosa, el pelo en melena y un rostro expresivo; debió ser un muchacho alegre y quizás díscolo antes de la desgracia.

Preguntándose de qué hablarían, cerró silenciosamente la puerta y fue al encuentro de Olivier.

 

 

Ajena a él, Luz explicaba a su primo el encuentro con el padre de Camila, que tanto la había trastornado, pues O’Gorman prácticamente la había echado. Él la dejó desahogarse y luego le contó lo que escuchara en la Confitería de los Suizos, donde solía tomar una taza de chocolate.

—Parece que el mazorquero Cuitiño es vecino de O’Gorman y junto con González Salomón, su jefe, decidieron enfrentar a don Adolfo acusándolo de ocultar la huida de su hija.

Aunque la Mazorca había sido disuelta en 1846, sus integrantes aún tenían poder y presencia, si el caso lo ameritaba.

—Seguramente O’Gorman quiso proteger a su familia, y decidió que era mejor mostrarse severo con su hija ante el gobernador que dar pie a que le hicieran una visita…

—Eso no justifica… —lo interrumpió Luz, pero él le puso una mano sobre el hombro.

—No juzguemos, primita. La vida es difícil afuera de esta casa.

Ella se mordió los labios.

—Tienes razón; hoy, cuando me enfrenté con el Carancho González, tuve que sacar a relucir mi casamiento con un inglés para que me dejara en paz.

Gracia entró llevando el refrigerio acostumbrado: jerez para Luz y ginebra holandesa para él, quien le agradeció dedicándole un guiño.

Mientras su primo se servía aceitunas con ají y sardinas —ella prefirió abstenerse—, consideraron la sentencia que podrían imponer a los enamorados.

Luz temía que los ejecutaran; Gonzalo insistía en que si Camila estaba embarazada no había ley que lo permitiera, así lo aseguraba su hermano mayor.

Martín Lezama había llegado a Buenos Aires para hacerse cargo de él en su desgracia; ambos habían sido oficiales de Facundo Quiroga. Con una educación privilegiada —egresado del Colegio Monserrat, de Córdoba—, Martín consiguió empleo con un abogado amigo del Tigre de los Llanos y se retiró del ejército para ayudar a Gonzalo y estudiar —en la Universidad de Buenos Aires— jurisprudencia.

Abandonó la carrera antes de graduarse para no firmar un juramento de lealtad al régimen, pues los estudiantes debían probar “haber sido sumiso y obediente a sus superiores de la universidad y haber sido y ser notoriamente adicto a la causa nacional de la Federación”.

Martín seguía siendo federal, pero ya no creía que don Juan Manuel respetara los fueros de las provincias: avasallamientos económicos y purgas políticas lo habían desengañado, pero no estaba dispuesto a cruzar el río y convivir en La Nueva Troya —como bautizara Dumas a Montevideo— entre unitarios trasnochados.

Mientras Luz y Gonzalo conversaban, las campanas de la Iglesia del Socorro tocaron a completas. Ella se estremeció y, volviéndose hacia la mesita, tomó un breviario y lo abrió por el señalador de seda

—Pensaba rogar por ella al santo del día… y mira lo que encontré: ¡hoy es víspera de San Agapito! —y como su primo la miraba sin entender, aclaró—: Es el patrón de las embarazadas y de los niños…

Al callar, oyeron el coche de Olivier que regresaba por el portón de las caballerizas.

3. LA OSCURIDAD DEL PENSAMIENTO

“No fue una separación sino un desgarramiento;

Quedó atónita el alma, y sin ninguna luz,

Se durmió en la oscuridad el pensamiento.”

Luis Urbina, Así fue

 

 

BUENOS AIRES
INVIERNO DE 1848

Cuando Harrison y Olivier llegaron a Palermo, un silencio inusual los recibió. Había pocas luces encendidas y no se veían los acostumbrados visitantes que iban a solicitar mercedes al gobernador. Las risas y voces de las jóvenes que conformaban la corte de Manuelita estaban ausentes, y hasta los grotescos bufones, que merodeaban por las galerías esperando molestar a algún descuidado, habían desaparecido. Sólo vieron al “espantador de gatos” con su larga varilla de mimbre caminando con mucho empaque entre los naranjos.

