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GUíA (INúTIL) PARA MADRES PRIMERIZAS

Ingrid Beck y Paula Rodriguez

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Fragmento

Prólogo

Ingrid por Paula. Hacía ocho meses que Ingrid no dormía. Casi literalmente no dormía. El bebé —sano, divino, inteligente— se despertaba cada media hora, cada hora y, a lo sumo, cada hora y media, a hacer algo: tomar la teta, jugar, conversar, reclamar, lo que sea. Había probado diversos métodos para “enseñarle a dormir” aunque más no fuera un par de horas seguidas, con un resultado nulo. Su puerperio era difícil: las hormonas, los cambios, y… el sueño. Hasta que un día decidió que iba a ser feliz de todos modos, imaginó que se podía estar bien sin dormir y con ese descubrimiento se levantó a la mañana. Ese mismo día se le ocurrió escribir un libro con las experiencias de una madre primeriza que no es la de las publicidades de la tele. Ese día dio por finalizado su puerperio.

Pero no escribió el libro. Se colgó con otras cosas que había dejado pendientes como estar con el marido, bajar de peso, depilarse y, por qué no, tratar de conseguir un trabajo en plena crisis económica.

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Paula por Ingrid. En eso estaba cuando a pesar de mis relatos de posparto Paula me anunció que estaba embarazada. Mis historias de noches en vela no la habían acobardado e iba a tener un bebé. Entonces nos propusimos hacer el libro juntas. Pero no lo escribimos. Yo, efectivamente, conseguí un trabajo y Paula, tuvo que dedicarse un tiempito a ser mamá.

Los primeros tiempos de maternidad de Paula transcurrieron con una serenidad inusitada, hasta que un día, después de un acceso de llanto y gritos contra una empleada de un call center dio por terminado su puerperio. Entonces, las dos volvimos a la carga. A estas alturas, los niños de ambas habían logrado sobrevivir más de dos años.

La historia en primera persona. Es decir que, durante tres años para una y dos para la otra, habíamos sido personas aparentemente normales, aunque algo sacudidas por la llegada de unas criaturas que nos habían convertido en madres. La responsabilidad de haber traído a alguien a este mundo difícil, los niveles de amor completamente desbordados, las dudas sobre si una lo está haciendo bien, el golpe de descubrir que esa criaturita en apariencia tan frágil es lo suficientemente fuerte como para adueñarse de nuestras vidas y hacer lo que quiere con ellas… todo eso parecía suficiente como para que anduviéramos por la vida como si nos hubieran desarmado pieza por pieza y nos hubieran vuelto a armar, aunque como una obra de Picasso.

Pero no. Hubo algo más: descubrimos que la maternidad no era algo que ocurría sólo entre nosotras y nuestros hijos, sino un asunto en el que cualquier vecino tiene injerencia y algo para decir.

La revelación a la que tuvimos acceso juntas y por separado es que la maternidad es un campo de batalla y de discursos cruzados en el que todo el mundo quiere ganar. Cada minucia de la experiencia de criar a un niño —desde cómo darle la teta hasta si se le debe hablar de Dios— tiene, al menos, diez mil versiones sobre la mejor manera de resolverla. Y todos están convencidos de que son portadores de la verdad.

Esa revelación nos condujo, directamente, a otra, y es que la maternidad es un nuevo estado en el que todos —además de nosotras, por supuesto— depositan grandes expectativas. Cada una de las personas que nos rodeaban —a nosotras y a nuestros vástagos— tenían una idea de cómo debía ser una MADRE, y hasta se sentían con derecho a exigirnos que fuéramos diferentes de las que éramos antes, inclusive las amas de casa y esposas perfectas que, por supuesto, no fuimos nunca. Y ...