El oficial de servicio les dijo que el Señor de Palermo no estaba; cuando preguntaron dónde podrían encontrarlo negó con la cabeza, sin dar explicaciones.

—¿Y doña Manuelita? —preguntó Olivier, que siempre era saludado por “la Niña” con muchas sonrisas.

—Hoy no recibe.

—¿Podría transmitirle mi presencia? —y le alargó su tarjeta, que el otro no tomó.

—Hoy no recibe a nadie —acentuó el hombre.

Sin despedirse de él, regresaron al coche, Harrison molesto por la insolencia del oficial, Olivier sereno; estaba acostumbrado a los desaires que el gobernador permitía a los subalternos.

Cuando los caballos se pusieron en marcha, Olivier dijo:

—Debes sacar a tu familia de Buenos Aires esta misma noche.

—¿Por qué?

—¿Crees que si pensara entregar a Miss O’Gorman a la Casa de Corrección y al sacerdote al Tribunal Eclesiástico dejaría de recibirnos? Va a ejecutarlos —y levantó la mano para detener cualquier argumento—: No importa lo que digan las leyes ni los juristas. Están condenados, y creo que preparar habitaciones, a él en el Cabildo, a ella con las monjas, fue un subterfugio para que nadie lo presionara y así ordenar una sentencia fulminante.

En un silencio consternado, regresaron a lo de Harrison.

 

 

Gonzalo, pensando que podían traer malas noticias, los esperaba en el escritorio. Antes de que se pronunciase palabra, Harrison se dirigió al bargueño, sirvió brandy para todos y después del primer trago anunció:

—No pudimos hablar ni con Rosas ni con su hija…

Lezama miró a ambos:

—¿Malos presagios?

—De los peores.

—Quiero sacar a mi familia de la ciudad. ¿Podrás acompañarlos a La Severa? No quiero que vayan solos.

—Hay que avisar a Luz para que organice la partida: debemos salir antes del alba, pues si en algo conozco a Rosas, todo será muy rápido…

Cuando Harrison subió a hablar con Luz, ésta, al ver la expresión de su rostro, se echó en sus brazos.

—Querida —dijo él sosteniéndola con firmeza—, hoy no vas a discutir mis decisiones, porque sin lugar a dudas sé qué es lo mejor para ti y los niños: tienes que disponer todo y salir para la estancia al amanecer —y haciendo una pausa, agregó—: James está seguro de que va a ejecutarlos. Me duele confesar que no podemos hacer nada. Y no quiero que mi familia respire semejante atrocidad, sin contar que los Ezcurra y los Zabala vendrán a justificar el asesinato.

La besó suavemente y tomándole la mano se la llevó al corazón.

—Gonzalo te acompañará; yo los seguiré lo más pronto posible, pero debo dejar a Murray a cargo de todo —Murray, además de ser su hombre de confianza, era su administrador.

Si algo admiraba Harrison en su esposa era la disposición de avenirse a lo inevitable. En minutos despertó a Gracia y convocó a Donovan y a Alma para disponer lo necesario mientras Brian ordenaba a Owen preparar coches y caballos. Gonzalo partió para avisar a su hermano Martín que se encontrara con Harrison.

La eficiencia británica consiguió que partieran cuando la aurora se insinuaba sobre las aguas sepias del Plata.

Tristán y Amanda, acomodados en el primer coche con Miss Emily, la gobernanta, no cesaban de protestar, pero una mirada de Harrison fue suficiente para que callaran.

Irían en dos coches, por cualquier inconveniente que pudiera sucederles: la gobernanta y los niños en el primero, los mayores en el segundo. Owen y Duncan, expertos en aquellos viajes, los escoltarían hasta la estancia, en Lobos.

Luz y Brian se habían despedido en la salita de recibo, pensando reu­nirse en pocos días. La tragedia que amenazaba a los desdichados amantes les hizo comprender la felicidad que los unía y cuánto se extrañarían estando lejos uno del otro.

—En cuanto llegues, avisen a los Casey, que ya estarán en El Durazno. Lawrence y Mary son buena compañía, y no olvides enviar las cartas…

Eran para otros terratenientes ingleses, amigos desde hacía años.

Harrison se despidió cariñosamente de sus hijos, recomendándoles que obedecieran a los mayores; dio algunas instrucciones a la gobernanta y luego se dirigió al último coche. Tomó la mano de Luz para ayudarla a subir mientras le preguntaba:

—¿Y tu rosario? —pues en los momentos de aflicción solía ponérselo al cuello, bajo la ropa.

Ella se palpó el pecho, constatando que no lo había olvidado; luego, echándose el sombrero sobre la nuca, se inclinó hacia él y lo besó en los labios, diciéndole en voz baja:

—Te amo por haberlo recordado.

Turbado por la demostración de cariño, Harrison le acomodó la falda del vestido dentro del coche y con gesto adusto dijo a Gonzalo:

—Te confío la vida de los míos.

—… con la mía los defenderé —respondió Lezama, poniéndole una mano en el hombro.

Owen dio la orden de marchar y salieron estrepitosamente por el empedrado de las caballerizas. Con las manos en la espalda, Harrison los vio perderse en el Bajo. No quería pensar en el día que tenía que afrontar y en el futuro de su relación con don Juan Manuel de Rosas: esa mañana, Olivier entregaría al gobierno una petición firmada por los integrantes de la Sala de Residentes Extranjeros para interceder a favor de aquellos —como luego expresaran— “a los que nadie juzgaba culpables”. Allí estaban las firmas de altos funcionarios de la Corona, de otros representantes extranjeros y varios comerciantes británicos para detener el fusilamiento y discutir la legalidad de matar a una joven a punto de alumbrar.

 

 

Casi a la misma hora, Antonino Reyes, jefe de Santos Lugares, despertó sobresaltado por un tumulto de caballos y voces en la plaza de la prisión. Cubriéndose con un poncho, salió a ver qué sucedía: era un piquete de Palermo que traía la orden de fusilamiento. Anonadado, la leyó varias veces. ¿Cómo podía Su Excelencia sentenciarlos si las declaraciones de éstos, tomadas por el secretario Mariano Beascoechea, aún no habían sido remitidas a Palermo?

Aquello significaba que no habría juicio; nadie los interrogaría, nadie consultaría textos y leyes, no tendrían derecho a una voz, aunque débil, que abogara por ellos: morirían sin ser juzgados, apenas con tiempo de poner sus almas en manos del Creador.

Era una decisión inoportuna ante una sociedad que, luego de años de terror, respiraba, aliviada ante la moderación que había tomado el régimen rosista.

La tarde anterior, luego de escuchar la suave y educada voz de la joven reconociendo su culpa y su amor por Gutiérrez, le había aconsejado escribir una carta a don Juan Manuel reconociendo sus yerros y suplicando clemencia.

Camila lo había contemplado con los ojos ardientes; cuando le ofreció papel y pluma, lo miró como si supiera algo que él ignoraba —o pretendía ignorar—, pero siguió su consejo: pidió perdón por sus faltas y misericordia por su destino. No era una carta convincente, pero Antonino, esperanzado, la envió a Palermo.

Ahora, con la sentencia ante sí, escribió febrilmente a Manuelita, a quien lo unía más que una amistad —al notarla algo enamorada de él, el Restaurador lo había alejado de su entorno—, pidiéndole que intercediera por su amiga.

Luego aplazó la hora de ejecución y envió un parte al Restaurador explicándole que la joven estaba encinta —constatado por el médico de la prisión— y por lo tanto no podían ejecutarla.

Mientras hacía traer el caballo más veloz del corralón, con la orden de entregar a Manuelita, en mano propia, su carta, y la otra, a don Juan Manuel, oyó a los serenos anunciando la salida del sol.

 

 

El escribiente de turno en Palermo entregó ambos pliegos a Rosas. Pasados los sucesos, alguien justificaría aquello diciendo que Manuelita había emprendido un viaje y por eso no se enteró del ruego de Reyes.

Don Juan Manuel devolvió los sobres sin abrirlos, acompañados por una amonestación a éste por su desobediencia, ordenando incomunicar el cuartel y fusilar a los reos “sin dilación”.

Antonino, ya sin excusas, hizo llamar a los curas de la capilla de Santos Lugares, que los prepararían a bien morir, y envió al mayor Vicente Torcida, famoso por su crueldad, a que comunicara a los presos su destino.

Este oficial había tenido un gesto ponderable con Camila: cuando, por orden de Rosas, debió ponerle los grillos, sugirió a Reyes que los hiciera forrar con tela de zaraza para que no le lastimaran los tobillos. Raro acto de piedad el de aquellos hombres, siendo que sospechaban la sentencia inclemente que ahora leían sobre papel.

La liberta Felipa Larrea, que ya acompañaba a Camila, se ofreció a hacerlo.

 

 

Los religiosos llegaron a las ocho de la mañana del 18 de agosto, consternados y nerviosos. El que debía asistir a Camila —anciano, probablemente elegido por su edad— era el padre Castellanos; el padre Rivas, más joven, se encargaría de Gutiérrez.

Uladislao estaba en un calabozo común, mientras que la joven fue ubicada en un cuartito cercano a la capilla; en aquella pieza despojada de comodidades, Reyes había ordenado llevar dos sillas, una mesa y un catre; no se parecía en nada a las habitaciones que le prepararan las beatas, pero era soleada y un pequeño crucifijo daba cierta paz al lugar.

El cuartel, prisión y centro de tortura de presos políticos había sido denunciado por los vecinos a causa de los malos olores, las moscas y alimañas “que propagaban miasmas que contagiaban peste a la población”. El doctor Mariano Martínez, que supervisaba las cárceles, había notificado, años atrás, que en las “crujías existían tres inmundos pozos llenos de orines e inmundicias donde hacían sus necesidades los presos y que toda la cárcel estaba llena de basuras, carnes fétidas y en completo estado de desaseo”.

Durante el corto tiempo que los amantes estuvieron confinados, no se llevaron a cabo ni azotainas ni ajusticiamientos, y se sacó de la vista a los hombres que padecían en el cepo.

Un silencio ominoso flotaba sobre el lugar. Los presos intuían que algo había quebrado la rutina diaria, pero no sabían de qué se trataba. Muchos sospecharon que algún jefe unitario —quizás el Manco Paz— había sido detenido y trasladado con reserva a aquel infierno.

Pero uno de esos prisioneros que sobrevivían haciendo favores a los carceleros alcanzó a ver a Camila, a quien recordaba de la iglesia del Socorro, y el rumor se extendió rápidamente entre los mil quinientos reclusos del lugar.

Los más advertidos comprendieron que la vida de los amantes estaba amenazada: no se llevaba a “hijos de familia”, y encima federales, a semejante lugar, salvo que su suerte estuviera echada. Y atentos a los sonidos y las voces que circulaban por patios y pasadizos querían creer que Rosas no se cebaría en una joven mujer que, además, esperaba un hijo.

La mulata que solía vender pasteles a los guardias dijo, muy segura de sí, que Tata Rosas quería darles un susto; que a Camila muy luego la llevarían con las monjas, a preparar hostias y limpiar sacristías, y al curita, dijo, el “bispo” lo mandaría a algún fortín, en castigo.

Sin embargo, cuando algunos mirones vieron que la doble fila de soldados que incomunicaba el cuartel abría paso a los dos religiosos, cuyos rostros evidenciaban malestar, la sospecha de la tragedia se acentuó. Alguien comentó que el padre y el curita hermano de Camila habían intentado pasar el cerco para hablar con Reyes, pero se les respondió que por órdenes superiores estaba prohibida la entrada a Santos Lugares.

 

 

Reyes tenía muy arraigada la consigna de la debida obediencia que exigía Rosas de los suyos, pues no se planteó hacer más por Camila. Comunicó a los sacerdotes las órdenes recibidas, y envió al mayor Torcida, acompañado por otro oficial, Rubio —quien estaría al mando del pelotón de fusilamiento— a transmitirle la funesta noticia. Cuando la joven los vio entrar en la celda, demudados y pálidos, intuyó su destino. El mayor Rubio intentó esconder las lágrimas, pues nunca pensó tener que llevar a cabo semejante misión.

Al escuchar las palabras de Torcida, Camila, en un acto reflejo, se cubrió el vientre con las manos. Cuando pudo contener los temblores, elevó los ojos y preguntó:

—¿No habrá clemencia para el inocente que llevo en mis entrañas? ¿Por qué tiene que compartir mi culpa y sufrir un castigo tan despiadado?

—Señorita O’Gorman —balbuceó el interpelado—, no puedo cambiar las órdenes. Sólo sé que dentro de dos horas ustedes deben morir.

Ella se secó los ojos con un gesto infantil que hizo que Rubio, agobiado por las circunstancias, se volviera de espaldas.

—Suplico a usted me conceda ver a mis padres —rogó ella.

Incapaz de sostener aquel diálogo, Torcida se retiró seguido de Rubio, que maldecía por lo bajo.

 

 

Cuando el padre Castellanos entró en la celda, encontró a la negra Felipa arreglando el cabello de Camila con una cinta. La joven lo recibió con una pregunta:

—¿No ha venido mi madre? Doña Luz prometió…

El sacerdote se acomodó la estola y negó con un movimiento de cabeza, pues le costaba hablar. Ella, esperanzada en que él hiciera algo más que darle consuelo espiritual, insistió:

—¡Por piedad! —y se arrodilló con esfuerzo, sosteniéndose el vientre—. Tengo que ver a mis padres, necesito pedirles perdón…

Castellanos, quien ignoraba su estado, comprendió que la joven estaba en “meses mayores” y, angustiado, indicó a la negra que saliera.

Tomando a Camila de los brazos, la ayudó a levantarse y, mientras la guiaba hasta una de las sillas, le dijo que perdiera toda esperanza de verlos.

—… el gobernador ha incomunicado el cuartel, no los dejarán entrar. Hablemos de su hijo y de su alma…

Entornó la puerta y, abriendo los postigos para que entrara el sol, le aclaró que la Iglesia prohibía que los bautismos se llevaran a cabo en la oscuridad. Con aquellas palabras intentaba confortar no ya a la joven enamorada, sino a la madre.

Sin saber cómo atenuar el asesinato de la criatura, él, que era doctor en Teología, recordó una centenaria disposición del papa Benedicto XIV, In Favorem Fidei —En Favor de la Fe—, sobre las virtudes del agua bendita para que los niños no nacidos pudieran ser bautizados.

Al tiempo que se lo explicaba, recogió en la palma de la mano un poco de ceniza del brasero apagado, con la que ungió la cabeza de la joven; luego, tomando la jarra, llenó el vaso y lo bendijo. Con aquella agua santa roció su vientre y le se la dio a beber; era una aproximación al primer sacramento.

Cuando se disponía a confesarla, ella le pidió que rezara por Uladislao y le encomendó:

—Quiero comprometer a usted que diga a mis padres cuánto lamento haberlos afligido y que mis últimos pensamientos han sido para ellos.

Cumplido el acto de contrición, el religioso intentó consolarla “con palabras enternecidas”. Muy pálida, la joven se secó las lágrimas y, en contraste con la aflicción del sacerdote, recuperó la entereza; poniendo la mano sobre el brazo de él, lo consoló: “Dios no me condena, padre; me condenan los hombres”.

Afuera, la negra Felipa sollozaba cubriéndose la boca con las manos: tenía una hijita de tres meses a la que aún amamantaba; la situación de Camila le tocaba el alma.

4. “YA SE CITAN EN EL CIELO…”

“Como a su amante infeliz, la ponen en una silla,

Dos hombres del campamento la alzan en una angarilla.

Blanca le luce la cara, blanco el vestido liviano

Con blanco fervor sostiene un crucifijo en la mano.

Doce soldados, por junto, se forman en recta raya,

Ninguno aprieta el gatillo. Uno de ellos se desmaya.

Entre tantos duros mozos vencidos por la emoción,

el más curtido de todos ha perdido la razón.

‘¡Fuego!’, grita el comandante otra vez, aunque le cuesta.

La tercera es la vencida: tal orden fue la funesta”.

León Benarós, La desgracia de Camila O’Gorman

 

 

BUENOS AIRES
INVIERNO DE 1848

El padre Rivas estaba molesto con su misión, aunque no tenía a quién quejarse: gran parte del clero porteño era incondicionalmente rosista.

Si bien el gobierno y la justicia no tenían poder sobre un miembro de la Iglesia, no por eso quedaban a salvo: varios sacerdotes de las provincias fueron sometidos a vejaciones y tormentos; les habían desollado a cuchillo la crisma —donde eran ungidos con el óleo sacerdotal— y también las yemas de los dedos, que impartían la Eucaristía. Los hombres de Antonino Reyes creían que, mediante aquello, los habían “desacralizado” y, a pesar de que parte del clero argumentó leyes canónicas para salvarlos, fueron ajusticiados.

Una integrante de la familia Díaz, de la estancia de Santa Catalina, en las Sierras de Córdoba, contó a Luz que aquello les había sucedido a dos de sus primos —Felipe y Manuel Frías y Araujo, sacerdotes—, en Santos Lugares.

Cuando el padre Rivas se encaminaba a la celda de Uladislao, un negro descalzo le tendió un mate, que aceptó, mientras pensaba en la mala suerte del joven Gutiérrez: de familia tucumana, había peleado junto a los ejércitos del general Oribe, el uruguayo al que Rosas envió, años atrás, a sofocar el clamor de los gobernadores constitucionalistas.

Rivas había oído sobre hechos aberrantes sucedidos en el Noroeste: no sólo la crueldad y la deshonra, sino actos que estremecerían a cualquier hombre: el canibalismo, el jugar con las “partes viriles” amputadas, hacer maneas de la piel del derrotado para obsequiar al vencedor. No podía dudar de aquellos hechos: los había escuchado en confesión de oficiales y soldados federales obligados a presenciarlos; tampoco ellos dormían en paz.

El gobernador que sustituyó a Avellaneda, Celedonio Gutiérrez, envió al joven Uladislao —que se decía sobrino suyo— para que entrara al servicio de Rosas, ya en el ejército, ya en un cargo público, como intercambio de favores políticos.

Con el segundo mate, se preguntó por qué el desafecto del Restaurador por un joven cuya familia le era leal, y que había derramado sangre para mantenerlo en el poder. Librado a su suerte, sin vida social que lo integrara a sus pares, Uladislao se vio sumido en la pobreza: su linaje no le permitía tomar empleos “viles”, y las clases de latín eran mal pagadas. Cuando la falta de recursos comenzó a manifestarse en los puños deshilachados, su mentor religioso lo presionó para que tomara los hábitos.

Pobre muchacho, se dolió, entregando el mate al negro y con resignación fue a encontrarse con el condenado en medio de un silencio sepulcral: hasta la brisa parecía contener el aliento ante lo que iba a suceder.

Al entrar en la celda, Uladislao se puso de pie; vestía levita y pantalón negro ajados por el viaje. Era alto y de buena presencia, aunque ahora menoscabada. Sus ojos oscuros tenían un aire afiebrado y la barba, crecida, se veía desaliñada. Poco le quedaba de aquella prestancia provinciana y elegante de muchacho de familia distinguida.

El joven carraspeó para controlar la voz y preguntó si Camila se había resignado a la muerte del hijo de ambos.

Para Rivas no fue una sorpresa, pues el negro, con el primer mate, le había susurrado: “¿Y el guachito?” y como él no entendiera murmuró: “Está preñada, ¿no sabía? ¿No será pecado mortal… eso de matarla?”.

Animó al reo a confesarse, pero éste hacía preguntas cuyas respuestas él no podía darle. Recién entonces sospechó que aquello de enviar dos confesores era una treta para que los amantes, en sus últimos instantes, no supieran nada uno del otro: ¡un tormento más para los infelices! Como era casi la hora de la sentencia, lo absolvió, lo dejó ensimismado en sus oraciones y se dirigió a la capilla.

En el patio, el moreno del mate le dijo que el pelotón que debía fusilarlos se había negado, abandonando el cuartel; ahora preparaban otro grupo.

Entre las protestas de los soldados, que resistían la orden, la voz de Torcida gritaba: “¡Crespo, Bibalsan, Doéstico, Ludueña, Murúa…!”, y la de Rubio: “¡Gómez, Agrio, Fernández, Debien, Gutiérrez…!”, y al unísono: “¡Presentarse a la orden de Santiago Branizán!”.

Enseguida, el ruido de la tropa en el cuarto de armas, el bronce de instrumentos musicales y el parche destemplado de un tambor agitaron a la población carcelaria, cuyas voces fueron elevándose hasta volverse grito, pidiendo clemencia para los amantes, pero sobre todo para Camila. “¡Asesinos, malditos, cobardes! ¡No se atrevan a matarla!”, se oía desde las celdas. Los más alejados del patio donde se llevaría a cabo la sentencia comenzaron a golpear con sus jarros los hierros que los mantenían encerrados. Los guardias estaban nerviosos, pero su superior los tranquilizó: salvo protestar, no podían hacer otra cosa.

 

 

El padre Castellanos dejó sola a Camila para que se preparara y a su regreso notó que había usado el agua de la jarra para lavarse el rostro y las manos; lucía bien peinada y llevaba el rosario al cuello. Su vestido de muselina blanca era demasiado liviano para el frío de la mañana, y su único abrigo, un pañuelo de cachemira con ribete punzó. Calzaba botines de tela, gastados pero elegantes, que ceñían sus tobillos deformados por la preñez.

Tímidamente, había pedido varias veces que la dejaran despedirse de su amante; aunque con buenas maneras, se lo negaron.

—Al peor asesino le conceden la última voluntad —dijo, con un resto de rebeldía.

Castellanos la consoló diciéndole que uno de los guardias le había dicho que su padre y su hermano llegaron hasta Santos Lugares, pero que no los dejaron acercarse.

—Ya ves, no te han abandonado…

—¿Saben que van a matarme? —repuso, alterada.

—No; creo que ignoran hasta el porqué del cerco.

—¡Gracias a Dios! —tomó un pañuelo anudado en el que había colocado varias cosas y se lo entregó—. Por favor, déselo a mi madre.

El sacerdote, acongojado, lo recibió. Notó el peso de un anillo, quizás de un relicario; palpó el doblez de una carta, una tela más gruesa, una aguja de ganchillo. Con un nudo en el pecho recordó, cuando pequeño, a su madre tejiendo escarpines para un niño por nacer. Tomando su propio crucifijo, se lo puso en las manos.

—Aférrate a Él…

Con un profundo y angustiado suspiro, ella lo apretó contra su vientre.

—Sólo este inocente me aflige —reconoció.

Luego se quebraría su ánimo, pero ahora, para alivio del sacerdote, parecía refugiada en Dios.

En aquel momento llegaron varios soldados con un sillón sobre angarillas, donde ella se sentó sin ayuda, aunque ofreció resistencia cuando la ataron. Uno de ellos la tranquilizó: “Es para que no se nos caiga, niña”.

—Permítanle sostener la cruz —pidió el confesor y el guardia asintió.

En medio del clamor de los presos y las órdenes de los oficiales se oyó un largo y triste sonido de corneta; le siguió el tambor, y su toque acompasado pareció marcar la sístole y la diástole de los que iban a morir.

Los soldados, como se les había ordenado, vendaron los ojos de Camila, alzaron la angarilla sobre sus hombros e iniciaron el camino hacia el tapial. Ciega, ella volvió la cabeza e imploró: “¿Padre, padre…?”.

—Estoy a tu lado —dijo el sacerdote, tocándole el brazo.

—¿Y Uladislao?

—Viene detrás…

—¿Adónde nos llevan?

—Ya llegamos al muro —le dijo, al tiempo que se apartaba para que la dejaran en el suelo. Miró a su izquierda y vio que a diez o doce metros de distancia hacían lo mismo con Gutiérrez, a quien acompañaba el padre Rivas. La actitud del joven no era serena como la de Camila. Se revolvía contra las ligaduras y, aunque llevaba los pies atados, intentaba patear. No era miedo: era desesperación por la amada, pues lo oyó gritar: “¡Mátenme a mí sin juicio, pero no a ella, y en ese estado! ¡Esto no es justicia, miserables!”.

Camila volvió el rostro a un lado y otro y gritó: “¿Estás ahí, Uladislao?”, y preguntó al cura: “¿Está conmigo?”, pero el capitán Gordillo ordenó redoblar los tambores para acallar sus voces, momento en que el padre Rivas se acercó con prisa a Castellanos y le entregó un papel con algunas palabras del joven para Camila.

—Léaselo antes de que la maten —le rogó, y regresó junto a Gutiérrez.

Mientras tanto, un soldado santiagueño se quitó la chaquetilla, la arrojó al suelo junto con el cuchillo y el fusil y renunció al cargo, abandonando el lugar sin que nadie intentara detenerlo.

Branizán tuvo que repetirles a gritos que no todas las armas estaban cargadas de metralla, que nadie sabía quién dispararía la bala que mataría a los condenados.

El padre Rivas, ganándole unos segundos a la muerte, se acercó a Gutiérrez, le aseguró que el otro confesor estaba leyéndole la carta a Camila y le aconsejó resignación:

—Te unirás con ella y tu hijo en el cielo y para que esto suceda no mueras con ira; debes perdonar.

—A estos infelices, sí; a Rosas, no —replicó el joven, pero de pronto sentenció—: Todos pagamos en la última hora el mal que causamos: su agonía y su sufrimiento serán más penosos que los nuestros —y tomando aire, le rogó—: Vele para que nos entierren juntos.

Sin medir las consecuencias de su ministerio, el cura le aseguró que así lo haría.

Ya habían conseguido formar los pelotones y se vio brillar el sable mientras se oía la voz del oficial marcando los movimientos a seguir. Gutiérrez cayó con la primera carga, tocado en el pecho por varios balazos que le provocaron la muerte instantáneamente.

Los soldados que habían disparado contra Camila sólo consiguieron herirla; la joven lanzó un grito desgarrador y uno de ellos se desmayó.

Desde el portal del patio, la negra Felipa y la mulata de los pastelitos gritaban a los guardias que dejaran en paz a la joven: “¿No ven que Dios no quiere que la maten? ¡Por qué está viva, si no!”.

Branizán, desesperado, ordenó otra descarga, pero las manos temblorosas no atinaban con los gatillos, así que los de Reserva dieron un paso adelante y obedecieron. A causa de que no habían ceñido bien sus ligaduras, el cuerpo de la joven resbaló al suelo, y se le corrió la venda mientras se debatía en silencio, a medias atada a la silla, de la que intentaba librarse. Su brazo, con la cruz aferrada entre los dedos, parecía señalar al cielo. En aquel momento, una exclamación alertó sobre un nuevo desastre: la pólvora de los fogonazos había prendido fuego a su vestido.

Con un grito, Felipa corrió hacia la joven e intentó apagar las llamas con sus manos, hasta que, entre gritos y corridas, le arrojaron un baldazo de agua mientras otro apartaba a la negra. Aun así, la fuerza de espíritu de Camila no la dejaba morir y sus ojos mansos imploraban desde el charco de barro y sangre donde yacía.

La mulata que creía que Tata Rosas no iba a condenarla comprendió su error y arremetió contra los soldados, hasta que uno de ellos la arrojó al suelo de un culatazo.

Se escuchó nuevamente el ruido seco de las armas ...